Verdadera Historia de los Sucesos de la Conquista de la Nueva España (Tomo 2 de 3)

The Project Gutenberg eBook of Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3), by Bernal Díaz del Castillo

This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook.

Title: Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)
Author: Bernal Díaz del Castillo
Release Date: March 28, 2021 [eBook #64946]
Language: Spanish
Character set encoding: UTF-8

Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/American Libraries.)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK VERDADERA HISTORIA DE LOS SUCESOS DE LA CONQUISTA DE LA NUEVA-ESPAÑA (2 DE 3) ***

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

 * Las cursivas se muestran entre _subrayados_, las negritas entre =iguales= y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
 * Los errores de imprenta han sido corregidos.
 * La ortografía del original ha sido respetada, normalizándose las variantes a la grafía más frecuente, excepto en el caso de los nombres propios y de los términos indígenas.
 * En los casos dudosos, se ha adoptado la grafía utilizada en 1853 por la edición de E. Vedia en el tomo XXVI de la Biblioteca de Autores Españoles, que utiliza la misma versión del texto pero cuyos errores tipográficos son menores.
 * No obstante lo anterior, se han acentuado las mayúsculas y se ha distinguido entre «mas» y «más», «aun» y «aún», y «que» y «qué», distinción no siempre presente en el original impreso.
 * Para facilitar la lectura, la mayor parte de los puntos y seguido —y algunos de los puntos y coma— se han cambiado a puntos y aparte, con el fin de evitar los párrafos excesivamente largos del original.
 * También se han aislado en párrafo aparte, precediéndolas de una raya de diálogo, la expresiones literales pronunciadas en público.
 * Las páginas en blanco han sido eliminadas.

CONQUISTA DE NUEVA-ESPAÑA POR BERNAL DIAZ DEL CASTILLO.
VERDADERA HISTORIA DE LOS SUCESOS DE LA CONQUISTA DE LA NUEVA-ESPAÑA,
POR EL CAPITAN BERNAL DIAZ DEL CASTILLO, UNO DE SUS CONQUISTADORES.
TOMO II.
MADRID.—1863.
Imprenta de Tejado, calle de Silva, número 12.

CAPÍTULO CXII.

CÓMO CORTÉS, DESPUES DE BIEN INFORMADO DE QUIÉN ERA CAPITAN Y QUIÉN Y CUÁNTOS VENIAN EN LA ARMADA, Y DE LOS PERTRECHOS DE GUERRA QUE TRAIA, Y DE LOS TRES NUESTROS FALSOS SOLDADOS QUE Á NARVAEZ SE PASARON, ESCRIBIÓ AL CAPITAN É Á OTROS SUS AMIGOS, ESPECIALMENTE Á ANDRÉS DE DUERO, SECRETARIO DEL DIEGO VELAZQUEZ; Y TAMBIEN SUPO CÓMO MONTEZUMA ENVIABA ORO Y ROPA AL NARVAEZ, Y LAS PALABRAS QUE LE ENVIÓ Á DECIR EL NARVAEZ AL MONTEZUMA, Y DE CÓMO VENIA EN AQUELLA ARMADA EL LICENCIADO LÚCAS VAZQUEZ DE AILLON, OIDOR DE LA AUDIENCIA REAL DE SANTO DOMINGO, É LA INSTRUCCION QUE TRAIAN.

Como Cortés en todo tenia cuidado y advertencia, y cosa ninguna se le pasaba que no procuraba poner remedio, y como muchas veces he dicho ántes de ahora, tenia tan acertados y buenos capitanes y soldados, que, demás de ser muy esforzados, dábamos buenos consejos, acordóse por todos que se escribiese en posta con indios que llevasen las cartas al Narvaez ántes que llegase el clérigo Guevara, con muchas caricias y ofrecimientos que todos á una le hiciésemos, y que hariamos todo lo que su merced mandase; y que le pediamos por merced que no alborotase la tierra, ni los indios viesen entre nosotros disensiones; y esto deste ofrecimiento fué por causa que, como éramos los de Cortés pocos soldados en comparacion de los que el Narvaez traia, porque nos tuviese buena voluntad y para ver lo que sucedia; y nos ofrecimos por sus servidores, y tambien debajo destas buenas palabras no dejamos de buscar amigos entre los capitanes de Narvaez: porque el padre Guevara y el escribano Vergara dijeron á Cortés que Narvaez no venia bienquisto con sus capitanes, y que les enviase algunos tejuelos y cadenas de oro, porque dádivas quebrantan peñas: y Cortés les escribió que habia holgado en gran manera él y todos nosotros sus compañeros con su llegada á aquel puerto; y pues son amigos de tiempos pasados, que le pide por merced que no dé causa á que el Montezuma, que está preso, se suelte y la ciudad se levante, porque será para perderse él y su gente, y todos nosotros las vidas, por los grandes poderes que tiene: y esto, que lo dice porque el Montezuma está muy alterado y toda la ciudad revuelta con las palabras que de allá le ha enviado á decir; é que cree y tiene por cierto que de un tan esforzado y sábio varon, como él es no habian de salir de su boca cosas de tal arte dichas, ni en tal tiempo, sino que el Cervantes el chocarrero y los soldados que llevó consigo, como eran ruines lo dirian.

Y demás de otras palabras que en la carta iban, se le ofreció con su persona y hacienda, y que en todo haria lo que mandase.

Y tambien escribió Cortés al secretario Andrés de Duero y al oidor Lúcas Vazquez de Aillon, y con las cartas envió ciertas joyas de oro para sus amigos; y despues que hubo enviado esta carta secretamente, mandó dar al oidor cadenas y tejuelos y rogó al padre de la Merced que luego tras la carta fuese al real de Narvaez; y le dió otras cadenas de oro y tejuelos, y joyas muy estimadas que diese allá á sus amigos, y así como llegó la primera carta que dicho habemos que escribió Cortés con los indios ántes que llegase el padre Guevara, que fué el que Narvaez nos envió, andábala mostrando el Narvaez á sus capitanes, haciendo burla della y aun de nosotros; y un capitan de los que traia el Narvaez, que venia por veedor, que se decia Salvatierra, dicen que hacia bramuras desque la oyó, y decia al Narvaez, reprendiéndole, que para qué leia la carta de un traidor como Cortés é los que con él estaban, é que luego fuese contra nosotros, é que no quedase ninguno á vida; y juró que las orejas de Cortés que las habia de asar, y comer la una dellas; y decia otras liviandades.

Por manera que no quiso responder á la carta ni nos tenia en una castañeta.

Y en este instante llegó el clérigo Guevara y sus compañeros á su Real, y hablan al Narvaez que Cortés era muy buen caballero é gran servidor del Rey, y le dice del gran poder de Méjico, y de las muchas ciudades que vieron por donde pasaron, é que entendieron que Cortés que le será servidor y haria cuanto le mandase; é que será bien que por paz y sin ruido haya entre los unos y los otros concierto, y que mire el señor Narvaez á qué parte quiere ir de toda la Nueva-España con la gente que trae, que allí vaya é que deje al Cortés en otras provincias; pues hay tierras hartas donde se pueden albergar.

É como esto oyó el Narvaez, dicen que se enojó de tal manera con el padre Guevara y con el Amaya, que no los queria despues más ver ni escuchar; y desque los del real de Narvaez los vieron ir tan ricos al padre Guevara y al escribano Vergara é á los demás, y les decian secretamente á todos los de Narvaez tanto bien de Cortés é de todos nosotros, é que habian visto tanta multitud de oro que en el real andaba en el juego de los naipes, muchos de los de Narvaez deseaban estar ya en nuestro real; y en este instante llegó nuestro padre de la Merced, como dicho tengo, al real de Narvaez con los tejuelos que Cortés les dió y con cartas secretas, y fué á besar las manos al Narvaez, é á decille cómo Cortés hará todo lo que le mandare, é que tenga paz y amor; é como el Narvaez era cabezudo y venia muy pujante, no lo quiso oir; ántes dijo delante del mismo padre que Cortés y todos nosotros éramos unos traidores; é porque el fraile respondió que ántes éramos muy leales servidores del Rey, le trató mal de palabra; y muy secretamente repartió el fraile los tejuelos y cadenas de oro á quien Cortés le mandó y convocaba y atraia á sí los más principales del real de Narvaez.

Y dejallo hé aquí, y diré lo que al oidor Lúcas Velazquez de Aillon y al Narvaez les aconteció, y lo que sobre ello pasó.

CAPÍTULO CXIII.

CÓMO HUBIERON PALABRAS EL CAPITAN PÁNFILO DE NARVAEZ Y EL OIDOR LÚCAS VAZQUEZ DE AILLON, Y EL NARVAEZ LE MANDÓ PRENDER Y LE ENVIÓ EN UN NAVÍO PRESO Á CUBA Ó Á CASTILLA, Y LO QUE SOBRE ELLO AVINO.

Parece ser que, como el oidor Lúcas Vazquez de Aillon venia á favorecer las cosas de Cortés y de todos nosotros, porque así se lo habia mandado la real audiencia de Santo Domingo y los frailes jerónimos que estaban por gobernadores, como sabian los muchos y buenos y leales servicios que haciamos á Dios primeramente y á nuestro Rey y señor, y del gran presente que enviamos á Castilla con nuestros procuradores; é demás de lo que la audiencia Real le mandó, como el oidor vió las cartas de Cortés, y con ellas tejuelos de oro, si de ántes decia que aquella armada que enviaba era injusta, y contra toda justicia que contra tan buenos servidores del Rey como éramos era mal hecho venir, de allí adelante lo decia muy clara y abiertamente; y decia tanto bien de Cortés y de todos los que con él estábamos, que ya en el real de Narvaez no se hablaba de otra cosa.

Y demás desto, como veian y conocian en el Narvaez ser la pura miseria, y el oro y ropa que el Montezuma les enviaba todo se lo guardaba, y no daba cosa dello á ningun capitan ni soldado, ántes decia, con voz, que hablaba muy entonado, medio de bóveda, á su mayordomo:

—«Mirad que no falte ninguna manta, porque todas están puestas por memoria.»

É como aquello conocian dél, é oian lo que dicho tengo del Cortés y los que con él estábamos, de muy francos, todo su real estaba medio alborotado, y tuvo pensamiento el Narvaez que el oidor entendia en ello, é poner zizaña.

Y demás desto, cuando Montezuma les enviaba bastimento, que repartia el despensero ó mayordomo de Narvaez, no tenia cuenta con el oidor ni con sus criados, como era razon, y sobre ello hubo ciertas cosquillas y ruido en el real; y tambien porque el consejo que daban al Narvaez el Salvatierra, que dicho tengo que venia por veedor, y Juan Bono, vizcaino, y un Gamarra, y sobre todo, los grandes favores que tenia de Castilla de D. Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos, tuvo tan gran atrevimiento el Narvaez, que prendió al oidor del Rey, á él y á su escribano y ciertos criados, y lo hizo embarcar en un navío, y los envió presos á Castilla ó á la isla de Cuba.

Y aun sobre todo esto, porque un hidalgo que se decia Fulano de Oblanco y era letrado, decia al Narvaez que Cortés era muy servidor del Rey, y todos nosotros los que estábamos en su compañía éramos dignos de muchas mercedes, y que parecia mal llamarnos traidores, y que era mucho más mal prender á un oidor de su majestad; y por esto que le dijo, le mandó echar preso; y como el Gonzalo de Oblanco era muy noble, de enojo murió dentro de cuatro dias.

Tambien mandó echar presos á otros dos soldados de los que traia en su navío, que sabia que hablaban bien de Cortés, entre ellos fué un Sancho de Barahona, vecino que fué de Guatimala.

Tornemos á decir del oidor que llevaban preso á Castilla, que con palabras buenas é con temores que puso al capitan del navío y al maestre y al piloto que le llevaban á cargo, les dijo que, llegados á Castilla, que en lugar de paga de lo que hacen, su majestad les mandaria ahorcar; y como aquellas palabras oyeron, le dijeron que les pagase su trabajo y le llevarian á Santo Domingo; y así, mudaron la derrota que Narvaez les habia mandado que fuesen; y llegado á la isla de Santo Domingo y desembarcado, como la audiencia Real que allí residia y los frailes jerónimos que estaban por gobernadores oyeron al licenciado Lúcas Vazquez, y vieron tan grande desacato é atrevimiento, sintiéronlo mucho, y con tanto enojo, que luego lo escribieron á Castilla al Real Consejo de su majestad; y como el Obispo de Búrgos era presidente y lo mandaba todo, y su majestad no habia venido de Flandes, no hubo lugar de se hacer cosa ninguna de justicia en nuestro favor; ántes el don Juan Rodriguez de Fonseca diz que se holgó mucho, creyendo que el Narvaez nos habia ya prendido y desbaratado; y cuando su majestad estaba en Flandes, y oyeron á nuestros procuradores, y lo que el Diego Velazquez y el Narvaez habian hecho en enviar la armada sin su Real licencia, y haber prendido á su oidor, les hizo harto daño en los pleitos y demandas que despues le pusieron á Cortés y á todos nosotros, como adelante diré, por más que decian que tenian licencia del Obispo de Búrgos, que era presidente, para hacer el armada que contra nosotros enviaron.

Pues como ciertos soldados, parientes y amigos del oidor Lúcas Vazquez, vieron que el Narvaez le habia preso, temieron no les acaeciese lo que hizo con el letrado Gonzalo de Oblanco, porque ya les traia sobre los ojos y estaba mal con ellos, acordaron de se ir desde los arenales huyendo á la villa donde estaba el capitan Sandoval con los dolientes; y cuando llegaron á le besar las manos, el Sandoval les hizo mucha honra, y supo dellos todo lo aquí por mí dicho, y cómo queria enviar el Narvaez á aquella villa soldados á prenderle.

Y lo que más pasó diré adelante.

CAPÍTULO CXIV.

CÓMO NARVAEZ CON TODO SU EJÉRCITO SE VINO Á UN PUEBLO QUE SE DICE CEMPOAL, É LO QUE EN EL CONCIERTO SE HIZO, É LO QUE NOSOTROS HICIMOS ESTANDO EN LA CIUDAD DE MÉJICO, É CÓMO ACORDAMOS DE IR SOBRE NARVAEZ.

Pues como Narvaez hubo preso al oidor de la audiencia Real de Santo Domingo, luego se vino con todo su fardaje é pertrechos de guerra á asentar su real en un pueblo que se dice Cempoal, que en aquella sazon era muy poblado; é la primera cosa que hizo, tomó por fuerza al cacique gordo (que así le llamábamos) todas las mantas é ropa labrada é joyas de oro, é tambien le tomó las indias que nos habian dado los caciques de aquel pueblo, que se las dejamos en casa de sus padres é hermanos, porque eran hijas de señores, é para ir á la guerra muy delicadas.

Y el cacique gordo dijo muchas veces al Narvaez que no le tomase cosa ninguna de las que Cortés dejó en su poder, así el oro como mantas é indias, porque estaria muy enojado, y le vernia á matar de Méjico, así al Narvaez como al mismo cacique porque se las dejaba tomar.

É más, se le quejó el mismo cacique de los robos que le hacian sus soldados en aquel pueblo, é le dijo que cuando estaba allí Malinche, que así llamaban á Cortés, con sus gentes, que no les tomaban cosa ninguna, é que era muy bueno él é sus soldados los teules, porque teules nos llamaban; é como aquellas palabras le oia el Narvaez, hacia burla dél, é un Salvatierra que venia por veedor, otras veces por mí nombrado, que era el que más bravezas é fieros hacia, dijo á Narvaez é otros capitanes sus amigos:

—«¿No habeis visto qué miedo que tienen todos estos caciques desta nonada de Cortesillo?»

Tengan atencion los curiosos letores cuán bueno fuera no decir mal de lo bueno; porque juro amen que cuando dimos sobre el Narvaez, uno de los más cobardes é para ménos fué el Salvatierra, como adelante diré; é no porque no tenia buen cuerpo é membrudo, mas era mal engalibado, mas no de lengua, y decian que era natural de tierra de Búrgos.

Dejemos de hablar del Salvatierra, é diré cómo el Narvaez envió á requerir á nuestro capitan é á todos nosotros con unas provisiones que decian que eran traslados de los originales que traia para ser capitan por el Diego Velazquez; las cuales enviaba para que nos las notificase escribano, que se decia Alonso de Mata, el cual despues, el tiempo andando, fué vecino de la Puebla, que era ballestero; é enviaba con el Mata á otras tres personas de calidad.

É dejallo he aquí, así al Narvaez como á su escribano, é volveré á Cortés, que como cada dia tenia cartas é avisos, así de los del real de Narvaez como del capitan Gonzalo de Sandoval, que quedaba en la Villa-Rica, é le hizo saber que tenia consigo cinco soldados, personas muy principales é amigos del licenciado Lúcas Vazquez de Aillon, que es el que envió preso Narvaez á Castilla ó á la isla de Cuba; é la causa que daban por que se vinieron del real de Narvaez fué, que pues el Narvaez no tuvo respeto á un oidor del Rey, que ménos se lo ternia á ellos, que eran sus deudos; de los cuales soldados supo el Sandoval muy por entero todo lo que pasaba en el real de Narvaez é la voluntad que tenia, porque decia que muy de hecho habia de venir en nuestra busca á Méjico para nos prender.

Pasemos adelante, y diré que Cortés tomó luego consejo con nuestros capitanes é todos nosotros los que sabia que le habiamos de ser muy servidores, é solia llamar á consejo para en casos de calidad, como estos; é por todos fué acordado que brevemente, sin más aguardar cartas ni otras razones, fuésemos sobre el Narvaez, é que Pedro de Albarado quedase en Méjico en guarda del Montezuma con todos los soldados que no tuviesen buena disposicion para ir á aquella jornada; é tambien para que quedasen allí las personas sospechosas que sentiamos que serian amigos del Diego Velazquez é de Narvaez; é en aquella sazon, é ántes que el Narvaez viniese, habia enviado Cortés á Tlascala por mucho maíz, porque habia mala sementera en tierra de Méjico por falta de aguas; porque teniamos muchos naborías é amigos del mismo Tlascala, habíamoslo menester para ellos; é trujeron el maíz que he dicho, é muchas gallinas é otros bastimentos, los cuales enviamos al Pedro de Albarado, é aún le hicimos unas defensas á manera de mamparos é fortaleza con arte ó falconete, é cuatro tiros gruesos é toda la pólvora que teniamos, é diez ballesteros é catorce escopeteros é siete caballos, puesto que sabiamos que los caballos no se podrian aprovechar dellos en el patio donde estaban los aposentos; é quedaron por todos los soldados contados, de á caballo, y escopeteros é ballesteros, ochenta y tres.

Y como el gran Montezuma vió é entendió que queriamos ir sobre el Narvaez, é como Cortés le iba á ver cada dia é á tenelle palacio, jamás quiso decir ni dar á entender cómo el Montezuma ayudaba al Narvaez é le enviaba oro é mantas é bastimentos.

Y de una plática en otra, le preguntó el Montezuma á Cortés que dónde queria ir, é para qué habia hecho ahora de nuevo aquellos pertrechos é fortaleza, é que cómo andábamos todos alborotados; é lo que Cortés le respondió é en qué se resumió la plática diré adelante.

CAPÍTULO CXV.

CÓMO EL GRAN MONTEZUMA PREGUNTÓ Á CORTÉS QUE CÓMO QUERIA IR SOBRE EL NARVAEZ, SIENDO LOS QUE TRAIA DOBLADOS MÁS QUE NOSOTROS, Y QUE LE PESARIA MUCHO SI NOS VINIESE ALGUN MAL.

Como estaba platicando Cortés con el gran Montezuma, como lo tenian de costumbre, dijo el Montezuma á Cortés:

—«Señor Malinche, á todos vuestros capitanes é compañeros os veo andar desasosegados, é tambien he visto que no me visitais sino de cuando en cuando; é Orteguilla el paje me dice que quereis ir de guerra sobre esos vuestros hermanos que vienen en los navíos, é que quereis dejar aquí en mi guarda al Tonatio; hacedme merced que me lo declareis, para que si yo en algo os pudiere servir é ayudar, lo haré de muy buena voluntad. É tambien, señor Malinche, no querria que os viniese algun desman, porque vos teneis muy pocos teules, y esos que vienen son cinco veces más; é ellos dicen que son cristianos como vosotros é vasallos de ese vuestro Emperador, é tienen imágenes y ponen cruz, é les dicen Misa, é dicen é publican que sois gentes que venistes huyendo de Castilla de vuestro rey y señor, é que os vienen á prender ó á matar; en verdad que yo no os entiendo. Por tanto, mirad primero lo que haceis.»

Y Cortés le respondió con nuestras lenguas doña Marina é Jerónimo de Aguilar, con un semblante muy alegre, que si no le ha venido á dar relacion dello, es como le quiere mucho y por no le dar pesar con nuestra partida, é que por esta causa lo ha dejado, porque así tiene por cierto que el Montezuma le tiene voluntad.

É que cuanto á lo que dice, que todos somos vasallos de nuestro gran Emperador, que es verdad, é de ser cristianos como nosotros, que sí son; é á lo que dicen que venimos huyendo de nuestro Rey y señor, que no es así, sino que nuestro Rey nos envió para velle y hablalle todo lo que en su Real nombre le ha dicho é platicado, é á lo que dice que trae muchos soldados é noventa caballos é muchos tiros é pólvora, é que nosotros somos pocos, é que nos vienen á matar é prender, Nuestro Señor Jesucristo, en quien creemos é adoramos, é Nuestra Señora Santa María, su bendita Madre, nos dará fuerzas, y más que no á ellos, pues que son malos é vienen de aquella manera.

É que como nuestro Emperador tiene muchos reinos é señoríos, hay en ellos mucha diversidad de gentes, unas muy esforzadas é otras mucho más, é que nosotros somos de dentro de Castilla, que llaman Castilla la Vieja, é nos nombran por sobrenombre castellanos; é que el capitan que está ahora en Cempoal y la gente que trae que es de otra provincia que llaman Vizcaya, é que tienen la habla muy revesada, como á manera de decir como los otomís tierra de Méjico; é que él verá cuál se los traeriamos presos; é que no tuviese pesar por nuestra ida, que presto volveriamos con vitoria.

É lo que ahora le pide por merced, que mire que queda con él su hermano Tonatio, que así llamaban á Pedro de Albarado, con ochenta soldados; que despues que salgamos de aquella ciudad no haya algun alboroto, ni consienta á sus capitanes é papas hagan cosas que sean mal hechas, porque despues que volvamos, si Dios quisiere, no tengan que pagar con las vidas los malos revolvedores; é que todo lo que hubiere menester de bastimentos, que se los diesen; é allí le abrazó Cortés dos veces al Montezuma, é asimismo el Montezuma á Cortés; é doña Marina, como era muy avisada, se lo decia de arte que ponia tristeza con nuestra partida.

Allí le ofreció que haria todo lo que Cortés le encargaba, y aun prometió que enviaria en nuestra ayuda cinco mil hombres de guerra, é Cortés le dió gracias por ello, porque bien entendió que no los habia de enviar; é le dijo que no habia menester su ayuda, sino era la de Dios nuestro Señor, que es la ayuda verdadera, é la de sus compañeros que con él íbamos; é tambien le encargó que mirase que la imágen de nuestra Señora é la cruz que siempre lo tuviesen muy enramado, é limpia la iglesia, é quemasen candelas de cera, que tuviesen siempre encendidas de noche y de dia, é que no consintiesen á los papas que hiciesen otra cosa; porque en aquesto conoceria muy mejor su buena voluntad é amistad verdadera.

É despues de tornados otra vez á se abrazar, le dijo Cortés que le perdonase, que no podia estar más en plática con él, por entender en la partida; é luego habló á Pedro de Albarado é á todos los soldados que con él quedaban, é les encargó que guardasen al Montezuma con mucho cuidado no se soltase, é que obedeciesen al Pedro de Albarado; y prometióles que, mediante Dios, que á todos les habia de hacer ricos; é allí quedó con ellos el Clérigo Juan Diaz, que no fué con nosotros, é otros soldados sospechosos, que aquí no declaro por sus nombres; é allí nos abrazamos los unos á los otros, é sin llevar indias ni servicio, sino á la ligera, tiramos por nuestras jornadas por la ciudad de Cholula, y en el camino envió Cortés á Tlascala á rogar á nuestros amigos Xicotenga y Masse-Escaci é á todos los más caciques, que nos enviasen de presto cuatro mil hombres de guerra; y enviaron á decir que si fueran para pelear con indios como ellos, que sí hicieran, é aun muchos más de los que les demandaban, é que para contra teules como nosotros, é contra bombardas é caballos, que les perdonen, que no los quieren dar; é proveyeron de veinte cargas de gallinas; é luego Cortés escribió en posta á Sandoval que se juntase con todos sus soldados muy prestamente con nosotros, que íbamos á unos pueblos obra de doce leguas de Cempoal, que se dicen Tampaniquita é Mitalaguita, que ahora son de la encomienda de Pedro Moreno Medrano, que vive en la Puebla; é que mirase muy bien el Sandoval que Narvaez no le prendiese, ni hubiese á las manos á él ni á ninguno de sus soldados.

Pues yendo que íbamos de la manera que he dicho, con mucho concierto para pelear si topásemos gente de guerra de Narvaez ó al mismo Narvaez, y nuestros corredores del campo descubriendo, é siempre una jornada adelante dos de nuestros soldados grandes peones, personas de mucha confianza, y estos no iban por camino derecho, sino por partes que no podian ir á caballo, para saber é inquirir de indios de la gente de Narvaez.

Pues yendo nuestros corredores del campo descubriendo, vieron venir á un Alonso de Mata, el que decian que era escribano, que venia á notificar los papeles ó traslados de las provisiones, segun dije atrás en el capítulo que dello habla, é á los cuatro españoles que con él venian por testigos, y luego vinieron los dos nuestros soldados de á caballo á dar mandado, y los otros dos corredores del campo se estuvieron en palabras con el Alonso de Mata é con los cuatro testigos; y en este instante nos dimos priesa en andar y alargamos el paso, y cuando llegaron cerca de nosotros hicieron gran reverencia á Cortés y á todos nosotros, y Cortés se apeó del caballo y supo á lo que venian.

Y como el Alonso de Mata queria notificar los despachos que traia, Cortés le dijo que si era escribano del Rey, y dijo que sí; y mandóle que luego exhibiese el título, é que si le traia, que leyese los recados, é que haria lo que viese que era servicio de Dios é de su Majestad; y si no le traia, que no leyese aquellos papeles; é que tambien habia de ver los originales de su Majestad.

Por manera que el Mata, medio cortado é medroso, porque no era escribano de su Majestad, y los que con él venian no sabian qué le decir; y Cortés les mandó dar de comer, y porque comiesen reparamos allí; y les dijo Cortés que íbamos á unos pueblos cerca del real del señor Narvaez, que se decian Tampanequita, y que allí podia enviar á notificar lo que su capitan mandase; y tenia Cortés tanto sufrimiento, que nunca dijo palabra mala del Narvaez, é apartadamente habló con ellos y les untó las manos con tejuelos de oro, y luego se volvieron á su Narvaez diciendo bien de Cortés y de todos nosotros; y como muchos de nuestros soldados por gentileza en aquel instante llevábamos en las armas joyas de oro, y otros cadenas y collares al cuello, y aquellos que venian á notificar los papeles les vieron, dicen en Cempoal maravillarse de nosotros; y muchos habia en el real de Narvaez, personas principales, que querian venir á tratar paces con Cortés y su capitan Narvaez, como á todos nos veian ir ricos.

Por manera que llegamos á Panguaniquita, é otro dia llegó el capitan Sandoval con los soldados que tenia, que serian hasta sesenta; porque los demás viejos y dolientes los dejó en unos pueblos de indios nuestros amigos, que se decian Papalote, para que allí les diesen de comer; y tambien vinieron con él los cinco soldados parientes y amigos del licenciado Lúcas Vazquez de Aillon, que se habian venido huyendo del real de Narvaez, y venian á besar las manos á Cortés; á los cuales con mucha alegría recibió muy bien; y allí estuvo contando el Sandoval á Cortés de lo que les acaeció con el Clérigo furioso Guevara y con el Vergara y con los demás, y cómo los mandó llevar presos á Méjico, segun y de la manera que dicho tengo en el capítulo pasado.

Y tambien dijo cómo desde la Villa-Rica envió dos soldados como indios, puestas mantillas ó mantas, y eran como indios propios, al real de Narvaez; é como eran morenos, dijo Sandoval que no parecian sino propios indios, y cada uno llevó una carguilla de ciruelas á vender, que en aquella sazon era tiempo dellas, cuando estaba Narvaez en los arenales, ántes que se pasasen al pueblo de Cempoal; é que fueron al rancho del bravo Salvatierra, é que les dió por las ciruelas un sartalejo de cuentas amarillas.

É cuando hubieron vendido las ciruelas, el Salvatierra les mandó que le fuesen por yerba, creyendo que eran indios, allí junto á un riachuelo que está cerca de los ranchos, para su caballo, é fueron é cogieron unas carguillas dello, y esto era á hora del Ave-María cuando volvieron con la yerba, y se estuvieron en el rancho en cuclillas como indios hasta que anocheció, y tenian ojo y sentido en lo que decian ciertos soldados de Narvaez que vinieron á tener palacio é compañía al Salvatierra, y despues les decia el Salvatierra:

—«¡Oh, á qué tiempo hemos venido, que tiene allegado este traidor de Cortés más de setecientos mil pesos de oro, y todos seremos ricos; pues los capitanes y soldados que consigo trae, no será ménos sino que tengan mucho oro!»

Y decian por ahí otras palabras.

Y desque fué bien escuro vienen los dos nuestros soldados que estaban hechos como indios, y callando salen del rancho, y van adonde tenia el caballo, y con el freno que estaba junto con la silla le enfrenan y ensillan, y cabalgan en él.

Y viniéndose para la villa de camino, topan otro caballo manco cabe el riachuelo, y tambien se lo trujeron.

Y preguntó Cortés al Sandoval por los mismos caballos, y dijo que los dejó en el pueblo de Papalote, donde quedaban los dolientes; porque por donde él venia con sus compañeros no podian pasar caballos, porque era tierra muy fragosa y de grandes sierras, y que vino por allí por no topar con gente del Narvaez; y cuando Cortés supo que era el un caballo de Salvatierra se holgó en gran manera, é dijo:

—«Ahora braveará más cuando lo halle ménos.»

Volvamos á decir del Salvatierra, que cuando amaneció é no halló á los dos indios que le trujeron á vender las ciruelas, ni halló su caballo ni la silla y el freno, dijeron despues muchos soldados de los del mismo Narvaez que decia cosas que los hacia reir; porque luego conoció que eran españoles de los de Cortés los que les llevaron los caballos; y desde allí adelante se velaban.

Volvamos á nuestra materia: y luego Cortés con todos nuestros capitanes y soldados estuvimos platicando cómo y de qué manera dariamos en el real de Narvaez; é lo que se concertó ántes que fuésemos sobre el Narvaez diré adelante.

CAPÍTULO CXVI.

CÓMO ACORDÓ CORTÉS CON TODOS NUESTROS CAPITANES Y SOLDADOS QUE TORNÁSEMOS Á ENVIAR AL REAL DE NARVAEZ AL FRAILE DE LA MERCED, QUE ERA MUY SAGAZ Y DE BUENOS MEDIOS, Y QUE SE HICIESE MUY SERVIDOR DEL NARVAEZ, É QUE SE MOSTRASE FAVORABLE Á SU PARTE MAS QUE NO Á LA DE CORTÉS, É QUE SECRETAMENTE CONVOCASE AL ARTILLERO QUE SE DECIA RODRIGO MARTIN É Á OTRO ARTILLERO QUE SE DECIA USAGRE, É QUE HABLASE CON ANDRÉS DE DUERO PARA QUE VINIESE Á VERSE CON CORTÉS; É QUE OTRA CARTA QUE ESCRIBIÉSEMOS AL NARVAEZ QUE MIRASE QUE SE LA DIESE EN SUS MANOS, É LO QUE EN TAL CASO CONVENIA, É QUE TUVIESE MUCHA ADVERTENCIA, Y PARA ESTO LLEVÓ MUCHA CANTIDAD DE TEJUELOS É CADENAS DE ORO PARA REPARTIR.

Pues como ya estábamos en el pueblo todos juntos, acordamos que con el padre de la Merced se escribiese otra carta al Narvaez, que decian en ella así, ó otras palabras formales como estas que diré, despues de puesto su acato con gran cortesía: que nos habiamos holgado de su venida, é creiamos que con su generosa persona hariamos gran servicio á Dios Nuestro Señor y á su majestad, é que no nos ha querido responder cosa ninguna, ántes nos llama de traidores, siendo muy leales servidores del Rey; é ha revuelto toda la tierra con las palabras que envió á decir á Montezuma; é que le envió Cortés á pedir por merced que escogiese la provincia en cualquiera parte que él quisiese quedar con la gente que tiene, ó fuese adelante, é que nosotros iriamos á otras tierras é hariamos lo que á buenos servidores de su majestad somos obligados.

É que le hemos pedido por merced que si trae provisiones de su majestad que envie los originales para ver y entender si vienen con la Real firma y ver lo que en ellas se contiene, para que luego que lo veamos, los pechos por tierra para obedecerla; é que no ha querido hacer lo uno ni lo otro, sino tratarnos mal de palabra y revolver la tierra; que le pedimos y requerimos de parte de Dios y del Rey nuestro señor que dentro en tres dias envie á notificar los despachos que trae con escribano de su majestad, é que cumpliremos como mandado del Rey nuestro señor todo lo que en las reales provisiones mandare; que para aquel efeto nos hemos venido á aquel pueblo de Panguenezquita, por estar más cerca de su Real; é que si no trae las provisiones y se quisiere volver á Cuba, que se vuelva y no alborote más la tierra, con protestacion que si otra cosa hace, que iremos contra él á le prender y enviallo preso á nuestro Rey y señor, pues sin su Real licencia nos viene á dar guerra é desasosegar todas las ciudades; é que todos los males é muertes y fuegos y menoscabos que sobre esto acaecieren, que sea á su cargo, y no al nuestro; y esto se escribe ahora por carta misiva, porque no osa ningun escribano de su majestad írselo á notificar, por temor no le acaezca tan gran desacato como el que se tuvo con un oidor de su majestad, y que ¿dónde se vió tal atrevimiento de le enviar preso?

Y que allende de lo que dicho tiene, por lo que es obligado á la honra y justicia de nuestro Rey, que le conviene castigar aquel gran desacato y delito, como capitan general y justicia mayor que es de aquesta Nueva-España, le cita y emplaza para ello, y se lo demandará usando de justicia, pues es crímen _læsæ majestatis_ lo que ha tentado, é que hace á Dios testigo de lo que ahora dice; y tambien le enviamos á decir que luego volviese al cacique gordo las mantas y ropa y joyas de oro que le habian tomado por fuerza, y ansimismo las hijas de señores que nos habian dado sus padres, y mandase á sus soldados que no robasen á los indios de aquel pueblo ni de otros.

Y despues de puesta su cortesía y firmada de Cortés y de nuestros capitanes y algunos soldados, iba allí mi firma; y entónces se fué con el mismo Padre fray Bartolomé de Olmedo un soldado que se decia Bartolomé de Usagre, porque era hermano del artillero Usagre, que tenia cargo del artillería de Narvaez; y llegados nuestro religioso y el Usagre á Cempoal, adonde estaba el Narvaez, diré lo que dice que pasó.

CAPÍTULO CXVII.

CÓMO EL PADRE FRAY BARTOLOMÉ DE OLMEDO, DE LA ÓRDEN DE NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED, FUÉ Á CEMPOAL, ADONDE ESTABA EL NARVAEZ É TODOS SUS CAPITANES, Y LO QUE PASÓ CON ELLOS, Y LES DIÓ LA CARTA.

Como el Padre fray Bartolomé de Olmedo, de la órden de la Merced, llegó al real de Narvaez, sin más gastar yo palabras en tornallo á recitar, hizo lo que Cortés le mandó, que fué convocar á ciertos caballeros de los de Narvaez y al artillero Rodrigo Mino, que así se llamaba, é al Usagre, que tenia tambien cargo de los tiros; y para mejor le atraer, fué un su hermano del Usagre con tejuelos de oro, que dió de secreto al hermano; y asimismo el padre fray Bartolomé de Olmedo repartió todo el oro que Cortés le mandó, y habló al Andrés de Duero que luego se viniese á nuestro real con Cortés; y demás desto, ya el fraile habia ido á ver y hablar al Narvaez y hacérsele muy gran servidor; y andando en estos pasos, tuvieron gran sospecha de lo en que andaba nuestro fraile, é aconsejaban al Narvaez que luego le prendiese, é así lo querian hacer.

Y como lo supo Andrés de Duero, que era secretario del Diego Velazquez, y era de Tudela de Duero, y se tenian por deudos, el Narvaez y él, porque el Narvaez tambien era de tierra de Valladolid ó del mismo Valladolid, y en toda la armada era muy estimado é preeminente, el Andrés de Duero fué al Narvaez y le dijo que le habian dicho que queria prender al padre fray Bartolomé de Olmedo, mensajero y embajador de Cortés; que mirase que ya que hubiese sospecha que el fraile hablaba algunas cosas en favor de Cortés, que no es bien prendelle, pues que claramente se ha visto cuánta honra é dádivas da Cortés á todos los suyos del Narvaez que hallaban; é que fray Bartolomé de Olmedo ha hablado con él despues que allí ha venido, é lo que siente dél es que desea que él y otros caballeros del real de Cortés le vengan á recibir, é que todos fuesen amigos; y que mire cuánto bien dice Cortés á los mensajeros que envia; que no le sale por la boca á él ni á cuantos están con él, sino el señor capitan Narvaez, é que seria poquedad prender á un religioso; que otro hombre que vino con él, que es hermano de Usagre el artillero, que le viene á ver; que convide á fray Bartolomé de Olmedo á comer, y le saque del pecho la voluntad que todos los de Cortés tienen.

Y con aquellas palabras, y otras sabrosas que le dijo, amansó al Narvaez. Y luego desque esto pasó, se despidió Andrés de Duero del Narvaez, y secretamente habló al Padre lo que habia pasado; y luego el Narvaez envió á llamar á fray Bartolomé de Olmedo, y como vino, le hizo mucho acato, y medio riendo (que era el Fraile muy cuerdo y sagaz) le suplicó que se apartase en secreto, y el Narvaez se fué con él paseando á un patio, y el Fraile le dijo:

—«Bien entendido tengo que vuestra merced me queria mandar prender; pues hágole saber, Señor, que no tiene mejor ni mayor servidor en su real que yo, y tengo por cierto que muchos caballeros y capitanes de los de Cortés le querrian ya ver en las manos de vuestra merced; y ansí, creo que vendremos todos; y para más le atraer á que se desconcierte, le han hecho escribir una carta de desvaríos, firmada de los soldados, que me dieron que diese á vuestra merced, que no la he querido mostrar hasta agora, que vine á pláticas, que en un rio la quise echar por las necedades que en ella trae; y esto hacen todos sus capitanes y soldados de Cortés por verlo ya desconcertar.»

Y el Narvaez dijo que se la diese, y el Padre fray Bartolomé de Olmedo le dijo que la dejó en su posada é que iria por ella; é ansí, se despidió para ir por la carta; y entre tanto vino al aposento de Narvaez el bravoso Salvatierra; y de presto el Padre fray Bartolomé de Olmedo llamó á Duero que fuese luego en casa del Narvaez para ver dalle la carta, que bien sabia ya el Duero della, y aun otros capitanes de Narvaez que se habian mostrado por Cortés; porque el fraile consigo la traia, sino porque tuviesen juntos muchos de los de aquel Real y le oyesen.

É luego como vino el Padre fray Bartolomé de Olmedo con la carta, se la dió al mismo Narvaez, y dijo:

—«No se maraville vuestra merced con ella, que ya Cortés andaba desvariando; y sé cierto que si vuestra merced le habla con amor, que luego se le dará él y todos los que consigo trae.»

Dejémonos de razones de fray Bartolomé, que las tenia muy buenas, y digamos que le dijeron á Narvaez los soldados y capitanes que leyese la carta, y cuando la oyeron, dice que hacian bramuras el Narvaez y el Salvatierra, y los demás se reian, como haciendo burla della; y entónces dijo el Andrés de Duero:

—«Ahora yo no sé cómo sea esto; yo no lo entiendo; porque este religioso me ha dicho que Cortés y todos se le darán á vuestra merced, y ¡escribir ahora estos desvaríos!»

Y luego de buena tinta tambien le ayudó á la plática al Duero un Agustin Bermudez, que era capitan é alguacil mayor del real de Narvaez, é dijo:

—«Ciertamente, tambien he sabido del Padre Fray Bartolomé de Olmedo muy en secreto que como enviase buenos terceros, que el mismo Cortés vernia á verse con vuestra merced para que se diese con sus soldados; y será bien que envie á su Real, pues no está muy léjos, al señor veedor Salvatierra é al señor Andrés de Duero, é yo iré con ellos.»

Y esto dijo adrede por ver qué diria el Salvatierra. Y respondió el Salvatierra que estaba mal dispuesto é que no iria á ver un traidor; y el padre fray Bartolomé de Olmedo le dijo:

—«Señor veedor, bueno es tener templanza, pues está cierto que le ternéis preso ántes de muchos dias.»

Pues concertada la partida del Andrés de Duero, parece ser muy en secreto trató el Narvaez con el mismo Duero y con tres capitanes que tuviesen modo con el Cortés como se viesen en unas estancias é casas de indios que estaban entre el real de Narvaez y el nuestro, é que allí se darian conciertos donde habiamos de ir con Cortés á poblar y partir términos, y en las vistas le prenderia; y para ello tenia ya hablado el Narvaez á veinte soldados de sus amigos; lo cual luego supo fray Bartolomé del Narvaez é del Andrés de Duero, y avisaron á Cortés de todo.

Dejemos al fraile en el real de Narvaez, que ya se habia hecho muy amigo y pariente del Salvatierra, siendo el fraile de Olmedo y el Salvatierra de Búrgos, y comia con él cada dia.

É digamos de Andrés de Duero, que quedaba apercibiéndose para ir á nuestro real y llevar consigo á Bartolomé de Usagre, nuestro soldado, porque el Narvaez no alcanzase á saber dél lo que pasaba; y diré lo que en nuestro real hicimos.

CAPÍTULO CXVIII.

CÓMO EN NUESTRO REAL HICIMOS ALARDE DE LOS SOLDADOS QUE ÉRAMOS, Y CÓMO TRAJERON DUCIENTAS Y CINCUENTA PICAS MUY LARGAS, CON UNOS HIERROS DE COBRE CADA UNA, QUE CORTÉS HABIA MANDADO HACER EN UNOS PUEBLOS QUE SE DICEN LOS CHICHINATECAS, Y NOS IMPONÍAMOS CÓMO HABIAMOS DE JUGAR DELLAS PARA DERROCAR LA GENTE DE Á CABALLO QUE TENIA NARVAEZ, Y OTRAS COSAS QUE EN EL REAL PASARON.

Volvamos á decir algo atrás de lo dicho, y lo que más pasó.

Así como Cortés tuvo noticia del armada que traia Narvaez, luego despachó un soldado que habia estado en Italia, bien diestro de todas armas, y más de jugar una pica, y le envió á una provincia que se dice los chichinatecas, junto adonde estaban nuestros soldados los que fueron á buscar minas; porque aquellos de aquella provincia eran muy enemigos de los mejicanos é pocos dias habia que tomaron nuestra amistad, é usaban por armas muy grandes lanzas, mayores que las nuestras de Castilla, con dos brazas de pedernal é navajas; y envióles á rogar que luego le trajesen á do quiera que estuviesen trecientas dellas, é que les quitasen las navajas, é que pues tenian mucho cobre, que les hiciesen á cada una dos hierros, y llevó el soldado la manera cómo habian de ser los hierros; y como llegó, de presto buscaron las lanzas é hicieron los hierros; porque en toda la provincia á aquella sazon habia cuatro ó cinco pueblos, sin muchas estancias, y las recogieron, é hicieron los hierros muy más perfectamente que se los enviamos á mandar; y tambien mandó á nuestro soldado, que se decia Tovilla, que les demandase dos mil hombres de guerra, é que para el dia de Pascua del Espíritu Santo viniese con ellos al pueblo de Panguenequita, que ansí se decia, ó que preguntase en qué parte estábamos, é que todos dos mil hombres trajesen lanzas; por manera que el soldado se los demandó, é los caciques dijeron que ellos venian con la gente de guerra; y el soldado se vino luego con obra de ducientos indios, que trajeron las lanzas, y con los demás indios de guerra quedó para venir con ellos otro soldado de los nuestros, que se decia Barrientos; y este Barrientos estaba en la estancia y minas que descubrian, ya otra vez por mí nombradas, y allí se concertó que habia de venir de la manera que está dicho á nuestro real; porque seria de andadura diez ó doce leguas de lo uno á lo otro.

Pues venido el nuestro soldado Tovilla con las lanzas, eran muy extremadas de buenas; y así, se daba órden y nos imponia el soldado é nos mostraba á jugar con ellas, y cómo nos habiamos de haber con los de á caballo, é ya teniamos hecho nuestro alarde y copia y memoria de todos los soldados y capitanes de nuestro ejército, y hallamos ducientos y seis, contados atambor é pífaro, sin el fraile, y con cinco de á caballo y dos artilleros y pocos ballesteros y ménos escopeteros; y á lo que tuvimos ojo, para pelear con Narvaez, eran las picas, y fueron muy buenas, como adelante verán; y dejemos de platicar más en el alarde y lanzas, diré cómo llegó Andrés de Duero, que envió Narvaez á nuestro real, é trujo consigo á nuestro soldado Usagre y dos indios naborías de Cuba, y lo que dijeron y concertaron Cortés y Duero, segun despues alcanzamos á saber.

CAPÍTULO CXIX.

CÓMO VINO ANDRÉS DE DUERO Á NUESTRO REAL Y EL SOLDADO USAGRE Y DOS INDIOS DE CUBA, NABORÍAS DEL DUERO, Y QUIÉN ERA EL DUERO Y Á LO QUE VENIA, Y LO QUE TUVIMOS POR CIERTO Y LO QUE SE CONCERTÓ.

Y es desta manera, que tengo de volver muy atrás á recitar lo pasado.

Ya he dicho en los capítulos más adelante destos que cuando estábamos en Santiago de Cuba, que se concertó Cortés con Andrés de Duero y con un contador del Rey, que se decia Amador de Lares, que eran grandes amigos del Diego Velazquez, y el Duero era su secretario, que tratase con el Diego Velazquez que le hiciesen á Cortés capitan general para venir en aquella armada, y que partiria con ellos todo el oro y plata y joyas que le cupiese de su parte de Cortés; y como el Andrés de Duero vió en aquel instante á Cortés, su compañero, tan rico y poderoso, y so color que venia á poner paces y á favorecer á Narvaez, y en lo que entendió era á demandar la parte de la compañía, porque ya el otro su compañero Amador de Lares era fallecido; y como Cortés era sagaz y manso, no solamente le prometió de dalle gran tesoro, sino que tambien le daria mando en toda la armada, ni más ni ménos que su propia persona, y que, despues de conquistada la Nueva-España, le daria otros tantos pueblos como á él, con tal que tuviese concierto con Agustin Bermudez, que era alguacil mayor del real de Narvaez, y con otros caballeros que aquí no nombro, que estaban convocados para que en todo caso fuesen en desviar al Narvaez para que no saliese con la vida é con honra y le desbaratase; y como á Narvaez tuviese muerto ó preso, y deshecha su armada, que ellos quedarian por señores y partirian el oro y pueblos de la Nueva-España; y para más le atraer y convocar á lo que dicho tengo, le cargó de oro sus dos indios de Cuba; y segun pareció, el Duero se lo prometió, y aun ya se lo habia prometido el Agustin Bermudez por firmas y cartas; y tambien envió Cortés al Bermudez y á un clérigo que se decia Juan de Leon, y al clérigo Guevara, que fué el que primero envió Narvaez, y otros sus amigos, muchos tejuelos y joyas de oro, y les escribió lo que le pareció que le convenia, para que en todo le ayudasen; y estuvo el Andrés de Duero en nuestro real el dia que llegó hasta otro dia despues de comer, que era dia de pascua de Espíritu Santo, y comió con Cortés y estuvo hablando con él en secreto buen rato; y cuando hubieron comido se despidió el Duero de todos nosotros, así capitanes como soldados, y luego fué á caballo otra vez adonde Cortés estaba, y dijo:

—«¿Qué manda vuestra merced? Que me quiero ir.»

Y respondióle:

—«Que vaya con Dios, y mire, señor Andrés de Duero, que haya buen concierto de lo que tenemos platicado; si no, en mi conciencia (que así juraba Cortés), que ántes de tres dias con todos mis compañeros seré allá en vuestro real, y al primero que le eche lanza será á vuestra merced si otra cosa siento al contrario de lo que tenemos hablado.»

Y el Duero se rió, y dijo:

—«No faltaré en cosa que sea contrario de servir á vuestra merced.»

Y luego se fué, y llegado á su real, diz que dijo al Narvaez que Cortés y todos los que estábamos con él sentia estar de buena voluntad para pasarnos con el mismo Narvaez.

Dejemos de hablar deso del Duero, y diré cómo Cortés luego mandó llamar á un nuestro capitan que se dice Juan Velazquez de Leon, persona de mucha cuenta y amigo de Cortés, y era pariente muy cercano del gobernador de Cuba Diego Velazquez; y á lo que siempre tuvimos creido, tambien le tenia Cortés convocado y atraido á sí con grandes dádivas y ofrecimientos que le daria mando en la Nueva-España y le haria su igual; porque el Juan Velazquez siempre se mostró muy gran servidor y verdadero amigo, como adelante verán.

Y cuando hubo venido delante de Cortés y hecho su acato, le dijo:

—«¿Qué manda vuestra merced?»

Y Cortés, como hablaba algunas veces muy meloso y con la risa en la boca, le dijo medio riendo:

—«Á lo que, señor Juan Velazquez, le hice llamar es, que me dijo Andrés de Duero que dice Narvaez, y en todo su real hay fama, que si vuestra merced va allá, que luego yo soy deshecho y desbaratado, porque creen que se ha de hacer con Narvaez; y á esta causa he acordado que por mi vida, si bien me quiere, que luego se vaya en su buena yegua rucia, y que lleve todo su oro y la fanfarrona (que era muy pesada cadena de oro), y otras cositas que yo le daré, que dé allá por mí á quien yo le dijere; y su fanfarrona de oro, que pesa mucho, llevará al hombro, y otra cadena que pesa más que ella llevará con dos vueltas, y allá verá qué le quiere Narvaez; y en viniendo que se venga, luego irán allá el Sr. Diego de Ordás, que le desean ver en su real, como mayordomo que era del Diego Velazquez.»

Y el Juan Velazquez respondió que él haria lo que su merced mandaba, mas que su oro ni cadenas que no las llevaria consigo, salvo lo que le diese para dar á quien mandase; porque donde su persona estuviere, es para le siempre servir, más que cuanto oro ni piedras de diamantes puede haber.

—«Ansí lo tengo yo creido, dijo Cortés, y con esta confianza, señor, le envio; mas si no lleva todo su oro y joyas, como le mando, no quiero que vaya allá.»

Y el Juan Velazquez respondió:

—«Hágase lo que vuestra merced mandare.»

Y no quiso llevar las joyas, y Cortés allí le habló secretamente, y luego se partió, y llevó en su compañía á un mozo de espuelas de Cortés para que le sirviese, que se decia Juan del Rio.

Y dejemos desta partida de Juan Velazquez, que dijeron que lo envió Cortés por descuidar á Narvaez, y volvamos á decir lo que en nuestro real pasó: que dende á dos horas que se partió el Juan Velazquez, mandó Cortés tocar el atambor á Canillas, que ansí se llamaba nuestro atambor, y á Benito de Veguer, nuestro pífaro, que tocase su tamborino, y mandó á Gonzalo de Sandoval, que era capitan y alguacil mayor, que llamase á todos los soldados, y comenzásemos á marchar luego á paso largo camino de Cempoal; é yendo por nuestro camino se mataron dos puercos de la tierra, que tienen el ombligo en el espinazo, y dijimos muchos soldados que era señal de vitoria; y dormimos en un repecho cerca de un riachuelo, y sendas piedras por almohadas, como lo teniamos por costumbre, y nuestros corredores del campo adelante, y espías y rondas; y cuando amaneció, caminamos por nuestro camino derecho, y fuimos á hora de medio dia á un rio, adonde está ahora poblada la villa rica de la Veracruz, donde desembarcan las barcas con mercaderías que vienen de Castilla; porque en aquel tiempo estaban pobladas junto al rio unas casas de indios y arboledas; y como en aquella tierra hace grandísimo sol, reposamos allí, como dicho tengo, porque traiamos nuestras armas y picas.

Y dejemos ahora de más caminar, y digamos lo que al Juan Velazquez de Leon le avino con Narvaez y con un su capitan que tambien se decia Diego Velazquez, sobrino del Velazquez, gobernador de Cuba.

CAPÍTULO CXX.

CÓMO LLEGÓ JUAN VELAZQUEZ DE LEON Y EL MOZO DE ESPUELAS QUE SE DECIA JUAN DEL RIO AL REAL DE NARVAEZ, Y LO QUE EN ÉL PASÓ.

Ya he dicho cómo envió Cortés al Juan Velazquez de Leon y al mozo de espuelas para que le acompañase á Cempoal, y á ver lo que Narvaez queria, que tanto deseo tenia de tenello en su compañía; por manera que ansí como partieron de nuestro real se dió tanta prisa en el camino, y fué amanecer á Cempoal, y se fué á apear el Juan Velazquez en casa del cacique gordo, porque el Juan del Rio no tenia caballo, y desde allí se van á pié á la posada de Narvaez.

Pues como los indios de Cempoal le conocieron, holgaron de le ver y hablar, y decian á voces á unos soldados de Narvaez que allí posaban en casa del cacique gordo, que aquel era Juan Velazquez de Leon, capitan de Malinche; y ansí como lo oyeron los soldados, fueron corriendo á demandar albricias á Narvaez cómo habia venido Juan Velazquez de Leon, y ántes que el Juan Velazquez llegase á la posada del Narvaez, que ya le iba á le hablar, como de repente supo el Narvaez su venida, le salió á recebir á la calle, acompañado de ciertos soldados, donde se encontraron el Juan Velazquez y el Narvaez, y se hicieron muy grandes acatos, y el Narvaez abrazó al Juan Velazquez, y le mandó sentar en una silla, que luego trajeron sillas cerca de sí, y le dijo que por qué no se fué á apear á su posada; y mandó á sus criados que le fuesen luego por el caballo y fardaje, si le llevaba, porque en su casa y caballeriza y posada estaria; y Juan Velazquez dijo que luego se queria volver, que no venia sino á besalle las manos, y á todos los caballeros de su real, y para ver si podia dar concierto que su merced y Cortés tuviesen paz y amistad.

Entónces dicen que el Narvaez apartó al Juan Velazquez, y le comenzó á decir airado cómo que tales palabras le habia de decir de tener amistad ni paz con un traidor que se alzó á su primo Diego Velazquez con la armada.

Y el Juan Velazquez respondió que Cortés no era traidor, sino buen servidor de su majestad, y que ocurrir á nuestro Rey y señor, como envió é ocurrió, no se le ha de atribuir á traicion, y que le suplica que delante dél no se diga tal palabra.

Y entónces el Narvaez le comenzó á hacer grandes prometimientos que se quedase con él, y que concierte con los de Cortés que se le dén y vengan luego á se meter en su obediencia, prometiéndole con juramento que seria en todo su real el más preeminente capitan, y en el mando segunda persona; y el Juan Velazquez respondió que mayor traicion haria él en dejar al capitan que tiene jurado en la guerra y desamparallo, conociendo que todo lo que ha hecho en la Nueva-España es en servicio de Dios nuestro Señor y de su majestad; que no dejará de acudir á Cortés, como acudia nuestro Rey y señor, y que le suplica que no hable más en ello.

En aquella sazon habian venido á ver á Juan Velazquez todos los más principales capitanes del real de Narvaez, y le abrazaban con gran cortesía, porque el Juan Velazquez era muy de palacio y de buen cuerpo, membrudo, y de buena presencia y rostro y la barba muy bien puesta, y llevaba una cadena muy grande de oro echada al hombro, que le daba vueltas debajo el brazo, y parecíale muy bien, como bravoso y buen capitan.

Dejemos deste buen parecer de Juan Velazquez y cómo le estaban mirando todos los capitanes de Narvaez, y aun nuestro Padre fray Bartolomé de Olmedo tambien le vino á ver y en secreto hablar, y ansimismo el Andrés de Duero y el alguacil mayor Bermudez, y parece ser que en aquel instante ciertos capitanes de Narvaez, que se decian Gamarra y un Juan Yuste, y un Juan Bono de Quejo, vizcaino, y Salvatierra el bravoso, aconsejaron al Narvaez que luego prendiese al Juan Velazquez, porque les pareció que hablaba muy sueltamente en favor de Cortés; é ya que habia mandado el Narvaez secretamente á sus capitanes y alguaciles que le echasen preso, súpolo Agustin Bermudez y el Andrés de Duero, y el Padre fray Bartolomé de Olmedo y un Clérigo que se decia Juan de Leon, y otras personas que se habian dado por amigos de Cortés, y dicen al Narvaez que se maravillan de su merced querer mandar prender al Juan Velazquez de Leon, que ¿qué puede hacer Cortés contra él, aunque tenga en su compañía otros cien Juan Velazquez? Y que mire la honra y acatos que hace Cortés á todos los que de su real han ido, que les sale á recebir y á todos les da oro y joyas, y vienen cargados como abejas á las colmenas, y de otras cosas de mantas y mosqueadores, y que á Andrés de Duero y al Clérigo Guevara, y á Amaya y á Vergara el escribano, y á Alonso de Mata y otros que han ido á su real, bien los pudiera prender y no lo hizo; ántes, como dicho tienen, les hace mucha honra, y que será mejor que le torne á hablar al Juan Velazquez con mucha cortesía, y le convide á comer para otro dia; por manera que al Narvaez le pareció bien el consejo, y luego le tornó á hablar con palabras muy amorosas para que fuese tercero en que Cortés se le diese con todos nosotros, y le convidó para otro dia á comer; y el Juan Velazquez respondió que él haria lo que pudiese en aquel caso; mas que tenia á Cortés por muy porfiado y cabezudo en aquel negocio, y que seria mejor que partiesen las provincias, y que escogiese la tierra que más su merced quisiese; y esto decia el Juan Velazquez por le amansar; y entre aquellas pláticas llegóse al oido de Narvaez el padre fray Bartolomé de Olmedo, y le dijo, como su privado y consejero que ya le habia hecho:

—«Mande vuestra merced hacer alarde de toda su artillería y caballos y escopeteros y ballesteros y soldados, para que lo vea el Juan Velazquez de Leon y el mozo de espuelas Juan del Rio, para que Cortés tema vuestro poder é gente, y se venga á vuestra merced aunque le pese.»

Y esto lo dijo fray Bartolomé de Olmedo como por via de su muy gran servidor y amigo, y por hacelle que trabajasen todos los de á caballo y soldados en su real.

Por manera que por dicho de nuestro fraile hizo hacer alarde delante el Juan Velazquez de Leon y el Juan del Rio, estando presente nuestro religioso; y cuando fué acabado de hacer dijo el Juan Velazquez al Narvaez:

—«Gran pujanza trae vuestra merced; Dios se lo acreciente.»

Entónces dijo el Narvaez:

—«Ahí verá vuestra merced que si quisiera haber ido contra Cortés le hubiera traido preso, y á cuantos estais con él.»

Entónces respondió el Juan Velazquez y dijo:

—«Téngale vuestra merced por tal, y á los soldados que con él estamos, que sabremos muy bien defender nuestras personas.»

Y ansí cesaron las pláticas; y otro dia llevóle convidado á comer al Juan Velazquez, como dicho tengo, y comia con el Narvaez un sobrino del Diego Velazquez, gobernador de Cuba, que tambien era su capitan; y estando comiendo, tratóse plática de cómo Cortés no se daba al Narvaez, y de la carta y requirimientos que le enviamos, y de unas palabras en otras, desmandóse el sobrino de Diego Velazquez, que tambien se decia Diego Velazquez como el tio, y dijo que Cortés y todos los que con él estábamos éramos traidores, pues no se venian á someter al Narvaez; y el Juan Velazquez cuando lo oyó se levantó en pié de la silla en que estaba, y con mucho acato dijo:

—«Señor capitan Narvaez, ya he suplicado á vuestra merced que no se consienta que se digan palabras tales como estas que dicen de Cortés ni de ninguno de los que con él estamos, porque verdaderamente son mal dichas, decir mal de nosotros, que tan lealmente hemos servido á su majestad.»

Y el Diego Velazquez respondió que eran bien dichas, y pues volvia por un traidor, que traidor debia de ser y otro tal como él, y que no era de los Velazquez buenos; y el Juan Velazquez, echando mano á su espada, dijo que mentia; que era mejor caballero que no él, y de los buenos Velazquez, mejores que no él ni su tio, y que se lo haria conocer si el señor capitan Narvaez les daba licencia; y como habia allí muchos capitanes, ansí de los de Narvaez y algunos de los de Cortés, se metieron en medio, que de hecho le iba á dar el Juan Velazquez una estocada; y aconsejaron al Narvaez que luego le mandase salir de su real, ansí á él como al padre fray Bartolomé de Olmedo é á Juan del Rio; porque á lo que sentian, no hacian provecho ninguno, y luego sin más dilacion les mandaron que se fuesen; y ellos, que no veian la hora de verse en nuestro real, lo pusieron por obra.

É dicen que el Juan Velazquez yendo á caballo en su buena yegua y su cota puesta, que siempre andaba con ella y con su capacete y gran cadena de oro, se fué á despedir del Narvaez, y estaba allí con el Narvaez, el mancebo Diego Velazquez, el de la brega, y dijo al Narvaez:

—«¿Qué manda vuestra merced para nuestro Real?»

Y respondió el Narvaez, muy enojado, que se fuese, é que valiera más que no hubiera venido; y dijo el mancebo Diego Velazquez palabras de amenaza é injuriosas á Juan Velazquez y le respondió á ellas el Juan Velazquez de Leon que es grande su atrevimiento, y digno de castigo por aquellas palabras que le dijo; y echándose mano á la barba, le dijo:

—«Para estas, que yo vea ántes de muchos dias si vuestro esfuerzo es tanto como vuestro hablar.»

Y como venian con el Juan Velazquez seis ó siete de los del real de Narvaez, que ya estaban convocados por Cortés, que le iban á despedir, dicen que trabaron dél como enojados, y le dijeron:

—«Váyase ya y no cure de más hablar.»

Y así se despidieron, y á buen andar de sus caballos se van para nuestro real, porque luego le avisaron á Juan Velazquez que el Narvaez los queria prender y apercebia muchos de á caballo que fuesen tras ellos; é viniendo su camino, nos encontraron al rio que dicho tengo, que está ahora cabe la Veracruz; y estando que estábamos en el rio por mí ya nombrado, teniendo la siesta, porque en aquella tierra hace mucho calor y muy recia; porque, como caminábamos con todas nuestras armas á cuestas y cada uno con una pica, estábamos cansados; y en este instante vino uno de nuestros corredores del campo á dar mandado á Cortés que vian venir buen rato de allí dos ó tres personas de á caballo, y luego presumimos que serian nuestros embajadores Juan Velazquez de Leon y fray Bartolomé de Olmedo y Juan del Rio; y como llegaron adonde estábamos, ¡qué regocijos y alegrías tuvimos todos! Y Cortés, ¡cuántas caricias y buenos comedimientos hizo al Juan Velazquez y á fray Bartolomé de Olmedo! Y tenia razon, porque le fueron muy servidores; y allí contó el Juan Velazquez paso por paso todo lo atrás por mí dicho que les acaeció con Narvaez, y cómo envió secretamente á dar las cadenas y tejuelos de oro á las personas que Cortés mandó.

Pues oir de nuestro fraile, como era muy regocijado, sabíalo muy bien representar, cómo se hizo muy servidor del Narvaez, y que por hacer burla dél le aconsejó que hiciese el alarde y sacase su artillería, y con qué astucia y mañas le dió la carta; pues cuando contaba lo que le acaeció con el Salvatierra y se le hizo muy pariente, siendo el fraile de Olmedo y el Salvatierra adelante de Búrgos, y de los fieros que le decia el Salvatierra que habia de hacer y acontecer en prendiendo á Cortés y á todos nosotros, y aun se le quejó de los soldados que le hurtaron su caballo y el de otro capitan; y todos nosotros nos holgamos de lo oir, como si fuéramos á bodas y regocijo, y sabiamos que otro dia habiamos de estar en batalla; y que habiamos de vencer ó morir en ella, siendo como hermanos, ducientos y sesenta y seis soldados, y los de Narvaez cinco veces más que nosotros.

Volvamos á nuestra relacion, y es que luego caminamos todos para Cempoal, y fuimos á dormir á un riachuelo, adonde está ahora una estancia de vacas.

Y dejallo he aquí, y diré lo que se hizo en el real de Narvaez despues que vinieron el Juan Velazquez y el fraile y Juan del Rio, y luego volveré á contar lo que hicimos en nuestro real, porque en un instante acontecen dos ó tres cosas, y por fuerza he de dejar las unas por contar lo que más viene á propósito desta relacion.

CAPÍTULO CXXI.

DE LO QUE SE HIZO EN EL REAL DE NARVAEZ DESPUES QUE DE ALLÍ SALIERON NUESTROS EMBAJADORES.

Pareció ser que como se vinieron el Juan Velazquez y el fraile é Juan del Rio, dijeron al Narvaez sus capitanes que en su real sentian que Cortés habia enviado muchas joyas de oro, y que tenia de su parte amigos en el mismo real, y que seria bien estar muy apercebido y avisar á todos sus soldados que estuviesen con sus armas y caballos prestos; y demás desto, el cacique gordo, otras veces por mí nombrado, temia mucho á Cortés, porque habia consentido que Narvaez tomase las mantas y oro é indias que le tomó; y siempre espiaba sobre nosotros en qué parte dormiamos, por qué camino veniamos, porque así se lo habia mandado por fuerza el Narvaez; y como supo que ya llegábamos cerca de Cempoal, le dijo al Narvaez el cacique gordo:

—«¿Qué haceis, que estais muy descuidado? ¿Pensais que Malinche y los teules que trae consigo que son así como vosotros? Pues yo os digo que cuando no os catáredes será aquí y os matará.»

Y aunque hacian burla de aquellas palabras que el cacique gordo les dijo, no dejaron de se apercebir, y la primer cosa que hicieron fué pregonar guerra contra nosotros á fuego y sangre y á toda ropa franca; lo cual supimos de un soldado que llamaban el Galleguillo, que se vino huyendo aquella noche del real de Narvaez, ó le envió el Andrés de Duero, y dió aviso á Cortés de lo del pregon y de otras cosas que convino saber.

Volvamos á Narvaez, que luego mandó sacar toda su artillería y los de á caballo, escopeteros y ballesteros y soldados á un campo, obra de un cuarto de legua de Cempoal, para allí nos aguardar y no dejar ninguno de nosotros que no fuese muerto ó preso; y como llovió mucho aquel dia, estaban ya los de Narvaez hartos de estar aguardándonos al agua; y como no estaban acostumbrados á aguas ni trabajos, y no nos tenian en nada sus capitanes, le aconsejaron que se volviesen á los aposentos, y que era afrenta estar allí, como estaban, aguardando á dos ó tres, y es que decian que éramos, y que asestase su artillería delante de sus aposentos, que era diez y ocho tiros gruesos, y que estuviesen toda la noche cuarenta de á caballo esperando en el camino por do habiamos de venir á Cempoal, y que tuviese al paso del rio, que era por donde habiamos de pasar, sus espías, que fuesen buenos hombres de á caballo y peones ligeros para dar mandado, y que en los patios de los aposentos de Narvaez anduviesen toda la noche veinte de á caballo; y este concierto que le dieron fué por hacelle volver á los aposentos; y más le decian sus capitanes:

—«Pues ¡cómo, Señor! ¿Por tal tiene á Cortés, que se ha de atrever con unos gatos que tiene á venir á este real, por el dicho deste indio gordo? No lo crea vuestra merced, sino que echa aquellas algaradas y muestras de venir porque vuestra merced venga á buen concierto con él.»

Por manera que así como dicho tengo se volvió Narvaez á su real, y despues de vuelto, públicamente prometió que quien matase á Cortés ó á Gonzalo de Sandoval que le daria dos mil pesos; y luego puso espías al rio á un Gonzalo Carrasco, que vive ahora en la Puebla, y al otro que se decia Fulano Hurtado; el nombre y apellido y señal secreta que dió cuando batallasen contra nosotros en su real habia de ser Santa María, Santa María; y demás deste concierto que tenian hecho, mandó Narvaez que en su aposento durmiesen muchos soldados, así escopeteros como ballesteros, y otros con partesanas, y otros tantos mandó que estuviesen en el aposento del veedor Salvatierra, y Gamarra, y del Juan Bono.

Ya he dicho el concierto que tenia Narvaez en su real, y volveré á decir la órden que se dió en el nuestro.

CAPÍTULO CXXII.

DEL CONCIERTO Y ÓRDEN QUE SE DIÓ EN NUESTRO REAL PARA IR CONTRA NARVAEZ, Y EL RAZONAMIENTO QUE CORTÉS NOS HIZO, Y LO QUE RESPONDIMOS.

Llegados que fuimos al riachuelo que ya he dicho, que estará obra de una legua de Cempoal, y habia allí unos buenos prados, despues de haber enviado nuestros corredores del campo, personas de confianza, nuestro capitan Cortés á caballo nos envió á llamar, así á capitanes como á todos los soldados, y de que nos vió juntos dijo que nos pedia por merced que callásemos; y luego comenzó un parlamento por tan lindo estilo y plática, tan bien dichas cierto otras palabras más sabrosas y llenas de ofertas, que yo aquí no sabré escribir; en que nos trajo á la memoria desde que salimos de la isla de Cuba, con todo lo acaecido por nosotros hasta aquella sazon, y nos dijo:

—«Bien saben vuestras mercedes que Diego Velazquez, gobernador de Cuba, me eligió por capitan general, no porque entre vuestras mercedes no habia muchos caballeros que eran merecedores dello; y saben que creisteis que veniamos á poblar, y así se publicaba y pregonó; y segun han visto, enviaba á rescatar; y saben lo que pasamos sobre que me queria volver á la isla de Cuba á dar cuenta á Diego Velazquez del cargo que me dió, conforme á su instruccion; pues vuestras mercedes me mandastes y requeristes que poblásemos esta tierra en nombre de su majestad, como, gracias á nuestro Señor, la tenemos poblada, y fué cosa cuerda; y demás desto, me hicistes vuestro capitan general y justicia mayor della, hasta que su majestad otra cosa sea servido mandar.

»Como ya he dicho, entre algunos de vuestras mercedes hubo algunas pláticas de tornar á Cuba, que no lo quiero más declarar, pues á manera de decir, ayer pasó, y fué muy santa y buena nuestra quedada, y hemos hecho á Dios y á su majestad gran servicio, que esto claro está; ya saben lo que prometimos en nuestras cartas á su majestad, despues de le haber dado cuenta y relacion de todos nuestros hechos, que punto no quedó, é que aquesta tierra es de la manera que hemos visto y conocido della, que es cuatro veces mayor que Castilla, y de grandes pueblos y muy rica de oro y minas, y tiene cerca otras provincias; y cómo enviamos á suplicar á su majestad que no la diese en gobernacion ni de otra cualquiera manera á persona ninguna; y porque creiamos y teniamos por cierto que el Obispo de Búrgos don Juan Rodriguez de Fonseca, que era en aquella sazon presidente de Indias y tenia mucho mando, que la demandaria á su majestad para el Diego Velazquez ó algun pariente ó amigo del Obispo, porque esta tierra es tal y tan buena para dar á un Infante ó gran señor, que teniamos determinado de no dalle á persona ninguna hasta que su majestad oyese á nuestros procuradores, y nosotros viésemos su Real firma, é vista, que con lo que fuere servido mandar los pechos por tierra; y con las cartas ya sabian que enviamos y servimos á su majestad con todo el oro y plata, joyas é todo cuanto teniamos habido.»

Y más dijo:

—«Bien se les acordará, señores, cuántas veces hemos llegado á punto de muerte en las guerras y batallas que hemos habido. Pues no hay que traellas á la memoria, que acostumbrados estamos de trabajos y aguas y vientos y algunas veces hambres, y siempre traer las armas á cuestas y dormir por los suelos, así nevando como lloviendo, que si miramos en ello, los cueros tenemos ya curtidos de los trabajos.

»No quiero decir de más de cincuenta de nuestros compañeros que nos han muerto en las guerras, ni de todos vuestras mercedes como estais entrapajados y mancos de heridas que aun están por sanar; pues que les queria traer á la memoria los trabajos que trajimos por la mar y las batallas de Tabasco, y los que se hallaron en lo de Almería y lo de Cingapacinga, y cuántas veces por las sierras y caminos nos procuraban quitar las vidas.

»Pues en las batallas de Tlascala en qué punto nos pusieron y cuáles nos traian; pues la de Cholula ya tenian puestas las ollas para comer nuestros cuerpos; pues á la subida de los puertos no se les habia olvidado los poderes que tenia Montezuma para no dejar ninguno de nosotros, y bien vieron los caminos todos llenos de pinos y árboles cortados; pues los peligros de la entrada y estada en la gran ciudad de Méjico, cuántas veces teniamos la muerte al ojo, ¿quién los podrá ponderar? Pues vean los que han venido de vuestras mercedes dos veces primero que no yo, la una con Francisco Hernandez de Córdoba y la otra con Juan de Grijalva, los trabajos, hambres y sedes, heridas y muertes de muchos soldados que en descubrir aquestas tierras pasastes, y todo lo que en aquellos dos viajes habeis gastado de vuestras haciendas.»

Y dijo que no queria contar otras muchas cosas que tenia por decir por menudo, y no habria tiempo para acaballo de platicar, porque era tarde y venia la noche; y más dijo:

—«Digamos ahora, señores: Pánfilo de Narvaez viene contra nosotros con mucha rabia y deseo de nos haber á las manos, y no habian desembarcado, y nos llamaban de traidores y malos; y envió á decir al gran Montezuma, no palabras de sábio capitan, sino de alborotador; y demás desto, tuvo atrevimiento de prender á un oidor de su majestad, que por sólo este delito es digno de ser castigado. Ya habrán oido cómo han pregonado en su real guerra contra nosotros á ropa franca, como si fuéramos moros.»

Y luego, despues de haber dicho esto Cortés, comenzó á sublimar nuestras personas y esfuerzos en las guerras y batallas pasadas, y que entónces peleábamos por salvar nuestras vidas, y que ahora hemos de pelear con todo vigor por vida y honra, pues nos vienen á prender y echar de nuestras casas y robar nuestras haciendas; y demás desto, que no sabemos si trae provisiones de nuestro Rey y señor, salvo favores del Obispo de Búrgos, nuestro contrario; y si por ventura caemos debajo de sus manos de Narvaez (lo cual Dios no permita), todos nuestros servicios, que hemos hecho á Dios primeramente y á su majestad, tornarán en deservicios, y harán procesos contra nosotros, y dirán que hemos muerto y robado y destruido la tierra, donde ellos son los robadores y alborotadores y deservidores de nuestro Rey y señor; dirán que le han servido, y pues vemos por los ojos todo lo que he dicho, y como buenos caballeros somos obligados á volver por la honra de su majestad y por las nuestras, y por nuestras casas y haciendas; y con esta intencion salí de Méjico, teniendo confianza en Dios y de nosotros; que todo lo ponia en las manos de Dios primeramente, y despues en las nuestras; que veamos lo que nos parece.»

Entónces respondimos, y tambien juntamente con nosotros Juan Velazquez de Leon y Francisco de Lugo y otros capitanes, que tuviese por cierto que, mediante Dios, habiamos de vencer ó morir sobre ello, y que mirase no le convenciesen con partidos, porque si alguna cosa hacia fea, le dariamos de estocadas.

Entónces, como vió nuestras voluntades, se holgó mucho, y dijo que con aquella confianza venia; y allí hizo muchas ofertas y prometimientos que seriamos todos muy ricos y valerosos.

Hecho esto, tornó á decir que nos pedia por merced que callásemos, y que en las guerras y batallas es menester más prudencia y saber para bien vencer los contrarios, que no demasiada osadía; y que porque tenia conocido de nuestros grandes esfuerzos que por ganar honra cada uno de nosotros se queria adelantar de los primeros á encontrar con los enemigos, que fuésemos puestos en ordenanza y capitanías; y para que la primera cosa que hiciésemos fuese tomalles el artillería, que eran diez y ocho tiros que tenian asestados delante de sus aposentos de Narvaez, mandó que fuese por capitan suyo de Cortés uno que se decia Pizarro, que ya he dicho otras veces que en aquella sazon no habia fama de Perú ni Pizarros, que no era descubierto; y era el Pizarro suelto mancebo, y le señaló sesenta soldados mancebos, y entre ellos me nombraron á mí; y mandó que, despues de tomada el artillería, acudiésemos todos á los aposentos de Narvaez, que estaba en un muy alto cu; y para prender á Narvaez señaló por capitan á Gonzalo de Sandoval con otros sesenta compañeros; y como era alguacil mayor, le dió un mandamiento que decia así:

 «Gonzalo de Sandoval, alguacil mayor desta Nueva-España por su   majestad, yo os mando que prendais el cuerpo de Pánfilo de   Narvaez, é si se os defendiere, matadle, que así conviene al   servicio de Dios y de su majestad, y le prendió á un oidor. Dado   en este real.» y la firma, Hernando Cortés, y refrendado de su   secretario Pedro Hernandez.

Y despues de dado el mandamiento, prometió que al primer soldado que le echase la mano le daria tres mil pesos, y al segundo dos mil, y al tercero mil; y dijo que aquello que prometia que era para guantes, que bien viamos la riqueza que habia entre nuestras manos; y luego nombró á Juan Velazquez de Leon para que prendiese á Diego Velazquez, con quien habia tenido la brega, y le dió otros sesenta soldados.

Narvaez estaba en su fortaleza é altos cues, y el mismo Cortés por sobresaliente con otros veinte soldados para acudir adonde más necesidad hubiese, y donde él tenia el pensamiento de asistir era para prender á Narvaez y á Salvatierra; pues ya dadas las copias á los capitanes, como dicho tengo, dijo:

—«Bien sé que los de Narvaez son por cuatro veces más que nosotros; mas ellos no son acostumbrados á las armas, y como están la mayor parte dellos mal con su capitan, y muchos dolientes, les tomaremos de sobresalto; tengo pensamiento que Dios nos dará vitoria, que no porfiarán mucho en su defensa, porque más bienes les haremos nosotros que no su Narvaez; así, señores, pues nuestra vida y honra está, despues de Dios, en vuestros esfuerzos é vigorosos brazos, no tengo más que os pedir por merced ni traer á la memoria sino que en esto está el toque de nuestras honras y famas para siempre jamás; y más vale morir por buenos que vivir afrentados.»

Y porque en aquella sazon llovia y era tarde no dijo más.

Una cosa he pensado despues acá, que jamás nos dijo tengo tal concierto en el real hecho, ni Fulano ni Zutano es en nuestro favor, ni cosa ninguna destas, sino que peleásemos como varones; y esto de no decirnos que tenia amigos en el real de Narvaez fué de muy cuerdo capitan, que por aquel efeto no dejásemos de batallar como esforzados, y no tuviésemos esperanza en ellos, sino, despues de Dios, en nuestros grandes ánimos.

Dejemos desto, y digamos cómo cada uno de los capitanes por mí nombrados estaban con los soldados señalados, poniéndose esfuerzo unos á otros.

Pues mi capitan Pizarro, con quien habiamos de tomar la artillería, que era la cosa de más peligro, y habiamos de ser los primeros que habiamos de romper hasta los tiros, tambien decia con mucho esfuerzo cómo habiamos de entrar y calar nuestras picas hasta tener la artillería en nuestro poder, y cuando se la hubiésemos tomado, que con ella misma mandó á nuestros artilleros, que se decian Mesa y el siciliano Aruega, que con las pelotas que estuviesen por descargar se diese guerra á los del aposento de Salvatierra.

Tambien quiero decir la gran necesidad que teniamos de armas, que por un peto ó capacete ó casco ó babera de hierro diéramos aquella noche cuanto nos pidieran por ello y todo cuanto habiamos ganado; y luego secretamente nos nombraron el apellido que habiamos de tener estando batallando, que era Espíritu Santo, Espíritu Santo; que esto se suele hacer secreto en las guerras porque se conozcan y apelliden por el nombre, que no lo sepan unos contrarios de otros; y los de Narvaez tenian su apellido y voz Santa María, Santa María.

Ya hecho todo esto, como yo era gran amigo y servidor del capitan Sandoval, me dijo aquella noche que me pedia por merced que cuando hubiésemos tomado el artillería, si quedaba con la vida, siempre me hablase con él y le siguiese; é yo le prometí, é así lo hice, como adelante verán.

Digamos ahora en qué se entendió un rato de la noche, sino en aderezar y pensar en lo que teniamos por delante, pues para cenar no teniamos cosa ninguna; y luego fueron nuestros corredores del campo, y se puso espías y velas á mí y á otros dos soldados, y no tardó mucho, cuando viene un corredor del campo á me preguntar que si he sentido algo, é yo dije que no; y luego vino un cuadrillero, y dijo que el Galleguillo que habia venido del real de Narvaez no parecia, y que era espía echada del Narvaez; é que mandaba Cortés que luego marchásemos camino de Cempoal, é oimos tocar nuestro pífaro y atambor, y los capitanes apercibiendo sus soldados, y comenzamos á marchar; y al Galleguillo hallaron debajo de unas mantas durmiendo; que, como llovió y el pobre no era acostumbrado á estar al agua ni frios, metióse allí á dormir.

Pues yendo nuestro paso tendido, sin tocar pífaro ni atambor, que luego mandó Cortés que no tocasen, y nuestros corredores del campo descubriendo la tierra, llegamos al rio, donde estaban las espías de Narvaez, que ya he dicho que se decian Gonzalo Carrasco é Hurtado, y estaban descuidados, que tuvimos tiempo de prender al Carrasco, y el otro fué dando voces al real de Narvaez y diciendo:

—«Al arma, al arma, que viene Cortés.»

Acuérdome que cuando pasábamos aquel rio, como llovia, venia un poco hondo, y las piedras resbalaban algo, y como llevábamos á cuestas las picas y armas, nos hacia mucho estorbo; y tambien me acuerdo cuando se prendió á Carrasco decia á Cortés á grandes voces:

—«Mira, señor Cortés, no vayas allá; que juro á tal que está Narvaez esperándoos en el campo con todo su ejército.»

Y Cortés le dió en guarda á su secretario Pedro Hernandez; y como vimos que el Hurtado fué á dar mandado, no nos detuvimos cosa, sino que el Hurtado iba dando voces y mandando dar al arma, y el Narvaez llamando sus capitanes, y nosotros calando nuestras picas y cerrando con su artillería, todo fué uno, que no tuvieron tiempo sus artilleros de poner fuego sino á cuatro tiros, y las pelotas algunas dellas pasaron por alto, é una dellas mató á tres de nuestros compañeros.

Pues en este instante llegaron todos nuestros capitanes, tocando al arma nuestro pífaro y atambor; y como habia muchos de los de Narvaez á caballo, detuviéronse un poco con ellos, porque luego derrocaron seis ó siete dellos.

Pues nosotros los que tomamos el artillería no osábamos desampararla, porque el Narvaez desde su aposento nos tiraba saetas y escopetas; y en aquel instante llegó el capitan Sandoval y sube de presto las gradas arriba, y por mucha resistencia que le ponia el Narvaez y le tiraban saetas y escopetas y con partesanas y lanzas, todavía las subió él y sus soldados; y luego como vimos los soldados que ganamos el artillería que no habia quien nos la defendiese, se la dimos á nuestros artilleros por mí nombrados, y fuimos muchos de nosotros y el capitan Pizarro á ayudar al Sandoval, que les hacian los de Narvaez venir seis ó siete gradas abajo retrayéndose, y con nuestra llegada tornó á las subir, y estuvimos buen rato peleando con nuestras picas, que eran grandes; y cuando no me cato oimos voces del Narvaez, que decia:

—«Santa María, váleme; que muerto me han y quebrado un ojo;»

Y cuando aquello oimos, luego dimos voces:

—«Vitoria, vitoria por los del nombre del Espíritu Santo; que muerto es Narvaez.»

Y con todo esto no les pudimos entrar en el cu donde estaban hasta que un Martin Lopez, el de los bergantines, como era alto de cuerpo, puso fuego á las pajas del alto cu, y vinieron todos los de Narvaez rodando las gradas abajo; entónces prendimos á Narvaez, y el primero que le echó mano fué un Pero Sanchez Farfan, é yo se lo dí al Sandoval y á otros capitanes del mismo Narvaez que con él estaban todavía dando voces y apellidando:

—«Viva el Rey, viva el Rey, y en su Real nombre Cortés; vitoria, vitoria; que muerto es Narvaez.»

Dejemos este combate, é vamos á Cortés y á los demás capitanes que todavía estaban batallando cada uno con los capitanes del Narvaez que aún no se habian dado, porque estaban en muy altos cues, y con los tiros que les tiraban nuestros artilleros y con nuestras voces, é muerte del Narvaez, como Cortés era muy avisado, mandó de presto pregonar que todos los de Narvaez se vengan luego á someter debajo de la bandera de su majestad, y de Cortés en su Real nombre, so pena de muerte; y aun con todo esto no se daban los de Diego Velazquez el mozo ni los de Salvatierra, porque estaban en muy altos cues y no les podian entrar; hasta que Gonzalo de Sandoval fué con la mitad de nosotros los que con él entramos, y se prendieron así al Salvatierra como los que con él estaban, y al Diego Velazquez el mozo; y luego Sandoval vino con todos nosotros los que fuimos en prender al Narvaez á ponelle más en cobro, puesto que le habiamos echado dos pares de grillos, y cuando Cortés y el Juan Velazquez y el Ordás tuvieron presos á Salvatierra y al Diego Velazquez el mozo y á Gamarra y á Juan Yuste y á Juan Bono, vizcaino, y á otras personas principales, vino Cortés desconocido, acompañado de nuestros capitanes, adonde teniamos á Narvaez, y con el calor que hacia grande, y como estaba cargado con las armas é andaba de una parte á otra apellidando á nuestros soldados y haciendo dar pregones, venia muy sudando y cansado, y tal, que no le alcanzaba un huelgo á otro, é dijo á Sandoval dos veces, que no lo acertaba á decir del trabajo que traia, é dijo:

—«¿Qué es de Narvaez? ¿Qué es de Narvaez?»

É dijo Sandoval:

—«Aquí está, aquí está, é á muy buen recaudo.»

Y tornó Cortés á decir muy sin huelgo:

—«Mirá, hijo Sandoval, que no os quiteis dél vos y vuestros compañeros, no se os suelte miéntras yo voy á entender en otras cosas; é mirad estos capitanes que con él teneis presos que en todo haya recaudo.»

Y luego se fué, y mandó dar otros pregones que, so pena de muerte, que todos los de Narvaez luego en aquel punto se vengan á someter debajo de la bandera de su majestad, y en su Real nombre de Hernando Cortés, su capitan general y justicia mayor, é que ninguno trajese ningunas armas, sino que todos las diesen y entregasen á nuestros alguaciles; y todo esto era de noche, que no amanecia, y aun llovia de rato en rato, y entónces salia la luna, que cuando allí llegamos hacia muy escuro y llovia, y tambien la escuridad ayudó; que, como hacia tan escuro, habia muchos cucuyos (así los llaman en Cuba), que relumbraban de noche, é los de Narvaez creyeron que eran mechas de las escopetas.

Dejemos esto, y pasemos adelante: que, como el Narvaez estaba muy mal herido y quebrado el ojo, demandó licencia á Sandoval para que un cirujano que traia en su armada, que se decia maestre Juan, le curase el ojo á él y otros capitanes que estaban heridos, y se la dió, y estándole curando llegó allí cerca Cortés disimulando, que no lo conociesen, á le ver curar; dijéronle al Narvaez que estaba allí Cortés, y como se lo dijeron, dijo el Narvaez:

—«Señor capitan Cortés, tené en mucho esta vitoria que de mí habeis habido y en tener presa mi persona.»

Y Cortés le respondió que daba muchas gracias á Dios, que se la dió, y por los esforzados caballeros y compañeros que tenia, que fueron parte para ello. É que una de las menores cosas que en la Nueva-España ha hecho es prendelle y desbaratalle; y que si le ha parecido bien tener atrevimiento de prender á un oidor de su majestad.

Y cuando hubo dicho esto se fué de allí, que no le habló más, y mandó á Sandoval que le pusiese buenas guardas, y que él no se quitase dél con personas de recaudo; ya le teniamos echado dos pares de grillos y le llevábamos á un aposento, y puestos soldados que le habiamos de guardar, y á mí me señaló Sandoval por uno dellos, y secretamente me mandó que no dejase hablar con él á ninguno de los de Narvaez hasta que amaneciese, que Cortés le pusiese más en cobro.

Dejemos desto, y digamos cómo Narvaez habia enviado cuarenta de á caballo para que nos estuviesen aguardando en el paso del rio cuando viniésemos á su real, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, y supimos que andaban todavía en el campo; tuvimos temor no nos viniesen á acometer para nos quitar sus capitanes é al mismo Narvaez que teniamos presos, y estábamos muy apercebidos; y acordó Cortés de les enviar á pedir por merced que se viniesen al real, con grandes ofrecimientos que á todos prometió; y para los traer envió á Cristóbal de Olí, que era nuestro maestre de campo, é á Diego de Ordás, y fueron en unos caballos que tomaron de los de Narvaez, que de todos los nuestros no trajimos ningunos, que atados quedaron en un montecillo junto á Cempoal; que no trajimos sino picas, espadas y rodelas y puñales; y fueron al campo con un soldado de los de Narvaez, que les mostró el rastro por donde habian ido, y se toparon con ellos; y en fin, tantas palabras de ofertas y ofrecimientos les dijeron por parte de Cortés, y ántes que llegasen á nuestro real ya era de dia claro; y sin decir cosa ninguna Cortés ni ninguno de nosotros á los atabaleros que el Narvaez traia, comenzaron á tocar los atabales y á tañer sus pífaros y tambores, y decian:

—«Viva, viva la gala de los romanos, que siendo tan pocos han vencido á Narvaez y á sus soldados.»

É un negro que se decia Guidela, que fué muy gracioso truhan, que traia el Narvaez, daba voces que decia:

—«Mirad que los romanos no han hecho tal hazaña.»

Y por más que les deciamos que callasen y no tañesen sus atabales, no querian, hasta que Cortés mandó que prendiesen al atabalero, que era medio loco, que se decia Tapia; y en este instante vino Cristóbal de Olí y Diego de Ordás, y trajeron á los de á caballo que dicho tengo, y entre ellos venia Andrés de Duero y Agustin Bermudez y muchos amigos de nuestro capitan; y así como venian, iban á besar las manos á Cortés, que estaba sentado en una silla de caderas, con una ropa larga de color como naranjada, con sus armas debajo, acompañado de nosotros.

Pues ver la gracia con que les hablaba y abrazaba, y las palabras de tantos cumplimientos que les decia, era cosa de ver qué alegre estaba; y tenia mucha razon de verse en aquel punto tan señor y pujante; y así como le besaban la mano se fueron cada uno á su posada.

Digamos ahora de los muertos y heridos que hubo aquella noche.

Murió el alférez de Narvaez, que se decia Fulano de Fuentes, que era un hidalgo de Sevilla; murió otro capitan de Narvaez que se decia Rojas, natural de Castilla la Vieja; murieron otros dos de Narvaez; murió uno de los tres soldados que se le habian pasado, que habian sido de los nuestros, que llamábamos Alonso García el Carretero, y heridos de los de Narvaez hubo muchos; y tambien murieron de los nuestros otros cuatro, y hubo más heridos, y el cacique gordo tambien salió herido; porque, como supo que veniamos cerca de Cempoal, se acogió al aposento de Narvaez, y allí le hirieron, y luego Cortés le mandó curar muy bien y le puso en su casa, y que no se le hiciese enojo.

Pues Cervantes el loco y Escalonilla, que son los que se pasaron al Narvaez que habian sido de los nuestros, tampoco libraron bien, que Escalona salió bien herido, y el Cervantes bien apaleado, é ya he dicho que murió el Carretero.

Vamos á los del aposento de Salvatierra, el muy fiero, que dijeron sus soldados que en toda su vida vieron hombre para ménos ni tan cortado de muerte cuando nos oyó tocar al arma y cuando deciamos:

—«Vitoria, vitoria; que muerto es Narvaez.»

Dicen que luego dijo que estaba muy malo del estómago, é que no fué para cosa ninguna. Esto lo he dicho por sus fieros y bravear; y de los de su compañía tambien hubo heridos.

Digamos del aposento del Diego Velazquez y otros capitanes que estaban con él, que tambien hubo heridos, y nuestro capitan Juan Velazquez de Leon prendió al Diego Velazquez, aquel con quien tuvo las bregas estando comiendo con el Narvaez, y le llevó á su aposento y le mandó curar y hacer mucha honra.

Pues ya he dado cuenta de todo lo acaecido en nuestra batalla, digamos agora lo que más se hizo.

CAPÍTULO CXXIII.

CÓMO DESPUES DE DESBARATADO NARVAEZ SEGUN Y DE LA MANERA QUE HE DICHO, VINIERON LOS INDIOS DE CHINANTA QUE CORTÉS HABIA ENVIADO Á LLAMAR, Y DE OTRAS COSAS QUE PASARON.

Ya he dicho en el capítulo que dello habla, que Cortés envió á decir á los pueblos de Chinanta, donde trajeron las lanzas é picas, que viniesen dos mil indios dellos con sus lanzas, que son mucho más largas que no las nuestras, para nos ayudar, é vinieron aquel mismo dia y algo tarde, despues de preso Narvaez, y venian por capitanes los caciques de los mismos pueblos é uno de nuestros soldados, que se decia Barrientos, que habia quedado en Chinanta para aquel efecto: y entraron en Cempoal con muy gran ordenanza, de dos en dos; y como traian las lanzas muy grandes y de buen cuerpo, y tienen en ellas una braza de cuchilla de pedernales, que cortan tanto como navajas, segun ya otra vez he dicho, y traia cada indio una rodela como pavesina, y con sus banderas tendidas, y con muchos plumajes y atambores y trompetillas, y entre cada lancero é lancero un flechero, y dando gritos y silbos decian:

—«Viva el Rey, viva el Rey, y Hernando Cortés en su real nombre.»

Y entraron bravosos, que era cosa de notar, y serian mil y quinientos, que parecian, de la manera y concierto que venian, que eran tres mil; y cuando los de Narvaez los vieron se admiraron, é dicen que dijeron unos á otros que si aquella gente les tomara en medio ó entraran con nosotros, qué tal que les pararan; y Cortés habló á los indios capitanes muy amorosamente, agradeciéndole su venida, y les dió cuentas de Castilla, y les mandó que luego se volviesen á sus pueblos, y que por el camino no hiciesen daño á otros pueblos, y tornó á enviar con ellos al mismo Barrientos.

Y quedarse ha aquí, y diré lo que más Cortés hizo.

CAPÍTULO CXXIV.

CÓMO CORTÉS ENVIÓ AL PUERTO AL CAPITAN FRANCISCO DE LUGO, Y EN SU COMPAÑÍA DOS SOLDADOS QUE HABIAN SIDO MAESTRES DE HACER NAVÍOS, PARA QUE LUEGO TRAJESE ALLÍ Á CEMPOAL TODOS LOS MAESTRES Y PILOTOS DE LOS NAVÍOS Y FLOTA DE NARVAEZ, Y QUE LES SACASEN LAS VELAS Y TIMONES É AGUJAS, PORQUE NO FUESEN Á DAR MANDADO Á LA ISLA DE CUBA Á DIEGO VELAZQUEZ DE LO ACAECIDO, Y CÓMO PUSO ALMIRANTE DE LA MAR.

Pues acabado de desbaratar al Pánfilo de Narvaez, é presos él y sus capitanes, é á todos los demás tomado sus armas, mandó Cortés al capitan Francisco de Lugo que fuese al puerto donde estaba la flota de Narvaez, que eran diez y ocho navíos, y mandase venir allí á Cempoal á todos los pilotos y maestres de los navíos, y que les sacasen velas y timones é agujas, porque no fuesen á dar mandado á Cuba á Diego Velazquez; é que si no le quisiesen obedecer, que les echase presos; y llevó consigo el Francisco de Lugo dos de nuestros soldados, que habian sido hombres de la mar, para que le ayudasen; y tambien mandó Cortés que luego le enviasen á un Sancho de Barahona, que le tenia preso el Narvaez con otros soldados. Este Barahona fué vecino de Guatimala, hombre rico; y acuérdome que cuando llegó ante Cortés, que venia muy doliente y flaco, y le mandó hacer honra.

Volvamos á los maestres y pilotos, que luego vinieron á besar las manos al capitan Cortés, á los cuales tomó juramento que no saldrian de su mandado, é que le obedecerian en todo lo que les mandase; y luego les puso por almirante y capitan de la mar á un Pedro Caballero, que habia sido maestre de un navío de los de Narvaez; persona de quien Cortés se fió mucho, al cual dicen que le dió primero buenos tejuelos de oro; y á este mandó que no dejase ir de aquel puerto ningun navío á parte ninguna, y mandó á todos los maestres y pilotos y marineros que todos le obedeciesen, y que si de Cuba enviase Diego Velazquez más navíos (porque tuvo aviso Cortés que estaban dos navíos para venir), que tuviese modo que á los capitanes que en él viniesen les echase presos, y les sacase el timon é velas y agujas, hasta que otra cosa en ello Cortés mandase. Lo cual así lo hizo Pedro Caballero, como adelante diré.

Y dejemos ya los navíos y el puerto seguro y digamos lo que se concertó en nuestro real é los de Narvaez, y es que luego se dió órden que fuesen á conquistar y poblar á Juan Velazquez de Leon á lo de Pánuco, y para ello Cortés le señaló ciento y veinte soldados, los ciento habian de ser de los de Narvaez, y los veinte de los nuestros entremetidos, porque tenian más experiencia en la guerra: y tambien habia de llevar dos navíos para que desde el rio de Pánuco fuesen á descubrir la costa adelante; y tambien á Diego de Ordás dió otra capitanía de otros ciento y veinte soldados para ir á poblar á lo de Guacacualco, y los ciento habian de ser de los de Narvaez y los veinte de los nuestros, segun y de la manera que á Juan Velazquez de Leon; y habia de llevar otros dos navíos para desde el rio de Guacacualco enviar á la isla de Jamáica por ganados de yeguas y becerros, puercos y ovejas, y gallinas de Castilla y cabras, para multiplicar la tierra, porque la provincia de Guacacualco era buena para ello.

Pues para ir aquellos capitanes con sus soldados y llevar todas sus armas, Cortés se las mandó dar y soltar todos los prisioneros capitanes de Narvaez, y el Salvatierra, que decia que estaba malo del estómago.

Pues para dalles todas las armas, algunos de nuestros soldados les teniamos ya tomado caballos y espadas y otras cosas, y mandó Cortés que luego se las volviésemos, y sobre no dárselas hubo ciertas pláticas enojosas, y fueron, que dijimos los soldados que las teniamos muy claramente, que no se las queriamos dar, pues que en el real de Narvaez pregonaron guerra contra nosotros á ropa franca, y con aquella intencion venian á nos prender y tomar lo que teniamos, é que siendo nosotros tan grandes servidores de su majestad, nos llamaban traidores, é que no se las queriamos dar; y Cortés todavía porfiaba á que se las diésemos, é como era capitan general, húbose de hacer lo que mandó, que yo les dí un caballo que tenia ya escondido, ensillado y enfrenado, y dos espadas y tres puñales y una adarga, y otros muchos de nuestros soldados dieron tambien otros caballos y armas; y como Alonso de Ávila era capitan y persona que osaba decir á Cortés cosas que convenian, é juntamente con él el Padre fray Bartolomé de Olmedo, hablaron aparte á Cortés, y le dijeron que parecia que queria remedar á Alejandro Macedonio, que despues que con sus soldados habia hecho alguna gran hazaña, que más procuraba de honrar y hacer mercedes á los que vencia que no á sus capitanes y soldados, que eran los que lo vencian; y esto, que lo decian porque lo han visto en aquellos dias que allí estábamos despues de preso Narvaez, que todas las joyas de oro que le presentaban los indios de aquellas comarcas y bastimentos daba á los capitanes de Narvaez, é como si no nos conociera, ansí nos obligaba; y que no era bien hecho, sino muy grande ingratitud, habiéndole puesto en el estado en que estaba.

Á esto respondió Cortés que todo cuanto tenia, ansí persona como bienes, era para nosotros, é que al presente no podia más sino con dádivas y palabras y ofrecimientos honrar á los de Narvaez; porque, como son muchos, y nosotros pocos, no se levantasen contra él y contra nosotros, y le matasen.

Á esto respondió el Alonso de Ávila, y le dijo ciertas palabras algo soberbias, de tal manera, que Cortés le dijo que quien no le quisiese seguir, que las mujeres han parido y paren en Castilla soldados; y el Alonso de Ávila dijo con palabras muy soberbias y sin acato que así era verdad, que soldados y capitanes é gobernadores, é que aquello mereciamos que dijese.

Y como en aquella sazon estaba la cosa de arte que Cortés no podia hacer otra cosa sino callar, y con dádivas y ofertas le atrajo á sí; y como conoció dél ser muy atrevido, y tuvo siempre Cortés temor que por ventura un dia ó otro no hiciese alguna cosa en su daño, disimuló; y dende allí adelante siempre le enviaba á negocios de importancia, como fué á la isla de Santo Domingo, y despues á España cuando enviamos la recámara y tesoro del gran Montezuma, que robó Juan Florin, gran corsario frances; lo cual diré en su tiempo y lugar.

Y volvamos ahora al Narvaez y á un negro que traia lleno de viruelas, que harto negro fué en la Nueva-España, que fué causa que se pegase é hinchase toda la tierra dellas, de lo cual hubo gran mortandad; que, segun decian los indios, jamás tal enfermedad tuvieron, y como no la conocian, lavábanse muchas veces, y á esta causa se murieron gran cantidad dellos.

Por manera que negra la ventura de Narvaez, y más prieta la muerte de tanta gente sin ser cristianos.

Dejemos ahora todo esto, y digamos cómo los vecinos de la Villa-Rica, que habian quedado poblados, que no fueron á Méjico, demandaron á Cortés las partes del oro que les cabia, y dijeron á Cortés que, puesto que allí les mandó quedar en aquel puerto y villa, que tambien servian allí á Dios y al Rey como los que fuimos á Méjico, pues entendian en guardar la tierra y hacer la fortaleza, y algunos dellos se hallaron en lo de Almería, que aun no tenian sanas las heridas, y que todos los más se hallaron en la prision de Narvaez, y que les diesen sus partes; y viendo Cortés que era muy justo lo que decian, dijo que fuesen dos hombres principales vecinos de aquella villa con poder de todos, y que lo tenia apartado, y que se lo darian; y paréceme que les dijo que en Tlascala estaba guardado, que esto no me acuerdo bien; é así, luego despacharon de aquella villa dos vecinos por el oro y sus partes, y el principal se decia Juan de Alcántara el viejo.

Y dejemos de platicar en ello, y despues diremos lo que sucedió al Alcántara y al otro; y digamos cómo la adversa fortuna vuelve de presto su rueda, que á grandes bonanzas y placeres siguen las tristezas; y es que en este instante vienen nuevas que Méjico estaba alzado, y que Pedro de Albarado está cercado en su fortaleza y aposento, y que le ponian fuego por todas partes en la misma fortaleza, y que le han muerto siete soldados, y que estaban otros muchos heridos; y enviaba á demandar socorros con mucha instancia y priesa; y esta nueva trujeron dos tlascaltecas sin carta ninguna, y luego vino una carta con otros tlascaltecas que envió el Pedro de Albarado, en que decia lo mismo.

Y cuando aquella tan mala nueva oimos, sabe Dios cuánto nos pesó, y á grandes jornadas comenzamos á caminar para Méjico, y quedó preso en la Villa-Rica el Narvaez y el Salvatierra, y por teniente y capitan paréceme que quedó Rodrigo Rangel, que tuviese cargo de guardar al Narvaez y de recoger muchos de los de Narvaez que estaban enfermos.

Y tambien en este instante, ya que queriamos partir, vinieron cuatro grandes principales que envió el gran Montezuma ante Cortés á quejarse del Pedro de Albarado, y lo que dijeron llorando con muchas lágrimas de sus ojos fué, que Pedro de Albarado salió de su aposento con todos los soldados que le dejó Cortés, y sin causa ninguna dió en sus principales y caciques, que estaban bailando y haciendo fiesta á sus ídolos Huichilóbos y Tezcatepuca, con licencia que para ello les dió el Pedro de Albarado, é que mató é irió muchos dellos, y que por se defender le mataron seis de sus soldados.

Por manera que daban muchas quejas del Pedro de Albarado; y Cortés les respondió á los mensajeros algo desabrido, é que él iria á Méjico y pornia remedio en todo; y así, fueron con aquella respuesta á su gran Montezuma, y dicen la sintió por muy mala y hubo enojo della.

Y asimismo luego despachó Cortés cartas para Pedro de Albarado, en que le envió á decir que mirase que el Montezuma no se soltase, é que íbamos á grandes jornadas; y le hizo saber de la vitoria que habiamos habido contra Narvaez; lo cual ya sabia el gran Montezuma.

Y dejallo hé aquí, y diré lo que más adelante pasó.

CAPÍTULO CXXV.

CÓMO FUIMOS GRANDES JORNADAS, ASÍ CORTÉS CON TODOS SUS CAPITANES COMO TODOS LOS DE NARVAEZ, EXCEPTO PÁNFILO DE NARVAEZ, Y SALVATIERRA, QUE QUEDABAN PRESOS.

Como llegó la nueva referida cómo Pedro de Albarado estaba cercado y Méjico rebelado, cesaron las capitanías que habian de ir á poblar á Pánuco y á Guacacualco, que habian dado á Juan Velazquez de Leon y á Diego de Ordás, que no fué enemigo dellos, que todos fuesen con nosotros; y Cortés habló á los de Narvaez, que sintió que no irian con nosotros de buena voluntad á hacer aquel socorro, y les rogó que dejasen atrás enemistades pasadas por lo de Narvaez, ofreciéndoles de hacerlos ricos y dalles cargos; y pues venian á buscar la vida, y estaban en tierra donde podrian hacer servicio á Dios y á su majestad, y enriquecer, que ahora les venia lance; y tantas palabras les dijo, que todos á una se le ofrecieron que irian con nosotros; y si supieran las fuerzas de Méjico, cierto está que no fuera ninguno.

Y luego caminamos á muy grandes jornadas hasta llegar á Tlascala, donde supimos que hasta que Montezuma y sus capitanes habian sabido cómo habiamos desbaratado á Narvaez, no dejaron de darle guerra á Pedro de Albarado, y le habian ya muerto siete soldados y le quemaron los aposentos; y cuando supieron nuestra vitoria cesaron de dalle guerra; mas dijeron que estaban muy fatigados por falta de agua y bastimento, lo cual nunca se lo habia mandado dar Montezuma; y esta nueva trujeron indios de Tlascala en aquella misma hora que hubimos llegado.

Y luego Cortés mandó hacer alarde de la gente que llevaba, y halló sobre mil y trecientos soldados, así de los nuestros como de los de Narvaez, y sobre noventa y seis caballos y ochenta ballesteros y otros tantos escopeteros; con los cuales le pareció á Cortés que llevaba gente para poder entrar muy á su salvo en Méjico; y demás desto, en Tlascala nos dieron los caciques dos mil hombres, indios de guerra; y luego fuimos á grandes jornadas hasta Tezcuco, que es una gran ciudad, y no se nos hizo honra ninguna en ella ni pareció ningun señor, sino todo muy remontado y de mal arte; y llegamos á Méjico dia de señor San Juan de Junio de 1520 años, y no parecian por las calles caciques, ni capitanes, ni indios conocidos, sino todas las casas despobladas.

Y como llegamos á los aposentos que soliamos posar, el gran Montezuma salió al patio para hablar y abrazar á Cortés y dalle el bien venido, y de la vitoria con Narvaez; y Cortés, como venia vitorioso, no le quiso oir, y el Montezuma se entró en su aposento muy triste y pensativo.

Pues ya aposentados cada uno de nosotros donde soliamos estar ántes que saliésemos de Méjico para ir á lo de Narvaez, y los de Narvaez en otros aposentos, é ya habiamos visto é hablado con el Pedro de Albarado y los soldados que con él quedaron, y ellos nos daban cuenta de las guerras que los mejicanos les daban y trabajo en que les tenian puesto, y nosotros les dábamos relacion de la vitoria contra Narvaez.

Y dejaré esto, y diré cómo Cortés procuró saber qué fué la causa de se levantar Méjico, porque bien entendido teniamos que á Montezuma le pesó dello, que si le pluguiera ó fuera por su consejo, dijeron muchos soldados de los que se quedaron con Pedro de Albarado en aquellos trances, que si Montezuma fuera en ello, que á todos les mataran, y que el Montezuma los aplacaba que cesasen la guerra; y lo que contaba el Pedro de Albarado á Cortés, sobre el caso era, que por libertar los mejicanos al Montezuma, é porque su Huichilóbos se lo mandó porque pusimos en su casa la imágen de Nuestra Señora la Vírgen Santa María y la Cruz.

Y más dijo, que habian llegado muchos indios á quitar la santa imágen del altar donde la pusimos, y que no pudieron quitalla, y que los indios lo tuvieron á gran milagro, y que se lo dijeron al Montezuma, é que les mandó que la dejasen en el mismo lugar y altar, y que no curasen de hacer otra cosa; y así, la dejaron.

Y más dijo el Pedro de Albarado, que por lo que el Narvaez les habia enviado á decir al Montezuma, que le venia á soltar de las prisiones y á prendernos, y no salió verdad; y como Cortés habia dicho al Montezuma que en teniendo navíos nos habiamos de ir á embarcar y salir de toda la tierra, é que no nos íbamos, é que todo eran palabras, é que ahora habian visto venir muchos más teules, ántes que todos los de Narvaez y los nuestros tornásemos á entrar en Méjico, que seria bien matar al Pedro de Albarado y á sus soldados, y soltar al gran Montezuma, y despues no quedar á vida ninguno de los nuestros é de los de Narvaez, cuanto más que tuvieron por cierto que nos venciera el Narvaez.

Estas pláticas y descargo dió el Pedro de Albarado á Cortés, y le tornó á decir Cortés que á qué causa les fué á dar guerra estando bailando y haciendo sus fiestas y bailes y sacrificios que hacian á sus Huichilóbos y á Tezcatepuca; y el Pedro de Albarado dijo que luego le habian de venir á dar guerra, segun el concierto tenian entre ellos hecho, y todo lo demás que lo supo de un papa y de dos principales y de otros mejicanos; y Cortés le dijo:

—«Pues hanme dicho que os demandaron licencia para hacer el areito y bailes.»

É dijo que así era verdad, é que fué por tomalles descuidados; é que porque temiesen y no viniesen á dalle guerra, que por esto se adelantó á dar en ellos; y como aquello Cortés le oyó, le dijo, muy enojado, que era muy mal hecho, y grande desatino y poca verdad; é que pluguiera á Dios que el Montezuma se hubiera soltado, é que tal cosa no la oyera á sus ídolos; y así le dejó, que no le habló más en ello.

Tambien dijo el mismo Pedro de Albarado que cuando andaba con ellos en aquella guerra, que mandó poner á un tiro que estaba cebado fuego, con una pelota y muchos perdigones, é que como venian muchos escuadrones de indios á le quemar los aposentos, que salió á pelear con ellos, é que mandó poner fuego al tiro, é que no salió, y que hizo una arremetida contra los escuadrones que le daban guerra, y cargaban muchos indios sobre él, é que venia retrayéndose á la fuerza y aposento, é que entónces sin poner fuego al tiro salió la pelota y los perdigones y mató muchos indios; y que si aquello no acaeciera, que los enemigos los mataran á todos, como en aquella vez le llevaron dos de sus soldados vivos.

Otra cosa dijo el Pedro de Albarado, y esta sola cosa la dijeron otros soldados, que las demás pláticas sólo el Pedro de Albarado lo contaba; y es, que no tenia agua para beber, y cavaron en el patio, é hicieron un pozo y sacaron agua dulce, siendo todo salado tambien.

Todo fué muchos bienes que nuestro Señor Dios nos hacia.

É á esto del agua digo yo que en Méjico estaba una fuente que muchas veces y todas las más manaba agua algo dulce; que lo demás que dicen algunas personas, que el Pedro de Albarado, por codicia de haber mucho oro y joyas de gran valor con que bailaban los indios, les fué á dar guerra, yo no lo creo ni nunca tal oí, ni es de creer que tal hiciese, puesto que lo dice el Obispo fray Bartolomé de las Casas aquello y otras cosas que nunca pasaron; sino que verdaderamente dió en ellos por metelles temor, é que con aquellos males que les hizo tuviesen harto que curar y llorar en ellos, porque no le viniesen á dar guerra; y como dicen que quien acomete vence, y fué muy peor, segun pareció.

Y tambien supimos de mucha verdad que tal guerra nunca el Montezuma mandó dar, é que cuando combatian al Pedro de Albarado, que el Montezuma les mandaba á los suyos que no lo hiciesen, y que le respondian que ya no era cosa de sufrir tenelle preso, y estando bailando irles á matar, como fueron; y que le habian de sacar de allí y matar á todos los teules que le defendian.

Estas cosas y otras sé decir que lo oí á personas de fe y que se hallaron con el Pedro de Albarado cuando aquello pasó.

Y dejallo hé aquí, y diré la gran guerra que luego nos dieron, y es desta manera.

CAPÍTULO CXXVI.

CÓMO NOS DIERON GUERRA EN MÉJICO, Y LOS COMBATES QUE NOS DABAN, Y OTRAS COSAS QUE PASAMOS.

Como Cortés vió que en Tezcuco no nos habian hecho ningun recibimiento, ni aun dado de comer, sino mal y por mal cabo, y que no hallamos principales con quien hablar, y lo vió todo rematado y de mal arte, y venido á Méjico lo mismo; y vió que no hacian tianguez, sino todo levantado, é oyó al Pedro de Albarado de la manera y desconcierto con que les fué á dar guerra; y parece ser habia dicho Cortés en el camino á los capitanes, alabándose de sí mismo, el gran acato y mando que tenia, é que por los pueblos é caminos le saldrian á recibir y hacer fiestas, y que en Méjico mandaba tan absolutamente, así al gran Montezuma como á todos sus capitanes, é que le darian presentes de oro como solian; y viendo que todo estaba muy al contrario de sus pensamientos, que aun de comer no nos daban, estaba muy airado y soberbio con la mucha gente de españoles que traia, y muy triste y mohino; y en este instante envió el gran Montezuma dos de sus principales á rogar á nuestro Cortés que le fuese á ver, que le queria hablar, y la respuesta que le dió fué:

—«Vaya para perro, que aun tianguez no quiere hacer ni de comer nos manda dar.»

Y entónces, como aquello le oyeron á Cortés nuestros capitanes, que fué Juan Velazquez de Leon y Cristóbal de Olí y Alonso de Ávila y Francisco de Lugo, dijeron:

—«Señor, temple su ira, y mire cuánto bien y honra nos ha hecho este Rey destas tierras, que es tan bueno, que si por él no fuese ya fuéramos muertos y nos habrian comido, é mire que hasta las hijas le han dado.»

Y como esto oyó Cortés, se indignó más de las palabras que le dijeron, como parecian de reprension, é dijo:

—«¿Qué cumplimiento tengo yo de tener con un perro que se hacia con Narvaez secretamente, é ahora veis que aun de comer no nos da?»

Y dijeron nuestros capitanes:

—«Esto nos parece que debe hacer, y es buen consejo.»

Y como Cortés tenia allí en Méjico tantos españoles, así de los nuestros como de los de Narvaez, no se le daba nada por cosa ninguna, é hablaba tan airado y descomedido.

Por manera que tornó hablar á los principales que dijesen á su señor Montezuma que luego mandase hacer tianguez y mercados; si no, que hará é que acontecerá; y los principales bien entendieron las palabras injuriosas que Cortés dijo de su señor, y aun tambien la reprension que nuestros capitanes dieron á Cortés sobre ello; porque bien los conocian, que habian sido los que solian tener en guarda á su señor, y sabian que eran grandes servidores de su Montezuma; y segun y de la manera que lo entendieron, se lo dijeron al Montezuma, y de enojo, ó porque ya estaba concertado que nos diesen guerra, no tardó un cuarto de hora que vino un soldado á gran priesa muy mal herido, que venia de un pueblo que está junto á Méjico, que se dice Tacuba, y traia unas indias que eran de Cortés, é la una hija del Montezuma, que parece ser las dejó á guardar allí al señor de Tacuba, que eran sus parientes del mismo señor, cuando fuimos á lo de Narvaez.

Y dijo aquel soldado que estaba toda la ciudad y camino por donde venia lleno de gente de guerra con todo género de armas, y que le quitaron las indias que traia y le dieron dos heridas, é que si no se les soltara, que le tenian ya asido para le meter en una canoa y llevalle á sacrificar, y habian deshecho una puente.

Y desque aquello oyó Cortés y algunos de nosotros, ciertamente nos pesó mucho; porque bien entendido teniamos los que soliamos batallar con indios, la mucha multitud que de ellos se suelen juntar, que por bien que peleásemos, y aunque más soldados trujésemos ahora, que habiamos de pasar gran riesgo de nuestras vidas, y hambres y trabajos, especialmente estando en tan fuerte ciudad.

Pasemos adelante, y digamos que luego mandó á un capitan que se decia Diego de Ordás, que fuese con cuatrocientos soldados, y entre ellos, los más ballesteros y escopeteros y algunos de á caballo, é que mirase qué era aquello que decia el soldado que habia venido herido y trajo las nuevas; é que si viese que sin guerra y ruido se pudiese apaciguar, lo pacificase; y como fué el Diego de Ordás de la manera que le fué mandado, con sus cuatrocientos soldados, aún no hubo bien llegado á media calle por donde iba, cuando le salen tantos escuadrones mejicanos de guerra y otros muchos que estaban en las azuteas, y les dieron tan grandes combates, que le mataron á las primeras arremetidas ocho soldados, y á todos los más hirieron, y al mismo Diego de Ordás le dieron tres heridas.

Por manera que no pudo pasar un paso adelante, sino volverse poco á poco al aposento; y al retraer le mataron otro buen soldado, que se decia Lezcano, que con un montante habia hecho cosas de muy esforzado varon; y en aquel instante si muchos escuadrones salieron al Diego de Ordás, muchos más vinieron á nuestros aposentos, y tiran tanta vara y piedra con hondas y flechas, que nos hirieron de aquella vez sobre cuarenta y seis de los nuestros, y doce murieron de las heridas.

Y estaban tanto sobre nosotros, que el Diego de Ordás, que se venia retrayendo, no podia llegar á los aposentos por la mucha guerra que les daban, unos por detrás y otros por delante y otros desde las azuteas.

Pues quizá aprovechaban mucho nuestros tiros y escopetas, ni ballestas ni lanzas, ni estocadas que les dábamos, ni nuestro buen pelear; que, aunque les matábamos y heriamos muchos dellos, por las puntas de las picas y lanzas se nos metian; con todo esto, cerraban sus escuadrones y no perdian punto de su buen pelear, ni les podiamos apartar de nosotros.

Y en fin, con los tiros y escopetas y ballestas, y el mal que les haciamos de estocadas, tuvo lugar el Ordás de entrar en el aposento; que hasta entónces, aunque queria, no podia pasar; y con sus soldados bien heridos y veinte y tres ménos, y todavía no cesaban muchos escuadrones de nos dar guerra y decirnos que éramos como mujeres, y nos llamaban de bellacos y otros vituperios.

Y aun no ha sido nada todo el daño que nos han hecho hasta ahora, á lo que despues hicieron.

Y es, que tuvieron tanto atrevimiento, que, unos dándonos guerra por una parte y otros por otra, entraron á ponernos fuego en nuestros aposentos, que no nos podiamos valer con el humo y fuego, hasta que se puso remedio en derrocar sobre él mucha tierra y atajar otras salas por donde venia el fuego, que verdaderamente allí dentro creyeron de nos quemar vivos; y duraron estos combates todo el dia y aun la noche, y aun de noche estaban sobre nosotros tantos escuadrones, y tiraban varas y piedras y flechas á bulto y piedra perdida, que entónces estaban todos aquellos patios y suelos hechos parvas dellos.

Pues nosotros aquella noche en curar heridos, y en poner remedio en los portillos que habian hecho y en apercibirnos para otro dia, en esto se pasó.

Pues desque amaneció, acordó nuestro capitan que con todos los nuestros y los de Narvaez saliésemos á pelear con ellos, y que llevásemos tiros, y escopetas y ballestas, y procurásemos de los vencer, á lo ménos que sintiesen más nuestras fuerzas y esfuerzo mejor que el dia pasado.

Y digo que si nosotros teniamos hecho aquel concierto, que los mejicanos tenian concertado lo mismo, y peleábamos muy bien; mas ellos estaban tan fuertes y tenian tantos escuadrones, que se mudaban de rato en rato, que aunque estuvieren allí diez mil Hétores troyanos y otros tantos Roldanes, no les pudieran entrar; porque sabello ahora yo aquí decir cómo pasó, y vimos este teson en el pelear, digo que no lo sé escribir; porque ni aprovechaban tiros, ni escopetas, ni ballestas, ni apechugar con ellos, ni matalles treinta ni cuarenta de cada vez que arremetiamos; que tan enteros y con más vigor peleaban que al principio; y si algunas veces les íbamos ganando alguna poca de tierra ó parte de calle, y hacian que se retraian, era para que les siguiésemos, por apartarnos de nuestra fuerza y aposento, para dar más á su salvo en nosotros, creyendo que no volveriamos con las vidas á los aposentos; porque al retraernos hacian mucho mal.

Pues para pasar á quemalles las casas, ya he dicho en el capítulo que dello habla, que de casa á casa tenian una puente de madera levadiza, alzábanla, y no podiamos pasar sino por agua muy honda.

Pues desde las azuteas, los cantos, y piedras, y varas no lo podiamos sufrir.

Por manera que nos maltrataban y herian muchos de los nuestros, é no sé yo para qué lo escribo así tan tibiamente; porque unos tres ó cuatro soldados que se habian hallado en Italia, que allí estaban con nosotros, juraron muchas veces á Dios que guerras tan bravosas jamás habian visto en algunas que se habian hallado entre cristianos, y contra la artillería del Rey de Francia ni del Gran Turco, ni gente como aquellos indios con tanto ánimo cerrar los escuadrones vieron; y porque decian otras muchas cosas y causas que daban á ello, como adelante verán.

Y quedarse ha aquí, y diré cómo con harto trabajo nos retrujimos á nuestros aposentos, y todavía muchos escuadrones de guerreros sobre nosotros con grandes gritos é silbos, y trompetillas y atambores, llamándonos de bellacos y para poco, que no sabiamos atendelles todo el dia en batalla, sino volvernos retrayendo.

Aquel dia mataron diez ó doce soldados, y todos volvimos bien heridos; y lo que pasó de la noche fué en concertar para que de ahí á dos dias saliésemos todos los soldados cuantos sanos habia en todo el real, y con cuatro ingenios á manera de torres, que se hicieron de madera bien recios, en que pudiesen ir debajo de cualquiera dellos veinte y cinco hombres; y llevaban sus ventanillas en ellos para ir los tiros, y tambien iban escopeteros y ballesteros, y junto con ellos habiamos de ir otros soldados escopeteros, y ballesteros, y los tiros, y todos los demás de á caballo hacer algunas arremetidas.

Y hecho este concierto, como estuvimos aquel dia que entendiamos en la obra y fortalecer muchos portillos que nos tenian hechos, no salimos á pelear aquel dia; no sé cómo lo diga, los grandes escuadrones de guerreros que nos vinieron á los aposentos á dar guerra, no solamente por diez ó doce partes, sino por más de veinte; porque en todo estábamos repartidos, y otros en muchas partes; y entre tanto que los adobábamos y fortaleciamos, como dicho tengo, otros muchos escuadrones procuraron entrarnos los aposentos á escala vista, que por tiros ni ballestas ni escopetas, ni por muchas arremetidas y estocadas les podian retraer.

Pues lo que decian, que en aquel dia no habia de quedar ninguno de nosotros, y que habian de sacrificar á sus dioses nuestros corazones y sangre, y con las piernas y brazos, que bien tendrian para hacer hartazgas y fiestas; y que los cuerpos echarian á los tigres y leones y víboras y culebras que tienen encerrados, que se harten dellos; é que á aquel efecto há dos dias que mandaron que no les diesen de comer; y que el oro que teniamos, que habriamos mal gozo dél y de todas las mantas; y á los de Tlascala que con nosotros estaban les decian que les meterian en jaulas á engordar, y que poco á poco harian sus sacrificios con sus cuerpos.

Y muy afectuosamente decian que les diésemos su gran señor Montezuma, y decian otras cosas; y de noche asimismo siempre silbos y voces, y rociadas de vara y piedra y flecha; y cuando amaneció, despues de nos encomendar á Dios, salimos de nuestros aposentos con nuestras torres, que me parece á mí que en otras partes donde me he hallado en guerras en cosas que han sido menester, las llaman buros y mantas; y con los tiros y escopetas y ballestas delante, y los de á caballo haciendo algunas arremetidas; é como he dicho, aunque les matábamos muchos dellos, no aprovechaba cosa para les hacer volver las espaldas, sino que si siempre muy bravamente habian peleado los doce dias pasados, muy más fuertes con mayores fuerzas y escuadrones estaban este dia; y todavía determinamos que, aunque á todos costase la vida, de ir con nuestras torres é ingenios hasta el gran cu del Huichilóbos.

No digo por extenso los grandes combates que en una casa fuerte nos dieron, ni diré cómo á los caballos los herian ni nos aprovechábamos dellos; porque, aunque arremetian á los escuadrones para rompellos, tirábanles tanta flecha y vara y piedra, que no se podian valer, por bien armados que estaban; y si los iban alcanzando, luego se dejaban caer los mejicanos á su salvo en las acequias y laguna, donde tenian hechos otros reparos para los de á caballo; y estaban otros muchos indios con lanzas muy largas para acabar de matarlos; así que no aprovechaba cosa ninguna dellos.

Pues apartarnos á quemar ni á deshacer ninguna casa, era por demás; porque, como he dicho, están todas en el agua, y de casa á casa una puente levadiza; pasalla á nado era cosa muy peligrosa, porque desde las azuteas tiraban tanta piedra y cantos, que era cosa perdida ponernos en ello.

Y demás desto, en algunas casas que les poniamos fuego tardaba una casa á se quemar todo un dia entero, y no se podia pegar fuego de una casa á otra, lo uno por estar apartadas la una de otra, el agua en medio, y lo otro por ser de azuteas; así que eran por demás nuestros trabajos en aventurar nuestras personas en aquello.

Por manera que fuimos al gran cu de sus ídolos, y luego de repente suben en él más de cuatro mil mejicanos, sin otras capitanías que en ellos estaban, con grandes lanzas y piedra y vara, y se ponen en defensa, y nos resistieron la subida un buen rato, que no bastaban las torres ni los tiros ni ballestas ni escopetas, ni los de á caballo; porque, aunque querian arremeter los caballos, habia unas losas muy grandes, empedrado todo el patio, que se iban á los caballos los piés y manos; y eran tan lisas, que caian; é como desde las gradas del alto cu nos defendian el paso, é á un lado é otro teniamos tantos contrarios, aunque nuestros tiros llevaban diez ó quince dellos, é á estocadas y arremetidas matábamos otros muchos, cargaba tanta gente, que no les podiamos subir al alto cu, y con gran concierto tornamos á porfiar sin llevar las torres, porque ya estaban desbaratadas, y les subimos arriba.

Aquí se mostró Cortés muy varon, como siempre lo fué.

¡Oh qué pelear y fuerte batalla que aquí tuvimos! Era cosa de notar vernos á todos corriendo sangre y llenos de heridas, é más de cuarenta soldados muertos.

É quiso nuestro Señor que llegamos adonde soliamos tener la imágen de Nuestra Señora, y no la hallamos; que pareció, segun supimos, que el gran Montezuma tenia ó devocion en ella ó miedo, y la mandó guardar; y pusimos fuego á sus ídolos, y se quemó un pedazo de la sala con los ídolos Huichilóbos y Tezcatepuca.

Entónces nos ayudaron muy bien los tlascaltecas.

Pues ya hecho esto, estando que estábamos unos peleando y otros poniendo el fuego, como dicho tengo, ver los papas que estaban en este gran cu y sobre tres ó cuatro mil indios, todos principales, y que nos bajábamos, cuál nos hacian venir rodando seis gradas y aun diez abajo, y hay tanto que decir de otros escuadrones que estaban en los petriles y concavidades del gran cu, tirándonos tantas varas y flechas, que así á unos escuadrones como á los otros no podiamos hacer cara ni sustentarnos; acordamos, con mucho trabajo y riesgo de nuestras personas, de nos volver á nuestros aposentos, los castillos deshechos y todos heridos, y muertos cuarenta y seis, y los indios siempre apretándonos, y otros escuadrones por las espaldas, que quien nos vió, aunque aquí más claro lo diga, yo no lo sé significar; pues aun no digo lo que hicieron los escuadrones mejicanos, que estaban dando guerra en los aposentos en tanto que andábamos fuera, y la gran porfía y teson que ponian de les entrar á quemallos.

En esta batalla prendimos dos papas principales, que Cortés nos mandó que los llevasen á buen recaudo.

Muchas veces he visto pintada entre los mejicanos y tlascaltecas esta batalla y subida que hicimos en este gran cu; y tiénenlo por cosa muy heróica, que aunque nos pintan á todos nosotros muy heridos corriendo sangre, y muchos muertos en retratos que tienen dello hechos, en mucho lo tienen esto de poner fuego al cu y estar tanto guerrero guardándolo en los petriles y concavidades, y otros muchos indios abajo en el suelo y patios llenos, y en los lados otros muchos, y deshechas nuestras torres, cómo fué posible subille.

Dejemos de hablar dello, y digamos cómo con gran trabajo tornamos á los aposentos; y si mucha gente nos fueron siguiendo y dando guerra, otros muchos estaban en los aposentos, que ya les tenian derrocadas unas paredes para entralles; y con nuestra llegada cesaron, mas no de manera que en todo lo que quedó del dia dejaban de tirar vara y piedra y flecha, y en la noche grita y piedra y vara.

Dejemos de su gran teson y porfía que siempre á la continua tenian de estar sobre nosotros, como he dicho; é digamos que aquella noche se nos fué en curar heridos y enterrar los muertos, y en aderezar para salir otro dia á pelear, y en poner fuerzas y mamparos á las paredes que habian derrocado é á otros portillos que habian hecho, y tomar consejo cómo y de qué manera podriamos pelear sin que recibiésemos tantos daños ni muertos; y en todo lo que platicamos no hallábamos remedio ninguno.

Pues tambien quiero decir las maldiciones que los de Narvaez echaban á Cortés, y las palabras que decian, que renegaban dél y de la tierra, y aun de Diego Velazquez, que acá les envió; que bien pacíficos estaban en sus casas en la isla de Cuba; y estaban embelesados y sin sentido.

Volvamos á nuestra plática, que fué acordado de demandalles paces para salir de Méjico; y desque amaneció y vienen muchos más escuadrones de guerreros, y muy de hecho nos cercan por todas partes los aposentos; y si mucha piedra y flecha tiraban de ántes, mucho más espesas y con mayores alaridos y silbos vinieron este dia; y otros escuadrones por otras partes procuraban de nos entrar, que no aprovechaban tiros ni escopetas, aunque les hacian harto mal.

Y viendo todo esto, acordó Cortés que el gran Montezuma les hablase desde una azutea, y les dijesen que cesasen las guerras y que nos queriamos ir de su ciudad; y cuando al gran Montezuma se lo fueron á decir de parte de Cortés, dicen que dijo con gran dolor:

—«¿Qué quiere de mí ya Malinche? Que yo no deseo vivir ni oille, pues en tal estado por su causa mi ventura me ha traido.»

Y no quiso venir; y aun dicen que dijo que ya no le querian ver ni oir á él ni á sus falsas palabras ni promesas y mentiras; y fué el padre de la Merced y Cristóbal de Olí, y le hablaron con mucho acato y palabras muy amorosas.

Y díjoles el Montezuma:

—«Yo tengo creido que no aprovecharé cosa ninguna para que cese la guerra, porque ya tienen alzado otro señor, y han propuesto de no os dejar salir de aquí con la vida; y así creo que todos vosotros habeis de morir en esta ciudad.»

Y volvamos á decir de los grandes combates que nos daban, que Montezuma se puso á un petril de una azutea con muchos de nuestros soldados que le guardaban, y les comenzó á hablar á los suyos con palabras muy amorosas, que dejasen la guerra, que nos iriamos de Méjico; y muchos principales mejicanos y capitanes bien le conocieron, y luego mandaron que callasen sus gentes y no tirasen varas ni piedras ni flechas, y cuatro dellos se allegaron en parte que Montezuma les podia hablar, y ellos á él, y llorando le dijeron:

—«¡Oh señor, é nuestro gran señor, y cómo nos pesa de todo vuestro mal y daño, y de vuestros hijos y parientes! Hacemos os saber que ya hemos levantado á un vuestro primo por señor.»

Y allí le nombró cómo se llamaba, que se decia Coadlauaca, señor de Iztapalapa, que no fué Guatemuz, el cual desde á dos meses fué señor.

Y más dijeron, que la guerra que la habian de acabar, y que tenian prometido á sus ídolos de no lo dejar hasta que todos nosotros muriésemos; y que rogaban cada dia á su Huichilóbos y á Tezcatepuca que le guardase libre y sano de nuestro poder, é como saliese como deseaban, que no lo dejarian de tener muy mejor que de ántes por señor, y que les perdonase.

Y no hubieron bien acabado el razonamiento, cuando en aquella sazon tiran tanta piedra y vara, que los nuestros le arrodelaban; y como vieron que entre tanto que hablaba con ellos no daban guerra, se descuidaron un momento del rodelar, y le dieron tres pedradas é un flechazo, una en la cabeza y otra en un brazo y otra en una pierna; y puesto que le rogaban que se curase y comiese, y le decian sobre ello buenas palabras, no quiso; ántes cuando no nos catamos, vinieron á decir que era muerto, y Cortés lloró por él, y todos nuestros capitanes y soldados: é hombres hubo entre nosotros, de los que le conociamos y tratábamos, que tan llorado fué como si fuera nuestro padre; y no nos hemos de maravillar dello viendo que tan bueno era; y decian que habia diez y siete años que reinaba, y que fué el mejor Rey que en Méjico habia habido, y que por su persona habia vencido tres desafios que tuvo sobre las tierras que sojuzgó.

CAPÍTULO CXXVII.

DESQUE FUÉ MUERTO EL GRAN MONTEZUMA, ACORDÓ CORTÉS DE HACELLO SABER Á SUS CAPITANES Y PRINCIPALES QUE NOS DAN GUERRA, Y LO QUE MÁS SOBRE ELLO PASÓ.

Pues como vimos á Montezuma que se habia muerto, ya he dicho la tristeza que todos nosotros hubimos por ello, y aun al fraile de la Merced, que siempre estaba con él, y no le pudo atraer á que se volviese cristiano; y el fraile le dijo que creyese que de aquellas heridas moriria, á que él respondia que él debia de mandar que le pusiesen alguna cosa.

En fin de más razones, mandó Cortés á un papa é á un principal de los que estaban presos, que soltamos que fuesen á decir al cacique que alzaron por señor, que se decia Coadlauaca, y á sus capitanes, cómo el gran Montezuma era muerto, y que ellos lo vieron morir, y de la manera que murió, y heridas que le dieron los suyos, y dijesen cómo á todos nos pesaba dello, y que lo enterrasen como gran Rey que era, y que alzasen á su primo del Montezuma que con nosotros estaba, por Rey, pues le pertenecia de heredar, ó á otros sus hijos; é que al que habian alzado por señor que no le venia por derecho, é que tratasen paces para salirnos de Méjico; que si no lo hacian ahora que era muerto Montezuma, á quien teniamos respeto, y que por su causa no les destruiamos su ciudad, que saldriamos á dalles guerra y á quemalles todas las casas, y les hariamos mucho mal; y porque lo viesen cómo era muerto el Montezuma, mandó á seis mejicanos muy principales y los más papas que teniamos presos que lo sacasen á cuestas y lo entregasen á los capitanes mejicanos, y les dijesen lo que Montezuma mandó al tiempo que se queria morir, que aquellos que llevaron á cuestas se hallaron presentes á su muerte: y dijeron al Coadlauaca toda la verdad, cómo ellos propios le mataron de tres pedradas y un flechazo; y cuando así le vieron muerto, vimos que hicieron muy gran llanto, que bien oimos las gritas y aullidos que por él daban; y aun con todo esto no cesó la gran batería que siempre nos daban, que era sobre nosotros de vara y piedra y flecha, y luego la comenzaron muy mayor, y con gran braveza nos decian:

—«Ahora pagareis muy de verdad la muerte de nuestro Rey y el deshonor de nuestros ídolos; y las paces que nos enviais á pedir, salid acá, y concertaremos cómo y de qué manera han de ser.»

Y decian tantas palabras sobre ello, y de otras cosas que ya no se me acuerda, y las dejaré aquí de decir, y que ya tenian elegido buen Rey, y que no era de corazon tan flaco, que le podais engañar con palabras falsas, como fué al buen Montezuma; y del enterramiento, que no tuviesen cuidado, sino de nuestras vidas, que en dos dias no quedarian ningunos de nosotros, para que tales cosas enviemos á decir; y con estas pláticas muy grandes gritas y silbos, y rociadas de piedra, vara y flecha, y otros muchos escuadrones todavía procurando de poner fuego á muchas partes de nuestros aposentos; y como aquello vió Cortés y todos nosotros, acordamos que para otro dia saliésemos del real, y diésemos guerra por otra parte, adonde habia muchas casas en tierra firme, y que hiciésemos todo el mal que pudiésemos, y fuésemos hácia la calzada, y que todos los de á caballo rompiesen con los escuadrones y los alanceasen ó echasen en la laguna, y aunque les matasen los caballos; y esto se ordenó para ver si por ventura con el daño y muerte que les hiciésemos cesaria la guerra y se trataria alguna manera de paz para salir libres sin más muertes y daños.

Y puesto que otro dia lo hicimos todos muy varonilmente, y matamos muchos contrarios y se quemaron obra de veinte casas, y fuimos hasta cerca de tierra firme, todo fué nonada para el gran daño y muertes de más de veinte soldados, y heridas que nos dieron; y no pudimos ganalles ninguna puente, porque todas estaban medio quebradas, y cargaron muchos mejicanos sobre nosotros, y tenian puestas albarradas y mamparos en parte adonde conocian que podian alcanzar los caballos.

Por manera que, si muchos trabajos teniamos hasta allí, muchos mayores tuvimos adelante.

Y dejallo hé aquí, y volvamos á decir cómo acordamos de salir de Méjico.

En esta entrada y salida que hicimos con los de á caballo, que era un juéves, acuérdome que iba allí Sandoval y Lares el buen jinete, y Gonzalo Dominguez, Juan Velazquez de Leon y Francisco de Morla, y otros buenos hombres de á caballo de los nuestros y de los de Narvaez; asimismo iban otros buenos jinetes; mas estaban espantados y temerosos los de Narvaez, como no se habian hallado en guerras de indios, como nosotros los de Cortés.

CAPÍTULO CXXVIII.

CÓMO ACORDAMOS DE NOS IR HUYENDO DE MÉJICO, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Como vimos que cada dia iban menguando nuestras fuerzas, y las de los mejicanos crecian, y veiamos muchos de los nuestros muertos, y todos los más heridos, é que aunque peleábamos muy como varones, no los podiamos hacer retirar ni que se apartasen los muchos escuadrones que de dia y de noche nos daban guerra, y la pólvora apocada, y la comida y agua por el consiguiente, y el gran Montezuma muerto, las paces que les enviamos á demandar no las quisieron aceptar; en fin, veiamos nuestras muertes á los ojos, y las puentes que estaban alzadas; y fué acordado por Cortés y por todos nuestros capitanes y soldados que de noche nos fuésemos, cuando viésemos que los escuadrones guerreros estuviesen más descuidados; y para más les descuidar, aquella tarde les enviamos á decir con un papa de los que estaban presos, que era muy principal entre ellos, y con otros prisioneros, que nos dejen ir en paz de ahí á ocho dias, y que les dariamos todo el oro; y esto por descuidarlos y salirnos aquella noche.

Y demás desto, estaba con nosotros un soldado que se decia Botello, al parecer muy hombre de bien y latino, y habia estado en Roma, y decian que era nigromántico, otros decian que tenia familiar, algunos le llamaban astrólogo; y este Botello habia dicho cuatro dias habia que hallaba por sus suertes y astrologías que si aquella noche que venia no saliamos de Méjico, y si más aguardábamos, que ningun soldado podria salir con la vida; y aun habia dicho otras veces que Cortés habia de tener muchos trabajos y habia de ser desposeido de su ser y honra, y que despues habia de volver á ser gran señor y de mucha renta; y decia otras muchas cosas deste arte.

Dejemos al Botello, que despues tornaré hablar en él, y diré cómo se dió luego órden que se hiciese de maderos y ballestas muy recias una puente que llevásemos para poner en las puentes que tenian quebradas; y para ponella y llevalla, y guardar el paso hasta que pasase todo el fardaje y los de á caballo y todo nuestro ejército, señalaron y mandaron á cuatrocientos indios tlascaltecas y ciento y cincuenta soldados; y para llevar el artillería señalaron ducientos y cincuenta indios tlascaltecas y cincuenta soldados; y para que fuesen en la delantera peleando señalaron á Gonzalo de Sandoval y á Francisco de Acebedo el pulido, y á Francisco de Lugo y á Diego de Ordás é Andrés de Tapia; y todos estos capitanes, y otros ocho ó nueve de los de Narvaez, que aquí no nombro, y con ellos, para que les ayudasen, cien soldados mancebos sueltos; y para que fuesen entre medias del fardaje y naborías y prisioneros, y acudiesen á la parte que más conviniese de pelear, señalaron al mismo Cortés y á Alonso de Ávila, y á Cristóbal de Olí y á Bernardino Vazquez de Tapia, y á otros capitanes de los nuestros, que no me acuerdo ya sus nombres, con otros cincuenta soldados; y para la retaguardia señalaron á Juan Velazquez de Leon y á Pedro de Albarado, con otros muchos de á caballo y más de cien soldados, y todos los más de los de Narvaez; y para que llevasen á cargo los prisioneros y á doña Marina y á doña Luisa señalaron trecientos tlascaltecas y treinta soldados.

Pues hecho este concierto, ya era noche, y para sacar el oro y llevallo y repartillo, mandó Cortés á su camarero, que se decia Cristóbal de Guzman, y á otros sus criados, que todo el oro y plata y joyas lo sacasen de su aposento á la sala con muchos indios de Tlascala, y mandó á los oficiales del Rey, que era en aquel tiempo Alonso de Ávila y Gonzalo Mejía, que pusiesen en cobro todo el oro de su majestad, y para que lo llevasen les dió siete caballos heridos y cojos y una yegua, y muchos indios tlascaltecas, que, segun dijeron, fueron más de ochenta, y cargaron dello lo que más pudieron llevar, que estaba hecho todo lo más dello en barras muy anchas y grandes, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, y quedaba mucho más oro en la sala hecho montones.

Entónces Cortés llamó su secretario, que se decia Pedro Hernandez, y á otros escribanos del Rey, y dijo:

—«Dadme por testimonio que no puedo más hacer sobre guardar este oro. Aquí tenemos en esta casa y sala sobre setecientos mil pesos por todo, y veis que no lo podemos pasar ni poner cobro más de lo puesto; los soldados que quisieren sacar dello, desde aquí se lo doy, como se ha de quedar aquí perdido entre estos perros.»

Y desque aquello oyeron, muchos soldados de los de Narvaez y aun algunos de los nuestros cargaron dello.

Yo digo que nunca tuve codicia del oro, sino procurar salvar la vida: porque la teniamos en gran peligro; mas no dejé de apañar de una petaquilla, que allí estaba, cuatro chalchihuies, que son piedras muy preciadas entre los indios, que presto me eché entre los pechos entre las armas; y aun entónces Cortés mandó tomar la petaquilla con los chalchihuies que quedaban, para que la guardase su mayordomo; y aun los cuatro chalchihuies que yo tomé, si no me los hubiera echado entre los pechos, me los demandara Cortés; los cuales me fueron muy buenos para curar mis heridas y comer del valor dellos.

Volvamos á nuestro cuento; que desque supimos el concierto que Cortés habia hecho de la manera que habiamos de salir y llevar la madera para las puentes, y como hacia algo escuro, que habia neblina é lloviznaba, y era ántes de media noche, comenzaron á traer la madera é puente, y ponella en el lugar que habia de estar, y á caminar el fardaje y artillería y muchos de á caballo, y los indios tlascaltecas con el oro; y despues que se puso en la puente, y pasaron todos así como venian, y pasó Sandoval é muchos de á caballo, tambien pasó Cortés con sus compañeros de á caballo tras de los primeros, y otros muchos soldados.

Y estando en esto, suenan los cornetas y gritas y silbos de los mejicanos, y decian en su lengua:

—«Taltelulco, Taltelulco, salí presto con vuestras canoas, que se van los teules; atajadlos en las puentes.»

Y cuando no me cato, vimos tantos escuadrones de guerreros sobre nosotros, y toda la laguna cuajada de canoas, que no nos podiamos valer, y muchos de nuestros soldados ya habian pasado.

Y estando desta manera, carga tanta multitud de mejicanos á quitar la puente y á herir y matar á los nuestros, que no se daban á manos unos á otros; y como la desdicha es mala, y en tales tiempos ocurre un mal sobre otro, como llovia, resbalaron dos caballos y se espantaron, y caen en la laguna, y la puente caida y quitada; carga tanto guerrero mejicano para acaballa de quitar, que por bien que peleábamos, y matábamos muchos dellos, no se pudo más aprovechar della.

Por manera que aquel paso y abertura de agua presto se hinchó de caballos muertos y de los caballeros cuyos eran, que no podian nadar, y mataban muchos dellos y de los indios tlascaltecas é indias naborías, y fardaje y petacas y artillería; y de los muchos que se ahogaban, ellos y los caballos, y de otros muchos soldados que allí en el agua mataban y metian en las canoas, que era muy gran lástima de lo ver y oir, pues la grita y lloros y lástimas que decian demandando socorro: «Ayudadme, que me ahogo;» otros, «Socorredme, que me matan;» otros demandando ayuda á Nuestra Señora Santa María y á señor Santiago; otros demandaban ayuda para subir á la puente, y estos eran ya que escapaban nadando, y asidos á muertos y á petacas para subir arriba, á donde estaba la puente; y algunos que habian subido, y pensaban que estaban libres de aquel peligro, habia en las calzadas grandes escuadrones guerreros que los apañaban é amorrinaban con unas macanas, y otros que les flechaban y alanceaban.

Pues quizá habia algun concierto en la salida, como lo habiamos concertado, maldito aquel; porque Cortés y los capitanes y soldados que pasaron primero á caballo, por salvar sus vidas y llegar á tierra firme, aguijaron por las puentes y calzadas adelante, y no aguardaron unos á otros; y no lo erraron, porque los de á caballo no podian pelear en las calzadas; porque yendo por la calzada, ya que arremetian á los escuadrones mejicanos, echábanseles al agua, y de la una parte la laguna y de la otra azuteas, y por tierra les tiraban tanta flecha y vara y piedra, y con lanzas muy largas que habian hecho de las espadas que nos tomaron, como partesanas, mataban los caballos con ellas; y si arremetia alguno de á caballo y mataba algun indio, luego le mataban el caballo; y así, no se atrevian á correr por la calzada.

Pues vista cosa es que no podian pelear en el agua y puestos; sin escopetas ni ballestas y de noche, ¿qué podiamos hacer sino lo que haciamos? Que era que arremetiésemos treinta y cuarenta soldados que nos juntábamos, y dar algunas cuchilladas á los que nos venian á echar mano, y andar y pasar adelante, hasta salir de las calzadas; porque si aguardáramos los unos á los otros, no saliéramos ninguno con la vida, y si fuera de dia, peor fuera; y aun los que escapamos fué que nuestro Señor Dios fué servido darnos esfuerzo para ello; y para quien no lo vió aquella noche la multitud de guerreros que sobre nosotros estaban, y las canoas que de los nuestros arrebataban y llevaban á sacrificar, era cosa de espanto.

Pues yendo que íbamos cincuenta soldados de los de Cortés y algunos de Narvaez por nuestra calzada adelante, de cuando en cuando salian escuadrones mejicanos á nos echar manos.

Acuérdome que nos decian:

—«¡Oh, oh, oh luilones!» que quiere decir: «Oh putos, ¿aun aquí quedais vivos, que no os han muerto los tiacanes?»

Y como les acudimos con cuchilladas y estocadas, pasamos adelante; é yendo por la calzada cerca de tierra firme, cabe el pueblo de Tacuba, donde ya habian llegado Gonzalo de Sandoval y Cristóbal de Olí y Francisco de Salcedo, el pulido, y Gonzalo Dominguez, y Lares, y otros muchos de á caballo, y soldados de los que pasaron adelante ántes que desamparasen la puente, segun y de la manera que dicho tengo; é ya que llegábamos cerca oiamos voces que daba Cristóbal de Olí y Gonzalo de Sandoval y Francisco de Morla, y decian á Cortés, que iba adelante de todos:

—«Aguardad, señor capitan; que dicen estos soldados que vamos huyendo, y los dejamos morir en las puentes y calzadas á todos los que quedan atrás; tornémoslos á amparar y recoger; porque vienen algunos soldados muy heridos y dicen que los demás quedan todos muertos, y no salen ni vienen ningunos.»

Y la respuesta que dió Cortés, que los que habiamos salido de las calzadas era milagro; que si á las puentes volviesen, pocos escaparian con las vidas, ellos y los caballos: y todavía volvió el mismo Cortés y Cristóbal de Olí, y Alonso de Ávila y Gonzalo de Sandoval, y Francisco de Morla y Gonzalo Dominguez, con otros seis ó siete de á caballo, y algunos soldados que no estaban heridos; mas no fuera mucho trecho, porque luego encontraron con Pedro de Albarado bien herido, con una lanza en la mano, á pié, que la yegua alazana ya se la habian muerto, y traia consigo siete soldados, los tres de los nuestros y los cuatro de Narvaez, tambien muy heridos, y ocho tlascaltecas, todos corriendo sangre de muchas heridas; entre tanto volvió Cortés por la calzada con los capitanes y soldados que dicho tengo, reparamos en los patios junto á Tacuba, y ya habian venido de Méjico, como está cerca, dando voces, y á dar mandado á Tacuba y á Escapuzalco y á Teneyuca para que nos saliesen al encuentro.

Por manera que nos comenzaron á tirar vara y piedra y flecha, y con sus lanzas grandes, engastonadas en ellas de nuestras espadas que nos tomaron en este desbarate; y haciamos algunas arremetidas, en que nos defendiamos dellos y les ofendiamos.

Volvamos á Pedro de Albarado, que, como Cortés y los demás capitanes y soldados le encontraron de aquella manera que he dicho, y como supieron que no venian más soldados, se les saltaron las lágrimas de los ojos; porque el Pedro de Albarado y Juan Velazquez de Leon, con otros más de á caballo y más de cien soldados, habian quedado en la retaguarda; y preguntando Cortés por los demás, dijo que todos quedaban muertos, y con ellos el capitan Juan Velazquez de Leon y todos los más de á caballo que traia, así de los nuestros como de los de Narvaez, y más de ciento y cincuenta soldados que traia; y dijo el Pedro que despues que les mataron los caballos y la yegua, que se juntaron para se amparar obra de ochenta soldados, y que sobre los muertos y petacas y caballos que se ahogaron, pasaron la primera puente; en esto no se me acuerda bien si dijo que pasó sobre los muertos, y entónces no miramos lo que sobre ello dijo á Cortés, sino que allí en aquella puente le mataron á Juan Velazquez y más de ducientos compañeros que traia, que no les pudieron valer.

Y asimismo á esta otra puente, que les hizo Dios mucha merced en escapar con las vidas; y decia que todas las puentes y calzadas estaban llenas de guerreros.

Dejemos esto, y diré que en la triste puente que dicen ahora que fué el salto del Albarado, yo digo que en aquel tiempo ningun soldado se paró á vello, si saltaba poco ó mucho, que harto teniamos en mirar y salvar nuestras vidas, porque eran muchos los mejicanos que contra nosotros habia; porque en aquella coyuntura no lo podiamos ver ni tener sentido en salto, si saltaba ó pasaba poco ó mucho; y así seria cuando el Pedro de Albarado llegó á la puente, como él dijo á Cortés, que habia pasado asido á petacas y caballos y cuerpos muertos, porque ya que quisiera saltar y sustentarse en la lanza en el agua, era muy honda, y no pudiera allegar al suelo con ella para poderse sustentar sobre ella; y demás desto, la abertura muy ancha y alta, que no la podria saltar por muy más suelto que era.

Tambien digo que no la podia saltar ni sobre la lanza ni de otra manera; porque despues desde cerca de un año que volvimos á poner cerco á Méjico y la ganamos, me hallé muchas veces en aquella puente peleando con escuadrones mejicanos, y tenian allí hechos reamparos y albarradas, que se llama ahora la puente del salto de Albarado; y platicábamos muchos soldados sobre ello, y no hallábamos razon ni soltura de un hombre que tal saltase.

Dejemos este salto, y digamos que, como vieron nuestros capitanes que no acudian más soldados, y el Pedro de Albarado dijo que todo quedaba lleno de guerreros, y que ya que algunos quedasen rezagados, que en los puentes los matarian, volvamos á decir desto del salto de Albarado: digo que para qué porfian algunas personas que no lo saben ni lo vieron, que fué cierto que la saltó el Pedro de Albarado la noche que salimos huyendo, aquella puente y abertura del agua; otra vez digo que no la pudo saltar en ninguna manera; y para que claro se vea, hoy dia está la puente; y la manera del altor del agua que solia venir y que tan alta estaba la puente, y el agua muy honda, que no podia llegar al suelo con la lanza.

Y porque los lectores sepan que en Méjico hubo un soldado que se decia Fulano de Ocampo, que fué de los que vinieron con Garay, hombre muy plático, y se preciaba de hacer libelos infamatorios y otras cosas á manera de masepasquines; y puso en ciertos libelos á muchos de nuestros capitanes cosas feas que no son de decir no siendo verdad; y entre ellos, demás de otras cosas que dijo de Pedro de Albarado, que habia dejado morir á su compañero Juan Velazquez de Leon con más de ducientos soldados y los de á caballo que les dejamos en la retaguarda, y se escapó él, y por escaparse dió aquel gran salto, como suele decir el refran: «Saltó, y escapó la vida.»

Volvamos á nuestra materia: é porque los que estábamos ya en salvo en lo de Tacuba no nos acabásemos del todo de perder, é porque habian venido muchos mejicanos y los de Tacuba y Escapuzalco y Teneyuca y de otros pueblos comarcanos sobre nosotros, que todos enviaron mensajeros desde Méjico para que nos saliesen al encuentro en las puentes y calzadas, y desde los maizales nos hacian mucho daño, y mataron tres soldados que ya estaban heridos, acordamos lo más presto que pudiésemos salir de aquel pueblo y sus maizales, y con seis ó siete tlascaltecas que sabian ó atinaban el camino de Tlascala, sin ir por camino derecho nos guiaban con mucho concierto hasta que saliésemos á unas caserías que en un cerro estaban, y allí junto á un cu é adoratorio y como fortaleza, adonde reparamos; que quiero tornar á decir que, seguidos que íbamos de los mejicanos, y de las flechas y varas y piedras con sus hondas nos tiraban; y cómo nos cercaban, dando siempre en nosotros, es cosa de espantar; y como lo he dicho muchas veces, estoy harto de decirlo, los lectores no lo tengan por cosa de prolijidad, por causa que cada vez ó cada rato que nos apretaban y herian y daban recia guerra, por fuerza tengo de tornar á decir de los escuadrones que nos seguian, y mataban muchos de nosotros.

Dejémoslo ya de traer tanto á la memoria, y digamos cómo nos defendiamos en aquel cu y fortaleza, nos albergamos, y se curaron los heridos, y con muchas lumbres que hicimos.

Pues de comer no lo habia, y en aquel cu y adoratorio, despues de ganada la gran ciudad de Méjico, hicimos una iglesia, que se dice Nuestra Señora de los Remedios, muy devota, é van ahora allí en romería y á tener novenas muchos vecinos y señoras de Méjico.

Dejemos esto, y volvamos á decir qué lástima era de ver curar y apretar con algunos paños de mantas nuestras heridas; y como se habian resfriado y estaban hinchadas, dolian.

Pues más de llorar fué los caballos y esforzados soldados que faltaban; ¿qué es de Juan Velazquez de Leon, Francisco de Salcedo y Francisco de Morla, y un Lares el buen jinete, y otros muchos de los nuestros de Cortés? ¿Para qué cuento yo estos pocos? Porque para escribir los nombres de los muchos que de los nuestros faltaron, es no acabar tan presto.

Pues de los de Narvaez, todos los más en las puentes quedaron cargados de oro.

Digamos ahora, ¿qué es de muchos tlascaltecas que iban cargados de barras de oro, y otros que nos ayudaban? Pues al astrólogo Botello no le aprovechó su astrología, que tambien allí murió.

Volvamos á decir cómo quedaron muertos, así los hijos de Montezuma como los prisioneros que traiamos, y el Cacamatzin y otros reyezuelos.

Dejemos ya de contar tantos trabajos, y digamos cómo estábamos pensando en lo que por delante teniamos, y era que todos estábamos heridos, y no escaparon sino veinte y tres caballos.

Pues los tiros y artillería y pólvora no sacamos ninguna; las ballestas fueron pocas, y esas se remediaron luego, é hicimos saetas.

Pues lo peor de todo era que no sabiamos la voluntad que habiamos de hallar en nuestros amigos los de Tlascala.

Y demás desto, aquella noche, siempre cercados de mejicanos, y grita y vara y flecha, con hondas sobre nosotros, acordamos de nos salir de allí á media noche, y con los tlascaltecas, nuestros guias, por delante con muy gran concierto; llevábamos los muy heridos en el camino en medio, y los cojos con bordones, y algunos que no podian andar y estaban muy malos á ancas de caballos de los que iban cojos, que no eran para batallar, y los de á caballo sanos delante, y á un lado y á otro repartidos; y por este arte todos nosotros los que más sanos estábamos haciendo rostro y cara á los mejicanos, y los tlascaltecas que estaban heridos iban dentro en el cuerpo de nuestro escuadron, y los demás que estaban sanos hacian cara juntamente con nosotros; porque los mejicanos nos iban siempre picando con grandes voces y gritos y silbos, diciendo:

—«Allá ireis donde no quede ninguno de vosotros á vida.»

Y no entendiamos á qué fin lo decian, segun adelante verán.

Olvidado me he de escribir el contento que recebimos de ver viva á nuestra doña Marina y á doña Luisa, hija de Xicotenga, que las escaparon en las puentes unos tlascaltecas hermanos de la doña Luisa, que salieron de los primeros, y quedaron muertas todas las más naborías que nos habian dado en Tlascala y en Méjico: allí quedaron en las puentes con los demás.

Y volvamos á decir cómo llegamos aquel dia á un pueblo grande que se dice Gualquitan, el cual pueblo fué de Alonso de Ávila; y aunque nos daban grita y voces y tiraban piedra y vara y flecha, todo lo soportábamos.

Y desde allí fuimos por unas caserías y pueblezuelos, y siempre los mejicanos siguiéndonos, y como se juntaban muchos, procuraban de nos matar, y nos comenzaban á cercar, y tiraban tanta piedra con hondas, y vara y flecha, que mataron á dos de nuestros soldados en un paso malo, que iban mancos, y tambien un caballo, é hirieron á muchos de los nuestros; y tambien nosotros á estocadas les matamos algunos dellos, y los de á caballo á lanzadas les mataban, aunque pocos; y así, dormimos en aquellas casas, y allí comimos el caballo que mataron.

Y otro dia muy de mañana comenzamos á caminar con el concierto que de ántes, y aun mejor, y siempre la mitad de los de á caballo adelante; y poco más de una legua, en un llano, ya que creimos ir en salvo, vuelven tres de los nuestros de á caballo, y dicen que están los campos llenos de guerreros mejicanos aguardándonos; y cuando lo oimos, bien que tuvimos temor, é grande, mas no para desmayar del todo, ni dejar de encontrarnos con ellos y pelear hasta morir; y allí reparamos un poco, y se dió órden cómo habian de entrar y salir los de á caballo á media rienda, y que no se parasen á lancear, sino las lanzas por los rostros hasta romper sus escuadrones, y que todos los soldados, las estocadas que diésemos, que les pasásemos las entrañas, y que todos hiciésemos de manera que vengásemos muy bien nuestras muertes y heridas, por manera que si Dios fuese servido, que escapásemos con las vidas; y despues de nos encomendar á Dios y á Santa María muy de corazon, é invocando el nombre del señor Santiago, desque vimos que nos comenzaban á cercar, de cinco en cinco de á caballo rompieron por ellos, y todos nosotros juntamente.

¡Oh qué cosa de ver era esta tan temerosa y rompida batalla, cómo andábamos en pié con pié, y con qué furia los perros peleaban, y qué herir y matar hacian en nosotros con sus lanzas y macanas y espadas de dos manos! Y los de á caballo, como era el campo llano, cómo alanceaban á su placer, entrando y saliendo á media rienda; y aunque estaban heridos ellos y sus caballos, no dejaban de batallar muy como varones esforzados.

Pues todos nosotros los que teniamos caballos, parece ser que á todos se nos ponia esfuerzo doblado, que aunque estábamos heridos, y de refresco teniamos más heridas, no curábamos de los apretar, por no nos parar á ello, que no habia lugar, sino con grandes ánimos apechugábamos á les dar de estocadas.

Pues quiero decir cómo Cortés y Cristóbal de Olí, y Pedro de Albarado, que tomó otro caballo de los de Narvaez, porque su yegua se la habian muerto, como dicho tengo, y Gonzalo de Sandoval, cuales andaban de una parte á otra rompiendo escuadrones, aunque bien heridos; y las palabras que Cortés decia á los que andábamos envueltos con ellos, que la estocada y cuchillada que diésemos fuese en señores señalados; porque todos traian grandes penachos con oro y ricas armas y divisas.

Pues oir cómo nos esforzaba el valiente y animoso Sandoval, y decia:

—«Ea, señores, que hoy es el dia que hemos de vencer; tened esperanza en Dios que saldremos de aquí vivos; para algun buen fin nos guarda Dios.»

Y tornaré á decir los muchos de nuestros soldados que nos mataban y herian.

Y dejemos esto, y volvamos á Cortés y Cristóbal de Olí y Sandoval, y Pedro de Albarado y Gonzalo Dominguez, y otros muchos que aquí no nombro; y todos los soldados poniamos grande ánimo para pelear, y esto, Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora la Vírgen Santa María nos lo ponia, y señor Santiago que ciertamente nos ayudaba; y así lo certificó un capitan de Guatemuz, de los que se hallaron en la batalla; y quiso Dios que allegó Cortés con los capitanes por mí nombrados en parte donde andaba el capitan general de los mejicanos con su bandera tendida, con ricas armas de oro y grandes penachos de argentería, y como lo vió Cortés al que llevaba la bandera, con otros muchos mejicanos, que todos traian grandes penachos de oro, dijo á Pedro de Albarado y á Gonzalo de Sandoval y á Cristóbal de Olí y á los demás capitanes:

—«Ea, señores, rompamos con ellos.»

Y encomendándose á Dios, arremetió Cortés y Cristóbal de Olí, y Sandoval y Alonso de Ávila y otros caballeros, y Cortés dió un encuentro con el caballo al capitan mejicano, que le hizo abatir su bandera, y los demás nuestros capitanes acabaron de romper el escuadron, que eran muchos indios; y quien siguió al capitan que traia la bandera, que aún no habia caido del encuentro que Cortés le dió, fué un Juan de Salamanca, natural de Ontiveros, con una buena yegua overa, que le acabó de matar y le quitó el rico penacho que traia, y se le dió á Cortés, diciendo que, pues él le encontró primero y le hizo abatir la bandera y hizo perder el brio, le daba el plumaje; mas dende á ciertos años su majestad se le dió por armas al Salamanca, y así las tienen en sus reposteros sus descendientes.

Volvamos á nuestra batalla, que Nuestro Señor Dios fué servido que, muerto aquel capitan que traia la bandera mejicana y otros muchos que allí murieron, aflojó su batallar de arte, que se iban retrayendo, y todos los de á caballo siguiéndoles y alcanzándoles.

Pues á nosotros no nos dolian las heridas ni teniamos hambre ni sed, sino que parecia que no habiamos habido ni pasado ningun mal trabajo.

Seguimos la vitoria matando é hiriendo.

Pues nuestros amigos los de Tlascala estaban hechos unos leones, y con sus espadas y montantes y otras armas que allí apañaron, hacíanlo muy bien y esforzadamente.

Ya vueltos los de á caballo de seguir la victoria, todos dimos muchas gracias á Dios, que escapamos de tan gran multitud de gente; porque no se habia visto ni hallado en todas las Indias, en batalla que se haya dado, tan gran número de guerreros juntos; porque allí estaba la flor de Méjico y de Tezcuco y Salcocan, ya con pensamiento que de aquella vez no quedara roso ni velloso de nosotros.

Pues qué armas tan ricas que traian, con tanto oro y penachos y divisas, y todos los más capitanes y personas principales, y allí junto donde fué esta reñida y nombrada y temerosa batalla para en estas partes (así se puede decir, pues Dios nos escapó con las vidas), habia cerca un pueblo que se dice Obtumba; la cual batalla tienen muy bien pintada, y en retratos entallada los mejicanos y tlascaltecas, entre otras muchas batallas que con los mejicanos hubimos hasta que ganamos á Méjico.

Y tengan atencion los curiosos lectores que esto leyeren, que quiero traer aquí á la memoria que cuando entramos al socorro de Pedro de Albarado en Méjico fuimos por todos sobre más de mil y trecientos soldados, con los de á caballo, que fueron noventa y siete, y ochenta ballesteros y otros tantos escopeteros, y más de dos mil tlascaltecas, y metimos mucha artillería; y fué nuestra entrada en Méjico dia del señor San Juan de Junio de 1520 años, y fué nuestra salida huyendo á 10 del mes de Julio del año siguiente, y fué esta nombrada batalla de Obtumba á 14 del mes de Julio.

Digamos ahora, ya que escapamos de todos los trances por mí atrás dichos, quiero dar otra cuenta qué tantos mataron, así en Méjico, en puentes y calzadas, como en todos los reencuentros, y en esta de Obtumba, y los que mataron por los caminos.

Digo que en obra de cinco dias fueron muertos y sacrificados sobre ochocientos y setenta soldados, con setenta y dos que mataron en un pueblo que se dice Tustepeque, y á cinco mujeres de Castilla; y estos que mataron en Tustepeque eran de los de Narvaez, y mataron sobre mil y ducientos tlascaltecas.

Tambien quiero decir cómo en aquella sazon mataron á un Juan de Alcántara el viejo, con otros tres vecinos de la Villa-Rica, que venian por las partes del oro que les cabia; de lo cual tengo hecha relacion en el capítulo que dello trata.

Por manera que tambien perdieron las vidas y aun el oro, y si miramos en ello, todos comunmente hubimos mal gozo de las partes del oro que nos dieron; y si de los de Narvaez murieron muchos más que los de Cortés en las puentes, fué por salir cargados de oro, que con el peso dello no podian salir ni nadar.

Dejemos de hablar en esta materia, y digamos cómo íbamos muy alegres y comiendo unas calabazas que llaman ayotes, y comiendo y caminando hácia Tlascala; que por salir de aquellas poblaciones, por temor no se tornasen á juntar escuadrones mejicanos, que aun todavía nos daban grita en partes que no podiamos ser señores dellos, y nos tiraban mucha piedra con hondas, y vara y flecha, hasta que fuimos á otras caserías y pueblo chico; porque estaba todo poblado de mejicanos, y allí estaba un buen cu y casa fuerte, donde reparamos aquella noche y nos curamos nuestras heridas, y estuvimos con más reposo; y aunque siempre teniamos escuadrones de mejicanos que nos seguian, mas ya no se osaban llegar; y aquellos que venian era como quien decia: «Allá ireis fuera de nuestra tierra.»

Y desde aquella poblacion y casa donde dormimos se parecian las sierrezuelas que están cabe Tlascala, y como las vimos, nos alegramos como si fueran nuestras casas. Pues quizá sabiamos cierto que nos habian de ser leales ó qué voluntad ternian, ó qué habia acontecido á los que estaban poblados en la Villa-Rica, si eran muertos ó vivos.

Y Cortés nos dijo que, pues éramos pocos, que no quedamos sino cuatrocientos y cuarenta, con veinte caballos y doce ballesteros y siete escopeteros, y no teniamos pólvora, y todos heridos y cojos y mancos, que mirásemos muy bien cómo nuestro Señor Jesucristo fué servido escaparnos con las vidas; por lo cual siempre le hemos de dar muchas gracias y loores, y que volvimos otra vez á disminuirnos en el número y copia de los soldados que con él pasamos desde Cuba, y que primero entramos en Méjico cuatrocientos y cincuenta soldados; y que nos rogaba que en Tlascala no les hiciésemos enojo, ni se les tomase ninguna cosa; y esto dió á entender á los de Narvaez, porque no estaban acostumbrados á ser sujetos á capitanes en las guerras, como nosotros; y más dijo, que tenia esperanza en Dios que los hallariamos buenos y leales; é que si otra cosa fuese, lo que Dios no permita, que nos han de tornar á andar los puños con corazones fuertes y brazos vigorosos, y que para eso fuésemos muy apercebidos, y nuestros corredores del campo adelante.

Llegamos á una fuente que estaba en una ladera, y allí estaban unas como cercas y reamparos de tiempos viejos, y dijeron nuestros amigos los tlascaltecas que allí partian términos entre los mejicanos y ellos; y de buen reposo nos paramos á lavar, y á comer de la miseria que habiamos habido, y luego comenzamos á marchar, y fuimos á un pueblo de los tlascaltecas, que se dice Gualiopar, donde nos recibieron y nos daban de comer; mas no tanto, que si no se lo pagábamos con algunas piecezuelas de oro y chalchihuies que llevábamos algunos de nosotros, no nos lo daban de balde; y allí estuvimos un dia reposando, curando nuestras heridas, y ansimismo curamos los caballos.

Pues cuando lo supieron en la cabecera de Tlascala, luego vino Masse-Escaci y principales, y todos los más sus vecinos, y Xicotenga el viejo, y Chichimeclatecle y los de Guaxocingo; y como llegaron á aquel pueblo donde estábamos, fueron á abrazar á Cortés y á todos nuestros capitanes y soldados; y llorando algunos dellos, especial el Masse-Escaci y Xicotenga, y Chichimeclatecle y Tecapenaca, dijeron á Cortés:

—«¡Oh Malinche, Malinche, y cómo nos pesa de vuestro mal y de todos vuestros hermanos, y de los muchos de los nuestros que con vosotros han muerto! Ya os lo habiamos dicho muchas veces, que no os fiásedes de gente mejicana, porque de un dia á otro os habian de dar guerra; no me quisistes creer: ya es hecho, al presente no se puede hacer más de curaros y daros de comer; en vuestras casas estais, descansad, é iremos luego á nuestro pueblo y os aposentaremos; y no pienses, Malinche, que habeis hecho poco en escapar con las vidas de aquella tan fuerte ciudad y sus puentes; é yo digo que si de ántes os teniamos por muy esforzados, ahora os tenemos en mucho más.

»Bien sé que lloran muchas mujeres é indios destos nuestros pueblos las muertes de sus hijos y maridos y hermanos y parientes; no te congojes por ello, y mucho debes á tus dioses, que te han aportado aquí, y salido de entre tanta multitud de guerreros que os aguardaban en lo de Obtumba, que cuatro dias habia que lo supe que os esperaban para os matar. Yo queria ir en vuestra busca con treinta mil guerreros de los nuestros, y no pude salir, á causa que no estábamos juntos y los andaba juntando.»

Cortés y todos nuestros capitanes y soldados los abrazamos, y les dijimos que se lo teniamos en merced, y Cortés les dió á todos los principales joyas de oro y piedras que todavía se escaparon, cada cual soldado lo que pudo; y asimesmo dimos algunos de nosotros á nuestros conocidos de lo que teniamos.

Pues qué fiesta y alegría mostraron con doña Luisa y con doña Marina cuando las vieron en salvamento, y qué llorar, y qué tristeza tenian por los demás indios que no venian, que se quedaron muertos, en especial el Masse-Escaci por su hija doña Elvira, y lloraba la muerte de Juan Velazquez de Leon, á quien la dió; y desta manera fuimos á la cabeza de Tlascala con todos los caciques, y á Cortés aposentaron en las casas de Masse-Escaci, y Xicotenga dió sus aposentos á Pedro de Albarado, y allí nos curamos y tornamos á convalecer, y aun se murieron cuatro soldados de las heridas, y á otros soldados no se les habian sanado.

Y dejallo he aquí, y diré lo que más pasó.

CAPÍTULO CXXIX.

CÓMO FUIMOS Á LA CABECERA Y MAYOR PUEBLO DE TLASCALA, Y LO QUE ALLÍ PASAMOS.

Pues como habia un dia que estábamos en el pueblezuelo de Gualiopar, y los caciques de Tlascala por mí nombrados nos hicieron aquellos ofrecimientos, que son dignos de no olvidar y de ser gratificados, y hechos en tal tiempo y coyuntura; despues que fuimos á la cabeza y pueblo mayor de Tlascala, nos aposentaron, como dicho tengo, parece ser que Cortés preguntó por el oro que habian traido allí, que eran cuarenta mil pesos; el cual oro fueron las partes de los vecinos que quedaban en la Villa-Rica; y dijo Masse-Escaci y Xicotenga el viejo y un soldado de los nuestros, que se habia allí quedado doliente, que no se halló en lo de Méjico cuando nos desbarataron, que habian venido de la Villa-Rica un Juan de Alcántara y otros dos vecinos, é que lo llevaron todo porque traian cartas de Cortés para que se lo diesen; la cual carta mostró el soldado, que habia dejado en poder del Masse-Escaci cuando le dieron el oro; y preguntando cómo y cuándo y en qué tiempo lo llevó, y sabido que fué, por la cuenta de los dias, cuando nos daban guerra los mejicanos, luego entendimos cómo en el camino habian muerto y tornado el oro, y Cortés hizo sentimiento por ello.

Y tambien estábamos con pena por no saber de los de la Villa-Rica, no hubiesen corrido algun desman; y luego por la posta escribió con tres tlascaltecas, en que les hizo saber los grandes peligros que en Méjico nos habiamos visto, y cómo y de qué manera escapamos con las vidas, y no se les dió relacion de cuántos faltaban de los nuestros; y que mirasen que siempre estuviesen muy alerta y se velasen; y que si hubiese algunos soldados sanos se los enviasen, y que guardasen muy bien al Narvaez y al Salvatierra; y si hubiese pólvora ó ballestas, porque queria tornar á correr los rededores de Méjico; y tambien escribió al capitan que quedó por guarda y capitan de la mar, que se decia Caballero, y que mirase no fuese ningun navío á Cuba ni Narvaez se soltase; y que si viese que dos navíos de los de Narvaez, que quedaban en el puerto, no estaban para navegar, que diese con ellos al través, y le enviase los marineros con todas las armas que tuviesen.

Y por la posta fueron y volvieron los mensajeros, y trajeron cartas que no habian tenido guerras; que un Juan de Alcántara y los dos vecinos que enviaron por el oro, que les deben de haber muerto en el camino; y que bien supieron la guerra que en Méjico nos dieron, porque el cacique gordo de Cempoal se lo habia dicho; y ansimismo escribió el almirante de la mar, que se decia Pedro Caballero, y dijeron que harian lo que Cortés les mandaba, é enviaria los soldados, é que el un navío estaba bueno, y que al otro daria al través y enviaria la gente, é que habia pocos marineros, porque habian adolescido y se habian muerto, y que agora escribian las respuestas de las cartas; y luego vinieron con el socorro que enviaban de la Villa-Rica, que fueron cuatro hombres con tres de la mar, que todos fueron siete; y venia por capitan dellos un soldado que se decia Lencero, cuya fué la venta que agora dicen de Lencero.

Y cuando llegaron á Tlascala, como venian dolientes y flacos, muchas veces por nuestro pasatiempo y burlar dellos deciamos:

—«El socorro del Lencero; que venian siete soldados, y los cinco llenos de bubas y los dos hinchados, con grandes barrigas.»

Dejemos burlas, y digamos lo que allí en Tlascala nos aconteció con Xicotenga el mozo, y de su mala voluntad, el cual habia sido capitan de toda Tlascala cuando nos dieron las guerras por mí otras veces dichas en el capítulo que dello habla.

Y es el caso que, como se supo en aquella su ciudad que salimos huyendo de Méjico y que nos habian muerto mucha copia de soldados, ansí de los nuestros como de los indios tlascaltecas que habian ido de Tlascala en nuestra compañía, y que veniamos á nos socorrer é amparar en aquella provincia, el Xicotenga el mozo andaba convocando á todos sus parientes y amigos, y á otros que sentia que eran de su parcialidad, y les decia que en una noche, ó de dia, cuando más aparejado tiempo viesen, que nos matasen, y que haria amistades con el señor de Méjico, que en aquella sazon habian alzado por Rey á uno que se decia Coadlauaca, y que demás desto, que en las mantas y ropa que habiamos dejado en Tlascala á guardar y el oro que agora sacábamos de Méjico tendrian qué robar, y quedarian todos ricos con ello.

Lo cual alcanzó á saber el viejo Xicotenga, su padre, y se lo riñó, y le dijo que no le pasase tal por el pensamiento, que era mal hecho; y que si lo alcanzase á saber Masse-Escaci y Chichimeclatecle, que por ventura le matarian, y al que en tal concierto fuese; y por más que el padre se lo riñó, no curaba de lo que le decia, y todavía entendia en su mal propósito; y vino á oidos de Chichimeclatecle, que era su enemigo mortal del mozo Xicotenga, y lo dijo á Masse-Escaci, y acordaron entrar en acuerdo y como cabildo, y sobre ello llamaron al Xicotenga el viejo y los caciques de Guaxocingo, y mandaron traer preso ante sí á Xicotenga el mozo.

Y Masse-Escaci propuso un razonamiento delante de todos, y dijo que si se les acordaba ó habian ido á decir de más de cien años hasta entónces que en toda Tlascala habian estado tan prósperos y ricos como despues que los teules vinieron á sus tierras, ni en todas sus provincias habian sido en tanto tenidos, y que tenian mucha ropa de algodon y oro, y comian sal, la que hasta allí no solian comer; y por do quiera que iban de sus tlascaltecas con los teules les hacian honra por su respeto, puesto que ahora les habian muerto en Méjico muchos dellos; y que tengan en la memoria lo que sus antepasados les habian dicho muchos años atrás, que de adonde sale el sol habian de venir hombres que les habian de señorear; é que ¿á qué causa agora andaba Xicotenga en aquellas traiciones y maldades, concertando de nos dar guerra y matarnos? Que era mal hecho, é que no podia dar ninguna disculpa de sus bellaquerías y maldades, que siempre tenia encerradas en su pecho; y agora que los veia venir de aquella manera desbaratados, que nos habia de ayudar para en estando sanos volver sobre los pueblos de Méjico, sus enemigos, queria hacer aquella traicion.

Y á estas palabras que el Masse-Escaci y su padre Xicotenga el ciego lo dijeron, el Xicotenga el mozo respondió que era muy bien acordado lo que decia por tener paces con mejicanos, y dijo otras cosas que no pudieron sufrir; y luego se levantó el Masse-Escaci y el Chichimeclatecle y el viejo de su padre, ciego como estaba, y tomaron al Xicotenga el mozo por los cabezones y de las mantas, y se las rompieron, y á empujones y con palabras injuriosas que le dijeron, le echaron de las gradas abajo donde estaba, y las mantas todas rompidas; y aun si por el padre no fuera, le querian matar, y á los demás que habian sido en su consejo echaron presos; y como estábamos allí retraidos, y no era tiempo de le castigar, no osó Cortés hablar más en ello.

He traido esto aquí á la memoria para que vean de cuánta lealtad y buenos fueron los de Tlascala, y cuánto les debemos, y aun al buen viejo Xicotenga, que á su hijo dicen que le habia mandado matar luego que supo sus tramas y traicion.

Dejemos esto, y digamos cómo habia veinte y dos dias que estábamos en aquel pueblo curándonos nuestras heridas y convaleciendo, y acordó Cortés que fuésemos á la provincia de Tepeaca, que estaba cerca, porque allí habian muerto muchos de nuestros soldados y de los de Narvaez, que se venian á Méjico, y en otros pueblos que están junto de Tepeaca, que se dice Cachula; y como Cortés lo dijo á nuestros capitanes, y apercibian á los soldados de Narvaez para ir á la guerra, y como no eran tan acostumbrados á guerras y habian escapado de la rota de Méjico y puentes de lo de Obtumba, y no vian la hora de se volver á la isla de Cuba á sus indios é minas de oro, renegaban de Cortés y de sus conquistas, especial el Andrés de Duero, compañero de nuestro Cortés; porque ya lo habrán entendido los curiosos lectores en dos veces que lo he declarado en los capítulos pasados, cómo y de qué manera fué la compañía; maldecian el oro que le habia dado á él y á los demás capitanes, que todo se habia perdido en las puentes, como habian visto las grandes guerras que nos daban, y con haber escapado con las vidas estaban muy contentos; y acordaron de decir á Cortés que no querian ir á Tepeaca ni á guerra ninguna, sino que se querian volver á sus casas; que bastaba lo que habian perdido en haber venido de Cuba; y Cortés les habló muy mansa y amorosamente, creyendo de los atraer para que fuesen con nosotros á lo de Tepeaca; y por más pláticas y reprensiones que les dió, no querian; y como vieron los de Narvaez que con Cortés no aprovechaban sus palabras, le hicieron requerimientos en forma delante de un escribano del Rey para que luego se fuese á la Villa-Rica, poniéndole por delante que no teniamos caballos ni escopetas ni ballestas ni pólvora, ni hilo para hacer cuerdas, ni almacen; que estábamos heridos, y que no habian quedado por todos nuestros soldados y los de Narvaez sino cuatrocientos y cuarenta soldados; que los mejicanos nos tomarian todos los puertos y sierras y pasos, é que los navíos, si más aguardaban, se comerian de broma; y dijeron en el requerimiento otras muchas cosas.

Y cuando se le hubieron dado y leido el requerimiento á Cortés, si muchas palabras decian en él, muy muchas más contrariedades respondió; y demás desto, todos los más de nosotros de los que habiamos pasado con Cortés le dijimos que mirase que no diese licencia á ninguno de los de Narvaez ni á otras personas para volver á Cuba, sino que procurásemos todos de servir á Dios é al Rey; é que esto era lo bueno, y no volverse á Cuba.

Cuando Cortés hubo respondido al requerimiento, como vieron las personas que le estaban requiriendo que muchos de nosotros ayudábamos el intento de Cortés y que les estorbábamos sus grandes importunaciones que sobre ello le hablaban y requerian, con no más de que deciamos que no es servicio de Dios ni de su majestad que dejen desamparado su capitan en las guerras; en fin de muchas razones que pasaron, obedecieron para ir con nosotros á las entradas que se ofreciesen; mas fué que les prometió Cortés que en habiendo coyuntura los dejaria volver á su isla de Cuba; y no por aquesto dejaron de murmurar dél y de su conquista, que tan caro les habia costado en dejar sus casas y reposo y haberse venido á meter adonde no estaban seguros de las vidas; y más decian, que si en otra guerra entrásemos con el poder de Méjico, que no se podria excusar tarde ó temprano de tenella, que creian é tenian por cierto que no nos podriamos sustentar contra ellos en las batallas, segun habian visto lo de Méjico y puentes, y en la nombrada de Obtumba; y más decian, que nuestro Cortés por mandar y siempre ser señor, y nosotros los que con él pasábamos no tener que perder sino nuestras personas, asistiamos con él; y decian otros muchos desatinos, y todo se les disimulaba por el tiempo en que lo decian; mas no tardaron muchos meses que no les dió licencia para que se volviesen á sus casas; lo cual diré en su tiempo y sazon.

Y dejémoslo de repetir, y digamos de lo que dice el coronista Gómora, que yo estoy muy harto de declarar sus borrones, que dice que le informaron; las cuales informaciones no son así como él lo escribe; y por no me detener en todos los capítulos á tornallos á recitar y traer á la memoria cómo y de qué manera pasó, lo he dejado de escribir; y ahora pareciéndome que en esto de este requerimiento que escribe que hicieron á Cortés no dice quién fueron los que lo hicieron, si eran de los nuestros ó de los de Narvaez, y en esto que escribe es por sublimar á Cortés y abatir á nosotros los que con él pasamos; y sepan que hemos tenido por cierto los conquistadores verdaderos que esto vemos escrito, que le debieron de granjear al Gómora con dádivas porque lo escribiese desta manera, porque en todas las batallas y reencuentros éramos los que sosteniamos á Cortés, y ahora nos aniquila en lo que dice este coronista que le requeriamos.

Tambien dice que decia Cortés en las respuestas del mismo requerimiento que para animarnos y esforzarnos que enviará á llamar á Juan Velazquez de Leon y al Diego de Ordás, que el uno dellos dijo estaba poblando en lo de Pánuco con trecientos soldados, y el otro en lo de Guacacualco con otros soldados, y no es ansí; porque luego que fuimos sobre Méjico al socorro de Pedro de Albarado, cesaron los conciertos que estaban hechos, que Juan Velazquez de Leon habia de ir á lo de Pánuco y el Diego de Ordás á lo de Guacacualco, segun más largamente lo tengo escrito en el capítulo pasado que sobre ello tengo hecha relacion; porque estos dos capitanes fueron á Méjico con nosotros al socorro de Pedro de Albarado, y en aquella derrota el Juan Velazquez de Leon quedó muerto en las puentes, y el Diego de Ordás salió muy mal herido de tres heridas que le dieron en Méjico, segun ya lo tengo escrito cómo y cuándo y de qué arte pasó.

Por manera que el coronista Gómora, si como tiene buena retórica en lo que escribe, acertara á decir lo que pasó, muy bien fuera.

Tambien he estado mirando cuando dice en lo de la batalla de Obtumba, que dice que si no fuera por la persona de Cortés que todos fuéramos vencidos, y que él solo fué el que la venció en el dar, como dió el encuentro al que traia el estandarte y seña de Méjico.

Ya he dicho, y lo torno agora á decir, que á Cortés toda la honra se le debe, como bueno y esforzado capitan; mas sobre todo hemos de dar gracias á Dios, que él fué servido poner su divina misericordia, con que siempre nos ayudaba y sustentaba; y Cortés en tener tan esforzados y valerosos capitanes y valientes soldados como tenia; é despues de Dios, con nosotros le dábamos esfuerzo y rompiamos los escuadrones y le sustentábamos, para que con nuestra ayuda y de nuestros capitanes guerreasen de la manera que guerreamos, como en los capítulos pasados sobre ello dicho tengo; porque siempre andaban juntos con Cortés todos los capitanes por mí nombrados, y aun agora los torno á nombrar, que fueron Pedro de Albarado, Cristóbal de Olí, Gonzalo de Sandoval, Francisco de Morla, Luis Marin, Francisco de Lugo y Gonzalo Dominguez, y otros muy buenos y valientes soldados que no alcanzábamos caballos; porque en aquel tiempo diez y seis caballos y yeguas fueron los que pasaron desde la isla de Cuba con Cortés, y no los habia, aunque nos costaran á mil pesos.

Y como el Gómora dice en su Historia que sólo la persona de Cortés fué el que venció lo de Obtumba, ¿por qué no declaró los heróicos hechos que estos nuestros capitanes y valerosos soldados hicimos en esta batalla? Ansí que, por estas causas tenemos por cierto que por ensalzar á Cortés sólo lo dijo, porque de nosotros no hace mencion; si no, pregúnteselo á aquel muy esforzado soldado que se decia Cristóbal de Olea, cuántas veces se halló en ayudar á salvar la vida á Cortés, hasta que en las puentes cuando volvimos sobre Méjico perdió la vida él y otros muchos soldados por le salvar. Olvidádoseme habia de otra vez que le salvó en lo de Suchimileco, que quedó mal herido el Olea; é para que bien se entienda esto que digo, uno fué Cristóbal de Olea y otro Cristóbal de Olí.

Tambien lo que dice el coronista en lo del encuentro con el caballo que dió al capitan mejicano y le hizo abatir la bandera, ansí es verdad: más ya he dicho otra vez que un Juan de Salamanca, natural de la villa de Ontiveros, que despues de ganado Méjico fué alcalde mayor de Guacacualco, es el que le dió una lanzada y le mató, y le quitó el rico penacho que llevaba, y se le dió el Salamanca á Cortés; y su majestad, el tiempo andando, lo dió por armas al Salamanca; y esto he traido aquí á la memoria, no por dejar de ensalzar y tenelle en mucha estima á nuestro capitan Cortés, y débesele todo honor y prez é honra de todas las batallas é vencimientos hasta que ganamos esta Nueva-España, como se suele dar en Castilla á los muy nombrados capitanes, y como los romanos daban triunfos á Pompeyo y Julio César y á los Cipiones; más digno de loores es nuestro Cortés que no los romanos.

Tambien dice el mismo Gómora que Cortés mandó matar secretamente á Xicotenga el mozo en Tlascala por las traiciones que andaba concertando para nos matar, como ántes he dicho.

No pasa ansí como dice; que donde le mandó ahorcar fué en un pueblo junto á Tezcuco, como adelante diré sobre qué fué; y tambien dice este coronista que iban tantos millares de indios con nosotros á las entradas, que no tiene cuenta ni razon en tantos como pone; y tambien dice de las ciudades y pueblos y poblaciones que eran tantos millares de casas, no siendo la quinta parte; que si se suma todo lo que pone en su historia, son más millones de hombres que en toda Castilla están poblados, y eso se le da poner mil que ochenta mil, y en esto se jacta, creyendo que va muy apacible su Historia á los oyentes no diciendo lo que pasó: miren los curiosos lectores cuánto va de su Historia á esta mi relacion, en decir letra por letra lo acaecido, y no miren la retórica ni ornato; que ya cosa vista es que es más apacible que no esta tan grosera mia; más suple la verdad la falta de plática y corta retórica.

Dejemos ya de contar ni de traer á la memoria los borrones declarados, y cómo yo soy más obligado á decir la verdad de todo lo que pasa que no á lisonjas; y demás del daño que hizo con no ser bien informado, ha dado ocasion que el doctor Illescas y Pablo Jobio se sigan por sus palabras.

Volvamos á nuestra historia, y digamos cómo acordamos ir sobre Tepeaca; y lo que pasó en la entrada diré adelante.

CAPÍTULO CXXX.

CÓMO FUIMOS Á LA PROVINCIA DE TEPEACA, Y LO QUE EN ELLA HICIMOS; Y OTRAS COSAS QUE PASARON.

Como Cortés habia pedido á los caciques de Tlascala, ya otras veces por mí nombrados, cinco mil hombres de guerra para ir á correr y castigar los pueblos adonde habian muerto españoles, que era á Tepeaca y Cachula y Tecamachalco, que estaria de Tlascala seis ó siete leguas, de muy entera voluntad tenian aparejados hasta cuatro mil indios; porque, si mucha voluntad teniamos nosotros de ir á aquellos pueblos, mucha más gana tenian el Masse-Escaci y Xicotenga el viejo, porque les habian venido á robar unas estancias y tenian voluntad de enviar gente de guerra sobre ellos, y la causa fué esta: porque, como los mejicanos nos echaron de Méjico, segun y de la manera que dicho tengo en los capítulos pasados que sobre ello hablan, y supieron que en Tlascala nos habiamos recogido, y tuvieron por cierto que en estando sanos que habiamos de venir con el poder de Tlascala á cortalles las tierras de los pueblos que más cercanos confinan con Tlascala; á este efeto enviaron á todas las provincias adonde sentian que habiamos de ir, muchos escuadrones mejicanos de guerreros que estuviesen en guarda y guarniciones, y en Tepeaca estaba la mayor guarnicion dellos.

Lo cual supo el Masse-Escaci y el Xicotenga, y aun se temian dellos.

Pues ya que todos estábamos á punto, comenzamos á caminar, y en aquella jornada no llevamos artillería ni escopetas, porque todo quedó en las puentes; é ya que algunas escopetas escaparon, no teniamos pólvora; y fuimos con diez y siete de á caballo y seis ballestas y cuatrocientos y veinte soldados, los más de espada y rodela, y con obra de cuatro mil amigos de Tlascala y el bastimento para un dia; porque las tierras adonde íbamos era muy poblado y bien abastecido de maíz y gallinas y perrillos de la tierra; y como lo teniamos de costumbre, nuestros corredores del campo adelante; y con muy buen concierto fuimos á dormir obra de tres leguas de Tepeaca.

É ya tenian alzado todo el fardaje de las estancias y poblacion por donde pasamos, porque muy bien tuvieron noticia cómo íbamos á su pueblo; é porque ninguna cosa hiciésemos sino por buena órden y justificadamente, Cortés les envió á decir con seis indios de su pueblo de Tepeaca, que habiamos tomado en aquella estancia, que para aquel efeto los prendimos, é con cuatro de sus mujeres, cómo íbamos á su pueblo á saber é inquirir quién y cuántos se hallaron en la muerte de más de diez y ocho españoles que mataron sin causa ninguna, viniendo camino para Méjico; y tambien veniamos á saber á qué causa tenian agora nuevamente muchos escuadrones mejicanos, que con ellos habian ido á robar y saltear unas estancias de Tlascala, nuestros amigos; que les ruega que luego vengan de paz adonde estábamos para ser nuestros amigos, y que despidan de su pueblo á los mejicanos; si no, que iremos contra ellos como rebeldes y matadores y salteadores de caminos, y les castigaria á fuego y sangre y los daria por esclavos; y como fueron aquellos seis indios y cuatro mujeres del mismo pueblo, si muy fieras palabras les enviaron á decir, mucho más bravosa nos dieron la respuesta con los mismos seis indios y dos mejicanos que venian con ellos; porque muy bien conocido tenian de nosotros que á ningunos mensajeros que nos enviaban haciamos ninguna demasía, sino ántes dalles algunas cuentas para atraellos; y con estos que nos enviaron los de Tepeaca, fueron las palabras bravosas dichas por los capitanes mejicanos, como estaban vitoriosos de lo de las puentes de Méjico; y Cortés les mandó dar á cada mensajero una manta, y con ellos les tornó á requerir que viniesen á le ver y hablar y que no hubiesen miedo; é que pues ya los españoles que habian muerto no los podian dar vivos, que vengan ellos de paz y se les perdonará todos los muertos que mataron; sobre ello se les escribió una carta, y aunque sabiamos que no la habian de entender, sino como vian papel de Castilla tenian por muy cierto que era cosa de mandamiento; y rogó á los dos mejicanos que venian con los de Tepeaca como mensajeros, que volviesen á traer la respuesta, y volvieron; y lo que dijeron era, que no pasásemos adelante y que no volviésemos por donde veniamos, sino que otro dia pensaban tener buenas hartazgas con nuestros cuerpos, mayores que las de Méjico y sus puentes y la de Obtumba; y como aquello vió Cortés comunicólo con todos nuestros capitanes y soldados, y fué acordado que se hiciese un auto por ante escribano que diese fe de todo lo pasado, y que se diesen por esclavos á todos los aliados de Méjico que hubiesen muerto españoles, porque habiendo dado la obediencia á su Majestad, se levantaron, y mataron sobre ochocientos y sesenta de los nuestros y sesenta caballos, y á los demás pueblos por salteadores de caminos y matadores de hombres; é hecho este auto, envióseles á hacer saber, amonestándolos y requiriendo con la paz; y ellos tornaron á decir que si luego no nos volviamos, que saldrian á nos matar; y se apercibieron para ello, y nosotros lo mismo.

Otro dia tuvimos en un llano una buena batalla con los mejicanos y tepeaquenos; y como el campo era labranzas de maíz é maqueyales, puesto que peleaban valerosamente los mejicanos, presto fueron desbaratados por los de á caballo, y los que no los teniamos no estábamos de espacio; pues ver á nuestros amigos de Tlascala tan animosos como peleaban con ellos y les siguieron el alcance; allí hubo muertes de los mejicanos y de Tepeaca muchos, y de nuestros amigos los de Tlascala tres, y hirieron dos caballos, el uno se murió, y tambien hirieron doce de nuestros soldados, mas no de suerte que peligró ninguno.

Pues seguida la vitoria, allegáronse muchas indias y muchachos que se tomaron por los campos y casas; que hombres no curábamos dellos, que los tlascaltecas los llevaban por esclavos.

Pues como los de Tepeaca vieron que con el bravear que hacian los mejicanos que tenian en su pueblo y guarnicion eran desbaratados, y ellos juntamente con ellos, acordaron que sin decilles cosa ninguna viniesen adonde estábamos; y los recibimos de paz y dieron la obediencia á su majestad, y echaron los mejicanos de sus casas, y nos fuimos nosotros al pueblo de Tepeaca, adonde se fundó una villa que se nombró la villa de Segura de la Frontera, porque estaba en el camino de la Villa-Rica, en una buena comarca de buenos pueblos sujetos á Méjico, y habia mucho maíz, y guardaban la raya nuestros amigos los de Tlascala; y allí se nombraron alcaldes y regidores, y se dió órden en cómo se corriese los rededores sujetos á Méjico, en especial los pueblos adonde habian muerto españoles; y allí hicieron hacer el hierro con que se habian de herrar los que se tomaban por esclavos, que era una G, que quiere decir guerra.

Y desde la villa de Segura de la Frontera corrimos todos los rededores, que fué Cachula y Tecamechalco y el pueblo de las Guayaguas, y otros pueblos que no se me acuerda el nombre; y en lo de Cachula fué adonde habian muerto en los aposentos quince españoles; y en este de Cachula hubimos muchos esclavos, de manera que en obra de cuarenta dias tuvimos aquellos pueblos pacíficos y castigados.

Ya en aquella sazon habian alzado en Méjico otro señor por Rey, porque el señor que nos echó de Méjico era fallecido de viruelas, y aquel señor que hicieron Rey era un sobrino ó pariente muy cercano del gran Montezuma, que se decia Guatemuz, mancebo de hasta veinte y cinco años, bien gentil hombre para ser indio, y muy esforzado; y se hizo temer de tal manera, que todos los suyos temblaban dél; y estaba casado con una hija de Montezuma, bien hermosa mujer para ser india; y como este Guatemuz, señor de Méjico, supo cómo habiamos desbaratado los escuadrones mejicanos que estaban en Tepeaca, y que habian dado la obediencia á su Majestad el Emperador Cárlos V, y nos servian y daban de comer, y estábamos allí poblados; y temió que les correriamos lo de Guaxaca y otras provincias, y que á todos les atraeriamos á nuestra amistad, envió á sus mensajeros por todos los pueblos para que estuviesen muy alerta con todas sus armas, y á los caciques les daba joyas de oro, y á otros perdonaba los tributos; y sobre todo, mandaba ir muy grandes capitanes y guarniciones de gente de guerra para que mirasen no les entrásemos en sus tierras; y les enviaba á decir que peleasen muy reciamente con nosotros, no les acaeciese como en lo de Tepeaca, á donde estaba nuestra villa doce leguas.

Para que bien se entiendan los nombres destos pueblos, un nombre es Cachula, otro nombre es Guacachula.

Y dejaré de contar lo que en Guacachula se hizo, hasta su tiempo y lugar; y diré cómo en aquel tiempo é instante vinieron de la Villa-Rica mensajeros cómo habia venido un navío de Cuba, y ciertos soldados en él.

CAPÍTULO CXXXI.

CÓMO VINO UN NAVÍO DE CUBA QUE ENVIABA DIEGO VELAZQUEZ, É VENIA EN ÉL POR CAPITAN PEDRO BARBA, Y LA MANERA QUE EL ALMIRANTE QUE DEJÓ NUESTRO CORTÉS POR GUARDA DE LA MAR TENIA PARA LOS PRENDER, Y ES DESTA MANERA.

Pues como andábamos en aquella provincia de Tepeaca castigando á los que fueron en la muerte de nuestros compañeros, que fueron diez y ocho los que mataron en aquellos pueblos, y atrayéndolos de paz, y todos daban la obediencia á su majestad; vinieron cartas de la Villa-Rica cómo habia venido un navío al puerto, y vino en él por capitan un hidalgo que se decia Pedro Barba, que era muy amigo de Cortés; y este Pedro Barba habia estado por teniente del Diego Velazquez en la Habana, y traia trece soldados y un caballo y una yegua, porque el navío que traia era muy chico; y traia cartas para Pánfilo de Narvaez, el capitan que Diego Velazquez habia enviado contra nosotros, creyendo que estaba por él la Nueva-España, en que le enviaba á decir el Diego Velazquez que si acaso no habia muerto á Cortés, que luego se le enviase preso á Cuba, para envialle á Castilla, que ansí lo mandaba don Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos y Arzobispo de Rosano, presidente de Indias, que luego fuese preso con otros de nuestros capitanes; porque el Diego Velazquez tenia por cierto que éramos desbaratados, ó á lo ménos que Narvaez señoreaba la Nueva-España.

Pues como el Pedro Barba llegó al puerto con su navío y echó anclas, luego le fué á visitar y dar el bien venido el almirante de la mar que puso Cortés, el cual se decia Pedro Caballero ó Juan Caballero, otras veces por mí nombrado, con un batel bien esquifado de marineros y armas encubiertas, y fué al navío de Pedro Barba; y despues de hablar palabras de buen comedimiento, qué tal viene vuestra merced, y quitar las gorras y abrazarse unos á otros, como se suele hacer, preguntó el Pedro Caballero por el señor Diego Velazquez, gobernador de Cuba, qué tal queda, y responde el Pedro Barba que bueno; y el Pedro Barba y los demás que consigo traian preguntan por el señor Pánfilo de Narvaez, y cómo le va con Cortés; y responden que muy bien, é que Cortés anda huyendo y alzado con veinte de sus compañeros, é que Narvaez está muy próspero é rico, y que la tierra es muy buena; y de plática en plática le dicen al Pedro Barba que allí junto estaba un pueblo, que desembarque é que se vayan á dormir y estar en él, que les traerán comida y lo que hubieren menester, que para sólo aquello estaba señalado aquel pueblo, y tantas palabras les dicen, que en el batel y en otros que luego allí venian de los otros navíos que estaban surtos les sacaron en tierra, y cuando los vieron fuera del navío, y tenian copia de marineros junto con el almirante Pedro Caballero, dijeron al Pedro Barba:

—«Sed preso por el señor capitan Cortés, mi señor.»

Y ansí los prendieron, y quedaban espantados, y luego les sacaban del navío las velas y timon y agujas, y los enviaban adonde estábamos con Cortés en Tepeaca; por los cuales habiamos gran placer, con el socorro que venia en el mejor tiempo que podia ser; porque en aquellas entradas que he dicho que haciamos, no eran tan en salvo, que muchos de nuestros soldados no quedábamos heridos, y otros adolescian del trabajo; porque, de sangre y polvo que estaba cuajado en las entrañas, no echábamos otra cosa del cuerpo y por la boca, como traiamos siempre las armas á cuestas y no parar noches ni dias; por manera que ya se habian muerto cinco de nuestros soldados de dolor de costado en obra de quince dias.

Tambien quiero decir que con este Pedro Barba vino un Francisco Lopez, vecino y regidor que fué de Guatimala, y Cortés hacia mucha honra al Pedro Barba, y le hizo capitan de ballesteros, y dió nuevas que estaba otro navío chico en Cuba, que le queria enviar el Diego Velazquez con cazabi y bastimentos; el cual vino dende á ocho dias, y venia en él por capitan un hidalgo natural de Medina del Campo, que se decia Rodrigo Morejon de Lobera, y traia consigo ocho soldados y seis ballestas y mucho hilo para cuerdas, é una yegua; ni más ni ménos que habian prendido al Pedro Barba, ansí hicieron á este Rodrigo de Morejon, y luego fueron á Segura de la Frontera, y con todos ellos nos alegramos, y Cortés les hacia mucha honra y les daba cargos; y gracias á Dios, ya nos íbamos fortaleciendo con soldados y ballestas y dos ó tres caballos más.

Y dejallo he aquí, y volveré á decir lo que en Guacachula hacian los ejércitos mejicanos que estaban en frontera, y cómo los caciques de aquel pueblo vinieron secretamente á demandar favor á Cortés para echallos de allí.

CAPÍTULO CXXXII.

CÓMO LOS DE GUACACHULA VINIERON Á DEMANDAR FAVOR Á CORTÉS SOBRE QUE LOS EJÉRCITOS MEJICANOS LOS TRATABAN MAL Y LOS ROBABAN, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Ya he dicho que Guatemuz, señor que nuevamente era alzado por Rey de Méjico, enviaba grandes guarniciones á sus fronteras; especial envió una muy poderosa y de mucha copia de guerreros á Guacachula, y otra á Ozucar, que estaba dos ó tres leguas de Guacachula; porque bien temió que por allí le habiamos de correr las tierras y pueblos sujetos á Méjico; y parece ser que, como envió tanta multitud de guerreros y como tenian nuevo señor, hacian muchos robos y fuerzas á los naturales de aquellos pueblos adonde estaban aposentados, y tantas, que no les podian sufrir los de aquella provincia, porque decian que les robaban las mantas y maíz y gallinas y joyas de oro, y sobre todo, las hijas y mujeres si eran hermosas, y que las forzaban delante de sus maridos y padres y parientes.

Como oyeron decir que los del pueblo de Cholula estaban todos muy de paz y sosegados despues que los mejicanos no estaban en él, y agora ansimesmo en lo de Tepeaca y Tecamachalco y Cochula, á esta causa vinieron cuatro principales muy secretamente de aquel pueblo, por mí otras veces nombrado, y dicen á Cortés que envie teules y caballos á quitar aquellos robos y agravios que les hacian los mejicanos, é que todos los de aquel pueblo y otros comarcanos nos ayudarian para que matásemos á los escuadrones mejicanos; y de que Cortés lo oyó, luego propuso que fuese por capitan Cristóbal de Olí con todos los más de á caballo y ballesteros y con gran copia de tlascaltecas; porque con la ganancia que los de Tlascala habian llevado de Tepeaca, habian venido á nuestro real é villa muchos más tlascaltecas; y nombró Cortés para ir con el Cristóbal de Olí á ciertos capitanes de los que habian venido con Narvaez; por manera que llevaba en su compañía sobre trecientos soldados y todos los mejores caballos que teniamos.

É yendo que iba con todos sus compañeros camino de aquella provincia, pareció ser que en el camino dijeron ciertos indios á los de Narvaez cómo estaban todos los campos y casas llenas de gente de guerra de mejicanos, mucho más que los de Obtumba, y que estaba allí con ellos el Guatemuz, señor de Méjico; y tantas cosas dicen que les dijeron, que atemorizaron á los de Narvaez; y como no tenian buena voluntad de ir á entradas ni ver guerras, sino volverse á su isla de Cuba, y como habian escapado de la de Méjico y calzadas y puentes y la de Obtumba, no se querian ver en otra como lo pasado; y sobre ello dijeron los de Narvaez tantas cosas al Cristóbal de Olí, que no pasase adelante, sino que se volviese, y que mirase no fuese peor esta guerra que las pasadas, donde perdiesen las vidas; y tantos inconvenientes le dijeron, y dábanle á entender que si el Cristóbal de Olí queria ir, que fuese en buen hora, que muchos dellos no querian pasar adelante; de modo que, por muy esforzado que era el capitan que llevaban, aunque les decia que no era cosa volver, sino ir adelante, que buenos caballos llevaban y mucha gente, y que si volviesen un paso atrás que los indios los ternian en poco, é que en tierra llana era, y que no queria volver, sino ir adelante; y para ello, de nuestros soldados de Cortés le ayudaban á decir que no se volviese, y que en otras entradas y guerras peligrosas se habian visto, é que, gracias á Dios, habian tenido vitoria, no aprovechó cosa ninguna con cuanto les decian; sino por via de ruegos le trastornaron su seso, que volviesen y que desde Cholula escribiesen á Cortés sobre el caso; y así se volvió; y de que Cortés lo supo, se enojó, y envió á Cristóbal de Olí otros dos ballesteros, y le escribió que se maravillaba de su buen esfuerzo y valentía, que por palabras de ninguno dejase de ir á una cosa señalada como aquella; y de que el Cristóbal de Olí vió la carta, hacia bramuras de enojo, y dijo á los que tal le aconsejaron que por su causa habia caido en falta.

Y luego, sin más determinacion, les mandó fuesen con él, é que el que no quisiese ir, que se volviese al real por cobarde, que Cortés le castigaria en llegando; y como iba hecho un bravo leon de enojo con su gente camino de Guacachula, ántes que llegasen como una legua, le salieron á decir los caciques de aquel pueblo de la manera y arte que estaban los de Culúa, y cómo habia de dar en ellos, y de qué manera habia de ser ayudado; y como lo hubieron entendido, apercebió los de á caballo y ballesteros y soldados, y segun y de la manera que tenian en el concierto da en los de Culúa.

Y puesto que pelearon muy bien por un buen rato, y le hirieron ciertos soldados y mataron dos caballos y hirieron otros ocho en unas fuerzas y albarradas que estaban en aquel pueblo, en obra de una hora estaban ya puestos en huida todos los mejicanos; y dicen que nuestros tlascaltecas que lo hicieron muy varonilmente, que mataban y prendian muchos dellos, y como les ayudaban todos los de aquel pueblo y provincia, hicieron muy grande estrago en los mejicanos, que presto procuraron retraerse é hacerse fuertes en otro gran pueblo que se dice Ozucar, donde estaban otras muy grandes guarniciones de mejicanos, y estaban en gran fortaleza, y quebraron una puente porque no pudiesen pasar caballos ni el Cristóbal de Olí; porque, como he dicho, andaba enojado, hecho un tigre, y no tardó mucho en aquel pueblo; que luego se fué á Ozucar con todos los que le pudieron seguir, y con los amigos de Guacachula pasó el rio y dió en los escuadrones mejicanos, que de presto los venció, y allí le mataron dos caballos, y á él le dieron dos heridas, y la una en el muslo, y el caballo muy bien herido, y estuvo en Ozucar dos dias; y como todos los mejicanos fueron desbaratados, luego vinieron los caciques y señores de aquel pueblo y de otros comarcanos á demandar paz, y se dieron por vasallos de nuestro Rey y señor; y como todo fué pacífico, se fué con todos sus soldados á nuestra villa de la Frontera.

Y porque yo no fuí en esta entrada, digo en esta relacion que dicen que pasó lo que he dicho; y nuestro Cortés le salió á recebir, y todos nosotros, y hubimos mucho placer, y reíamos de cómo le habian convocado á que se volviese, y el Cristóbal de Olí tambien reia, y decia que mucho más cuidado tenian algunos de sus minas y de Cuba que no de las armas, y que juraba á Dios que no le acaeciese llevar consigo, si á otra entrada fuese, sino de los pobres soldados de los de Cortés, y no de los ricos que venian de Narvaez, que querian mandar más que no él.

Dejemos de platicar más desto, y digamos cómo el coronista Gómora dice en su historia que por no entender bien el Cristóbal de Olí á los naguatatos é intérpretes se volvia del camino de Guacachula, creyendo que era trato doble contra nosotros; y no fué ansí como dice, sino que los más principales capitanes de los del Narvaez, como les decian otros indios que estaban grandes escuadrones de mejicanos juntos y más que en lo de Méjico y Obtumba, y que con ellos estaba el señor de Méjico, que se decia Guatemuz, que entónces le habian alzado por Rey, como habian escapado tan mal parados de lo de Méjico, tuvieron grande temor de entrar en aquellas batallas, y por esta causa convocaron al Cristóbal de Olí que se volviese, y aunque todavía porfiaba de ir adelante, esta es la verdad.

Y tambien dice que fué el mismo Cortés á aquella guerra cuando el Cristóbal de Olí se volvia; no fué ansí, que el mismo Cristóbal de Olí, maestre de campo, es el que fué, como dicho tengo.

Tambien dice dos veces que los que informaron á los de Narvaez cómo estaban los muchos millares de indios juntos, que fueron los de Guaxocingo, cuando pasaban por aquel pueblo.

Tambien digo que se engañó, porque claro está que para ir desde Tepeaca á Cachula no habian de volver atrás por Guaxocingo, que era ir como si estuviésemos agora en Medina del Campo, y para ir á Salamanca tomar el camino por Valladolid; no es más lo uno en comparacion de lo otro.

Y dejemos ya esta materia, y digamos lo que más en aquel instante aconteció, é fué que vino un navío al puerto del peñol del Nombre-Feo, que se decia el Tal de Bernal, junto á la Villa-Rica, que venia de lo de Pánuco, que era de los que enviaba Garay, y venia en él por capitan uno que se decia Camargo, y lo que pasó adelante diré.

CAPÍTULO CXXXIII.

CÓMO APORTÓ AL PEÑOL Y PUERTO QUE ESTÁ JUNTO Á LA VILLA-RICA UN NAVÍO DE LOS DE FRANCISCO GARAY, QUE HABIA ENVIADO Á POBLAR EL RIO DE PÁNUCO, Y LO QUE SOBRE ELLO MÁS PASÓ.

Estando que estábamos en Segura de la Frontera, de la manera que en mi relacion habrán oido, vinieron cartas á Cortés cómo habia aportado un navío de los que el Francisco de Garay habia enviado á poblar á Pánuco, é que venia por capitan uno que se decia Fulano Camargo, y traia sobre sesenta soldados, y todos dolientes y muy amarillos é hinchadas las barrigas, y que habian dicho que otro capitan que el Garay habia enviado á poblar á Pánuco, que se decia Fulano Álvarez Pinedo, que los indios del Pánuco lo habian muerto, y á todos los soldados y caballos que habia enviado á aquella provincia, y que los navíos se los habian quemado; y que este Camargo, viendo el mal suceso, se embarcó con los soldados que dicho tengo, y se vino á socorrer á aquel puerto, porque bien tenia noticia que estábamos poblados allí, y á causa que por sustentar las guerras con los indios no tenian qué comer, y venian muy flacos y amarillos é hinchados; y más dijeron, que el capitan Camargo habia sido fraile dominico, é que habia hecho profesion; los cuales soldados, con su capitan, se fueron luego su poco á poco á la villa de la Frontera, porque no podian andar á pié de flacos; y cuando Cortés los vió tan hinchados y amarillos, que no eran para pelear, harto teniamos que curar en ellos; al Camargo hizo mucha honra, y á todos los soldados, y tengo que el Camargo murió luego, que no me acuerdo bien qué se hizo, y tambien se murieron muchos soldados; y entónces por burlar les llamamos y pusimos por nombre los panzaverdetes, porque traian las colores de muertos y las barrigas muy hinchadas.

Y por no me detener en contar cada cosa en qué tiempo y lugar acontecian, pues eran todos los navíos que en aquel tiempo venian á la Villa-Rica del Garay, y puesto que se vinieron los unos de los otros un mes delanteros, hagamos cuenta que todos aportaron á aquel puerto, agora sea un mes ántes los unos que los otros; y esto digo porque vino luego un Miguel Diaz de Auz, aragones, por capitan de Francisco de Garay, el cual le enviaba para socorro al capitan Fulano Álvarez Pinedo, que creia que estaba en Pánuco; y como llegó al puerto del Pánuco, y no halló ni pelo de la armada de Garay, luego entendió por lo que vido que le habian muerto; porque al Miguel Diaz le dieron guerra, luego que llegó con un navío, los indios de aquella provincia, y por aquel efeto vino á aquel nuestro puerto y desembarcó sus soldados, que eran más de cincuenta, y más siete caballos, y se fué luego para donde estábamos con Cortés; y este fué el mejor socorro y al mejor tiempo que le habiamos menester.

Y para que bien sepan quién fué este Miguel Diaz de Auz, digo yo que sirvió muy bien á su majestad en todo lo que se ofreció en las guerras y conquistas de la Nueva-España, y este fué el que trajo pleito, despues de ganada la Nueva-España, con un cuñado de Cortés, que se decia Andrés de Barrios, natural de Sevilla, que llamábamos el danzador, sobre el pleito de la mitad de Mestitan, que se sentenció despues con que le dén la parte de lo que rentare el pueblo, más de dos mil y quinientos pesos de su parte, con tal que no entre en el pueblo por dos años, porque en lo que le acusaban era que habia muerto ciertos indios en aquel pueblo y en otros que habian tenido.

Dejemos de hablar desto, y digamos que desde á pocos dias que Miguel Diaz de Auz habia venido á aquel puerto de la manera que dicho tengo, aportó luego otro navío que enviaba el mismo Garay en ayuda y socorro de su armada, creyendo que todos estaban buenos y sanos en el rio de Pánuco, y venia en él por capitan un viejo que se decia Ramirez, é ya era hombre anciano, y á esta causa le llamamos Ramirez el viejo, porque habia en nuestro real dos Ramirez, y traia sobre cuarenta soldados y diez caballos é yeguas, y ballesteros y otras armas; y el Francisco de Garay no hacia sino echar unos navíos tras de otros al perdido y todo era favorecer y enviar socorro á Cortés, tan buena fortuna le ocurria, y á nosotros era de gran ayuda; y todos estos de Garay que dicho tengo fueron á Tepeaca, adonde estábamos; y porque los soldados que traia Miguel Diaz de Auz venian muy recios y gordos, les pusimos por nombre los de los lomos recios; y los que traia el viejo Ramirez traian unas armas de algodon de tanto gordor, que no las pasara ninguna flecha, y pesaban mucho, y pusímosles por nombre los de las albardillas; y cuando fueron los capitanes que dicho tengo delante de Cortés les hizo mucha honra.

Dejemos de contar de los socorros que teniamos de Garay, que fueron buenos, y digamos cómo Cortés envió á Gonzalo de Sandoval á una entrada á unos pueblos que se dicen Xalacingo y Cacatami.

CAPÍTULO CXXXIV.

CÓMO ENVIÓ CORTÉS Á GONZALO DE SANDOVAL Á PACIFICAR LOS PUEBLOS DE XALACINGO Y CACATAMI, Y LLEVÓ DUCIENTOS SOLDADOS Y VEINTE DE Á CABALLO Y DOCE BALLESTEROS, Y PARA QUE SUPIESE QUÉ ESPAÑOLES MATARON EN ELLOS, Y QUE MIRASE QUÉ ARMAS LES HABIAN TOMADO Y QUÉ TIERRA ERA, Y LES DEMANDASE EL ORO QUE ROBARON, Y DE LO QUE MÁS EN ELLO PASÓ.

Como ya Cortés tenia copia de soldados y caballos y ballestas, é se iba fortaleciendo con los dos navichuelos que envió Diego Velazquez, y envió en ellos por capitanes á Pedro Barba y Rodrigo de Morejon de Lobera, y trajeron en ellos sobre veinte y cinco soldados, y dos caballos y una yegua, y luego vinieron los tres navíos de los de Garay, que fué el primero capitan que vino, Camargo, y el segundo Miguel Diaz de Auz, y el postrero Ramirez el viejo, y traian entre todos estos capitanes que he nombrado sobre ciento y veinte soldados y diez y siete caballos é yeguas, é las yeguas eran de juego y de carrera.

Y Cortés tuvo noticia de que en unos pueblos que se dicen Cacatami y Xalacingo, é en otros sus comarcanos, habian muerto muchos soldados de los de Narvaez que venian camino de Méjico, é ansimesmo que en aquellos pueblos habian muerto y robado el oro á un Juan de Alcántara é á otros dos vecinos de la Villa-Rica, que era lo que les habia cabido de las partes á todos los vecinos que quedaban en la misma villa, segun más largo lo he escrito en el capítulo que dello se trata; y envió Cortés para hacer aquella entrada por capitan á Gonzalo de Sandoval, que era alguacil mayor, y muy esforzado y de buenos consejos, y llevó consigo ducientos soldados, todos los más de los nuestros de Cortés, y veinte de á caballo é doce ballesteros y buena copia de tlascaltecas; y ántes que llegase á aquellos pueblos supo que estaban todos puestos en armas, y juntamente tenian consigo guarniciones de mejicanos, é que se habian muy bien fortalecido con albarradas y pertrechos, porque bien habian entendido que por las muertes de los españoles que habian muerto, que luego habiamos de ser contra ellos para los castigar, como á los de Tepeaca y Cachula y Tecamachalco; y Sandoval ordenó muy bien sus escuadrones y ballesteros, y mandó á los de á caballo cómo y de qué manera habian de ir y romper; y primero que entrasen en su tierra les envió mensajeros á decilles que viniesen de paz y que diesen el oro y armas que habian robado, é que la muerte de los españoles se les perdonaria.

Y á esto de les enviar mensajeros á decilles que viniesen de paz fueron tres ó cuatro veces, y la respuesta que les enviaban era, que allá iban; que como habian muerto é comido los teules que les demandaban, que ansí harian al capitan y á todos los que llevaba; por manera que no aprovechaban mensajes; y otra vez les tornó á enviar á decir que él les haria esclavos por traidores y salteadores de caminos, y que se aparejasen á defender; y fué Sandoval con sus compañeros y les entró por dos partes; que puesto que peleaban muy bien todos los mejicanos y los naturales de aquellos pueblos, sin más referir lo que allí en aquellas batallas pasó, los desbarató, y fueron huyendo todos los mejicanos y caciques de aquellos pueblos, y siguió el alcance y se prendieron muchas gentes menudas; que de los indios no se curaban, por no tener qué guardar; y hallaron en unos cues de aquel pueblo muchos vestidos, y armas, y frenos de caballos y dos sillas, y otras muchas cosas de la jineta, que habian presentado á sus indios; y acordó Sandoval de estar allí tres dias, y vinieron los caciques de aquellos pueblos á pedir perdon y á dar la obediencia á su majestad Cesárea; y Sandoval les dijo que diesen el oro que habian robado á los españoles que mataron é que luego les perdonaria; y respondieron que el oro, que los mejicanos lo hubieron y que lo enviaron al señor de Méjico que entónces habian alzado por Rey, y que no tenian ninguno; por manera, que les mandó que en cuanto el perdon, que fuesen adonde estaba el Malinche, é que él les hablaria é perdonaria; y ansí, se volvió con una buena presa de mujeres y muchachos, que echaron el hierro por esclavos.

Y Cortés se holgó mucho cuando le vió venir bueno y sano, puesto que traia cosa de ocho soldados mal heridos y tres caballos ménos, y aun el Sandoval traia un flechazo; é yo no fuí en esta entrada, que estaba muy malo de calenturas y echaba sangre por la boca; é gracias á Dios, estuve bueno porque me sangraron muchas veces.

É como Gonzalo de Sandoval habia dicho á los caciques de Xalacingo é Cacatami que viniesen á Cortés á demandar paces, no solamente vinieron aquellos pueblos solos, sino tambien otros muchos de la comarca, y todos dieron la obediencia á su majestad, y traian de comer á aquella villa adonde estábamos.

É fué aquella entrada que hizo de mucho provecho, y se pacificó toda la tierra; y dende en adelante tenia Cortés tanta fama en todos los pueblos de la Nueva-España, lo uno de muy justificado y lo otro de muy esforzado, que á todos ponia temor, y muy mayor á Guatemuz, el señor y rey nuevamente alzado en Méjico; y tanta era la autoridad, ser y mando que habia cobrado nuestro Cortés, que venian ante él pleitos de indios de léjas tierras, en especial sobre cosas de cacicazgos y señoríos; que, como en aquel tiempo anduvo la viruela tan comun en la Nueva-España, fallecian muchos caciques, y sobre á quién le pertenecia el cacicazgo y ser señor y partir tierras ó vasallos ó bienes venian á nuestro Cortés, como á señor absoluto de toda la tierra, para que por su mano é autoridad alzase por señor á quien le pertenecia.

Y en aquel tiempo vinieron del pueblo de Ozucar y Guacachula, otras veces ya por mí nombrado; porque en Ozucar estaba casada una parienta muy cercana de Montezuma con el señor de aquel pueblo, y tenian un hijo que decian era sobrino del Montezuma, é segun parece, heredaba el señorío, é otros decian que le pertenecia á otro señor, y sobre ello tuvieron muy grandes diferencias, y vinieron á Cortés, y mandó que le heredase el pariente de Montezuma, y luego cumplieron su mandato; é ansí vinieron de otros muchos pueblos de á la redonda sobre pleitos, y á cada uno mandaba dar sus tierras y vasallos, segun sentia por derecho que les pertenecia.

Y en aquella sazon tambien tuvo noticia Cortés que en un pueblo que estaba de allí seis leguas, que se decia Cocotlan, y le pusimos por nombre Castilblanco (como ya otras veces he dicho, dando la causa por qué se le puso este nombre), habian muerto nueve españoles, envió al mismo Gonzalo de Sandoval para que los castigase y los trajese de paz, y fué allá con treinta de á caballo y cien soldados, y ocho ballesteros y cinco escopeteros, y muchos tlascaltecas, que siempre se mostraron muy aficionados y eran buenos guerreros.

Y despues de hechos sus requerimientos y protestaciones, que vieron y les enviaron á decir otras muchas cosas de cumplimientos con cinco indios principales de Tepeaca, y si no venian que les daria guerra y haria esclavos.

Y pareció ser estaban en aquel pueblo otros escuadrones de mejicanos en su guarda y amparo, y respondieron que señor tenian, que era Guatemuz; que no habian menester ni venir ni ir á llamado de otro señor; que si allá fuesen, que en el camino les hallarian, que no se les habian ahora fallecido las fuerzas ménos que las tenian en Méjico y puentes y calzadas, é que ya sabian á qué tanto llegaban nuestras valentías.

Y cuando aquello oyó Sandoval, puesta muy en órden su gente cómo habia de pelear, y los de á caballo y escopeteros y ballesteros, mandó á los tlascaltecas que no se metiesen en los enemigos al principio, porque no estorbasen á los caballos y porque no corriesen peligro, ó hiriesen algunos dellos con las ballestas y escopetas ó los atropellasen con los caballos, hasta haber rompido los escuadrones, y cuando los hubiesen desbaratado, que prendiesen á los mejicanos y siguiesen el alcance; y luego comenzó á caminar hácia el pueblo, y salen al camino y encuentro dos escuadrones de guerreros junto á unas fuerzas y barrancas, y allí estuvieron fuertes un rato, y con las ballestas y escopetas les hacian mucho mal; por manera que tuvo Sandoval lugar de pasar aquella fuerza é albarradas con los caballos; y aunque le hirieron nueve caballos, y uno murió, y tambien le hirieron cuatro soldados, como se vió fuera de mal paso é tuvo lugar por donde corriesen los caballos, y aunque no era buena tierra ni llano, que habia muchas piedras, da tras los escuadrones, rompiendo por ellos, que los llevó hasta el mismo pueblo, adonde estaba un gran patio, y allí tenian otra fuerza y unos cues, adonde se tornaron á hacer fuertes; y puesto que peleaban muy bravosamente, todavía los venció, y mató hasta siete indios, porque estaban en malos pasos; y los tlascaltecas no habian menester mandalles que siguiesen el alcance, que con la ganancia, como eran guerreros, ellos tenian el cargo, especialmente como sus tierras no estaban léjos de aquel pueblo; allí se hubieron muchas mujeres y gente menuda, y estuvo allí el Gonzalo de Sandoval dos dias, y envió á llamar los caciques de aquel pueblo con unos principales de Tepeaca que iban en su compañía, y vinieron, y demandaron perdon de la muerte de los españoles, y Sandoval les dijo que si daban las ropas y hacienda que robaron de los que mataron, que se les perdonaria, y respondieron que todo lo habian quemado y que no tenian ninguna cosa, y que los que mataron, que los más dellos habian ya comido, y que cinco teules enviaron vivos á Guatemuz, su señor, y que ya habian pagado la pena con los que agora les habian muerto en el campo y en el pueblo; que les perdonase, é que llevarian muy bien de comer y bastecerian la villa donde estaba Malinche.

Y como el Gonzalo de Sandoval vió que no se podia hacer más, les perdonó, y allí se ofrecieron de servir bien en lo que les mandasen; y con este recaudo se fué á la villa, y fué bien recebido de Cortés y de todos los del real.

Donde dejaré de hablar más en ello, y digamos cómo se herraron todos los esclavos que se habian habido en aquellos pueblos y provincia, y lo que sobre ello se hizo.

CAPÍTULO CXXXV.

CÓMO SE RECOGIERON TODAS LAS MUJERES Y ESCLAVOS DE TODO NUESTRO REAL QUE HABIAMOS HABIDO EN AQUELLO DE TEPEACA Y CACHULA, TECAMECHALCO Y EN CASTILBLANCO Y EN SUS TIERRAS, PARA QUE SE HERRASEN CON EL HIERRO EN NOMBRE DE SU MAJESTAD, Y LO QUE SOBRE ELLO PASÓ.

Como Gonzalo de Sandoval hubo llegado á la villa de Segura de la Frontera, de hacer aquellas entradas que ya he dicho, y en aquella provincia todos los teniamos ya pacíficos, y no teniamos por entónces donde ir á entrar, porque todos los pueblos de los rededores habian dado la obediencia á su Majestad, acordó Cortés, con los oficiales del Rey, que se herrasen las piezas y esclavos que se habian habido, para sacar su quinto, despues que se hubiese primero sacado el de su majestad, y para ello mandó dar pregones en el real é villa que todos los soldados llevásemos á una casa que estaba señalada para aquel efeto á herrar todas las piezas que tuviesen recogidas, y dieron de plazo aquel dia que se pregonó y otro; y todos ocurrimos con todas las indias, muchachas y muchachos que habiamos habido; que de hombres de edad no nos curábamos dellos, que eran malos de guardar, y no habiamos menester su servicio, teniendo á nuestros amigos los tlascaltecas.

Pues ya juntas todas las piezas, y hecho el hierro, que era una G como esta, que queria decir guerra, cuando no nos catamos, apartan el real quinto, y luego sacan otro quinto para Cortés; y demás desto, la noche ántes, cuando metimos las piezas, como he dicho en aquella casa, habian ya escondido y tomado las mejores indias, que no pareció allí ninguna buena, y al tiempo del repartir dábannos las viejas y ruines; y sobre esto hubo muy grandes murmuraciones contra Cortés y de los que mandaban hurtar y esconder las buenas indias; y de tal manera se lo dijeron al mismo Cortés soldados de los de Narvaez, que juraban á Dios que no habian visto tal, haber dos Reyes en la tierra de nuestro Rey y señor y sacar dos quintos; y uno de los soldados que se lo dijeron fué un Juan Bono de Quejo; y más dijo, que no estarian en tal tierra, y que lo harian saber en Castilla á su majestad y á los de su Real Consejo de Indias; y tambien dijo á Cortés otro soldado muy claramente que no bastó repartir el oro que se habia habido en Méjico de la manera que lo repartió, y que cuando estaba repartiendo las partes decia que eran trecientos mil pesos los que se habian llegado, y que cuando salimos huyendo de Méjico mandó tomar por testimonio que quedaban más de setecientos mil, y que agora el pobre soldado que habia echado los bofes y estaba lleno de heridas por haber una buena india, y les habian dado enaguas y camisas, habian tomado y escondido las tales indias, y que cuando dieron el pregon para que se llevasen á herrar, que creyeron que á cada soldado volverian sus piezas y que apreciarian qué tantos pesos valian, y que como las apreciasen pagasen el quinto á su majestad, y que no habria más quinto para Cortés; y decian otras murmuraciones peores que estas; y como Cortés aquello vió, con palabras algo blandas dijo que juraba en su conciencia (que aquesto tenia costumbre de jurar) que de allí adelante no seria ni se haria de aquella manera, sino que buenas ó malas indias, sacallas al almoneda, y la buena que se venderia por tal, y la que no lo fuese por ménos precio, y de aquella manera no ternian que reñir con él.

Y puesto que allí en Tepeaca no se hicieron más esclavos, mas despues en lo de Tezcuco casi que fué desta manera, como adelante diré.

Y dejaré de hablar en esta materia, y digamos otra cosa casi peor que esto de los esclavos, y es que ya he dicho en el capítulo que dello habla, cuando la triste noche que salimos de Méjico huyendo, cómo quedaban en la sala donde posaba Cortés muchas barras de oro perdido, que no lo podian sacar, más de lo que cargaron en la yegua y caballos y muchos tlascaltecas, y lo que hurtaron los amigos y otros soldados que cargaron dello; y como lo demás se quedaba perdido en poder de los mejicanos, Cortés dijo delante de un escribano del Rey que cualquiera que quisiese sacar oro de lo que allí quedaba, que se lo llevase mucho en buena hora por suyo, como se habia de perder; y muchos soldados de los de Narvaez cargaron dello, y asimismo algunos de los nuestros, y por sacallo perdieron muchos dellos las vidas, y los que escaparon con la presa que traian, habian estado en gran riesgo de morir y salieron llenos de heridas.

Y como en nuestro real y villa de Segura de la Frontera, que así se llamaba, alcanzó Cortés á saber que habia muchas barras de oro, y que andaban en el juego, y como dice el refran que el oro y amores son malos de encubrir, mandó dar un pregon, so graves penas, que traigan á manifestar el oro que sacaron, y que les dará la tercia parte dello, y si no lo traen, que se lo tomará todo; y muchos soldados de los que lo tenian no lo quisieron dar, y alguno se lo tomó Cortés como prestado, y más por fuerza que por grado; y como todos los más capitanes tenian oro, y aun los oficiales del Rey muy mejor, que hicieron sacos dello, se calló lo del pregon, que no se habló en ello; mas pareció muy mal esto que mandó Cortés.

Dejémoslo ya de más declarar, y digamos cómo todos los demás capitanes y personas principales de los que pasaron con Narvaez demandaron licencia á Cortés para se volver á Cuba, y Cortés se la dió, y lo que más acaeció.

CAPÍTULO CXXXVI.

CÓMO DEMANDARON LICENCIA Á CORTÉS LOS CAPITANES Y PERSONAS MÁS PRINCIPALES DE LOS QUE NARVAEZ HABIA TRAIDO EN SU COMPAÑÍA PARA SE VOLVER Á LA ISLA DE CUBA, Y CORTÉS SE LA DIÓ Y SE FUERON.

Y DE CÓMO DESPACHÓ CORTÉS EMBAJADORES PARA CASTILLA Y PARA SANTO DOMINGO Y JAMÁICA, Y LO QUE SOBRE CADA COSA ACAECIÓ.

Como vieron los capitanes de Narvaez que ya teniamos socorros, así de los que vinieron de Cuba como los de Jamáica que habia enviado Francisco de Garay para su armada, segun lo tengo declarado en el capítulo que dello habla, y vieron que los pueblos de la provincia de Tepeaca estaban pacíficos, despues de muchas palabras que á Cortés dijeron, con grandes ofertas y ruegos le suplicaron que les diese licencia para se volver á la isla de Cuba, pues se lo habia prometido, y luego Cortés se la dió, y les prometió que si volvia á ganar la Nueva-España y ciudad de Méjico, que al Andrés de Duero, su compañero, que le daria mucho más oro que le habia de ántes dado; y así hizo otras ofertas á los demás capitanes, en especial á Agustin Bermudez, y les mandó dar matalotaje que en aquella sazon habia, que era maíz y perrillos salados y algunas gallinas, y un navío de los mejores, y escribió Cortés á su mujer Catalina Juarez la Marcaida y á Juan Nuñez, su cuñado, que en aquella sazon vivia en la isla de Cuba, y les envió ciertas barras y joyas de oro, y les hizo saber todas las desgracias y trabajos que nos habian acaecido, y cómo nos echaron de Méjico.

Dejemos esto, y digamos las personas que pidieron la licencia para se volver á Cuba, que todavía iban ricos, y fueron Andrés de Duero y Agustin Bermudez, y Juan Bono de Quejo y Bernardino de Quesada, y Francisco Velazquez el corcovado, pariente del Diego Velazquez el gobernador de Cuba, y Gonzalo Carrasco el que vive en la Puebla, que despues se volvió á esta Nueva-España, y un Melchor de Velasco, que fué vecino de Guatimala, y un Jimenez que vive en Guajaca, que fué por sus hijos, y el comendador Leon de Cervantes, que fué por sus hijas, que despues de ganado Méjico las casó muy honradamente, y se fué uno que se decia Maldonado, natural de Medellin, que estaba doliente; no digo Maldonado el que fué marido de doña María del Rincon, ni por Maldonado el ancho, ni otro Maldonado que se decia Álvaro Maldonado el fiero, que fué casado con una señora que se decia María Arias; y tambien se fué un Vargas, vecino de la Trinidad, que le llamaban en Cuba Vargas el galan: no digo el Vargas que fué suegro de Cristóbal Lobo, vecino que fué de Guatimala; y se fué un soldado de los de Cortés, que se decia Cárdenas, piloto; aquel Cárdenas fué el que dijo á un su compañero que ¿cómo podiamos reposar los soldados teniendo dos Reyes en esta Nueva-España? Este fué á quien Cortés dió trecientos pesos para que se fuese con su mujer é hijos.

Y por excusar prolijidad de ponellos todos por memoria, se fueron otros muchos que no me acuerdo bien sus nombres; y cuando Cortés les dió la licencia, dijimos que para qué se la daba, pues que éramos pocos los que quedábamos; y respondió que por excusar escándalos é importunaciones, y que ya veiamos que para la guerra algunos de los que se volvian á Cuba no lo eran, y que valía más estar solos que mal acompañados; y para los despachar del puerto envió Cortés á Pedro de Albarado; y en habiéndolos embarcado, le mandó que se volviese luego á la villa.

Y digamos ahora que tambien envió á Castilla á Diego de Ordás y á Alonso de Mendoza, natural de Medellin y de Cáceres, con ciertos recaudos de Cortés, que yo no sé otros que llevase nuestros, ni nos dió parte de cosa de los negocios que enviaba á tratar con su majestad, ni lo que pasó en Castilla yo no lo alcancé á saber, salvo que á boca llena decia el Obispo de Búrgos delante del Diego de Ordás que así Cortés como todos los soldados que pasamos con él éramos malos y traidores, puesto que el Ordás sé cierto respondia muy bien por todos nosotros; y entónces le dieron al Ordás una encomienda de señor Santiago, y por armas el volcan que está entre Guaxocingo y cerca de Cholula; y lo que negoció adelante lo diré, segun lo supimos por carta.

Dejemos esto aparte, y diré cómo Cortés envió á Alonso de Ávila, que era capitan y contador desta Nueva-España, y juntamente con él envió otro hidalgo que se decia Francisco Álvarez Chico, que era hombre que entendia de negocios; y mandó que fuesen con otro navío para la isla de Santo Domingo, á hacer relacion de todo lo acaecido á la Real audiencia que en ella residia; y á los frailes jerónimos que estaban por gobernadores de todas las islas, que tuviesen por bueno lo que habiamos hecho en las conquistas y el desbarate de Narvaez, y cómo habia hecho esclavos en los pueblos que habian muerto españoles y se habian quitado de la obediencia que habian dado á nuestro Rey y señor, y que así se entendia hacer en todos los más pueblos que fueron de la liga y nombre de mejicanos; y que suplicaba que hiciese relacion dello en Castilla á nuestro gran Emperador, y tuviesen en la memoria los grandes servicios que siempre le haciamos, y que por su intercesion y de la Real audiencia fuésemos favorecidos con justicia contra la mala voluntad y obras que contra nosotros trataba el Obispo de Búrgos y Arzobispo de Rosano; y tambien envió otro navío á la isla de Jamáica por caballos é yeguas, y el capitan que con él fué se decia Fulano de Solís, que despues de ganado Méjico le llamamos Solís de la huerta, yerno de uno que se decia el bachiller Ortega.

Bien sé que dirán algunos curiosos letores que sin dineros cómo enviaba al Diego de Ordás á negocios á Castilla, pues está claro que para Castilla y para otras partes son menester dineros; y que asimismo envió á Alonso de Ávila y á Francisco Álvarez Chico á Santo Domingo á negocios, y á la isla de Jamáica por caballos é yeguas.

Á esto digo que, como al salir de Méjico salimos huyendo la noche por mí muchas veces referida, que, como quedaban en la sala muchas barras de oro perdido en un monton, que todos los más soldados apañaban dello; en especial los de á caballo, y los de Narvaez mucho mejor, y los oficiales de su majestad que lo tenian en poder y cargo llevaron los fardos hechos.

Y demás de esto, cuando se cargaron de oro más de ochenta indios tlascaltecas por mandado de Cortés, y fueron los primeros que salieron en las puentes, vista cosa era que salvarian muchas cargas dello, que no se perderia todo en la calzada; y como nosotros los pobres soldados que no teniamos mando, sino ser mandados, en aquella sazon procurábamos de salvar nuestras vidas, y despues de curar nuestras heridas, á esta causa no mirábamos en el oro, si salieron muchas cargas dello en las puentes ó no, ni se nos daba por mucho por ello; y Cortés con algunos de nuestros capitanes lo procuraron de haber de algunos de los tlascaltecas que lo sacaron, y tuvimos sospecha que los cuarenta mil pesos de las partes de los de la Villa-Rica, que tambien lo hubo y echó fama que lo habian robado, y con ello envió á Castilla á los negocios de su persona y á comprar caballos, y á la isla de Santo Domingo á la audiencia Real; porque en aquel tiempo todos se callaban con las barras de oro que tenian, aunque más pregones habian dado.

Dejemos esto, y digamos como ya estaban de paz todos los pueblos comarcanos de Tepeaca, acordó Cortés que quedase en la villa de Segura de la Frontera por capitan un Francisco de Orozco con obra de veinte soldados que estaban heridos y dolientes; y con todos los más de nuestro ejército fuimos á Tlascala, y se dió órden que se cortase madera para hacer trece bergantines para ir otra vez sobre Méjico; porque hallábamos por muy cierto que para la laguna sin bergantines no la podiamos señorear ni podiamos dar guerra, ni entrar otra vez por las calzadas en aquella gran ciudad sino con gran riesgo de nuestras vidas; y el que fué maestro de cortar la madera y dar el galibo y cuenta y razon cómo habian de ser veleros y ligeros para aquel efeto, y los hizo, fué un Martin Lopez, que ciertamente, demás de ser un buen soldado, en todas las guerras sirvió muy bien á su majestad.

En esto de los bergantines trabajó en ellos como fuerte varon, y me parece que si por dicha no viniera en nuestra compañía de los primeros, como vino, que hasta enviar por otro maestro á Castilla se pasara mucho tiempo, ó no viniera ninguno.

Volveré á nuestra materia, é digamos ahora que cuando llegamos á Tlascala ya era fallecido de viruelas nuestro gran amigo y muy leal vasallo de su majestad Masse-Escaci, de la cual muerte nos pesó á todos; y Cortés lo sintió tanto, como él decia, como si fuera su padre, y se puso luto de mantas negras, y asimismo muchos de nuestros capitanes y soldados; y á sus hijos y parientes del Masse-Escaci Cortés y todos nosotros les haciamos mucha honra; y porque en Tlascala habia diferencias sobre el mando y cacicazgo, señaló y mandó que lo fuese un su hijo legítimo del Masse-Escaci, porque así se lo habia mandado su padre ántes que muriese; y aun dijo á sus hijos y parientes que mirasen que no saliesen del mandado de Malinche y de sus hermanos, porque ciertamente éramos los que habiamos de señorear esas tierras, y les dió otros muchos buenos consejos.

Dejemos ya de contar del Masse-Escaci, pues ya es muerto, y digamos de Xicotenga el viejo y de Chichimecatecle y de todos los demás caciques de Tlascala, que se ofrecieron de servir á Cortés, así en cortar la madera para los bergantines como para todo lo demás que les quisiesen mandar en la guerra contra mejicanos, é Cortés los abrazó con mucho amor y les dió gracias por ello, especialmente á Xicotenga el viejo y á Chichimecatecle: y luego procuró que se volviese cristiano, y el buen viejo de Xicotenga de buena voluntad dijo que lo queria ser, y con la mayor fiesta que en aquella sazon se pudo hacer, en Tlascala le bautizó el padre de la Merced, y le puso nombre don Lorenzo de Vargas.

Volvamos á decir de nuestros bergantines, que el Martin Lopez se dió tanta priesa en cortar la madera, con la gran ayuda de los indios que le ayudaban, que en pocos dias la tenia ya cortada toda, y señalada su cuenta en cada madero para qué parte y lugar habia de ser, segun tienen sus señales los oficiales, maestros y carpinteros de ribera; y tambien le ayudaba otro buen soldado que se decia Andrés Nuñez, é un viejo carpintero que estaba cojo de una herida, que se decia Ramirez el viejo; y luego despachó el Cortés á la Villa-Rica por mucho hierro y clavazon de los navíos que dimos al través, y por áncoras y velas é jarcias y cables y estopa, y por todo aparejo de hacer navíos, y mandó venir todos los herreros que habia, y á un Hernando de Aguilar, que era medio herrero, que ayudaba á machacar; y porque en aquel tiempo habia en nuestro real tres hombres que se decian Aguilar, llamamos á este Hernando de Aguilar Maja-hierro; y envió por capitan á la Villa-Rica, por los aparejos que he dicho, para mandallo traer, á un Santa Cruz, burgalés, regidor que despues fué de Méjico, persona muy buen soldado y diligente; y hasta las calderas para hacer brea, y todo cuanto de ántes habian sacado de los navíos, trujo con más de mil indios, que todos los pueblos de aquellas provincias, enemigos de mejicanos, luego se los daban para traer las cargas.

Pues como no teniamos pez para brear, ni aun los indios lo sabian hacer, mandó Cortés á cuatro hombres de la mar, que sabian de aquel oficio, que en unos pinares cerca de Guaxocingo, que los hay buenos, fuesen á hacer la pez.

Pasemos adelante, puesto que no va muy á propósito de la materia en que estaba hablando, que me han preguntado ciertos caballeros curiosos, que conocian muy bien á Alonso de Ávila, que cómo, siendo capitan y muy esforzado, y era contador de la Nueva-España, y siendo belicoso y de su inclinacion más para guerra que no ir á solicitar negocios con los frailes jerónimos que estaban por gobernadores de todas las islas, ¿por qué causa le envió Cortés, teniendo otros hombres que estaban más acostumbrados á negocios, como era un Alonso de Grado ó un Juan de Cáceres el rico, y otros que me nombraron? Á esto digo que Cortés le envió al Alonso de Ávila porque sintió dél ser muy varon, y porque osaria responder por nosotros conforme á justicia; y tambien le envió por causa que, como el Alonso de Ávila habia tenido diferencias con otros capitanes, y tenia gran atrevimiento de decir á Cortés cualquiera cosa que veia que convenia decille, y por escusar ruidos y por dar la capitanía que tenia á Andrés de Tapia, y la contaduría á Alonso de Grado, como luego se la dió, por estas razones le envió.

Volvamos á nuestra relacion: pues viendo Cortés que ya era cortada la madera para los bergantines, y se habian ido á Cuba las personas por mí nombradas, que eran los de Narvaez, que los teniamos por sobre huesos, especialmente poniendo temores que siempre nos ponian, que no seriamos bastantes para resistir el gran poder de mejicanos, cuando oian que deciamos que habiamos de ir á poner cerco sobre Méjico; y libres de aquellos temores, acordó Cortés que fuésemos con todos nuestros soldados á Tezcuco, é sobre ello hubo grandes y muchos acuerdos; porque unos soldados decian que era mejor sitio y acequias y zanjas para hacer los bergantines, en Ayocingo, junto á Chalco, que no en la zanja y estero de Tezcuco; y otros porfiaban que mejor seria en Tezcuco, por estar en parte y sitio y cerca de muchos pueblos; y que teniendo aquella ciudad por nosotros, desde allí hariamos entradas en las tierras comarcanas de Méjico; y puestos en aquella ciudad, tomariamos el mejor parecer como sucediesen las cosas.

Pues ya que estaba acordado lo por mí dicho, viene nueva y cartas, que trujeron tres soldados, de cómo habia venido á la Villa-Rica un navío de Castilla y de las islas de Canaria, de buen porte, cargado de muchas ballestas y tres caballos, é muchas mercaderías, escopetas, pólvora é hilo de ballestas, y otras armas; y venia por señor de la mercadería y navío un Juan de Búrgos, y por maestre un Francisco Medel, y venian trece soldados; y con aquella nueva nos alegramos en gran manera, y si de ántes que supiésemos del navío nos dábamos priesa en la partida para Tezcuco, mucho más nos dimos entónces, porque luego le envió Cortés á comprar todas las armas y pólvora y todo lo más que traia, y aun el mismo Juan de Búrgos y el Medel y todos los pasajeros que traia se vinieron luego para donde estábamos; con los cuales recibimos contento, viendo tan buen socorro y en tal tiempo.

Acuérdome que entónces vino un Juan del Espinar, vecino que fué de Guatimala, persona que fué muy rico; y tambien vino un Sagredo, tio de una mujer que se decia la Sagreda, que estaba en Cuba, naturales de la villa de Medellin; tambien vino un vizcaino que se decia Monjaraz, tio que decia ser de Andrés de Monjaraz y Gregorio de Monjaraz, soldados que estaban con nosotros, y padre de una mujer que despues vino á Méjico, que se decia la Monjaraza, muy hermosa mujer.

He traido aquí esto á la memoria por lo que adelante diré, y es que jamás fué el Monjaraz á guerra ninguna ni entrada con nosotros, porque andaba doliente en aquel tiempo; é ya que estaba muy bueno y sano é presumia de muy valiente soldado, cuando teniamos puesto cerco á Méjico dijo el Monjaraz que queria ir á ver cómo batallábamos con los mejicanos; porque no tenia á los mejicanos ni á otros indios por valientes; y fué, y se subió en un alto cu, como torrecilla, y nunca supimos, cómo ni de qué manera le mataron indios en aquel mismo dia, y muchas personas dijeron, que le habian conocido en la isla de Santo Domingo, que fué permision divina que muriese aquella muerte, porque habia muerto á su mujer, muy honrada y buena y hermosa, sin culpa ninguna, y que buscó testigos falsos que juraron que le hacia maleficio.

Quiero dejar ya de contar cosas pasadas, y digamos cómo fuimos á la ciudad de Tezcuco, y lo que más pasó.

CAPÍTULO CXXXVII.

CÓMO CAMINAMOS CON TODO NUESTRO EJÉRCITO CAMINO DE LA CIUDAD DE TEZCUCO, Y LO QUE EN EL CAMINO NOS AVINO, Y OTRAS COSAS QUE PASARON.

Como Cortés vió tan buena prevencion, así de escopetas y pólvora y ballestas y caballos, y conoció de todos nosotros, así capitanes como soldados, el gran deseo que teniamos de estar ya sobre la gran ciudad de Méjico, acordó de hablar á los caciques de Tlascala para que le diesen diez mil indios de guerra que fuesen con nosotros aquella jornada hasta Tezcuco, que es una de las mayores ciudades que hay en toda la Nueva-España, despues de Méjico; y como se lo demandó y les hizo un buen parlamento sobre ello, luego Xicotenga el viejo, que en aquella sazon se habia vuelto cristiano y se llamó don Lorenzo de Vargas, como dicho tengo, dijo que le placia de buena voluntad, no solamente diez mil hombres, sino muchos más si los querian llevar, y que iria por capitan dellos otro cacique muy esforzado é nuestro gran amigo que se decia Chichimeclatecle, y Cortés le dió las gracias por ello; y despues de hecho nuestro alarde, que ya no me acuerdo bien qué tanta copia éramos, así de soldados como de los demás, un dia despues de la Pascua de Navidad del año de 1520 años comenzamos á caminar con mucho concierto, como lo teniamos de costumbre.

Fuimos á dormir á un pueblo sujeto de Tezcuco, y los del mismo pueblo nos dieron lo que habiamos menester de allí adelante; era tierra de mejicanos, é íbamos más recatados, nuestra artillería puesta en mucho concierto, y ballesteros y escopeteros, y siempre cuatro corredores del campo á caballo, y otros cuatro soldados de espada y rodela muy sueltos, juntamente con los de á caballo para ver los pasos si estaban para pasar caballos, porque en el camino tuvimos aviso que estaba embarazado de aquel dia un mal paso, y la sierra con árboles cortados, porque bien tuvieron noticia en Méjico y en Tezcuco cómo caminábamos hácia su ciudad, y aquel dia no hallamos estorbo ninguno, y fuimos á dormir al pié de la sierra, que serian tres leguas, y aquella noche tuvimos buen frio, y con nuestras rondas y espías y velas y corredores del campo la pasamos; y cuando amaneció comenzamos á subir un puertezuelo y unos malos pasos como barrancas, y estaba cortada la sierra, por donde no podiamos pasar, y puesta mucha madera y pinos en el camino; y como llevábamos tantos amigos tlascaltecas, de presto se desembarazó, y con mucho concierto caminamos con una capitanía de escopetas y ballestas delante, y con nuestros amigos cortando y apartando árboles para poder pasar los caballos, hasta que subimos la sierra, y aun bajamos un poco abajo adonde se descubria la laguna de Méjico y sus grandes ciudades pobladas en el agua; y cuando la vimos dimos muchas gracias á Dios, que nos la tornó á dejar ver.

Entónces nos acordamos de nuestro desbarate pasado, de cuando nos echaron de Méjico, y prometimos, si Dios fuese servido de darnos mejor suceso en esta guerra, de ser otros hombres en el trato y modo de cercarla; y luego bajamos la sierra, donde vimos grandes ahumadas que hacian, así los de Tezcuco como los de los pueblos sujetos; é andando más adelante, topamos con un buen escuadron de gente, guerreros de Méjico y de Tezcuco, que nos aguardaban á un mal paso, que era un arcabuezo donde estaba una puente como quebrada, de madera, algo honda, y corria un buen golpe de agua; mas luego desbaratamos los escuadrones y pasamos muy á nuestro salvo.

Pues oir la grita que nos daban desde las estancias y barrancas, no hacian otra cosa, y era en parte que no podian correr caballos, y nuestros amigos los tlascaltecas les apañaban gallinas, y lo que podian roballes no les dejaban, puesto que Cortés les mandaban que si no diesen guerra, que no se la diesen; y los tlascaltecas decian que si estuvieran de buenos corazones y de paz, que no salieran al camino á darnos guerra, como estaban al paso de las barrancas y puente para no nos dejar pasar.

Volvamos á nuestra materia, y digamos cómo fuimos á dormir á un pueblo sujeto de Tezcuco, y estaba despoblado, y puestas nuestras velas y rondas y escuchas y corredores del campo, y estuvimos aquella noche con cuidado no diesen en nosotros muchos escuadrones de mejicanos guerreros que estaban aguardándonos en unos malos pasos; de lo cual tuvimos aviso porque se prendieron cinco mejicanos en la puente primera que dicho tengo, y aquellos dijeron lo que pasaba de los escuadrones, y segun despues supimos, no se atrevieron á darnos guerra ni á más aguardar; porque, segun pareció, entre los mejicanos y los de Tezcuco tuvieron diferencias y bandos; y tambien, como aun no estaban muy sanos de las viruelas, que fué dolencia que en toda la tierra dió y cundió, y como habian sabido cómo en lo de Guacachula é Ozucar, y en Tepeaca y Xalacingo y Castiblanco todas las guarniciones mejicanas habiamos desbaratado, y asimismo corria fama, y así lo creian, que iban con nosotros en nuestra compañía todo el poder de Tlascala y Guaxocingo, acordaron de no nos aguardar; y todo esto Nuestro Señor Jesucristo lo encaminaba.

Y desque amaneció, puestos todos nosotros en gran concierto, así artillería como escopetas y ballestas, y los corredores del campo adelante descubriendo tierra, comenzamos á caminar hácia Tezcuco, que seria de allí de donde dormimos obra de dos leguas; é aun no habiamos andado media legua cuando vimos volver nuestros corredores del campo muy alegres y dijeron á Cortés que venian hasta diez indios, y que traian unas señas y veletas de oro, y que no traian armas ningunas, y que en todas las caserías y estancias por donde pasaban no les daban grita ni voces como habian dado el dia ántes; ántes, al parecer, todo estaba de paz; y Cortés y todos nuestros capitanes y soldados nos alegramos, y luego mandó Cortés reparar, hasta que llegaron siete indios principales, naturales de Tezcuco, y traian una bandera de oro en una lanza larga, y ántes que llegasen abajaron su bandera y se humillaron, que es señal de paz; y cuando llegaron ante Cortés, estando doña Marina é Jerónimo de Aguilar, nuestras lenguas, delante, dijeron:

—«Malinche, Cocoivacin, nuestro señor y señor de Tezcuco, te envia á rogar que le quieras recebir á tu amistad, y te está esperando de paz en su ciudad de Tezcuco, y en señal dello recibe esta bandera de oro; y que te pide por merced que mandes á todos los tlascaltecas é á tus hermanos que no les hagan mal en su tierra, y que te vayas á aposentar en su ciudad, y él te dará lo que hubieres menester.»

Y más dijeron, que los escuadrones que allí estaban en las barrancas y pasos malos, que no eran de Tezcuco, sino mejicanos, que los enviaba Guatemuz.

Y cuando Cortés oyó aquellas paces holgó mucho dellas, y asimismo todos nosotros, é abrazó á los mensajeros, en especial á tres dellos, que eran parientes del buen Montezuma, y los conociamos todos los más soldados, que habian sido sus capitanes, y considerada la embajada, luego mandó Cortés llamar los capitanes tlascaltecas, y les mandó muy afectuosamente que no hiciesen mal ninguno ni los tomasen cosa ninguna en toda la tierra, porque estaban de paz; y así lo hacian como se lo mandó; mas comida no se les defendia si era solamente maíz é frísoles, y aun gallinas y perrillos, que habia muchos en todas las casas, llenas dello.

Y entónces Cortés tomó consejo con nuestros capitanes, y á todos les pareció que aquel pedir de paz y de aquella manera que eran fingido; porque si fueran verdaderas no vinieran tan arrebatadamente, y aun trujeran bastimento; y con todo esto, recebió Cortés la bandera, que valía hasta ochenta pesos, y dió muchas gracias á los mensajeros, y les dijo que no tenian por costumbre de hacer mal ni daño á ningunos vasallos de su majestad; ántes les favorecia y miraba por ellos, y que si guardaban las paces que decian, que les favoreceria contra los mejicanos, y que ya habia mandado á los tlascaltecas que no hiciesen daño en su tierra, como habian visto, y que así lo cumplirian adelante, y que bien sabia que en aquella ciudad mataron sobre cuarenta españoles nuestros hermanos cuando salimos de Méjico, y sobre ducientos tlascaltecas, y que robaron muchas cargas de oro y otros despojos que dellos hubieron; que ruega á su señor Cocoivacin é á todos los más caciques y capitanes de Tezcuco que le dén el oro y ropa, y que la muerte de los españoles, que pues ya no tenia remedio, que no les pediria.

Y respondieron aquellos mensajeros que ellos lo dirian á su señor así como se lo mandaba; mas que el que los mandó matar fué el que en aquel tiempo alzaron en Méjico por señor despues de muerto Montezuma, que se decia Coadlauaca, é hubo todo el despojo, y le llevaron á Méjico todos los más teules, y que luego los sacrificaron á su Huichilóbos; y como Cortés vió aquella respuesta, por no los resabiar ni atemorizar, no les replicó en ello sino que fuesen con Dios, y quedó uno dellos en nuestra compañía, y luego nos fuimos á unos arrabales de Tezcuco, que se decian Guautinchan ó Huachutan, que ya se me olvidó el nombre, y allí nos dieron bien de comer y todo lo que hubimos menester, y aun derribamos unos ídolos que estaban en unos aposentos donde posábamos.

Y otro dia de mañana fuimos á la ciudad de Tezcuco, y en todas las calles ni casas no veiamos mujeres ni muchachos ni niños, sino todos los indios como asombrados y como gente que estaba de guerra; y fuímonos á aposentar á unos aposentos y salas grandes, y luego mandó Cortés llamar á nuestros capitanes y todos los más soldados, y nos dijo que no saliésemos de unos patios grandes que allí habia, y que estuviésemos muy apercebidos, porque no le parecia que estaba aquella ciudad pacífica, hasta ver cómo y de qué manera estaba, y mandó al Pedro de Albarado y á Cristóbal de Olí é á otros soldados, y á mí con ellos, que subiésemos al gran cu, que era bien alto, y llevásemos hasta veinte escopeteros para nuestra guarda, y que mirásemos desde el alto cu la laguna y la ciudad, porque bien se parecia toda; y vimos que todos los moradores de aquellas poblaciones se iban con sus haciendas y hatos é hijos y mujeres, unos á los montes y otros á las carrizales que hay en la laguna, que toda iba cuajada de canoas, dellas grandes y otras chicas; y como Cortés lo supo, quiso prender al señor de Tezcuco que envió la bandera de oro, y cuando le fueron á llamar ciertos papas que envió Cortés por mensajeros, ya estaba puesto en cobro, que él fué el primero que se fué huyendo á Méjico, y fueron con él otros muchos principales.

Y así se pasó aquella noche, que tuvimos grande recaudo de velas y rondas y espías, y otro dia muy de mañana mandó llamar Cortés á todos los más principales indios que habia en Tezcuco; porque, como es gran ciudad, habia otros muchos señores, partes contrarias del cacique que se fué huyendo, con quien tenian debates y diferencias sobre el mando y reino de aquella ciudad; y venidos ante Cortés, informado dellos cómo y de qué manera y desde qué tiempo acá señoreaba el Cocoivacin, dijeron que por codicia de reinar habia muerto malamente á su hermano mayor, que se decia Cuxcuxca, con favor que para ello le dió el señor de Méjico, que ya he dicho que se decia Coadlauaca, el cual fué el que nos dió la guerra cuando salimos huyendo despues de muerto Montezuma; é que allí habia otros señores á quien venia el reino de Tezcuco más justamente que no al que lo tenia, que era un mancebo que luego en aquella sazon se volvió cristiano con mucha solenidad, y le bautizó el fraile de la Merced, y se llamó don Hernando Cortés, porque fué su padrino nuestro capitan.

É aqueste mancebo dijeron que era hijo legítimo del señor y Rey de Tezcuco, que se decia su padre Nezabal Pintzintli; y luego sin más dilaciones, con grandes fiestas y regocijos de todo Tezcuco, le alzaron por Rey y señor natural, con todas las ceremonias que á los tales Reyes solian hacer, é con mucha paz y en amor de todos sus vasallos y otros pueblos comarcanos, é mandaba muy absolutamente y era obedecido; y para mejor le industriar en las cosas de nuestra santa fe y ponelle en toda policía, y para que deprendiese nuestra lengua, mandó Cortés que tuviese por ayos á Antonio de Villareal, marido que fué de una señora hermosa que se dijo Isabel de Ojeda; é á un bachiller que se decia Escobar puso por capitan de Tezcuco, para que viese y defendiese que no contratase con el don Fernando ningun mejicano; y á un buen soldado que se decia Pedro Sanchez Farfan, marido que fué de la buena y honrada mujer María de Estrada.

Dejemos de contar su gran servicio de aqueste cacique, y digamos cuán amado y obedecido fué de los suyos, y digamos cómo Cortés le demandó que diese mucha copia de indios trabajadores para ensanchar y abrir más las acequias y zanjas por donde habiamos de sacar los bergantines á la laguna de que estuviesen acabados y puestos á punto para ir á la vela, y se le dió á entender al mismo don Hernando y á otros sus principales á qué fin y efeto se habian de hacer, y cómo y de qué manera habiamos de poner cerco á Méjico, y para todo ello se ofreció con todo su poder y vasallos, que no solamente aquello que le mandaba, sino que enviaria mensajeros á otros pueblos comarcanos para que se diesen por vasallos de su Majestad y tomasen nuestra amistad y voz contra Méjico.

Y todo esto concertado, despues de nos haber aposentado muy bien, y cada capitanía por sí, y señalados los puestos y lugares donde habiamos de acudir si hubiese rebato de mejicanos, porque estábamos á guarda la raya de su laguna, porque de cuando en cuando enviaba Guatemuz grandes piraguas y canoas con muchos guerreros, y venian á ver si nos tomaban descuidados; y en aquella sazon vinieron de paz ciertos pueblos sujetos á Tezcuco, á demandar perdon y paz si en algo habian errado en las guerras pasadas, y habian sido en la muerte de los españoles, los cuales se decian Guatinchan; y Cortés les habló á todos muy amorosamente y les perdonó.

Quiero decir que no habia dia ninguno que dejasen de andar en la obra y zanja y acequia de siete á ocho mil indios, y la abrian y ensanchaban muy bien, que podian nadar por ella navíos de gran porte.

Y en aquella sazon, como teniamos en nuestra compañía sobre siete mil tlascaltecas, y estaban deseosos de ganar honra y de guerrear contra mejicanos, acordó Cortés, pues que tan fieles compañeros teniamos, que fuésemos á entrar y dar una vista á un pueblo que se dice Iztapalapa, el cual pueblo fué por donde habiamos pasado cuando la primera vez venimos para Méjico, y el señor dél fué el que alzaron por Rey en Méjico despues de la muerte del gran Montezuma, que ya he dicho otras veces que se decia Coadlauaca; y de aqueste pueblo, segun supimos, recebiamos mucho daño, porque eran muy contrarios contra Chalco y Talmalanco y Mecameca y Chimaloacan, que querian venir á tener nuestra amistad, y ellos lo estorbaban; y como habia ya doce dias que estábamos en Tezcuco sin hacer cosa que de contar sea, fuimos á aquella entrada de Iztapalapa.

CAPÍTULO CXXXVIII.

CÓMO FUIMOS Á IZTAPALAPA CON CORTÉS, Y LLEVÓ EN SU COMPAÑÍA Á CRISTÓBAL DE OLÍ Y Á PEDRO DE ALBARADO, Y QUEDÓ GONZALO DE SANDOVAL POR GUARDA DE TEZCUCO, Y LO QUE NOS ACAECIÓ EN LA TOMA DE AQUEL PUEBLO.

Pues como habia doce dias que estábamos en Tezcuco, y teniamos los tlascaltecas, por mí ya otra vez nombrados, que estaban con nosotros, y porque tuviesen qué comer, porque para tantos como eran no se lo podian dar abastadamente los de Tezcuco, y porque no recibiesen pesadumbre dello; y tambien porque estaban deseosos de guerrear con mejicanos, y se vengar por los muchos tlascaltecas que en las derrotas pasadas les habian muerto y sacrificado, acordó Cortés que él por capitan general, y con Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí, y con trece de á caballo, y veinte ballesteros, y seis escopeteros, y ducientos y veinte soldados, y con nuestros amigos de Tlascala y con otros veinte principales de Tezcuco que nos dió don Hernando, cacique mayor de Tezcuco, y estos sabiamos que eran sus primos y parientes del mismo cacique y enemigos de Guatemuz, que ya le habian alzado por Rey en Méjico; fuésemos camino de Iztapalapa, que estará de Tezcuco obra de cuatro leguas.

Ya he dicho otra vez, en el capítulo que dello trata, que estaban más de la mitad de las casas edificadas en el agua y la mitad en tierra firme; é yendo nuestro camino con mucho concierto, como lo teniamos de costumbre, como los mejicanos siempre tenian velas, y guarniciones, y guerreros contra nosotros, que sabian que íbamos á dar guerra á algunos de sus pueblos para luego les socorrer, así lo hicieron saber á los de Iztapalapa para que se apercibiesen, y les enviaron sobre ocho mil mejicanos de socorro.

Por manera que en tierra firme aguardaron como buenos guerreros, así los mejicanos que fueron en su ayuda como los pueblos de Iztapalapa, y pelearon un buen rato muy valerosamente con nosotros; mas los de á caballo rompieron por ellos, y con las ballestas y escopetas y todos nuestros amigos los tlascaltecas, que se metian en ellos como perros rabiosos, de presto dejaron el campo y se metieron en su pueblo; y esto fué sobre cosa pensada y con un ardid que entre ellos tenian acordado, que fuera harto dañoso para nosotros si de presto no saliéramos de aquel pueblo; y fué desta manera, que hicieron que huyeron, y se metieron en canoas en el agua y en las casas que estaban en el agua, y dellos en unos carrizales, y como ya era noche escura, nos dejan aposentar en tierra firme sin hacer ruido ni muestra de guerra; y con el despojo que habiamos habido é la vitoria estábamos contentos; y estando de aquella manera, puesto que teniamos velas, espías y rondas, y aun corredores del campo en tierra firme, cuando no nos catamos vino tanta agua por todo el pueblo, que si los principales que llevábamos de Tezcuco no dieran voces y nos avisaran que saliésemos presto de las casas, todos quedáramos ahogados; porque soltaron dos acequias de agua y abrieron una calzada, con que de presto se hinchó todo de agua, y los tlascaltecas nuestros amigos, como no son acostumbrados á rios caudalosos ni sabian nadar, quedaron muertos dos dellos; y nosotros, con gran riesgo de nuestras personas, todos bien mojados, y la pólvora perdida, salimos sin hato; y como estábamos de aquella manera y con mucho frio, y aun sin cenar, pasamos mala noche; y lo peor de todo era la burla y grita que nos daban los de Iztapalapa y los mejicanos desde sus casas y canoas.

Pues otra cosa peor nos avino, que como en Méjico sabian el concierto que tenian hecho de nos anegar con haber rompido la calzada y acequias, estaban esperando en tierra y en la laguna muchos batallones de guerreros, y cuando amaneció nos dan tanta guerra, que harto teniamos que nos sustentar contra ellos, no nos desbaratasen, é mataron dos soldados y un caballo, é hirieron otros muchos, así de nuestros soldados como tlascaltecas, y poco á poco aflojaron en la guerra, y nos volvimos á Tezcuco, medio afrentados de la burla y ardid de echarnos el agua, y tambien como no ganamos mucha reputacion en la batalla postrera que nos dieron, porque no habia pólvora; mas todavía quedaron temerosos, y tuvieron bien en que entender en enterrar ó quemar muertos y curar heridos y en reparar sus casas.

Donde lo dejaré, y diré cómo vinieron de paz á Tezcuco otros pueblos, y lo que más se hizo.

CAPÍTULO CXXXIX.

CÓMO VINIERON TRES PUEBLOS COMARCANOS Á TEZCUCO Á DEMANDAR PACES Y PERDON DE LAS GUERRAS PASADAS Y MUERTES DE ESPAÑOLES, Y LOS DESCARGOS QUE DABAN SOBRE ELLO, Y CÓMO FUÉ GONZALO DE SANDOVAL Á CHALCO Y TAMALANCO EN SU SOCORRO CONTRA MEJICANOS Y LO QUE MÁS PASÓ.

Habiendo dos dias que estábamos en Tezcuco de vuelta de la entrada de Iztapalapa, vinieron á Cortés tres pueblos de paz á demandar perdon de las guerras pasadas y de muertes de españoles que mataron, y los descargos que daban era que el señor de Méjico que alzaron despues de la muerte del gran Montezuma, el cual se decia Coadlauaca, que por su mandado salieron á dar guerra con los demás sus vasallos; y que si algunos teules mataron y prendieron y robaron, que el mismo señor les mandó que así lo hiciesen; y los teules, que se los llevaron á Méjico para sacrificar, tambien le llevaron el oro y caballos y ropa; y que ahora, que piden perdon por ello, y que por esta causa que no tienen culpa ninguna por ser mandados y apremiados por fuerza para que lo hiciesen; y los pueblos que digo que en aquella sazon vinieron se decian Tepetezcuco y Obtumba: el nombre del otro pueblo no me acuerdo; mas sé decir que en este de Obtumba fué la nombrada batalla que nos dieron cuando salimos huyendo de Méjico, adonde estuvieron juntos los mayores escuadrones de guerreros que ha habido en toda la Nueva-España contra nosotros, adonde creyeron que no escapáramos con las vidas, segun más largo lo tengo escrito en los capítulos pasados que dello hablan; y como aquellos pueblos se hallaban culpados y habian visto que habiamos ido á lo de Iztapalapa, y no les fué muy bien con nuestra ida, y aunque nos quisieron anegar con el agua y esperaron dos batallas campales con muchos escuadrones mejicanos; en fin, por no se hallar en otras como las pasadas, vinieron á demandar paces ántes que fuésemos á sus pueblos á castigarlos; y Cortés viendo que no estaba en tiempo de hacer otra cosa, les perdonó, puesto que les dió grandes reprensiones sobre ello, y se obligaron con palabras de muchos ofrecimientos de siempre ser contra mejicanos y de ser vasallos de su majestad y de nos servir; y así lo hicieron.

Dejemos de hablar destos pueblos, y digamos cómo vinieron luego en aquella sazon á demandar paces y nuestra amistad los de un pueblo que está en la laguna, que se dice Mezquique, que por otra parte le llamábamos Venenzuela; y estos, segun pareció, jamás estuvieron bien con mejicanos, y los querian mal de corazon; y Cortés y todos nosotros tuvimos en mucho la venida deste pueblo, por estar dentro en la laguna, por tenellos por amigos, y con ellos creiamos que habian de convocar á sus comarcanos que tambien estaban poblados en la laguna, y Cortés se lo agradeció mucho, y con ofrecimientos y palabras blandas los despidió.

Pues estando que estábamos desta manera, vinieron á decir á Cortés cómo venian grandes escuadrones de mejicanos sobre los cuatro pueblos que primero habian venido á nuestra amistad, que se decian Gautinchan y Huaxutlan; de los otros dos pueblos no se me acuerda el nombre; y dijeron á Cortés que no osarian esperar en sus casas, é que se querian ir á los montes, ó venirse á Tezcuco, adonde estábamos; y tantas cosas le dijeron á Cortés para que les fuese á socorrer, que luego apercebió veinte de á caballo y ducientos soldados y trece ballesteros y diez escopeteros, y llevó en su compañía á Pedro de Albarado y á Cristóbal de Olí, que era maese de campo, y fuimos á los pueblos que vinieron á Cortés á dar tantas quejas como dicho tengo, que estarian de Tezcuco obra de dos leguas; y segun pareció, era verdad que los mejicanos los enviaban á amenazar que les habian de destruir y dalles guerra porque habian tomado nuestra amistad; mas sobre lo que más los amenazaban y tenian contiendas, era por unas grandes labores de tierras de maizales que estaban ya para coger, cerca de la laguna, donde los de Tezcuco y aquellos pueblos bastecian nuestro real; y los mejicanos por tomalles el maíz, porque decian que era suyo, y aquella vega de los maizales tenian por costumbre aquellos cuatro pueblos de los sembrar y beneficiar para los papas de los ídolos mejicanos; y sobre esto destos maizales se habian muerto los unos á los otros muchos indios; y como aquello entendió Cortés, despues de les decir que no hubiesen miedo y que se estuviesen en sus casas, les mandó que cuando hubiesen de ir á coger el maíz, así para su mantenimiento como para abastecer nuestro real, que enviaria para ello un capitan con muchos de á caballo y soldados para en guarda de los que fuesen á traer el maíz; y con aquello que Cortés les dijo quedaron muy contentos, y nos volvimos á Tezcuco.

Y dende en adelante, cuando habia necesidad en nuestro real de maíz, apercebiamos á los tamemes de todos aquellos pueblos, é con nuestros amigos los de Tlascala y con diez de á caballo y cien soldados, con algunos ballesteros y escopeteros, íbamos por el maíz; y esto digo porque yo fuí dos veces por ello, y la una tuvimos una buena escaramuza con grandes escuadrones de mejicanos que habian venido en más de mil canoas aguardándonos en los maizales, y como llevábamos amigos, puesto que los mejicanos pelearon muy como varones, los hicimos embarcar en sus canoas, y allí mataron uno de nuestros soldados é hirieron doce; y asimismo hirieron muchos tlascaltecas, y ellos no se fueron alabando, que allí quedaron tendidos quince ó veinte, y otros cinco que llevamos presos.

Dejemos de hablar desto, y digamos cómo otro dia tuvimos nueva como querian venir de paz los de Chalco y Talmalanco y sus sujetos, y por causa de las guarniciones mejicanas que estaban en sus pueblos, no les daban lugar á ello, y les hacian mucho daño en su tierra, y les tomaban las mujeres, y más si eran hermosas, y delante de sus padres ó madres ó maridos tenian acceso con ellas; y asimismo, como estaba en Tlascala cortada la madera y puesta á punto para hacer los bergantines, y se pasaba el tiempo sin la traer á Tezcuco, sentiamos mucha pena dello todos los más soldados; y demás desto, vienen del pueblo de Venenzuela, que se decia Mezquique, y de otros pueblos nuestros amigos á decir á Cortés que los mejicanos les daban guerra porque han tomado nuestra amistad; y tambien nuestros amigos los tlascaltecas, como tenian ya junta cierta ropilla y sal, y otras cosas de despojos é oro, y querian algunos dellos volverse á su tierra, no osaban, por no tener camino seguro.

Pues viendo Cortés que para socorrer á unos pueblos de los que le demandaban socorro, é ir á ayudar á los de Chalco para que viniesen á nuestra amistad, no podia dar recaudo á unos ni á otros, porque allí en Tezcuco habia menester estar siempre la barba sobre el hombro y muy alerta, lo que acordó fué, que todo se dejase atrás, y la primera cosa que se hiciese fuese ir á Chalco y Talmalanco, y para ello envió á Gonzalo de Sandoval y á Francisco de Lugo, con quince de á caballo y ducientos soldados, y con escopeteros y ballesteros y nuestros amigos los de Tlascala, é que procurase de romper y deshacer en todas maneras á las guarniciones mejicanas, y que se fuesen de Chalco y Talmalanco, porque estuviese el camino de Tlascala muy desembarazado y pudiesen ir y venir á la Villa-Rica sin tener contradiccion de los guerreros mejicanos.

Y luego como esto fué concertado, muy secretamente con indios de Tezcuco se lo hizo saber á los de Chalco para que estuviesen muy apercebidos, para dar de dia y de noche en las guarniciones de mejicanos; y los de Chalco, que no esperaban otra cosa, se apercibieron muy bien; y como el Gonzalo de Sandoval iba con su ejército, parecióle que era bien dejar en la retaguarda cinco de á caballo y otros tantos ballesteros, con todos los más tlascaltecas que iban cargados de los despojos que habian habido; y como los mejicanos siempre tenian puestas velas y espías, y sabian cómo los nuestros iban camino de Chalco, tenian aparejados nuevamente, sin los que estaban en Chalco en guarnicion, muchos escuadrones de guerreros que dieron en la rezaga, donde iban los tlascaltecas con su hato, y los trataron mal, que no los pudieron resistir los cinco de á caballos y ballesteros, porque los dos ballesteros quedaron muertos y los demás heridos.

De manera que, aunque el Gonzalo de Sandoval muy presto volvió sobre ellos y los desbarató, y mató siete mejicanos, como estaba la laguna cerca, se le acogieron á las canoas en que habian venido, porque todas aquellas tierras están muy pobladas de los sujetos de Méjico; y cuando los hubo puesto en huida, é vió que los cinco de á caballo que habia dejado con los ballesteros y escopeteros en la retaguardia, eran dos de los ballesteros muertos, y estaban los demás heridos, ellos y sus caballos; y aun con haber visto todo esto, no dejó de decilles á los demás que dejó en su defensa que habian sido para poco en no haber podido resistir á los enemigos y defender sus personas y de nuestros amigos, y estaba muy enojado dellos, porque eran de los nuevamente venidos de Castilla, y les dijo que bien le parecia que no sabian qué cosa era guerra; y luego puso en salvo todos los indios de Tlascala con su ropa, y tambien despachó unas cartas que envió Cortés á la Villa-Rica, en que en ellas envió á decir al capitan que en ella quedó todo lo acaecido acerca de nuestras conquistas y el pensamiento que tenia de poner cerco á Méjico, y que siempre estuviesen con mucho cuidado velándose; y que si habia algunos soldados que estuviesen en disposicion para tomar armas, que se los enviase á Tlascala, y que de allí no pasasen hasta estar los caminos más seguros, porque corrian riesgo.

Y despachados los mensajeros, y los tlascaltecas puestos en su tierra, volvió Sandoval para Chalco, que era muy cerca de allí, y con gran concierto sus corredores del campo adelante; porque bien entendió que en todos aquellos pueblos y caserías por donde iba, que habia de tener rebato de mejicanos; é yendo por su camino, cerca de Chalco vió venir muchos escuadrones mejicanos contra él, y en un campo llano, puesto que habia grandes labranzas de maizales y magueis, que es de donde sacan el vino que ellos beben, le dieron una buena refriega de vara y flecha, y piedras con hondas, y con lanzas largas para matar á los caballos.

De manera que Sandoval cuando vido tanto guerrero contra sí, esforzando á los suyos, rompió por ellos dos veces, y con las escopetas y ballestas y con pocos amigos que le habian quedado los desbarató; y puesto que le hirieron cinco soldados y seis caballos y muchos amigos, mas tal priesa les dió, y con tanta furia, que le pagaron muy bien el mal que primero le habian hecho; y como lo supieron los de Chalco, que estaban cerca, le salieron á recebir al Sandoval al camino, y le hicieron mucha honra y fiesta; y en aquella derrota se prendieron ocho mejicanos, y los tres personas muy principales.

Pues hecho esto, otro dia dijo el Sandoval que se queria volver á Tezcuco, y los de Chalco le dijeron que querian ir con él para ver y hablar á Malinche, y llevar consigo dos hijos del señor de aquella provincia, que habia pocos dias que era fallecido de viruelas, y que ántes que muriese, que habia encomendado á todos sus principales y viejos que llevasen sus hijos para verse con el capitan, y que por su mano fuesen señores de Chalco; y que todos procurasen de ser sujetos al gran Rey de los teules, porque ciertamente sus antepasados les habian dicho que habian de señorear aquellas tierras hombres que vernian con barbas de hácia donde sale el sol, y que por las cosas que han visto éramos nosotros; y luego se fué el Sandoval con todo su ejército á Tezcuco, y llevó en su compañía los hijos del señor y los demás principales y los ocho prisioneros mejicanos, y cuando Cortés supo su venida se alegró en gran manera; y despues de haber dado cuenta el Sandoval de su viaje y cómo venian aquellos señores de Chalco, se fué á su aposento; y los caciques se fueron luego ante Cortés, y despues de le haber hecho grande acato, le dijeron la voluntad que traian de ser vasallos de su majestad y segun y de la manera que el padre de aquellos dos mancebos se lo habia mandado, y para que por su mano les hiciese señores; y cuando hubieron dicho su razonamiento, le presentaron en joyas ricas obra de ducientos pesos de oro.

Y como el capitan Cortés lo hubo muy bien entendido por nuestras lenguas doña Marina é Jerónimo de Aguilar, les mostró mucho amor y les abrazó, y dió por su mano el señorio de Chalco al hermano mayor, con más de la mitad de los pueblos sus sujetos; y todo lo de Talmalanco y Chimaloacan dió al hermano menor, con Ayocingo y otros pueblos sujetos.

Y despues de haber pasado otras muchas razones de Cortés á los principales viejos y con los caciques nuevamente elegidos, le dijeron que se querian volver á su tierra, y que en todo servirian á su majestad, y á nosotros en su Real nombre, contra mejicanos, é que con aquella voluntad habian estado siempre, é que por causa de las guarniciones mejicanas que habian estado en su provincia no han venido ántes de ahora á dar la obediencia; y tambien dieron nuevas á Cortés que dos españoles que habia enviado á aquella provincia por maíz ántes que nos echasen de Méjico, que porque los culchúas no los matasen, que los pusieron en salvo una noche en Guaxocingo nuestros amigos, y que allí salvaron las vidas, lo cual ya lo sabiamos dias habia, porque el uno dellos era el que se fué á Tlascala, y Cortés se lo agradeció mucho, é les rogó que esperasen allí dos dias, porque habia de enviar un capitan por la madera y tablazon á Tlascala, y los llevaria en su compañía y les pornia en su tierra, porque los mejicanos no les saliesen al camino; y ellos fueron muy contentos y se lo agradecieron mucho.

Y dejemos de hablar en esto, y diré cómo Cortés acordó de enviar á Méjico aquellos ocho prisioneros que prendió Sandoval en aquella derrota de Chalco, á decir al señor que entónces habian alzado por Rey, que se decia Guatemuz, que deseaba mucho que no fuesen causa de su perdicion ni de aquella tan gran ciudad, y que viniesen de paz, y que les perdonaria la muerte y daños que en ella nos hicieron, y que no se les demandaria cosa ninguna; y que las guerras, que á los principios son buenas de comenzar, y que al cabo se destruirian; y que bien sabiamos de las albarradas é pertrechos, almacenes de varas, y flecha, y lanzas, y macanas é piedras rollizas, y todos los géneros de guerra que á la continua están haciendo y aparejando, que para qué es gastar el tiempo en balde en hacello, y que para qué quiere que mueran todos los suyos y la ciudad se destruya; y que mire el gran poder de nuestro Señor Dios, que es en el que creemos y adoramos, que él siempre nos ayuda; é que tambien mire que todos los pueblos sus comarcanos tenemos de nuestro bando, pues los tlascaltecas no desean sino la misma guerra por vengarse de las traiciones y muertes de sus naturales que les han hecho, y que dejen las armas y vengan de paz, y les prometió de hacer siempre mucha honra.

Y les dijo doña Marina é Aguilar otras muchas buenas razones y consejos sobre el caso; y fueron ante el Guatemuz aquellos ocho indios nuestros mensajeros; mas no quiso hacer cuenta dellos el Guatemuz ni enviar respuesta ninguna, sino hacer albarradas y pertrechos, y enviar por todas sus provincias á mandar que si algunos de nosotros tomasen desmandados que se los trujesen á Méjico para sacrificar, y que cuando los enviasen á llamar, que luego viniesen con sus armas; y les envió á quitar y perdonar muchos tributos, y aun á prometer grandes promesas.

Dejemos de hablar en los aderezos de guerra que en Méjico se hacian, y digamos cómo volvieron otra vez muchos indios de los pueblos de Guatinchan ó Guaxutlan descalabrados de los mejicanos porque habian tomado nuestra amistad y por la contienda de los maizales que solian sembrar para los papas mejicanos en el tiempo que les servian, como otras veces he dicho en el capítulo que dello habla; y como estaban cerca de la laguna de Méjico, cada semana les venian á dar guerra, y aun llevaron ciertos indios presos á Méjico; y como aquello vió Cortés, acordó de ir otra vez por su persona y con cien soldados y veinte de á caballo y doce escopeteros y ballesteros; y tuvo buenas espías para cuando sintiesen venir los escuadrones mejicanos, que se lo viniesen á decir; y como estaba de Tezcuco aún no dos leguas, un miércoles por la mañana amaneció adonde estaban los escuadrones mejicanos, y pelearon ellos de manera que presto los rompió, y se metieron en la laguna en sus canoas, y allí se mataron cuatro mejicanos y se prendieron otros tres, y se volvió Cortés con su gente á Tezcuco; y dende en adelante no vinieron más los culchúas sobre aquellos pueblos.

Y dejemos esto, y digamos cómo Cortés envió á Gonzalo de Sandoval á Tlascala por la madera y tablazon de los bergantines, y lo que más en el camino hizo.

CAPÍTULO CXL.

CÓMO FUÉ GONZALO DE SANDOVAL Á TLASCALA POR LA MADERA DE LOS BERGANTINES, Y LO QUE MÁS EN EL CAMINO HIZO EN UN PUEBLO QUE LE PUSIMOS POR NOMBRE EL PUEBLO-MORISCO.

Como siempre estábamos con grande deseo de tener ya los bergantines acabados y vernos ya en el cerco de Méjico, y no pender ningun tiempo en balde, mandó nuestro capitan Cortés que luego fuese Gonzalo de Sandoval por la madera, y que llevase consigo ducientos soldados y veinte escopeteros y ballesteros y quince de á caballo, y buena copia de tlascaltecas y veinte principales de Tezcuco, y llevase en su compañía á los mancebos de Chalco y á los viejos, y los pusiesen en salvo en sus pueblos; é ántes que partiesen hizo amistades entre los tlascaltecas y los de Chalco; porque, como los de Chalco solian ser del bando y confederados de los mejicanos, y cuando iban á la guerra los mejicanos sobre Tlascala llevaban en su compañía á los de la provincia de Chalco para que les ayudasen, por estar en aquella comarca, desde entónces se tenian mala voluntad y se trataban como enemigos; mas como he dicho, Cortés los hizo amigos allí en Tezcuco, de manera que siempre entre ellos hubo gran amistad, y se favorecieron de allí adelante los unos de los otros.

Y tambien mandó Cortés á Gonzalo de Sandoval que cuando tuviesen puestos en su tierra los de Chalco, que fuesen á un pueblo que allí cerca estaba en el camino, que en nuestra lengua le pusimos por nombre el Pueblo-Morisco, que era sujeto á Tezcuco; porque en aquel pueblo habian muerto cuarenta y tantos soldados de los de Narvaez y aun de los nuestros y muchos tlascaltecas, y robado tres cargas de oro cuando nos echaron de Méjico; y los soldados que mataron eran que venian de la Veracruz á Méjico cuando íbamos en el socorro de Pedro de Albarado; y Cortés le encargó al Sandoval que no dejase aquel pueblo sin buen castigo, puesto que más merecian los de Tezcuco, porque ellos fueron los agresores y capitanes de aquel daño, como en aquel tiempo eran muy hermanos en armas con la gran ciudad de Méjico, y porque en aquella sazon no se podia hacer otra cosa, se dejó de castigar en Tezcuco.

Y volvamos á nuestra plática, y es que Gonzalo de Sandoval hizo lo que el capitan le mandó, así en ir á la provincia de Chalco, que poco se rodeaba, y dejar allí á los dos mancebos señores della, y fué al Pueblo-Morisco, y ántes que llegasen los nuestros ya sabian por sus espías cómo iban sobre ellos, y desamparan el pueblo y se van huyendo á los montes, y el Sandoval los siguió, y mató tres ó cuatro porque hubo mancilla dellos; mas hubiéronse mujeres y mozas, é prendió cuatro principales, y el Sandoval los halagó á los cuatro que prendió, y les dijo que cómo habian muerto tantos españoles.

Y dijeron que los de Tezcuco y de Méjico los mataron en una celada que les pusieron en una cuesta por donde no podian pasar sino uno á uno, porque era muy angosto el camino; y que allí cargaron sobre ellos gran copia de mejicanos y de Tezcuco, y que entónces los prendieron y mataron, y que los de Tezcuco los llevaron á su ciudad, y los repartieron con los mejicanos; y esto que les fué mandado, y que no pudieron hacer otra cosa; y que aquello que hicieron, que fué en venganza del señor de Tezcuco, que se decia Cacamatzin, que Cortés tuvo preso y se habia muerto en las puentes.

Hallóse allí en aquel pueblo mucha sangre de los españoles que mataron, por las paredes, que habian rociado con ella á sus ídolos; y tambien se halló dos caras que habian desollado, y adobado los cueros como pellejos de guantes, y las tenian con sus barbas puestas y ofrecidas en unos de sus altares; y asimismo se halló cuatro cueros de caballos curtidos, muy bien aderezados, que tenian sus pelos y con sus herraduras, colgados y ofrecidos á sus ídolos en el su cu mayor; y halláronse muchos vestidos de los españoles que habian muerto, colgados y ofrecidos á los mismos ídolos; y tambien se halló en un mármol de una casa, adonde los tuvieron presos, escrito con carbones: «Aquí estuvo preso el sin ventura de Juan Yuste, con otros muchos que traia en mi compañía.»

Este Juan Yuste era un hidalgo de los de á caballo que allí mataron, y de las personas de calidad que Narvaez habia traido; de todo lo cual el Sandoval y todos sus soldados hubieron mancilla y les pesó; mas ¿qué remedio habia ya que hacer sino usar de piedad con los de aquel pueblo, pues se fueron huyendo y no aguardaron, y llevaron sus mujeres é hijos, y algunas mujeres que se prendian lloraban por sus maridos y padres? Y viendo esto el Sandoval, á cuatro principales que prendió y á todas las mujeres las soltó, y envió á llamar á los del pueblo, los cuales vinieron y le demandaron perdon, y dieron la obediencia á su majestad y prometieron de ser siempre contra mejicanos y servirnos muy bien; y preguntados por el oro que robaron á los tlascaltecas cuando por allí pasaron, dijeron que otros habian tomado las cargas dello, y que los mejicanos y los señores de Tezcuco se lo llevaron, porque dijeron que aquel oro habia sido de Montezuma, y que lo habia tomado de sus templos y se lo dió á Malinche, que lo tenia preso.

Dejemos de hablar desto, y digamos cómo fué Sandoval camino de Tlascala, y junto á la cabecera del pueblo mayor, donde residian los caciques, topó con toda la madera y tablazon de los bergantines, que la traian á cuestas sobre ocho mil indios, y venian otros tantos á la retaguarda dellos con sus armas y penachos, y otros dos mil para remudar las cargas que traian el bastimento; y venian por capitanes de todos los tlascaltecas Chichimecatecle, que ya he dicho otras veces en los capítulos pasados que dello hablan, que era indio muy principal y esforzado; y tambien venian otros dos principales, que se decian Teulepile y Teutical, y otros caciques y principales, y á todos los traia á cargo Martin Lopez, que era el maestro que cortó la madera y dió la cuenta para las tablazones, y venian otros españoles que no me acuerdo sus nombres; y cuando Sandoval los vió venir de aquella manera hubo mucho placer por ver que le habian quitado aquel cuidado, porque creyó que estuviera en Tlascala algunos dias detenido, esperando á salir con toda la madera y tablazon; y así como venian, con el mismo concierto fueron dos dias caminando, hasta que entraron en tierra de mejicanos, y les daban gritos desde las estancias y barrancas, y en partes que no les podian hacer mal ninguno los nuestros con caballos ni escopetas.

Entónces dijo el Martin Lopez, que lo traia todo á cargo, que seria bien que fuesen con otro recaudo que hasta entónces venian, porque los tlascaltecas le habian dicho que temian aquellos caminos no saliesen de repente los grandes poderes de Méjico y les desbaratasen, como iban cargados y embarazados con la madera y bastimentos; y luego mandó Sandoval repartir los de á caballo y ballesteros y escopeteros, que fuesen unos en la delantera y los demás en los lados; y mandó á Chichimecatecle, que iba por capitan delante de todos los tlascaltecas, que se quedase detrás para ir en la retaguarda juntamente con el Gonzalo de Sandoval; de lo cual se afrentó aquel cacique, creyendo que no le tenian por esforzado; y tantas cosas le dijeron sobre aquel caso, que lo hubo por bueno viendo que el Sandoval quedaba juntamente con él, y le dieron á entender que siempre los mejicanos daban en el fardaje, que quedaba atrás; y como lo hubo bien entendido, abrazó al Sandoval y dijo que le hacian honra en aquello.

Dejemos de hablar en esto, y digamos que en otros dos dias de camino llegaron á Tezcuco, y ántes que entrasen en aquella ciudad se pusieron muy buenas mantas y penachos, y con atambores y cornetas, puestos en ordenanza, caminaron, y no quebraron el hilo en más de medio dia que iban entrando y dando voces y silbos y diciendo:

—«Viva, viva el Emperador, nuestro señor, y Castilla, Castilla, y Tlascala, Tlascala.»

Y llegaron á Tezcuco y Cortés y ciertos capitanes les salieron á recebir, con grandes ofrecimientos que Cortés hizo á Chichimecatecle y á todos los capitanes que traia; é las piezas de maderos y tablazones y todo lo demás perteneciente á los bergantines se puso cerca de las zanjas y esteros donde se habian de labrar; y desde allí adelante tanta priesa se daban en hacer trece bergantines el Martin Lopez, que fué el maestro de los hacer, con otros españoles que le ayudaban, que se decian Andrés Nuñez y un viejo que se decia Ramirez, que estaba cojo de una herida, y un Diego Hernandez, aserrador, y ciertos carpinteros, y dos herreros con sus fraguas, y un Hernando de Aguilar, que les ayudaba á machacar; todos se dieron gran priesa hasta que los bergantines estuvieron armados y no faltó sino calafeteallos y ponellos los mástiles y jarcias y velas.

Pues ya hecho esto, quiero decir el gran recaudo que teniamos en nuestro real de espías y escuchas y guarda para los bergantines, porque estaban junto á la laguna, y los mejicanos procuraron tres veces de les poner fuego, y aun prendimos quince indios de los que lo venian á poner, de quien se supo muy largamente todo lo que en Méjico hacian y concertaba Guatemuz; y era, que por via ninguna habian de hacer paces, sino morir todos peleando ó quitarnos á todos las vidas.

Quiero tornar á decir los llamamientos y mensajeros en todos los pueblos sujetos á Méjico, y cómo les perdonaba el tributo y el trabajar, que de dia y de noche trabajaban de hacer casas y ahondar los pasos de las puentes y hacer albarradas muy fuertes, y poner á punto sus varas y tiraderas, y hacer unas lanzas muy largas para matar los caballos, engastadas en ellas de las espadas que nos tomaron la noche del desbarate, y poner á punto sus hondas con piedras rollizas, y espadas de á dos manos, y otras mayores que espadas, como macanas, y todo género de guerra.

Dejemos esta materia, y volvamos á decir de nuestra zanja y acequia, por donde habian de salir los bergantines á la gran laguna, que estaba ya muy ancha y honda, que podian nadar por ella navíos de razonable porte; porque, como otras veces he dicho, siempre andaban en la obra ocho mil indios trabajadores.

Dejemos esto, y digamos cómo nuestro Cortés fué á una entrada de Saltocan.

CAPÍTULO CXLI.

CÓMO NUESTRO CAPITAN CORTÉS FUÉ Á UNA ENTRADA AL PUEBLO DE SALTOCAN, QUE ESTÁ DE LA CIUDAD DE MÉJICO OBRA DE SEIS LEGUAS, PUESTO Y POBLADO EN LA LAGUNA, Y DENDE ALLÍ Á OTROS PUEBLOS, Y LO QUE EN EL CAMINO PASÓ DIRÉ ADELANTE.

Cómo habian venido allí á Tezcuco sobre quince mil tlascaltecas con la madera de los bergantines, y habia cinco dias que estaban en aquella ciudad sin hacer cosa que de contar sea, y no tenian mantenimientos, ántes les faltaban; y como el capitan de los tlascaltecas era muy esforzado y orgulloso, que ya he dicho otras veces que se decia Chichimecatecle, dijo á Cortés que queria ir á hacer algun servicio á nuestro gran Emperador y batallar contra mejicanos, ansí por mostrar sus fuerzas y buena voluntad para con nosotros, como para vengarse de las muertes y robos que habian hecho á sus hermanos y vasallos, ansí en Méjico como en sus tierras; y que le pedia por merced que ordenase y mandase á qué parte podrian ir que fuesen nuestros enemigos.

Y Cortés les dijo que les tenia en mucho su buen deseo, y que otro dia queria ir á un pueblo que se dice Saltocan, que está de aquella ciudad cinco leguas, mas que están fundadas las casas en el agua de la laguna, é que habia entrada para él por tierra; el cual pueblo habia enviado á llamar de paz dias habia tres veces, y no quiso venir, y que les tornó á enviar mensajeros nuevamente con los de Tepetezcuco y de Obtumba, que eran sus vecinos, y que en lugar de venir de paz, no quisieron, ántes trataron mal á los mensajeros y descalabraron dello, y la respuesta que dieron fué, que si allá íbamos, que no tenian ménos fuerza y fortaleza; que fuesen cuando quisiesen, que en el campo les hallariamos; é que habian tenido aquella respuesta de sus ídolos que allí nos matarian, y que les aconsejaron los ídolos que esta respuesta diesen.

Y á esta causa Cortés se apercebió para ir él en persona á aquella entrada, y mandó á ducientos y cincuenta soldados que fuesen en su compañía, y treinta de á caballo, y llevó consigo á Pedro de Albarado y á Cristóbal de Olí y muchos ballesteros y escopeteros, y á todos los tlascaltecas, y una capitanía de hombres de guerra de Tezcuco, y los más dellos principales; y dejó en guarda de Tezcuco, á Gonzalo de Sandoval, para que mirase mucho por los bergantines y real, no diesen una noche en él; porque ya he dicho que siempre habiamos de estar la barba sobre el hombro, lo uno por estar tan á la raya de Méjico, y lo otro por estar en tan gran ciudad como era Tezcuco, y todos los vecinos de aquella ciudad eran parientes y amigos de mejicanos; y mandó al Sandoval y á Martin Lopez, maestro de hacer los bergantines, que dentro de quince dias los tuviesen muy á punto para echar al agua y navegar en ellos, y se partió de Tezcuco para hacer aquella entrada.

Despues de haber oido Misa salió con su ejército, é yendo su camino, no muy léjos de Saltocan encontró con unos grandes escuadrones de mejicanos, que le estaban aguardando en parte que creyeron aprovecharse de nuestros españoles y matar los caballos; mas Cortés marchó con los de á caballo, y él juntamente con ellos; y despues de haber disparado las escopetas y ballestas, rompieron por ellos y mataron algunos de los mejicanos, porque luego se acogieron á los montes y á partes que los de á caballo no los pudieron seguir; mas nuestros amigos los tlascaltecas prendieron y mataron obra de treinta.

Y aquella noche fué Cortés á dormir á unas caserías, y estuvo muy sobre aviso con sus corredores de campo y velas y rondas y espías, porque estaba entre grandes poblaciones; y supo que Guatemuz, señor de Méjico, habia enviado muchos escuadrones de gente de guerra á Saltocan para les ayudar, los cuales fueron en canoas por unos hondos esteros; y otro dia de mañana junto al pueblo comenzaron los mejicanos y los de Saltocan á pelear con los nuestros, y tirábanles mucha vara y flecha, y piedra con hondas desde las acequias donde estaban, é hirieron á diez de nuestros soldados y muchos de los amigos tlascaltecas, y ningun mal les podian hacer los de á caballo, porque no podian correr ni pasar los esteros, que estaban todos llenos de agua, y el camino y calzada que solian tener, por donde entraban por tierra en el pueblo, de pocos dias le habian deshecho y le abrieron á mano, y la ahondaron de manera que estaba hecho acequia y lleno de agua, y por esta causa los nuestros no podian en ninguna manera entralles en el pueblo ni hacer daño ninguno; y puesto que los escopeteros y ballesteros tiraban á los que andaban en canoas, traíanlas tan bien armadas de talabardones de madera, é demás de los talabardones, guardábanse bien.

Y nuestros soldados, viendo que no aprovechaba cosa ninguna y no podian atinar el camino y calzada que de ántes tenian en el pueblo, porque todo lo hallaban lleno de agua, renegaban del pueblo y aun de la venida sin provecho, y aun medio corridos de cómo los mejicanos y los del pueblo les daban grande grita y les llamaban de mujeres, é que Malinche era otra mujer, y que no era esforzado sino para engañarlos con palabras y mentiras; y en este instante dos indios de los que allí venian con los nuestros, que eran de Tepetezcuco, que estaban muy mal con los de Saltocan, dijeron á un nuestro soldado, que habia tres dias que vinieron, cómo abrian la calzada y la lavaron y la hicieron zanja, y echaron de otra acequia el agua por ella, y que no muy léjos adelante está por abrir é iba camino al pueblo.

Y cuando nuestros soldados lo hubieron entendido, y por donde los indios les señalaron, se ponen en gran concierto los ballesteros y escopeteros, unos armando y otros soltando, y esto poco á poco, y no todos á la par, y el agua á vuelapié, y á otras partes á más de la cinta, pasan todos nuestros soldados, y muchos amigos siguiéndolos, y Cortés con los de á caballo aguardándolos en tierra firme, haciéndoles espaldas, porque temió no viniesen otra vez los escuadrones de Méjico y diesen en la rezaga; y cuando pasaban las acequias los nuestros, como dicho tengo, los contrarios daban en ellos como á terrero, y hirieron muchos; mas, como iban deseosos de llegar á la calzada que estaba por abrir, todavía pasan adelante, hasta que dieron en ella por tierra sin agua, y vanse al pueblo.

Y en fin de más razones, tal mano les dieron, que les mataron muchos mejicanos, y lo pagaron muy bien, é la burla que dellos hacian; donde hubieron mucha ropa de algodon y oro y otros despojos; y como estaban poblados en la laguna, de presto se meten los mejicanos y los naturales del pueblo en sus canoas con todo el hato que pudieron llevar, y se van á Méjico; y los nuestros, de que los vieron despoblados, quemaron algunas casas, y no osaron dormir en él por estar en el agua, y se vinieron donde estaba el capitan Cortés aguardándolos; y allí en aquel pueblo se hubieron muy buenas indias, y los tlascaltecas salieron ricos con mantas, sal y oro y otros despojos, y luego se fueron á dormir á unas caserías que serian una legua de Saltocan, y allí se curaron, y un soldado murió dende á pocos dias de un flechazo que le dieron por la garganta; y luego se pusieron velas y corredores del campo, y hubo buen recaudo, porque todas aquellas tierras estaban muy pobladas de culchúas.

Y otro dia fueron camino de un gran pueblo que se dice Coluatilan, é yendo por el camino, los de aquellas poblaciones y otros muchos mejicanos que con ellos se juntaban, les daban muy grande grita y voces, diciéndoles vituperios, y era en parte que no podian correr los caballos ni se les podia hacer ningun daño, porque estaban entre acequias; y desta manera llegaron á aquella poblacion, y estaba despoblado de aquel mismo dia y alzado el hato, y en aquella noche durmieron allí con grandes velas y rondas; y otro dia fueron camino de un gran pueblo que se dice Tenayuca, y este pueblo soliamos llamar la primera vez que entramos en Méjico el pueblo de las Sierpes, porque en el adoratorio mayor que tenian hallamos dos grandes bultos de sierpes de malas figuras, que eran sus ídolos en quien adoraban.

Dejemos esto, y digamos del camino, y es que este pueblo hallaron despoblado como el pasado, que todos los indios naturales dellos se habian juntado en otro pueblo que estaba más adelante; y desde allí fué á otro pueblo que se dice Escapuzalco, que seria del uno al otro una legua, y asimismo estaba despoblado.

Este Escapuzalco era donde labraban el oro é plata al gran Montezuma, y soliamos llamar el pueblo de los Plateros; y desde aquel pueblo fué á otro, que ya he dicho que se dice Tacuba, que es obra de media legua el uno del otro. En este pueblo fué donde reparamos la triste noche cuando salimos de Méjico desbaratados, y en él nos mataron ciertos soldados, segun dicho tengo en el capítulo pasado que dello habla.

Y tornemos á nuestra plática: que ántes que nuestro ejército llegase al pueblo, estaban en campo aguardando á Cortés muchos escuadrones de todos aquellos pueblos por donde habia pasado, y los de Tacuba y de mejicanos, porque Méjico está muy cerca dél, y todos juntos comenzaron á dar en los nuestros, de manera que tuvo harto nuestro capitan de romper en ellos con los de á caballo; y andaban tan juntos los unos con los otros, que nuestros soldados á buenas cuchilladas los hicieron retraer; y como era noche, durmieron en el pueblo con buenas velas y escuchas, y otro dia de mañana, si muchos mejicanos habian estado juntos, muchos más se juntaron aquel dia, y con gran concierto venian á darnos guerra, de tal manera que herian algunos soldados; mas todavía los nuestros los hicieron retraer en sus casas y fortaleza, de manera que tuvieron tiempo de les entrar en Tacuba y quemalles muchas casas y metelles á sacomano.

Y como aquello supieron en Méjico, ordenaron de salir muchos más escuadrones de su ciudad á pelear con Cortés, y concertaron que cuando peleasen con él, que hiciesen que volvian huyendo hácia Méjico, y que poco á poco metiesen á nuestro ejército en su calzada, y que cuando los tuviesen dentro, haciendo como que se retraian de miedo; é ansí como lo concertaron lo hicieron, y Cortés, creyendo que llevaba vitoria, los mandó seguir hasta una puente; y cuando los mejicanos sintieron que tenian ya metido á Cortés en el garlito pasada la puente, vuelve sobre él tanta multitud de indios, que unos por tierra, otros con canoas y otros en las azuteas, le dan tal mano, que le ponen en tan gran aprieto, que estuvo la cosa de arte, que creyó ser perdido é desbaratado; porque á una puente donde habia llegado cargaron tan de golpe sobre él, que ni poco ni mucho se podia valer; é un alférez que llevaba una bandera, por sostener el gran ímpetu de los contrarios le hirieron muy malamente y cayó con su bandera desde la puente abajo en el agua, y estuvo en ventura de no se ahogar, y aun le tenian ya asido los mejicanos para le meter en unas canoas, y él fué tan esforzado, que se escapó con su bandera; y en aquella refriega mataron cinco soldados, é hirieron muchos de los nuestros.

Y Cortés, viendo el gran atrevimiento y mala consideracion que habia hecho en haber entrado en la calzada de la manera que he dicho, y sintió cómo los mejicanos le habian cebado, luego mandó que todos se retrajesen; y con el mejor concierto que pudo, y no vueltas las espaldas, sino los rostros á los contrarios, pié contra pié, como quien hace represas, y los ballesteros y escopeteros unos armando y otros tirando, y los de á caballo haciendo algunas arremetidas, mas eran muy pocas, porque luego les herian los caballos; y desta manera se escapó Cortés aquella vez del poder de Méjico, y cuando se vió en tierra firme dió muchas gracias á Dios.

Allí en aquella calzada y puente fué donde un Pedro de Ircio, muchas veces por mí nombrado, dijo al alférez que cayó con la bandera en la laguna, que se decia Juan Volante, por le afrentar (que no estaba bien con él por amores de una mujer) ciertas palabras pesadas, y no tuvo razon de decir aquellas palabras porque el alférez era un hidalgo y hombre muy esforzado, y como tal se mostró aquella vez y otras muchas; y al Pedro de Ircio no le fué muy bien de su mala voluntad que tenia contra Juan Volante, el tiempo andando.

Dejemos á Pedro de Ircio, y digamos que en cinco dias que allí en lo de Tacuba estuvo Cortés tuvo batalla y reencuentros con los mejicanos y sus aliados; y desde allí dió la vuelta para Tezcuco, y por el camino que habia venido se volvió, y le daban grita los mejicanos, creyendo que volvia huyendo, y aun sospecharon lo cierto, que con gran temor volvió; y les esperaban en partes que querian ganar honra con él y matalle los caballos, y le echaban celadas; y como aquello vió, les echó una en que les mató é hirió muchos de los contrarios, é á Cortés entónces le mataron dos caballos é un soldado, y con esto no le siguieron más, é á buenas jornadas llegó á un pueblo sujeto á Tezcuco, que se dice Aculman, que estará de Tezcuco dos leguas y media.

Y como lo supimos cómo habia allí llegado, salimos con Gonzalo de Sandoval á le ver y recebir, acompañados de muchos caballos y soldados y de los caciques de Tezcuco, especial de D. Hernando, principal de aquella ciudad; y en las vistas nos alegramos mucho, porque habia más de quince dias que no habiamos sabido de Cortés ni de cosa que le hubiese acaecido; y despues de le haber dado el bien venido y haberle hablado algunas cosas que convenian sobre lo militar, nos volvimos á Tezcuco aquella tarde, porque no osábamos dejar el real sin buen recado; y nuestro Cortés se quedó en aquel pueblo hasta otro dia, que llegó á Tezcuco; y los tlascaltecas, como ya estaban ricos y venian cargados de despojos, demandaron licencia para irse á su tierra, y Cortés se la dió; y fueron por parte que los mejicanos no tuvieron espías sobre ellos, y salvaron sus haciendas.

Y á cabo de cuatro dias que nuestro capitan reposaba y estaba dando priesa en hacer los bergantines, vinieron unos pueblos de la costa del Norte á demandar paces y darse por vasallos de su majestad, los cuales pueblos se llaman Tucapan y Mascalcingo é Naultran, y otros pueblezuelos de aquellas comarcas, y trajeron un presente de oro y ropa de algodon; y cuando llegaron delante de Cortés, con gran acato, despues de haber dado su presente, dijeron que le pedian por merced que les admitiese á su amistad, y que querian ser vasallos del Rey de Castilla, y dijeron que cuando los mejicanos mataron sus teules en lo de Almería, y era capitan dellos Quete Alpopoca, que ya habiamos quemado por justicia, que todos aquellos pueblos que allí venian fueron en ayudar á los teules; y despues que Cortés les hubo oido, puesto que entendia que habian sido con los mejicanos en la muerte de Juan de Escalante y los seis soldados que le mataron en lo de Almería, segun he dicho en el capítulo que dello habla, les mostró mucha voluntad y recibió el presente, y por vasallos del Emperador nuestro señor, y no les demandó cuenta sobre lo acaecido ni se lo trajo á la memoria, porque no estaba en tiempo de hacer otra cosa; y con buenas palabras y ofrecimientos los despachó.

Y en este instante vinieron á Cortés otros pueblos de los que se habian dado por nuestros amigos á demandar favor contra mejicanos, y decian que les fuésemos á ayudar, porque venian contra ellos grandes escuadrones, y les habian entrado en su tierra y llevado presos muchos de sus indios, y á otros habian descalabrado.

Y tambien en aquella sazon vinieron los de Chalco y Talmanalco, y dijeron que si luego no les socorrian que serian perdidos, porque estaban sobre ellos muchas guarniciones de sus enemigos; y tantas lástimas decian, que traian en un paño de manta de nequen pintado al natural los escuadrones que sobre ellos venian, que Cortés no sabia qué se decir ni qué respondelles, ni dar remedio á los unos ni á los otros; porque habia visto que estábamos muchos de nuestros soldados heridos y dolientes, y se habian muerto ocho de dolor de costado y de echar sangre cuajada, revuelta con lodo, por la boca y narices; y era del quebrantamiento de las armas que siempre traiamos á cuestas, é de que á la continua íbamos á las entradas, y de polvo que en ellas tragábamos; y demás desto, viendo que se habian muerto tres ó cuatro soldados de heridas, que nunca parábamos de ir á entrar, unos venidos y otros vueltos.

La respuesta que les dió á los primeros pueblos fué que les halagó y dijo que iria presto á les ayudar, y que entre tanto que iba, que se ayudasen de otros pueblos sus vecinos, y que esperasen en campo á los mejicanos, y que todos juntos les diesen guerra, é que si los mejicanos viesen que les mostraban cara y ponian fuerzas contra ellos, que temerian, é que ya no tenian tantos poderes los mejicanos para les dar guerra como solian, porque tenian muchos contrarios; y tantas palabras les dijo con nuestras lenguas, é les esforzó, que reposaron algo sus corazones, y no tanto, que luego demandaron cartas para dos pueblos sus comarcanos, nuestros amigos, para que les fuesen á ayudar.

Las cartas en aquel tiempo no las entendian; más bien sabian que entre nosotros se tenia por cosa cierta que cuando se enviaban eran como mandamientos ó señales que les mandaban algunas cosas de calidad; é con ellas se fueron muy contentos, y las mostraron á sus amigos y los llamaron; y como nuestro Cortés se lo mandó, aguardaron en el campo á los mejicanos y tuvieron con ellos una batalla, y con ayuda de nuestros amigos sus vecinos, á quien dieron la carta, no les fué mal en la pelea.

Volvamos á los de Chalco: que viendo nuestro Cortés que era cosa muy importante para nosotros que aquella provincia estuviese desembarazada de gentes de Culchúa, porque, como he dicho otra vez, por allí habian de ir é venir á la villa rica de la Veracruz é á Tlascala, y habiamos de mantener nuestro real, porque es tierra de mucho maíz, luego mandó á Gonzalo de Sandoval, que era alguacil mayor, que se aparejase para otro dia de mañana ir á Chalco, y le mandó dar veinte á caballo y ducientos soldados, y doce ballesteros y diez escopeteros, y los tlascaltecas que habia en nuestro real, que eran muy pocos, porque, como dicho habemos en este capítulo, todos los más se habian ido á su tierra cargados de despojos, y tambien llevó una capitanía de los de Tezcuco, y en su compañía al capitan Luis Marin, que era su muy íntimo amigo; y quedamos en guarda de aquella ciudad y bergantines Cortés é Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí con los demás soldados.

Y ántes que Gonzalo de Sandoval vaya para Chalco, como está acordado, quiero aquí decir cómo, estando escribiendo en esta relacion todo lo acaecido á Cortés, de Saltocan, acaso estaban presentes dos hidalgos muy curiosos que habian leido la Historia de Gómora, y me dijeron que tres cosas se me olvidaban de escribir, que tenia escrito el coronista Gómora de la misma entrada que hizo Cortés; y la una era que dió Cortés vista á Méjico con trece bergantines, y peleó muy bien con el gran poder de Guatemuz, con sus grandes canoas y piraguas en la laguna; la otra era que cuando Cortés entró en la Calzada de Méjico que tuvo pláticas con los señores caciques mejicanos, y les dijo que les quitaria el bastimento y se moririan de hambre; y la otra fué que Cortés no quiso decir á los de Tezcuco que habia de ir á Saltocan, porque no le diesen aviso.

Yo respondí á los mismos hidalgos que me lo dijeron, que en aquella sazon los bergantines no estaban acabados de hacer, é que ¿cómo podia llevar por tierra bergantines ni por la laguna los caballos ni tanta gente? Que es cosa de reir ver lo que escribe; y que cuando entró en la calzada de Tacuba, como dicho habemos, que harto tuvo Cortés en escapar él y su ejército, que estuvo medio desbaratado; y en aquella sazon no habiamos puesto cerco á Méjico, para vedalles los mantenimientos, ni tenian hambre, y eran señores de todos sus vasallos; y lo que pasó muchos dias adelante, cuando los teniamos en grande aprieto, pone ahora el Gómora; y en lo que dice que se apartó Cortés por otro camino para ir á Saltocan, no lo supiesen los de Tezcuco, digo que por fuerza fueron por sus pueblos y tierras de Tezcuco, porque por allí era el camino, y no otro; y en lo que escribe va muy errado, y á lo que yo he sentido, no tiene él la culpa, sino el que le informó, que por sublimar á quien á él se le antojó, ensalzó sus cosas, y porque no se declarasen nuestros heróicos hechos le daban aquellas relaciones; y esta es la verdadera; y como lo hubieron bien entendido los mismos que me lo dijeron, y vieron claro lo que les dije ser ansí, se convencieron.

Y dejemos esta plática, y tornemos al capitan Gonzalo de Sandoval, que partió de Tezcuco despues de haber oido Misa, y fué á amanecer cerca de Chalco; y lo que pasó diré adelante.

CAPÍTULO CXLII.

CÓMO EL CAPITAN GONZALO DE SANDOVAL FUÉ Á CHALCO É Á TALMANALCO CON TODO SU EJÉRCITO; Y LO QUE EN AQUELLA JORNADA PASÓ DIRÉ ADELANTE.

Ya he dicho en el capítulo pasado cómo los pueblos de Chalco y Talmanalco vinieron á decir á Cortés que les enviase socorro, porque estaban grandes guarniciones juntas para les venir á dar guerra; é tantas lástimas le dijeron, que mandó á Gonzalo de Sandoval que fuese allá con ducientos soldados y veinte de á caballo, é diez ó doce ballesteros y otros tantos escopeteros, y nuestros amigos los de Tlascala y otra capitanía de los de Tezcuco, y llevó al capitan Luis Marin por compañero, porque era su muy grande amigo; y despues de haber oido Misa en 12 dias del mes de Marzo de 1521 años, fué á dormir á unas estancias del mismo Chalco, y otro dia llegó por la mañana á Talmanalco, y los caciques y capitanes le hicieron buen recebimiento y le dieron de comer, y le dijeron que luego fuese hácia un gran pueblo que se dice Guaztepeque, porque hallaria juntos todos los poderes de Méjico en el mismo Guaztepeque ó en el camino ántes de llegar á él, é que todos los de aquella provincia de Chalco irian con él; y al Gonzalo de Sandoval parecióle que seria muy bien ir muy á punto; y puesto en concierto, fué á dormir á otro pueblo sujeto del mismo Chalco, Chimalacan, porque los espías que los de Chalco tenian puestas sobre los culchúas vinieron á avisar cómo estaban en el campo no muy léjos de allí la gente de guerra sus enemigos, é que habia algunas quebradas é arcabuezos, adonde esperaban.

Y como el Sandoval era muy avisado y de buen consejo, puso los escopeteros y ballesteros por delante, y los de á caballo mandó que de tres en tres se hermanasen, y cuando hubiesen gastado los ballesteros y escopeteros algunos tiros, que todos juntos los de á caballo rompiesen por ellos á media rienda y las lanzas terciadas, y que no curasen alancear, sino por los rostros, hasta ponerlos en huida, y que no se deshermanasen; y mandó á los soldados de á pié que siempre estuviesen hechos un cuerpo, y no se metiesen entre los contrarios hasta que se lo mandase; porque, como le decian que eran muchos los enemigos (y ansí fué verdad), y estaban entre aquellos malos pasos, y no sabian si tenian hoyos hechos ó algunas albarradas, queria tener sus soldados enteros, no le viniese algun desman; é yendo por su camino, vió venir por tres partes repartidos los escuadrones de mejicanos dando gritos y tañendo trompetillas y atabales, con todo género de armas, segun lo suelen traer, y se vinieron como leones bravos á encontrar con los nuestros; y cuando el Sandoval los vió tan denodados, no guardó á la órden que habia dado, y dijo á los de á caballo que ántes que se juntasen con los nuestros que luego rompiesen, y el Sandoval delante animando á los suyos dijo:

—«Santiago, y á ellos.»

Y de aquel tropel fueron algunos de los escuadrones mejicanos medio desbaratados, mas no del todo, que se juntaron todos é hicieron rostro, porque se ayudaban con los malos pasos é quebradas, porque los de á caballo, por ser los pasos muy agros, no podian correr, y se estuvieron sin ir tras ellos; á esta causa les tornó á mandar Sandoval á todos los soldados que con buen concierto les entrasen, los ballesteros y escopeteros delante, y los rodeleros que les fuesen á los lados, y cuando viesen que les iban hiriendo y haciendo mala obra, y oyesen un tiro desta otra parte de la barranca, que seria señal que todos los de á caballo á una arremetiesen á les echar de aquel sitio, creyendo que les meterian en tierra llana que habia allí cerca; y apercebió á los amigos que ellos ansimismo acudiesen con los españoles, y ansí se hizo como lo mandó; y en aquel tropel recibieron los nuestros muchas heridas, porque eran muchos los contrarios que sobre ellos cargaron; y en fin de más pláticas, les hicieron ir retrayendo, mas fué hácia otros malos pasos; y Sandoval con los de á caballo los fué siguiendo, y no alcanzó sino tres ó cuatro; y uno de los nuestros de á caballo que iba en el alcance, que se decia Gonzalo Dominguez, como era mal camino, rodó el caballo y tomóle debajo, y dende á pocos dias murió de aquella mala caida.

He traido esto aquí á la memoria deste soldado, porque este Gonzalo Dominguez era uno de los mejores jinetes y esforzado que Cortés habia traido en nuestra compañía; y teníamosle en tanto en las guerras, por su esfuerzo, como al Cristóbal de Olí y á Gonzalo de Sandoval; por la cual muerte hubo mucho sentimiento entre todos nosotros.

Volvamos á Sandoval y á todo su ejército, que los fué siguiendo hasta cerca del pueblo que se dice Guaztepeque, y ántes de llegar á él le salen al encuentro sobre quince mil mejicanos, y le comenzaban á cercar y le hirieron muchos soldados y cinco caballos; mas como la tierra era en parte llana, con el gran concierto que llevaba rompe los dos escuadrones con los de á caballo, y los demás escuadrones vuelven las espaldas hácia el pueblo para tornar á aguardar á unos mamparos que tenian hechos; mas nuestros soldados y los amigos les siguieron de manera, que no tuvieron tiempo de aguardar, y los de á caballo siempre fueron en el alcance por otras partes, hasta que se encerraron en el mismo pueblo en partes que no se pudieron haber; y creyendo que no volverian más á pelear aquel dia, mandó Sandoval reposar su gente, y se curaron los heridos y comenzaron á comer, que se habia habido mucho despojo; y estando comiendo vinieron dos de á caballo y otros dos soldados que habia puesto ántes que comenzase á comer, los unos para corredores del campo y los otros por espías, y vinieron diciendo:

—«Al arma, al arma; que vienen muchos escuadrones de mejicanos.»

Y como siempre estaban acostumbrados á tener las armas muy á punto, de presto cabalgan y salen á una gran plaza, y en aquel instante vinieron los contrarios, y allí hubo otra buena batalla; y despues que estuvieron buen rato haciendo cara en unos mamparos, desde allí hirieron algunos de los nuestros, y tal priesa les dió el Gonzalo de Sandoval con los de á caballo, y con las escopetas y ballestas y cuchilladas los soldados, que les hicieron huir del pueblo por otras barrancas, y por aquel dia no volvieron más; y cuando el capitan Sandoval se vió libre desta refriega dió muchas gracias á Dios, y se fué á reposar y dormir á una huerta que habia en aquel pueblo, la más hermosa y de mayores edificios y cosa mucho de mirar que se habia visto en la Nueva-España; y tenia tantas cosas, que era muy admirable, y ciertamente era huerta para un gran Príncipe, y aun no se acabó de andar por entónces toda, porque tenia más de un cuarto de legua de largo.

Y dejemos de hablar de la huerta, y digamos que yo no vine en esta entrada, ni en este tiempo que digo anduve esta huerta, sino desde obra de veinte dias que vine con Cortés cuando rodeamos los grandes pueblos de la laguna, como adelante diré; y la causa porque no vine en aquella sazon es porque estaba muy mal herido de un bote de lanza que me dieron en la garganta junto al gaznate, que estuve della á peligro de muerte, de que agora tengo una señal, y diéronmela en lo de Iztapalapa, cuando nos apretaron tanto.

Y como yo no fuí en esta entrada, por eso digo en esta mi relacion: «Fueron y esto hicieron y tal les acaeció;» y no digo: «Hicimos ni hice ni vine ni en ello me hallé;» mas todo lo que escribo acerca dello pasó al pié de la letra; porque luego se sabe en el real de la manera que en las entradas acaece; y ansí, no se puede quitar ni alargar más de lo que pasó.

Y dejaré de hablar de esto, y volveré al capitán Gonzalo de Sandoval, que otro dia de mañana, viendo que no habia más bullicio de guerreros mejicanos, envió á llamar á los caciques de aquel pueblo con cinco indios naturales de los que habian prendido en las batallas pasadas, y los dos dellos eran principales, y les envió á decir que no hubiesen miedo y que vengan de paz, y que lo pasado se lo perdona, y les dijo otras buenas razones, y los mensajeros que fueron á tratar las paces, mas no osaron venir los caciques por miedo de los mejicanos.

Y en aquel mismo dia tambien envió á decir á otro gran pueblo que estaba de Guaztepeque obra de dos leguas, que se dice Acapistla, que mirasen que son buenas las paces, que no querian guerra, y que miren y tengan en la memoria en qué han parado los escuadrones de culchúas que estaban en aquel pueblo de Guaztepeque, sino que todos han sido desbaratados; que vengan de paz, y que los mejicanos que tienen en guarnicion que les echen fuera de su tierra, y que si no lo hacen, que irá allá de guerra y los castigará; y la respuesta fué que vayan cuando quisieren, que bien piensan tener con sus cuerpos y carnes buenas hartazgas, y sus ídolos sacrificios.

Y como aquella respuesta le dieron, y los caciques de Chalco que con Sandoval estaban, que sabian que en aquel pueblo de Acapistla estaban muchos más mejicanos en guarnicion para les ir á Chalco á dar guerra cuando viesen vuelto al Sandoval, á esta causa le rogaron que fuese allá y los echase de allí; y el Sandoval estaba para no ir, lo uno porque estaba herido y tenia muchos soldados y caballos heridos, y lo otro, como habia tenido tres batallas, no se quisiera meter por entónces en hacer más de lo que Cortés le mandaba; y tambien algunos caballeros de los que llevaba en su compañía, que eran de los de Narvaez, le dijeron que se volviese á Tezcuco y que no fuese á Acapistla, porque estaba en gran fortaleza, no le acaeciese algun desman; y el capitan Luis Marin le aconsejó que no dejase de ir á aquella fuerza y hacer lo que pudiese; porque los caciques de Chalco decian que si desde allí se volvian sin deshacer el poder que estaba junto en aquella fortaleza, que ansí como vean ó sepan que Sandoval vuelve á Tezcuco, que luego son sus enemigos en Chalco.

Y como era el camino de un pueblo á otro obra de dos leguas, acordó de ir, y apercibió sus soldados y fué allá; y luego como llegó á vista del pueblo, ántes de llegar á él le salen muchos guerreros, y le comenzaron á tirar vara y flecha y piedra con hondas, y fué tanta como granizo, que le hirieron tres caballos y muchos soldados, sin podelles hacer cosa ni daño ninguno; y hecho esto, luego se suben entre sus riscos y fortalezas, y desde allí les daban voces y gritas y tañian sus caracoles y atabales; y como el Sandoval ansí vió la cosa, acordó de mandar á algunos de á caballo que se apeasen, y á los demás de á caballo que se estuviesen en el campo en lo llano á punto, mirando no viniesen algunos socorros mejicanos á los de Acapistla entre tanto que combatian aquel pueblo; y como vió que los caciques de Chalco y sus capitanes y muchos de sus indios de guerra que allí estaban remolinando y no osaban pelear con los contrarios, adrede para proballos y ver lo que decian, les dijo Sandoval:

—«¿Qué haceis ahí? ¿Por qué no les comenzais á combatir? Y entrá en ese pueblo y fortaleza; que aquí estamos, que os defenderemos.»

Y ellos respondieron que no se atrevian, porque era gran fortaleza, y que por esta causa venia el Sandoval y sus hermanos los teules con ellos, y con su mamparo y esfuerzo venian los de Chalco á les echar de allí.

Por manera que se apercibe el Sandoval de arte que él y todos sus soldados y escopeteros y ballesteros, les comenzaron de entrar y subir; y puesto que recibieron en aquella subida muchas heridas, y al mismo capitan le descalabraron otra vez y le hirieron muchos de los amigos, todavía les entró en el pueblo, donde se les hizo mucho daño; y todos los que más daño les hicieron fueron los indios de Chalco y los demás amigos tlascaltecas, porque nuestros soldados, si no fué hasta rompellos y ponellos en huida, no curaron de dar cuchilladas á ningun indio, porque les parecia crueldad; y en lo que más se empleaban era en buscar una buena india ó hacer algun despojo; y lo que comunmente hacian era reñir á los amigos porque eran tan crueles y por quitalles algunos indios ó indias porque no los matasen.

Dejemos de hablar desto, y digamos que aquellos guerreros mejicanos que allí estaban, por se defender se vinieron por unos riscos abajo cerca del pueblo, y como habia muchos dellos heridos de los que se venian á esconder en aquella quebrada y arroyo, y se desangraban, venia el agua algo turbia de sangre, y no duró aquella turbieza un Ave-María.

É aquí dice el coronista Gómora en su historia que por venir el rio tinto en sangre los nuestros pasaron sed por causa de la sangre.

Á esto digo que habia fuentes de agua clara abajo en el mismo pueblo, que no tenian necesidad de otra agua.

Volvamos á decir que luego que aquello fué hecho se volvió el Sandoval con todo su ejército á Tezcuco, y con buen despojo, en especial con muy buenas piezas de indias.

Digamos ahora cómo el señor de Méjico, que se decia Guatemuz, lo supo, y el desbarate de sus ejércitos, dicen que mostró mucho sentimiento dello, y más de que los de Chalco tenian tanto atrevimiento, siendo sus súbditos y vasallos, de osar tomar armas tres veces contra ellos; y estando tan enojado, acordó que entre tanto que el Sandoval se volvia al real de Tezcuco, de enviar grandes poderes de guerreros, que de presto juntó en la ciudad de Méjico con otros que estaban junto á la laguna, y en más de dos mil canoas grandes, con todo género de armas, salen sobre veinte mil mejicanos, y vienen de repente en la tierra de Chalco por hacelles todo el mal que pudiesen; y fué de tal arte y tan presto, que aun no hubo bien llegado el Sandoval á Tezcuco ni hablado á Cortés, cuando estaban otra vez mensajeros de Chalco en canoas por la laguna demandando favor á Cortés, porque le dijeron que habian venido sobre dos mil canoas, y en ellas veinte mil mejicanos, y que fuesen presto á los socorrer.

Y cuando Cortés lo oyó, y Sandoval, que entónces en aquel instante llegaba á hablalle y á dalle cuenta de lo que habia hecho en la entrada donde venia, el Cortés no le quiso escuchar á Sandoval, de enojo, creyendo que por su culpa ó descuido recebian mala obra nuestros amigos los de Chalco; y luego sin más dilacion ni le oir le mandó volver y que dejase allí en el real todos los heridos que traia, y con los sanos luego fué muy en posta; y destas palabras que Cortés le dijo recebió mucha pena el Sandoval, y porque no le quiso escuchar, y luego partió para Chalco.

Y como llegó con todo su ejército bien cansado de las armas y largo camino, pareció ser que los de Chalco, luego como lo supieron por sus espías que los mejicanos venian tan de repente sobre ellos, y cómo habia tenido Guatemuz aquella cosa concertada que diesen sobre ellos, como dicho tengo, sin más aguardar socorro de nosotros, enviaron á llamar á los de la provincia de Guaxocingo é Tlascala, que estaban cerca, los cuales vinieron aquella noche mesma, muy aparejados con sus armas, y se juntaron con los de Chalco, que serian por todos más de veinte mil dellos, é ya les habian perdido el temor á los mejicanos, y gentilmente los aguardaron en el campo y pelearon como muy varones, puesto que los mejicanos mataron y prendieron hasta quince capitanes y hombres principales, y de otra gente de guerra de no tanta cuenta se prendieron otros muchos; y túvose esta batalla entre los mejicanos por grande deshonra suya, viendo que los de Chalco los vencieron, y en mucho más que si los desbaratáramos nosotros.

Y como llegó Sandoval á Chalco y vió que no tenia qué hacer ni de qué se temer, que ya no volverian otra vez los mejicanos sobre Chalco, da vuelta á Tezcuco y llevó los presos mejicanos, con lo cual se holgó mucho Cortés; y Sandoval mostró grande enojo de nuestro capitan por lo pasado, y no le fué á ver ni hablar, puesto que Cortés le envió á decir que lo habia entendido de otra manera, y que creyó que por descuido del Sandoval no se habia remediado, pues que iba con mucha gente de á caballo y soldados, y sin haber desbaratado los mejicanos se volvia.

Dejemos de hablar desta materia, porque luego tornaron á ser amigos Cortés y el Sandoval, y no sabia Cortés placer que hacer al Sandoval por tenelle contento, que no le hacia.

Dejallo he aquí, y diré cómo acordamos de herrar todas las piezas, esclavas y esclavos que se habian habido, que fueron muchas, y de cómo vino en aquel instante un navío de Castilla, y lo que más pasó.

CAPÍTULO CXLIII.

CÓMO SE HERRARON LOS ESCLAVOS EN TEZCUCO, Y CÓMO VINO NUEVA QUE HABIA VENIDO AL PUERTO DE LA VILLA-RICA UN NAVÍO, Y LOS PASAJEROS QUE EN ÉL VINIERON; Y OTRAS COSAS QUE PASARON DIRÉ ADELANTE.

Como hubo llegado Gonzalo de Sandoval con gran presa de esclavos, y otros muchos que se habian habido en las entradas pasadas, fué acordado que luego se herrasen; y de que se hubo pregonado que se llevasen á herrar á una casa señalada, todos los más soldados llevamos las piezas que habiamos habido, para echar el hierro de su majestad, que era una G, que quiere decir guerra, segun y de la manera que lo teniamos de ántes concertado con Cortés, segun he dicho en el capítulo que dello habla, creyendo que se nos habia de volver despues de pagado el real quinto, que las apreciasen cuánto podia valer cada pieza; y no fué ansí, porque si en lo de Tepeaca se hizo muy malamente, segun otra vez dicho tengo, muy peor se hizo en esto de Tezcuco, que despues que sacaban el real quinto, era otro quinto para Cortés y otras partes para los capitanes; y en la noche ántes cuando las tenian juntas nos desaparecieron las mejores indias.

Pues como Cortés nos habia dicho y prometido que las buenas piezas se habian de vender en el almoneda por lo que valiesen, y las que no fuesen tales por ménos precio, tampoco hubo buen concierto en ello, porque los oficiales del Rey que tenian cargo dellas hacian lo que querian; por manera que si mal se hizo una vez, esta vez peor; y desde allí adelante muchos soldados que tomábamos algunas buenas indias, porque no nos las tomasen, como las pasadas, las escondiamos y no las llevábamos á herrar, y deciamos que se habian huido; y si era privado de Cortés, secretamente la llevaban de noche á herrar y las apreciaban en lo que valian y les echaban el hierro y pagaban el quinto; y otras muchas se quedaban en nuestros aposentos, y deciamos que eran naborías que habian venido de paz de los pueblos comarcanos y de Tlascala.

Tambien quiero decir que como ya habia dos ó tres meses pasados que algunas de las esclavas que estaban en nuestra compañía y en todo el real conocian á los soldados cuál era bueno é cuál malo, y trataba bien á las indias naborías que tenia ó cuál las trataba mal, y tenian fama de caballeros, y de otra manera cuando las vendian en el almoneda, y si las sacaban algunos soldados que las tales indias ó indios no les contentaban ó las habian tratado mal, de presto se les desaparecian que no las vian más, y preguntar por ellas era por demás; y en fin, todo se quedaba por deuda en los libros del Rey, ansí en lo de las almonedas y los quintos; y al dar las partes del oro se consumió, que ningunos ó muy pocos soldados llevaron partes, porque ya lo debian, y aun muchos más pesos de oro que despues cobraron los oficiales del Rey.

Dejemos esto, y digamos cómo en aquella sazon vino un navío de Castilla, en el cual vino por tesorero de su majestad un Julian de Alderete, vecino de Tordesillas, y vino un Orduña el viejo, vecino que fué de la Puebla, que despues de ganado Méjico trajo cuatro ó cinco hijas, que casó muy honradamente; era natural de Tordesillas; y vino un fraile de San Francisco que se decia fray Pedro Melgarejo de Urrea, natural de Sevilla, que trajo unas bulas de señor San Pedro, y con ellas nos componian si algo éramos en cargo en las guerras en que andábamos; por manera que en pocos meses el fraile fué rico y compuesto á Castilla; trajo entónces por comisario y quien tenia cargo de las bulas á Jerónimo Lopez, que despues fué secretario en Méjico; vinieron un Antonio Carvajal, que ahora vive en Méjico, ya muy viejo, capitan que fué de un bergantin; y vino Jerónimo Ruiz de la Mota, yerno que fué, despues de ganado Méjico, del Orduña, que ansimismo fué capitan de un bergantin, natural de Búrgos; y vino un Briones, natural de Salamanca; á este Briones ahorcaron en esta provincia de Guatimala por amotinador de ejércitos, desde á cuatro años que se vino huyendo de lo de Honduras; y vinieron otros muchos que ya no me acuerdo, y tambien vino un Alonso Diaz de la Reguera, vecino que fué de Guatimala, que ahora vive en Valladolid; y trajeron en este navío muchas armas y pólvora, y en fin como navío que venia de Castilla, é vino cargado de muchas cosas, y con él nos alegramos, y de las nuevas que de Castilla trajeron no me acuerdo bien; más paréceme que dijeron que el Obispo de Búrgos ya no tenia mano en el Gobierno, que no estaba su majestad bien con él desque alcanzó á saber de nuestros muy buenos é notables servicios, y como el Obispo escribia á Flandes al contrario de lo que pasaba y en favor de Diego Velazquez, y halló muy claramente su majestad ser verdad todo lo que nuestros procuradores de nuestra parte le fueron á informar, y á esta causa no le oia cosa que dijese.

Dejemos esto, y volvamos á decir que como Cortés vió los bergantines que estaban acabados de hacer, y la gran voluntad que todos los soldados teniamos de estar ya puestos en el cerco de Méjico, y en aquella sazon volvieron los de Chalco á decir que los mejicanos venian sobre ellos, y que les enviasen socorro; y Cortés les envió á decir que él queria ir en persona á sus pueblos y tierras, y no se volver hasta que á todos los contrarios echase de aquellas comarcas; y mandó apercebir trecientos soldados y treinta de á caballo, y todos los más escopeteros y ballesteros que habia, y gente de Tezcuco; y fué en su compañía Pedro de Albarado y Andrés de Tapia y Cristóbal de Olí, y ansimismo fué el tesorero Julian de Alderete, y el fraile fray Pedro Melgarejo, que ya en aquella sazon habia llegado á nuestro real; é yo fuí entónces con el mismo Cortés, porque me mandó que fuese con él; y lo que pasamos en aquella entrada diré adelante.

CAPÍTULO CXLIV.

CÓMO NUESTRO CAPITAN CORTÉS FUÉ Á UNA ENTRADA Y SE RODEÓ LA LAGUNA, Y TODAS LAS CIUDADES Y GRANDES PUEBLOS QUE ALREDEDOR HALLAMOS, Y LO QUE MÁS NOS PASÓ EN AQUELLA ENTRADA.

Como Cortés habia dicho á los de Chalco que les habia de ir á socorrer porque los mejicanos no viniesen y les diesen guerra, porque harto teniamos cada semana de ir y venir á les favorecer, mandó apercebir todos los soldados y ejército, que fueron trecientos soldados y treinta de á caballo, y veinte ballesteros y quince escopeteros, y el tesorero Julian de Alderete y Pedro de Albarado y Andrés de Tapia y Cristóbal de Olí, y fué tambien el fraile fray Pedro Melgarejo, y á mí me mandó que fuese con él, y muchos tlascaltecas y amigos de Tezcuco; y dejó en guarda de Tezcuco y bergantines á Gonzalo de Sandoval con buena copia de soldados y de á caballo.

Y una mañana, despues de haber oido Misa, que fué viérnes 5 dias del mes de Abril de 1521 años, fuimos á dormir á Talmanalco, y allí nos recibieron muy bien; y el otro dia fuimos á Chalco, que estaba muy cerca el uno del otro: allí mandó Cortés llamar á todos los caciques de aquella provincia, y se les hizo un parlamento con nuestras lenguas doña Marina é Jerónimo de Aguilar, en que se les dió á entender cómo agora al presente íbamos á ver si podria traer de paz á algunos de los pueblos que estaban más cerca de la laguna, y tambien para ver la tierra y sitio para poner cerco á la gran ciudad de Méjico, y que por la laguna habian de echar los bergantines, que eran trece, y que les rogaba á todos que para otro dia estuviesen aparejadas todas sus gentes de guerra para ir con nosotros; y cuando lo hubieron entendido, todos á una de muy buena voluntad dijeron que sí lo harian; y otro dia fuimos á dormir á otro pueblo que estaba sujeto al mismo Chalco, que se dice Chimaluacan, y allí vinieron más de veinte mil amigos, ansí de Chalco y de Tezcuco y Guaxocingo, y los tlascaltecas y otros pueblos; y vinieron tantos, que en todas las entradas que yo habia ido, despues que en la Nueva-España entré, nunca vi tanta gente de guerra de nuestros amigos como ahora fueron en nuestra compañía.

Ya he dicho otra vez que iba tanta multitud dellos á causa de los despojos que habian de haber, y lo más cierto, por hartarse de carne humana si hubiese batallas, porque bien sabian que las habia de haber; y son, á manera de decir como cuando en Italia salia un ejército de una á otra parte, y les seguian cuervos y milanos y otras aves de rapiña, que se mantenian de los cuerpos muertos que quedaban en el campo cuando se daba alguna muy sangrienta batalla; ansí he juzgado que nos seguian tantos millares de indios.

Dejemos esta plática, y volvamos á nuestra relacion: que en aquella sazon se tuvo nueva que estaban en un llano cerca de allí aguardando muchos escuadrones y capitanías de mejicanos é sus aliados, todos los de aquellas comarcas, para pelear con nosotros; y Cortés nos apercibió que fuésemos muy alerta y saliésemos de aquel pueblo donde dormimos, que se dice Chimaluacan, despues de haber oido Misa, que fué bien de mañana; y con mucho concierto fuimos caminando entre unos peñascos y por medio de dos sierrezuelas, que en ellas habia fortalezas y mamparos, donde habia muchos indios é indias recogidos é hechos fuertes; y dende su fortaleza nos daban gritos é voces y alaridos, y nosotros no curamos de pelear con ellos, sino callar y caminar y pasar adelante hasta un pueblo grande que estaba despoblado, que se dice Yautepeque, y tambien pasamos de largo; y llegamos á un llano donde habia unas fuentes de muy poca agua, é á una parte estaba un gran peñol con una fuerza muy mala de ganar, segun luego pareció por la obra; y como llegamos en el paraje del peñol, porque vimos que estaba lleno de guerreros, y de lo alto dél nos daban gritos y tiraban piedras é varas y flechas, y hirieron tres soldados de los nuestros, entónces mandó Cortés que reparásemos allí, é dijo:

—«Parece que todos estos mejicanos se ponen en fortalezas y hacen burla de nosotros de que no les acometemos.»

Y esto dijo por los que dejábamos atrás en las sierrezuelas; y luego mandó á unos de á caballo y á ciertos ballesteros que diesen una vuelta á una parte del peñol, y que mirasen si habia otra subida más conveniente de buena entrada para les poder combatir; y fueron, y dijeron que lo mejor de todo era donde estábamos, porque en todo lo demás no habia subida ninguna, que era toda peña tajada, y luego Cortés mandó que les fuésemos entrando y subiendo.

El alférez Cristóbal del Corral delante, y otras banderas, y todos nosotros siguiéndolas, y Cortés con los de á caballo aguardando en lo llano por guarda de otros escuadrones de mejicanos, no viniesen á dar en nuestro fardaje ó en nosotros entre tanto que combatiamos aquella fuerza; y como comenzamos á subir por el peñol arriba, echan los indios guerreros que en él estaban tantas piedras muy grandes y peñascos, que fué cosa espantosa, como se venian despeñando y saltando, cómo no nos mataron á todos; y fué cosa inconsiderada y no de cuerdo capitan mandarnos subir; y luego á mis piés murió un soldado que se decia Fulano Martinez, valenciano, que habia sido maestresala de un señor de salva en Castilla, y este llevaba una celada, y no dijo ni habló palabra; y todavía subiamos, y como venian las galgas rodando y despeñándose y dando saltos (que ansí llamábamos á las grandes piedras que venian despeñadas), luego mataron á otros dos soldados, que se decian Gaspar Sanchez, sobrino del tesorero de Cuba, y á un Fulano Bravo; y todavía subiamos, y luego mataron á otro soldado muy esforzado que se decia Alonso Rodriguez, y á otros dos descalabrados, y en las piernas golpes todos los más de nosotros, y todavía porfiar é ir adelante; é yo, como en aquel tiempo era suelto, no dejaba de seguir al alférez Corral; é íbamos debajo de unas como socarreñas é concavidades que se hacian en el peñol de trecho á trecho, á ventura de si me encontraban algunos peñascos entre tanto que subia de socarreña á socarreña, que fué muy gran ventura; estaba el alférez Cristóbal del Corral mamparándose detrás de unos árboles gruesos que tenian muchas espinas, que nacen en aquellas concavidades, y estaba descalabrado y el rostro todo lleno de sangre é la bandera rota, y me dijo:

—«Oh señor Bernal Diaz del Castillo, que no es cosa el pasar más adelante, y mirá no os cojan algunas lanchas ó galgas; estése al reparo de esa concavidad;» porque ya no nos podiamos tener aun con las manos, cuanto más podelles subir.

En este tiempo vi que de la misma manera que Corral é yo habiamos subido de socarreña en socarreña venia Pedro Barba, que era capitan de ballesteros, con otros dos soldados; é yo le dije desde arriba:

—«Oh señor capitan, no suba más adelante, que no se podrá tener con piés y manos, no vuelva rodando.»

Y cuando se lo dije, me respondió como muy esforzado, ó por dar aquella respuesta como gran señor, dijo que eso habia de decir, sino ir adelante; é yo recibí de aquella palabra remordimiento de mi persona, y le respondí:

—«Pues veamos cómo sube donde yo estoy.»

Y todavía pasé bien arriba; y en aquel instante vienen tantas piedras muy grandes que echaron de lo alto, que tenian represadas para aquel efeto, que hirieron á Pedro Barba y le mataron un soldado, y no pasaron más un paso de allí donde estaban; y entónces el alférez Corral dió voces para que dijesen á Cortés de mano en mano que no se podia subir más arriba, é que el retraer tambien era muy peligroso; y como Cortés lo entendió, porque allá bajo donde estaba en tierra llana le habian muerto tres soldados y herido siete del gran ímpetu de las galgas que iban despeñándose, y aun tuvo por cierto Cortés que todos los más de los que habiamos subido arriba estábamos muertos ó bien heridos, porque donde él estaba no podia ver las vueltas que daba aquel peñol; y luego por señas y por voces y por unas escopetas que soltaron, tuvimos arriba nuestras señas que nos mandaban retraer; y con buen concierto, de socarreña en socarreña bajamos abajo todos descalabrados y corriendo sangre, y las banderas rotas y ocho muertos, y desque Cortés ansí nos vió, dió muchas gracias á Dios; y luego le dijeron lo que habiamos pasado yo y Pedro Barba, porque se lo dijo el mismo Pedro Barba y el alférez Corral estando platicando de la gran fuerza, é que fué maravilla cómo no nos llevaron las galgas de vuelo, segun eran muchas; y aun lo supieron luego en todo el real.

Dejemos todo esto, y digamos cómo estaban muchas capitanías de mejicanos aguardando en partes que no les podiamos ver ni saber dellos, y estaban esperando para socorrer y ayudar á los del peñol; y bien entendieron lo que fué, que no podriamos subilles en la fuerza, y que entre tanto que estábamos peleando tenian concertado que los del peñol por una parte y ellos por la otra darian en nosotros; y como lo tenian acordado, ansí vinieron á les ayudar á los del peñol; y cuando Cortés lo supo que venian mandó luego á los de á caballo y á todos nosotros que fuésemos á encontrar con ellos, y ansí se hizo; y aquella tierra era llana, y á partes habia unas como vegas que estaban entre otros serrejones; y seguimos á los contrarios hasta que llegamos á otro muy fuerte peñol, y en el alcance se mataron muy pocos indios, porque se acogian en partes que no se podian haber.

Pues vueltos á la fuerza que probábamos á subir, é viendo que allí no habia agua ni la habiamos bebido en todo el dia, ni aun los caballos, porque las fuentes que dicho tengo que allí estaban no la tenian, sino lodo; que, como teniamos tantos enemigos, estaban sobre ellas y no las dejaban manar, y á esta causa mudamos nuestro real y fuimos por una vega abajo cerca de otro peñol, que seria del uno al otro obra de legua y media poco más ó ménos, creyendo que hallariamos agua, y no la habia sino muy poca; y cerca de aquel peñol habia unos árboles de morales de la tierra, y allí nos paramos, y estaban obra de doce ó trece casas al pié de la sierra y fuerza; y ansí que nosotros llegamos nos comenzaron á dar grita y tirar galgas y varas y flechas desde lo alto; y estaba en esta fuerza mucha más gente que en el primero peñol, y aun era muy más fuerte, segun despues vimos; y nuestros escopeteros y ballesteros les tiraban, mas estaban tan altos y tenian tantos mamparos, que no se les podia hacer mal ninguno; pues entralles ó subilles no habia remedio, y aunque probamos dos veces, que por las casas que allí estaban habia unos pasos, hasta dos vueltas podiamos ir, mas desde allí adelante ya he dicho peor que el primero; de manera que ansí en esta fuerza como en la primera no ganamos ninguna reputacion, ántes los mejicanos y sus confederados tenian vitoria; é aquella noche dormimos en aquellos morales bien muertos de sed, y se acordó para otro dia que desde otro peñol que estaba cerca dél fuesen todos los ballesteros y escopeteros, y que subiesen en él, que habia subida, aunque no buena; porque desde aquel alcanzarian las ballestas y escopetas al otro peñol fuerte y podíanle combatir.

Y mandó Cortés á Francisco Verdugo y al tesorero Julian de Alderete que se aperciban de buenos ballesteros, y á Pedro Barba, que era capitan, que fuesen por caudillos, y que todos los más soldados hiciésemos acometimiento que por los pasos y subidas de las casas que dicho tengo que les queriamos subir, y ansí los comenzamos á entrar; mas echaban tanta piedra grande y menuda, que hirieron á muchos soldados; y demás desto, no les subiamos de hecho, porque era por demás, que aun tenernos con las manos y piés no podiamos; y entre tanto que nosotros estábamos de aquella manera, los ballesteros y escopeteros desde el peñol que he dicho les alcanzaban con las ballestas y escopetas, y aunque no muy bien, mataban algunos y herian otros; de manera que estuvimos dándoles combates obra de media hora; y quiso Nuestro Señor Dios que acordaron de se dar de paz, y fué por causa que no tenian agua ninguna, que estaba mucha gente arriba en el peñol, en un llano que se hacia arriba, é habíase acogido á él de todas aquellas comarcas ansí hombres como mujeres y niños é gente menuda; y para que entendiésemos abajo que querian paces, desde el peñol las mujeres meneaban unas mantas hácia abajo, y con las palmas daban unas con otras, señalando que nos harian pan y tortillas, y los guerreros no nos tiraban vara ni piedra ni flecha; y cuando Cortés lo entendió, mandó que no se les hiciese mal ninguno, y por señas se les dió á entender que bajasen cinco principales á entender en las paces; los cuales bajaron, y con grande acato dijeron á Cortés que les perdonase, que por favorecerse y defenderse se habian subido en aquellas fuerzas; y Cortés les dijo con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar, algo enojado, que eran dignos de muerte por haber empezado la guerra; mas que pues han venido, que vayan luego al otro peñol é llamen los caciques é hombres principales que en él están, é traigan los muertos, é que lo pasado se les perdonará; y que vengan de paz, si no, que habiamos de ir sobre ellos y ponelles cerco hasta que se mueran de sed; porque bien sabiamos que no tenian agua, porque en toda aquella tierra no la hay sino muy poca; y luego fueron á llamarlos ansí como se lo mandó.

Dejemos de hablar en ello hasta que vuelvan con la respuesta; y digamos cómo estando platicando Cortés con el Fraile Melgarejo y el tesorero Alderete sobre las guerras pasadas que habiamos habido ántes que viniesen á la Nueva-España, y en la del peñol, y el gran poder de los mejicanos, y las grandes ciudades que habian visto despues que vinieron de Castilla; y decian que si al Emperador nuestro señor le informara de la verdad el Obispo de Búrgos, como le escribia al contrario, que nos enviaria á hacer grandes mercedes; que no se acuerdan que otros mayores servicios haya recebido ningun Rey en el mundo que el que nosotros le habiamos hecho en ganar tantas ciudades, sin ser sabidor su majestad de cosa ninguna.

Dejemos otras muchas pláticas que pasaron, y digamos cómo mandó nuestro capitan Cortés al alférez Corral y á otros dos capitanes, que fueron Juan Jaramillo y á Pedro de Ircio, y á mí, que me hallé allí con ellos, que subiésemos al peñol y viésemos la fortaleza qué tal era, é que si estaban muchos indios heridos ó muertos de saetas y escopetas, é qué gente estaba recogida; é cuando esto nos mandó dijo:

—«Mirá, señores, que no les tomeis ni un grano de maíz;» y segun yo entendí, quisiera que nos aprovecháramos.

Y subidos al peñol por unos malos pasos, digo que era más fuerte que el primero, porque era peña tajada; é ya que estábamos arriba, para entrar en la fuerza era como quien entra por una abertura no más ancha que dos bocas de filo ó de horno; é ya puestos en lo más alto é llano, estaban grandes anchuras de prados, y todo lleno de gente, ansí de guerra como de muchas mujeres é niños, é hallamos hasta veinte muertos y muchos heridos, y no tenian gota de agua que beber, y tenian todo su hato y su hacienda hechos fardajes, y otros muchos lios de mantas, que eran del tributo que daban á Guatemuz; é como yo ansí vi tantas cargas de ropa y supe que eran del tributo, comencé á cargar cuatro tlascaltecas mis maniobras que llevé conmigo, y tambien eché á cuestas de otros cuatro indios de los que la guardaban otros cuatro fardos, y á cada uno eché una carga; é como Pedro de Ircio lo vió, dijo que no lo llevase, é yo porfiaba que sí; y como era capitan, hízose lo que mandó, porque me amenazó que se lo diria á Cortés; y me dijo el Pedro de Ircio que bien habia visto que dijo Cortés que no les tomásemos un grano de maíz, é yo dije que ansí era verdad, que por esa palabra misma queria llevar de aquella ropa; por manera que no me dejó llevar cosa ninguna; y bajamos á dar cuenta á Cortés de lo que habiamos visto é á lo que nos envió; y dijo el Pedro de Ircio á Cortés, por me revolver con él, lo pasado, pensando que le contentaba mucho; despues de le dar cuenta de lo que habia, dijo:

—«No se les tomó cosa ninguna; que ya habia cargado Bernal Diaz del Castillo de ropa á ocho indios, é si no se lo estorbara yo, ya los traia cargados.»

Entónces dijo Cortés medio enojado:

—«Pues ¿por qué no lo trajo? Y tambien os habíades de quedar allá vos con la ropa é indios con los de arriba.»

É dijo:

—«Mirá cómo no entendieron que los envié porque se aprovechasen, y á Bernal Diaz, que me entendió, quitaron el despojo que traia destos perros, que se quedarán riendo con los que nos han muerto y herido.»

É cuando aquello oyó el Pedro de Ircio dijo que queria tornar á subir á la fuerza; y entónces le dijo que ya no habia coyuntura para ello, y que no fuese allá de ninguna manera.

Dejemos esta plática, y digamos cómo vinieron los del otro peñol, y en fin de muchas razones que pasaron sobre que les perdonasen, todos dieron la obediencia á su majestad; y como no habia agua en aquel paraje, nos fuimos luego camino de un pueblo ya nombrado en el capítulo pasado, que se dice Guaztepeque, adonde estaba la huerta que he dicho que es la mejor que habia visto en toda mi vida, y ansí lo torno á decir; que Cortés y el tesorero Alderete desque entónces la vieron y pasearon algo della, se admiraron y dijeron que mejor cosa de huerta no habian visto en Castilla.

Y digamos cómo en aquella noche nos aposentamos todos en ella; y los caciques de aquel pueblo vinieron de paz á hablar y servir á Cortés, porque Gonzalo de Sandoval los habia recebido ya de paz cuando entró en aquel pueblo, segun más largamente he escrito en el capítulo pasado que dello habla; y aquella noche reposamos allí, y á otro dia muy de mañana nos partimos para Cornabaca y hallamos unos escuadrones de guerreros mejicanos que de aquel pueblo habian salido, y los de á caballo les siguieron más de legua y media hasta encerrarlos en otro gran pueblo que se dice Tepuztlan; y estaban tan descuidados los moradores dél, que dimos en ellos ántes que sus espías que tenian sobre nosotros llegasen.

Aquí se hubieron muy buenas indias é despojos, y no aguardaron ningunos mejicanos ni los naturales en el pueblo; y nuestro Cortés envió á llamar á los caciques por tres ó cuatro veces que viniesen todos de paz, y que si no venian, que les quemaria el pueblo y los iriamos á buscar; y la respuesta fué que no querian venir; é porque otros pueblos tuviesen temor dello, mandó poner fuego á la mitad de las casas que allí cerca estaban, y en aquel instante vinieron los caciques del pueblo por donde aquel dia pasamos, que ya he dicho que se dice Yautepeque, y dieron la obediencia á su Majestad; y otro dia fuimos camino de otro mejor y mayor pueblo, que se dice Coadalbaca, y comunmente corrompimos ahora aquel vocablo y le llamamos Cuernabaca, y habia dentro en él mucha gente de guerra, ansí de mejicanos como de los naturales, y estaba muy fuerte por unas cavas y riachuelo que están en las barrancas por donde corre el agua, muy hondas, de más de ocho estados abajo, puesto que no llevaban mucha agua, y es fortaleza para ellos; y tambien no habia entrada para caballos sino por unas dos puentes, y teníanlas quebradas; y desta manera estaban tan fuertes, que no los podiamos llegar, puesto que nos llegábamos á pelear con ellos desta parte de sus cavas y riachuelo en medio, y ellos nos tiraban mucha vara y flecha é piedras con hondas; y estando desta manera, avisaron á Cortés que más adelante, obra de media legua, habia entrada para los caballos, y luego fué allá con los de á caballo, y todos nosotros estábamos buscando paso, y vimos que desde unos árboles que estaban junto con la cava se podia pasar á la otra parte de aquella honda cava, y puesto que cayeron tres soldados desde los árboles abajo en el agua, y aun el uno se quebró la pierna, todavía pasamos, aunque con harto peligro; porque de mí digo que verdaderamente cuando pasaba que lo vi muy peligroso é malo de pasar, y se me desvanecia la cabeza, y todavía pasé yo y otros veinte ó treinta soldados y muchos tlascaltecas, y comenzamos á dar por las espaldas de los mejicanos, que estaban tirando vara y flecha á los nuestros; y cuando lo vieron, que lo tenian por cosa imposible, creyeron que éramos muchos más; y en este instante allegaron Cristóbal de Olí é Pedro de Albarado y Andrés de Tapia, con otros de á caballo, que habian pasado con mucho riesgo de sus personas por una puente quebrada, y damos en los contrarios; por manera que volvieron las espaldas y se fueron huyendo á los montes y á otras partes de aquella honda cava, donde no se pudieron haber; é dende á poco rato tambien llegó Cortés con todos los demás de á caballo.

En este pueblo se hubo gran despojo, ansí de mantas muy grandes como de buenas indias, é allí mandó Cortés que estuviésemos aquel dia, y en una huerta del señor de aquel pueblo nos aposentamos todos, y era muy buena.

Que quiera decir el gran recaudo de velas y escuchas y corredores del campo que do quiera que estábamos ó por los caminos llevábamos, es prolijidad recitallo tantas veces: y por esta causa pasaré adelante, y diré que vinieron nuestros corredores del campo á decir á Cortés que venian hasta veinte indios, y á lo que parecia en sus meneos y semblantes eran caciques y hombres principales que le traian mensajes ó á demandar paces, y eran los caciques de aquel pueblo; y cuando llegaron adonde Cortés estaba le hicieron mucho acato y le presentaron ciertas joyas de oro, y le dijeron que les perdonase porque no salieron de paz, que el señor de Méjico les enviaba á mandar que, pues estaban en fortaleza, que desde allí nos diesen guerra, y les envió un buen escuadron de mejicanos para que les ayudasen; é que á lo que ahora han visto, que no habrá cosa, por fuerte que sea, que no la combatamos y señoreemos, y que le piden por merced que los reciba de paz; y Cortés les mostró buena cara y dijo que somos vasallos de un gran señor, que es el Emperador D. Cárlos, que á los que le quisieren servir que á todos hace mercedes, y que á ellos en su Real nombre los recibe de paz; y allí dieron la obediencia á su majestad; y acuérdome que dijeron aquellos caciques que en pago de no haber venido de paz hasta entónces permitieron nuestros dioses á los suyos que les hiciese castigo en sus personas y haciendas.

Donde los dejaré agora; y digamos cómo otro dia de mañana caminamos para otra gran poblacion que se dice Suchimileco; y lo que pasamos en el camino y en la ciudad y reencuentros de guerra que nos dieron diré adelante, hasta que volvimos á Tezcuco, y lo que más pasamos.

CAPÍTULO CXLV.

DE LA GRAN SED QUE HUBO EN ESTE CAMINO, Y DEL PELIGRO EN QUE NOS VIMOS EN SUCHIMILECO CON MUCHAS BATALLAS Y REENCUENTROS QUE CON LOS MEJICANOS Y CON LOS NATURALES DE AQUELLA CIUDAD TUVIMOS, Y DE OTROS MUCHOS REENCUENTROS DE GUERRAS QUE HASTA VOLVER Á TEZCUCO PASAMOS.

Pues como caminamos para Suchimileco, que es una gran ciudad, y en toda la más della están fundadas las casas en el agua, de agua dulce, y estará de Méjico obra de dos leguas y media; pues yendo por nuestro camino con gran concierto y ordenanza, como lo teniamos de costumbre, fuimos por unos pinares, y no habia agua en todo el camino; y como íbamos con nuestras armas á cuestas y era ya tarde y hacia gran sol, aquejábanos mucho la sed, y no sabiamos si habia agua adelante, y habiamos andado ciertas leguas, ni tampoco teniamos certinidad qué tanto estaba de allí un pozo que nos decian que habia en el camino; y como Cortés así vido todo nuestro ejército cansado, y los amigos tlascaltecas se desmayaron y se murió uno de sed, y un soldado de los nuestros que era viejo y estaba doliente, me parece que tambien se murió de sed, acordó Cortés de parar á la sombra de unos pinares, y mandó á seis de á caballo que fuesen adelante, camino de Suchimileco, é que viesen qué tanto de allí habia poblacion ó estancias, ó el pozo que tuvimos noticia que estaba cerca, para ir á dormir á él; y cuando fueron los de á caballo, que era Cristóbal de Olí y un Valdenebro y Pedro Gonzalez de Trujillo, y otros muy esforzados varones, acordé yo de me apartar en parte que no me viese Cortés ni los de á caballo, y llevé tres naborías mios tlascaltecas, bien esforzados é sueltos indios, y fuí tras ellos hasta que me vieron ir, y me aguardaron para me hacer volver, no hubiese algun rebato de guerreros mejicanos donde no me pudiese valer, é yo todavía porfiaba á ir con ellos; y el Cristóbal de Olí, como era yo su amigo, me dijo que fuese y que aparejase los puños á pelear con los indios y los piés á ponerme en salvo, y era tanta la sed que tenia, que aventuraba mi vida por me hartar de agua.

Y pasando obra de media legua adelante, habia muchas estancias y caserías de los de Suchimileco en unas laderas de unas sierrezuelas; entónces los de á caballo que he dicho se apartaron para buscar agua en las casas, y la hallaron y se hartaron de ella, y uno de mis tlascaltecas me sacó de una casa un gran cántaro de agua, que así los hay grandes cántaros en aquella tierra, de que me harté yo y ellos; y entónces acordé desde allí de me volver donde estaba Cortés reposando, porque los moradores de aquellas estancias ya comenzaban á se apellidar y nos daban grita, y truje el cántaro lleno de agua con los tlascaltecas, y hallé á Cortés que ya comenzaba á caminar con todo su ejército; y como le dije que habia agua en unas estancias muy cerca de allí y que habia bebido y que traia agua en el cántaro, la cual traian los tlascaltecas muy escondida porque no me la tomasen, porque á la sed no hay ley; de la cual bebió Cortés y otros caballeros, y se holgó mucho, y todos se alegraron y se dieron priesa á caminar, y llegamos á las estancias ántes de se poner el sol, y por las casas hallaron agua, aunque no mucha, y con la sed que traian algunos soldados, comian unos como cardos, y á algunos se les dañaron las bocas y lenguas; y en este instante vinieron los de á caballo é dijeron que el pozo que estaba léjos, y que ya estaba toda la tierra apellidando guerra, é que era bien dormir allí; y luego pusieron velas y espías y corredores del campo, é yo fuí uno de los que pusieran por velas, y paréceme que llovió aquella noche un poco ó que hizo mucho viento; y otro dia muy de mañana comenzamos á caminar; é á obra de las ocho llegamos á Suchimileco.

Saber yo ahora decir la multitud de guerreros que nos estaban esperando, unos por tierra é otros en un paso de una puente que tenian quebrada, é los muchos mamparos y albarradas que tenian hecho en ellas, é las lanzas que traian hechas como al modo de las espadas que hubieron cuando la gran matanza que hicieron de los nuestros en lo de las puentes de Méjico, y otros muchos indios capitanes que todos traian espadas de las nuestras muy relucientes; pues flecheros y varas de á dos gajos, y piedra con hondas, y espadas de á dos manos como montantes, hechas de á dos manos de navajas.

Digo que estaba toda la tierra firme llena dellos, y al pasar de aquella puente estuvieron peleando con nosotros cerca de media hora, que no les podiamos entrar, que ni bastaban ballestas ni escopetas ni grandes arremetidas que haciamos, y lo peor de todo era que ya venian otros escuadrones dellos, por las espaldas dándonos guerra; y cuando aquello vimos, rompimos por el agua y puente medio nadando, y otros á vuelapié, y allí hubo algunos de nuestros soldados que bebieron tanta agua por fuera, que se les hincharon las barrigas dello.

Y volvamos á nuestra batalla: que al pasar de la puente hirieron á muchos de los nuestros é mataron dos soldados, y luego les llevamos á buenas cuchilladas por unas calles donde habia tierra firme adelante, y los de á caballo, juntamente con Cortés, salen por otras partes á tierra firme, á donde toparon sobre más de diez mil indios, todos mejicanos, que venian de refresco para ayudar á los de aquel pueblo; y peleaban de tal manera con los nuestros, que les aguardaban con las lanzas á los de á caballo, é hirieron á cuatro dellos; y Cortés, que se halló en aquella gran presa, y el caballo en que iba, que era muy bueno, castaño escuro, que le llamaban el Romo, ú de muy gordo ú de cansado, como estaba holgado, desmayó el caballo, y los contrarios mejicanos, como eran muchos, echaron mano á Cortés y le derribaron del caballo; otros dijeron que por fuerza le derrocaron; ahora sea por lo uno ó por lo otro, en aquel instante llegaron muchos más guerreros mejicanos para si pudieran apañarle vivo á Cortés; y como aquello vieron unos tlascaltecas y un soldado muy esforzado, que se decia Cristóbal de Olea, natural de Castilla la Vieja, de tierra de Medina del Campo, de presto llegaron, y á buenas cuchilladas y estocadas hicieron lugar, y tornó Cortés á cabalgar, aunque bien herido en la cabeza, y quedó el Olea muy malamente herido de tres cuchilladas; y en aquel tiempo acudimos allí todos los más soldados que más cerca dél nos hallamos; porque en aquella sazon, como en aquella ciudad habia en cada calle muchos escuadrones de guerreros y por fuerza habiamos de seguir las banderas, no podiamos estar todos juntos, sino pelear unos á unas partes y otros á otras, como nos fué mandado por Cortés; mas bien entendimos que donde andaba Cortés y los de á caballo que habia mucho que hacer, por las muchas gritas y voces y alaridos que oiamos.

Y en fin de más razones, puesto que habia á donde andábamos muchos guerreros, fuimos con gran riesgo de nuestras personas á donde estaba Cortés, que ya se le habian juntado hasta quince de á caballo y estaban peleando con los enemigos junto á unas acequias, á donde se mamparaban y estaban albarradas; y como llegamos, les pusimos en huida, aunque no del todo volvian las espaldas; y porque el soldado Olea que acudió á nuestro Cortés estaba muy mal herido de tres cuchilladas y se desangraba, y las calles de aquella ciudad estaban llenas de guerreros, dijimos á Cortés que se volviese á unos mamparos y se curase el Cortés y el Olea; y así volvimos, y no muy sin sobra de vara y piedra y flecha, que nos tiraban de muchas partes donde tenian mamparos y albarradas, creyendo los mejicanos, que volviamos retrayéndonos, é nos seguian con gran furia; y en este instante viene Pedro de Albarado é Andrés de Tapia y Cristóbal de Olí y todos los más de á caballo que fueron con ellos á otras partes, el Olí corriendo sangre de la cara y el Pedro de Albarado herido, y el caballo y todos los demás cada cual con su herida, y dijeron que habian peleado con tanto mejicano en el campo, que no se podian valer; y porque cuando pasamos la puente que dicho tengo, parece ser Cortés los repartió que la mitad de á caballo fuesen por una parte y la otra mitad por otra; y así, fueron siguiendo tras unos escuadrones, y la otra mitad tras los otros.

Pues ya que estábamos curando los heridos con quemalles con aceite é apretalles con mantas, suenan tantas voces y trompetillas é caracoles por unas calles en tierra firme, y por ellas vienen tantos mejicanos á un patio donde estábamos curando los heridos, é tírannos tanta vara y piedra, que hirieron de repente á muchos soldados; mas no les fué muy bien de aquella cabalgada, que presto arremetimos con ellos, y buenas cuchilladas y estocadas quedaron hartos dellos tendidos.

Pues los de á caballo no tardaron en salilles al encuentro, que mataron muchos, puesto que entónces hirieron dos caballos é mataron un soldado; de aquella vez los echamos de aquel sitio é patio; y cuando Cortés vió que no habia más contrarios, nos fuimos á reposar á otro grande patio, adonde estaban los grandes adoratorios de aquella ciudad, y á muchos de nuestros soldados subieron en el cu más alto, adonde tenian sus ídolos, y desde allí vieron la gran ciudad de Méjico y toda la laguna, porque bien se señoreaba todo; y vieron venir sobre dos mil canoas que venian de Méjico llenas de guerreros, y venian derechos adonde estábamos; porque, segun otro dia supimos, el señor de Méjico, que se decia Guatemuz, les enviaba para que aquella noche ó dia diesen en nosotros; y juntamente envió por tierra sobre otros diez mil guerreros para que, unos por una parte y otros por otra, tuviesen manera que no saliésemos de aquella ciudad con las vidas ninguno de nosotros.

Tambien habia apercebido otros diez mil hombres para les enviar de refresco cuando estuviesen dándonos guerra, y esto se supo otro dia de cinco capitanes mejicanos que en las batallas prendimos; y mejor lo ordenó nuestro Señor Jesucristo; porque así como vino aquella gran flota de canoas, luego se entendió que venian contra nosotros, y acordóse que hubiese muy buena vela en todo nuestro real, repartido á los puertos y acequias por donde habian de venir á desembarcar, y los de á caballo muy á punto toda la noche, ensillados y enfrenados, aguardando en la calzada y tierra firme, y todos los capitanes, y Cortés con ellos, haciendo vela y ronda toda la noche, é á mí é á otros diez soldados nos pusieron por velas sobre unas paredes de cal y canto, y tuvimos muchas piedras é ballestas y escopetas y lanzas grandes adonde estábamos, para que si por allí, en unas acequias que era desembarcadero, llegasen canoas, que los resistiésemos é hiciésemos volver, é á otros soldados pusieron en guarda en otras acequias.

Pues estando velando yo y mis compañeros, sentimos el rumor de muchas canoas que venian á remo callado á desembarcar á aquel puesto donde estábamos, y á buenas pedradas y con las lanzas les resistimos, que no osaron desembarcar, y á uno de nuestros compañeros enviamos que fuese á dar aviso á Cortés; y estando en esto, volvieron otra vez otras muchas canoas cargadas de guerreros, y nos comenzaron á tirar mucha vara y piedra y flecha, y los tornamos á resistir, y entónces descalabraron á dos de nuestros soldados; y como era de noche muy escuro, se fueron á ajuntar las canoas con sus capitanes de la flota de canoas, y todas juntas fueron á desembarcar á otro puertezuelo ó acequias hondas; y como no son acostumbrados á pelear de noche, se juntaron todos con los escuadrones que Guatemuz enviaba por tierra, que eran ya dellos más de quince mil indios.

Tambien quiero decir, y esto no por me jactanciar, que como nuestro compañero fué á dar aviso á Cortés cómo habian llegado allí en el puerto donde velábamos muchas canoas de guerreros, segun dicho tengo, luego vino á hablar con nosotros el mismo Cortés, acompañado de diez de á caballo, y cuando llegó cerca sin nos hablar, dimos voces yo y un Gonzalo Sanchez, que era del Algarbe portugués, y dijimos:

—«¿Quién viene ahí? ¿No podeis hablar?»

Y le tiramos tres ó cuatro pedradas: y como me conoció Cortés en la voz á mí y á mi compañero, dijo Cortés al tesorero Julian de Alderete y á fray Pedro Melgarejo y al maestre de campo, que era Cristóbal de Olí, que le acompañaban á rondar:

—«No es menester poner aquí más recaudo, que dos hombres están aquí puestos entre los que velan, que son de los que pasaron conmigo de los primeros, que bien podemos fiar dellos esta vela, y aunque sea otra cosa de mayor afrenta.»

Y desque nos hablaron, dijo Cortés que mirásemos el peligro en que estábamos; se fueron á requerir á otros puestos, y cuando no me cato, sin más nos hablar, oimos cómo traian á un soldado azotando por la vela, y era de los de Narvaez.

Pues otra cosa quiero traer á la memoria, y es, que ya nuestros escopeteros no tenian pólvora ni los ballesteros saetas; que el dia ántes se dieron tal priesa, que lo habian gastado; y aquella misma noche mandó Cortés á todos los ballesteros que alistasen todas las saetas que tuviesen y las emplumasen y pusiesen sus casquillos, porque siempre traiamos en las entradas muchas cargas de almacen de saetas, y sobre cinco cargas de casquillos hechos de cobre, y todo aparejo para donde quiera que llegásemos tener saetas; y toda la noche estuvieron emplumando y poniendo casquillos todos los ballesteros, y Pedro Barba, que era su capitan, no se quitaba de encima de la obra, y Cortés, que de cuando en cuando acudia.

Dejemos esto, y digamos ya que fué de dia claro cual nos vinieron á cercar todos los escuadrones mejicanos en el patio donde estábamos: y como nunca nos cogian descuidados, los de á caballo por una parte, como era tierra firme, y nosotros por otra, y nuestros amigos los tlascaltecas, que nos ayudaban, rompimos por ellos y se mataron y hirieron tres de sus capitanes, sin otros muchos que luego otro dia se murieron; y nuestros amigos hicieron buena presa, y se prendieron cinco principales, de los cuales supimos los escuadrones que Guatemuz habia enviado; y en aquella batalla quedaron muchos de nuestros soldados heridos, é uno murió luego.

Pues no se acabó en esta refriega; que yendo los de á caballo siguiendo el alcance, se encuentran con los diez mil guerreros que el Guatemuz enviaba en ayuda é socorro de refresco de los que de ántes habia enviado, y los capitanes mejicanos que con ellos venian traian espadas de las nuestras, haciendo muchas muestras con ellas de esforzados, y decian que con nuestras armas nos habian de matar; y cuando los nuestros de á caballo se hallaron cerca dellos, como eran pocos, y eran muchos escuadrones, temieron; é á esta causa se pusieron en parte para no se encontrar luego con ellos hasta que Cortés y todos nosotros fuésemos en su ayuda; é como lo supimos, en aquel instante cabalgan todos los de á caballo que quedaban en el real, aunque estaban heridos ellos y sus caballos, y salimos todos los soldados y ballesteros, y con nuestros amigos los tlascaltecas, y arremetimos de manera, que rompimos y tuvimos lugar de nos juntar con ellos pié con pié, y á buenas estocadas y cuchilladas se fueron con la mala ventura, y nos dejaron de aquella vez el campo.

Dejemos esto, y tornaremos á decir que allí se prendieron otros principales, y se supo dellos que tenia Guatemuz ordenado de enviar otra gran flota de canoas y muchos más guerreros por tierra; y dijo á sus guerreros que cuando estuviésemos cansados, y heridos muchos y muertos de los reencuentros pasados, que estariamos descuidados con pensar que no enviaria más escuadrones contra nosotros, é que con los muchos que entónces enviaria nos podria desbaratar; y como aquello se supo, si muy apercebidos estábamos de ántes, mucho más lo estuvimos entónces, y fué acordado que para otro dia saliésemos de aquella ciudad y no aguardásemos más batallas; y aquel dia se nos fué en curar heridos y en adobar armas y hacer saetas; y estando de aquella manera, pareció ser que, como en aquella ciudad eran ricos y tenian unas casas muy grandes llenas de mantas, y ropa, y camisas de mujeres de algodon, y habia en ella oro y otras muchas cosas y plumajes, alcanzáronlo á saber los tlascaltecas y ciertos soldados en qué parte ó paraje estaban las casas, y se las fueron á mostrar unos prisioneros de Suchimileco, y estaban en la laguna dulce y podian pasar á ellas por una calzada, puesto que habia dos ó tres puentes chicas en la calzada, que pasaban á ellas de unas acequias hondas á otras; y como nuestros soldados fueron á las casas y las hallaron llenas de ropa, y no habia guarda, cárganse ellos y muchos tlascaltecas de ropa y otras cosas de oro, y se vienen con ello al real; y como lo vieron otros soldados, van á las mismas casas, y estando dentro sacando ropa de unas cajas muy grandes de madera, vino en aquel instante una gran flota de canoas de guerreros de Méjico y dan sobre ellos é hirieron muchos soldados, y apañan á cuatro soldados vivos é los llevaron á Méjico, é los demás se escaparon de buena; y llamábanse los que llevaron Juan de Lara, y el otro Alonso Hernandez, y de los demás no me acuerdo sus nombres, mas sé que eran de la capitanía de Andrés de Monjaraz.

Pues como le llevaron á Guatemuz estos cuatro soldados, alcanzó á saber cómo éramos muy pocos los que veniamos con Cortés y que muchos estaban heridos, y tanto como quiso saber de nuestro viaje, tanto supo; y como fué bien informado, manda cortar piés y brazos á los tristes nuestros compañeros, y los envia por muchos pueblos nuestros amigos de los que nos habian venido de paz, y les envia á decir que ántes que volvamos á Tezcuco piensa no quedará ninguno de nosotros á vida; y con los corazones y sangre hizo sacrificio á sus ídolos.

Dejemos esto, y digamos cómo luego tornó á enviar muchas flotas de canoas llenas de guerreros, y otras capitanías por tierra, y les mandó que procurasen que no saliésemos de Suchimileco con las vidas.

Y porque ya estoy harto de escribir de los muchos reencuentros y batallas que en estos cuatro dias tuvimos con mejicanos, é no puedo dejar otra vez de hablar en ellas, digo que cuando amaneció vinieron desta vez tantos culchúas mejicanos por los esteros, y otros por las calzadas y tierra firme, que tuvimos harto que romper en ellos; y luego nos salimos de aquella ciudad á una gran plaza que estaba algo apartada del pueblo, donde solian hacer sus mercados; y allí, puestos con todo nuestro fardaje para caminar, Cortés comenzó á hacer un parlamento acerca del peligro en que estábamos, porque sabiamos cierto que en los caminos é pasos malos nos estaban aguardando todo el poder de Méjico y otros muchos guerreros puestos en esteros y acequias; é nos dijo que seria bien, é así nos lo mandaba de hecho, que fuésemos desembarazados y dejásemos el fardaje é hato, porque no nos estorbase para el tiempo de pelear.

Y cuando aquello le oimos, todos á una le respondimos que, mediante Dios, que hombres éramos para defender nuestra hacienda y personas é la suya, y que seria gran poquedad si tal hiciésemos; y desque vió nuestra voluntad y respuesta, dijo que á la mano de Dios lo encomendaba; y luego se puso en concierto cómo habiamos de ir, el fardaje y los heridos en medio, y los de á caballo repartidos, la mitad dellos delante y la otra mitad en la retaguarda, y los ballesteros tambien con todos nuestros amigos, é allí poniamos más recaudo, porque siempre los mejicanos tenian por costumbre que daban en el fardaje; de los escopeteros no nos aprovechábamos, porque no tenian pólvora ninguna; y desta manera comenzamos á caminar.

Y cuando los escuadrones mejicanos que habia enviado Guatemuz aquel dia vieron que nos íbamos retrayendo de Suchimileco, creyeron que de miedo no los osábamos esperar, como ello fué verdad, y salen de repente tantos dellos y se vienen derechos á nosotros, é hirieron dos soldados, é dos murieron de ahí á ocho dias, é quisieron romper y desbaratar por el fardaje; mas, como íbamos con el concierto que he dicho, no tuvieron lugar, y en todo el camino hasta que llegamos á un gran pueblo que se dice Cuyoacoan, que está obra de dos leguas de Suchimileco, nunca nos faltaron rebatos de guerreros que nos salian en partes que no nos podiamos aprovechar dellos, y ellos sí de nosotros, de mucha vara y piedra y flecha; y como tenian cerca los esteros y zanjas, poníanse en salvo.

Pues llegados á Cuyoacoan á obra de las diez del dia, hallámosla despoblada.

Quiero ahora decir que están muchas ciudades las unas de las otras cerca, de la gran ciudad de Méjico obra de dos leguas, porque Suchimileco y Cuyoacoan y Chohuilobusco é Iztapalapa y Coadlauaca y Mezquique, y otros tres ó cuatro pueblos que están poblados los más dellos en el agua, que están á legua y media ó á dos leguas las unas de las otras, y de todas ellas se habian juntado allí en Suchimileco muchos indios guerreros contra nosotros.

Pues volvamos á decir que como llegamos á aquel gran pueblo ya estaba despoblado, y está en tierra llana, acordamos de reposar aquel dia que llegamos é otro, porque se curasen los heridos y hacer saetas, porque bien entendido teniamos que habiamos de haber más batallas ántes de volver á nuestro real, que era Tezcuco; é otro dia muy de mañana comenzamos á caminar, con el mismo concierto que soliamos llevar, camino de Tacuba, que está de donde salimos obra de dos leguas, y en el camino salieron en tres partes muchos escuadrones de guerreros, y todas tres les resistimos, y los de á caballo los seguian por tierra llana hasta que se acogian á los esteros é acequias; é yendo por nuestro camino de la manera que he dicho, apartóse Cortés con diez de á caballo á echar una celada á los mejicanos que salian de aquellos esteros y salian á dar guerra á los nuestros, y llevó consigo cuatro mozos de espuelas, y los mejicanos hacian que iban huyendo, y Cortés con los de á caballo y sus criados siguiéndoles; y cuando miró por sí, estaba una gran capitanía de contrarios puestos en celada, y dan en Cortés y los de á caballo, que les hirieron los caballos, y si no dieran vuelta de presto, allí quedaran muertos ó presos.

Por manera que apañaron los mejicanos dos de los soldados mozos de espuelas de Cortés, de los cuatro que llevaba, y vivos los llevaron á Guatemuz, é los sacrificaron.

Dejemos de hablar deste desman por causa de Cortés, y digamos cómo habiamos ya llegado á Tacuba con nuestras banderas tendidas, con todo nuestro ejército y fardaje, y todos los más de á caballo habian llegado, y tambien Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí, y Cortés no venia con los diez de á caballo que llevó en su compañía.

Tuvimos mala sospecha no les hubiese acaecido algun desman, y luego fuimos con Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí é Andrés de Tapia en su busca, con otros de á caballo, hácia los esteros donde le vimos apartar, y en aquel instante vinieron los otros dos mozos de espuelas que habian ido con Cortés, que se escaparon, é se decia el uno Monroy y el otro Tomás de Rijoles, y dijeron que ellos por ser ligeros escaparon, é que Cortés y los demás se vienen poco á poco porque traen los caballos heridos; y estando en esto viene Cortés, con el cual nos alegramos, puesto que él venia muy triste y como lloroso; llamábanse los mozos de espuelas que llevaron á Méjico á sacrificar, el uno Francisco Martin Vendobal, y este nombre de Vendobal se le puso por ser algo loco, y el otro se decia Pedro Gallego.

Pues como allí llegó Cortés á Tacuba, llovia mucho, y reparamos cerca de dos horas en unos grandes patios; y Cortés con otros capitanes y el tesorero Alderete, que venia ya malo, y el fraile Melgarejo y otros muchos soldados, subimos en el gran cu de aquel pueblo, que desde él se señoreaba muy bien la ciudad de Méjico, que está muy cerca, y toda la laguna y las más ciudades que están en el agua pobladas; y cuando el fraile y el tesorero Alderete vieron tantas ciudades y tan grandes, y todas asentadas en el agua, estaban admirados.

Pues cuando vieron la gran ciudad de Méjico, y la laguna y tanta multitud de canoas, que unas iban cargadas con bastimentos y otras iban á pescar y otras baldías, mucho más se espantaron, porque no las habian visto hasta en aquella sazon; y dijeron que nuestra venida en esta Nueva-España que no eran cosas de hombres humanos, sino que la gran misericordia de Dios era quien nos sostenia; é que otras veces han dicho que no se acuerdan haber leido en ninguna escritura que hayan hecho ningunos vasallos tan grandes servicios á su Rey como son los nuestros, é que ahora lo dicen muy mejor, y que dello harian relacion á su majestad.

Dejemos de otras muchas pláticas que allí pasaron, y cómo consolaba el Fraile á Cortés por la pérdida de sus mozos de espuelas, que estaba muy triste por ellos; y digamos cómo Cortés y todos nosotros estábamos mirando desde Tacuba el gran cu del ídolo Huichilóbos y el Tatelulco y los aposentos donde soliamos estar, y mirábamos toda la ciudad, y las puentes y calzada por donde salimos huyendo; y en este instante suspiró Cortés con una muy gran tristeza, muy mayor que la que de ántes traia, por los hombres que le mataron ántes que en el alto cu subiese; y desde entónces dijeron un cantar ó romance:

     En Tacuba está Cortés     Con su escuadron esforzado,     Triste estaba y muy penoso,     Triste y con gran cuidado,     La una mano en la mejilla,     Y la otra en el costado, etc.

Acuérdome que entónces le dijo un soldado que se decia el bachiller Alonso Perez, que despues de ganada la Nueva-España fué fiscal é vecino en Méjico:

—«Señor capitan, no esté vuestra merced tan triste; que en las guerras estas cosas suelen acaecer, y no se dirá por vuestra merced:

     Mira Nero, de Tarpeya,     Á Roma cómo se ardia.»

Y Cortés le dijo que ya veia cuántas veces habia enviado á Méjico á rogalles con la paz, y que la tristeza no la tenia por sola una cosa, sino en pensar en los grandes trabajos en que nos habiamos de ver hasta tornar á señorear, y que con la ayuda de Dios presto lo porniamos por la obra.

Dejemos estas pláticas y romances, pues no estábamos en tiempo dellos, y digamos cómo se tomó parecer entre nuestros capitanes y soldados si dariamos una vista á la calzada, pues estaba tan cerca de Tacuba, donde estábamos; y como no habia pólvora ni muchas saetas, y todos los más soldados de nuestro ejército heridos, acordándosenos que otra vez, poco más habia de un mes, que Cortés les probó á entrar en la calzada con muchos soldados que llevaba, y estuvo en gran peligro; porque temió ser desbaratado, como dicho tengo en el capítulo pasado que dello habla; y fué acordado que luego nos fuésemos nuestro camino, por temor no tuviésemos en ese dia ó en la noche alguna refriega con los mejicanos; porque Tacuba está muy cerca de la gran ciudad de Méjico, y con la llevada que entónces llevaron vivos de los soldados no enviase Guatemuz sus grandes poderes contra nosotros; y comenzamos á caminar, y pasamos por Escapuzalco y hallámosle despoblado, y luego fuimos á Tenayuca, que era gran pueblo, que le soliamos llamar el pueblo de las Sierpes.

Ya he dicho otra vez, en el capítulo que dello habla, que tenian tres sierpes en el oratorio mayor en que adoraban, y las tenian por sus ídolos, y tambien estaban despoblados; y desde allí fuimos á Guatitlan, y en todo este dia no dejó de llover muy grandes aguaceros, y como íbamos con nuestras armas á cuestas, que jamás las quitábamos de dia ni de noche, y con la mucha agua y del peso dellas íbamos quebrantados, y llegamos ya que anochecia á aquel gran pueblo, y tambien estaba despoblado, y en toda la noche no dejó de llover, y habia grandes lodos, y los naturales dél y otros escuadrones mejicanos nos daban tanta grita de noche desde unas acequias y partes que no les podiamos hacer mal; y como hacia muy escuro y llovia, no se podian poner velas ni rondas, y no hubo concierto ninguno ni acertábamos con los puestos; y esto digo porque á mí me pusieron para velar la prima, y jamás acudió á mi puesto ni cuadrillero ni rondas, y así se hizo en todo el real.

Dejemos deste descuido, y tornemos á decir que otro dia fuimos camino de otra gran poblacion, que no me acuerdo el nombre, y habia grandes lodos en él, y hallámosla despoblada; y otro dia pasamos por otros pueblos y tambien estaban despoblados; y otro dia llegamos á un pueblo que se dice Aculman, sujeto de Tezcuco; y como supieron en Tezcuco cómo íbamos, salieron á recebir á Cortés, é vinieron muchos españoles que habian venido entónces de Castilla.

Y tambien vino á recebirnos el capitan Gonzalo de Sandoval con muchos soldados, y juntamente el señor de Tezcuco, que ya he dicho que se decia don Fernando; y se hizo á Cortés buen recebimiento, así de los nuestros como de los recien venidos de Castilla, y muchos más de los naturales de los pueblos comarcanos; pues trujeron de comer, y luego esa noche se volvió á Sandoval á Tezcuco con todos sus soldados á poner en cobro su real.

Y otro dia por la mañana fué Cortés con todos nosotros camino de Tezcuco; y como íbamos cansados y heridos, y dejábamos muertos nuestros soldados y compañeros, y sacrificados en poder de los mejicanos, en lugar de descansar y curar nuestras heridas, tenian ordenada una conjuracion ciertas personas de calidad, de la parcialidad de Narvaez, de matar á Cortés y á Gonzalo de Sandoval é á Pedro de Alvarado é Andrés de Tapia.

Y lo que más pasó diré adelante.

CAPÍTULO CXLVI.

CÓMO DESQUE LLEGAMOS CON CORTÉS Á TEZCUCO CON TODO NUESTRO EJÉRCITO Y SOLDADOS, DE LA ENTRADA DE RODEAR LOS PUEBLOS DE LA LAGUNA, TENIAN CONCERTADO ENTRE CIERTAS PERSONAS DE LOS QUE HABIAN PASADO CON NARVAEZ, DE MATAR Á CORTÉS Y Á TODOS LOS QUE FUÉSEMOS EN SU DEFENSA; Y QUIEN FUÉ PRIMERO AUTOR DE AQUELLA CHIRINOLA FUÉ UNO QUE HABIA SIDO GRAN AMIGO DE DIEGO VELAZQUEZ, GOBERNADOR DE CUBA; AL CUAL SOLDADO CORTÉS LE MANDÓ AHORCAR POR SENTENCIA; Y CÓMO SE HERRARON LOS ESCLAVOS Y SE APERCIBIÓ TODO EL REAL Y LOS PUEBLOS NUESTROS AMIGOS, Y SE HIZO ALARDE Y ORDENANZAS, Y OTRAS COSAS QUE MÁS PASARON.

Ya he dicho, como veniamos tan destrozados y heridos de la entrada por mí nombrada, pareció ser que un gran amigo del gobernador de Cuba, que se decia Antonio de Villafaña, natural de Zamora ú de Toro, se concertó con otros soldados de los de Narvaez, los cuales no nombro sus nombres por su honor, que así como viniese Cortés de aquella entrada, que le matasen, y habia de ser desta manera: que, como en aquella sazon habia venido un navío de Castilla, que cuando Cortés estuviese sentado á la mesa comiendo con sus capitanes é soldados, que entre aquellas personas que tenian hecho el concierto, que trujesen una carta muy cerrada y sellada, como que venia de Castilla, y que dijesen que era de su padre Martin Cortés, y que cuando la estuviese leyendo le diesen de puñaladas, y así al Cortés como á todos los capitanes y soldados que cerca de Cortés nos hallásemos en su defensa.

Pues ya hecho y consultado todo lo por mí dicho, los que lo tenian concertado, quiso nuestro Señor que dieron parte del negocio á dos personas principales, que aquí tampoco quiero nombrar, que habian ido en la entrada con nosotros, y aun á uno dellos en el concierto que tenian le habian nombrado por uno de los capitanes generales despues que hubiesen muerto á Cortés; y asimismo á otros soldados de los de Narvaez hacian alguacil mayor é alférez, y alcaldes y regidores, y contador y tesorero y veedor, y otras cosas deste arte, y aun repartido entre ellos nuestros bienes y caballos; y este concierto estuvo encubierto dos dias despues que llegamos á Tezcuco; y nuestro Señor Dios fué servido que tal cosa no pasase, porque era perderse la Nueva-España y todos nosotros muriéramos, porque luego se levantaran bandos y chirinolas.

Pareció ser que un soldado lo descubrió á Cortés, que luego pusiese remedio en ello ántes que más fuego sobre aquel caso se encendiese; porque le certificó aquel buen soldado que eran muchas personas de calidad en ello; y como Cortés lo supo, despues de hacer grandes ofrecimientos y dádivas que le dió á quien se lo descubrió, muy presto secretamente lo hace saber á todos nuestros capitanes, que fueron Pedro de Albarado é Francisco de Lugo, y á Cristóbal de Olí y á Gonzalo de Sandoval, é Andrés de Tapia é á mí y á dos alcaldes ordinarios que eran de aquel año, que se decian Luis Marin y Pedro de Ircio, y á todos nosotros los que éramos de la parte de Cortés; y así como lo supimos, nos apercebimos, y sin más tardar fuimos con Cortés á la posada de Antonio de Villafaña, y estaban con él muchos de los que eran en la conjuracion, y de presto le echamos mano al Villafaña con cuatro alguaciles que Cortés llevaba, y los capitanes y soldados que con el Villafaña estaban comenzaron á huir, y Cortés les mandó detener y prender algunos dellos.

Y cuando tuvimos preso al Villafaña, Cortés le sacó del seno el memorial que tenia con las firmas de los que fueron en el concierto que dicho tengo; y como lo hubo leido vió que eran muchas personas en ello de calidad, é por no infamarlos, echó fama que comió el memorial el Villafaña, y que no le habia visto ni leido, é luego hizo proceso contra él; y tomada la confesion, dijo la verdad, é con muchos testigos que habia de fe y de creer, que tomaron sobre el caso, por sentencia que dieron los alcaldes ordinarios, juntamente con Cortés y el maestre de campo Cristóbal de Olí, y despues que se confesó con el padre Juan Diaz, le ahorcaron de una ventana del aposento donde posaba el Villafaña; y no quiso Cortés que otro ninguno fuese infamado en aquel mal caso, puesto que en aquella sazon echaron presos á muchos por tener temores y hacer señal que queria hacer justicia de otros; y como el tiempo no daba lugar á ello, se disimuló; y luego acordó Cortés de tener guarda para su persona, y fué su capitan un hidalgo que se decia Antonio de Quiñones, natural de Zamora, con doce soldados, buenos hombres y esforzados, y le velaban de dia y de noche, y á nosotros de los que sentia que éramos de su banda, nos rogaba que mirásemos por su persona.

Y desde allí adelante, aunque mostraba gran voluntad á las personas que eran en la conjuracion, siempre se recelaba dellos.

Dejemos esta materia, y digamos cómo luego se mandó pregonar que todos los indios é indias que habiamos habido en aquellas entradas los llevasen á herrar dentro de dos dias á una casa que estaba señalada para ello; y por no gastar más palabras en esta relacion sobre la manera que se vendia en la almoneda, más de las que otras veces tengo dichas en las dos veces que se herraron, si mal lo habian hecho de ántes, muy peor se hizo esta vez, que, despues de sacado el real quinto, sacaba Cortés el suyo, y otras treinta socaliñas para capitanes; y si eran hermosas y buenas indias las que metiamos á herrar, las hurtaban de noche del monton que no parecian hasta de ahí á buenos dias; y por esta causa se dejaban de herrar muchas piezas que despues teniamos por naborías.

Dejemos de hablar en esto, y digamos lo que despues en nuestro real se ordenó.

CAPÍTULO CXLVII.

CÓMO CORTÉS MANDÓ Á TODOS LOS PUEBLOS NUESTROS AMIGOS QUE ESTABAN CERCANOS DE TEZCUCO, QUE HICIESEN ALMACEN DE SAETAS É CASQUILLOS DE COBRE, Y LO QUE EN NUESTRO REAL MÁS PASÓ.

Como se hubo hecho justicia del Antonio de Villafaña, y estaban ya pacíficos los que eran juntamente con él conjurados de matar á Cortés y á Pedro de Albarado y al Sandoval y á los que fuésemos en su defensa, segun más largamente lo tengo escrito en el capítulo pasado, é viendo Cortés que ya los bergantines estaban hechos, y puestas sus jarcias y velas y remos muy buenos, y más remos de los que habian menester para cada bergantin, y la zanja de agua por donde habian de salir á la laguna muy ancha é hondable, envió á decir á todas los pueblos nuestros amigos que estaban cerca de Tezcuco, que en cada pueblo hiciesen ocho mil casquillos de cobre, que fuesen segun otros que les llevaron por muestra, que eran de Castilla; y asimismo les mandó que en cada pueblo labrasen y desbastasen otras ocho mil saetas de una madera muy buena, que tambien les llevaron muestra, y les dió de plazo ocho dias para que trujesen las saetas y casquillos á nuestro real; lo cual trujeron para el tiempo que se les mandó, que fueron más de cincuenta mil casquillos y otras tantas mil saetas, y los casquillos fueron mejores que los de Castilla.

Y luego mandó Cortés á Pedro Barba, que en aquella sazon era capitan de ballesteros, que los repartiese, así saetas como casquillos, entre todos los ballesteros, é que les mandase que siempre desbastasen el almacen, y las emplumasen con engrudo, que pega mejor que lo de Castilla, que se hace de unas como raices que se dice cactle; y asimismo mandó al Pedro Barba que cada ballestero tuviese dos cuerdas bien pulidas y aderezadas para sus ballestas, y otras tantas nueces, para que si se quebrase alguna cuerda ó faltase la nuez, que luego se pusiese otra, é que siempre tirasen á terreno y viesen á qué pasos allegaba la fuga de sus ballestas, y para ello se les dió mucho hilo de Valencia para las cuerdas; porque en el navío que he dicho que vino pocos dias habia de Castilla, que era de Juan de Búrgos, trujo mucho hilo y gran cantidad de pólvora y ballestas y otras muchas armas, y herraje y escopetas.

Y tambien mandó Cortés á los de á caballo que tuviesen sus caballos herrados y las lanzas puestas á punto, é que cada dia cabalgasen y corriesen y les mostrasen muy bien á revolver y escaramuzar; y hecho esto, envió mensajeros y cartas á nuestro amigo Xicotenga el viejo, que, como ya he dicho otras veces, era vuelto cristiano y se llamaba don Lorenzo de Vargas, y á su hijo Xicotenga el mozo, y á sus hermanos y al Chichimecatecle, haciéndoles saber que en pasando el dia de Corpus Christi habiamos de partir de aquella ciudad para ir sobre Méjico á ponelle cerco, y que le enviase veinte mil guerreros de los suyos de Tlascala y los de Guaxocingo y Cholula, pues todos eran amigos y hermanos en armas; é ya lo sabian los tlascaltecas de sus mismos indios el plazo y concierto, como siempre iban de nuestro real cargados de despojos de las entradas que haciamos.

Tambien apercibió á los de Chalco y Talmanalco y sus sujetos que se apercibiesen para cuando los enviásemos á llamar; y se les hizo saber cómo era para poner cerco á Méjico, y en qué tiempo habiamos de ir; y tambien se les dijo á don Hernando, señor de Tezcuco, y á sus principales y á todos sus sujetos, y á todos los más pueblos nuestros amigos; y todos á una respondieron que lo harian muy cumplidamente lo que Cortés les enviaba á mandar, é que vernian, y los de Tlascala vinieron pasada la Pascua del Espíritu Santo.

Hecho esto, se acordó de hacer alarde un dia de Pascua, lo cual diré adelante el concierto que se dió.

CAPÍTULO CXLVIII.

CÓMO SE HIZO ALARDE EN LA CIUDAD DE TEZCUCO EN LOS PATIOS MAYORES DE AQUELLA CIUDAD, Y LOS DE Á CABALLO, BALLESTEROS Y ESCOPETEROS Y SOLDADOS QUE SE HALLARON, Y LAS ORDENANZAS QUE SE PREGONARON, Y OTRAS COSAS QUE SE HICIERON.

Despues que se dió la órden, así como ántes he dicho, y se enviaron mensajeros y cartas á nuestros amigos los de Tlascala y á los de Chalco, y se dió aviso á los demás pueblos, acordó Cortés con nuestros capitanes y soldados que para el segundo dia del Espíritu Santo, que fué el año de 1521 años, se hiciese alarde; el cual alarde se hizo en los patios mayores de Tezcuco, y halláronse ochenta y cuatro de á caballo y seiscientos y cincuenta soldados de espada y de rodela, é muchos de lanzas, é ciento y noventa y cuatro ballesteros y escopeteros; y destos se sacaron para los trece bergantines los que ahora diré: para cada bergantin doce ballesteros y escopeteros, estos no habian de remar; y demás desto, tambien se sacaron otros doce remeros para cada bergantin, á seis por banda, que son los doce que he dicho. Y demás desto, un capitan por cada bergantin.

Por manera que sale á cada bergantin á veinte y cinco soldados con el capitan, é trece bergantines que eran, á veinte y cinco soldados, son ducientos y ochenta y ocho, y con los artilleros que les dieron, demás de los veinte y cinco soldados, fueron en todos los bergantines trecientos soldados por la cuenta que he dicho; y tambien les repartió los tiros de fustera é halconetes que teniamos y la pólvora que les parecia que habian menester; y esto hecho, mandó pregonar las ordenanzas que todos habiamos de guardar.

Lo primero, que ninguna persona fuese osada de blasfemar de Nuestro Señor Jesucristo ni de Nuestra Señora su bendita Madre, ni de los Santos Apóstoles ni otros Santos, so graves penas.

Lo segundo, que ningun soldado tratase mal á nuestros amigos, pues iban para nos ayudar, ni les tomasen cosa ninguna, aunque fuesen de las cosas que ellos habian adquirido en la guerra, ni plata ni chalchihuies.

Lo tercero, que ningun soldado fuese osado de salir ni de dia ni de noche de nuestro real para ir á ningun pueblo de nuestros amigos ni á otra parte á traer de comer ni á otra cualquier cosa, so graves penas.

Lo cuarto, que todos los soldados llevasen muy buenas armas y bien colchadas, y gorjal y papahigos y antiparas y rodelas; que, como sabiamos, que era tanta la multitud de vara y piedra y flecha y lanza, para todo era menester llevar las armas que decia el pregon.

Lo quinto, que ninguna persona jugase caballo ni armas, por via ninguna, con gran pena que se les puso.

Lo sexto y último, que ningun soldado ni hombre de á caballo ni ballestero ni escopetero duerma sin estar con todas sus armas vestidas y con alpargates calzados, excepto si no fuese con gran necesidad de heridas ó estar doliente, porque estuviésemos muy bien aparejados para cualquier tiempo que los mejicanos viniesen á nos dar guerra.

Y demás desto, se pregonaron las leyes que se mandan guardar en lo militar, que es al que se duerme en la vela ó se va del puesto que le ponen, pena de muerte; y se pregonó que ningun soldado vaya de un real á otro sin licencia de su capitan, so pena de muerte.

Más se pregonó, que el soldado que dejare su capitan en la guerra ó batalla é se huya, pena de muerte.

Esto pregonado, diré en lo que más se entendió.

CAPÍTULO CXLIX.

CÓMO CORTÉS BUSCÓ Á LOS MARINEROS QUE ERAN MENESTER PARA REMAR EN LOS BERGANTINES, Y SE LES SEÑALÓ CAPITANES QUE HABIAN DE IR EN ELLOS, Y DE OTRAS COSAS QUE SE HICIERON.

Despues de hecho el alarde ya otras veces dicho, como vió Cortés que para remar los bergantines no hallaban tantos hombres del mar que supiesen remar, puesto que bien se conocian los que habiamos traido en nuestros navíos que dimos al través con ellos cuando venimos con Cortés, é asimismo se conocian los marineros de los navíos de Narvaez y de los de Jamáica, y todos estaban puestos por memoria y los habian apercebido porque habian de remar, y aun con todos ellos no habia recaudo para todos trece bergantines, y muchos dellos rehusaban y aun decian que no habian de remar; y Cortés hizo pesquisa para saber los que eran marineros y habian visto que iban á pescar, ó si eran de Pálos ó Moguer ú de Triana ú del Puerto ú de otro cualquier puerto ó parte donde hay marineros, les mandaba, so graves penas, que entrasen en los bergantines, y aunque más hidalgos dijesen que eran, les hizo ir á remar; y desta manera juntó ciento y cincuenta hombres para remar, y ellos fueron los mejor librados que nosotros los que estábamos en las calzadas batallando, y quedaron ricos de despojos, como adelante diré.

Y desque Cortés les hubo mandado que anduviesen en los bergantines, y les repartió los ballesteros y escopeteros y pólvora y tiros é saetas y todo lo demás que era menester, y les mandó poner en cada bergantin las banderas Reales y otras banderas del nombre que se decia ser el bergantin, y otras cosas que convenian, nombró por capitanes para cada uno dellos á los que ahora aquí diré: á Garci-Holguin, Pedro Barba, Juan de Limpias, Carvajal el sordo, Juan Jaramillo, Jerónimo Ruiz de la Mota, Carvajal, su compañero, que ahora es muy viejo y vive en la calle de San Francisco; é á un Portillo, que entónces vino de Castilla, buen soldado, que tenia una mujer hermosa; é á un Zamora, que fué maestre de navíos, que vivia ahora en Guaxaca; é á un Colmenero, que era marinero, buen soldado; é á un Lerma é á Ginés Norte é á Briones, natural de Salamanca; el otro capitan no me acuerdo su nombre, é á Miguel Diaz de Auz; é cuando los hubo nombrado, mandó á todos los ballesteros y escopeteros é á los demás soldados que habian de remar, que obedeciesen á los capitanes que les ponia y no saliesen de su mandado, so graves penas; y les dió las instrucciones que cada capitan habia de hacer y en qué puesto habian de ir de las calzadas é con qué capitanes de los de tierra.

Acabado de poner en concierto todo lo que he dicho, viniéronle á decir á Cortés que venian los capitanes de Tlascala con gran copia de guerreros, y venian en ellos por capitan general Xicotenga el mozo, el que fué capitan cuando las guerras de Tlascala, y este fué el que nos trataba la traicion en Tlascala cuando salimos huyendo de Méjico, segun otras muchas veces lo he referido; é que traia en su compañía otros dos hermanos, hijos del buen viejo don Lorenzo de Vargas, é que traia gran copia de tlascaltecas y de Guaxocingo, y otro capitan de cholultecas; y aunque eran pocos, porque, á lo que siempre vi, despues que en Cholula se les hizo el castigo ya otra vez por mí dicho en el capítulo que dello habla, despues acá jamás fueron con los mejicanos ni aun con nosotros, sino que se estaban á la mira, que aun cuando nos echaron de Méjico no se hallaron ser nuestros contrarios.

Dejemos esto, y volvamos á nuestra relacion: que como Cortés supo que venia Xicotenga y sus hermanos y otros capitanes, é vinieron un dia primero del plazo que les enviaron á decir que viniesen, salió á les recebir Cortés un cuarto de legua de Tezcuco, con Pedro de Albarado y otros nuestros capitanes; y como encontraron con el Xicotenga y sus hermanos, les hizo Cortés mucho acato y les abrazó, y á todos los más capitanes, y venian en gran ordenanza y todos muy lucidos, con grandes divisas cada capitanía por sí, y sus banderas tendidas, y el ave blanca que tienen por armas, que parece águila con sus alas tendidas; traian sus alféreces revolando sus banderas y estandartes, y todos con sus arcos y flechas y espadas de á dos manos y varas con tiraderas, é otros macanas y lanzas grandes é otras chicas é sus penachos, y puestos en concierto y dando voces y gritos é silbos, diciendo:

—«¡Viva el Emperador, nuestro señor, y Castilla, Castilla, Tlascala, Tlascala!»

Y tardaron en entrar en Tezcuco más de tres horas, y Cortés los mandó aposentar en unos buenos aposentos, y los mandó dar de comer de todo lo que en nuestro real habia; é despues de muchos abrazos y ofrecimientos que los haria ricos, se despidió dellos y les dijo que otro dia les diria lo que habian de hacer, é que ahora venian cansados, que reposasen; y en aquel instante que llegaron aquellos caciques de Tlascala que dicho tengo, entraron en nuestro real cartas que enviaba un soldado que se decia Hernando de Barrientos, desde un pueblo que se dice Chinanta, que estará de Méjico obra de noventa leguas; y lo que en ella se contenia era que habian muerto los mejicanos en el tiempo que nos echaron de Méjico á tres compañeros suyos cuando estaban en las estancias y minas donde los dejó el capitan Pizarro, que así se llamaba, para que buscasen y descubriesen todas aquellas comarcas si habia minas ricas de oro, segun dicho tengo en el capítulo que dello habla; y que el Barrientos que se acogió á aquel pueblo de Chinanta, adonde estaba, y que son enemigos de mejicanos.

Este pueblo fué donde trujeron las picas cuando fuimos sobre Narvaez.

Y porque no hacen al caso á nuestra relacion otras particularidades que decia en la carta, se dejará de decir: y Cortés sobre ella le escribió en respuesta dándole relacion de la manera que íbamos de camino para poner cerco á Méjico, y que á todos los caciques de aquellas provincias les diese sus encomiendas, y que mirase que no se viniese de aquella tierra hasta tener carta suya, porque en el camino no le matasen los mejicanos.

Dejemos esto, y digamos cómo Cortés ordenó de la manera que habiamos de ir á poner cerco á Méjico, y quién fueron los capitanes, y lo que más en el cerco sucedió.

CAPÍTULO CL.

CÓMO CORTÉS MANDÓ QUE FUESEN TRES GUARNICIONES DE SOLDADOS Y DE Á CABALLO Y BALLESTEROS Y ESCOPETEROS POR TIERRA Á PONER CERCO Á LA GRAN CIUDAD DE MÉJICO, Y LOS CAPITANES QUE NOMBRÓ PARA CADA GUARNICION, Y LOS SOLDADOS Y DE Á CABALLO Y BALLESTEROS Y ESCOPETEROS QUE LES REPARTIÓ, Y LOS SITIOS Y CIUDADES DONDE HABIAMOS DE ASENTAR NUESTROS REALES.

Mandó que Pedro de Albarado fuese por capitan de ciento y cincuenta soldados de espada y rodela, y muchos llevaban lanzas, y les dió treinta de á caballo y diez y ocho escopeteros y ballesteros, y nombró que fuesen juntamente con él á Jorge de Albarado, su hermano, y á Gutierre de Badajoz y á Andrés de Monjaraz, y estos mandó que fuesen capitanes de cada cincuenta soldados, y que repartiesen entre todos tres los escopeteros y ballesteros, tanto á una capitanía como á otra; y que el Pedro de Albarado fuese capitan de los á caballo y general de las tres capitanías, y le dió ocho mil tlascaltecas con sus capitanes, y á mí me señaló y mandó que fuese con el Pedro de Albarado, y que fuésemos á poner sitio en la ciudad de Tacuba; y mandó que las armas que llevásemos fuesen muy buenas, y papahigos y gorjales y antiparas, porque era mucha la vara y piedra como granizo, y flechas y lanzas y macanas y otras armas de espadas de á dos manos con que los mejicanos peleaban con nosotros, y para tener defensa con ir bien armados; y aun con todo esto, cada dia que batallamos habia muertos y heridos, segun adelante diré.

Pasemos á otra capitanía. Dió á Cristóbal de Olí, que era maestre de campo, otros treinta de á caballo y ciento y setenta y cinco soldados y veinte escopeteros y ballesteros, y todos con sus armas, segun y de la manera que los dió á Pedro de Albarado; y le nombró otros tres capitanes, que fué Andrés de Tapia y Francisco Verdugo y Francisco de Lugo, y entre todos tres capitanes repartiesen los soldados y escopeteros y ballesteros; y que el Cristóbal de Olí fuese capitan general de las tres capitanías y de los de á caballo, y le dió otros ocho mil tlascaltecas, y le mandó que fuese á asentar su real en la ciudad de Cuyoacoan, que estará de Tacuba dos leguas.

De otra guarnicion de soldados hizo capitan á Gonzalo de Sandoval, que era alguacil mayor, le dió veinte y cuatro de á caballo y catorce escopeteros y ballesteros y ciento y cincuenta soldados de espada y rodela y lanza, y más de ocho mil indios de guerra de los de Chalco y Guaxocingo y de otros pueblos por donde el Sandoval habia de ir, que eran nuestros amigos, y le dió por compañeros y capitanes á Luis Marin y á Pedro de Ircio, que eran amigos del Sandoval; y les mandó que entre los dos capitanes repartiesen los soldados y ballesteros, y que el Sandoval tuviese á su cargo los de á caballo y que fuese general de todos, y que sentase su real junto á Iztapalapa, é que le diese guerra y le hiciese todo el mal que pudiese hasta que otra cosa le fuese mandado; y no partió Sandoval de Tezcuco hasta que Cortés, que era capitan de los bergantines, estaba muy á punto para salir con los trece bergantines por la laguna; en los cuales llevaba trecientos soldados, con ballesteros y escopeteros, porque así estaba ordenado.

Por manera que Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí, habiamos de ir por una parte y Sandoval por otra.

Digamos ahora que los unos á mano derecha y los otros desviados por otro camino: y esto es así, porque los que no saben aquellas ciudades y la laguna lo entiendan; porque se tornaban casi que á juntar.

Dejemos de hablar más en ello, y digamos que á cada capitan se le dió las instrucciones de lo que les era mandado; y como nos habiamos de partir para otro dia por la mañana, y porque no tuviésemos tantos embarazos en el camino, enviamos adelante todas las capitanías de Tlascala hasta llegar á tierra de mejicanos.

É yendo que iban los tlascaltecas descuidados con su capitan Chichimecatecle, é otros capitanes con sus gentes, no vieron que iba Xicotenga el mozo, que era el capitan general dellos; y preguntando y pesquisando el Chichimecatecle qué se habia hecho ó adónde se habia quedado, alcanzaron á saber que se habia vuelto aquella noche encubiertamente para Tlascala, y que iba á tomar por fuerza el cacicazgo é vasallos y tierra del mismo Chichimecatecle; y las causas que para ello decian los tlascaltecas eran, que como el Xicotenga el mozo vió ir los capitanes de Tlascala á la guerra, especialmente á Chichimeclatecle, que no tendria contraditores, porque no tenia temor de su padre Xicotenga el ciego, que como padre le ayudaria, y nuestro amigo Masse-Escaci, que ya era muerto; é á quien temia era al Chichimecatecle.

Y tambien dijeron que siempre conocieron del Xicotenga no tener voluntad de ir á la guerra de Méjico, porque le oian decir muchas veces que todos nosotros y ellos habian de morir en ella.

Pues desque aquello vió y entendió el Chichimeclatecle, cuyas eran las tierras y vasallos que iba á tomar, vuelve del camino más que de paso, é viene á Tezcuco á hacérselo saber á Cortés; é como Cortés lo supo, mandó que con brevedad fuesen cinco principales de Tezcuco y otros dos de Tlascala, amigos de Xicotenga, á hacelle volver del camino, y le dijesen que Cortés le rogaba que luego se volviese para ir contra sus enemigos los mejicanos, y que mire que su padre D. Lorenzo de Vargas, si no fuera viejo y ciego, como estaba, viniera sobre Méjico; y que pues toda Tlascala fueron y son muy leales servidores de su majestad, que no quiera él infamarlos con lo que ahora hace, y le envió á hacer muchos prometimientos y promesas, y que le daria oro y mantas porque volviese; y la respuesta que le envió á decir fué, que si el viejo de su padre y Masse-Escaci le hubieran creido, que no se hubieran señoreado tanto dellos, que les hace hacer todo lo que quiere; y por no gastar más palabras, dijo que no queria venir.

Y como Cortés supo aquella respuesta, de presto dió un mandamiento á un alguacil, y con cuatro de á caballo y cinco indios principales de Tezcuco que fuesen muy en posta, y donde quiera que lo alcanzasen que lo ahorcasen; é dijo:

—«Ya en este cacique no hay enmienda, sino que siempre nos ha de ser traidor y malo y de malos consejos;» y que no era tiempo para más le sufrir, que bastaba lo pasado y presente.

Y como Pedro de Albarado lo supo, rogó mucho por él, y Cortés ó le dió buena respuesta ó secretamente mandó al alguacil é á los de á caballo que no le dejasen con la vida; y así se hizo, que en un pueblo sujeto á Tezcuco le ahorcaron, y en esto hubieron de parar sus traiciones.

Algunos tlascaltecas hubo que dijeron que su padre D. Lorenzo de Vargas envió á decir á Cortés que aquel su hijo era malo y que no se confiase dél, y que procurase de le matar.

Dejemos esta plática así, y diré que por esta causa nos detuvimos aquel dia sin salir de Tezcuco; y otro dia, que fueron 13 de Mayo de 1521 años, salimos entrambas capitanías juntas; porque así Cristóbal de Olí como Pedro de Albarado habiamos de llevar un camino, y fuimos á dormir á un pueblo sujeto de Tezcuco, que se dice Aculma; y pareció ser que Cristóbal de Olí envió adelante á aquel pueblo á tomar posada, y tenia puesto en cada casa por señal ramos verdes encima de las azuteas; y cuando llegamos con Pedro de Albarado no hallamos donde posar, y sobre ello ya habiamos echado mano á las armas de los de nuestra capitanía contra los de Cristóbal de Olí, y aun los capitanes desafiados, y no faltó caballeros de entrambas partes que se metieron entre nosotros, y se pacificó algo el ruido, y no tanto, que todavía estábamos todos resabidos: y desde allí lo hicieron saber á Cortés, y luego envió en posta á fray Pedro Melgarejo y al capitan Luis Marin, y escribió á los capitanes y á todos nosotros, reprendiéndonos por la cuestion y persuadiéndonos la paz; y como llegaron nos hicieron amigos; mas desde allí adelante no se llevaron bien los capitanes, que fué Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí.

Y otro dia fuimos caminando entrambas las capitanías juntas, y fuímonos á dormir á un gran pueblo que estaba despoblado, porque ya era tierra de mejicanos; y otro dia fuimos nuestro camino tambien á dormir á otro gran pueblo que se decia Guatitlan, que otras veces he nombrado, y tambien estaba sin gente; é otro dia pasamos por otros dos pueblos, que se decian Tenayuca y Escapuzalco, y tambien estaban despoblados; y asimismo se aposentaron todos nuestros amigos los tlascaltecas, y aun aquella tarde fueron por las estancias de aquellas poblaciones y trujeron de comer, y con buenas velas y escuchas y corredores del campo, como siempre teniamos para que no nos cogiesen desapercebidos, dormimos aquella noche, porque ya he dicho otras veces que la ciudad de Méjico está junto á Tacuba; é ya que anochecia oimos grandes gritas que nos daban desde la laguna, diciéndonos muchos vituperios y que no éramos hombres para salir á pelear con ellos; y tenian tantas de las canoas llenas de guerreros, y aquellas palabras que nos decian eran con pensamiento de nos indignar para que saliésemos aquella noche á guerrear, y herirnos más á su salvo; y como estábamos escarmentados de lo de las calzadas y puentes muchas veces por mí nombradas, no quisimos salir hasta otro dia, que fué domingo, despues de haber oido Misa, que nos la dijo el Padre Juan Diaz; y despues de nos encomendar á Dios, acordamos que entrambas capitanías juntas fuésemos á quebrar el agua de Chalputepeque, de que se proveia la ciudad, que estaba desde allí de Tacuba aun en media legua.

É yendo á les quebrar los caños, topamos muchos guerreros, que nos esperaban en el camino; porque bien entendido tenian que aquello habia de ser lo primero en que los podriamos dañar; y así como nos encontraron cerca de unos pasos malos comenzaron á nos flechar y tirar vara y piedra con hondas, é nos hirieron á tres soldados; más de presto les hicimos volver las espaldas, y nuestros amigos los de Tlascala los siguieron de manera, que mataron veinte y prendieron siete ú ocho dellos; y como aquellos grandes escuadrones estuvieron puestos en huida, les quebramos los caños por donde iba el agua á su ciudad, y desde entónces nunca fué á Méjico entre tanto que duró la guerra.

Y como aquello hubimos hecho, acordaron nuestros capitanes que luego fuésemos á dar una vista y entrar por la calzada de Tacuba y hacer lo que pudiésemos para les ganar una puente; y llegados que fuimos á la calzada, eran tantas las canoas que en la laguna estaban llenas de guerreros y en las mismas canoas é calzadas, que nos admirábamos dello; y tiraron tanta de vara y flecha y piedra con hondas, que en la primera refriega hirieron treinta de nuestros soldados é murieron tres; y aunque nos hacian tanto daño, todavía les fuimos entrando por la calzada adelante hasta una puente, y á lo que yo entendí, ellos nos daban lugar á ello, por meternos de la parte de la puente; y como allí nos tuvieron, digo que cargaron tanta multitud de guerreros sobre nosotros, que no nos podiamos valer; porque por la calzada dicha, que son ocho pasos de ancho, ¿qué podiamos hacer á tan gran poderio que estaban de la una parte y de la otra de la calzada y daban en nosotros como á terrero? Porque ya que nuestros escopeteros y ballesteros no hacian sino armar y tirar á las canoas, no les haciamos daño, sino muy poco, porque las traian muy bien armadas de talabardones de madera.

Pues cuando arremetiamos á los escuadrones que peleaban en la misma calzada luego se echaban al agua, y habia tantos dellos, que no nos podiamos valer.

Pues los de á caballo no aprovechaban cosa ninguna, porque les herian los caballos de la una parte y de la otra desde el agua; y ya que arremetian tras los escuadrones, echábanse al agua, y tenian hechos unos mamparos, donde estaban otros guerreros aguardando con unas lanzas largas que habian hecho con las armas que nos tomaron cuando nos echaron de Méjico é salimos huyendo; y desta manera estuvimos peleando con ellos obra de un hora, y tanta priesa nos daban, que no nos podiamos sustentar contra ellos; y aun vimos que venia por otras partes una gran flota de canoas á atajarnos los pasos para tomarnos las espaldas, y conociendo esto nuestros capitanes y todos nuestros soldados, apercebimos que los amigos tlascaltecas que llevábamos nos embarazaban mucho la calzada, que se saliesen fuera, porque en el agua vista cosa es que no pueden pelear; y acordamos de con buen concierto retraernos y no pasar más adelante.

Pues cuando los mejicanos nos vieron retraer y echar fuera los tlascaltecas, ¡qué grita y alaridos nos daban! Y como se venian á juntar con nosotros pié con pié, digo que yo no lo sé escribir, porque toda la calzada hincheron de vara y flecha é piedra de las que nos tiraban, pues las que caian en el agua muchas más serian, y como nos vimos en tierra firme, dimos gracias á Dios por nos haber librado de aquella batalla, y ocho de nuestros soldados quedaron aquella vez muertos y más de cincuenta heridos; y aun con todo esto nos daban grita y decian vituperios desde las canoas, y nuestros amigos los tlascaltecas les decian que saliesen á tierra y que fuesen doblados los contrarios, y pelearian con ellos.

Esta fué la primera cosa que hicimos, quitalles el agua y darle vista á la laguna, aunque no ganamos honra con ellos; y aquella noche nos estuvimos en nuestro real y se curaron los heridos, y aun se murió un caballo, y pusimos buen cobro de velas y escuchas; y otro dia de mañana dijo el capitan Cristóbal de Olí que se queria ir á su puesto, que era á Cuyoacoan, que estaba de allí legua y media; é por más que le rogó Pedro de Albarado y otros caballeros que no se apartasen aquellas dos capitanías, sino que se estuviesen juntas, jamás quiso; porque, como era el Cristóbal muy esforzado, y en la vista que el dia ántes dimos á la laguna no nos sucedió bien, decia el Cristóbal de Olí que por culpa de Pedro de Albarado habiamos entrado inconsideradamente; por manera que jamás quiso quedar, y se fué adonde Cortés le mandó, que es Cuyoacoan, y nosotros nos quedamos en nuestro real; y no fué bien apartarse una capitanía de otra en aquella sazon, porque si los mejicanos tuvieran aviso que éramos pocos soldados, en cuatro ó cinco dias que allí estuvimos apartados ántes que los bergantines viniesen, y dieran sobre nosotros y en los de Cristóbal de Olí, corriéramos harto trabajo ó hiciera gran daño.

Y de aquesta manera estuvimos en Tacuba, y el Cristóbal de Olí en su real, sin osar dar más vista ni entrar por las calzadas, y cada dia teniamos en tierra rebatos de muchos mejicanos que salian á tierra firme á pelear con nosotros, y aun nos desafiaban para meternos en parte donde fuesen señores de nosotros y no les pudiésemos hacer ningun daño.

Y dejallo he aquí, y diré cómo Gonzalo de Sandoval salió de Tezcuco cuatro dias despues de la fiesta de Corpus Christi, y se vino á Iztapalapa, que casi todo el camino era de amigos y sujetos de Tezcuco; y como llegó á la poblacion de Iztapalapa, luego les comenzó á dar guerra y á quemar muchas casas de las que estaban en tierra firme, porque las demás casas todas estaban en la laguna; mas no tardó muchas horas, que luego vinieron en socorro de aquella ciudad grandes escuadrones de mejicanos, y tuvo Sandoval con ellos una buena batalla y grandes reencuentros cuando peleaban en tierra; y despues de acogidos á las canoas, les tiraban mucha vara y flecha y piedra, y herian algunos soldados.

Y estando desta manera peleando, vieron que en una sierrezuela que está allí junto á Iztapalapa en tierra firme hacian grandes ahumadas, y que les respondian con otras ahumadas de otros pueblos que están poblados en la laguna, y era señal que se apellidaban todas las canoas de Méjico y de todos los pueblos de alrededor de la laguna, porque vieron á Cortés que ya habia salido de Tezcuco con los trece bergantines, porque luego que se vino el Sandoval de Tezcuco no aguardó allí más Cortés; y la primera cosa que hizo en entrando en la laguna fué combatir á un peñol que estaba en una isleta junto á Méjico, donde estaban recogidos muchos mejicanos, ansí de los naturales de aquella ciudad como de los forasteros que se habian ido á hacer fuertes; y salió á la laguna contra Cortés todo el número de canoas que habia en todo Méjico y en todos los pueblos que están poblados en el agua ó cerca della, que son Suchimileco, Cuyoacoan, Iztapalapa é Huichilobusco y Mexicalcingo, é otros pueblos que por no me detener no nombro, y todos juntamente fueron contra Cortés, y á esta causa aflojaron algo los que daban guerra en Iztapalapa á Sandoval; y como todos los más de aquella ciudad en aquel tiempo estaban poblados en el agua, no les podia hacer mal ninguno, puesto que á los principios mató muchos de los contrarios; y como llevaba muy gran copia de amigos, con ellos cautivó y prendió mucha gente de aquellas poblaciones.

Dejemos al Sandoval, que quedó aislado en Iztapalapa, que no podia venir con su gente á Cuyoacoan si no era por una calzada que atravesaba por mitad de la laguna, y si por ella viniera, no hubiera bien entrado cuando le desbarataran los contrarios, por causa que por entrambas á dos partes del agua le habian de guerrear, y él no habia de ser señor de poderse defender, y á esta causa se estuvo quedo.

Dejemos al Sandoval, y digamos que como Cortés vió que se juntaban tantas flotas de canoas contra sus trece bergantines, las temió en gran manera, y eran de temer, porque eran más de cuatro mil canoas; y dejó el combate del peñol y se puso en parte de la laguna, para si se viese en aprieto poder salir con sus bergantines á lo largo y correr á la parte que quisiese, y mandó á sus capitanes que en ellos venian que no curasen de embestir ni apretar contra canoas ningunas hasta que refrescase más el viento de tierra, porque en aquel instante comenzaba á ventear; y como las canoas vieron que los bergantines reparaban, creian que de temor dellos lo hacian, y era verdad como lo pensaron, y entónces les daban mucha priesa los capitanes mejicanos, y mandaban á todas sus gentes que luego fuesen á embestir con nuestros bergantines; y en aquel instante vino un viento muy recio y muy bueno, y con buena priesa que se dieron nuestros remeros y el tiempo aparejado, mandó Cortés embestir con la flota de canoas, y trastornaron muchas dellas y prendieron y mataron muchos indios, y las demás canoas se fueron á recoger entre las casas que están en la laguna, en parte que no podian llegar á ellas nuestros bergantines; por manera que este fué el primer combate que se hubo por la laguna, é Cortés tuvo vitoria, gracias á Dios por todo, amen.

Y como aquello fué hecho, se fué con los bergantines hácia Cuyoacoan, adonde estaba asentado el Real de Cristóbal de Olí, y peleó con muchos escuadrones mejicanos que le esperaban en partes peligrosas, creyendo de tomarle los bergantines; y como le daban mucha guerra desde las canoas que estaban en la laguna y desde unas torres de ídolos, mandó sacar de los bergantines cuatro tiros, y con ellos daba guerra, y mataba y heria muchos indios; y tanta priesa tenian los artilleros, que por descuido se les quemó la pólvora, y aun se chamuscaron algunos dellos las caras y manos; y luego despachó Cortés un bergantin muy ligero á Iztapalapa al real de Sandoval para que trajesen toda la pólvora que tenia, y le escribió que de allí donde estaba no se mudase.

Dejemos á Cortés, que siempre tenia rebatos de mejicanos, hasta que se juntó en el real de Cristóbal de Olí, y en dos dias que allí estuvo siempre le combatian muchos contrarios; y porque yo en aquella sazon estaba en lo de Tacuba con Pedro de Albarado, diré lo que hicimos en nuestro real; y es que, como sentimos que Cortés andaba por la laguna, entramos por nuestra calzada adelante y con gran concierto, y no como la primera vez, y les llegamos á la puente, y los ballesteros y escopeteros con mucho concierto, tirando unos y armando otros, y á los de á caballo les mandó Pedro de Albarado que no entrasen con nosotros entre las calzadas; y desta manera estuvimos, unas veces peleando y otras poniendo resistencia no entrasen por tierra, porque cada dia teniamos refriegas, y en ellas nos mataron tres soldados; y tambien entendiamos en adobar los malos pasos.

Dejemos esto, y digamos cómo Gonzalo de Sandoval, que estaba en Iztapalapa, viendo que no les podia hacer mal á los de Iztapalapa, porque estaban en el agua, y ellos á él le herian sus soldados, acordó de se venir á unas casas é poblacion que estaban en el agua, que podian entrar en ellas, y les comenzó á combatir; y estándoles dando guerra, envió Guatemuz, gran señor de Méjico, á muchos guerreros á los ayudar y deshacer y abrir la calzada por donde habia entrado el Sandoval, para tomalles dentro y que no tuviesen por donde salir; y envió por otra parte mucha más gente de guerra; y como Cortés estaba con Cristóbal de Olí, é vieron salir gran copia de canoas hácia Iztapalapa, acordó de ir con los bergantines y con toda la capitanía de Cristóbal de Olí hácia Iztapalapa en busca de Sandoval; é yendo por la laguna con los bergantines y el Cristóbal de Olí por la calzada, vieron que estaban abriendo la calzada muchos mejicanos, y tuvieran por cierto que estaba allí en aquellas casas el Sandoval, y fueron con los bergantines é le hallaron peleando con el escuadron de guerreros que envió el Guatemuz, y cesó algo la pelea; y luego mandó Cortés á Gonzalo de Sandoval que dejase aquello de Iztapalapa é fuese por tierra á poner cerco á otra calzada que va desde Méjico á un pueblo que se dice Tepeaquilla, adonde ahora llaman Nuestra Señora de Guadalupe, donde hace y ha hecho muchos y admirables milagros.

É digamos cómo Cortés repartió los bergantines, y lo que más se hizo.

CAPÍTULO CLI.

CÓMO CORTÉS MANDÓ REPARTIR LOS DOCE BERGANTINES, Y MANDÓ QUE SE SACASE LA GENTE DEL MÁS PEQUEÑO BERGANTIN, QUE SE DECIA BUSCA-RUIDO, Y DE LO DEMÁS QUE PASÓ.

Como Cortés y todos nuestros capitanes y soldados entendimos que sin los bergantines no podriamos entrar por las calzadas para combatir á Méjico, envió cuatro dellos á Pedro de Albarado, y en su real, que era el de Cristóbal de Olí, dejó seis bergantines, y á Gonzalo de Sandoval, en la calzada de Tepeaquilla, envió dos; y mandó que el bergantin más pequeño que no anduviese más en el agua, porque no le trastornasen las canoas, que no era de sustento, y la gente y marineros que en él andaban mandó repartir en esotros doce, porque ya estaban muy mal heridos veinte hombres de los que en ellos andaban.

Pues desque nos vimos en nuestro real de Tacuba con aquella ayuda de los bergantines, mandó Pedro de Albarado que los dos dellos anduviesen por la una parte de la calzada y los otros dos de la otra parte, é comenzamos á pelear muy de hecho, porque las canoas que nos solian dar guerra desde el agua, los bergantines las desbarataban; y ansí, teniamos lugar de les ganar algunas puentes y albarradas; y cuando con ellos estábamos peleando, era tanta la piedra con hondas y vara y flecha que nos tiraban, que por bien que íbamos armados, todos los más soldados nos descalabraban, y quedábamos heridos, y hasta que la noche nos despartia no dejábamos la pelea y combate.

Pues quiero decir el mudarse de escuadrones con sus divisas é insignias de las armas que de los mejicanos se remudaban de rato en rato, pues á los bergantines cuál los paraban de las azuteas, que los cargaban de vara y flecha y piedra, porque era más que granizo, y no lo sé aquí decir ni habrá quien lo pueda comprender, sino los que en ello nos hallamos, que venia tanta multitud dellas como granizo, é de presto cubrian la calzada, pues ya que con tantos trabajos les ganábamos alguna puente ó albarrada y la dejábamos sin guarda, aquella misma noche la habian de tornar á ahondar, y ponian muy mejores defensas, y aun hacian hoyos encubiertos en el agua, para que otro dia cuando peleásemos, al tiempo de retraer, nos embarazásemos y cayésemos en los hoyos, y pudiesen en sus canoas desbaratarnos; porque ansimismo tenian aparejadas muchas canoas para ello, puestas en partes que no las viesen nuestros bergantines, para cuando nos tuviesen en aprieto en los hoyos, los unos por tierra y los otros por el agua dar en nosotros; y para que nuestros bergantines no nos pudiesen venir á ayudar tenian hechas muchas estacadas en el agua, encubiertas en partes que en ellas zabordasen, y desta manera peleábamos cada dia.

Ya he dicho otras veces que los caballos muy poco aprovechaban en las calzadas, porque si arremetian ó daban alcance á los escuadrones que con nosotros peleaban, luego se les arrojaban en el agua, y á unos mamparos que tenian hechos en las calzadas, donde estaban otros escuadrones de guerreros aguardando con lanzas largas de las nuestras, ó dalles que habian hecho muy más largas que son las nuestras, de las armas que tomaron cuando el gran desbarate que nos dieron en Méjico; y con aquellas lanzas y grandes rociadas de flecha y vara é piedra que tiraban de la laguna, herian y mataban los caballos ántes que se les hiciese á los contrarios daño; y demás desto, los caballeros cuyos eran no los querian aventurar, porque costaba en aquella sazon un caballo ochocientos pesos, y aun algunos costaban á más de mil, y no los habia, especialmente no pudiendo alancear por las calzadas sino muy pocos contrarios.

Dejemos esto, y digamos que cuando la noche nos despartia curábamos nuestros heridos con aceite, é un soldado que se decia Juan Catalan, que nos las santiguaba y ensalmaba, y verdaderamente digo que hallábamos que Nuestro Señor Jesucristo era servido de darnos esfuerzo, demás de las muchas mercedes que cada dia nos hacia, y de presto sanaban; y ansí heridos y entrapajados habiamos de pelear desde la mañana hasta la noche, que si los heridos se quedaran en el real sin salir á los combates, no hubiera de cada capitanía veinte hombres sanos para salir.

Pues nuestros amigos los de Tlascala, como veian que aquel hombre que dicho tengo nos santiguaba, todos los heridos y descalabrados venian á él, y eran tantos, que en todo el dia harto tenia que curar.

Pues quiero decir de nuestros capitanes y alféreces y compañeros de bandera, que saliamos llenos de heridas y las banderas rotas, y digo que cada dia habiamos menester un alférez, porque saliamos tales, que no podian tornar á entrar á pelear y llevar las banderas; pues con todo esto, por ventura teniamos que comer, no digo de falta de tortillas de maíz, que hartas teniamos, sino algun refrigerio para los heridos maldito aquel.

Lo que nos daba la vida era unos quilites, que son unas yerbas que comen los indios, y cerezas de la tierra miéntras las habia, y despues tunas, que en aquella sazon vino el tiempo dellas; y otro tanto como haciamos en nuestro real, hacian en el real donde estaba Cortés y en el de Sandoval, que jamás dia alguno faltaban capitanías de mejicanos, que siempre les iban á dar guerra, ya he dicho otras veces que desde que amanecia hasta la noche; porque para ello tenia Guatemuz señalados los capitanes y escuadrones que á cada calzada habian de acudir, y el Taltelulco é los pueblos de la laguna, ya otra vez por mí nombrados, tenian señaladas, para que en viendo una señal en el cu mayor de Taltelulco, acudiesen unos en canoas y otros por tierra, y para ello tenian los capitanes mejicanos señalados y con gran concierto cómo y cuándo y á qué partes habian de acudir.

Dejemos esto, y digamos cómo nosotros mudamos otra órden y manera de pelear, y es esta que diré: que como viamos que cuantas obras de agua ganábamos de dia, y sobre lo ganar mataban de nuestros soldados, y todos los más estábamos heridos, lo tornaban á cegar los mejicanos, acordamos que todos nos fuésemos á meter en la calzada, en una placeta donde estaban unas torres de ídolos que las habiamos ya ganado, y habia espacio para hacer nuestros ranchos, aunque eran muy malos, que en lloviendo todos nos mojábamos, é no eran para más de cubrirnos del sereno é del sol; y dejamos en Tacuba las indias que nos hacian pan, y quedaron en su guarda todos los de á caballo y nuestros amigos los de Tlascala, para que mirasen y guardasen los pasos, no viniesen de los pueblos comarcanos á darnos en la rezaga en las calzadas miéntras que estábamos peleando; y desque hubimos asentado nuestros ranchos adonde dicho tengo, desde allí adelante procuramos que luego las casas ó barrios ó aberturas de agua que les ganásemos, que luego lo cegásemos, y que las casas diésemos con ellas en tierra y las deshiciésemos, porque ponellas fuego, tardaban mucho en se quemar, y desde unas casas á otras no se podian encender, porque, como ya otras veces he dicho, cada casa estaba en el agua, y sin pasar en puentes ó en canoas no pueden ir de una parte á otra; porque si queriamos ir por el agua nadando, desde las azuteas que tenian nos hacian mucho mal, y derrocándose las casas estábamos muy más seguros, y cuando les ganábamos alguna albarrada ó puente ó paso malo donde ponian mucha resistencia, procurábamos de la guardar de dia y de noche, y es desta manera que todas nuestras capitanías velábamos las noches juntas.

Y el concierto que para ello se dió fué, que tomaba la vela desde que anochecia hasta media noche la primera capitanía, y eran sobre cuarenta soldados, y dende media noche hasta dos horas ántes que amaneciese tomaba la vela otra capitanía de otros cuarenta hombres, y no se iban del puesto los primeros, que allí en el suelo dormiamos, y este cuarto es el de la modorra; y luego venian otros cuarenta y tantos soldados, y velaban el alba, que eran aquellas dos horas que habia hasta el dia, y tampoco se habian de ir los que velaban la modorra, que allí habian de estar; por manera que cuando amanecia nos hallábamos velando sobre ciento y veinte soldados todos juntos, y aun algunas noches, cuando sentiamos mucho peligro, desde que anochecia hasta que amanecia todos los del real estábamos juntos aguardando el gran ímpetu de los mejicanos, por temor no nos rompiesen, porque teniamos aviso de unos capitanes mejicanos que en las batallas prendimos, que el Guatemuz tenia pensamientos y puesto en plática con sus capitanes que procurasen en una noche ó de dia romper por nosotros en nuestra calzada, é que venciéndonos por aquella nuestra parte, que luego eran vencidas y desbaratadas las dos calzadas, donde estaba Cortés, y en la donde estaba Gonzalo de Sandoval; y tambien tenia concertado que los nueve pueblos de la laguna, y el mismo Tacuba y Capuzalco y Tenayuca, que se juntasen, que para el dia que ellos quisiesen romper y dar en nosotros, que se diese en las espaldas en la calzada, é que las indias que nos hacian pan, que teniamos en Tacuba, y fardaje, que las llevasen de vuelo una noche.

Y como esto alcanzamos á saber, apercebimos á los de á caballo, que estaban en Tacuba, que toda la noche velasen y estuviesen alerta, y tambien á nuestros amigos los tlascaltecas; y ansí como el Guatemuz lo tenia concertado lo puso por obra, que vinieron muy grandes escuadrones, y unas noches nos venian á romper y dar guerra á media noche, y otras á la modorra, y otras al cuarto del alba, é venian algunas veces sin hacer rumor, y otras con grandes alaridos, de suerte que no nos daban un punto de quietud; y cuando llegaban adonde estábamos velando, la vara, piedra y flecha que tiraban, é otros muchos con lanzas, era cosa de ver; y puesto que herian algunos de nosotros, como los resistiamos, volvian muchos heridos, é otros muchos guerreros vinieron á dar en nuestro fardaje, é los de á caballo é tlascaltecas los desbarataron diferentes veces; porque, como era de noche, no aguardaban mucho; y desta manera que he dicho velábamos, que ni porque lloviese, ni vientos ni frios, y aunque estábamos metidos en medio de grandes lodos y heridos, allí habiamos de estar; y aun esta miseria de tortillas é yerbas que habiamos de comer, ó tunas, sobre la obra del batallar, como dicen los oficiales, habia de ser; pues con todos estos recaudos que poniamos con tanto trabajo, heridas y muertes de los nuestros, nos tornaban abrir la puente ó calzada que les habiamos ganado, que no se les podia defender de noche que no lo hiciesen, é otro dia se la tornábamos á ganar y á cegar, y ellos á la tornar á abrir é hacer más fuerte con mamparos, hasta que los mejicanos mudaron otra manera de pelear, la cual diré en su coyuntura.

Y dejemos de hablar de tantas batallas como cada dia teniamos, y otro tanto en el real de Cortés y en el de Sandoval, y digamos que qué aprovechaba, haberles quitado el agua de Chalputepeque, ni ménos aprovechaba haberles vedado que por las tres calzadas no les entrase bastimento ni agua.

Ni tampoco aprovechaban nuestros bergantines estándose en nuestros reales, no sirviendo de más de cuando peleábamos poder hacernos espaldas de los guerreros de las canoas y de los que peleaban de las azuteas; porque los mejicanos metian mucha agua y bastimentos de los nueve pueblos que estaban poblados en el agua; porque en canoas les proveian de noche, é de otros pueblos sus amigos, de maíz é gallinas y todo lo que querian; é para otro dia evitar que no les entrase aquesto, fué acordado por todos los tres reales que dos bergantines anduviesen de noche por la laguna á dar caza á las canoas que venian cargadas con bastimentos é agua, é todas las canoas que se les pudiesen quebrar ó traer á nuestros reales, que se las tomasen; y hecho este concierto, fué bueno, puesto que para pelear y guardarnos hacian falta de noche los dos bergantines, mas hicieron mucho provecho en quitar que no les entrasen bastimentos é agua; y aun con todo esto no dejaban de ir muchas canoas cargadas dello; y como los mejicanos andaban descuidados en sus canoas metiendo bastimentos, no habia dia que no traian los bergantines que andaban en su busca presa de canoas y muchos indios colgados de las entenas.

Dejemos esto, y digamos el ardid que los mejicanos tuvieron para tomar nuestros bergantines y matar los que en ellos andaban, y es desta manera: que, como he dicho, cada noche y en las mañanas iban á buscar por las lagunas sus canoas y las trastornaban con los bergantines, y prendian muchas dellas, acordaron de armar treinta piraguas, que son canoas muy grandes, con muy buenos remeros y guerreros, y de noche se metieron todas treinta entre unos carrizales en parte que los bergantines no las pudieran ver, y cubiertas de ramas echaban de antenoche dos ó tres canoas, como que llevaban bastimentos ó metian agua, y con buenos remeros, y en parte que les parecia á los mejicanos que los bergantines habian de correr cuando con ellos peleasen, habian hincado muchos maderos gruesos, hechos estacadas, para que en ellos zabordasen; pues como iban las canoas por la laguna mostrando señal de temerosas, arrimadas algo á los carrizales, salen dos de nuestros bergantines tras ellas, y las dos canoas hacen que se van retrayendo á tierra á la parte que estaban las treinta piraguas en celada, y los bergantines siguiéndolas, é ya que llegaban á la celada salen todas las piraguas juntas y dan tras nuestros bergantines, é de presto hirieron á todos los soldados é remeros y capitanes, y no podian ir á una parte ni á otra, por las estacadas que les tenian puestas; por manera que mataron al un capitan, que se decia Fulano de Portillo, gentil soldado que habia sido en Italia, é hirieron á Pedro Barba, que fué otro muy buen capitan, y desde á tres dias murió de las heridas; y tomaron el bergantin.

Estos dos bergantines eran del real de Cortés, de lo cual recibió muy gran pesar; más dende á pocos dias se lo pagaron muy bien con otras celadas que echaron; lo cual diré á su tiempo.

Y dejemos agora de hablar dellos, y digamos cómo en el real de Cortés y en el de Gonzalo de Sandoval siempre tenian muy grandes combates, y muy mayores en el de Cortés, porque mandaba quemar y derrocar casas y cegar puentes, y todo lo que ganaba cada dia lo cegaba, y enviaba á mandar á Pedro de Albarado que mirase que no pasásemos puente ni abertura de la calzada sin que primero la tuviésemos ciega, é que no quedase casa que no se derrocase y se pusiese fuego; y con los adobes y madera de las casas que derrocábamos, cegábamos los pasos y aberturas de las puentes; y nuestros amigos los de Tlascala nos ayudaban en toda la guerra muy como varones.

Dejemos desto, y digamos, como los mejicanos vieron que todas las casas las allanábamos por el suelo, é que las puentes y aberturas las cegábamos, acordaron de pelear de otra manera, y fué, que abrieron una puente y zanja muy ancha y honda, que cuando la pasábamos en partes no hallábamos pié, é tenian en ella hechos muchos hoyos, que no los podiamos ver dentro en el agua, é unos mamparos é albarradas, ansí de la una parte como de la otra de aquella abertura, é tenian hechas muchas estacadas con maderos gruesos en partes que nuestros bergantines zabordasen si nos viniesen á socorrer cuando estuviésemos peleando sobre tomalles aquella fuerza; porque bien entendian que la primera cosa que habiamos de hacer era deshacerles el albarrada y pasar aquella abertura de agua para entralles en la ciudad; y ansimismo tenian aparejadas en partes escondidas muchas canoas bien armadas de guerreros, y buenos guerreros; y un domingo de mañana comenzaron á venir por tres partes grandes escuadrones de guerreros, y nos acometen de tal manera, que tuvimos bien que hacer en sustentarnos, no nos desbaratasen; é ya en aquella sazon habia mandado Pedro de Albarado que la mitad de los de á caballo, que solian estar en Tacuba, durmiesen en la calzada, porque no tenian tanto riesgo como al principio, porque ya no habia azuteas, y todas las demás casas estaban derrocadas, y podian correr por algunas partes de las calzadas sin que de las canoas ni azuteas les pudiesen herir los caballos.

Y volvamos á nuestro propósito, y es, que de aquellos tres escuadrones que vinieron muy bravosos, los unos por una parte donde estaba la gran abertura en el agua, y los otros por unas casas de las que les habiamos derrocado, y el otro escuadron nos habia tomado las espaldas de la parte de Tacuba, y estábamos como cercados; los de á caballo, con nuestros amigos los de Tlascala, rompieron por los escuadrones que nos habian tomado las espaldas, y todos nosotros estuvimos peleando muy valerosamente con los otros dos escuadrones hasta les hacer retraer; mas era fingida aquella muestra que hacian que huian, y les ganamos la primera albarrada, y la otra albarrada donde se hicieron fuertes tambien la desampararon; y nosotros, creyendo que llevábamos vitoria, pasamos aquella agua á vuelapié, y por donde la pasamos no habia ningunos hoyos, é vamos siguiendo el alcance entre unas grandes casas y torres de adoratorios, y los contrarios hacian que todavía huian é se retraian, é no dejaban de tirar vara y piedra con hondas, y mucha flecha; y cuando no nos catamos, tenian encubiertos en partes que no los podiamos ver tanta multitud de guerreros que nos salen al encuentro, y otros muchos dende las azuteas é donde las casas; y los que primero hacian que se iban retrayendo, vuelven sobre nosotros todos á una, y nos dan tal mano, que no les podiamos sustentar; y acordamos de nos volver retrayendo con gran concierto; y tenian aparejadas en el agua y abertura que les teniamos ganado, tanta flota de canoas en la parte por donde primero habiamos pasado, donde no habia hoyos, porque no pudiésemos pasar por aquel paso, que nos hicieron ir á pasar por otra parte adonde he dicho que estaba muy más honda el agua y tenian hechos muchos hoyos; y como venian contra nosotros tanta multitud de guerreros y nos veniamos retrayendo, pasábamos el agua á nado é á vuelapié, é caiamos todos los más soldados en los hoyos, entónces acudieron todas las canoas sobre nosotros, y allí apañaron los mejicanos cinco de nuestros soldados y los llevaron á Guatemuz, é hirieron á todos los más, pues los bergantines que aguardábamos para nuestra ayuda no podian venir, porque todos estaban zabordados en las estacadas que les tenian puestas, y con las canoas y azuteas les dieron buena mano de vara y flecha, y mataron dos soldados remeros é hirieron á muchos de los nuestros.

É volvamos á los hoyos é aberturas: digo que fué maravilla cómo no nos mataron á todos en ellos; de mí digo que ya me habian echado mano muchos indios, y tuve manera para desembarazar el brazo, y Nuestro Señor Jesucristo me dió esfuerzo para que á buenas estocadas que les dí, me salvase, y bien herido en un brazo; y como me vi fuera de aquella agua en parte segura, me quedé sin sentido, sin me poder sostener en mis piés é sin huelgo ninguno; y esto causó la gran fuerza que puse para me descabullir de aquella gentecilla, é de la mucha sangre que me salió: é digo que cuando me tenian engarrafado, que en el pensamiento yo me encomendaba á nuestro Señor Dios é á nuestra Señora su bendita Madre, y ponia la fuerza que he dicho, por donde me salvé; gracias á Dios por las mercedes que me hace.

Otra cosa quiero decir, que Pedro de Albarado y los de á caballo, como tuvieron harto en romper los escuadrones que nos venian por las espaldas de la parte de Tacuba, no pasó ninguno dellos aquella agua ni albarradas, sino fué uno solo de á caballo que habia venido poco habia de Castilla, y allí le mataron á él y al caballo; y como vió el Pedro de Albarado que nos veniamos retrayendo, nos iba ya á socorrer con otros de á caballo, y si allá pasara, por fuerza habiamos de volver sobre los indios; y si volviera, no quedara ninguno dellos ni de los caballos ni de nosotros á vida, porque la cosa estaba de arte que cayeran en los hoyos, y habia tantos guerreros, que les mataran los caballos con lanzas que para ello tenian largas, y dende las muchas azuteas que habia, porque esto que pasó era en el cuerpo de la ciudad; y con aquella vitoria que tenian los mejicanos, todo aquel dia, que era domingo, como dicho tengo, tornaron á venir á nuestro real otra tanta multitud de guerreros; que no nos dejaban ni nos podiamos valer, que ciertamente creyeron de nos desbaratar; y nosotros con unos tiros de bronce y buen pelear nos sostuvimos contra ellos, y con velar todas las capitanías juntas cada noche.

Dejemos desto, y digamos, cómo Cortés lo supo, del gran enojo que tenia, escribió luego en un bergantin á Pedro de Albarado que mirase que en bueno ni en malo dejase un paso por cegar, y que todos los de á caballo durmiesen en las calzadas, y en toda la noche estuviesen ensillados y enfrenados, y que no curásemos de pasar más adelante hasta haber cegado con adobes y madera aquella gran abertura, y que tuviesen buen recaudo en el real.

Pues como vimos que por nosotros habia acaecido aquel desman, desde allí adelante procurábamos de tapar y cegar aquella abertura; y aunque fué con harto trabajo y heridas que sobre ella nos daban los contrarios, é muerte de seis soldados, en cuatro dias la tuvimos cegada, y en las noches sobre ella misma velábamos todas las tres capitanías, segun la órden que dicho tengo y quiero decir que entónces, como los mejicanos estaban junto á nosotros cuando velábamos, que tambien ellos tenian sus velas, y por cuartos se mudaban, y era desta manera: que hacian grande lumbre, que ardia toda la noche, y los que velaban estaban apartados de la lumbre, y desde léjos no les podiamos ver, porque con la claridad de la leña, que siempre ardia, no podiamos ver los indios que velaban; más bien sentiamos cuando se remudaban y cuando venian á atizar su leña; y muchas noches habia que, como llovia en aquella sazon mucho, les apagaba la lumbre, y la tornaban á encender, y sin hacer rumor ni hablar entre ellos palabra, se entendian con unos silbos que daban.

Tambien quiero decir que nuestros escopeteros y ballesteros, muchas veces cuando sentiamos que se venian á trocar las velas, les tiraban á bulto, é piedras y saetas perdidas, y no les haciamos mal, porque estaban en parte que, aunque de noche quisiéramos ir á ellos, no podiamos, con otra gran abertura de zanja bien honda que habian abierto á mano, é albarradas y mamparos que tenian; é tambien ellos nos tiraban á bulto mucha piedra é vara y flecha.

Dejemos de hablar destas velas, é digamos cómo cada dia íbamos por nuestra calzada adelante, peleando con muy buen concierto, y les ganaron la abertura que he dicho donde velaban; y era tanta la multitud de los contrarios que contra nosotros cada dia venian, y la vara, flecha y piedra que tiraban, que nos herian á todos, aunque íbamos con gran concierto y bien armados.

Pues ya que se habia pasado todo el dia batallando, y se venia la tarde, y no era coyuntura para pasar más adelante, sino volvernos retrayendo, en aquel tiempo tenian ellos muchos escuadrones aparejados, creyendo que con la gran priesa que nos diesen al tiempo del retraer nos desbaratarian, porque venian tan bravosos como tigres, y pié con pié se juntaron con nosotros; y como aquello conociamos dellos, la manera que teniamos para retraer era esta: que la primera cosa que haciamos era echar de la calzada á nuestros amigos los tlascaltecas; porque, como eran muchos, con nuestro favor querian llegar á pelear con los mejicanos, y como eran mañosos, que no deseaban otra cosa sino vernos embarazados con los amigos, y con grandes arremetidas que hacian por todas tres partes para nos poder tomar en medio ó atajar algunos de nosotros; y con los muchos tlascaltecas que embarazaban, no podiamos pelear á todas partes, é por esta causa los echábamos fuera de la calzada, en parte que los poniamos en salvo; y cuando nos viamos que no teniamos embarazo dellos, nos retraiamos al real, no vueltas las espaldas, sino haciéndoles rostro, unos ballesteros y escopeteros soltando y otros armando; y nuestros cuatro bergantines cada dos de los lados de las calzadas por la laguna, defendiéndonos por las flotas de las canoas, y de las muchas piedras de las azuteas y casas que estaban por derrocar; y aun con todo este concierto teniamos harto riesgo de nuestras personas hasta volvernos á los ranchos, y luego nos quemábamos con aceite nuestras heridas y apretallas con mantas de la tierra, y cenar de las tortillas que nos traian de Tacuba, é yerbas y tunas quien lo tenia; y luego íbamos á velar á la abertura del agua, como dicho tengo, y luego á otro dia por la mañana, sus, á pelear; porque no podiamos hacer otra cosa, porque por muy de mañana que fuese, ya estaban sobre nosotros los batallones contrarios, y aun llegaban á nuestro real y nos decian vituperios; y desta manera pasábamos nuestros trabajos.

Dejemos por agora de contar de nuestro real, que es el de Pedro de Albarado, y volvamos al de Cortés, que siempre de noche y de dia le daban combates, y le mataban y herian muchos soldados, y era de la manera que á nosotros los del real de Tacuba; y siempre traia dos bergantines á dar caza de noche á las canoas que entraban en Méjico con bastimentos é agua; é parece ser que el un bergantin prendió á dos principales que venian en una de las muchas canoas que venian con bastimento, y dellos supo Cortés que tenian en celada entre unos matorrales cuarenta piraguas y otras tantas canoas para tomar á alguno de nuestros bergantines, como hicieron la otra vez; y aquellos dos principales que se prendieron, Cortés les halagó y dió mantas, y con muchos prometimientos que en ganando á Méjico les daria tierras, y con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar les preguntó que á qué parte estaban las piraguas, porque no se pusieron donde la otra vez; y ellos señalaron en el puesto y paraje que estaban, y aun avisaron que habian hincado muchas estacas de maderos gruesos en partes, para que si los bergantines fuesen huyendo de sus piraguas, zabordasen, y allí los apañasen y matasen á los que iban en ellos.

Y como Cortés tuvo aquel aviso, apercibió seis bergantines que aquella noche se fuesen á meter á unos carrizales apartados obra de un cuarto de legua, donde estaban las piraguas, y que se cubriesen con mucha rama; y fueron á remo callado, y estuvieron toda la noche aguardando, y otro dia de mañana mandó Cortés que fuese un bergantin como que iba á dar caza á las canoas que entraban con bastimentos, y mandó que fuesen los dos indios principales que se prendieron dentro del bergantin, porque mostrasen en qué parte estaban las piraguas, porque el bergantin fuese hácia allá; y ansimismo los mejicanos nuestros contrarios concertaron de echar dos canoas echadizas, como la otra vez, adonde estaba su celada, como que traian bastimento, para que se cebase el bergantin en ir tras ellas; por manera que ellos tenian un pensamiento y nosotros otro como el suyo de la misma manera; y como el bergantin que echó Cortés vió á las canoas que echaron los indios para cebarle, iba tras ellas, y las dos canoas hacian que se iban huyendo á tierra donde estaba su celada de sus piraguas, y luego nuestro bergantin hizo semblante que no osaba llegar á tierra, y que se volvia retrayendo; y cuando las piraguas y otras muchas canoas le vieron que se volvia, salen tras él con gran furia y remar todo lo que podian, y le iban siguiendo; y el bergantin se iba como huyendo donde estaban los otros seis bergantines en celada, y todavía las piraguas siguiéndole; y en aquel instante soltaron unas escopetas, que era la señal de cuando habian de salir nuestros bergantines; y cuando oyeron la señal, salen con grande ímpetu y dieron sobre las piraguas y canoas, que trastornaron, y mataron y prendieron muchos guerreros, y tambien el bergantin que echaron para en celada, que iba ya á lo largo, vuelve á ayudar á sus compañeros; por manera que se llevó buena presa de prisioneros y canoas; y dende allí adelante no osaban los mejicanos echar más celadas, ni se atrevian á meter bastimentos ni agua tan á ojos vistas como solian; y desta manera pasaba la guerra de los bergantines en la laguna y nuestras batallas en las calzadas.

Y digamos ahora, como vieron los pueblos que estaban en la laguna poblados, que ya los he nombrado otras veces, que cada dia teniamos vitoria, ansí por el agua como por tierra, y vieron venir á nuestra amistad muchos amigos, así los de Chalco como los de Tezcuco é Tlascala é otras poblaciones, y con todos les hacian mucho mal y daño en sus pueblos, y les cautivaban muchos indios é indias; parece ser se juntaron todos, é acordaron de venir de paz ante Cortés, y con mucha humildad le demandaron perdon si en algo nos habian enojado, y dijeron que eran mandados, que no podian hacer otra cosa; y Cortés holgó mucho de los ver venir de paz de aquella manera, y aun cuando lo supimos en nuestro real de Pedro de Albarado y en el de Gonzalo de Sandoval, nos alegramos todos los soldados.

Y volviendo á nuestra plática: Cortés con buen semblante y con muchos halagos les perdonó, y les dijo que eran dignos de gran castigo por haber ayudado á los mejicanos; y los pueblos que vinieron fueron Iztapalapa, Huichilobusco é Cuyoacan é Mezquique, y todos los de la laguna y agua dulce; y les dijo Cortés que no habiamos de alzar real hasta que los mejicanos viniesen de paz, ó por guerra los acabase; y les mandó que en todo nos ayudasen con todas las canoas que tuviesen para combatir á Méjico, é que viniesen á hacer sus ranchos é trajesen comida, lo cual dijeron que ansí lo harian; é hicieron los ranchos de Cortés, y no traian comida, sino muy poca y de mala gana.

Nuestros ranchos, donde estaba Pedro de Albarado nunca se hicieron, que ansí nos estábamos al agua, porque ya saben los que en esta tierra han estado que por Junio, Julio y Agosto son en estas partes cotidianamente las aguas.

Dejemos esto, y volvamos á nuestra calzada y á los combates que cada dia dábamos á los mejicanos, y cómo les íbamos ganando muchas torres de ídolos y casas y otras aberturas de zanjas y puentes que de casa en casa tenian hechas, y todo lo cegábamos con adobes y la madera de las casas que deshaciamos y derrocábamos, y aun sobre ellas velábamos; y aun con toda esta diligencia que poniamos, lo tornaban á hondar y ensanchar, y ponian más albarradas, y porque entre todas tres nuestras capitanías teniamos por deshonra que unos batallásemos é hiciésemos rostro á los escuadrones mejicanos, y otros estuviesen cegando los pasos y aberturas y puentes; y por excusar diferencias sobre los que habiamos de batallar ó cegar aberturas, mandó Pedro de Albarado que una capitanía tuviese cargo de cegar y entender en la obra un dia, y las dos capitanías batallasen é hiciesen rostro contra los enemigos, y esto habia de ser por rueda, un dia una y luego otro dia otra capitanía, hasta que por todas tres volviese la andanada y rueda; y con esta órden no quedaba cosa que les ganábamos que no dábamos con ella en el suelo, y nuestros amigos los tlascaltecas, que nos ayudaban; y ansí les íbamos entrando en su ciudad; mas al tiempo del retraer todas tres capitanías habiamos de pelear juntos, porque entónces era donde corriamos mucho peligro; y como otra vez he dicho, primero haciamos salir de las calzadas todos los tlascaltecas, porque cierto era demasiado embarazo para cuando peleábamos.

Dejemos de hablar de nuestro real, y volvamos al de Cortés y al de Gonzalo de Sandoval, que á la continua, ansí de dia como de noche, tenian sobre sí muchos contrarios por tierra y flotas de canoas por la laguna, y siempre les daban guerra, y no les podian apartar de sí.

Pues en lo de Cortés, por les ganar una puente y obra muy honda, que era mala de ganar, en ella tenian los mejicanos muchos mamparos y albarradas, que no se podian pasar sino á nado, é ya que se pusiesen á pasalla, estábanles aguardando muchos guerreros con flechas y piedras con honda, y vara y macanas y espadas de á dos manos, y lanzas como dalles, y engastadas las espadas que nos tomaron, acudiendo siempre gran multitud de guerreros, y la laguna llena de canoas de guerra; y habia junto á las albarradas muchas azuteas, y dellas les tiraban muchas piedras, de que con gran dificultad se podian defender; y los herian muchos, y algunos mataban, y los bergantines no les podian ayudar, por las estacadas que tenian puestas, en que se embarazaban los bergantines; y sobre ganalles esta fuerza y puente y abertura pasaron los de Cortés mucho trabajo, y estuvieron muchas veces á punto de perderse, é le mataron cuatro soldados en el combate y le hirieron sobre treinta; y como era ya tarde cuando la acabaron de ganar, no tuvieron tiempo de la cegar, y se volvieron retrayendo con muy grande trabajo y peligro, y con más de treinta soldados heridos y muchos tlascaltecas descalabrados, aunque peleaban bravosamente.

Dejemos esto, y digamos otra manera con que Guatemuz mandó pelear á sus capitanes, haciendo apercebir todos sus poderes para que nos diesen guerra continuamente; y es que, como para otro dia era fiesta de señor San Juan de Junio, que entónces se cumplia un año puntualmente que habiamos entrado en Méjico, cuando el socorro del capitan Pedro de Albarado, y nos desbarataron, segun dicho tengo en el capítulo que dello habla, parece ser tenia cuenta en ello el Guatemuz, y mandó que en todos tres reales nos diesen toda la guerra y con la mayor fuerza que pudiesen con todos sus poderes, ansí por tierra como con las canoas por el agua, para acabarnos de una vez, como decian se lo tenia mandado su Huichilóbos, y mandó que fuese de noche al cuarto de la modorra; y porque los bergantines no nos pudiesen ayudar, en todas más partes de la laguna tenian hechas unas estacadas para que en ellas zabordasen; y vinieron con esta furia y ímpetu, que si no fuera por los que velábamos juntos, que éramos sobre ciento y veinte soldados, y todos muy acostumbrados á pelear, nos entraran en el real y corriamos harto peligro, y con muy grande concierto les resistimos, y allí hirieron á quince de los nuestros, y dos murieron de ahí á ocho dias de las heridas.

Pues en el real de Cortés tambien les pusieron en grande aprieto é trabajo, é hubo muchos muertos y heridos, y en lo de Sandoval por el consiguiente, y desta manera vinieron dos noches arreo; y tambien en aquellos rencuentros quedaron muchos mejicanos muertos y muchos heridos; y como Guatemuz y sus capitanes y papas vieron que no aprovechaba nada la guerra que dieron aquellas noches, acordaron que con todos sus poderes juntos viniesen al cuarto del alba y diesen en nuestro real, que se dice el de Tacuba; y vinieron tan bravosos, que nos cercaron por todas partes, y aun nos tenian medio desbaratados y atajados; y quiso Dios darnos esfuerzo, que nos tornamos á hacer un cuerpo y nos mamparamos algo con los bergantines, y á buenas estocadas y cuchilladas, que andábamos pié con pié, los apartamos algo de nosotros, y los de á caballo no estaban holgando; pues los ballesteros y escopeteros hacian lo que podian, que harto tuvieron que romper en otros escuadrones que ya nos tenian tomadas las espaldas; y en aquella batalla mataron á ocho de nuestros soldados, y aun á Pedro de Albarado le descalabraron, y si nuestros amigos los tlascaltecas durmieran aquella noche en la calzada, corriamos gran riesgo con el embarazo que ellos nos pusieran, como eran muchos; más la experiencia de lo pasado nos hacia que luego los echásemos fuera de la calzada y se fuesen á Tacuba, y quedábamos sin cuidado.

Tornemos á nuestra batalla, que matamos muchos mejicanos, y se prendieron cuatro personas principales.

Bien tengo entendido que los curiosos letores se hartarán ya de ver cada dia combates, y no se puede hacer ménos, porque noventa y tres dias estuvimos sobre esta tan fuerte ciudad, cada dia é de noche teniamos guerras y combates, y por esta causa los hemos de decir muchas veces, de cómo é cuándo é de qué manera é arte pasaba; é no lo pongo aquí por capítulos lo que cada dia haciamos, porque me parece que seria gran prolijidad é seria cosa para nunca acabar, y pareceria á los libros de Amadís é de otros corros de caballeros; é porque de aquí adelante no me quiero detener en contar tantas batallas é rencuentros que cada dia é de noche teniamos, si posible fuere, lo diré lo más breve que pueda, hasta el dia de señor San Hipólito, que, gracias á nuestro Señor Jesucristo, nos apoderamos desta tan gran ciudad y prendimos al Rey della, que se decia Guatemuz, é á sus capitanes; puesto que ántes que le prendiésemos tuvimos muy grandes desmanes, é casi que estuvimos en gran ventura de nos perder en todos nuestros reales, especialmente en el real de Cortés por descuido de sus capitanes, como adelante verán.

CAPÍTULO CLII.

CÓMO DESBARATARON LOS INDIOS MEJICANOS Á CORTÉS, É LE LLEVARON VIVOS PARA SACRIFICAR SESENTA Y DOS SOLDADOS, É LE HIRIERON EN UNA PIERNA, Y EL GRAN PELIGRO EN QUE NOS VIMOS POR SU CAUSA.

Como Cortés vió que no se podian cegar todas las aberturas y puentes é zanjas de agua que ganábamos cada dia, porque de noche las tornaban á abrir los mejicanos y hacian más fuertes albarradas que de ántes tenian hechas, é que era gran trabajo pelear y cegar puentes y velar todos juntos, en demás como estábamos heridos, acordó de poner en pláticas con los capitanes y soldados que tenia en su real, que se decian Cristóbal de Olí y Francisco Verdugo y Andrés de Tapia, y el alférez Corral y Francisco de Lugo, y tambien nos escribió al real de Pedro de Albarado y al de Gonzalo de Sandoval, para tomar parecer de todos los capitanes y soldados; y el caso que propuso fué, que si nos parecia que fuésemos entrando de golpe en la ciudad hasta entrar, y llegar al Taltelulco, que es la plaza mayor de Méjico, que es muy más ancha y grande que no la de Salamanca; é que llegados que llegásemos, que seria bien asentar en él todos tres reales, que dende allí podiamos batallar por las calles de Méjico, y sin tener tantos trabajos é riesgo al retraer, ni tener tanto que cegar ni velar las puentes.

Y como en tales pláticas y consejos suele acaecer, hubo en ellas muchos pareceres, porque los unos decian que no era buen consejo ni acuerdo meternos tan de hecho en el cuerpo de la ciudad, sino que nos estuviésemos como estábamos batallando y derrocando y abrasando casas; y las causas más evidentes que dimos los que éramos en este parecer fué, que si nos metiamos en el Taltelulco y dejábamos todas las calzadas y puentes sin guarda y desmamparadas, que como los mejicanos son muchos y guerreros, y con las muchas canoas que tienen nos tornarian á abrir las puertas y calzadas, y no seriamos señores dellas, é que con sus grandes poderes nos darian guerra de noche y de dia; é que, como siempre tienen hechas muchas estacadas, nuestros bergantines no nos podrian ayudar, y de aquella manera que Cortés decia, seriamos nosotros los cercados, y ellos ternian por sí la tierra, campo y laguna; y le escribimos sobre el caso, para que no nos aconteciese como la pasada cuando salimos huyendo de Méjico; y cuando Cortés hubo visto el parecer de todos, y vió las buenas razones que sobre ello le dábamos, en lo que se resumió en todo lo platicado fué, que para que otro dia saliésemos de todos tres reales con toda la mayor pujanza, ansí los de á caballo como los ballesteros, escopeteros y soldados, é que los fuésemos ganando hasta la plaza mayor, que es el Taltelulco, apercebidos los tres reales y los tlascaltecas y de Tezcuco y los pueblos de la laguna que nuevamente habian dado la obediencia á su majestad, para que con todas sus canoas se viniesen á ayudar á todos nuestros bergantines.

Una mañana, despues de haber oido Misa y nos encomendar á Dios, salimos de nuestro real con el capitan Pedro de Albarado, y tambien salió Cortés del suyo, y Gonzalo de Sandoval con todos sus capitanes, y con grande pujanza iba ganando puentes y albarradas, y los contrarios peleaban como fuertes guerreros, y Cortés por su parte llevaba vitoria, y asimismo Gonzalo de Sandoval por la suya, pues por nuestro real ya les habiamos ganado otra albarrada y una puente, y esto fué con mucho trabajo, porque habia muy grandísimos poderes del Guatemuz, y la estaban guardando, y salimos della muchos de nuestros soldados muy mal heridos, é uno murió luego de las heridas, y nuestros amigos los tlascaltecas salieron más de mil dellos maltratados y descalabrados, y todavía íbamos siguiendo la vitoria muy ufanos.

Volvamos á decir de Cortés y de todo su ejército, que ganaron una abertura de agua muy honda, y estaba en ella una calzadilla muy angosta, que los mejicanos con maña y ardid la habian hecho de aquella manera, porque tenian pensado entre sí lo que ahora á nuestro general Cortés le aconteció; y es que, como llevaba vitoria de él y todos sus capitanes y soldados, y la calzada llena de nuestros amigos, é iban siguiendo á los contrarios, y puesto que hacian que huian, no dejaban de tirarnos piedra, vara y flecha, y hacian algunas paradillas como que resistian á Cortés, hasta que le fueron cebando para que fuese tras ellos, y desque vieron que de hecho iba tras ellos siguiendo la vitoria, hacian que iban huyendo dél.

Por manera que la adversa fortuna vuelve su rueda, y á las mayores prosperidades acuden muchas tristezas.

Y como nuestro Cortés iba vitorioso y en el alcance de los contrarios, por su descuido é porque nuestro Señor Jesucristo lo permitió, él y sus capitanes y soldados dejaron de cegar el abertura de agua que habian ganado; y como la calzada por donde iban con maña la habian hecho angosta, y aun entraba en ella agua por algunas partes, y habia mucho lodo y cieno, como los mejicanos le vieron pasar aquel paso sin cegar, que no deseaban otra cosa, y aun para aquel efeto tenian apercebidos muchos escuadrones de guerreros mejicanos con esforzados capitanes, y muchas canoas en la laguna, en parte que nuestros bergantines no les podian hacer daño ninguno con las grandes estacadas que les tenian puestas en que zabordasen, vuelven sobre nuestro Cortés y contra todos sus soldados con grande furia de escuadrones y con tales alaridos y gritos, que los nuestros no les pudieron defender su gran ímpetu y fortaleza con que vinieron á pelear, y acordaron todos los soldados con sus capitanes y banderas de se volver retrayendo con gran concierto; mas, como venian contra ellos tan rabiosos contrarios, hasta que les metieron en aquel mal paso se desconcertaron de suerte, que vuelven huyendo sin hacer resistencia; y nuestro Cortés, desde que así los vió venir desbaratados, los esforzaba y decia:

—«Tened, tened, señores, tened recio, ¿qué es esto, que ansí habeis de volver las espaldas?»

Y no les pudo detener ni resistir; y en aquel paso que dejaron de cegar, y en la calzadilla, que era angosta y mala, y con las canoas le desbarataron é hirieron en una pierna y le llevaron vivos sobre sesenta y tantos soldados, y le mataron seis caballos é yeguas, y á Cortés ya le tenian muy engarrafado seis ó siete capitanes mejicanos, é quiso Dios nuestro Señor ponelle esfuerzo para que se defendiese y se librase dellos, puesto que estaba herido en una pierna; porque en aquel instante luego llegó allí un muy esforzado soldado, que se decia Cristóbal de Olea, natural de Castilla la Vieja; no lo digo por Cristóbal de Olí; y desque allí le vió asido de tantos indios, peleó luego tan bravosamente, que mató á estocadas cuatro de aquellos capitanes que tenian engarrafado á Cortés, y tambien le ayudó otro muy valiente soldado que se decia Lerma, y les hicieron que dejasen á Cortés, y por le defender allí perdió la vida el Olea, y el Lerma estuvo á punto de muerte, y luego acudieron allí muchos soldados, aunque bien heridos, y echan mano á Cortés y le ayudan á salir de aquel peligro; y entónces tambien vino con mucha presteza su capitan de la guarda, que se decia Antonio de Quiñones, natural de Zamora, y le tomaron por los brazos y le ayudaron á salir del agua, y luego le trajeron un caballo, en que se escapó de la muerte; y en aquel instante tambien venia un su camarero ó mayordomo que se decia Cristóbal de Guzman, y le traia otro caballo; y dende las azuteas los guerreros mejicanos, que andaban muy bravos y vitoriosos, prendieron al Cristóbal de Guzman, é vivo le llevaron á Guatemuz; y todavía los mejicanos iban siguiendo á Cortés y á todos sus soldados hasta que llegaron á su real.

Pues ya aquel desastre acaecido, le hallaron en salvo los españoles, los escuadrones mejicanos no dejaban de seguilles, dándoles caza y grita y diciéndoles vituperios y llamándoles cobardes.

Dejemos de hablar de Cortés y de su desbarate, y volvamos á nuestro ejército, que es el de Pedro de Albarado: como íbamos muy vitoriosos, y cuando no nos catamos vimos venir contra nosotros tantos escuadrones de mejicanos, y con grandes gritas y hermosas divisas y penachos, y nos echaron delante de nosotros cinco cabezas que entónces habian cortado de los que habian tomado á Cortés, y venian corriendo sangre, y decian:

—«Ansí os mataremos, como hemos muerto á Malinche y á Sandoval y á los que consigo traian, y esas son sus cabezas; por eso conocedlas bien.»

Y diciéndonos estas palabras se venian á cerrar con nosotros hasta nos echar mano; que no aprovechaban cuchilladas ni estocadas, ni ballesteros ni escopeteros, y no hacian sino dar en nosotros como á terrero; y con todo eso, no perdiamos punto en nuestra ordenanza al retraer, porque luego mandamos á nuestros amigos los tlascaltecas que prestamente nos desembarazasen las calzadas y pasos malos; y en este tiempo ellos se lo tuvieron bien en cargo, que como vieron las cinco cabezas corriendo sangre, y decian que habian muerto á Malinche y á Sandoval y á todos los teules que consigo traian, é que ansí habian de hacer á nosotros, ya los tlascaltecas temieron en gran manera, porque creyeron que era verdad; y por esto digo que desembarazaron la calzada muy de veras.

Volvamos á decir, como nos íbamos retrayendo oimos tañer del cu mayor, donde estaban sus ídolos Huichilóbos y Tezcatepuca, que señorea el altor dél á toda la gran ciudad, tañian un atambor de muy triste sonido, en fin como instrumento de demonios, y retumbaba tanto, que se oia dos ó tres leguas, y juntamente con él muchos atabalejos; entónces, segun despues supimos, estaban ofreciendo diez corazones y mucha sangre á los ídolos que dicho tengo, de nuestros compañeros.

Dejemos el sacrificio, y volvamos al retraer que nos retraiamos, y á la gran guerra que nos daban, ansí de la calzada como de las azuteas y lagunas con las canoas; y en aquel instante vienen más escuadrones á nosotros, que de nuevo enviaba Guatemuz, y manda tocar su corneta, que era una señal que cuando aquella se tocase era que habian de pelear sus capitanes de manera que hiciesen presa ó morir sobre ello, y retumbaba el sonido que se metia en los oidos; y de que lo oyeron aquellos sus escuadrones y capitanes, saber yo aquí decir ahora con qué rabia y esfuerzo se metian entre nosotros á nos echar mano, es cosa de espanto, porque yo no lo sé aquí escribir; que ahora que me pongo á pensar en ello, es como si visiblemente lo viese; mas vuelvo á decir, y ansí es verdad, que si Dios no nos diera esfuerzo, segun estábamos todos heridos, él nos salvó, que de otra manera no nos podiamos llegar á nuestros ranchos; y le doy muchas gracias y loores por ello, que me escapó aquella vez y otras muchas de poder de los mejicanos.

Y volviendo á nuestra plática: allí los de á caballo hacian arremetidas; y con dos tiros gruesos que pusimos junto á nuestros ranchos, unos tirando y otros cebando, nos sosteniamos, porque la calzada estaba llena de bote en bote de contrarios y nos venian hasta las casas, como cosa vencida, á echarnos vara y piedra; y como he dicho, con aquellos tiros matábamos muchos dellos; y quien bien ayudó aquel dia fué un hidalgo que se dice Pedro Moreno de Medrano, que vive agora en la Puebla, porque él fué el artillero, que los artilleros que soliamos tener se habian muerto, y dellos estaban muy malamente heridos.

Volvamos al Pedro Moreno de Medrano, que, demás de siempre haber sido un muy esforzado soldado, aquel dia fué de muy grandísima ayuda para nosotros; y estando que estábamos de aquella manera, bien angustiados y heridos, y no sabiamos de Cortés, ni de Sandoval, ni de sus ejércitos, si les habian muerto ó desbaratado, como los mejicanos nos decian cuando nos arrojaron las cinco cabezas que tenian asidas por los cabellos y de las barbas, y decian que ya habian muerto á Malinche y tambien á Sandoval é á todos los teules, que ansí nos habian de matar á nosotros aquel mesmo dia; y no podiamos saber dellos, porque batallábamos los unos de los otros cerca de media legua, y á donde desbarataron á Cortés era más léjos; y á esta causa estábamos muy penosos, así heridos como sanos, y hechos un cuerpo estuvimos sosteniendo el gran ímpetu de los mejicanos que sobre nosotros estaban, creyendo que en aquel dia no quedara persona viva de nosotros, segun la guerra que nos daban.

Pues de nuestros bergantines ya habian tomado uno é muerto tres soldados y herido el capitan y todos los más soldados que en ellos venian, y fué socorrido de otro bergantin, donde andaba por capitan Juan Jaramillo, y tambien tenian zalabordado en otra parte otro que no podia salir, de que era capitan Juan de Limpias Caravajal, que en aquella sazon ensordeció de coraje, que ahora vive en la Puebla; y peleó por su persona tan valerosamente, y esforzó á todos los soldados que en el bergantin remaban, que rompieron las estacadas, y salieron todos muy mal heridos, y salvó su bergantin: aqueste fué el primero que rompió estacadas.

Volvamos á Cortés, que, como estaba él y toda su gente los más muertos, se iban todos los escuadrones mejicanos hasta su real á darle guerra, y aun le echaron delante de sus soldados, que resistian á los mejicanos cuando peleaban, otras cuatro cabezas corriendo sangre de aquellos soldados que habian llevado vivos á Cortés, y les decian que eran del Tonatio, que es Pedro de Albarado, y de Gonzalo de Sandoval y de otros teules, é que ya nos habian muerto á todos.

Entónces dicen que desmayó Cortés mucho más de lo que ántes estaba él y los que consigo traia, mas no de manera que sintiesen en él mucha flaqueza; y luego mandó al maestre de campo Cristóbal de Olí y á sus capitanes que mirasen no les rompiesen los muchos mejicanos que estaban sobre ellos, é que todos juntos hiciesen cuerpo, ansí heridos como sanos; y mandó á Andrés de Tapia que con tres de á caballo viniese á Tacuba por tierra, que es nuestro real, que mirase qué habia sido de nosotros, y que si no éramos desbaratados, que nos contase lo por él pasado, y que nos dijese que tuviésemos muy buen recaudo en el real, que todos juntos hiciésemos cuerpo, ansí de dia como de noche, en la vela; y esto que nos enviaba á mandar, ya lo teniamos todos por costumbre.

Y el capitan Andrés de Tapia y los tres de á caballo que con él venian se dieron muy buena priesa, y aunque tuvieron en el camino una refriega de vara y flecha que les dieron en un paso los mejicanos; que ya habia puesto Guatemuz en los caminos muchos indios guerreros porque no supiésemos los unos de los otros los desmanes, y aun venia herido el Andrés de Tapia, y traia en su compañía á Guillen de la Loa, y el otro se decia Valde-Nebro, y á un Juan de Cuellar, hombres muy esforzados; y de que llegaron á nuestro real y nos hallaron batallando con el poder de Méjico, que todo estaba junto contra nosotros, se holgaron en el alma, y nos contaron lo acaecido del desbarate de Cortés, y lo que nos enviaba á decir, y no nos quisieron declarar qué tantos eran los muertos, y decian que hasta veinte y cinco, y que todos los demás estaban buenos.

Dejemos de hablar ahora en esto, y volvamos al Gonzalo de Sandoval, y á sus capitanes y soldados, que andaban vitoriosos en la parte y calles de su conquista; y cuando los mejicanos hubieron desbaratado á Cortés, cargaron sobre el Gonzalo de Sandoval y su ejército y capitanes, de arte que no se pudo valer, y le mataron dos soldados y le hirieron á todos los que traia, y á él le dieron tres heridas, la una en el muslo y la otra en la cabeza y la otra en un brazo; y estando batallando con los contrarios, le ponen delante seis cabezas de los de Cortés, y le dicen que aquellas cabezas eran de Malinche y del Tonatio y de otros capitanes, y que ansí habian de hacer al Gonzalo de Sandoval y á los que con él estaban, y le dieron muy fuertes combates; y de que aquello vió el buen capitan Sandoval, mandó á sus capitanes y soldados que todos tuviesen mucho ánimo, más que de ántes, é que no desmayasen, é que mirasen al retraer no hubiese algun desman ó desconcierto en la calzada, porque es angosta; y lo primero que hizo fué mandar salir de la calzada á los amigos tlascaltecas, que tenia muchos, y porque no les estorbasen al retraer; y con sus dos bergantines y sus ballesteros y escopeteros con mucho trabajo se retrajo á su estancia, y con toda su gente bien herida y aun desmayada, y dos soldados ménos; y como se vió fuera de la calzada, puesto que estaban cercados de mejicanos, esforzó su gente y capitanes, y les encomendó mucho que todos juntos hiciesen cuerpo, ansí de dia como de noche, é que guardasen el real no le desbaratasen; y como conocia del capitan Luis Marin que lo hacia bien, ansí herido y entrapajado como estaba el Sandoval, tomó consigo otros de á caballo, y por tierra fué muy por la posta al real de Cortés, y aun en el camino tuvo su salmorejo de piedra y vara y flecha; porque, como ya otra vez he dicho, en todos los caminos tenia Guatemuz indios mejicanos guerreros para no dejar pasar de un real á otro con nuevas ningunas, para que así nos vencieran más fácilmente; y cuando el Sandoval vido á Cortés, le dijo:

—«Oh señor capitan, y ¿qué es esto? ¿Aquestos son los grandes consejos y ardides de guerra que siempre nos daba? ¿Cómo ha sido este desman?»

Y Cortés le respondió, saltándosele las lágrimas de los ojos:

—«Oh hijo Sandoval, que mis pecados lo han permitido, que no soy tan culpante en el negocio como me hacen, sino es el tesorero Julian de Alderete, á quien le encargué que cegase aquel mal paso donde nos desbarataron, y no lo hizo, como no es acostumbrado á guerras ni á ser mandado de capitanes.»

Y entónces respondió el mismo tesorero, que se halló junto á Cortés, que vino á ver y hablar al Sandoval y á saber de su ejército si eran muertos ó desbaratados, é dijo que el mismo Cortés tenia la culpa, y no él; y la causa que dió fué que, como Cortés iba con vitoria, por seguilla muy mejor decia: «Adelante, caballeros;» é que no les mandó cegar puentes ni pasos malos, é que si se lo mandara, que su capitanía y con sus amigos lo hiciera; y tambien culpaban mucho á Cortés en no haber mandado con tiempo salir de las calzadas á los muchos amigos que llevaba; é porque hubo otras muchas pláticas y respuestas al tesorero, que iban muchas con enojo, se dejarán de decir; é diré cómo en aquel instante llegaron dos bergantines de los que ántes tenia Cortés en su compañía y calzada, que no sabian dellos despues del desbarate, y segun pareció, habian estado detenidos, porque estuvieron zabordados en unas estacadas, y segun dijeron los capitanes, habian estado cercados de unas canoas que les daban guerra, y venian todos heridos, y dijeron que Dios primeramente les ayudó, y con su viento y con grandes fuerzas que pusieron al remar rompieron las estacadas y se salvaron, de lo cual hubo mucho placer Cortés, porque hasta entónces, aunque no lo publicaba por no desmayar á los soldados, como no sabian dellos, les tenian por perdidos.

Dejemos esto, y volvamos á Cortés, que luego encomendó á Sandoval mucho que fuese en posta á nuestro real, que se dice Tacuba, y mirase si éramos desbaratados ó de qué manera estábamos, é que si éramos vivos, que nos ayudase á poner resistencia en el real, no nos rompiesen; y dijo á Francisco de Lugo que fuese en compañía de Sandoval, porque bien entendido tenia que habia escuadrones de guerreros mejicanos en el camino, y le dijo que ya habia enviado á saber de nosotros á Andrés de Tapia con tres de á caballo, y temia no le hubiesen muerto en el camino; cuando se lo dijo y se despidió fué á abrazar á Gonzalo de Sandoval, y le dijo:

—«Mirá, pues veis que yo no puedo ir á todas partes, á vos os encomiendo estos trabajos, pues veis que estoy herido y cojo; ruégoos pongais cobro en estos tres reales: bien sé que Pedro de Albarado y sus capitanes y soldados habrán batallado y hecho como caballeros, mas temo el gran poder destos perros, no les hayan desbaratado; pues de mí y de mi ejército ya veis de la manera que estoy.»

Y en posta vino el Sandoval y el Francisco de Lugo donde estábamos, y cuando llegó seria hora de vísperas, y porque, segun pareció é supimos, el desbarate de Cortés fué ántes de Misa mayor; y cuando llegó Sandoval nos halló batallando con los mejicanos, que nos querian entrar en el real por unas casas que habiamos derrocado, y otros por la calzada, y otros en canoas por la laguna, y tenian ya un bergantin zabordado en unas estacadas, y de los soldados que en ellos iban, habian muerto los dos, y los demás heridos; y como Sandoval nos vió á mí y á otros soldados en el agua metidos á más de la cinta, ayudando al bergantin á echalle en lo hondo, y estaban sobre nosotros muchos indios con espadas de las nuestras que habian tomado en el desbarate de Cortés, y otros con montantes de navajas dándonos cuchilladas, y á mí me dieron un flechazo, y querian llegar con gran fuerza sus canoas, segun la fuerza que ponian, y le tenian atadas muchas sogas para llevársele y metelle dentro de la ciudad; y como el Sandoval nos vió de aquella manera, dijo:

—«Oh hermanos, poned fuerza en que no lleven el bergantin.»

Y tomamos tanto esfuerzo, que luego le sacamos en salvo, puesto que, como he dicho, todos los marineros salieron heridos y dos soldados muertos.

En aquella sazon vinieron á la calzada muchas capitanías de mejicanos, y nos herian ansí á los de á caballo y á todos nosotros, y aun al Sandoval le dieron una buena pedrada en la cara; y entónces Pedro de Albarado le socorrió con otros de á caballo, y como venian tantos escuadrones, é yo y otros soldados les haciamos cara, Sandoval nos mandó que poco á poco nos retrajésemos porque no les matasen los caballos; é porque no nos retraiamos de presto como quisiera, dijo:

—«¿Quereis que por amor de vosotros me maten á mí y á todos aquestos caballeros? Por amor de Dios, hermanos, que os retrayais.»

Y entónces le tornaron á herir á él y á su caballo; y en aquella sazon echamos á los amigos fuera de la calzada, y poco á poco, haciendo cara, y no vueltas las espaldas, como quien va haciendo represas, unos ballesteros y escopeteros tirando y otros armando y otros cebando sus escopetas, y no soltaban todos á la par; y los de á caballo que hacian algunas arremetidas, y el Pedro Moreno Medrano con sus tiros en armar y tirar; y por más mejicanos que llevaban las pelotas, no les podian apartar, sino que todavía nos iban siguiendo, con pensamiento que aquella noche nos habian de llevar á sacrificar.

Pues ya que estábamos en salvo cerca de nuestros aposentos, pasada ya una grande obra donde habia mucha agua é muy honda, y no nos podian alcanzar las piedras ni varas ni flecha, y estando el Sandoval y el Francisco de Lugo y Andrés de Tapia con Pedro de Albarado, contando cada uno lo que le habia acaecido y lo que Cortés mandaba, tornó á sonar el atambor de Huichilóbos y otros muchos atabalejos, y caracoles y cornetas y otras como trompas, y todo el sonido dellas espantable y triste; y miramos arriba al alto cu, donde los tañian, y vimos que llevaban por fuerza á rempujones y bofetadas y palos á nuestros compañeros que habian tomado en la derrota que dieron á Cortés, que los llevaron por fuerza á sacrificar; y de que ya los tenian arriba en una placeta que se hacia en el adoratorio, donde estaban sus malditos ídolos, vimos que á muchos dellos les ponian plumajes en las cabezas, y con unos como aventadores les hacian bailar delante de Huichilóbos, y cuando habian bailado, luego les ponian de espaldas encima de unas piedras que tenian hechas para sacrificar, y con unos navajones de pedreñal les aserraban por los pechos y les sacaban los corazones bullendo, y se los ofrecian á sus ídolos que allí presentes tenian, y á los cuerpos dábanles con los piés por las gradas abajo; y estaban aguardando otros indios carniceros, que les cortaban brazos y piernas, y las caras desollaban y las adobaban como cueros de guantes, y con sus barbas las guardaban para hacer fiestas con ellas cuando hacian borracheras, y se comian las carnes con chilmole; y desta manera sacrificaron á todos los demás, y les comieron piernas y brazos, y los corazones y sangre ofrecian á sus ídolos, como dicho tengo, y los cuerpos, que eran las barrigas, echaban á los tigres y leones y sierpes y culebras que tenian en la casa de las alimañas, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, que atrás dello he platicado.

Pues de aquellas crueldades vimos todos los de nuestro real y Pedro de Albarado y Gonzalo de Sandoval y todos los demás capitanes.

Miren los curiosos lectores que esto leyeren, qué lástima terniamos dellos; y deciamos entre nosotros: «¡Oh gracias á Dios, que no me llevaron á mí hoy á sacrificar!» Y tambien tengan atencion que no estábamos léjos dellos y no les podiamos remediar, y ántes rogábamos á Dios que fuese servido de nos guardar de tan cruelísima muerte.

Pues en aquel instante que hacian aquel sacrificio, vinieron sobre nosotros grandes escuadrones de guerreros, y nos daban por todas partes bien que hacer, que ni nos podiamos valer de una manera ni de otra contra ellos, y nos decian:

—«Mirad que desta manera habeis de morir todos, que nuestros dioses nos lo han prometido muchas veces.»

Pues las palabras de amenazas que decian á nuestros amigos los tlascaltecas eran tan lastimosas y malas, que los hacian desmayar, y les echaban piernas de indios asadas y brazos de nuestros soldados y les decian:

—«Comé de las carnes de estos teules y de vuestros hermanos, que ya bien hartos estamos dellos, y deso que nos sobra bien os podeis hartar; y mirad que las casas que habeis derrocado, que os hemos de traer para que las torneis á hacer muy mejores, y con piedras y lanzas y cal y canto, y pintadas; y por eso ayudad muy bien á estos teules, que á todos los vereis sacrificados.»

Pues otra cosa mandó hacer Guatemuz, que, como hubo aquella vitoria de Cortés, envió á todos los pueblos nuestros confederados y amigos, y á sus parientes, piés y manos de nuestros soldados, y caras de soldados con sus barbas, y las cabezas de los caballos que mataron; y les envió á decir que éramos muertos más de la mitad de nosotros é que presto nos acabarian, é que dejasen nuestra amistad y se viniesen á Méjico, y que si luego no lo dejaban, que les enviaria á destruir; y les envió á decir otras muchas cosas para que se fuesen de nuestro real y nos dejasen, pues habiamos de ser presto muertos de su mano; y á la continua dándonos guerra, así de dia como de noche; y como velábamos todos los del real juntos, y Gonzalo de Sandoval y Pedro de Albarado y los demás capitanes haciéndonos compañía en la vela, aunque venian de noche grandes capitanías de guerreros, les resistiamos.

Pues los de á caballo todo el dia y la noche estaba la mitad dellos en lo de Tacuba y la otra mitad en las calzadas.

Pues otro mayor mal nos hicieron, que cuanto habiamos cegado desde que en la calzada entramos, todo lo tornaron á abrir, y hicieron albarradas muy más fuertes que de ántes.

Pues los amigos de las ciudades de la laguna que nuevamente habian tomado nuestra amistad y nos vinieron á ayudar con las canoas, creyeron llevar lana y volvieron trasquilados, porque perdieron muchos las vidas y más de la mitad de las canoas que traian, y otros muchos volvieron heridos; y aun con todo esto, desde allí adelante no ayudaron á los mejicanos, porque estaban mal con ellos, salvo estarse á la mira.

Dejemos de hablar más en contar lástimas, y volvamos á decir el recaudo y manera que teniamos, y cómo Sandoval y Francisco de Lugo, y Andrés de Tapia y los demás caballeros que habian venido á nuestro real, les pareció que era bien volverse á sus puestos y dar relacion á Cortés cómo y de qué manera estábamos; y se fueron en posta, y dijeron á Cortés cómo Pedro de Albarado y todos sus soldados teniamos muy buen recaudo, así en el batallar como en el velar; y aun el Sandoval, como me tenia por amigo, dijo á Cortés cómo me halló á mí y á otros soldados batallando en el agua á más de la cinta defendiendo un bergantin que estaba zabordado en unas estacadas, é que si por nuestras personas no fuera, que mataran á todos los soldados y al capitan que dentro venia; é porque dijo de mi persona otras loas que yo aquí no tengo de decir, porque otras personas lo dijeron y se supo en todo el real, no quiero aquí recitallo; y cuando Cortés lo hubo bien entendido del buen recaudo que teniamos en nuestro real, con ello descansó su corazon, y desde allí adelante mandó á todos tres reales que no batallásemos poco ni mucho con los mejicanos; entiéndese que no curásemos de tomar ningun puente ni albarrada, salvo defender nuestros reales no nos los rompiesen; porque de batallar con ellos, no habia bien esclarecido el dia ántes, cuando estaban sobre nuestro real tirando muchas piedras con hondas, y varas y flecha, y diciéndonos muchos vituperios feos; y como teniamos junto á nuestro real una obra de agua, muy ancha y honda, estuvimos cuatro dias arreo que no la pasamos, y otro tanto se estuvo Cortés en el suyo, y Sandoval en el suyo; y esto de no salir á batallar y procurar de ganar las albarradas que habian tornado á abrir y hacer fuertes, era por causa que todos estábamos muy heridos y trabajados, así de velas como de las armas, y sin comer cosa de sustancia; y como faltaban del dia ántes sobre sesenta y tantos soldados de todos tres reales, y siete caballos, porque recibiéramos algun alivio y para tomar maduro consejo de lo que habiamos de hacer de allí adelante, mandó Cortés que estuviésemos quedos, como dicho tengo.

Y dejallo hé aquí, y diré cómo y de qué manera peleábamos, y todo lo que en nuestro real pasó.

CAPÍTULO CLIII.

DE LA MANERA QUE PELEÁBAMOS É SE NOS FUERON TODOS LOS AMIGOS Á SUS PUEBLOS.

La manera que teniamos en todos tres reales de pelear, es esta: que velábamos de noche todos los soldados juntos en las calzadas, y nuestros bergantines á nuestros lados, tambien en las calzadas, y los de á caballo rondando la mitad dellos en lo de Tacuba, adonde nos hacian pan y teniamos nuestro fardaje, y la otra mitad en las puentes y calzada, y muy de mañana aparejábamos los puños para pelear y batallar con los contrarios, que nos venian á entrar en nuestro real y procuraban de nos desbaratar; y otro tanto hacian en el real de Cortés y en el de Sandoval, y esto no fué sino cinco dias, porque luego tomamos otra órden, lo cual diré adelante; y digamos cómo los mejicanos hacian cada dia grandes sacrificios y fiestas en el cu mayor de Tatelulco, y tañian su maldito atambor y otras trompas y atabales y caracoles, y daban muchos gritos y alaridos, y tenian cada noche grandes luminarias de mucha leña encendida, y entónces sacrificaban de nuestros compañeros á sus malditos ídolos Huichilóbos y Tezcatepuca, y hablaban con ellos; y segun ellos decian, que en la mañana ó en aquella misma noche nos habian de matar.

Parece ser que, como sus ídolos son perversos y malos, por engañarlos para que no viniesen de paz, les hacian en creyente que á todos nosotros nos habian de matar, y á los tlascaltecas y á todos los demás que fuesen en nuestra ayuda; y como nuestros amigos lo oian, teníanlo por muy cierto, porque nos vian desbaratados.

Dejemos destas pláticas, que eran de sus malos ídolos, y digamos cómo en la mañana venian muchas capitanías juntas á nos cercar y dar guerra, y se remudaban de rato en rato, unos de unas divisas y señales, y venian otros de otras libreas; y entónces cuando estábamos peleando con ellos nos decian muchas palabras, diciéndonos de apocados y que no éramos buenos para cosa ninguna, ni para hacer casas ni maizales, y que no éramos sino para venilles á robar su ciudad, como gente mala que habiamos venido huyendo de nuestra tierra y de nuestro Rey y señor; y esto decian por lo que Narvaez les habia enviado á decir, que veniamos sin licencia de nuestro Rey, como dicho tengo; y nos decian que de allí á ocho dias no habia de quedar ninguno de nosotros á vida porque así se lo habian prometido la noche ántes sus dioses; y desta manera nos decian otras cosas malas, y á la postre decian:

—«Mirá cuán malos y bellacos sois, que aun vuestras carnes son malas para comer, que amargan como las hieles, que no las podemos tragar de amargor.»

Y parece ser, como aquellos dias se habian hartado de nuestros soldados y compañeros, quiso Nuestro Señor que les amargasen las carnes.

Pues á nuestros amigos los tlascaltecas, si muchos vituperios nos decian á nosotros, más les decian á ellos, é que les ternian por esclavos para sacrificar y hacer sus sementeras, y tornar á edificar las casas que les habiamos derrocado, é que las habian de hacer de cal y canto labradas, que su Huichilóbos se lo habia prometido; y diciendo esto, luego el bravoso pelear, y se venian por unas casas derrocadas, y con las muchas canoas que tenian nos tomaban las espaldas, y aun nos tenian algunas veces atajados en las calzadas; y nuestro Señor Jesucristo nos sustentaba cada dia, que nuestras fuerzas no bastaban; mas todavía les haciamos volver muchos dellos heridos, y muchos quedaban muertos.

Dejemos de hablar de los grandes combates que nos daban, y digamos cómo nuestros amigos los de Tlascala y de Cholula y Guaxocingo, y aun los de Tezcuco, acordaron de se ir á sus tierras, y sin lo saber Cortés ni Pedro de Albarado ni Sandoval, se fueron todos los más; que no quedó en la real de Cortés sino este Suchel, que despues que se bautizó se llamó don Cárlos, y era hermano de don Fernando, señor de Tezcuco, y era muy esforzado hombre; y quedaron con él otros sus parientes y amigos, que serian hasta cuarenta; y en el real de Sandoval quedó otro cacique de Guaxocingo con obra de cincuenta hombres; y en nuestro real quedaron dos hijos de nuestro amigo D. Lorenzo de Vargas, y el esforzado de Chichimecatecle con obra de ochenta tlascaltecas, parientes y vasallos.

Y como nos hallamos solos y con tan pocos amigos, recebimos pena; y Cortés y Sandoval y cada uno en su real preguntaban á los amigos que les quedaban que por qué se habian ido de aquella manera los demás sus hermanos, y decian que, como vian que los mejicanos hablaban de noche con sus ídolos é prometian que nos habian de matar á nosotros y á ellos, que creian que debia de ser verdad, y del miedo se iban; y que lo que le daba más crédito á ello era vernos á todos heridos y nos habian muerto á muchos de nosotros, é que dellos mismos faltaban más de mil y ducientos, y que temieron no matasen á todos; y tambien porque Xicotenga el mozo, que mandó ahorcar Cortés en Tezcuco, siempre les decia que sabia por sus adivinanzas que á todos nos habian de matar, é que no habia de quedar ninguno de nosotros á vista, y por esta causa se fueron.

É puesto que Cortés en lo secreto sintió pesar dello, mas con rostro alegre les dijo que no tuviesen miedo, é que lo que aquellos mejicanos les decian que era mentira y por desmayarlos; y tantas palabras de prometimientos les dijo, y con palabras amorosas los esforzó á estar con él, y otro tanto dijimos al Chichimecatecle y á los dos Xicotengas.

Y en aquellas pláticas que en aquella sazon decia Cortés á este Suchel, que ya he dicho que se dijo D. Cárlos, como era de suyo señor y esforzado, dijo á Cortés:

—«Sr. Malinche, no recibas pena por no batallar cada dia en tu real algunas veces, y otro tanto manda al Tonatio, que era Pedro de Albarado, que así lo llamaban, que se esté en el suyo, y Sandoval en Tepeaquilla, y con los bergantines anden cada dia á quitar y defender que no les entren bastimentos ni agua, porque están aquí dentro en esta gran ciudad tantos mil xiquipiles de guerreros, que por fuerza, siendo tantos, se les ha de acabar el bastimento que tienen, y el agua que ahora beben es medio salobre, que toman de unos hoyos que tienen hechos, y como llueve de dia y de noche, recogen el agua para beber y dello se sustentan: mas ¿qué pueden hacer si les quitas la comida y el agua, si no es más que guerra la que ternán con la hambre y sed?»

Como Cortés aquello entendió, le echó los brazos encima y le dió gracias por ello, con prometimientos que le daria pueblos; y aqueste consejo lo habiamos puesto en plática muchos soldados á Cortés; mas somos de tal calidad, que no quisiéramos aguardar tanto tiempo, sino entralles luego la ciudad.

Y cuando Cortés hubo bien considerado lo que nosotros tambien le habiamos dicho, y sus capitanes y soldados se lo decian, mandó á dos bergantines que fuesen á nuestro real y al de Sandoval á nos decir que estuviésemos otros tres dias sin les ir entrando en la ciudad; y como en aquella sazon los mejicanos estaban vitoriosos, no osábamos enviar un bergantin solo, y por esta causa envió dos; y una cosa nos ayudó mucho, y es que ya osaban nuestros bergantines romper las estacadas que los mejicanos les habian hecho en la laguna para que zabordasen; y es desta manera: que remaban con gran fuerza, y para que más furia trujesen tomaban de algo atrás, y si hacia algun viento, á todas velas, y con los remos muy mejor; y así, eran señores de la laguna y aun de muchas partes de las casas que estaban apartadas de la ciudad; y los mejicanos, como aquello vieron, se les quebró algo su braveza.

Dejemos esto, y volvamos á nuestras batallas; y es que, aunque no teniamos amigos, comenzamos á cegar y á tapar la gran abertura que he dicho otras veces que estaba junto á nuestro real; con la primera capitanía que venia la rueda de acarrear adobes y madera y cegar lo poniamos muy por la obra y con grandes trabajos, y las otras dos capitanías batallábamos.

Ya he dicho otras veces que así lo teniamos concertado, y habia de andar por rueda; y en cuatro dias que todos trabajamos en ella la teniamos cegada y allanada; y otro tanto hacia Cortés en su real con el mismo concierto, y aun él en persona llevaba adobes y madera hasta que quedaban seguras las puentes y calzadas y aberturas, por tenello seguro á retraer; y Sandoval ni más ni ménos en el suyo, y en nuestros bergantines junto á nosotros, sin temer estacadas; y desta manera les fuimos entrando poco á poco.

Volvamos á los grandes escuadrones que á la continua nos daban guerra, que muy bravosos y vitoriosos se venian á juntar pié con pié con nosotros, y de cuando en cuando, como se mudaban unos escuadrones, venian otros.

Pues digamos el ruido y alarido que traian, y en aquel instante el resonido de la corneta de Guatemuz, y entónces apechugaban de tal arte con nosotros, que no nos aprovechaban cuchilladas ni estocadas que les dábamos, y nos venian á echar mano; y como, despues de Dios, nuestro buen pelear nos habia de valer, teniamos muy reciamente contra ellos, hasta que con las escopetas y ballestas y arremetidas de los de á caballo, que estaban á la continua con nosotros la mitad de ellos, y con nuestros bergantines, que no temian ya las estacadas, les haciamos estar á raya, y poco á poco les fuimos entrando; y desta manera batallábamos hasta cerca de la noche, que era hora de retraer.

Pues ya que nos retraiamos, ya he dicho otras veces que habia de ser con gran concierto, porque entónces procuraban de nos atajar en la calzada y pasos malos; y si de ántes lo procuraban, en estos dias, con la vitoria que habian alcanzado, lo ponian muy por la obra; y digo que por tres partes nos tenian tomados en medio en este dia; mas quiso Nuestro Señor Dios que, puesto que hirieron muchos de nosotros, nos tornamos á juntar, y matamos y prendimos muchos contrarios; y como no teniamos amigos que echar fuera de las calzadas, y los de á caballo nos ayudaban valientemente, puesto que en aquella refriega y combate les hirieron dos caballos, y volvimos á nuestro real bien heridos, donde nos curamos con aceite y apretar nuestras heridas con mantas, y comer nuestras tortillas con ají y yerbas y tunas, y luego puestos todos en la vela.

Digamos ahora lo que los mejicanos hacian de noche en sus grandes y altos cues, y es que tañian su maldito atambor, que dije otra vez que era el de más maldito sonido y más triste que se podia inventar, y sonaba muy léjos, y tañian otros peores instrumentos.

En fin, cosas diabólicas, y tenian grandes lumbres y daban grandísimos gritos y silbos, y en aquel instante estaban sacrificando de nuestros compañeros de los que tomaron á Cortés, que supimos que sacrificaron diez dias arreo hasta que los acabaron, y el postrero dejaron á Cristóbal de Guzman, que vivo le tuvieron diez y ocho dias, segun dijeron tres capitanes mejicanos que prendimos; y cuando les sacrificaban, entónces hablaba su Huichilóbos con ellos y les prometia vitoria é que habiamos de ser muertos á sus manos ántes de ocho dias, é que nos diesen buenas guerras aunque en ellas muriesen muchos; y desta manera les traian engañados.

Dejemos ahora de sus sacrificios, y volvamos á decir que cuando otro dia amanecia ya estaban sobre nosotros todos los mayores poderes que Guatemuz podia juntar, y como teniamos cegada la abertura y calzada y puentes, ni sé ellos cómo la ponian en seco, tenian atrevimiento á venir hasta nuestros ranchos y tirar vara y piedra y flecha, si no fuera por los tiros con que siempre les haciamos apartar, porque Pedro Moreno Medrano, que tenia cargo dellos, les hacian mucho daño; y quiero decir que nos tiraban saetas de las nuestras con ballestas, cuando tenian vivos á cinco ballesteros, y al Cristóbal de Guzman con ellos, y les hacian que les armasen las ballestas y les mostrasen cómo habian de tirar, y ellos y los mejicanos tiraban aquellos tiros y no nos hacian mal; y tambien batallaba reciamente Cortés y Sandoval, y les tiraban saetas con ballestas; y esto sabíamoslo por Sandoval y los bergantines que iban de nuestro real al de Cortés y del de Cortés al nuestro y al de Sandoval, y siempre nos escribia de la manera que habiamos de batallar y todo lo que habiamos de hacer, y encomendándonos la vela, y que siempre estuviesen la mitad de los de á caballo en Tacuba guardando el fardaje y las indias que nos hacian pan, y que parásemos mientes no rompiesen por nosotros una noche, porque unos prisioneros que en el real de Cortés se prendieron le dijeron que Guatemuz decia muchas veces que diesen en nuestro real de noche, pues no habia tlascaltecas que nos ayudasen; porque bien sabian que se nos habian ido ya todos los amigos.

Ya he dicho otra vez que poniamos gran diligencia en velar.

Dejemos esto, y digamos que cada dia teniamos muy recios rebatos, y no dejábamos de les ir ganando albarradas y puentes y aberturas de agua; y como nuestros bergantines osaban ir por do quiera de la laguna y no temian á las estacadas, ayudábannos muy bien.

Y digamos cómo siempre andaban dos bergantines de los que tenia Cortés en su real á dar caza á las canoas que metian agua y bastimentos, y cogian en la laguna uno como medio lama, que despues de seco tenia un sabor como de queso, y traia en los bergantines muchos indios presos.

Tornemos al real de Cortés y de Gonzalo de Sandoval, que cada dia iban conquistando y ganando albarradas y puentes; y en aquestos trances y batallas se habian pasado, cuando en el desbarate de Cortés, doce ó trece dias; y como este Suchel, hermano de don Hernando, señor de Tezcuco, vió que volviamos muy de hecho en nosotros, y no era verdad lo que los mejicanos decian, que dentro de diez dias nos habian de matar, porque así se lo habia prometido su Huichilóbos, envió á decir á su hermano don Hernando que luego enviase á Cortés todo el poder de guerreros que pudiese sacar de Tezcuco, y vinieron dentro en dos dias que él se lo envió á decir más de dos mil hombres.

Acuérdome que vinieron con ellos Pedro Sanchez Farfan y Antonio de Villarroel, marido que fué de la Ojeda, porque aquestos dos soldados habia dejado Cortés en aquella ciudad, y el Pedro Sanchez Farfan era capitan y el Antonio Villarroel era ayo de don Fernando; y cuando Cortés vido tan buen socorro se holgó mucho y les dijo palabras halagüeñas, y asimismo en aquella sazon volvieron muchos tlascaltecas con sus capitanes, y venia por capitan dellos un cacique de Topeyanco que se decia Tecapanaca, y tambien vinieron otros muchos indios de Guaxocingo y pocos de Cholula; y como Cortés supo que habian vuelto, mandó que todos fuesen á su real para les hablar, y primero que viniesen les mandó poner guardas en el camino para defendellos, por si saliesen mejicanos; y cuando parecieron delante, Cortés les hizo un parlamento con doña Marina y Jerónimo de Aguilar, y les dijo que bien habian creido y tenido por cierto la buena voluntad que siempre les ha tenido y tiene, así por haber servido á su majestad como por las buenas obras que dellos hemos recebido, y que si les mandó desde que venimos á aquella ciudad venir con nosotros á destruir á los mejicanos, que su intento fué porque se aprovechasen y volviesen ricos á sus tierras y se vengasen de sus enemigos; que no para que por su sola mano hubiésemos de ganar aquella gran ciudad; y puesto que siempre les ha hallado buenos y en todo nos han ayudado, que bien habrán visto que cada dia les mandábamos salir de las calzadas, porque nosotros estuviésemos más desembarazados sin ellos para pelear, é que ya les habian dicho y amonestado otras veces que el que nos da vitoria y en todo nos ayuda es nuestro Señor Jesucristo, en quien creemos y adoramos; y porque se fueron al mejor tiempo de la guerra eran dignos de muerte, por dejar sus capitanes peleando y desamparallos, é que porque ellos no saben nuestras leyes y ordenanzas, que es de perdonar; é que porque mejor lo entiendan, que mirasen que estando sin ellos íbamos derrocando casas y ganando albarradas; é que desde allí adelante les mandaba que no maten á ningunos mejicanos, porque les quiere tomar de paz.

Y despues que les hubo dicho este razonamiento, abrazó á Chichimecatecle y á los dos mancebos Xicotengas y á este Suchel hermano de D. Hernando, y les prometió que les daria tierras y vasallos más de los que tenian, teniéndoles en mucho á los que quedaron en nuestro real; y asimismo habló muy bien á Tecapaneca, señor de Topeyanco, y á los caciques de Guaxocingo y Cholula, que estaban en el real de Sandoval.

Y como les hubo platicado lo que dicho tengo, cada uno se fué á su real.

Dejemos desto, y volvamos á nuestras grandes guerras y combates que siempre teniamos y nos daban, y porque siempre de dia y de noche no haciamos sino batallar, y á las tardes al retraer siempre herian á muchos de nuestros soldados, dejaré de contar muy por extenso lo que pasaba; y quiero decir, como en aquellos dias llovia en las tardes, que nos holgábamos que viniese el aguacero temprano, porque, como se mojaban los contrarios, no peleaban tan bravosamente y nos dejaban retraer en salvo, y desta manera teniamos descanso.

Y porque ya estoy harto de escribir batallas, y más cansado y herido estaba de me hallar en ellas, y á los letores les parecerá prolijidad recitallas tantas veces, ya he dicho que no puede ser ménos, porque en noventa y tres dias siempre batallábamos á la continua; mas desde aquí adelante, si lo pudiese escusar, no lo traeria tanto á la memoria en esta relacion.

Volvamos á nuestro cuento: y como en todos tres reales les íbamos entrando en su ciudad, Cortés por la suya, y Sandoval tambien por su parte, y Pedro de Albarado por la nuestra, llegamos adonde tenian la fuente, que ya he dicho otra vez que bebian agua salobre; la cual quebramos y deshicimos porque no se aprovechasen della, y estaban guardándola algunos mejicanos, y tuvimos buena refriega de vara y piedra y flecha, y muchas lanzas largas con que aguardaban á los de á caballo, porque por todas partes de las calles que les habiamos ganado andaban ya, porque ya estaba llano y sin agua y podian correr muy gentilmente.

Dejemos de hablar desto, y digamos cómo Cortés envió á Guatemuz mensajeros rogándole con la paz, y fué de la manera que diré adelante.

CAPÍTULO CLIV.

CÓMO CORTÉS ENVIÓ Á GUATEMUZ Á ROGALLE QUE TENGAMOS PAZ.

Despues que Cortés vió que íbamos en la ciudad ganando muchas puentes y calzadas y albarradas y derrocando casas, como teniamos presos tres principales personas que eran capitanes de Méjico, les mandó que fuesen á hablar á Guatemuz para que tuviesen paces con nosotros; y los principales dijeron que no osaban ir con tal mensaje, porque su señor Guatemuz les mandaria matar.

En fin de pláticas, tanto se lo rogó Cortés y con promesas que les hizo y mantas que les dió, que fueron, y lo que les mandó que dijesen al Guatemuz es, que porque lo quiere bien, por ser deudo tan cercano del gran Montezuma, su amigo, y casado con su hija, y porque ha mancilla que aquella gran ciudad no se acabe de destruir, y por excusar la gran matanza que cada dia haciamos en sus vecinos y forasteros, que le ruega que venga de paz, y en nombre de su majestad les perdonará todas las muertes y daños que nos han hecho, y les hará muchas mercedes; é que tenga consideracion que se lo ha enviado á decir tres ó cuatro veces, é que él por ser mancebo ó por sus consejeros, y la principal causa por sus malditos ídolos ó papas, que le aconsejan mal, no ha querido venir, sino darnos guerra; é pues que ya ha visto tantas muertes como en las batallas que nos dan les han sucedido, y que tenemos de nuestra parte todas las ciudades y pueblos de toda aquella comarca, y cada dia nuevamente vienen más contra ellos, que se compadezca de tal perdimiento de sus vasallos y ciudad.

Tambien les envió á decir que se les habian acabado los mantenimientos, é que ya Cortés lo sabia, é que tambien agua no la tenian; y les envió á decir otras palabras bien dichas, que los tres principales las entendieron muy bien por nuestras lenguas, y demandaron á Cortés una carta, y esta no porque la entendian, sino porque sabian claramente que cuando enviábamos alguna mensajería ó cosas que les mandábamos, era un papel de aquellos que llaman amales, señal como mandamiento.

Y cuando los tres mensajeros parecieron ante su señor Guatemuz, con grandes lágrimas y sollozando le dijeron lo que Cortés les mandó; y el Guatemuz desque lo oyó, y sus capitanes que juntamente con él estaban, pareció ser que al principio recibió pasion de que fuesen atrevidos aquellos capitanes de illes con tales embajadas; mas, como el Guatemuz era mancebo y muy gentil hombre, y de buena disposicion y rostro alegre, y aun la color tenia algo más que tiraba á blanco que á matiz de indios, que era de obra de veinte y tres años y era casado con una muy hermosa mujer, hija del gran Montezuma, su tio; y segun despues alcanzamos á saber, tenia voluntad de hacer paces, y para platicallo mandó juntar todos sus capitanes y principales y papas de los ídolos, y les dijo que tenia voluntad de no tener guerra con Malinche ni todos nosotros; y la plática que sobre ello les puso fué, que ya habian probado todo lo que se puede hacer sobre la guerra y mudado muchas maneras de pelear, y que somos de tal manera, que cuando pensaban que nos tenian vencidos, que entónces volviamos muy más reciamente sobre ellos; y que al presente sabia los grandes poderes de amigos que nuevamente nos habian venido, y que todas las ciudades eran contra ellos, y que ya los bergantines les habian rompido sus estacadas, y que los caballos corrian á rienda suelta por las calles de su ciudad; y les puso por delante otras muchas desventuras que tenian sobre los mantenimientos y agua; que les rogaba y mandaba que cada uno dellos diese sobre ello su parecer, y los papas tambien dijesen el suyo y lo que á sus dioses Huichilóbos y Tezcatepuca les han oido hablar, y que ninguno tuviese temor de hablar y decir la verdad de lo que sentia.

Y segun pareció, le dijeron:

—«Señor y nuestro gran señor, ya tenemos á tí por nuestro rey y señor, y es muy bien empleado en tí el reinado, pues en todas tus cosas te has mostrado varon y te viene de derecho el reino. Las paces que dices, buenas son; mas mira y piensa en ello, que cuando estos teules entraron en estas tierras y en esta ciudad, cuál nos ha ido de mal en peor; mirad los servicios y dádivas que les hizo y dió nuestro señor, vuestro tio, el gran Montezuma, en qué paró.

»Pues vuestro primo Cacamatzin, rey de Tezcuco, por el consiguiente. Pues vuestros parientes los señores de Iztapalapa é Cuyoacoan y Tacuba y de Talatcingo, ¿qué se hicieron? Pues los hijos de nuestro gran señor Montezuma todos murieron. Pues oro y riquezas desta ciudad, todo se ha consumido. Pues ya ves que á todos tus súbditos y vasallos de Tepeaca y Chalco, y aun de Tezcuco, y aun de todas estas vuestras ciudades y pueblos, les ha hecho esclavos y señalando las caras.

»Mira primero lo que nuestros dioses te han prometido: toma buen consejo sobre ello, y no te fies de Malinche ni de sus palabras; que más vale que todos muramos en esta ciudad peleando, que no vernos en poder de quien nos harian esclavos y nos atormentarán.»

Y los papas en aquel tiempo le dijeron que sus dioses les habian prometido vitoria tres noches arreo cuando les sacrificaban; y entónces el Guatemuz, medio enojado, les dijo:

—«Pues así quereis que sea, guardad mucho el maíz y bastimentos que tenemos, y muramos todos peleando; y desde aquí adelante ninguno sea osado á me demandar paces, si no, yo le mataré.»

Y allí todos prometieron de pelear noches y dias y morir en la defensa de su ciudad.

Pues ya esto acabado, tuvieron trato con los de Suchimileco y otros pueblos que les metiesen agua en canoas de noche, y abrieron otras fuentes en partes que tenian agua, aunque salobre.

Dejemos ya de hablar en este su concierto, y digamos de Cortés y de todos nosotros, que estuvimos dos dias sin entralles en su ciudad esperando la respuesta, y cuando no nos catamos, vienen tantos escuadrones de guerreros mejicanos en todos tres reales y nos dan tan recia guerra, que como leones muy bravosos venian á encontrar con nosotros, que en todo su seso creyeron de llevarnos de vencida.

Esto que digo fué por nuestra parte del real de Pedro de Albarado, que en lo de Cortés y Sandoval tambien dijeron que les habian llegado á sus reales, que no les podian defender, aunque más les mataban y herian; y cuando peleaban tocaban la corneta de Guatemuz, y entónces habiamos de tener órden que no nos desbaratasen, porque ya he dicho otras veces que entónces se metian por las espadas y lanzas para nos echar mano; é como ya estábamos acostumbrados á los rencuentros, puesto que cada dia herian y mataban de nosotros, teniamos con ellos pié con pié, y desta manera pelearon seis ó siete dias arreo, y nosotros les matábamos y heriamos muchos dellos, y con todo esto no se les daba nada por morir.

Acuérdome que decian:

—«¿En qué se anda Malinche con nosotros, cada dia demandándonos paces? Que nuestros ídolos nos han prometido vitoria, y tenemos hartos bastimentos y agua, y á ninguno de vosotros hemos de dejar á vida; por eso no tornen á hablar sobre las paces, pues las palabras son para las mujeres y las armas para los hombres.»

Y diciendo esto, se vienen á nosotros como perros dañados, y hablando y peleando todo era uno, y hasta que la noche nos despartia estábamos peleando, y luego, como dicho tengo, al retraer con gran concierto, porque nos venian siguiendo con grandes capitanías y escuadrones dellos, y estábamos á los amigos fuera de la calzada, porque ya habian venido muchos más que de ántes, y nos volviamos á nuestras chozas, y luego ir y velar todos juntos, y en la vela cenábamos nuestra mala ventura, como dicho tengo otras veces, y bien de madrugada alto á pelear, porque no nos daban más espacio; y desta manera estuvimos muchos dias; y estando desta manera tuvimos otro combate, y es que se juntaban de tres provincias, que se dicen Matalacingo y Malinalco, y otros pueblos que no se me acuerda de sus nombres, que estaban obra de ocho leguas de Méjico, para venir sobre nosotros, y miéntras estuviésemos batallando con los mejicanos darnos en las espaldas y en nuestros reales, y que entónces saldrian los poderes mejicanos, y los unos por una parte y los otros por otra, tenian pensamientos de nos desbaratar; y porque hubo otras pláticas, lo que sobre ello se hizo, diré adelante.

CAPÍTULO CLV.

CÓMO FUÉ GONZALO DE SANDOVAL CONTRA LAS PROVINCIAS QUE VENIAN Á AYUDAR Á GUATEMUZ.

Y para que esto se entienda bien, es menester volver algo atrás á decir desde que á Cortés desbarataron y se llevaron á sacrificar sesenta y tantos soldados, y aun bien puedo decir sesenta y dos, porque tantos fueron despues, que bien se contaron.

Y tambien he dicho que Guatemuz envió las cabezas de los caballos y caras que habian desollado, y piés y manos de nuestros soldados que habian sacrificado, á muchos pueblos y á Matalacingo y Malinalco, y les envió á hacer saber que ya habia muerto la mitad de nuestras gentes, y que les rogaba que para que nos acabasen de matar, que le viniesen á ayudar, é que darian guerra en nuestros reales de dia y de noche, y que por fuerza habiamos de pelear con ellos por defenderse; é que cuando estuviésemos peleando, saldrian ellos de Méjico y nos darian guerra por otra parte, de manera que nos vencerian, y tenian que sacrificar muchos de nosotros á sus ídolos, y harian hartazga con nuestros cuerpos.

De tal manera se lo envió á decir, que lo creyeron y tuvieron por cierto; y demás desto, en Matalacingo tenia el Guatemuz muchos parientes por parte de la madre, y como vieron las caras y cabezas que dicho tengo, y lo que les envió á decir, luego pusieron por la obra de se juntar con todos sus poderes que tenian, y de venir en socorro de Méjico y de su pariente Guatemuz, y venian ya de hecho contra nosotros, y por el camino por donde pasaron estaban tres pueblos, y les comenzaron á dar guerra y robaron las estancias, y robaron niños para sacrificar; los cuales pueblos enviaron á se lo hacer saber á Cortés para que les enviase ayuda y socorro; y como lo supo, de presto mandó á Andrés de Tapia, y con veinte de á caballo y cien soldados y muchos amigos les socorrió muy bien y les hizo retraer á sus pueblos, con mucho daño que les hizo, y se volvió al real; de que Cortés hubo mucho placer y contentamiento; y despues desto, en aquel instante vinieron mensajeros de los pueblos de Cuernabaca á demandar socorro, que los mismos de Matalacingo, de Malinalco y otras provincias venian sobre ellos, é que enviase socorro; y para ello envió á Gonzalo de Sandoval con veinte de á caballo y ochenta soldados, los más sanos que habia en todos tres reales, y muchos amigos; y sabe Dios cuáles quedábamos con gran riesgo de nuestras personas, porque todos los más estábamos heridos muy malamente y no teniamos refrigerio ninguno.

Y porque hay mucho que decir en lo que Sandoval hizo en el desbarate de los contrarios, se dejará de decir, más de que se vino muy de presto por socorrer á su real, y trajo dos principales de Matalacingo consigo, y les dejó más de paz que de guerra; y fué muy provechosa aquella entrada que hizo, lo uno por evitar que á muchos amigos no se les hiciese ni recibiesen más daño, y lo otro porque no viniesen á nuestros reales, como venian de hecho, y porque viese Guatemuz y sus capitanes que no tenian ya ayuda ni favor de aquellas provincias; y tambien cuando con ellos estábamos peleando nos decian que nos habian de matar con ayuda de Matalacingo y de otras provincias, é que sus dioses se lo habian prometido así.

Dejemos ya de decir de la ida y socorro que hizo Sandoval, y volvamos á decir de cómo Cortés envió á rogar á Guatemuz que viniese de paz é que le perdonaria todo lo pasado; y le envió á decir que el Rey nuestro señor le envió á decir ahora nuevamente que no le destruyese más aquella ciudad y tierras, y que por esta causa los cinco dias pasados no le habia dado guerra ni entrado batallando; y que mire que ya no tienen bastimentos ni agua, y más de las dos partes de su ciudad por el suelo, é que de los socorros que esperaba de Matalacingo, que se informe de aquellos dos principales que entónces les envió é digan cómo les ha ido en su venida; y le envió á decir otras cosas de muchos ofrecimientos, que fueron con estos mensajeros los dos indios de Matalacingo, y le dijeron lo que habia pasado; y no les quiso responder cosa ninguna, sino solamente les mandó que se volviesen á sus pueblos, y luego les mandó salir de Méjico.

Dejemos á los mensajeros, que luego salieron, y los mejicanos por tres partes con la mayor furia que hasta allí habiamos visto, y se vienen á nosotros, y en todos tres reales nos dieron muy recia guerra; y puesto que les heriamos y matábamos muchos dellos, paréceme que deseaban morir peleando, y entónces cuando más recios andaban con nosotros pié con pié peleando, nos decian:

—«Tenitoz Rey Castilla, Tenitoz Ajaca;» que quiere decir en su lengua: «¿Qué dirá el Rey de Castilla? ¿Qué dirá ahora?»

Y con estas palabras tirar vara y piedra y flecha, que cubrian el suelo y calzada.

Dejemos esto, que ya les íbamos ganando gran parte de la ciudad, y en ellos sentiamos que, puesto que peleaban muy como varones, no se remudaban ya tantos escuadrones como solian, ni abrian zanjas ni calzadas; mas otra cosa tenian muy cierta, que al tiempo que nos retraiamos nos venian siguiendo hasta nos echar mano; y tambien se nos habia acabado ya la pólvora en todos tres reales, y en aquel instante habia venido á la Villa-Rica un navío que era de una armada de un licenciado Lúcas Vazquez de Aillon, que se perdió y desbarató en las islas de la Florida, y el navío aportó á aquel puerto, como dicho tengo, y venian en él ciertos soldados y pólvora y ballestas y otras cosas; y el teniente que estaba en la Villa-Rica, que se decia Rodrigo Rangel, que tenia en guarda á Narvaez, envió luego á Cortés pólvora y ballestas y soldados.

Y volvamos á nuestra conquista, por abreviar: que mandó y acordó Cortés con todos los demás capitanes y soldados que les entrásemos todo cuanto pudiésemos hasta llegalles al Tatelulco, que es la plaza mayor, adonde estaban sus altos cues y adoratorios; y Cortés por su parte y Sandoval por la suya, y nosotros por la nuestra, les íbamos ganando puentes y albarradas, y Cortés les entró hasta una plazuela donde tenian otros adoratorios.

En aquellos cues estaban unas vigas, y en ellas muchas cabezas de nuestros soldados que habian muerto y desbaratado en las batallas pasadas, y tenian los cabellos y barbas muy crecidas, más que cuando eran vivos, y no lo habia yo creido si no lo viera desde tres dias, que como fuimos ganando por nuestra parte dos aberturas y puentes, tuvimos lugar de las ver, é yo conocia tres soldados mis compañeros; y cuando las vimos de aquella manera se nos saltaron las lágrimas de los ojos; y en aquella sazon se quedaron allí donde estaban, más desde á doce dias se quitaron, y las pusimos aquellas y otras cabezas que tenian ofrecidas á otros ídolos, y las enterramos en una iglesia que se dice ahora los Mártires, que nosotros hicimos.

Dejemos desto y digamos cómo fuimos batallando por la parte de Pedro de Albarado y llegamos al Tatelulco, y habia tantos mejicanos en guarda de sus ídolos y altos cues, y tenian tantas albarradas, que estuvimos bien dos horas que no se lo pudimos tomar; y cómo podian ya correr caballos, puesto que les hirieron á los más; mas nos ayudaron muy bien y alancearon muchos mejicanos; y como habia tantos contrarios en tres partes, fuimos las tres capitanías á batallar con ellos; y á la una capitanía, que era de un Gutierre de Badajoz, mandó Pedro de Albarado que subiese en el alto cu de Huichilóbos, y peleó muy bien con los contrarios y muchos papas que en las casas de los adoratorios estaban, y de tal manera le daban guerra los contrarios, que le hacian venir las gradas abajo; y luego Pedro de Albarado nos mandó que le fuésemos á socorrer y dejásemos el combate en que estábamos; é yendo que íbamos, nos siguieron los escuadrones con quien peleábamos, y todavía les subiamos sus gradas arriba.

Aquí habia bien que decir en qué trabajo nos vimos los unos y los otros en ganalles aquellas fortalezas, que ya he dicho otras veces que eran muy altas; y en aquellas batallas nos tornaron á herir á todos muy malamente, y todavía les pusimos fuego á los ídolos, y levantamos nuestras banderas, y estuvimos batallando en lo llano, despues de le haber puesto fuego, hasta la noche, que no nos podiamos valer de tanto guerrero.

Dejemos de hablar en ello, y digamos que como Cortés y sus capitanes vieron en aquella sazon desde sus barrios y calles en sus partes léjos del alto cu, y las llamaradas en que el cu mayor ardia, y nuestras banderas encima, se holgó mucho, y se quisieran hallar en él; mas no podian, porque habian un cuarto de legua de la una parte á la otra, y tenian muchas puentes y aberturas de agua por ganar, y por donde andaba le daban recia guerra, y no podian entrar tan presto como quisieran en el cuerpo de la ciudad; mas dende á cuatro dias se juntó con nosotros, así Cortés como Sandoval, é podiamos ir desde un real á otro por las calles y casas derrocadas y puentes y albarradas deshechas y aberturas de agua todo ciego; y en este instante se iban retrayendo Guatemuz con todos sus guerreros en una parte de la ciudad dentro de la laguna, porque las casas y palacios en que vivia ya estaban por el suelo; y con todo esto, no dejaban cada dia de salir á nos dar guerra, y al tiempo de retraer nos iban siguiendo muy mejor que de ántes; é viendo esto Cortés, que se pasaban muchos dias, y no venian de paz ni tal pensamiento tenian, acordó con todos nuestros capitanes que les echásemos celadas.

Y fué desta manera: que de todos tres reales se juntaron hasta treinta de á caballo y cien soldados los más sueltos y guerreros que conocia Cortés, y envió á llamar de todos tres reales mil tlascaltecas, y nos metimos en unas casas grandes que habian sido de un señor de Méjico, y esto fué muy de mañana, y Cortés iba entrando con los demás de á caballo que le quedaban, y sus soldados y ballesteros y escopeteros por las calles y calzadas como solia; y ya llegaba Cortés á una abertura y puente de agua, y entónces estaban peleando con los escuadrones de mejicanos que para ello estaban aparejados, y muchos más que Guatemuz enviaba para guardar la puente; y como Cortés vió que habia gran número de contrarios, hizo que se retraia y mandaba echar los amigos fuera de la calzada, porque creyesen que de hecho se iban retrayendo; y le iban siguiendo al principio poco á poco, y cuando vieron que de hecho hacia que iba huyendo, van tras él todos los poderes que en aquella calzada le daban guerra; y como Cortés vió que habia pasado algo adelante de las casas á donde estaba la celada, tiraron dos tiros juntos, que era señal de cuándo habiamos de salir de la celada, y salen los de á caballo primero, y salimos todos los soldados y dimos en ellos á placer; pues luego volvió Cortés con los suyos y nuestros amigos los tlascaltecas, é hicieron gran matanza.

Por manera que se hirieron y mataron muchos, y desde allí adelante no nos seguian al tiempo del retraer; y tambien en el real de Pedro de Albarado les echó una celada, mas no tan buena como esta; y en aquel dia no me hallé yo en nuestro real con Pedro de Albarado por causa que Cortés me mandó que para la celada quedase con él.

Dejemos desto, y digamos cómo estábamos ya en el Tatelulco, y Cortés nos mandó que pasásemos todas las capitanías á estar con él, é que allí velásemos, por causa que veniamos más de media legua desde el real á batallar con los mejicanos; y estuvimos allí tres dias sin hacer cosa que de contar sea, porque nos mandó que no les entrásemos más en la ciudad ni les derrocásemos más casas, porque les queria tornar á requerir con las paces; y en aquellos dias que allí estuvimos en el Tatelulco envió Cortés á Guatemuz rogándole que se diese y no hubiese miedo, y con grandes ofrecimientos que le prometia que su persona seria muy acatada y honrada dél, y que mandaria á Méjico y á todas sus tierras y ciudades como solia; y les envió bastimentos y regalos, que eran tortillas y gallinas y cerezas y tunas y caza, é que no tenian otra cosa; y el Guatemuz entró en consejo con sus capitanes, y lo que le aconsejaron fué, que dijese que queria paz, é que aguardarian tres dias, é que al cabo de los tres dias se verian el Guatemuz y Cortés, y se darian los conciertos de las paces; y en aquellos tres dias tenian tiempo de aderezar puentes y abrir calzadas y adobar piedra y vara y flecha y hacer albarradas; y envió Guatemuz cuatro mejicanos principales con aquella respuesta; é creiamos que eran verdaderas las paces, y Cortés les mandó dar muy bien de comer y beber, y les tornó á enviar á Guatemuz, y con ellos les envió más refresco como de ántes; y el Guatemuz tornó á enviar á Cortés otros mensajeros, y con ellos dos mantas ricas, y dijeron que Guatemuz vernia para cuando estaba acordado; y por no gastar más razones sobre el caso, él nunca quiso venir, porque le aconsejaron que no creyese á Cortés, y poniéndole por delante el fin de su tio el gran Montezuma y sus parientes y la destruccion de todo el linaje noble de los mejicanos, é que dijese que estaba malo, é que saliesen todos de guerra, é que placeria á sus dioses, que les darian vitoria contra nosotros, pues tantas veces se la habia prometido.

Pues como estábamos aguardando al Guatemuz y no venia, vimos luego la burla que de nosotros hacia; y en aquel instante salian tantos batallones de mejicanos con sus divisas, y dan á Cortés tanta guerra, que no se podia valer; y otro tanto fué por nuestra parte de nuestro real; pues en el de Sandoval lo mismo; y era de tal manera, que parecia que entónces comenzaban de nuevo á batallar; y como estábamos algo descuidados, creyendo que estaban ya de paz, hirieron á muchos de nuestros soldados, y tres fueron heridos muy malamente, y el uno dellos murió, y mataron dos caballos y hirieron otros más; é ellos no se fueron mucho alabando, que muy bien lo pagaron; y como esto vido Cortés, mandó que luego les tornásemos á dar guerra y les entrásemos en su ciudad á la parte donde se habian recogido; y cómo vieron que les íbamos ganando toda la ciudad, envió Guatemuz á decir á Cortés que queria hablar con él desde una gran abertura de agua, y habia de ser Cortés de la una parte y el Guatemuz de la otra, y señalaron el tiempo para otro dia de mañana; y fué Cortés para hablar con él, y no quiso Guatemuz venir al puesto, sino envió á muchos principales, los cuales dijeron que su señor Guatemuz no osaba venir por temor que cuando estuviese hablando le tirarian escopetas y ballestas y le matarian; y entónces Cortés les prometió con juramento que no les enojaria en cosa ninguna, y no aprovechó, que no le creyeron.

En aquella sazon dos principales de los que hablaban con Cortés sacaron de un fardalejo que traian tortillas é una pierna de gallina y cerezas, y sentáronse muy de espacio á comer, porque Cortés los viese y entendiese que no tenian hambre; y desde allí le envió á decir á Guatemuz, que pues no queria venir, que no le daba nada y que presto les entraria en todas sus casas, y veria si tenia maíz, cuanto más gallinas; y desta manera se estuvieron otros cuatro ó cinco dias que no les dábamos guerra; y en este instante se salian de noche muchos pobres indios que no tenian qué comer, y se venian al real de Cortés y al nuestro, como aburridos de hambre; y cuando aquello vió Cortés, mandó que en bueno ni en malo no les diésemos guerra, é que quizá se les mudaria la voluntad para venir de paz, y no venian; y en el real de Cortés estaba un soldado que decia el mismo que él habia estado en Italia en compañía del Gran Capitan, y se halló en la chirinola de Garayana y en otras grandes batallas, y decia muchas cosas de ingenios de la guerra, é que haria un trabuco en el Tatelulco, con que en dos dias que con él tirase á la parte y casas de la ciudad adonde el Guatemuz se habia retraido, que las haria que luego se diesen de paz; y tantas cosas dijo á Cortés sobre ello, que luego puso en obra hacer el trabuco, y trajeron piedra, cal y madera de la manera que él la demandó, y carpinteros y clavazon, y todo lo perteneciente para hacer el trabuco, é hicieron dos hondas de recias sogas, y trujeron grandes piedras, y mayores que botijas de arroba; é ya que estaba armado el trabuco segun y de la manera que el soldado dió la órden, y dijo que estaba bueno para tirar, y pusieron en la honda una piedra hechiza, lo que con ella se hizo es, que no pasó adelante del trabuco, porque fué por alto y luego cayó allí donde estaba armado; y desque aquello vió Cortés hubo mucho enojo del soldado que le dió la órden para que lo hiciese, y tenia pesar en sí mismo, porque él creido tenia que no era para en la guerra ni para en cosa de afrenta, y no era más de hablar, que se habia hallado de la manera que he dicho; y segun el mismo soldado decia, que se decia Fulano de Sotelo, natural de Sevilla, y luego Cortés mandó deshacer el trabuco.

Dejemos desto, y digamos que como vió que el trabuco era cosa de burla, acordó que con todos doce bergantines fuese en ellos Gonzalo de Sandoval por capitan general y entrase en el rincon de la ciudad adonde se habia retraido Guatemuz, el cual estaba en parte que no podian entrar en sus palacios y casas sino por el agua, y luego Sandoval apercibió á todos los capitanes de los bergantines; y lo que hizo diré adelante cómo y de qué manera pasó.

CAPÍTULO CLVI.

CÓMO SE PRENDIÓ GUATEMUZ.

Pues como Cortés vido que el trabuco no aprovechó cosa ninguna, ántes hubo enojo con el soldado que le aconsejó que lo hiciese, y viendo que no queria paces ningunas Guatemuz y sus capitanes, mandó á Gonzalo de Sandoval que entrase con los bergantines en el sitio y rincon de la ciudad adonde estaban retraidos el Guatemuz con toda la flor de sus capitanes y personas más nobles que en Méjico habia, y le mandó que no matase ni hiriese á ningunos indios, salvo si no le diesen guerra, é que aunque se la diesen, que solamente se defendiese, y no les hiciesen otro mal, y que les derrocase las casas y muchas barbacanas que habian hecho en la laguna; y Cortés se subió luego en el cu mayor del Tatelulco para ver cómo entraba Sandoval con los bergantines, y les fueron acompañando Pedro de Albarado y Luis Marin, y Francisco de Lugo y otros soldados.

Y como el Sandoval entró con los bergantines en aquel paraje donde estaban las casas de Guatemuz, cuando se vió cercado el Guatemuz, tuvo temor no le prendiesen ó le matasen, y tenia aparejadas cincuenta grandes piraguas para si se viese en aprieto salvarse en ellas y meterse en unos carrizales, é ir desde allí á tierra, y esconderse en unos pueblos de sus amigos; y asimismo tenia mandado á los principales y gente de más cuenta que allí en aquel rincon tenia, y á sus capitanes, que hiciesen lo mismo; y como vieron que les entraban en las casas, se embarcan en las canoas, é ya tenian metida su hacienda de oro y joyas y toda su familia, y se mete en ellas, y tira la laguna adelante, acompañado de muchos capitanes y principales; y como en aquel instante iba la laguna llena de canoas, y Sandoval luego tuvo noticia que Guatemuz con toda la gente principal se iba huyendo, mandó á los bergantines que dejasen de derrocar casas y siguiesen el alcance de las canoas, é que mirasen que tuviesen tino é ojo á qué parte iba el Guatemuz, y que no le ofendiesen ni le hiciesen enojo ninguno, sino que buenamente procurasen de le prender.

Y como un Garci-Holguin, que era capitan de un bergantin, amigo de Sandoval, y era muy gran velero su bergantin, y llevaba buenos remeros, le mandó que siguiese hácia la parte que le habian dicho que iba el Guatemuz y sus principales y las grandes piraguas, y le mandó que si le alcanzase, que no le hiciese mal ninguno más de prendelle, y el Sandoval siguió por otra parte con otros bergantines que le acompañaban; é quiso Dios Nuestro Señor que el Garci-Holguin alcanzó á las canoas é grandes piraguas en que iba el Guatemuz, y en el arte dél y de los toldos é piragua, y aderezo dél y de la canoa, le conoció el Holguin y supo que era el grande señor de Méjico, y dijo por señas que aguardasen, y no querian, y él hizo como que les queria tirar con las escopetas y ballestas, y hubo el Guatemuz miedo de ver aquello, y dijo:

—«No me tiren, que yo soy el Rey de Méjico y desta tierra, y lo que te ruego es, que no me llegues á mi mujer ni á mis hijos, ni á ninguna mujer, ni á ninguna cosa de lo que aquí traigo, sino que me tomes á mí y me lleves á Malinche.»

Y como el Holguin le oyó, se gozó en gran manera y le abrazó, y le metió en el bergantin con mucho acato, á él, á su mujer y á veinte principales que con él iban, y les hizo asentar en la popa en unos petates y mantas, y les dió de lo que traia para comer; y á las canoas en que iba su hacienda no les tocó en cosa ninguna, sino que juntamente las llevó con su bergantin; y en aquella sazon el Gonzalo de Sandoval se puso á una parte para ver los bergantines, y mandó que todos se recogiesen á él, y luego supo que Garci-Holguin habia prendido al Guatemuz, y que le llevaba á Cortés; y como el Sandoval lo supo, mandó á los remeros que llevaba en su bergantin que remasen á la mayor priesa que pudiesen, y cuando alcanzó á Holguin le dijo que le diese el prisionero, y el Holguin no se lo quiso dar, porque dijo que él lo habia prendido, y no el Sandoval; y el Sandoval dijo que así era verdad, y que él era general de los bergantines, y que el Holguin venia debajo de su dominio é mando, y que por ser su amigo se lo habia mandado, y tambien porque era su bergantin muy ligero, más que los otros; é mandó que le siguiesen y le prendiesen, y que al Sandoval, como á su general, le habia de dar el prisionero; y el Holguin todavía porfiaba que no queria; y en aquel instante fué otro bergantin á gran priesa á Cortés á demandalle albricias, que, como dicho tengo, estaba muy cerca, en el Tatelulco, mirando desde el cu mayor cómo entraba el Sandoval; y entónces le contaron la diferencia que traia Sandoval con el Holguin sobre tomalle el prisionero; y cuando Cortés lo supo, luego despachó al capitan Luis Marin y á Francisco de Lugo para que luego hiciesen venir al Gonzalo de Sandoval y al Holguin, sin más debatir, é que trajese al Guatemuz, y á la mujer y familia con mucho acato, porque él determinaria cúyo era el prisionero y á quien se habia de dar la honra dello; y entre tanto que le fueron á llamar, hizo aderezar Cortés un estrado lo mejor que pudo con petates y mantas y otros asientos, y mucha comida de lo que Cortés tenia para sí, y luego vino el Sandoval y Holguin con el Guatemuz, y le llevaron ante Cortés; y cuando se vió delante dél le hizo mucho acato, y Cortés con alegría le abrazó, y le mostró mucho amor á él y á sus capitanes; y entónces el Guatemuz dijo á Cortés:

—«Señor Malinche, ya yo he hecho lo que estaba obligado en defensa de mi ciudad y vasallos, y no puedo más; y pues vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma luego ese puñal que traes en la cinta y mátame luego con él.»

Y esto cuando se lo decia lloraba muchas lágrimas con sollozos, y tambien lloraban otros grandes señores que consigo traia; y Cortés le respondió con doña Marina y Aguilar, nuestras lenguas, y dijo muy amorosamente que por haber sido tan valiente y haber vuelto y defendido su ciudad se le tenia en mucho y tenia en más á su persona, y que no es digno de culpa ninguna, é que ántes se lo ha de tener á bien que á mal; é que lo que Cortés quisiera, fué que, cuando iban de vencida, que porque no hubiera más destruicion ni muerte en sus mejicanos, que vinieran de paz y de su voluntad; é que pues ya es pasado lo uno y lo otro, y no hay remedio ni enmienda en ello, que descanse su corazon y de sus capitanes; é que mandará á Méjico y á sus provincias como de ántes lo solian hacer; y Guatemuz y sus capitanes dijeron que se lo tenian en merced; y Cortés preguntó por la mujer y por otras grandes señoras mujeres de otros capitanes, que le habian dicho que venian con Guatemuz; y el mismo Guatemuz respondió y dijo que habia rogado á Gonzalo de Sandoval y á Garci-Holguin que les dejase estar en las canoas en que estaban, hasta ver lo que el Malinche ordenaba; y luego Cortés envió por ellas, y les mandó dar de comer de lo que habia lo mejor que pudo en aquella sazon; y luego, porque era tarde y queria llover, mandó Cortés á Gonzalo de Sandoval que se fuese á Cuyoacoan, y llevase consigo á Guatemuz y á su mujer y familia y á los principales que con él estaban; y luego mandó á Pedro de Albarado y á Cristóbal de Olí que cada uno se fuese á sus estancias y reales, y luego nosotros nos fuimos á Tacuba, y Sandoval dejó á Guatemuz en poder de Cortés en Cuyoacoan, y se volvió á Tepeaquilla, que era su puesto y real.

Prendióse Guatemuz y sus capitanes en 13 de Agosto, á hora de vísperas, dia de señor San Hipólito, año de 1521, gracias á nuestro Señor Jesucristo y á nuestra Señora la Vírgen Santa María, su bendita Madre, amen.

Llovió, y tronó y relampagueó aquella noche, y hasta media noche mucho más que otras veces.

Y como se hubo preso Guatemuz, quedamos tan sordos todos los soldados, como si de ántes estuviera uno puesto encima de un campanario y tañesen muchas campanas, y en aquel instante que las tañian cesasen de las tañer; y esto digo al propósito, porque todos los noventa y tres dias que sobre esta ciudad estuvimos, de noche y de dia daban tantos gritos y voces é silbos, unos escuadrones mejicanos apercibiendo los escuadrones y guerreros que habian de batallar en la calzada, é otros llamando las canoas que habian de guerrear con los bergantines y con nosotros en los puentes, y otros apercibiendo á los que habian de hincar palizadas y abrir y ahondar las calzadas y aberturas y puentes, y en hacer albarradas, y otros en aderezar piedra y vara y flecha, y las mujeres en hacer piedra rolliza para tirar con las hondas; pues desde los adoratorios y casas malditas de aquellos malditos ídolos, los atambores y cornetas, y el atambor grande y otras bocinas dolorosas, que de continuo no dejaban de se tocar, y desta manera, de noche y de dia no dejábamos de tener gran ruido, y tal, que no nos oiamos los unos á los otros: y despues de preso el Guatemuz cesaron las voces y el ruido, y por esta causa he dicho como si de ántes estuviéramos en campanario.

Dejemos desto, y digamos cómo Guatemuz era de muy gentil disposicion, así de cuerpo como de faiciones, y la cara algo larga y alegre, y los ojos más parecian que cuando miraba que eran con gravedad y halagüeños, y no habia falta en ellos, y era de edad de veinte y tres ó veinte y cuatro años, y el color tiraba más á blanco que al color y matiz de esotros indios morenos, y decian que su mujer era sobrina de Montezuma, su tio, muy hermosa mujer y moza.

Y ántes que más pasemos adelante, digamos en qué paró el pleito del Sandoval y del Garci-Holguin sobre la prision de Guatemuz; y es que, Cortés le dijo que los romanos tuvieron otra contienda de la misma manera que esta, entre Mario y Lucio Cornelio Sila, y esto fué cuando Sila trajo preso á Yugurta, que estaba con su suegro el Rey Ibócos; y cuando entraba en Roma triunfando de los hechos y hazañas heróicos, pareció ser que Sila metió en su triunfo á Yugurta con una cadena de hierro al pescuezo, y Mario dijo que no le habia de meter Sila, sino él; é ya que le metia, que habia de declarar que el Mario le dió aquella facultad y le envió por él para que en su nombre le llevase preso, y se le dió el Rey Ibócos; pues que el Mario era capitan general y debajo de su mano y bandera militaban, y el Sila, como era de los patricios de Roma, tenia mucho favor; y como Mario era de una villa cerca de Roma, que se decia Arpino, y advenedizo, puesto que habia sido siete veces cónsul, no tuvo el favor que el Sila, y sobre ello hubo las guerras civiles entre Mario y el Sila, y nunca se determinó á quién se habia de dar la honra de la prision de Yugurta.

Volvamos á nuestro propósito, y es, que Cortés dijo que haria relacion dello á su majestad, y á quien fuese servido de hacer merced se le daria por armas, que de Castilla traerian sobre ello la determinacion; y desde á dos años vino mandado por su majestad que Cortés tuviese por armas en sus reposteros ciertos Reyes, que fueron Montezuma, gran señor de Méjico; Cacamatzin, señor de Tezcuco, y los señores de Iztapalapa y de Cuyoacoan y Tacuba, y otro gran señor que decian que era pariente muy cercano del gran Montezuma, á quien decian que de derecho le venia el reino y señorio de Méjico, que era señor de Matalacingo y de otras provincias; y á este Guatemuz, sobre que fué este pleito.

Dejemos desto, y digamos de los cuerpos muertos y cabezas que estaban en aquellas casas adonde se habia retraido Guatemuz; y es verdad, y juro amen, que toda la laguna y casas y barbacoas estaban llenas de cuerpos y cabezas de hombres muertos, que yo no sé de qué manera lo escribia.

Pues en las calles y en los mismos patios de Tatelulco no habia otras cosas, y no podiamos andar sino entre cuerpos y cabezas de indios muertos.

Yo he leido la destruicion de Jerusalen; mas si en ella hubo tanta mortandad como esta yo no lo sé; porque faltaron en esta ciudad gran multitud de indios guerreros, y de todas las provincias y pueblos sujetos á Méjico que allí se habian acogido, todos los más murieron; que, como he dicho, así el suelo y la laguna y barbacoas, todo estaba lleno de cuerpos muertos, y hedia tanto, que no habia hombre que sufrirlo pudiese; y á esta causa, así como se prendió Guatemuz, cada uno de los capitanes se fueron á sus reales, como dicho tengo, y aun Cortés estuvo malo del hedor que se le entró por las narices en aquellos dias que estuvo allí en el Tatelulco.

Dejemos desto, y pasemos adelante, y digamos cómo los soldados que andaban en los bergantines fueron los mejor librados é hubieron buen despojo, á causa que podian ir á ciertas casas que estaban en los barrios de la laguna, que sentian que habria oro, ropa y otras riquezas, y tambien lo iban á buscar á los carrizales, donde lo iban á esconder los indios mejicanos cuando les ganábamos algun barrio y casa; y tambien porque, so color que iban á dar caza á las canoas que metian bastimentos y agua, si topaban algunas en que iban algunos principales huyendo á tierra firme para se ir entre ellos, otomites, que estaban comarcanos, les despojaban de lo que llevaban.

Quiero decir que nosotros los soldados que militábamos en las calzadas y por tierra firme no podiamos haber provecho ninguno, sino muchos flechazos y lanzadas y heridas de vara y piedra, á causa que cuando íbamos ganando alguna casa ó casas, ya los moradores dellas habian salido y sacado toda la hacienda que tenian, y no podiamos ir por agua sin que primero cegásemos las aberturas y puentes; y á esta causa he dicho en el capítulo que dello habla, que cuando Cortés buscaba los marineros que habian de andar en los bergantines, que fueron mejor librados que no los que batallábamos por tierra; y así pareció claro, porque los capitanes mejicanos, y aun el Guatemuz, dijeron á Cortés, cuando les demanda el tesoro del gran Montezuma, que los que andaban en los bergantines habian robado mucha parte dello.

Dejemos de hablar más en esto hasta más adelante, y digamos que, como habia tanta hedentina en aquella ciudad, que Guatemuz le rogó á Cortés que diese licencia para que se saliese todo el poder de Méjico á aquellos pueblos comarcanos, y luego les mandó que así lo hiciesen.

Digo que en tres dias con sus noches iban todas tres calzadas llenas de indios é indias y muchachos, llenos de bote en bote, que nunca dejaban de salir, y tan flacos y sucios é amarillos é hediondos, que era lástima de los ver; y despues que la hubieron desembarazado, envió Cortés á ver la ciudad, y estaban, como dicho tengo, todas las casas llenas de indios muertos, y aun algunos pobres mejicanos entre ellos, que no podian salir, y lo que purgaban de sus cuerpos era una suciedad como echan los puercos muy flacos que no comen sino yerba; y hallóse toda la ciudad arada, y sacadas las raices de las yerbas que habian comido cocidas: hasta las cortezas de los árboles tambien las habian comido.

De manera que agua dulce no les hallamos ninguna, sino salada.

Tambien quiero decir que no comian las carnes de sus mejicanos, sino eran de los enemigos tlascaltecas y las nuestras que apañaban; y no se ha hallado generacion en el mundo que tanto sufriese la hambre y sed y contínuas guerras como esta.

Dejemos de hablar en esto, y pasemos adelante: que mandó Cortés que todos los bergantines se juntasen en unas atarazanas que despues se hicieron.

Volvamos á nuestras pláticas: que despues que se ganó esta grande y populosa ciudad, y tan nombrada en el universo, despues de haber dado muchas gracias á Nuestro Señor y á su bendita Madre, ofreciendo ciertas promesas á Dios Nuestro Señor, Cortés mandó hacer un banquete en Cuyoacan, en señal de alegrías de la haber ganado, y para ello tenian ya mucho vino de un navío que habia venido al puerto de la Villa-Rica, y tenia puercos que le trujeron de Cuba; y para hacer la fiesta mandó convidar á todos los capitanes y soldados que le pareció que era bien tener cuenta con ellos en todos tres reales; y cuando fuimos al banquete no habia mesas puestas, ni aun asientos para la tercia parte de los capitanes y soldados que fuimos, y hubo mucho desconcierto, y valiera más que no se hiciera, por muchas cosas no muy buenas que en él acaecieron, y tambien porque esta planta de Noé hizo á algunos hacer desatinos, y hombres hubo en él que, despues de haber comido, anduvieron sobre las mesas, que no acertaban á salir al patio; otros decian que habian de comprar caballos con sillas de oro, y ballesteros hubo que decian que todas las saetas que tuviesen en su aljaba que habian de ser de oro, de las partes que les habian de dar, y otros iban por las gradas rodando abajo.

Pues ya que habian alzado las mesas, salieron á danzar las damas que habia, con los galanes cargados con sus armas, que era para reir, y fueron las damas pocas, que no habia otras en todos los reales ni en la Nueva-España; é dejo de nombrarlas por sus nombres é de referir cómo otro dia hubo sátira; porque quiero decir que, como hubo cosas tan malas en el convite y en los bailes, el buen fraile fray Bartolomé de Olmedo lo murmuraba, é le dijo á Sandoval lo mal que le parecia, é que bien dábamos gracias á Dios para que nos ayudase adelante; é el Sandoval tan presto le dijo á Cortés lo que fray Bartolomé murmuraba é gruñia, y el Cortés, que era discreto, le mandó llamar é le dijo:

—«Padre, no excusaba solazar y alegrar los soldados con lo que vuestra reverencia ha visto é yo he hecho de mala gana; ahora resta que vuestra reverencia ordene una procesion, y que diga Misa é nos predique, y diga á los soldados que no roben las hijas de los indios, y que no hurten ni riñan pendencias é que hagan como católicos cristianos, para que Dios nos haga bien.»

É fray Bartolomé se lo agradeció á Cortés; que no sabia lo que habia dicho Albarado, y pensaba que salia del buen Cortés, su amigo; y el fraile hizo una procesion, en que íbamos con nuestras banderas levantadas y algunas cruces á trechos, y cantando las letanías, y á la postre una imágen de nuestra Señora; y otro dia predicó fray Bartolomé, é comulgaron muchos en la Misa despues de Cortés y Albarado, é dimos gracias á Dios por la vitoria.

Y dejemos de más hablar en esto, y quiero decir otras cosas que pasaron que se me olvidaba, y aunque no vengan ahora dichas sino algo atrás, sin propósito; y es, que nuestros amigos Chichimecatecle y los dos mancebos Xicotengas, hijos de D. Lorenzo de Vargas, que se solia llamar Xicotenga el viejo y ciego, guerrearon muy valientemente contra el poder de Méjico, y nos ayudaron muy esforzada y extremadamente de bien; y asimismo un hermano del señor de Tezcuco D. Hernando, que se decia Suchel, que despues se llamó don Cárlos; este hizo cosas de muy esforzado y valiente varon; y otro capitan natural de una ciudad de la laguna, que no se me acuerda su propio nombre, tambien hacia maravillas, y otros muchos capitanes de pueblos que nos ayudaban, todos guerreaban muy poderosamente; y Cortés les habló y les dió muchas gracias y loores porque nos habian ayudado, con muchas buenas palabras y promesas de que el tiempo andando les daria tierras y vasallos y les haria grandes señores, y les despidió; y como estaban ricos de ropa de algodon y oro, y otras muchas cosas ricas de despojos, se fueron alegres á sus tierras, y aun llevaron hartas cargas de tasajos cecinados de indios mejicanos, que repartieron entre sus parientes y amigos, y como cosas de sus enemigos, la comieron por fiestas.

Agora, que estoy fuera de los recios combates y batallas de los mejicanos, que con nosotros, y nosotros con ellos teniamos de noche y de dia, por que doy muchas gracias á Dios, que dellas me libró, quiero contar una cosa muy temeraria que me acaeció, y es, que despues que vide abrir por los pechos y sacar los corazones y sacrificar á aquellos sesenta y dos soldados que dicho tengo que llevaron vivos de los de Cortés, ofrecelles los corazones á los ídolos, y esto que agora diré, les parece á algunas personas que es por falta de no tener muy grande ánimo; y si bien lo consideran, es por el demasiado ánimo con que en aquellos dias habia de poner mi persona en lo más recio de las batallas, porque en aquella sazon presumia de buen soldado y era tenido en esta reputacion, y habia de hacer lo que más osados y atrevidos soldados suelen hacer, y en aquella sazon yo hacia delante de mis capitanes; y como de cada dia via llevar á nuestros compañeros á sacrificar, y habia visto, como dicho tengo, que les aserraban por los pechos y sacalles los corazones bullendo, y cortalles piés y brazos, y se los comieron á los sesenta y dos que dicho tengo, temia yo que un dia que otro habian de hacer de mí lo mismo, porque ya me habian asido dos veces, y quiso Dios que me escapé; y acordóseme de aquellas muertes, y por esta causa desde entónces temí desta cruel muerte; y esto he dicho porque ántes de entrar en las batallas se me ponia por delante una como grima y tristeza grandísima en el corazon; y encomendándome á Dios y á su bendita Madre nuestra Señora, y entrar en las batallas, todo era uno, y luego se me quitaba aquel temor, y tambien quiero decir qué cosa tan nueva era agora tener yo aquel temor no acostumbrado, habiéndome hallado en muchos rencuentros muy peligrosos, ya habia de estar curtido el corazon y esfuerzo y ánimo en mi persona agora á la postre más arraigado que nunca; porque, si bien lo sé contar y traer á la memoria, desde que vine á descubrir con Francisco Fernandez de Córdoba y con Grijalva, y volví con Cortés, y me hallé en lo de la Punta de Cotoche y en lo de Lázaro, que por otro nombre se dice Campeche, y en Potonchan y en la Florida, segun que más largamente lo tengo escrito cuando vine á descubrir con Francisco Fernandez de Córdoba.

Dejemos desto, y volvamos á hablar en lo de Grijalva y en la misma de Potonchan, y con Cortés en lo de Tabasco y la de Cingapacinga, y en todas las guerras y rencuentros de Tlascala y en lo de Cholula, y cuando desbaratamos á Narvaez me señalaron para que les fuésemos á tomar la artillería, que eran diez y ocho tiros que tenian cebados y cargados con sus pelotas de piedra, los cuales les tomamos, y este trance fué de mucho peligro; y me hallé en el primer desbarate cuando los mejicanos nos echaron de Méjico, ó por mejor decir, salimos huyendo cuando nos mataron en obra de ocho dias ochocientos y cincuenta soldados; y me hallé en las entradas de Tepeaca y Cachula y sus rededores, y en otros rencuentros que tuvimos con los mejicanos cuando estábamos en Tezcuco sobre coger las mielpas de maíz, y en lo de Iztapalapa cuando nos quisieron anegar, y me hallé cuando subimos en los peñoles, y ahora los llaman las fuerzas ó fortaleza que ganó Cortés, y en lo de Suchimileco, é otros muchos rencuentros; y entré con Pedro de Albarado con los primeros á poner cerco á Méjico, y les quebramos el agua de Chalputepeque, y en la primera entrada que entramos en la calzada con el mismo Pedro de Albarado; y despues desto, cuando desbarataron por la misma nuestra parte y llevaron seis soldados vivos, y á mí me llevaban, é ya se hacia cuenta que eran siete conmigo, segun me llevaban engarrafado á sacrificar; y me hallé en todas las demás batallas ya por mí memoradas, que cada dia y de noche teniamos, hasta que vi, como dicho tengo, las crueles muertes que dieron delante de mis ojos á aquellos sesenta y dos soldados nuestros compañeros; ya he dicho que agora que por mí habian pasado todas estas batallas y peligros de muerte, que no lo habia de temer como lo temia agora á la postre.

Digan agora todos aquellos caballeros que desto del militar entienden, y se han hallado en trances peligrosos de muerte, á qué fin echarán mi temor, si es á mucha flaqueza de ánimo ó á mucho esfuerzo; porque, como he dicho, sentia yo en mi pensamiento que habia de poner por mi persona, batallando en parte que por fuerza habia de temer la muerte más que otras veces, y por esto me temblaba el corazon y temia la muerte; y todas aquestas batallas que aquí he dicho donde me he hallado, verán en mi relacion en qué tiempo y cómo y cuándo y dónde y de qué manera otras muchas entradas y rencuentros tuvo Cortés y muchos de nuestros capitanes, sin estos que aquí tengo dichos que no me hallé yo en ellos, porque eran de cada dia tantos, que aunque fuera de hierro mi cuerpo, no lo pudiera sufrir, en especial que siempre andaba herido y pocas veces estaba sano, y á esta causa no podia ir á todas las entradas; pues aun no han sido nada los trabajos y peligros y rencuentros de muerte que de mi persona he recontado, que despues que ganamos esta fuerte y gran ciudad pasé otros muchos, como adelante verán cuando venga á coyuntura.

Y dejemos ya, y diré y declararé por qué he dicho en todas estas guerras mejicanas cuando nos mataron nuestros compañeros, digo lleváronlos, y no digo matáronlos, y la causa es esta: porque los guerreros que con nosotros peleaban, aunque pudieran matar luego á los que llevaban vivos de nuestros soldados, no los mataban luego, sino dábanles heridas peligrosas porque no se defendiesen, y vivos los llevaban á sacrificar á sus ídolos, y aun primero les hacian bailar delante de Huichilóbos, que era su ídolo de la guerra; y esta es la causa porque he dicho los llevaron.

Y dejemos esta materia, y digamos lo que Cortés hizo despues de ganado Méjico.

CAPÍTULO CLVII.

CÓMO MANDÓ CORTÉS ADOBAR LOS CAÑOS DE CHALPUTEPEQUE, É OTRAS MUCHAS COSAS.

La primera cosa que mandó Cortés á Guatemuz fué que adobasen los caños del agua de Chalputepeque, segun y de la manera que solian estar ántes de la guerra, é que luego fuese el agua por sus caños á entrar en aquella ciudad de Méjico; é que luego con mucha diligencia limpiasen todas las calles de Méjico de todas aquellas cabezas y cuerpos de muertos, que todas las enterrasen, para que quedasen limpias y sin que hubiese hedor ninguno en toda aquella ciudad; y que todas las calzadas y puentes que las tuviesen tan bien aderezadas como de ántes estaban, y que los palacios y casas que las hiciesen nuevamente, y que dentro de dos meses se volviesen á vivir en ellas; y luego les señaló Cortés en qué parte habian de poblar, y la parte que habian de dejar desembarazada para en que poblásemos nosotros.

Dejémonos agora destos mandados y de otros que ya no me acuerdo, y digamos cómo el Guatemuz y todos sus capitanes dijeron á nuestro capitan Cortés que muchos capitanes y soldados que andaban en los bergantines, y de los que andábamos en las calzadas batallando, les habiamos tomado muchas hijas y mujeres de algunos principales; que le pedian por merced que se las hiciese volver; y Cortés les respondió que serian muy malas de las haber de poder de los compañeros que las tenian, y puso alguna dificultad en ello; pero que las buscasen y trajesen ante él, é que veria si eran cristianas ó si querian volver á casa de sus padres y de sus maridos, y que luego se las mandaria dar; y dióles licencia para que las buscasen en todos tres reales, é un mandamiento para que el soldado que las tuviese luego se las diese si las indias se querian volver de buena voluntad con ellos; y andaban muchos principales en busca dellas de casa en casa, y eran tan solícitos, que las hallaron, y las más dellas no quisieron ir con sus padres ni madres ni maridos, sino estarse con los soldados con quien estaban, y otras se escondian, y otras decian que no querian volver á idolatrar, y aun algunas dellas estaban ya preñadas; y desta manera, no llevaron sino tres, que Cortés mandó expresamente que las diesen.

Dejemos desto, y digamos que luego mandó hacer unas atarazanas y fortaleza en que estuviesen los bergantines, y nombró alcaide que estuviese en ellas, y paréceme que fué á Pedro de Albarado, hasta que vino de Castilla un Salazar que se decia de la Pedrada.

Digamos de otra materia: cómo se recogió todo el oro y plata y joyas que se hubieron en Méjico, é fué muy poco, segun pareció, porque todo lo demás hubo fama que lo mandó echar Guatemuz en la laguna cuatro dias ántes que se prendiese; é que demás desto, que lo habian robado los tlascaltecas y los de Tezcuco y Guaxocingo y Cholula, y todos los demás de nuestros amigos que estaban en la guerra; y demás desto, que los que andaban en los bergantines robaron su parte; por manera que los oficiales del Rey decian y publicaban que Guatemuz lo tenia escondido, y Cortés holgaba dello de que no lo diese, por habello él todo para sí; é por estas causas acordaron de dar tormento á Guatemuz y al señor de Tacuba, que era su primo y gran privado; y ciertamente le pesó mucho á Cortés, porque á un señor como Guatemuz, Rey de tal tierra, que es tres veces más que Castilla, le atormentasen por codicia del oro, que ya habian hecho pesquisas sobre ello, y todos los mayordomos de Guatemuz decian que no habia más de lo que los oficiales del Rey tenian en su poder, y eran hasta trecientos y ochenta mil pesos de oro, porque ya lo habian fundido y hecho barras; y de allí se sacó el real quinto, é otro quinto para Cortés; y como los conquistadores que no estaban bien con Cortés vieron tan poco oro, y al tesorero Julian de Alderete le decian algunos dellos que tenian sospecha que por quedarse Cortés con el oro no querian que prendiesen al Guatemuz ni le diesen tormento; y porque no le achacasen algo á Cortés, y no lo podia excusar, consintió que le diesen tormento á Guatemuz, como al señor de Tacuba; y lo que confesaron fué, que cuatro dias ántes que le prendiesen lo echaron en la laguna, ansí el oro como los tiros y escopetas y ballestas, y otras muchas cosas de guerra que de nosotros tenian de cuando nos echaron de Méjico y cuando desbarataron agora á la postre á Cortés; y fueron adonde Guatemuz habia señalado, y entraron buenos nadadores y no hallaron cosa ninguna; y lo que yo vi, que fuimos con el Guatemuz á las casas donde solia vivir, y estaba una como alberca grande de agua honda, y de aquella alberca sacamos un sol de oro como el que nos hubo dado el gran Montezuma, y muchas joyas y piezas de poco valor, que eran del mismo Guatemuz; y el señor de Tacuba dijo que él tenia en unas casas suyas grandes, que estaban de Tacuba obra de cuatro leguas, ciertas cosas de oro, é que le llevasen allá é que diria dónde estaba soterrado y lo daria; y fué Pedro de Albarado y seis soldados con él, é yo fuí en su compañía; y cuando llegamos dijo que por morirse en el camino habia dicho aquello, é que lo matasen, que no tenia oro ni joyas ningunas; y ansí nos volvimos sin ello, y ansí se quedó, que no hubimos más oro que fundir; verdad es que la recámara del Montezuma, que despues poseyó el Guatemuz, no se habia llegado á muchas joyas y piezas de oro, que todo ello tomó para que con ello sirviésemos á su majestad; y porque habia muchas joyas de diversas hechuras y primas labores, y si me parase á escribir cada cosa y hechura dello por sí, seria y es gran prolijidad, lo dejaré de decir en esta relacion; mas dijeron allí muchas personas, é yo digo de verdad, que valía dos veces más que la que habia sacado para repartir el real quinto de su majestad; todo lo cual enviamos al Emperador nuestro señor con Alonso de Ávila, que en aquel tiempo vino de la isla de Santo Domingo, y con Antonio de Quiñones; lo cual diré adelante cómo y dónde, en qué manera y cuándo fueron.

Y dejemos de hablar dello y volvamos á decir que en la laguna, donde decia Guatemuz que habia echado el oro, entré yo y otros soldados á zabullidas, y siempre sacábamos pecezuelos de poco precio, lo cual luego nos lo demandó Cortés y el tesorero Julian de Alderete; y ellos mismos fueron con nosotros adonde lo habiamos sacado, y llevaron consigo buenos nadadores, y sacaron obra de noventa ó cien pesos de sartalejos de cuentas y ánades y perrillos y pinjantes y collarejos y otras cosas de nonada, que ansí se puede decir, segun habia la fama en la laguna del oro que de ántes habia echado.

Dejemos de hablar desto, y digamos cómo todos los capitanes y soldados estábamos algo pensativos de ver el poco oro que parecia y las partecillas que dello nos daban; y el padre fray Bartolomé de Olmedo, de la órden de la Merced, y Alonso de Ávila, que entónces habia vuelto de la isla de Santo Domingo de cuando le enviaron por procurador, y Pedro de Albarado y otros caballeros y capitanes, dijeron á Cortés que, pues que habia poco oro, que las partes que habian de caber á todos que las diesen y repartiesen á los que quedaron mancos y cojos y ciegos y tuertos y sordos, y á otros que se habian quemado con la pólvora, y á otros que estaban dolientes de dolor de costado, que á aquellos les diese todo el oro, y que para aquellos seria bien dárselo, é que todos los demás que estábamos sanos lo habriamos por bien; y si esto le dijeron á Cortés, fué sobre cosa pensada, creyendo que nos daria más que las partes que nos venian, porque habia mucha sospecha que lo tenian escondido todo; y lo que respondió fué, que veria las partes que cabian, é que visto, en todo pondria remedio; y como todos los capitanes y soldados queriamos ver lo que nos cabia de parte, dábamos priesa para que se echase la cuenta y se declarase á qué tantos pesos saliamos; y despues que lo hubieran tanteado, dijeron que cabian los de á caballo á cien pesos, y á los ballesteros y escopeteros y rodeleros que no se me acuerda bien; y de que aquellas partes nos señalaron, ningun soldado lo quiso tomar; y entónces murmuramos de Cortés y del tesorero Alderete, y el tesorero por descargarse decia que no podia haber más, porque Cortés sacaba otro quinto del monton, como el de su majestad, para él, y se pagaba de muchas costas de los caballos que se habian muerto, y tambien dejaban de meter en el monton otras muchas piezas que habiamos de enviar á su majestad; y que riñésemos con Cortés, y no con él: y como en todos tres reales habia soldados que habian sido amigos y paniaguados del Diego Velazquez, gobernador de Cuba, de los que habian pasado con Narvaez, que no estaban bien con Cortés, como vieron que no les daban las partes del oro que ellos quisieran, no lo quisieron recibir lo que les daban; y como Cortés estaba en Cuyoacan y posaba en unos grandes palacios que estaban blanqueados y encaladas las paredes, donde buenamente se podia escribir con carbon y con otras tintas, amanecian cada mañana escritos motes, unos en prosa y otros en versos, algo maliciosos, á manera como masepasquines é libelos; y unos decian que el sol y la luna y el cielo y estrellas y la mar y la tierra tienen sus cursos, é que si algunas veces salen más de la inclinacion para que fueron criados más de sus medidas, que vuelven á su ser, y que ansí habia de ser la ambicion de Cortés en el mandar; y otros decian que más conquistados nos traian que la misma conquista que dimos á Méjico, y que no nos nombrásemos conquistadores de Nueva-España, sino conquistados de Hernando Cortés; y otros decian que no bastaba tomar buena parte del oro como general, sino tomar parte de quinto como Rey, sin otros aprovechamientos que tenia; y otros decian:

—«¡Oh, qué triste está el alma mia hasta que la parte vea!»

Otros decian que Diego Velazquez gastó su hacienda é descubrió toda la costa hasta Pánuco, y la vino Cortés á gozar; y decian otras cosas como estas y aun decian palabras que no son para decir en esta relacion.

Y como Cortés salia cada mañana y lo leia, y como estaban unas chanzonetas en prosa y otras en metro, y por muy gentil estilo y consonancia cada mote y copla á lo que iba inclinada y á la fin que tiraba su dicho, y no como yo aquí lo digo; y como Cortés era algo poeta, y se preciaba de dar respuestas inclinadas á loas de sus heróicos hechos, y deshaciendo los del Diego Velazquez y Grijalva y Narvaez, respondia tambien por buenos consonantes y muy á propósito en todo lo que escribia; y de cada dia iban más desvergonzados los metros, hasta que Cortés escribió:

—«Pared blanca, papel de nécios.»

Y amanecia más adelante:

—«Y aun de sábios y verdades.»

Y aun bien supo Cortés quién lo escribia, y fué un Fulano Tirado, amigo de Diego Velazquez, yerno que fué de Ramirez el viejo, que vivia en la Puebla, y un Villalóbos, que fué á Castilla, y otro que se decia Mansilla, y otros que ayudaban de buena para Cortés á los puntos que le tiraban; y de tal manera andaba la cosa, que fray Bartolomé de Olmedo le dijo á Cortés que no permitiese que aquello pasase adelante, sino que con cordura vedase que no escribiesen en la pared.

Fué buen consejo, y mandó Cortés que no se atreviese ninguno á poner letreros ni perques de malicias; que castigaria á los desvergonzados que escribiesen con graves penas, y á fe que aprovechó.

Dejemos desto, y digamos que, como habia muchas deudas entre nosotros, que debiamos de ballestas á cuarenta y á cincuenta pesos, y de una escopeta ciento, y de un caballo ochocientos, y mil, y á veces más, y una espada cincuenta, y desta manera eran tan caras las cosas que habiamos comprado; pues un cirujano que se llamaba maestre Juan, que curaba algunas malas heridas y se igualaba por la cura á excesivos precios, y tambien un médico que se decia Murcia, que era boticario y barbero, tambien curaba; y otras treinta trampas y zarrabusterías que debiamos, demandaban que les pagásemos de las partes que nos daban; y el remedio que Cortés dió fué, que puso dos personas de buena conciencia, que sabian de mercaderías, que apreciasen qué podian valer las mercaderías y cosas de las que habiamos tomado fiado, y que lo apreciasen; llamábanse los apreciadores el uno Santa Clara, persona muy honrada, y el otro se decia fulano de Llerena; y se mandó que todo aquello que aquellos apreciadores dijesen que valía cada cosa de las que nos habian vendido, y las curas que nos habian hecho los cirujanos, que pasasen por ello; é que si no teniamos dineros, que aguardasen por ello tiempo de dos años.

Otra cosa tambien se hizo: que todo el oro que se fundió echaron tres quilates más de lo que tenia de ley, porque ayudasen á las pagas, y tambien porque en aquel tiempo habian venido mercaderes y navíos á la Villa-Rica, y creyendo que en echarle los tres quilates más, que ayudasen á la tierra y á los conquistadores; y no nos ayudó en cosa ninguna, ántes fué en nuestro perjuicio; porque los mercaderes, porque aquellos tres quilates saliesen á la cabal de sus ganancias, cargaban en las mercaderías y cosas que vendian cinco quilates, y ansí anduvo el oro de tres quilates tepuzque, que quiere decir en la lengua de indios cobre; y ansí agora tenemos aquel modo de hablar, que nombramos á algunas personas que son preeminentes y de merecimiento el señor don fulano de tal nombre, Juan ó Martin ó Alonso, y otras personas que no son de tanta calidad les decimos no más de su nombre, y por haber diferencia de los unos á los otros, decimos á fulano de tal nombre tepuzque.

Volvamos á nuestra plática: que viendo que no era justo que el oro anduviese de aquella manera, se envió á hacer saber á su majestad para que se quitase y no anduviese en la Nueva-España; y su majestad fué servido de mandar que no anduviese más, é que todo lo que se le hubiese de pagar en almojarifazgo y penas de cámara que se le pagase de aquel oro malo hasta que se acabase y no hubiese memoria dello, y desta manera se llevó todo á Castilla.

Y quiero decir que en aquella sazon que esto pasó ahorcaron dos plateros que falseaban las marcas y las echaban cobre puro.

Mucho me he detenido en contar cosas viejas y salir fuera de mi relacion.

Volvamos á ella, y diré que, como Cortés vió que muchos soldados se le desvergonzaban y le pedian más partes, y le decian que se lo tomaba todo para sí, y le pedian prestados dineros, acordó de quitar de sobre sí aquel dominio y de enviar á poblar á todas las provincias que le pareció que convenia que se poblasen.

Á Gonzalo de Sandoval mandó que fuese á poblar á Tutepeque, é que castigase unas guarniciones mejicanas que mataron cuando salimos de Méjico sesenta personas, y entre ellas seis mujeres de Castilla que allí habian quedado de los de Narvaez; é que poblase á Medellin, é que pasase á Guacacualco é que poblase aquel puerto, y tambien mandó que fuese á conquistar la provincia de Pánuco; y á Rodrigo Rangel que se estuviese en la Villa-Rica, y en su compañía Pedro de Ircio; y á Juan Velazquez Chico mandó que fuese á Colima, y á un Villa-Fuerte á Zacatula, y Cristóbal de Olí que fuese á Mechoacan; ya en este tiempo se habia casado Cristóbal de Olí con una señora portuguesa, que se decia doña Filipa de Araujo; y envió á Francisco de Orozco á poblar á Guaxaca, porque en aquellos dias que habiamos ganado á Méjico, como lo supieron en todas estas provincias que he nombrado que Méjico estaba destruida, no lo podian creer los caciques y señores dellas, como estaban léjos, y enviaban principales á dar á Cortés el parabien de las vitorias, y á darse y ofrecerse por vasallos de su majestad, y á ver cosa tan temida como dellos fué Méjico si era verdad que estaba por el suelo; y todos traian grandes presentes de oro, que daban á Cortés, y aun traian consigo á sus hijos pequeños, y les mostraban á Méjico, y como solemos decir:

—«Aquí fué Troya;» y se lo declaraban.

Dejemos desto, y digamos una plática que es bien que se declare; porque me dicen muchos curiosos letores que ¿qué es la causa que los verdaderos conquistadores que ganamos la Nueva-España y la grande y fuerte ciudad de Méjico, por qué no nos quedamos en ella á poblar y nos veniamos á otras provincias? Tienen razon de lo preguntar; quiero decir la causa por qué, y es esto que diré.

En los libros de la renta de Montezuma mirábamos de qué partes le traian el oro, y dónde habia minas y cacao y ropa de mantas; y de aquellas partes que veiamos en los libros que traian los tributos del oro para el gran Montezuma, queriamos ir allá, en especial viendo que salia de Méjico un capitan principal y amigo de Cortés, como era Sandoval; y tambien como viamos que en todos los pueblos de la redonda de Méjico no tenian minas de oro ni algodon ni cacao, sino mucho maíz y maqueyales, de donde sacaban el vino, y á esta causa la teniamos por tierra pobre, y nos fuimos á otras provincias á poblar, y en todas fuimos muy engañados.

Acuérdome que fuí á hablar á Cortés que me diese licencia para que fuese con Sandoval, y me dijo:

—«En mi conciencia, hermano Bernal Diaz del Castillo, que vivís engañado; que yo quisiera que quedárades aquí conmigo; mas si es vuestra voluntad ir con vuestro amigo Gonzalo de Sandoval, id en buena hora, é yo tendré siempre cuidado de lo que se os ofreciere, más bien sé que os arrepentireis por me dejar.»

Volvamos á decir de las partes del oro, que todo se quedó en poder de los oficiales del Rey, por las esclavas que habiamos sacado en las almonedas.

No quiero poner aquí por memoria qué tantos de á caballo ni ballesteros ni escopeteros ni soldados, ni en cuantos dias de tal mes despachó Cortés á los capitanes para que fuesen á poblar las provincias por mí arriba dichas, porque seria larga relacion; basta que digo pocos dias despues de ganado Méjico é preso Guatemuz, é de ahí á otros dos meses envió otro capitan á otras provincias.

Dejemos ahora de hablar de Cortés, y diré que en aquel instante vino al puerto de la Villa-Rica, con dos navíos, un Cristóbal de Tapia, veedor de las fundaciones que se hacian en Santo Domingo, y otros decian que era alcaide de aquella fortaleza que está en la isla de Santo Domingo, y traia provisiones y cartas misivas de don Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos é se nombraba arzobispo de Rosano, para que le diésemos la gobernacion de la Nueva-España al Tapia; é lo que sobre ello pasó diré adelante.

CAPÍTULO CLVIII.

CÓMO LLEGÓ AL PUERTO DE LA VILLA-RICA UN CRISTÓBAL DE TAPIA QUE VENIA PARA SER GOBERNADOR.

Pues como Cortés hubo despachado los capitanes y soldados por mí ya dichos á pacificar y poblar provincias, en aquella sazon vino un Cristóbal de Tapia, veedor de la isla de Santo Domingo, con provisiones de su majestad, guiadas y encaminadas por D. Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos y Arzobispo de Rosano, porque ansí se llamaba, para que le admitiesen á la gobernacion de la Nueva-España; y demás de las provisiones, traia muchas cartas misivas del mismo Obispo para Cortés y para otros muchos conquistadores y capitanes de los que habian venido con Narvaez, para que favoreciesen al Cristóbal de Tapia; y demás de las cartas que traia cerradas y selladas del Obispo, traia otras en blanco para que el Tapia en la Nueva-España pusiese todo lo que quisiese y le pareciese, y en todas ellas traia grandes prometimientos que nos haria muchas mercedes si dábamos la gobernacion al Tapia, y por otra parte muchas amenazas, y decia que su majestad nos enviaria á castigar.

Dejemos desto, que Tapia presentó sus provisiones en la Villa-Rica de la Veracruz delante de Gonzalo de Albarado, hermano de Pedro de Albarado, que estaba en aquella sazon por teniente de Cortés, porque un Rodrigo Rangel, que solia estar allí por alcalde mayor, no sé qué desatinos habia hecho cuando allí estaba, y le quitó Cortés el cargo; y presentadas las provisiones, el Gonzalo de Albarado las obedeció y puso sobre su cabeza como provisiones y mando de su rey y señor; é que en cuanto al cumplimiento, que se juntarian los alcaldes y regidores de aquella villa é que platicarian y verian cómo y de qué manera eran ganadas y habidas aquellas provisiones, é que todos juntos las obedecian, porque él solo era una persona, y tambien porque querian ver si su majestad era sabidor que tales provisiones enviasen; y esta respuesta no le cuadró bien al Tapia, y aconsejáronle que se fuese luego á Méjico, adonde estaban Cortés con todos los capitanes y soldados, y que allá las obedecerian; y demás de presentar las provisiones, como dicho tengo, escribió á Cortés de la manera que venia por gobernador; y como Cortés era muy avisado, si muy buenas cartas le escribió el Tapia, y vió las ofertas y ofrecimientos del Obispo de Búrgos, y por otra parte las amenazas; si muy buenas palabras y muy llenas de cumplimientos él le escribió, otras muy mejores y más halagüeñas y blandosamente y amorosas y llenas de cumplimientos le escribió Cortés en respuesta; y luego Cortés rogó y mandó á ciertos de nuestros capitanes que se fuesen á ver con el Tapia, los cuales fueron Pedro de Albarado y Gonzalo de Sandoval y Diego de Soto el de Toro y un Valdenebro y el capitan Andrés de Tapia, á los cuales envió á llamar por la posta que dejasen de poblar por entónces las provincias en que estaban, é que fuesen á la Villa-Rica, donde estaba el Cristóbal de Tapia, y con ellos mandó que fuese un fraile que se decia fray Pedro Melgarejo de Urraca.

Ya que el Tapia iba camino de Méjico á se ver con Cortés, encontró con nuestros capitanes y con el fraile por mí nombrados, y con palabras y ofrecimientos que le hicieron, volvió del camino para un pueblo que se decia Cempoal, y allí le demandaron que mostrase otra vez las provisiones, y que verian cómo y de qué manera lo mandaba su majestad, y si venia en ellas su real firma ó era sabidor dello, é que los pechos por tierra las obedecerian en nombre de Hernando Cortés y de toda la Nueva-España, porque traian poder para ello; y el Tapia les tornó á notificar y mostrar las provisiones; y todos aquellos capitanes á una las obedecieron y pusieron sobre sus cabezas como provisiones de nuestro rey y señor, é que en cuanto al cumplimiento, que suplicaban dellas para ante el Emperador nuestro señor; y dijeron que no era sabidor dellas ni de cosa ninguna, é que el Cristóbal de Tapia no era suficiente para ser gobernador, é que el Obispo de Búrgos era contra todos los conquistadores que serviamos á su majestad, y andaba ordenando aquellas cosas sin dar verdadera relacion á su majestad, y por favorecer al Diego Velazquez, y al Tapia por casar con uno dellos á una doña Fulana de Fonseca, sobrina del mismo Obispo; y luego que el Tapia vió que no aprovechaban palabras ni provisiones ni cartas de ofertas ni otros cumplimientos, adoleció de enojo; y aquellos nuestros capitanes le escribian á Cortés todo lo que pasaba, y le avisaron que enviase tejuelos de oro y barras, é que con ellos amansaria la furia de Tapia; lo cual el oro vino por la posta, y le compraron unos negros y tres caballos y el un navío, y se volvió á embarcar en el otro navío y se fué á la isla de Santo Domingo, de donde habia salido; é cuando allá llegó, la audiencia real que en ella residia y los frailes jerónimos que estaban por gobernadores notaron muy bien su vuelta de aquella manera, y se enojaron con él porque ántes que saliese de la isla para ir á la Nueva-España le habian mandado expresamente que en aquella sazon no curase de venir, porque seria causa de quebrar el hilo y conquistas de Méjico, y no les quiso obedecer; ántes, con favor del Obispo de Búrgos, D. Juan Rodriguez de Fonseca, se resolvió; que no osaban hacer otra cosa los oidores sino lo que el Obispo de Búrgos mandaba, porque era presidente de Indias, porque su majestad estaba en aquella sazon en Flandes, que no habia venido á Castilla.

Dejemos esto del Tapia, y digamos cómo luego envió Cortés á Pedro de Albarado á poblar á Tustepeque, que era tierra rica de oro.

Y para que bien lo entiendan los que no saben los nombres destos pueblos, uno es Tutepeque, adonde fué Gonzalo de Sandoval, y otro es Tustepeque, adonde en esta sazon va Pedro de Albarado; y esto declaro porque no me culpen que digo que dos capitanes fueron á poblar una provincia de un nombre, y son dos provincias; y tambien habia enviado á poblar el rio de Pánuco, porque Cortés tuvo noticia que un Francisco de Garay hacia grande armada para venirla á poblar; porque, segun pareció, se lo habia dado su majestad al Garay por gobernacion y conquista, segun más largamente lo he dicho y declarado en los capítulos pasados cuando hablaba de todos los navíos que envió adelante Garay, que desbarataron los indios de la misma provincia de Pánuco, é hízolo Cortés porque si viniese el Garay la hallase por Cortés poblada.

Dejemos desto, y digamos cómo Cortés envió otra vez á Rodrigo Rangel por teniente de Villa-Rica, y quitó al Gonzalo de Albarado, y le mandó que luego le enviase á Pánfilo de Narvaez donde estaba poblando Cortés en Cuyoacan, que aún no habia entrado á poblar á Méjico hasta que se edificasen todas las casas y palacio adonde habia de vivir; y envió por el Pánfilo de Narvaez porque, segun le dijeron, que cuando el Cristóbal de Tapia llegó á la Villa-Rica con las provisiones que dicho tengo, el Narvaez habló con él y en pocas palabras le dijo:

—«Señor Tapia, paréceme que tan buen recaudo traeis y tal le llevaréis como yo; mirad en lo que yo he parado trayendo tan buena armada, y mirad por vuestra persona, no os maten, y no os cureis de perder tiempo; que la ventura de Cortés é sus soldados no es acabada; entended en que os dén algun oro por esas cosas que traeis, é idos á Castilla ante su majestad, que allá no faltará quien os ayude, y diréis lo que pasa, en especial teniendo, como teneis, al señor Obispo de Búrgos; y esto es mejor consejo.»

Dejémonos desta plática y diré cómo Narvaez fué su camino á Méjico, y vió aquellas grandes ciudades y poblaciones; y cuando llegó á Tezcuco se admiró, y cuando vió á Cuyoacan, mucho más, y desque vió la gran laguna y ciudades que en ella están pobladas, y despues la gran ciudad de Méjico, y como Cortés supo que venia, le mandó hacer mucha honra; y llegado ante él, se hincó de rodillas y le fué á besar las manos, y Cortés no lo consintió y le hizo levantar, y le abrazó y le mostró mucho amor, y le hizo asentar cabe sí, y entónces el Narvaez le habló y le dijo:

—«Señor capitan, agora digo de verdad que la menor cosa que hizo vuestra merced y sus valerosos soldados en esta Nueva-España fué desbaratarme á mí y prenderme, y aunque trajera mayor poder del que traje, pues he visto tantas ciudades y tierras que ha domado y sujetado al servicio de Dios nuestro Señor y del Emperador Cárlos V; y puédese vuestra merced alabar y tener en tanta estima, que yo ansí lo digo, y dirán todos los capitanes muy nombrados que el dia de hoy son vivos, que en el universo se puede anteponer á los muy afamados é ilustres varones que ha habido; y otra tan fuerte ciudad como Méjico no la hay; y vuestra merced y sus muy esforzados soldados son dignos que su majestad les haga muy crecidas mercedes.»

Y le dijo otras muchas alabanzas; y Cortés le respondió que nosotros no éramos bastantes para hacer lo que estaba hecho, sino la gran misericordia de Dios nuestro Señor, que siempre nos ayudaba, y la buena ventura de nuestro gran César.

Dejémonos desta plática y de las ofertas que hizo Narvaez á Cortés que le seria servidor, y diré cómo en aquella sazon se pasó Cortés á poblar la insigne y gran ciudad de Méjico, y repartió solares para las iglesias y monasterios y casas reales y plazas, y á todos los vecinos les dió solares; y por no gastar más tiempo en escribir segun y de la manera que agora está poblada, que, segun dicen muchas personas que se han hallado en muchas partes de la cristiandad, otra más populosa y mayor ciudad y de mejores casas y muy bien pobladas no se ha visto.

Pues estando dando la órden que dicho tengo, al mejor tiempo que estaba Cortés algo descansando, le vinieron cartas del Pánuco que toda la provincia estaba levantada é puesta en armas, y que era gente muy belicosa y de muchos guerreros, porque habian muerto muchos soldados que habia enviado Cortés á poblar, y que con brevedad enviase el mayor socorro que pudiese; y luego acordó Cortés de ir él mismo en persona, porque todos los capitanes habian ido á sus conquistas; y llevó todos los más soldados que pudo y hombres de á caballo y ballesteros y escopeteros, porque ya habian llegado á Méjico muchas personas de las que el veedor Tapia traia consigo, y otros que allí estaban de los de Lúcas Vazquez de Aillon, que habian ido con él á la Florida, y otros que habian venido de las islas en aquel tiempo; y dejando en Méjico buen recaudo, y por capitan dél á Diego de Soto, natural de Toro, salió Cortés de Méjico; y en aquella sazon no habia herraje, sino muy poco, para los muchos caballos que llevaba, porque pasaban de ciento y treinta de á caballo y ducientos y cincuenta soldados, y contados entre los ballesteros y escopeteros y de á caballo, y tambien llevó diez mil mejicanos; y en aquella sazon ya habia vuelto de Mechoacan Cristóbal de Olí, porque dejó aquella provincia de paz y trajo consigo muchos caciques y al hijo del cacique Conci, que ansí se llamaba, y era el mayor señor de todas aquellas provincias, y trajo mucho oro bajo, que lo tenian revuelto con plata y cobre; y gastó Cortés en aquella ida que fué á Pánuco mucha cantidad de pesos de oro, que despues demandaba á su majestad que le pagase aquella costa, y los oficiales de la real hacienda no se los quisieron recebir en cuenta ni le quisieron pagar cosa dello, porque respondieron que si habia hecho aquel gasto en la conquista de aquella provincia, que lo hizo por se apoderar della, porque Francisco de Garay, que venia por gobernador, no la hubiese, porque ya tenia noticia que venia de la isla de Jamáica con gran pujanza y armada.

Volvamos á nuestra relacion, y diré cómo Cortés llegó con todo su ejército á la provincia de Pánuco y los halló de guerra, y los envió á llamar de paz muchas veces, mas no quisieron venir; é tuvo con ellos en algunos dias muchos rencuentros de guerra y en dos batallas que le aguardaron le mataron tres soldados y le hirieron más de treinta, y mataron cuatro caballos y hubo muchos heridos, y murieron de los mejicanos sobre ciento, sin otros más de ducientos que quedaron heridos; porque fueron los guastecas, que ansí se llaman en aquellas provincias, sobre más de sesenta mil hombres guerreros cuando aguardaron á nuestro capitan Cortés; mas quiso nuestro Señor que fueron desbaratados, y todo el campo adonde fueron estas batallas quedó lleno de muertos y heridos de los naguatecas naturales de aquellas provincias; por manera que no se tornaron más á juntar por entónces para dar guerra; y Cortés estuvo ocho dias en un pueblo que estaba allí cerca, donde habian sido aquellas reñidas batallas, por causa de que se curasen los heridos y se enterrasen los muertos, y habia muchos bastimentos; y para tornarle á llamar de paz envió al Padre fray Bartolomé de Olmedo, y diez caciques, personas principales, de los que se habian prendido en aquellas batallas, y doña Marina y Jerónimo de Aguilar, que siempre Cortés los llevaba consigo; y el Padre fray Bartolomé de Olmedo les hizo un parlamento muy discreto, y les dijo que «¿cómo se podian defender todos los de aquellas provincias de no se dar por vasallos de su majestad, pues han visto y tenido nueva que con el poder de Méjico, siendo tan fuertes guerreros, estaba asolada la ciudad y puesta por el suelo? É que vengan luego de paz y no hayan miedo, é que lo pasado de las muertes, que Cortés, en nombre de su majestad, se lo perdonaria.»

Y tales palabras les dijo el buen fray Bartolomé de Olmedo con amor, y otras llenas de amenazas, que, como estaban hostigados y habian visto muertos muchos de los suyos, y abrasados y asolados todos sus pueblos, vinieron de paz, y todos trajeron joyas de oro, aunque no de mucho precio, que presentaron á Cortés, y él con halagos y mucho amor les recibió de paz; y dende allí se fué Cortés con la mitad de sus soldados á un rio que se dice Chile, que está de la mar obra de cinco leguas, y volvió á enviar mensajeros á todos los pueblos de la otra parte del rio á llamalles de paz, y no quisieron venir; porque, como estaban encarnizados de los muchos soldados que habian muerto en obra de dos años que habian pasado de los capitanes que Garay envió á poblar aquel rio, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, ansí creyeron que harian á nuestro Cortés; y como estaban entre grandes lagunas y rios y ciénagas, que es muy grande fortaleza para ellos; y la respuesta que dieron fué matar á los mensajeros que Cortés les habia enviado á hablar sobre las paces, y á estos de agora tuvieron presos ciertos dias, y estuvo Cortés aguardando para ver si podria acabar con ellos que mudasen su mal propósito; y como no vinieron, mandó buscar todas las canoas que en el rio pudo haber, y con ellas y unas barcas que se hicieron de madera de navíos viejos de los de Garay, y pasaron de noche de la otra parte del rio ciento y cincuenta soldados, y los más dellos ballesteros y escopeteros, y cincuenta de á caballo; y como los principales de aquellas provincias velaban sus pasos y rios, como los vieron, dejáronlos pasar, y estaban aguardando de la otra parte; y si muchos guastecas se habian juntado en las primeras batallas que dieron á Cortés, muchos más estaban juntos esta vez, y vienen como leones rabiosos á se encontrar con los nuestros; y á los primeros encuentros mataron dos soldados é hirieron sobre treinta, y tambien mataron tres caballos é hirieron otros quince, y muchos mejicanos; más tal prisa les dieron los nuestros, que no pararon en el campo, é luego se fueron huyendo, y quedaron dellos muertos y heridos gran cantidad; y despues que pasó aquella batalla, los nuestros se fueron á dormir á un pueblo que estaba despoblado, que se habian huido los moradores dél, y con buenas velas, y escuchas, y rondas y corredores del campo estuvieron, y de cenar no les faltó; y cuando amaneció, andando por el pueblo, vieron estar en un cu é adoratorio de ídolos, colgados muchos vestidos y caras de soldados, adobadas como cueros de guantes, y con sus barbas y cabellos, que eran de los soldados que habian muerto á los capitanes que habia enviado Garay á poblar el rio de Pánuco, y muchas dellas fueron conocidas de otros soldados, que decian que eran sus amigos, y á todos se les quebró los corazones de lástima de las ver de aquella manera, y luego las quitaron de donde estaban y las llevaron para enterrar; y desde aquel pueblo se pasaron á otro lugar, y como conocian que toda la gente de aquella provincia era muy belicosa, siempre iban muy recatados y puestos en ordenanza para pelear, no les tomase descuidados y desapercibidos; y los descubridores de todo aquel campo dieron con unos grandes escuadrones de indios que estaban en celadas, para que cuando estuviesen los nuestros en las casas apeados dar en los caballos y en ellos; y como fueron sentidos, no tuvieron lugar de hacer todo lo que querian; más todavía salieron muy denodadamente y pelearon con los nuestros como valientes guerreros, y estuvieron más de media hora que los de á caballo y los escopeteros no les podian hacer retraer ni apartar de sí, y mataron dos caballos y hirieron otros siete, y tambien hirieron quince soldados y murieron tres de las heridas.

Una cosa tenian estos indios: que ya que los llevaban de vencida, se tornaban á rehacer, y aguardaron tres veces en la pelea, lo cual pocas veces se ha visto acaecer entre estas gentes; y viendo que los nuestros les herian y mataban, se acogieron á un rio caudaloso é corriente, y los de á caballo y peones sueltos fueron en pos dellos é hirieron muchos; é otro dia acordaron de correrles el campo é ir á otros pueblos que estaban despoblados, y en ellos hallaron muchas tinajas de vino de la tierra puestas en unos soterraños á manera de bodegas; y estuvieron en estas poblaciones cinco dias corriéndoles las tierras, y como todo estaba sin gentes y despoblados, se volvieron al rio de Chile; y Cortés tornó luego á enviar á llamar de paz á todos los mismos pueblos que estaban de guerra en aquella parte del rio, y como les habian muerto mucha gente, temieron que volverian otra vez sobre ellos, y á esta causa enviaron á decir que vendrian de ahí á cuatro dias, que buscaban joyas de oro para le presentar; y Cortés aguardó todos los cuatro dias que habian dicho que vendrian, y no vinieron por entónces; y luego mandó á un pueblo muy grande que estaba cabe una laguna, que era muy fuerte por sus ciénagas y rio, que de noche obscuro y medio lloviznando, que en muchas canoas que luego mandó buscar, atadas de dos en dos, y otras sueltas, y en barcas bien hechas, pasasen aquella laguna á una parte del pueblo en parte y paraje que no fuesen vistos ni sentidos de los de aquella poblacion, y pasaron muchos amigos mejicanos, y sin ser vistos, dan en el pueblo, el cual pueblo destruyeron, y hubo muy gran despojo y estrago en él; allí cargaron los amigos de todas las haciendas de los naturales que dél tenian; y desque aquello vieron, todos los más pueblos comarcanos dende á cinco dias acordaron de venir de paz, excepto otras poblaciones que estaban muy á trasmano, que los nuestros no pudieron ir á ellos en aquella sazon; y por no me detener en gastar más palabras en esta relacion de muchas cosas que pasaron, las dejaré de decir, sino que entónces pobló Cortés una villa con ciento y treinta vecinos, y entre ellos dejó veinte y siete de á caballo y treinta y seis escopeteros y ballesteros, por manera que todos fueron los ciento y treinta; llamábase esta villa Sant-Estéban del Puerto, y está obra de una legua de Chile; y en los vecinos que en aquella villa poblaron repartió y dió por encomienda todos los pueblos que habian venido de paz, y dejó por capitan dellos y por su teniente á un Pedro Vallejo; y estando en aquella villa de partida para Méjico, supo por cosa muy cierta que tres pueblos que fueron cabeceras para la rebelion de aquella provincia, y fueron en la muerte de muchos españoles, andaban de nuevo, despues de haber ya dado la obediencia á su majestad y haber venido de paz, convocando y atrayendo á los demás pueblos sus comarcanos, y decian que despues que Cortés se fuese á Méjico con los de á caballo y soldados, que á los que quedaban poblados que diesen un dia ó noche en ellos y que tendrian buenas hartazgas con ellos; y sabida por Cortés la verdad muy de raíz, les mandó quemar las casas; mas luego se tornaron á poblar.

Digamos que Cortés habia mandado ántes que partiese de Méjico para ir á aquella entrada, que dende la Veracruz le enviasen un barco cargado de vino y vituallas y conservas y bizcocho y herraje, porque en aquella sazon no habia trigo en Méjico para hacer pan; é yendo que iba el barco su viaje á la derrota de Pánuco, cargado de lo que fué mandado, parece ser que hubo muy recios Nortes y dió con él en parte que se perdió, que no se salvaron sino tres personas, que aportaron en unas tablas á una isleta donde habia unos muy grandes arenales, seria tres ó cuatro leguas de tierra, donde habia muchos lobos marinos, que salian de noche á dormir á los arenales, y mataron de los lobos, y con lumbre que sacaron con unos palillos como la sacan en todas las Indias las personas que saben cómo se ha de sacar, tuvieron lugar de asar la carne de los lobos, y cavaron en mitad de la isla é hicieron unos como pozos y sacaron agua algo salobre, y tambien habia una fruta que parecian higos, y con la carne de los lobos marinos y la fruta y agua salobre se mantuvieron más de dos meses; y como aguardaban en la villa de Sant-Estéban el refresco y bastimento y herraje, escribió Cortés á sus mayordomos á Méjico que cómo no enviaban el refresco; y cuando vieron la carta de Cortés, tuvieron por muy cierto que se habia perdido el barco, y enviaron luego los mayordomos de Cortés un navío chico de poco porte en busca del barco que se perdió, y quiso Dios que se toparon en la isleta donde estaban los tres españoles de los que se perdieron, con ahumadas que hacian de noche é de dia, é desque vieron el barco, se alegraron, y embarcados, vinieron á la villa, y llamábase el uno dellos Fulano Celiano, vecino que fué de Méjico.

Dejémonos desto, y digamos, como en aquella sazon nuestro capitan Cortés se venia ya para Méjico, tuvo noticia que en unos pueblos que estaban en unas sierras que eran muy agras se habian rebelado y hacian grande guerra á otros pueblos que estaban de paz, y acordó de ir allá ántes que entrase en Méjico; é yendo por su camino, los de aquella provincia lo supieron é aguardaron en un paso malo, y dieron en la rezaga del fardaje y le mataron ciertos tamemes y robaron lo que llevaban; y como era el camino malo, por defender el fardaje los de á caballos que los iban á socorrer reventaron dos caballos; y llegados á las poblaciones, muy bien se lo pagaron; que, como iban muchos mejicanos nuestros amigos, por se vengar de lo que les robaron en el puerto y camino malo, como dicho tengo, mataron y cautivaron muchos indios, y aun el cacique y su capitan murieron ahorcados despues que hubieron vuelto lo que habian robado; y esto hecho, Cortés mandó á los mejicanos que no hiciesen más daño, y luego envió á llamar de paz á todos los principales y papas de aquella poblacion, los cuales vinieron y dieron la obediencia á su majestad; y el cacicazgo mandó que lo tuviese un hermano del cacique que habian ahorcado, y los dejó en sus casas pacíficos y muy bien castigados, y entónces se volvió á Méjico.

Y ántes que pase adelante, quiero decir que en todas las provincias de la Nueva-España otra gente más sucia y mala y de peores costumbres no la hubo como esta de la provincia de Pánuco, y sacrificadores y crueles en demasía, y borrachos y sucios y malos, y tenian otras treinta torpezas; y si miramos en ello, fueron castigados á fuego y á sangre dos ó tres veces, y otros mayores males les vino en tener por gobernador á Nuño de Guzman, que desque le dieron la gobernacion, los hizo casi á todos esclavos y los envió á vender á las islas, segun más largamente lo diré en su tiempo y lugar.

Volvamos á nuestra relacion, y diré, despues que Cortés volvió á Méjico, en lo que entendió é hizo.

CAPÍTULO CLIX.

CÓMO CORTÉS Y TODOS LOS OFICIALES DEL REY ACORDARON DE ENVIAR Á SU MAJESTAD TODO EL ORO QUE LE HABIA CABIDO DE SU REAL QUINTO DE TODOS LOS DESPOJOS DE MÉJICO, Y CÓMO SE ENVIÓ DE POR SÍ LA RECÁMARA DEL ORO Y TODAS LAS JOYAS QUE FUERON DE MONTEZUMA Y DE GUATEMUZ, Y LO QUE SOBRE ELLO ACAECIÓ.

Como Cortés volvió á Méjico de la entrada de Pánuco, anduvo entendiendo en la poblacion y edificacion de aquella ciudad; y viendo que Alonso de Ávila, ya otra vez por mí nombrado en los capítulos pasados, habia vuelto en aquella sazon de la isla de Santo Domingo, y trajo recaudo de lo que le habian enviado á negociar con la audiencia Real é Frailes Jerónimos que estaban por gobernadores de todas las islas, é los recaudos que entónces trajo fué, que nos daban licencia para poder conquistar toda la Nueva-España y herrar los esclavos, segun y de la manera que llevaron en una relacion, y repartir y encomendar los indios como en las islas Española é Cuba é Jamáica se tenia por costumbre; y esta licencia que dieron fué hasta en tanto que su majestad fuese sabidor dello, ó fuese servido mandar otra cosa; de lo cual luego le hicieron relacion los mismos Frailes Jerónimos, y enviaron un navío por la posta á Castilla, y entónces su majestad estaba en Flandes, que era mancebo, y allá supo los recaudos que los Frailes Jerónimos le enviaban; porque al Obispo de Búrgos, puesto que estaba por presidente de Indias, como conocian dél que nos era muy contrario, no le daban cuenta dello ni trataban con él otras muchas cosas de importancia, porque estaban muy mal con sus cosas.

Dejemos esto del Obispo, y volvamos á decir que, como Cortés tenia á Alonso de Ávila por hombre atrevido y no estaba muy bien con él, siempre le queria tener muy léjos de sí, porque verdaderamente si cuando vino el Cristóbal de Tapia con las provisiones el Alonso de Ávila se hallara en Méjico, porque entónces estaba en la isla de Santo Domingo, y como el Alonso de Ávila era servidor del Obispo de Búrgos é habia sido su criado, y le traian cartas para él, fuera gran contraditor de Cortés y de sus cosas, y á esta causa siempre procuraba Cortés de tenello apartado de su persona; y cuando vino deste viaje que dicho tengo, por consejo de fray Bartolomé de Olmedo, por le contentar y agradar, le encomendó en aquella sazon el pueblo de Guatitlan, y le dió ciertos pesos de oro, y con palabras y ofrecimientos y con el depósito del pueblo por mí nombrado, que es muy bueno y de mucha renta, le hizo tan su amigo y servidor, que le envió despues á Castilla, y juntamente con él á su capitan de la guarda, que se decia Antonio de Quiñones, los cuales fueron por procuradores de la Nueva-España y de Cortés.

Y llevaron dos navíos, y en ellos ochenta y ocho mil castellanos en barras de oro; y llevaron la recámara que llamamos del gran Montezuma, que tenia en su poder Guatemuz, y fué un gran presente, en fin para nuestro gran César, porque fueron muchas joyas muy ricas y perlas tamañas algunas dellas como avellanas, y muchos chalchihuies, que son piedras finas como esmeraldas, y por ser tantas y no me detener en escribirlas, lo dejaré de decir y traer á la memoria; y tambien enviamos unos pedazos de huesos de gigantes que se hallaron en el cu é adoratorio en Cuyoacan, que era segun y de la manera de otros grandes zancarrones que nos dieron en Tlascala, los cuales habiamos enviado la primera vez, y eran muy grandes en demasía; y le llevaron tres tigres y otras cosas que ya no me acuerdo.

Y por estos procuradores escribió el cabildo de Méjico á su majestad, y ansimismo todos los más conquistadores escribimos con el cabildo juntamente, é fray Bartolomé de Olmedo, de la órden de la Merced, y el tesorero Julian de Alderete; y todos á una deciamos de los muchos y buenos é leales servicios que Cortés y todos nosotros los conquistadores le habiamos hecho y á la contina haciamos, y todo lo por nosotros sucedido desde que entramos á ganar la ciudad de Méjico, y cómo estaba descubierta la mar del Sur y se tenia por cierto que era cosa muy rica; y suplicamos á su majestad que nos enviase Obispos y religiosos de todas órdenes, que fuesen de buena vida y doctrina, para que nos ayudasen á plantar más por entero en estas partes nuestra santa fe católica, y le suplicamos todos á una que la gobernacion desta Nueva-España que le hiciese merced della á Cortés, pues tan bueno y leal servidor le era, y á todos nosotros los conquistadores nos hiciese merced para nosotros y para nuestros hijos que todos los oficios reales, en fin de tesorero, contador y fator, y escribanías públicas é fieles ejecutores y alcaidías de fortalezas, que no hiciese merced dellas á otras personas, sino que entre nosotros se nos quedase; y le suplicamos que no enviase letrados, porque en entrando en la tierra la pondrian revuelta con sus libros, é habria pleitos y disensiones.

Y se le hizo saber lo de Cristóbal de Tapia, cómo venia guiado por don Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos, y que no era suficiente para gobernar, y que se perdiera esta Nueva-España si él quedara por gobernador; y que tuviese por bien de saber claramente qué se habian hecho las cartas y relaciones que le habiamos escrito dando cuenta de todo lo que habia acaecido en esta Nueva-España, porque teniamos por muy cierto que el mismo Obispo no se les enviaba, y ántes le escribia al contrario de lo que pasaba, en favor de Diego Velazquez, su amigo, y de Cristóbal de Tapia, por casalle con una parienta suya que se decia doña Petronila de Fonseca; y cómo presentó ciertas provisiones que venian firmadas é guiadas por el dicho Obispo de Búrgos, y que todos estábamos los pechos por tierra para las obedecer, como se obedecieron; mas viendo que el Tapia no era hombre para guerra, ni tenia aquel ser ni cordura para ser gobernador, que suplicaron de todas las provisiones hasta informar á su Real persona de todo lo acaecido, como agora le informamos, y le haciamos sabidor como sus leales vasallos, é somos obligados á nuestro Rey y señor; y que agora, que de lo que más fuere servido mandar, que aquí estamos los pechos por tierra para cumplir su Real mando; y tambien le suplicamos que fuese servido de enviar á mandar al Obispo de Búrgos que no se entremetiese en cosas ningunas de Cortés ni de todos nosotros, porque seria quebrar el hilo á muchas cosas de conquistas que en esta Nueva-España nosotros entendiamos, y en pacificar provincias, porque habia mandado el mismo Obispo de Búrgos á los oficiales que estaban en la casa de la contratacion de Sevilla, que se decian Pedro de Ilasaga y Juan Lopez de Recalte, que no dejasen pasar ningun recaudo de armas ni soldados ni favor para Cortés ni para los soldados que con él estaban.

Y tambien se le hizo relacion cómo Cortés habia ido á pacificar la provincia de Pánuco y la dejó de paz, y las muy recias y fuertes batallas que con los naturales della tuvo, y cómo era gente muy belicosa y guerrera, y cómo habian muerto los de aquella provincia á los capitanes que habia enviado Francisco de Garay, y á todos sus soldados, por no se saber dar maña en las guerras; y que habia gastado Cortés en la entrada sobre sesenta mil pesos, y que los demandaba á los oficiales de su Real hacienda y no se los quisieron pagar.

Tambien se le hizo sabidor cómo agora hacia el Garay una armada en la isla de Jamáica, y que venian á poblar el rio de Pánuco; y porque no le acaeciese como á sus capitanes, que se los mataron, que suplicábamos á su majestad que le enviase á mandar que no salga de la isla hasta que esté muy de paz aquella provincia, porque nosotros se la conquistaremos y se la entregaremos; porque si en aquella sazon viniese, viendo los naturales de aquestas tierras dos capitanes que manden, tendrán divisiones y levantamientos, especial los mejicanos; y escribiósele otras muchas cosas.

Pues Cortés por su parte no se le quedó nada en el tintero, y aun de manera hizo relacion en su carta de todo lo acaecido, que fueron veinte y una plana; é porque yo las leí todas, é lo entendí muy bien, lo declaro aquí como dicho tengo.

Y demás de esto, enviaba Cortés á suplicar á su majestad que le diese licencia para ir á la isla de Cuba á prender al gobernador della, que se decia Diego Velazquez, para enviársele á Castilla, para que allá su majestad le mandase castigar; porque no le desbaratase más ni revolviese la Nueva-España, porque enviaba desde la isla de Cuba á mandar que matasen á Cortés.

Dejémonos de las cartas, y digamos de su buen viaje que llevaron nuestros procuradores despues que partieron del puerto de la Veracruz, que fué en veinte dias del mes de Diciembre de 1522 años, y con buen viaje desembarcaron por la canal de Bahama, y en el camino se les soltaron dos tigres de los tres que llevaban, é hirieron á unos marineros; y acordaron de matar al que quedaba, porque era muy bravo y no se podian valer con él; y fueron su viaje hasta la isla que llaman de la Tercera; y como el Antonio de Quiñones era capitan y se preciaba de muy valiente y enamorado, parece ser que se revolvió en aquella isla con una mujer é hubo sobre ella cierta quistion, y diéronle una cuchillada en la cabeza, de que al cabo de algunos dias murió, y quedó solo Alonso de Ávila por capitan.

É ya que iba el Alonso de Ávila con los dos navíos camino de España, no muy léjos de aquella isla topa con ellos Juan Florin, frances corsario, y toma todo el oro y navíos, y prende al Alonso de Ávila y llévanle preso á Francia.

Y tambien en aquella sazon robó el Juan Florin otro navío que venia de la isla de Santo Domingo, y le tomó sobre veinte mil pesos de oro y muy gran cantidad de perlas y azúcar y cueros de vacas, y con todo esto se volvió á Francia muy rico, é hizo grandes presentes á su Rey é al almirante de Francia de las cosas é piezas de oro que llevaba de la Nueva-España, que toda Francia estaba maravillada de las riquezas que enviábamos á nuestro gran Emperador, y aun el mesmo Rey de Francia le tomaba codicia de tener parte en las islas de la Nueva-España; y entónces es cuando dijo que solamente con el oro que le iba á nuestro César destas tierras le podia dar guerra á su Francia; y aun en aquella sazon no era ganado ni habia nueva del Perú, sino, como dicho tengo, lo de la Nueva-España y las islas de Santo Domingo y San Juan y Cuba y Jamáica.

Y entónces dice que dijo el Rey de Francia, ó se lo envió á decir á nuestro gran Emperador, que, ¿cómo habian partido entre él y el Rey de Portugal el mundo, sin darle parte á él? Que mostrasen el testamento de nuestro padre Adan, si les dejó á ellos solamente por herederos y señores de aquellas tierras que habian tomado entre ellos dos, sin dalle á él ninguna dellas, é que por esta causa era lícito robar y tomar todo lo que pudiese por la mar; y luego tornó á mandar á Juan Florin que volviese con otra armada á buscar la vida por la mar; y de aquel viaje que volvió, ya que llevaba otra gran presa de todas ropas entre Castilla y las islas de Canaria, dió con tres ó cuatro navíos recios y de armada, vizcainos, y los unos por una parte y los otros por otra embisten con el Juan Florin, y le rompen y desbaratan, y préndenle á él y á otros muchos franceses, y les tomaron sus navíos y ropa, y á Juan Florin y á otros capitanes llevaron presos á Sevilla á la casa de la contratacion, y los enviaron presos á su majestad; y despues que lo supo, mandó que en el camino hiciesen justicia dellos, y en el puerto del Pico los ahorcaron; y en esto paró nuestro oro y capitanes que lo llevaban, y el Juan Florin que lo robó.

Pues volvamos á nuestra relacion, y es, que llevaron á Francia preso á Alonso de Ávila, y le metieron en una fortaleza, creyendo haber dél gran rescate, porque, como llevaba tanto oro á su cargo, guardábanle bien; y el Alonso de Ávila tuvo tales maneras y concierto con el caballero frances que lo tenia á cargo ó le tenia por prisionero, que para que en Castilla supiesen de la manera que estaba preso y le viniesen á rescatar, dijo que fuesen por la posta todas las cartas y poderes que llevaba de la Nueva-España, y que todas se diesen en la córte de su majestad al licenciado Nuñez, primo de Cortés, que era relator del Real Consejo, ó á Martin Cortés, padre del mismo Cortés, que vivia en Medellin, ó á Diego de Ordás, que estaba en la córte; y fueron á todo buen recaudo, que las hubieron á su poder, y luego las despacharon para Flandes á su majestad, porque al Obispo de Búrgos no le dieron cuenta ni relacion dello, y todavía lo alcanzó á saber el Obispo de Búrgos, y dijo que se holgaba que se hubiese perdido y robado todo el oro.

Dejemos al Obispo, y vamos á su majestad, que, como luego lo supo, dijeron, quien lo vió y entendió, que hubo algun sentimiento de la pérdida del oro, y de otra parte se alegró viendo que tanta riqueza le enviaban, é que sintiese el Rey de Francia que con aquellos presentes que le enviábamos que le podria dar guerra; y luego envió á mandar al Obispo de Búrgos que en lo que tocaba á Cortés é á la Nueva-España, que en todo le diese favor y ayuda, y que presto vendria á Castilla y entenderia en ver la justicia de los pleitos y contiendas de Diego Velazquez y Cortés.

Y dejemos esto y digamos luego cómo supimos en la Nueva-España la pérdida del oro y riquezas de la recámara y prision de Alonso de Ávila, y todo lo demás aquí por mí memorado, y tuvimos dello gran sentimiento, y luego Cortés con brevedad procuró de haber é llegar todo el más oro que pudo recoger, y de hacer un tiro de oro bajo y de plata de lo que habian traido de Mechoacan, para enviar á su majestad, y llamóse el tiro Fénix.

Y tambien quiero decir que siempre estuvo el pueblo de Guatitlan, que dió Cortés á Alonso de Ávila, por el mismo Alonso de Ávila, porque en aquella sazon no le tuvo su hermano Gil Gonzalez de Benavides, hasta más de tres años adelante, que el Gil Gonzalez vino de la isla de Cuba, é ya el Alonso de Ávila estaba suelto de la prision de Francia y habia venido á Yucatan por contador; y entónces dió poder al hermano para que se sirviese dél, porque jamás se le quiso traspasar.

Dejémonos de cuentos viejos, que no hacen á nuestra relacion, y digamos todo lo que acaeció á Gonzalo de Sandoval y á los demás capitanes que Cortés habia enviado á poblar las provincias por mí ya nombradas, y entre tanto acabó Cortés de mandar forjar el tiro é allegar el oro para enviar á su majestad.

Bien sé que dirán algunos curiosos letores que por qué, cuando envió Cortés á Pedro de Albarado y á Gonzalo de Sandoval y los demás capitanes á las conquistas y pacificaciones ya por mí nombradas, no concluí con ellos en esta mi relacion lo que habian hecho en ellas, y en lo que en las jornadas á cada uno ha acaecido, y lo vuelvo ahora á recitar, que es volver muy atrás de nuestra relacion; y las causas que agora doy á ello es que, como iban camino de sus provincias á las conquistas, y en aquel instante llegó al puerto de la Villa-Rica el Cristóbal de Tapia, otras muchas veces por mí nombrado, que venia para ser gobernador de la Nueva-España; y para consultar Cortés lo que sobre el caso se podria hacer, é tener ayuda y favor dellos, como Pedro de Albarado é Gonzalo de Sandoval eran tan experimentados capitanes y de buenos consejos, envió por la posta á los llamar, y dejaron sus conquistas é pacificaciones suspensas, é como he dicho, vinieron al negocio de Cristóbal de Tapia, que era más importante para el servicio de su majestad, porque se tuvo por cierto que si el Tapia se quedara para gobernar, que la Nueva-España y Méjico se levantaran otra vez; y en aquel instante tambien vino Cristóbal de Olí de Mechoacan, como era cerca de Méjico, y la halló de paz, y le dieron mucho oro y plata; y como era recien casado, y la mujer moza y hermosa, apresuró su venida.

Y luego, tras esto de Tapia, aconteció el levantamiento de Pánuco, y fué Cortés á lo pacificar, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, y tambien para escribir á su majestad, como escribimos, y enviar el oro y dar poder á nuestros capitanes y procuradores por mí ya nombrados; y por estos estorbos, que fueron los unos tras los otros, lo torno aquí á traer á la memoria, y es desta manera que diré.

CAPÍTULO CLX.

CÓMO GONZALO DE SANDOVAL LLEGÓ CON SU EJÉRCITO Á UN PUEBLO QUE SE DICE TUSTEPEQUE, Y LO QUE ALLÍ HIZO, Y DESPUES PASÓ Á GUACACUALCO, Y TODO LO MÁS QUE LE AVINO.

Llegado Gonzalo de Sandoval á un pueblo que se dice Tustepeque, toda la provincia le vino de paz, excepto unos capitanes mejicanos que fueron en la muerte de sesenta españoles y mujeres de Castilla que se habian quedado malos en aquel pueblo cuando vino Narvaez, y era en el tiempo que en Méjico nos desbarataron; entónces los mataron en el mismo pueblo; é dende obra de dos meses que hubieron muerto los por mí dichos, porque entónces fuí con Sandoval, yo posé en una como torrecilla, que era adoratorio de ídolos, á donde se habian hecho fuertes cuando les daban guerra, y allí los cercaron, y de hambre y de sed y de heridas les acabaron las vidas; y digo que posé en aquella torrecilla á causa que habia en aquel pueblo de Tustepeque muchos mosquitos de dia, é como está muy alto é con el aire no habia tantos mosquitos como abajo, y tambien por estar cerca del aposento donde posaba el Sandoval.

Y volviendo á nuestra plática, procuró el Sandoval de prender á los capitanes mejicanos que les dieron la guerra y les mataron los sesenta soldados que dicho tengo, y prendió el más principal dellos y hizo justicia, y por justicia lo mandó quemar; otros muchos habia juntamente con él que merecian pena de muerte, y disimuló con ellos, y aquel pagó por todos; y cuando fué hecho envió á llamar de paz unos pueblos zapotecas, que es otra provincia que estará obra de diez leguas de aquel pueblo de Tustepeque, y no quisieron venir, y envió á ellos para los traer de paz á un capitan que se decia Briones (otras muchas veces ya lo he nombrado), que fué capitan de bergantines y habia sido buen soldado en Italia, segun él decia, y le dió sobre cien soldados, y entre ellos treinta ballesteros y escopeteros y más de cien amigos de los pueblos que habian venido de paz; é yendo que iba el Briones con sus soldados y con buen concierto, pareció ser los zapotecas supieron que iba á sus pueblos, y échanle una celada en el camino, que le hicieron volver más que de paso rodando unas cuestas y laderas abajo, y le hirieron más de la tercia parte de los soldados que llevaba, é murió uno de las heridas, porque aquellas sierras donde están poblados aquellos zapotecas son tan agras y malas, que no pueden ir por ellas caballos, y los soldados habian de ir á pié por unas sendas muy angostas, por contadero, uno á uno siempre; hay neblinas y rocios y resbalaban en los caminos; y tienen por armas unas lanzas muy largas, mayores que las nuestras, con una braza de cuchilla de navajas de pedernal, que cortan más que nuestras espadas, é unas pavesinas, que se cubren con ellas todo el cuerpo, y mucha flecha y vara y piedra, y los naturales muy sueltos y cenceños á maravilla, y con un silbo ó voz que dan entre aquellas sierras resuena y retumba la voz por un buen rato, digamos ahora como ecos.

Por manera que se volvió el capitan Briones con su gente herida, y aun él tambien trujo un flechazo; llámase aquel pueblo que le desbarató Tiltepeque; y despues que vino de paz el mismo pueblo, se dió en encomienda á un soldado que se dice Ojeda el tuerto, que ahora vive en la villa de San Ildefonso.

Pues cuando el Briones volvió á dar cuenta al Sandoval de lo que le habia acaecido, y se lo contaba cómo eran grandes guerreros, y el Sandoval era de buena condicion, y el Briones se tenia por muy como valiente, y solia decir que en Italia habia muerto y herido y hendido cabezas y cuerpos de hombres, le decia el Sandoval:

—«¿Parécele, señor capitan, que son estas tierras otras que las donde anduvo militando?»

Y el Briones respondió medio enojado, y dijo que juraba á tal que más quisiera batallar contra tiros y grandes ejércitos de contrarios, así de turcos como de moros, que no con aquellos zapotecas, y daba razones para ello que parecia que cuadraban; y todavía el Sandoval le dijo que no quisiera haberle enviado, pues así fué desbaratado, que creyó que pusiera otras fuerzas como él se alababa que habia hecho en Italia, porque este Briones habia poco tiempo que vino de Castilla; y le dijo el Sandoval:

—«¿Qué dirán ahora los zapotecas, que no somos tan varones como creian que éramos?»

Dejemos de esta entrada, pues no aprovechó, ántes dañó, y digamos cómo el mismo Gonzalo de Sandoval envió á llamar de paz á otra provincia que se dice Xaltepeque, que tambien eran zapotecas, que confinan con otra provincia y pueblos, que se decian los minxes, gentes muy sueltas y guerreros, que tenian diferencias con los de Xaltepeque, que ahora, como digo, son los que enviaba á llamar, y vinieron de paz obra de veinte caciques y principales, y trajeron un presente de oro en grano, que entónces habian sacado de las minas en diez cañutillos y joyas de muchas hechuras, y traian vestidas aquellos principales unas ropas de algodon muy largas que les daban hasta los piés, con muchas labores en ellas labradas, y eran digamos ahora á la manera de albornoces moriscos; y como vinieron delante el Sandoval, con mucho acato se lo presentaron, y lo recibió con alegría, y les mandó dar cuentas de Castilla, y les hizo honra y halagos, y le mandaron al Sandoval que les diese algunos teules, que en su lengua así nos llamaban á los españoles, para ir juntamente con ellos contra los pueblos de los minxes, sus contrarios, que les daban guerra; y el Sandoval, como no tenia soldados en aquella sazon para les dar ayuda, como la demandaban, porque los que llevó el Briones estaban todos heridos, y otros habian adolecido, é cuatro muertos, por ser la tierra muy calurosa é doliente, con buenas palabras les dijo que él enviaria á Méjico á decir á Malinche, que así decian á Cortés, que les enviase muchos teules, é que se reportasen hasta que viniesen, y que entre tanto, que irian con ellos diez de sus compañeros para ver los pasos y tierra, para ir á dar guerra á sus contrarios los minxes; y esto no lo decia el Sandoval sino para que viésemos los pueblos y minas donde sacaban el oro que trajeron; y desta manera los despidió, excepto á tres dellos, que mandó que quedasen para ir con nosotros; y luego despachó para ir á ver los pueblos y minas, como he dicho, á un soldado que se decia Alonso del Castillo el de lo pensado; y me mandó el Sandoval que yo fuese con él, y otros seis soldados, y que mirásemos muy bien las minas y la manera de los pueblos.

Quiero decir por qué se llamaba aquel capitan que iba con nosotros por caudillo Castillo el de lo pensado, y es por esta causa que diré.

En la capitanía del Sandoval habia tres soldados que tenian por renombre Castillos: el uno dellos era muy galan, y preciábase dello en aquella sazon, que era yo, y á esta su causa me llamaban Castillo el Galan; los otros dos Castillos, el uno dellos era de tal calidad, que siempre estaba pensativo, y cuando hablaban con él se paraba mucho más á pensar lo que habia de decir, y cuando respondia ó hablaba era un descuido ó cosas que teniamos que reir, y por esto le llamábamos Castillo de los pensamientos; y el otro era Alonso del Castillo, que ahora iba con nosotros, que de repente decia cualquiera cosa, y respondia muy á propósito de lo que preguntaban, y se decia Castillo el de lo pensado.

Dejemos de contar donaires, y volvamos á decir cómo fuimos á aquella provincia á ver las minas, y llevamos muchos indios de los de aquellos pueblos, y con unas como hechuras de bateas lavaron en tres rios delante de nosotros, y en todos tres sacaron oro, é hincheron cuatro cañutillos dello, que era cada uno del tamaño de un dedo de la mano, el de en medio, y eran poco ménos que cañones de patos de Castilla, y con aquella muestra de oro volvimos donde estaba el Gonzalo de Sandoval, y se holgó, creyendo que la tierra era rica; y luego entendió en hacer los repartimientos de aquellos pueblos y provincia á los vecinos que habian de quedar allí poblados; y tomó para sí unos pueblos que se dicen Guazpaltepeque, que en aquel tiempo era la mejor cosa que habia en aquella provincia muy cerca de las minas, y aun le dieron luego sobre quince mil pesos de oro, creyendo que tomaba una muy buena cosa; y la provincia de Xaltepeque, donde trajimos el oro, depositó en el capitan Luis Marin, que le daba un condado, y todos salieron muy malos repartimientos, así lo que tomó el Sandoval como lo que dió á Luis Marin, y aun á mí me mandaba quedar en aquella provincia, y me daba muy buenos indios y de mucha renta, que pluguiera á Dios que los tomara, que se dice Meldatan y Orizaba, donde está ahora el ingenio del Virey, y otro pueblo que se dice Ozotequipa, y no los quise, por parecerme que si no iba en compañía del Sandoval, teniéndole por amigo, que no hacia lo que convenia á la calidad de mi persona; y el Sandoval verdaderamente conoció mi voluntad, y por hallarme con él en las guerras, si las hubiese adelante, lo hice.

Dejemos desto, y digamos que nombró á la villa que pobló Medellin, porque así le fué mandado por Cortés, porque el Cortés nació en Medellin de Extremadura; y era en aquella sazon el puerto un rio que se dice Chalchocueca, que es el que hubimos puesto por nombre rio de Banderas, donde se rescataron los diez y seis mil pesos; y por aquel rio venian las barcas con la mercadería que venia de Castilla hasta que se mudó á la Veracruz.

Dejemos desto, é vamos camino de Guacacualco, que será de la villa de la Veracruz, que dejamos poblada, obra de sesenta leguas, y entramos en una provincia que se dice Citla, la más fresca y llena de bastimentos y bien poblada que habiamos visto, y luego vino de paz; y es aquella provincia que he dicho de doce leguas de largo y otras tantas de ancho, muy poblado todo.

Y llegamos al gran rio de Guacacualco, y enviamos á llamar los caciques de aquellos pueblos, que era cabecera de aquellas provincias, y estuvieron tres dias que no vinieron ni enviaban respuesta; por lo cual creimos que estaban de guerra, y aun así lo tenian consultado, que no nos dejasen pasar el rio; y despues tomaron acuerdo de venir de ahí á cinco dias, y trajeron de comer y unas joyas de oro muy fino, y dijeron que cuando quisiésemos pasar, que ellos traerian muchas canoas grandes; y Sandoval se lo agradeció mucho, y tomó consejo con algunos de nosotros si nos atreveriamos á pasar todos juntos de una vez en todas las canoas; y lo que nos pareció y aconsejamos, que primero pasasen cuatro soldados y viesen la manera que habia en un pueblezuelo que estaba junto al rio, y que mirasen y procurasen de inquirir y saber si estaban de guerra, y ántes que pasásemos tuviésemos con nosotros el cacique mayor, que se dice Tochel; y así, fueron los cuatro soldados y vieron todo á lo que les enviábamos, y se volvieron con relacion á Sandoval como todo estaba de paz, y aun vino con ellos el hijo del mismo cacique Tochel, que así se decia, y trujo otro presente de oro, aunque no de mucha valía.

Entónces le halagó el Sandoval, y le mandó que trujesen cien canoas atadas de dos en dos, y pasamos los caballos un dia despues de pascua de Espíritu Santo; y por acortar de palabras, volvamos en el pueblo que estaba junto al rio abajo, y pusímosle por nombre la villa del Espíritu Santo, é pusimos aquel sublimado nombre, lo uno, que en pascua de Espíritu Santo desbaratamos á Narvaez, y lo otro, porque aquel santo nombre fué nuestro apellido cuando le prendimos y desbaratamos, lo otro por pasar aquel rio aquel mismo dia, y porque todas aquellas tierras vinieron de paz sin dar guerra, y allí poblamos toda la flor de los caballeros y soldados que habiamos salido de Méjico á poblar con el Sandoval, y el mismo Sandoval, y Luis Marin, y un Diego de Godoy, y el capitan Francisco de Medin, y Francisco Marmolejo, y Francisco de Lugo, y Juan Lopez de Aguirre, y Hernando de Montes de Oca, y Juan de Salamanca, y Diego de Azamar, y un Mantilla, y otro soldado que se decia Mejía Rapapelo, y Alonso de Grado, y el licenciado Ledesma, y Luis de Bustamante, y Pedro Castellar, y el capitan Briones, é yo y otros muchos caballeros é personas de calidad, que si los hubiese aquí de nombrar á todos, es no acabar tan presto; mas tengan por cierto que soliamos salir á la plaza á un regocijo é alarde sobre ochenta de á caballo, que eran más entónces aquellos ochenta que ahora quinientos; y la causa es esta, que no habia caballos en la Nueva-España, sino pocos y caros, y no los alcanzaban á comprar sino cual ó cual.

Dejemos desto, y diré cómo repartió Sandoval aquellas provincias y pueblos en nosotros, despues de las haber enviado á visitar é hacer la division de la tierra y ver las calidades de todas las poblaciones; y fueron las provincias que repartió lo que ahora diré.

Primeramente á Guacacualco, Guazpaltepeque é Tepeca é Crinanta é los zapotecas; é de la otra parte del rio la provincia de Copilco é Cimatan y Tabasco y las sierras de Cachula, todos los zoqueschas, Tacheapa é Cinacantan é todos los quilenes, y Papanachasta; y estos pueblos que he dicho teniamos todos los vecinos que en aquella villa quedamos poblados en repartimiento, que valiera más que allí yo no me quedara, segun despues sucedió, la tierra pobre y muchos pleitos que trujimos con tres villas que despues se poblaron: la una fué la villa rica de la Veracruz, sobre Guazpaltepeque y Chinanta y Tepeca; la otra con la villa de Tabasco, sobre Cimatan y Copilco; la otra con Chiapa, sobre los quilenes y zoques; la otra con Santo Ildefonso, sobre los zapotecas; porque todas estas villas se poblaron despues que nosotros poblamos á Guacacualco, y á nos dejar todos los términos que teniamos, fuéramos ricos; y la causa porque se poblaron estas villas que he dicho fué, que envió á mandar su majestad que todos los pueblos de indios más cercanos y en comarca de cada villa le señaló términos; por manera que de todas partes nos cortaron las faldas, y nos quedamos en blanco, y á esta causa el tiempo andando, se fué despoblando Guacacualco; y con haber sido la mejor poblacion y de generosos conquistadores que hubo en la Nueva-España, es ahora una villa de pocos vecinos.

Volvamos á nuestra relacion; y es, que estando Sandoval entendiendo en la poblacion de aquella villa y llamando otras provincias de paz, le vinieron cartas cómo habia entrado un navío en el rio de Aguayalco, que es puerto, aunque no bueno, que estaba de allí quince leguas, y en él venia de la isla de Cuba la señora doña Catalina Xuarez la Marcayda, que así tenia el sobrenombre, mujer que fué de Cortés, y la traia un su hermano Juan Xuarez, el vecino que fué, el tiempo andando, de Méjico, y la Zambrana y sus hijos de Villegas, de Méjico, y sus hijas, y aun la abuela y otras muchas señoras casadas; y aun me parece que entónces vino Elvira Lopez la Larga, mujer que entónces era de Juan de Palma; el cual Palma vino con nosotros, que murió ahorcado, que despues esta Elvira fué mujer de un Arguera; y tambien vino Antonio Dios Dado, el vecino que fué de Guatimala, y vinieron otros muchos que ya no se me acuerdan sus nombres.

Y como el Gonzalo de Sandoval lo alcanzó á saber, él en persona, con todos los más capitanes y soldados, fuimos por aquellas señoras y por todas las más que traia en su compañía.

É acuérdome que en aquella sazon llovió tanto, que no podiamos ir por los caminos ni pasar rios ni arroyos, porque venian muy crecidos, que salieron de madre y habia hecho grandes nortes, y con el mal tiempo, por no andar al través, entraron con el navío en aquel puerto de Aguayalco, y la señora doña Catalina Xuarez la Marcayda y toda su compañía se holgaron con nosotros: luego las trujimos á todas aquellas señoras y su compañía á nuestra villa de Guacacualco, y lo hizo saber el Sandoval muy en posta á Cortés de su venida, y las llevó luego camino de Méjico y fueron acompañándolas el mismo Sandoval y Briones y Francisco de Lugo y otros caballeros.

Y cuando Cortés lo supo, dijeron que le habia pesado mucho de su venida, puesto que no lo demostró y les mandó salir á recebir; y en todos los pueblos les hacian mucha honra hasta que llegaron á Méjico, y en aquella ciudad hubo regocijos y juego de cañas; y dende á obra de tres meses que hubieron llegado oimos decir que esta señora murió de asma.

Y digamos de lo que le acaeció á Villafuerte, el que fué á poblar á Zacatula, y á un Juan Álvarez Chico, que tambien fué á Colima; y al Villafuerte le dieron mucha guerra y le mataron ciertos soldados, y estaba la tierra levantada, que no les querian obedecer ni dar tributos, y al Juan Álvarez Chico ni más ni ménos; y como lo supo Cortés, le pesó dello: y como Cristóbal de Olí habia venido de lo de Mechoacan, y venia rico y la habia dejado en paz, y le pareció á Cortés que tenia buena mano para ir á asegurar y pacificar aquellas dos provincias de Zacatula y Colima, acordó de le enviar por capitan, y le dió quince de á caballo y treinta escopeteros y ballesteros; é yendo por su camino, ya que llegaba cabe Zacatula, le aguardaron los naturales de aquella provincia muy gentilmente á un mal paso, y le mataron dos soldados y le hirieron quince, é todavía les venció, y fué á la villa donde estaba Villafuerte con los vecinos que en ella estaban poblados, que no osaban ir á los pueblos que tenian en encomienda, porque no los acapillasen; y le habian muerto cuatro vecinos en sus mismos pueblos, porque comunmente en todas las provincias y villas que se pueblan, á las principales les dan encomenderos, y cuando les piden tributos se alzan y matan los españoles que pueden; pues cuando el Cristóbal de Olí vió que ya tenia apaciguada aquella provincia y le habian venido de paz, fué desde Zacatula á Colima, y hallóla de guerra, y tuvo con los naturales della ciertos reencuentros y le hirieron muchos soldados, y al fin los desbarató y quedaron de paz.

El Juan Álvarez Chico, que habia ido por capitan no sé qué se hizo dél; paréceme que murió en aquella guerra.

Pues como el Cristóbal de Olí hubo pacificado á Colima y le pareció que estaba de paz, como era casado con una portuguesa hermosa, que ya he dicho que se decia doña Felipa de Araujo, dió la vuelta para Méjico, y no se hubo bien vuelto, cuando se tornó á levantar lo de Colima y Zacatula; y en aquel instante habia llegado á Méjico Gonzalo de Sandoval con la señora doña Catalina Xuarez Marcayda y con el Juan Xuarez y todas sus compañías, como ya otra vez dicho tengo en el capítulo que dello habla; acordó Cortés de enviarle por capitan para apaciguar aquellas provincias y con muy pocos de á caballo que entónces le dió y obra de quince ballesteros y escopeteros, conquistadores viejos, fué á Colima y castigó á dos caciques, y tal maña se dió, que toda la tierra dejó muy de paz y nunca más se levantó, y se volvió por Zacatula é hizo lo mismo, y de presto se volvió á Méjico.

Y volvamos á Guacacualco, y digamos cómo luego que se partió Gonzalo de Sandoval para Méjico con la señora doña Catalina Xuarez se nos rebelaron todas las más provincias de las que estaban encomendadas á los vecinos, é tuvimos muy gran trabajo en las tornar á pacificar; y la primera que se levantó fué Xaltepeque, zapotecas, que estaban poblados en altas y malas sierras, y tras esto se levantó lo de Cimatan y Copilco, que estaban entre grandes rios y ciénagas, y se levantaron otras provincias, y aun hasta doce leguas de la villa hubo pueblos que mataron á su encomendero, y lo andábamos pacificando con muy grandes trabajos.

Y estando que estábamos en una entrada con el capitan Luis Marin é un alcalde ordinario y todos los regidores de nuestra villa, viniéronnos cartas que habia venido al puerto un navío, y que en él venia Juan Bono de Quexo, vizcaino, é que habia subido el rio arriba con el navío, que era pequeño, hasta la villa, é que decia que traia cartas é provisiones de su majestad para nos notificar que luego fuésemos á la villa é dejásemos la pacificacion de la provincia; y como aquella nueva supimos, y estábamos con el teniente Luis Marin, así alcaldes y regidores fuimos á ver qué queria.

Y despues de nos abrazar y dar el parabien-venidos los unos y los otros, porque el Juan Bono era muy conocido de cuando vino con Narvaez, dijo que nos pedia por merced que nos juntásemos en cabildo que nos queria notificar ciertas provisiones de su majestad y de D. Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos; que traia muchas cartas para todos.

Y segun pareció, traia el Juan Bono cartas en blanco con la firma del Obispo; y entre tanto que nos fueron á llamar en la pacificacion donde estábamos, se informó el Juan Bono quién éramos los regidores, y las cartas que traia en blanco escribió en ellas palabras de ofrecimientos que el Obispo nos enviaba si dábamos la tierra á Cristóbal de Tapia, que el Juan Bono no creyó que era vuelto para la isla de Santo Domingo; y el Obispo tenia por cierto que no le recebiriamos, é á aquel efeto envió á Juan Bono con aquellos recaudos; é traia para mí, como regidor, una carta del mismo Obispo, que escribió el Juan Bono.

Pues ya que habiamos entrado en cabildo y vimos sus despachos y provisiones, que nunca nos habia querido decir lo que era hasta entónces, de presto le despachamos con decir que ya el Tapia era vuelto á Castilla, é que fuese á Méjico, adonde estaba Cortés, é allá le diria lo que le conviniese; é cuando aquello oyó el Juan Bono, que el Tapia no estaba en la tierra, se puso muy triste, y otro dia se embarcó, é fué á la Villa-Rica, é desde allí á Méjico, y lo que allá pasó yo no lo sé; salvo que oí decir que Cortés le ayudó para la costa y se volvió á Castilla.

Y dejemos de contar más cosas, que habia bien que decir cómo siempre que en aquella villa estuvimos nunca nos faltaron trabajos y conquistas de las provincias que se habian levantado; y volvamos á decir de Pedro de Albarado cómo le fué en lo de Tutepeque y en su poblacion.

CAPÍTULO CLXI.

CÓMO PEDRO DE ALBARADO FUÉ Á TUTEPEQUE Á POBLAR UNA VILLA, Y LO QUE EN LA PACIFICACION DE AQUELLA PROVINCIA Y POBLAR LA VILLA LE ACAECIÓ.

Es menester que volvamos algo atrás para dar relacion de esta ida que fué Pedro de Albarado á poblar á Tutepeque; y es así, que como se ganó la ciudad de Méjico, y se supo en todas las comarcas y provincias que una ciudad tan fuerte estaba por el suelo, enviaban á dar el parabien de la vitoria á Cortés, y á ofrecerse por vasallos de su majestad; y entre muchos grandes pueblos que en aquel tiempo vinieron, fué uno que se dice Tutepeque, zapotecas, y trajeron un presente de oro á Cortés, y dijéronle que estaban otros pueblos algo apartados que se decian Tutepeque, muy enemigos suyos, é que les venian á dar guerra porque habian enviado los de Guantepeque á dar la obediencia á su majestad, y que estaban en la costa del sur, y que era gente muy rica, así de oro que tenian en joyas, como de minas; y le demandaron á Cortés con mucha importunacion les diesen hombres de á caballo y escopeteros y ballesteros para ir contra sus enemigos; é Cortés les habló muy amorosamente, y les dijo que queria enviar con ellos al Tonatio, que así le llamaban al Pedro de Albarado; y dijo á fray Bartolomé que fuese con Albarado, y luego le dió sobre ciento y ochenta soldados, y entre ellos treinta y cinco de á caballo, y le mandó que en la provincia de Guaxaca, donde estaba un Francisco de Orozco por capitan, pues estaba de paz aquella provincia, que le demandase otros veinte soldados, y los más dellos ballesteros.

Y así como le fué mandado, ordenó su partida, y salió de Méjico el año de 22; é mandóle Cortés que luego fuese é viese ciertos peñoles que decian que estaban alzados, y entónces todo lo halló de paz y de buena voluntad, y tardó más de cuarenta dias en llegar á Tutepeque; y el señor dél y todos los principales, desque supieron que estaban ya cerca de su pueblo, le salieron á recebir de paz, y les llevaron á aposentar en lo más poblado del pueblo, adonde el cacique tenia sus adoratorios y sus grandes aposentos, y estaban las casas muy juntas unas de otras y son de paja; porque en aquella provincia no tenian azuteas, porque es tierra muy caliente; y dijo fray Bartolomé á Albarado, con sus capitanes y soldados, que no era bien aposentarse en aquellas casas tan juntas unas de otras, porque si ponian fuego no se podrian valer; y parecióle bien el consejo á Albarado, y fué acordado que se fuesen en cabo del pueblo; y como fué aposentado, el cacique le llevó muy grandes presentes de oro y bien de comer, y cada dia que allí estuvieron le llevó presentes muy ricos de oro; y como el Albarado vido que tanto oro tenian, le mandó hacer unas estriberas de oro fino, de la manera de otras que le dió para que por ellas las hiciese, y se las trajeron hechas; y dende á pocos dias echó preso al cacique porque le dijeron los de Teguantepeque al Pedro de Albarado que le queria dar guerra toda aquella provincia, é que cuando le aposentaron entre aquellas casas donde estaban los ídolos y aposentos, que era por les quemar é que allí muriesen todos; y á esta causa le echó preso.

Otros españoles de fe y de creer dijeron que por sacalle mucho oro, é sin justicia murió en las prisiones; ahora sea lo uno ó lo otro, aquel cacique dió á Pedro de Albarado más de treinta mil pesos, y murió de enojo y de la prision; y aunque fray Bartolomé de Olmedo le animaba y consolaba, no bastó para que no se muriese encorajado y de pesar; é quedó á un su hijo el cacicazgo, y le sacó Albarado mucho más oro que al padre; y luego envió á visitar los pueblos de la comarca, y los repartió entre los vecinos, y pobló una villa que se puso por nombre Segura, porque los más vecinos que allí poblaron habian sido de ántes vecinos de Segura de la Frontera, que era Tepeaca.

Y como esto tuvo hecho, y tenia ya llegado buena suma de pesos de oro, y se lo llevaba á Méjico para dar á Cortés; y tambien le dijeron que Cortés le escribió que todo el oro que pudiese haber, que lo trajese consigo para enviar á su majestad, por causa que habian robado los franceses lo que habian enviado con Alonso de Ávila é Quiñones, é que no diese parte ninguna dello á ningun soldado de los que tenia en su compañía; é ya que el Albarado queria partir para Méjico, tenian hecha ciertos soldados una conjuracion, y los más dellos ballesteros y escopeteros, de matar otro dia á Pedro de Albarado y á sus hermanos porque les llevaban el oro sin dar partes, y aunque se las pedian muchas veces, no se lo quiso dar, y porque no les daba buenos repartimientos de indios; y esta conjuracion, si no se lo descubriera á fray Bartolomé de Olmedo un soldado que se decia Trebejo, que era en la misma trama, aquella noche que venia habian de dar en ellos; y como el Albarado lo supo del fraile, que se lo dijo á hora de vísperas, yendo á caballo á caza por unas cabañas, é iban en su compañía á caballo de los que entraban en la conjuracion, para disimular con ellos dijo:

—«Señores, á mí me ha dado dolor de costado; volvamos á los aposentos, y llámenme un barbero que me haga sangre.»

Y como volvió, envió á llamar á sus hermanos Jorge y Gonzalo Gomez, todos Albarados, é á los alcaldes y alguaciles, y prenden los que eran en la conjuracion, y por justicia ahorcaron á dos dellos, que se decia el uno Fulano de Salamanca, natural del Condado, que habia sido piloto, é á otro que se decia Bernardo Levantisco, y murieron como buenos cristianos, que el fray Bartolomé trabajó mucho con ellos; y con estos dos apaciguó los demás, y luego se fué para Méjico con todo el oro, y dejó poblada la villa; y cuando los vecinos que en ella quedaron vieron que los repartimientos que les daban no eran buenos, y la tierra doliente y muy calurosa, é habian adolecido muchos dellos, é las naborías é esclavos que llevaban se les habian muerto, y aun muchos murciélagos y mosquitos y aun chinches, y sobre todo, que el oro no lo repartió el Albarado entre ellos y se lo llevó, acordaron de quitarse de mal ruido y despoblar la villa, y muchos dellos se vinieron á Méjico y otros á Guaxaca é á Guatimala, y se derramaron por otras partes; y cuando Cortés lo supo, envió á hacer pesquisa sobre ello, y hallóse que por los alcaldes y regidores en el cabildo se concertó que se despoblasen, y sentenciaron á los que fueron en ello á pena de muerte; mas el fray Bartolomé pidió á Cortés que no los ahorcase, y eso con mucho ahinco; y así, fué despues la pena un destierro; y desta manera sucedió en lo de Tutepeque, que jamás nunca se pobló, y aunque era tierra rica, por ser doliente; y como los naturales de aquella tierra vieron esto, que se habia despoblado, é la crueldad que Pedro de Albarado habia hecho sin causa ni justicia ninguna, se tornó á rebelar, y volvió á ellos el Pedro de Albarado y los llamó de paz, y sin dalle guerra volvieron á estar de paz.

Dejemos esto, é digamos que, como Cortés tenia ya llegados sobre ochenta mil pesos de oro para enviar á su majestad, y el tiro Fénix forjado, vino en aquella sazon nueva cómo habia venido á Pánuco Francisco de Garay con grande armada; y lo que sobre ello se hizo diré adelante.

CAPÍTULO CLXII.

CÓMO VINO FRANCISCO DE GARAY DE JAMÁICA CON GRANDE ARMADA PARA PÁNUCO, Y LO QUE LE ACONTECIÓ, Y MUCHAS COSAS QUE PASARON.

Como he dicho en otro capítulo que habla de Francisco de Garay, como era gobernador en la isla de Jamáica é rico, y tuvo nueva que habiamos descubierto muy ricas tierras cuando lo de Francisco Hernandez de Córdoba é Juan de Grijalva, y habiamos llevado á la isla de Cuba veinte mil pesos de oro, y los hubo Diego Velazquez, gobernador que era de aquella isla, y que venia en aquel instante Hernando Cortés á la Nueva-España con otra armada, tomóle gran codicia á Garay de venir á conquistar algunas tierras, pues tenia mejor caudal que otros ningunos; y tuvo nueva plática de un Anton de Alaminos, que fué el piloto mayor que habiamos traido cuando lo descubrimos, cómo estaban muy ricas tierras y muy pobladas desde el rio de Pánuco adelante, é que aquello podia enviar á suplicar á su majestad que le hiciese merced.

Y despues de bien informado el mismo Garay del piloto Alaminos y de otros pilotos que se habian hallado juntamente con el Alaminos en el descubrimiento, acordó enviar á su mayordomo, que se decia Juan de Torralba, á la córte con cartas y dineros, á suplicar á los caballeros que en aquella sazon estaban por presidente é oidores de su majestad que le hiciesen merced de la gobernacion del rio de Pánuco, con todo lo demás que descubriese é estuviese por poblar; y como su majestad en aquella sazon estaba en Flandes, y estaba por presidente de Indias don Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos é Arzobispo de Rosano, que lo mandaba todo, y el licenciado Zapata y el licenciado Vargas y el secretario Lope de Conchillos, le trajeron provisiones que fuese adelantado y gobernador del rio de San Pedro y San Pablo, con todo lo que descubriese; y con aquellas provisiones envió luego tres navíos con hasta ducientos y cuarenta soldados, con muchos caballos y escopeteros y ballesteros y bastimentos, y por capitan dellos á un Alonso Álvarez Pineda ó Pinedo, otras veces por mí ya nombrado.

Pues como hubo enviado aquella armada, ya he dicho otras veces que los indios de Pánuco se la desbarataron, y mataron al capitan Pineda y á todos los soldados y caballos que tenia, excepto obra de sesenta soldados que vinieron al puerto de la Villa-Rica con un navío, y por capitan dellos un Camargo, que se acogieron á nosotros; y tras aquellos tres navíos, viendo el Garay que no tenia nuevas dellos, envió otros dos navíos con muchos soldados y caballos y bastimentos, y por capitan dellos á Miguel Diaz de Ajuz é á un Ramirez, los cuales se vinieron tambien á nuestro puerto; y como vieron que no hallaron en el rio de Pánuco pelo ni hueso de los soldados que habia enviado Garay, salvo los navíos quebrados, todo lo cual tengo ya dicho otra vez en mi relacion; mas es necesario que se torne á decir desde el principio para que bien se entienda.

Pues volviendo á nuestro propósito y relacion, viendo el Francisco de Garay que ya habia gastado muchos pesos de oro, é oyó decir de la buena ventura de Cortés y de las grandes ciudades que habia descubierto, y del mucho oro y joyas que habia en la tierra, tuvo envidia y codicia, y le vino más la voluntad de venir él en persona y traer la mayor armada que pudiese; buscó once navíos y dos bergantines, que fueron trece velas, y allegó ciento treinta y seis de á caballo y ochocientos y cuarenta soldados, los más ballesteros y escopeteros, y bastecióles muy bien de todo lo que hubieron menester, que era pan cazabe é tocinos é tasajos de vacas, que ya habia ganado vacuno; que, como era rico y lo tenia todo de su cosecha, no le dolia el gasto; y para ser hecha aquella armada en la isla de Jamáica, fué demasiada la gente y caballos que allegó.

Y en el año de 1523 años salió de Jamáica con toda su armada por San Juan de Junio, é vino á la isla de Cuba é á un puerto que se dice Xagua, y allí alcanzó á saber que Cortés tenia pacificada la provincia de Pánuco é poblada una villa, y habia gastado en la pacificar más de setenta mil pesos de oro, é que habia enviado á suplicar á su majestad le hiciese merced de la gobernacion della, juntamente con la Nueva-España; y como le decian de las cosas heróicas que Cortés y sus compañeros habiamos hecho, y como tuvo nueva que con ducientos y sesenta y seis soldados habiamos desbaratado á Pánfilo de Narvaez, habiendo traido sobre mil y trecientos soldados, con ciento de á caballo y otros tantos escopeteros y ballesteros, y diez y ocho tiros, temió la fortuna de Cortés; é en aquella sazon que estaba el Garay en aquel puerto de Xagua le vinieron á ver muchos vecinos de la isla de Cuba, y viniéronse en su compañía del Garay ocho ó diez personas principales de aquella isla, y le vino á ver el licenciado Zuazo, que habia venido á aquella isla á tomar residencia á Diego Velazquez por mandado de la Real audiencia de Santo Domingo; y platicando el Garay con el licenciado sobre la ventura de Cortés, que temia que habia de tener diferencias con él sobre la provincia de Pánuco, le rogó que se fuese con el Garay en aquel viaje, para ser intercesor entre él y Cortés; y el licenciado Zuazo respondió que no podia ir por entónces sin dar residencia, mas que presto seria allá en Pánuco.

Y luego el Garay mandó dar velas, é va su derrota para Pánuco, y en el camino tuvo un mal tiempo, y los pilotos que llevaba subieron más arriba hácia el rio de Palmas, y surgió en el propio rio dia de señor Santiago, y luego envió á ver la tierra, y á los capitanes y soldados que envió no les pareció buena, y no tuvieron gana de quedar allí, sino que se viniese al propio rio de Pánuco á la poblacion é villa que Cortés habia poblado, por estar más cerca de Méjico; y como aquella nueva le trajeron, acordó el Garay de tomar juramento á todos sus soldados que no le desmampararian sus banderas, é que le obedecerian como á tal capitan general, é nombró alcaldes y regidores y todo lo perteneciente á una villa; dijo que se habia de nombrar la villa Garayana, é mandó desembarcar todos los caballos y soldados de los navíos desembarazados; envió los navíos costa á costa con un capitan que se decia Grijalva, y él y todo su ejército se vino por tierra costa á costa cerca de la mar, y anduvo dos dias por malos despoblados, que eran ciénagas; pasó un rio que venia de unas sierras que vieron desde el camino, que estaban de allí obra de cinco leguas, y pasaron aquel gran rio en barcas é en unas canoas, que hallaron quebradas.

Luego en pasando el rio estaba un pueblo despoblado de aquel dia, é hallaron muy bien de comer maíz é gallinas, é habia muchas guayabas muy buenas.

Allí en este pueblo el Garay prendió unos indios que entendian la lengua mejicana, y halagóles y dióles camisas, envióles por mensajeros á otros pueblos que le decian que estaban cerca, porque recibiesen de paz, y rodeó una ciénaga; fué á los mismos pueblos, recibiéronle de paz, diéronle muy bien de comer y muchas gallinas de la tierra é otras aves, como á manera de ansarones, que tomaban en las lagunas; é como muchos de los soldados que llevaba Garay iban cansados, y parece ser no les daban de lo que los indios traian de comer, se amotinaron algunos é se fueron á robar á los indios de aquellos pueblos por donde venian, é estuvieron en este pueblo tres dias; otro dia fueron su camino con guias, llegaron á un gran rio, no le podian pasar sino con canoas que les dieron los de los pueblos de paz donde habian estado; procuraron de pasar cada caballo á nado, y remando con cada canoa un caballo que le llevasen del cabestro, y como eran muchos caballos y no se daban maña, se les ahogaron cinco caballos; salen de aquel rio, dan en unas malas ciénagas, y con mucho trabajo llegaron á tierra de Pánuco; é ya que en ella se hallaron, creyeron tener de comer, y estaban todos los pueblos sin maíz ni bastimentos y muy alterados, y esto fué á causa de las guerras que Cortés con ellos habia tenido poco tiempo habia; y tambien si alguna comida tenian, habíanlo alzado y puesto en cobro; porque, como vieron tantos españoles y caballos, tuvieron miedo dellos y despoblaron los pueblos, é adonde pensaba Garay reposar, tenia más trabajo; y demás desto, como estaban despobladas las casas donde posaba, habia en ellas muchos murciélagos é chinches é mosquitos, é todo les daba guerra; é luego sucedió otra mala ventura, que los navíos que venian costa á costa no habian llegado al puerto ni sabian dellos, porque en ellos traian mucho bastimento; lo cual supieron de un español que los vino á ver ó hallaron en un pueblo, que era de los vecinos que estaban poblados en la villa de Santi-Estéban del Puerto, que estaba huido por temor de la justicia por cierto delito que habia hecho; el cual les dijo cómo estaban poblados en una villa muy cerca de allí y cómo Méjico era muy buena tierra, é que estaban los vecinos que en ella vivian ricos; é como oyeron los soldados que traia Garay al español, que con él hablaron muchos, que la tierra de Méjico era buena é la de Pánuco no era tan buena, se desmandaron y se fueron por la tierra á robar, é íbanse á Méjico; y en aquella sazon, viendo el Garay que se le amotinaban sus soldados y no los podia haber, envió á su capitan que se decia Diego de Ocampo á la villa de Santi-Estéban á saber qué voluntad tenia el teniente que estaba por Cortés que se decia Pedro de Vallejo, y aun le escribió haciéndole saber cómo traia provisiones y recaudos de su majestad para gobernar y ser adelantado de aquellas provincias, é cómo habia aportado con sus navíos al rio de Palmas, é del camino é trabajos que habia pasado; y el Vallejo hizo mucha honra al Diego de Ocampo y á los que con él iban, y le dió buena respuesta, y les dijo que Cortés holgara de tener tan buen vecino por gobernador, mas que le habia costado muy caro la conquista de aquella tierra, y que su majestad le habia hecho merced de la gobernacion, y que venga cuando quisiere con sus ejércitos é que se le hará todo servicio, é que le pide por merced que mande á sus soldados que no hagan sinjusticias ni robos á los indios, porque se le han venido á quejar dos pueblos; y tras esto, muy en posta escribió el Vallejo á Cortés, y aun le envió la carta del Garay, é hizo que escribiese otra al mismo Diego de Ocampo, y le envió á decir que qué mandaba que se hiciese é que de presto enviasen muchos soldados, ó viniese Cortés en persona.

Y desque Cortés vió la carta, envió á llamar á fray Bartolomé é á Pedro de Albarado, é á Gonzalo de Sandoval é á un Gonzalo de Ocampo, hermano del otro Diego de Ocampo que venia con Garay, y envió con ellos los recaudos que tenia, cómo su majestad le habia mandado que todo lo que conquistase tuviese en sí hasta que se averiguase la justicia entre él y Diego Velazquez, ó se lo notificasen al Garay.

Dejemos de hablar desto, y digamos que luego como Gonzalo de Ocampo volvió con la respuesta del Vallejo al Garay, y le pareció buena respuesta, se vino con todo su ejército á se juntar más cerca de la villa de Santi-Estéban del Puerto, é ya el Pedro de Vallejo tenia concertado con los vecinos de la villa, é con aviso que tuvo de cinco soldados que se habian ido de la villa, que eran del mismo Garay, de los amotinados; y como estaban muy descuidados é no se velaban, é como quedaban en un pueblo bueno é grande que se dice Nachaplan, y los del Vallejo sabian bien la tierra, dan en la gente de Garay, y le prenden sobre cuarenta soldados, y se los llevaron á su villa de Santi-Estéban del Puerto, y ellos tuvieron por nueva su prision; y la causa que dijo el Vallejo por que los prendió, era porque, sin presentar las provisiones y recaudos que traian, andaban robando la tierra; y viendo esto Garay, hubo gran pesar, y tornó á enviar á decir al Vallejo que le diese sus soldados, amenazándole con la justicia de nuestro Rey y señor; y el Vallejo respondió que cuando vea las Reales provisiones, que las obedecerá y pondrá sobre su cabeza, é que fuera mejor que cuando vino Ocampo las trajera y presentara para las cumplir, é que le pide por merced que mande á sus soldados que no roben ni saqueen los pueblos de su majestad; y en este instante llegaron fray Bartolomé é Albarado, los capitanes que Cortés enviaba con los recaudos; y como el Diego de Ocampo era en aquella sazon alcalde mayor por Cortés en Méjico, comenzó de hacer requirimientos al Garay que no entrase en la tierra, porque su majestad mandó que la tuviese Cortés, y en demandas y respuestas, en que andaba el fray Bartolomé, se pasaron ciertos dias, y entre tanto se le iban al Garay muchos soldados, que anochecian y no amanecian en el real; y vió Garay que los capitanes de Cortés traian mucha gente de á caballo y escopeteros, de cada dia le venian más, y supo que de sus navíos que habia mandado venir costa á costa, se le habian perdido dos dellos con tormenta de nortes, que es travesía, y los demás navíos que estaban en la boca del puerto, y que el teniente Vallejo les envió á requerir que luego se entrasen dentro en el rio, no les viniese algun desman y tormenta como la pasada; si no, que los ternia por corsarios que andaban á robar; y los capitanes de los navíos respondieron que no tuviese Vallejo que entender ni mandar en ello, que ellos estarian donde quisiesen; y en este instante el Francisco de Garay temió la buena fortuna de Cortés; y como andaban en estos trances el alcalde mayor Diego de Ocampo, y Pedro de Albarado y Gonzalo de Sandoval, tuvieron pláticas secretas con los de Garay y con los capitanes que estaban en los navíos en el puerto, y se concertaron con ellos que se entrasen en el puerto y se diesen á Cortés; y luego un Martin de San Juan Lepuzcuano y un Castro Mocho, maestres de navíos, se entregaron é dieron con sus naos al teniente Vallejo por Cortés; é como los tuvo, fué en ellos el mismo Vallejo á requerir al capitan Juan de Grijalva, que estaba en la boca del puerto, que se entrase dentro á surgir, ó se fuese por la mar donde quisiese; y respondióle con tirarle muchos tiros; y luego enviaron en una barca un escribano del Rey, que se decia Vicente Lopez, á le requerir que se entrase en el puerto, y aun llevó cartas para el Grijalva, del Pedro de Albarado y de fray Bartolomé, con ofertas y prometimientos que Cortés le haria mercedes; y como vió las cartas y que todas las naos habian entrado en el rio, así hizo el Juan de Grijalva con su nao capitana; y el teniente Vallejo le dijo que fuese preso en nombre del capitan Hernando Cortés; mas luego le soltó á él y á cuantos estaban detenidos, á causa que le decia fray Bartolomé:

—«Hagamos nuestra cosa sin sangre, pues podemos, y serán Dios y el César más agradados.»

Y desque el Garay vió el mal recaudo que tenia, y sus soldados huidos y amotinados, y los navíos todos al través, y los demás estaban tomados por Cortés, si muy triste estuvo ántes que se los tomasen, más lo estuvo despues que se vido desbaratado; y luego demandó con grandes protestaciones que hizo á los capitanes de Cortés que le diesen sus naos y todos sus soldados, que se queria volver al rio de Palmas, y presentó sus provisiones y recaudos que para ello traia, y que por no tener debates ni cuestiones con Cortés, que se queria volver; y aquellos caballeros le respondieron que fuese mucho en buena hora, y que ellos mandarian á todos los soldados que estaban en aquella provincia y por los pueblos amotinados que luego se vengan á su capitan y vayan en los navíos; y le mandaron proveer de todo lo que hubiese menester, así de bastimentos como de armas y tiros ó pólvora, é que escribirán á Cortés lo proveyese muy cumplidamente de todo lo que hubiese menester; y el Garay con esta respuesta y ofrecimiento estaba contento; y luego se dieron pregones en aquella villa, y en todos los pueblos enviaron alguaciles á prender los soldados amotinados para los traer al Garay, y por más penas que les ponian, era pregonar en balde, que no aprovechaba cosa ninguna; y algunos soldados que traian presos decian que ya habian llegado á la provincia de Pánuco y que no eran obligados á más le seguir, ni cumplir el juramento que le habia tomado, y ponian otras perentorias que decian que no era capitan el Garay para saber mandar, ni hombre de guerra.

Como vió el Garay que no aprovechaban pregones ni la buena diligencia que le parecia que ponian los capitanes de Cortés en traer sus soldados, estaba desesperado; pues viéndose desmamparado de todos, aconsejáronle los que venian por parte de Cortés que le escribiese luego al mismo Cortés, é que ellos serian intercesores con él para que volviese al rio de Palmas; y que tenian á Cortés por tan de buena condicion, que le ayudaria en todo lo que pudiese, y que el Pedro de Albarado y el Fraile serian fiadores dello; y luego el Garay escribió á Cortés, dándole relacion de su viaje y trabajos, que si su merced mandaba, que le iria á ver y comunicar cosas cumplideras al servicio de Dios y de su majestad, encomendándole su honra y estado, y que lo ordenase de manera que no fuese disminuida su honra; y tambien escribió fray Bartolomé y Pedro de Albarado, y el Diego de Ocampo y Gonzalo de Sandoval, suplicando al Cortés por las cosas del Francisco de Garay, para que en todo fuese ayudado, pues en los tiempos pasados habian sido grandes amigos; y Cortés, viendo aquellas cartas, tuvo lástima del Garay, y le respondió con mucha mansedumbre, y que le pesaba de todos sus trabajos, y que se venga á Méjico, que le promete que en todo lo que pudiere ayudar lo hará de muy buena voluntad, y que á la obra se remite; y mandó que por do quiera que viniese le hiciesen honra y le diesen todo lo que hubiese menester, y aun le envió al camino refresco; y cuando llegó á Tezcuco le tenian hecho un banquete; y llegado á Méjico, el mismo Cortés y muchos caballeros les salieron á recebir, y el Garay iba espantado de ver tantas ciudades, y más cuando vió la gran ciudad de Méjico; y luego Cortés lo llevó á sus palacios, que entónces nuevamente los hacia; y despues que se hubieron comunicado él y el Garay, el Garay le contó sus desdichas y trabajos, encomendándole que por su mano fuese remediado; y el mismo Cortés se le ofreció muy de voluntad, y fray Bartolomé y Pedro de Albarado y Gonzalo de Sandoval le fueron buenos medianeros; y de ahí á tres ó cuatro dias que hubo llegado, porque la amistad suya fuese más duradera y segura, trató fray Bartolomé que se casase una hija de Cortés, que se decia doña Catalina Cortés é Pizarro, que era niña, con un hijo de Garay, el mayorazgo, que traia consigo en la armada é le dejó por capitan de su armada; y Cortés vino en ello, y le mandó en dote con doña Catalina gran cantidad de pesos de oro, y que Garay fuese á poblar el rio de Palmas, é que Cortés le diese lo que hubiese menester para la poblacion y pacificacion de aquella provincia, y aun le prometió capitanes y soldados de los suyos, para que con ellos descuidase en las guerras que hubiese; y con estos prometimientos, y con la buena voluntad que Garay halló en Cortés, estaba muy alegre: yo tengo por cierto que así como lo habia capitulado y ordenado Cortés, lo cumpliria.

Dejemos esto del casamiento y de las promesas, y diré cómo en aquella sazon fué á posar el Garay en casa de un Alonso de Villanueva, porque Cortés hacia sus casas y palacio muy grandes, y de tantos patios, que era admiracion; y Alonso de Villanueva, segun pareció, habia estado en Jamáica cuando Cortés lo envió á comprar caballos, que esto no lo afirmo si era entónces ó despues; era muy grande amigo de Garay, y por el conocimiento pasado suplicó el Garay á Cortés para pasarse á las casas del Villanueva, y se le hacia toda la honra que podia, y todos los vecinos de Méjico le acompañaban.

Quiero decir cómo en aquella sazon estaba en Méjico Pánfilo de Narvaez, que es el que hubimos desbaratado, como dicho tengo otras veces, y fué á ver y hablar al Garay; abrazáronse el uno al otro, y se pusieron á platicar cada uno de sus trabajos y desdichas; y como el Narvaez era hombre que hablaba muy entonado, de plática en plática, medio riendo, le dijo el Narvaez:

—«Señor adelantado D. Francisco de Garay, hanme dicho ciertos soldados de los que le han venido huyendo y amotinados que solia decir vuesamerced á los caballeros que traia en su armada: «Mirad que hagamos como varones, y peleemos muy bien con estos soldados de Cortés, no nos tomen descuidados como tomaron á Narvaez;» pues, señor D. Francisco de Garay, á mí peleando me quebraron este ojo, y me robaron y me quemaron cuanto tenia, y hasta que me mataron el alférez y muchos soldados y prendieron mis capitanes, nunca me habian vencido tan descuidado como á vuesamerced le han dicho: hágole saber que otros más venturosos en el mundo no ha habido que Cortés; y tiene tales capitanes y soldados, que se podian nombrar tan en ventura cada uno en lo que tuvo entre manos como Octaviano, y en el vencer como Julio César, y en el trabajar y ser en las batallas más que Aníbal.»

Y el Garay respondia que no habia necesidad que se lo dijesen; que por las obras se veia lo que decia, y que ¿qué hombre hubo en el mundo que con tan pocos soldados se atreviese á dar con los navíos al través, y meterse en tan recios pueblos y grandes ciudades á les dar guerra? Y respondia Narvaez recitando otros grandes hechos de Cortés; y estuvieron el uno y el otro platicando en las conquistas desta Nueva-España como á manera de coloquio.

Y dejemos estas alabanzas que entre ellos se tuvo, y diré cómo Garay suplicó á Cortés por el Narvaez para que le diese licencia para volver á la isla de Cuba con su mujer, que se decia María de Valenzuela, que estaba rica de las minas y de los buenos indios que tenia el Narvaez; y demás de se lo suplicar el Garay á Cortés con muchos ruegos, la misma mujer de Narvaez se lo habia enviado á suplicar á Cortés por cartas, le dejase ir á su marido; porque, segun parece, se conocian cuando Cortés estaba en Cuba, y eran compadres; y Cortés le dió licencia y le ayudó con dos mil pesos de oro; y cuando el Narvaez tuvo licencia se humilló mucho á Cortés, con prometimientos que primero le hizo que en todo le seria servidor, y luego se fué á Cuba.

Dejemos de más platicar desto, y digamos en qué paró Garay y su armada; y es, que yendo una Noche de Navidad del año de 1523, juntamente con Cortés, á maitines, que los cantaron muy bien, y fray Bartolomé dijo lindamente la Misa del Gallo, despues de vueltos de la iglesia, almorzaron con mucho regocijo, y desde allí á una hora, con el aire que le dió al Garay, que estaba de ántes mal dispuesto, le dió dolor de costado con grandes calenturas; mandáronle los médicos sangrar y purgáronle, y desque vieron que arreciaba el mal, le dijeron á fray Bartolomé que le dijese á Garay que moria, que se confesase y que hiciese testamento; lo cual luego lo hizo fray Bartolomé, y le dijo como llegaba su acabamiento, que se dispusiese como buen cristiano y honrado caballero, é que no perdiese su ánima; ya que habia perdido la hacienda.

El Garay le respondió:

—«Teneis razon, Padre; yo quiero que me confeseis esta noche, y recibir el santo cuerpo de Jesucristo é hacer mi testamento.»

É cumpliólo muy honradamente; y desque hubo comulgado, hizo su testamento, y dejó por albaceas á Cortés y á fray Bartolomé de Olmedo; y luego, dende á cuatro dias que le dió el mal, dió el alma á Nuestro Señor Jesucristo, que la crió; y esto tiene la calidad de la tierra de Méjico, que en tres ó cuatro dias mueren de aquel mal de dolor de costado, que esto ya lo he dicho otra vez, y lo tenemos bien experimentado de cuando estábamos en Tezcuco y en Cuyoacan, que se murieron muchos de nuestros soldados.

Pues ya muerto Garay, perdónele Dios, amen, le hicieron muchas honras al enterramiento, y Cortés y otros caballeros se pusieron luto; y murió el Garay fuera de su tierra, en casa ajena y léjos de su mujer é hijos.

Dejemos de contar desto y volvamos á decir de la provincia del Pánuco, que, como el Garay se vino á Méjico, y sus capitanes y soldados, como no tenian cabeza ni quien les mandase, cada uno de los soldados que aquí nombraré, que el Garay traia en su compañía, se querian hacer capitanes; los cuales se decian, Juan de Grijalva, Gonzalo de Figueroa, Alonso de Mendoza, Lorenzo de Ulloa, Juan de Medina el tuerto, Juan de Villa, Antonio de la Cerda y un Tobarda; este Tobarda fué el más bullicioso de todos los del real de Garay; y sobre todos ellos quedó por capitan un hijo de Garay, que queria casar Cortés con su hija, y no le acataban ni hacian cuenta dél todos los que he nombrado ni ninguno de los de su capitanía; ántes se juntaban de quince en quince y de veinte en veinte, y se andaban robando los pueblos y tomando las mujeres por fuerza, y mantas y gallinas, como si estuvieran en tierra de moros, robando lo que se hallaban.

Y como aquello vieron los indios de aquella provincia, se concertaron todos á una de los matar, y en pocos dias sacrificaron y comieron más de quinientos españoles, y todos eran de los de Garay, y en pueblos hubo que sacrificaron más de cien españoles juntos; y por todos los demás pueblos no hacian sino, á los que andaban desmandados, matallos y comer y sacrificar; y como no habia resistencia, ni obedecian á los vecinos de la villa de Santi-Estéban, que dejó Cortés poblada, é ya que salian á les dar guerra, era tanta la multitud que salia de guerreros, que no se podian valer con ellos; y á tanto vino la cosa y atrevimiento que tuvieron, que fueron muchos indios sobre la villa, y la combatieron de noche y de dia de arte, que estuvo en gran riesgo de se perder; y si no fuera por siete ó ocho conquistadores viejos de los de Cortés, y por el capitan Vallejo, que ponian velas y andaban rondando y esforzando á los demás, ciertamente les entraran en su villa; y aquellos conquistadores dijeron á los demás soldados de Garay que siempre procurasen de estar juntamente con ellos, y que allí en el campo estaban muy mejor, y que allí los hallasen sus contrarios, y que no se volviesen á la villa; y así se hizo, y pelearon con ellos tres veces, y puesto que mataron al capitan Vallejo é hirieron otros muchos, todavía los desbarataron y mataron muchos indios dellos; y estaban tan furiosos todos los indios naturales de aquella provincia, que quemaron y abrasaron una noche cuarenta españoles, y mataron quince caballos, y muchos de los que mataron eran de los de Cortés, en un pueblo, y todos los demás fueron de los de Garay; y como Cortés alcanzó á saber estos destrozos que hicieron en esta provincia, tomó tanto enojo, que quiso volver en persona contra ellos, y como estaba muy malo de un brazo que se le habia quebrado, no pudo venir; y de presto mandó á Gonzalo de Sandoval que viniese con cien soldados y cincuenta de á caballo y dos tiros y quince arcabuceros y ballesteros, y le dió ocho mil tlascaltecas y mejicanos, y le mandó que no viniese sin que les dejase muy bien castigados, de manera que no se tornasen á alzar.

Pues como el Sandoval era muy ardidoso, y cuando le mandaban cosa de importancia no dormia de noche, no se tardó mucho en el camino, que con gran concierto da órden cómo habian de entrar y salir los de á caballo en los contrarios, porque tuvo aviso que le estaban esperando en dos malos pasos todas las capitanías de los guerreros de aquellas provincias; y acordó enviar la mitad de todo su ejército al un mal paso, y él se estuvo con la otra mitad de su compañía á la otra parte; y mandó á los escopeteros y ballesteros no hiciesen sino armar unos y soltar otros, y dar en ellos y hasta ver si los podria hacer poner en huida; y los contrarios tiraban mucha vara y flecha y piedra, é hirieron á muchos soldados y de nuestros amigos.

Viendo Sandoval que no les podia entrar, estuvieron en aquel mal paso hasta la noche, y envió á mandar á los demás que estaban en aquel otro mal paso que hiciesen lo mismo, y los contrarios nunca desmampararon sus puestos, é otro dia por la mañana, viendo Sandoval que no aprovechaba cosa estarse allí como habia dicho, mandó enviar á llamar á las demás capitanías que habia enviado al otro mal paso, é hizo que levantaba su real, y que se volvia camino de Méjico como amedrentado; y como los naturales de aquellas provincias que estaban juntos les pareció que de miedo se iban retrayendo, salen al camino, é iban siguiéndole dándole grita y diciéndole vituperios; y todavía el Sandoval, aunque más indios salian tras él, no volvia sobre ellos, y esto fué por descuidalles, para, como habian ya estado aguardando tres dias, volver aquella noche y pasar de presto con todo su ejército los malos pasos; é así lo hizo, que á media noche volvió y tomóles algo descuidados, y pasó con los de á caballo; y no fué tan sin grande peligro, que le mataron tres caballos é hirieron muchos soldados; y cuando se vió en buena tierra y fuera del mal paso con sus ejércitos, él por una parte y los demás de su capitanía por otra, dan en grandes escuadrones que aquella misma noche se habian juntado, desque supieron que volvió; y eran tantos, que el Sandoval tuvo recelo no le rompiesen y desbaratasen, y mandó á sus soldados que se tornasen á juntar con él para que peleasen juntos, porque vió y entendió de aquellos contrarios que como tigres rabiosos se venian á meter por las puntas de las espadas, y habian tomado seis lanzas á los de á caballo, como no eran hombres acostumbrados á la guerra; de lo cual Sandoval estaba tan enojado, que decia que valiera más que trajera pocos soldados de los que él conocia, y no los que trujo; y allí les mandó á los de á caballo de la manera que habian de pelear, que eran nuevamente venidos; y es, que las lanzas algo terciadas, y no se parasen á dar lanzadas, sino por los rostros y pasar adelante hasta que les hayan puesto en huida; y les dijo que vista cosa es que si se parasen á alancear, que la primera cosa que el indio hace desque está herido es echar mano de la lanza, y como les vean volver las espaldas, que entónces á media rienda les ha de seguir, y las lanzas todavía terciadas, y si les echaren mano de las lanzas, porque aun con todo esto no dejan de asir dellas, que para se las sacar de presto de sus manos, poner piernas al caballo, y la lanza bien apretada con la mano asida y debajo del brazo para mejor se ayudar y sacarla del poder del contrario, y si no la quisiere soltar, traerle arrastrando con la fuerza del caballo.

Pues ya que les estuvo dando órden cómo habian de batallar, y vió á todos sus soldados y de á caballo juntos, se fué á dormir aquella noche á orilla de un rio, y allí puso buenas velas y escuchas y corredores del campo; y mandó que toda la noche tuviesen los caballos ensillados, y asimismo ballesteros y escopeteros y soldados muy apercebidos; mandó á los amigos tlascaltecas y mejicanos que estuviesen sus capitanías algo apartadas de los nuestros, porque ya tenia experiencia de lo de Méjico; porque si de noche viniesen los contrarios á dar en los reales, que no hubiese estorbo ninguno en los amigos; y esto fué porque el Sandoval temió que vendrian, porque vió muchas capitanías de contrarios que se juntaban muy cerca de sus reales, y tuvo por cierto que aquella noche les habian de venir á combatir, é oia muchos gritos y cornetas é tambores muy cerca de allí; é segun entendian, habíanle dicho muchos amigos á Sandoval que decian los contrarios que para aquel dia cuando amaneciese habian de matar á Sandoval y á toda su compañía; y los corredores del campo vinieron dos veces á dar aviso que sentian que se apellidaban de muchas partes y se juntaban; y cuando fué dia claro Sandoval mandó salir á todas sus compañías con gran ordenanza, á los de á caballo les tornó á traer á la memoria como otras veces les habia dicho: íbanse por el camino adelante por unas caserías, adonde oian los atambores y cornetas; y no hubo bien andado medio cuarto de legua, cuando le salen al encuentro tres escuadrones de guerreros y le comenzaron á cercar; y como aquello vió, manda arremeter la mitad de los de á caballo por una parte y la otra mitad por la otra, y puesto que le mataron dos soldados de los nuevamente venidos de Castilla, y tres caballos, todavía les rompió de tal manera, que fué desde allí adelante matando é hiriendo en ellos, que no se juntasen como de ántes.

Pues nuestros amigos los mejicanos y tlascaltecas hacian mucho daño en todos aquellos pueblos, y prendieron mucha gente y abrasaron todos los pueblos que por delante hallaban, hasta que el Sandoval tuvo lugar de llegar á la villa de Sant-Estéban del Puerto, y halló los vecinos tales y tan debilitados, unos muy heridos y otros muy dolientes, y lo peor, que no tenian maíz que comer ellos y veinte y ocho caballos; y esto á causa que de noche y de dia les daban guerra, y no tenian lugar de traer maíz ni otra cosa ninguna, é hasta aquel mismo dia que llegó Sandoval no habian dejado de los combatir, porque entónces se apartaron del combate, y despues de haber ido todos los vecinos de aquella villa á ver y hablar al capitan Sandoval, y dalle gracias y loores por los haber venido en tal tiempo á socorrer, le contaron los de Garay que si no fuera por siete ó ocho conquistadores viejos de los de Cortés, que les ayudaron mucho, que corrian mucho riesgo sus vidas, porque aquellos ocho salian cada dia al campo y hacian salir los demás soldados, é resistian que los contrarios no los entrasen en la villa; y tambien porque, como lo capitaneaban é por su acuerdo se hacia todo, é habian mandado que los dolientes y heridos se estuviesen dentro en la villa, y que todos los demás aguardasen en el campo, y que de aquella manera se sostenian con los contrarios; y Sandoval les abrazó á todos, y mandó á los conquistadores, que bien los conocia, y aun eran sus amigos, en especial Fulano Navarrete y Carrascosa, y un Fulano de Alamilla y otros cinco, que todos eran de los de Cortés, que repartiesen entre ellos de los de á caballo y ballesteros y escopeteros que el Sandoval traia, é que por dos partes fuesen ó enviasen maíz é bastimento, é hiciesen guerra é prendiesen todas las más gentes que pudiesen, en especial caciques; y esto mandó el Sandoval porque él no podia ir, que estaba mal herido en un muslo, y en la cara tenia una pedrada, y asimismo entre los de su compañía traia otros muchos soldados heridos, y porque se curasen estuvo en la villa tres dias que no salió á dar guerra; porque, como habia enviado los capitanes ya nombrados, y conoció dellos que lo harian bien, y vió que de presto enviaron maíz y bastimento, con esto estuvo los tres dias; y tambien le enviaron muchas indias y gente menuda que habian preso, y cinco principales de los que habian sido capitanes en las guerras; y Sandoval les mandó soltar á todas las gentes menudas, excepto á los principales, y les envió á decir que desde allí adelante que no prendiesen si no fuesen á los que fueron en la muerte de los españoles, y no mujeres ni muchachos, y que buenamente les enviasen á llamar, é así lo hicieron; y ciertos soldados de los que habian venido con Garay, que eran personas principales, que el Sandoval halló en aquella villa, los cuales eran por quien se habia revuelto aquella provincia, que ya los he nombrado á todos los más dellos en el capítulo pasado, vieron que Sandoval no les encomendaba cosa ninguna para ir por capitanes con soldados, como mandó á los siete conquistadores viejos de los de Cortés, comenzaron á murmurar dél entre ellos, y aun convocaban á otros soldados á decir mal del Sandoval y de sus cosas, y aun ponian en pláticas de se levantar con la tierra, so color de que estaba allí con ellos el hijo de Francisco de Garay como adelantado della; y como lo alcanzó á saber el Sandoval, les habló muy bien y les dijo:

—«Señores, en lugar de lo tener á bien, como, gracias á Dios, os hemos venido á socorrer, me han dicho que decis cosas que para caballeros como sois no son de decir: yo no os quito vuestro ser y honra en enviar los que aquí hallé por caudillos y capitanes; y si hallara á vuesas mercedes que érades caudillos, harto fuera yo de ruin si les quitara el cargo.

»Queria saber una cosa: por qué no lo fuistes cuando estábades cercados. Lo que me dijistes todos á una es, que si no fuera por aquellos siete soldados viejos, que tuviérades más trabajo; y como sabian la tierra mejor que vuesas mercedes, por esta causa los envié: así que, señores, en todas nuestras conquistas de Méjico no mirábamos en estas cosas é puntos, sino en servir lealmente á su majestad; así, os pido por merced que desde aquí adelante lo hagais, é yo no estaré en esta provincia muchos dias, si no me matan en ella, que me iré á Méjico. El que quedare por teniente de Cortés os dará muchos cargos, é á mí me perdonad.»

Y con esto concluyó con ellos, y todavía no dejaron de tenelle mala voluntad; y esto pasado, luego otro dia sale Sandoval con los que trujo en su compañía de Méjico y con los siete que habia enviado, y tiene tales modos, que prendió hasta veinte caciques, que todos habian sido en la muerte de más de seiscientos españoles que mataron de los de Garay y de los que quedaron poblados en la villa de los de Cortés, y á todos los más pueblos envió á llamar de paz, y muchos dellos vinieron, y con otros disimulaba aunque no venian; y esto hecho, escribió muy en posta á Cortés dándole cuenta de todo lo acaecido, é qué mandaba que hiciese de los presos; porque Pedro de Vallejo, que dejó á Cortés por su teniente, era muerto de un flechazo, á quién mandaba que quedase en su lugar; y tambien le escribió que lo habian hecho muy como varones los soldados ya por mí nombrados; y como el Cortés vió la carta, se holgó mucho en que aquella provincia estuviese ya de paz; y en la sazon que le dieron la carta á Cortés estábanle acompañando muchos caballeros conquistadores é otros que habian venido de Castilla; é dijo Cortés delante dellos:

—«¡Oh Gonzalo de Sandoval! ¡en cuán gran cargo os soy, y cómo me quitais de muchos trabajos!»

Y allí todos le alabaron mucho, diciendo que era un muy extremado capitan, y que se podia nombrar entre los muy afamados.

Dejemos destas loas; y luego Cortés le escribió que, para que más justificadamente castigase por justicia á los que fueron en la muerte de tanto español y robos de hacienda y muertes de caballos, que enviaba al alcalde mayor Diego de Ocampo para que se hiciese informacion contra ellos, é lo que se sentenciase por justicia que lo ejecutase; y le mandó que en todo lo que pudiese les aplaciese á todos los naturales de aquella provincia, é que no consintiese que los de Garay ni otras personas ningunas los robasen ni les hiciesen malos tratamientos; y como el Sandoval vió la carta, y que venia el Diego de Ocampo, se holgó dello, y desde á dos dias que llegó el alcalde mayor Ocampo hicieron proceso contra los capitanes y caciques que fueron en la muerte de los españoles, y por sus confesiones, por sentencia que contra ellos pronunciaron, quemaron y ahorcaron ciertos dellos, é á otros perdonaron; y los cacicazgos dieron á sus hijos y hermanos, á quien de derecho les convenia.

Y esto hecho, el Diego de Ocampo parece ser traia instrucciones é mandamientos de Cortés para que inquiriese quién fueron los que entraban á robar la tierra é andaban en bandos y rencillas, y convocando á otros soldados que se alzasen, y mandó que les hiciese embarcar en un navío y los enviase á la isla de Cuba, y aun envió dos mil pesos para Juan de Grijalva si se queria volver á Cuba; é si quisiese quedar, que le ayudase y diese todo recaudo para venir á Méjico; é en fin de más razones, todos de buena voluntad se quisieron volver á la isla de Cuba, donde tenian indios, y les mandó dar mucho bastimento de maíz é gallinas é de todas las cosas que habia en la tierra, y se volvieron á sus casas é isla de Cuba; y esto hecho, nombraron por capitan á un Fulano de Vallecillo, é dieron la vuelta el Sandoval y el Diego de Ocampo para Méjico, y fueron bien recebidos de Cortés y de toda la ciudad, que temian todos algun mal desbaratamiento de los nuestros, y se alegraron y solazaron mucho cuando vieron venir á Sandoval con vitoria.

Y fray Bartolomé de Olmedo dijo á Cortés que se diesen loores á Dios; y ansí, se hizo una fiesta á nuestra Señora, y predicó muy santamente fray Bartolomé de Olmedo, y como buen letrado, que lo era el fraile; y dende en adelante no se tornó más á levantar aquella provincia.

Y dejemos de hablar más en ello, é digamos lo que le aconteció al licenciado Zuazo en el viaje que venia de Cuba á la Nueva España.

CAPÍTULO CLXIII.

CÓMO EL LICENCIADO ALONSO DE ZUAZO VENIA EN UNA CARABELA Á LA NUEVA-ESPAÑA, CON DOS FRAILES DE LA MERCED, AMIGOS DE FRAY BARTOLOMÉ DE OLMEDO, Y DIÓ EN UNAS ISLETAS QUE LLAMAN LAS VÍBORAS, É DE LA MUERTE DE UNO DE LOS FRAILES, Y LO QUE MÁS LE ACONTECIÓ.

Como ya he dicho en el capítulo pasado que hablé de cuando el licenciado Zuazo fué á ver á Francisco de Garay al pueblo Xagua, que es la isla de Cuba, cabe la villa de la Trinidad; y el Garay le importunó que fuese con él en su armada para ser medianero entre él y Cortés, porque bien entendido tenia que habia de tener diferencias sobre la gobernacion de Pánuco; y el Alonso de Zuazo le prometió que ansí lo haria en dando cuenta de la residencia del cargo que tuvo de justicia en aquella isla de Cuba, donde al presente vivia; y en hallándose desembarazado, luego procuró de dar residencia y hacerse á la vela é ir á la Nueva-España, adonde habia prometido, é llevó consigo dos frailes de la Merced, que se decia el uno fray Gonzalo de Pontevedra y el otro fray Juan Varillas, natural de Salamanca, é este era muy amigo del Padre fray Bartolomé de Olmedo, é habia pedido licencia á sus Prelados para ir en busca suya é le ayudar, é estaba con fray Gonzalo en Cuba á la ventura de si habia ocasion de ir con el fray Bartolomé; y el Zuazo que se decia pariente del fray Juan, le pidió se fuese con él, y se embarcaron en un navío chico, é yendo por su viaje, é salimos de la punta que llaman de Sant-Anton, y tambien se dice por otro nombre la tierra de los Gamatabeis, que son unos salvajes que no sirven á españoles; y navegando en su navío, que era de poco porte, ó porque el piloto erró la derrota, ó descayó con las corrientes, fué á dar en unas isletas que son entre unos bajos que llaman las Víboras, y no muy léjos destos bajos están otros que llaman los Alacranes, y entre estas isletas se suelen perder navíos grandes; y lo que le dió la vida á Zuazo fué ser su navío de poco porte.

Pues volviendo á nuestra relacion: porque pudiesen llegar con el navío á una isleta que vieron que estaba cerca, que no bañaba la mar, echaron muchos tocinos al agua, y otras cosas que traian para matalotaje, para aliviar el navío, para poder ir sin tocar en tierra hasta la isleta, y cargaron tantos tiburones á los tocinos, que á unos marineros que se echaron al agua á más de la cinta, los tiburones, encarnizados en los tocinos apañaron á un marinero dellos y le despedazaron y tragaron, y si de presto no se volvieran los demás marineros á la carabela, todos perecieran, segun andaban los tiburones, encarnizados en la sangre del marinero que mataron; pues lo mejor que pudieron allegaron con su carabela á la isleta, y como habian echado á la mar el bastimento y cazabe, y no tenian qué comer, y tampoco tenian agua que beber ni lumbre, ni otra cosa con que pudiesen sustentarse, salvo unos tasajos de vaca que dejaron de arrojar á la mar, fué ventura que traian en la carabela dos indios de Cuba, que sabian sacar lumbre con unos palicos secos que hallaron en la isleta adonde aportaron, é dellos sacaron lumbre, y cavaron en un arenal y sacaron agua salobre, y como la isleta era chica y de arenales, venian á ella á desovar muchas tortugas, é ansí como salian las trastornaban los indios de Cuba las conchas arriba; é suele poner cada una dellas sobre cien huevos tamaños como de patos; é con aquellas tortugas é muchos huevos tuvieron bien con que se sustentar trece personas que escaparon en aquella isleta; y tambien mataron los marineros que salian de noche al arenal los lobos marinos de la isleta, que fueron harto buenos para comer.

Pues estando desta manera, como en la carabela acertaron á venir dos carpinteros de ribera, y tenian sus herramientas, que no se les habian perdido, acordaron de hacer una barca para ir con ella á la vela, é con la tablazon é clavos, estopas é jarcias y velas que sacaron del navío que se perdió, hacen una buena barca como batel, en que fueron tres marineros é un indio de Cuba á la Nueva-España, y para matalotaje llevaron de las tortugas y los lobos marinos asados, y con agua salobre, y con la carta é aguja de marear, despues de se encomendar á Dios, fueron su viaje, é unas veces con buen tiempo é otras veces con contrario, llegaron al puerto de Calchocuca, que es el rio de Banderas, adonde en aquella sazon se descargaban las mercaderías que venian de Castilla, y dende allí fueron á Medellin, adonde estaba por teniente de Cortés un Simon de Cuenca; y como los marineros que venian en la barca le dijeron al teniente el gran peligro en que estaba el licenciado Alonso Zuazo, luego sin más dilacion el Simon de Cuenca buscó marineros é un navío de poco porte, y con mucho refresco, lo despachó á la isleta adonde estaba el Zuazo; y el Simon de Cuenca le escribió al mismo licenciado cómo Cortés se holgaria mucho con su venida, é ansimismo le hizo saber á Cortés todo lo acaecido, y cómo le envió el navío bastecido; de lo cual se holgó Cortés del buen aviamiento que el teniente hizo, y mandó que en aportando allí al puerto, que le diesen todo lo que hubiese menester, y vestidos y cabalgaduras, é que le enviasen á Méjico; y partió el navío, é fué con buen viaje á la isleta, con el cual se holgó el Zuazo y su gente.

Volvamos á decir cómo cuando llegó el navío se habia muerto en pocos dias, de no poder comer bocado de las viandas, el Fraile fray Gonzalo, de que habian habido gran pesar fray Juan é Zuazo; é habiéndole encomendado á Dios su alma, se embarcaron en él, y de presto con buen tiempo llegaron á Medellin, é se les hizo mucha honra, y fueron á Méjico, y Cortés les mandó salir á recebir, y les llevó á sus palacios y se regocijó con ellos, y le hizo su alcalde mayor al licenciado Alonso de Zuazo, y en esto paró su viaje.

Dejemos de hablar dello, y digo que esta relacion que doy, es por una carta que nos escribió á la villa de Guacalco Cortés al cabildo della, adonde declaraba lo por mí aquí dicho, é porque dentro en dos meses vino al puerto de aquella villa el mismo barco en que vinieron los marineros á dar aviso del Zuazo, é allí hicieron un barco del descargo de la misma barca, y los marineros nos lo contaban segun de la manera que aquí lo escribo.

Dejemos esto, y diré cómo Cortés envió á Pedro de Albarado á pacificar la provincia de Guatimala.

CAPÍTULO CLXIV.

CÓMO CORTÉS ENVIÓ Á PEDRO DE ALBARADO Á LA PROVINCIA DE GUATIMALA PARA QUE POBLASE UNA VILLA Y LOS TRAJESE DE PAZ, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Pues como Cortés siempre tuvo los pensamientos muy altos y de señorear, quiso en todo remedar á Alejandro Macedonio y con los muy buenos capitanes y extremados soldados que siempre tuvo, despues que se hubo poblado la gran ciudad de Méjico é Guaxaca é Zacatula é Colima é la Veracruz é Pánuco é Guacacualco, y tuvo noticia que en la provincia de Guatimala habia recios pueblos de mucha gente é que habia minas, acordó de enviar á la conquistar y poblar á Pedro de Albarado, é aun el mismo Cortés habia enviado á rogar á aquella provincia que viniesen de paz, é no quisieron venir; é dióle al Albarado para aquel viaje sobre trecientos soldados, y entre ellos ciento y veinte escopeteros y ballesteros, y más, le dió ciento y treinta y cinco de á caballo, cuatro tiros y mucha pólvora, y un artillero que se decia Fulano de Usagre, y sobre ducientos tlascaltecas y cholultecas, y cien mejicanos, que iban sobresalientes.

Fray Bartolomé de Olmedo, que era amigo grande de Albarado, le demandó licencia á Cortés para irse con él é predicar la fe de Jesucristo á los de Guatimala; mas Cortés, que tenia con el fraile siempre harta comunicacion, decia que no, y que iria con Albarado un buen clérigo que habia venido de España con Garay, é que tuviese voluntad de quedarse para predicar la pascua del Nacimiento de Jesucristo; mas el fraile tanto le cansó, que se hubo de ir con Albarado, aunque con poca voluntad de Cortés, que siempre con él hablaba de todos los negocios.

Y despues de dadas las instrucciones en que le mandaba á Albarado que con toda diligencia procurase de los atraer de paz sin darles guerra, é que con ciertas lenguas que llevaba les predicase fray Bartolomé de Olmedo las cosas tocantes á nuestra santa fe, é que no les consintiese sacrificios ni sodomías ni robarse unos á otros, é que las cárceles é redes que hallase hechas, adonde suelen tener presos indios á engordar para comer, que las quebrase y que los saquen de las prisiones, y que con amor y buena voluntad los atraya á que dén la obediencia á su Majestad, y en todo se les hiciese buenos tratamientos, entónces fray Bartolomé de Olmedo pidió que se fuese con ellos el clérigo ya por mí arriba memorado, que vino con Garay para que le ayudase, y el clérigo era bueno, y Cortés se le dió y dijo que fuese en buen hora.

Pues ya despedido el Pedro de Albarado de Cortés y de todos los caballeros amigos suyos que en Méjico habia, y se despidieron los unos de los otros, partió de aquella ciudad en 13 dias del mes de Diciembre de 1523 años, y mandóle Cortés que fuese por unos peñoles que cerca del camino estaban alzados en la provincia de Guantepeque, los cuales peñoles trajo de paz; llámanse el peñol de Güelamo, que era entónces de la encomienda de un soldado que se dice Güelamo; y dende allí fué á Tecuantepeque, pueblo grande, y son zapotecas, y le recibieron muy bien, porque estaban de paz, é ya se habian ido de aquel pueblo, como dicho tengo en el capítulo pasado que dello habla, á Méjico, y dado la obediencia á su Majestad é á ver á Cortés, y aun le llevaron un presente de oro; y dende Tecuantepeque fué á la provincia de Soconusco, que era en aquel tiempo muy poblada de más de quince mil vecinos, y tambien le recibieron de paz y le dieron un presente de oro y se dieron por vasallos de su Majestad.

Y dende Soconusco llegó cerca de otras poblaciones que se dicen Zapotitlan, y en el camino, en una puente de un rio que hay allí un mal paso, halló muchos escuadrones de guerreros que le estaban aguardando para no dejalle pasar, y tuvo una batalla con ellos, en que le mataron un caballo é hirieron muchos soldados, y uno murió de las heridas; y eran tantos los indios que se habian juntado contra Albarado, no solamente los de Zapotitlan, sino de otros pueblos comarcanos, que por muchos dellos que herian, no los podian apartar, y por tres veces tuvieron rencuentros, y quiso nuestro Señor Dios que los venció y le vinieron de paz; y dende Zapotitlan iba camino de un recio pueblo que se dice Quetzaltenango, y ántes de llegar á él tuvo otros rencuentros con los naturales de aquel pueblo y con otros sus vecinos, que se dice Utatlan, que era cabecera de ciertos pueblos que están en su contorno á la redonda del Quetzaltenango, y en ellos le hirieron ciertos soldados, puesto que el Pedro de Albarado y su gente mataron é hirieron muchos indios.

Y luego estaba una mala subida de un puerto que dura legua y media, y con ballesteros y escopeteros y todos sus soldados puestos en gran concierto, lo comenzó á subir, y en la cumbre del puerto hallaron una india gorda que era hechicera, y un perro de los que ellos crian, que son buenos para comer, que no saben ladrar, sacrificados, que es señal de guerra; y más adelante halló tanta multitud de guerreros que le estaban esperando, y le comenzaron á cercar; y como eran los pasos malos y en sierra muy agra, los de á caballo no podian correr ni revolver ni aprovecharse dellos; mas los ballesteros y escopeteros y soldados de espada y rodela tuvieron reciamente con ellos pié con pié, y fueron peleando las cuestas y puerto abajo, hasta llegar á unas barrancas, donde tuvo otra muy reñida escaramuza con otros muchos escuadrones de guerreros que allí en aquellas barrancas esperaban, y era con un ardid que entre ellos tenian acordado, y fué desta manera: que, como fuese el Pedro de Albarado peleando, hacian que te iban retrayendo, y como les fuese siguiendo hasta donde le estaban esperando sobre seis mil indios guerreros, y estos eran de los de Utatlan y de otros pueblos sus sujetos, que allí los pensaban matar; y Pedro de Albarado y todos sus soldados pelearon con ellos con grande ánimo, y los indios le hirieron tres soldados y dos caballos, mas todavía les venció y puso en huida; y no fueron muy léjos, que luego se tornaron á juntar y rehacer con otros escuadrones, y tornaron á pelear como valientes guerreros, creyendo desbaratar al Pedro de Albarado y á su gente; é fué cabe una fuente, adonde le aguardaron de arte, que se venian ya pié con pié con los de Pedro de Albarado, y muchos indios hubo dellos que aguardaron dos ó tres juntos á un caballo, y se ponian á fuerzas para derrotalle, é otros los tomaban de las colas; y aquí se vió el Pedro de Albarado en gran aprieto, porque como eran muchos los contrarios, no podian sustentar á tantas partes de los escuadrones que les daban guerra á él y todos los suyos; y como hubieron gran coraje con el ánimo que les daba fray Bartolomé de Olmedo, diciéndoles que peleasen con intencion de servir á Dios y extender su santa fe, que él les ayudaria, y que habian de vencer ó morir sobre ello; é con todo, temian no los desbaratasen, porque se vieron en gran aprieto; y danles una mano con las escopetas y ballestas, y á buenas cuchilladas les hicieron que se apartasen algo.

Pues los de á caballo no estaban de espacio, sino alancear y atropellar y pasar adelante, hasta que los hubieron desbaratado, que no se juntaron en aquellos tres dias; é como vió que ya no tenia contrarios con quien pelear, se estuvo en el campo sin ir á poblado, rancheando y buscando de comer; y luego se fué con todo su ejército al pueblo de Quetzaltenango, y allí supo que en las batallas pasadas les habia muerto dos capitanes señores de Utatlan: y estando reposando y curando los heridos, tuvo aviso que venia otra vez contra él todo el poder de aquellos pueblos comarcanos, y se habian juntado más de dos xiquipiles, que son diez y seis mil indios; que cada xiquipil son ocho mil guerreros, é que venian con determinacion de morir todos ó vencer; y como el Pedro de Albarado lo supo, se salió con su ejército en un llano, y como venian tan determinados los contrarios, comenzaron á cercar el ejército de Pedro de Albarado y tirar vara, flecha y piedra y con lanzas, y como era muy llano y podian muy bien correr á todas partes los caballos, dan en los escuadrones contrarios de tal manera, que de presto les hizo volver las espaldas; aquí le hirieron muchos soldados é un caballo, y segun pareció, murieron ciertos indios principales, ansí de aquel pueblo como de toda aquella tierra; por manera que dende aquella vitoria ya temian aquellos pueblos mucho á Albarado, y concertaron toda aquella comarca de le enviar á demandar paces, é le trajeron un presente de oro de poca valía porque acetase las paces, é fué con acuerdo de todos los caciques de aquella provincia, porque otra vez se tornaron á juntar muchos más guerreros que de ántes; y les mandaron á sus guerreros que secretamente estuviesen entre las barrancas de aquel pueblo de Utatlan, y que si enviaban á demandar paces, era que, como el Pedro de Albarado y su ejército estaba en Quetzaltenango haciendo entradas y corredurias, é siempre traian presa de indios é indias, y por llevalle á otro pueblo muy fuerte y cercado de barrancas, que se dice Utatlan, para que cuando le tuviesen dentro y en parte que ellos creian aprovecharse dél y de sus soldados, dar en ellos con los guerreros que ya estaban aparejados y escondidos para ello.

Volvamos á decir cómo fueron con el presente delante de Pedro de Albarado muchos principales; y despues de hecha su cortesía á su usanza, le demandaron perdon por las guerras pasadas, ofreciéndose por vasallos de su Majestad, y le ruegan que porque su pueblo es grande, está en parte más apacible donde le puedan servir, é junto á otras poblaciones, que se vaya con ellos á él.

Y el Pedro de Albarado los recibió con mucho amor, y no entendió las cautelas que traian; y despues de les haber respondido el mal que habian hecho en salir de guerra, aceptó sus paces, é otro dia por la mañana fué con su ejército con ellos á Utatlan, que ansí se dice el pueblo, é desque hubo entrado dentro é vieron una casa tan fuerte, porque tenia dos puertas, y la una dellas tenia veinte y cinco escalones ántes de entrar en el pueblo, y la otra puerta con una calzada que era muy mala y deshecha por todas partes, y las casas muy juntas y las calles muy angostas, y en todo el pueblo no habia mujeres ni gente menuda, cercado de barrancas, é de comer no les proveian sino mal y tarde, y los caciques muy demudados en los parlamentos, avisaron al Pedro de Albarado unos indios de Quetzaltenango que aquella noche los querian matar á todos en aquellos pueblos si allí se quedaban, é que tenian puestos entre las barrancas muchos escuadrones de guerreros para en viendo arder las casas juntarse con los de Utatlan, dar en nosotros los unos por una parte é los otros por otra, é con el fuego é humo no se podrian valer, é que entónces los quemarian vivos; y como el Pedro de Albarado entendió el gran peligro en que estaban, de presto mandó á sus capitanes é á todo su ejército que sin más tardar se saliesen al campo, y les dijo el peligro que tenian; y como lo entendieron, no tardaron de se ir á lo llano cerca de unas barrancas, porque en aquel tiempo no tuvieron más lugar de salir á tierra llana de en medio de tan recios pasos; é á todo esto el Pedro de Albarado mostraba buena voluntad á los caciques y principales de aquel pueblo y de otros comarcanos, y les dijo que porque los caballos eran acostumbrados de andar paciendo en el campo un rato del dia, que por esta causa se salió del pueblo, porque estaban muy juntas las casas y calles; y los caciques estaban muy tristes porque ansí los vieron salir; é ya el Pedro de Albarado no pudo más disimular la traicion que tenian urdida, y sobre ello y sobre los escuadrones que tenia juntos en las barrancas mandó prender al cacique de aquel pueblo y por justicia le mandó quemar.

Fray Bartolomé de Olmedo pidió á Albarado que queria ver si podria enseñarle y predicarle la fe de Cristo para le bautizar; y el Fraile pidió un dia de término, y no lo hizo en dos; pero al fin quiso Jesucristo que el cacique se hizo cristiano, y le bautizó el Fraile, y pidió á Albarado que no le quemasen, sino que le ahorcasen, y el Albarado se lo concedió, y dió el señorío á su hijo, y luego se salió á tierra llana fuera de las barrancas, y tuvo guerra con los escuadrones que tenian aparejados para el efeto que he dicho; y despues que hubieron probado sus fuerzas y la mala voluntad con los nuestros, fueron desbaratados.

Y dejemos de hablar de aquesto, y digamos cómo en aquella sazon en un gran pueblo que se dice Guatimala se supo las batallas que Pedro de Albarado habia habido despues que entró en la provincia, y en todas habia sido vencedor, y que al presente estaba en tierra de Utatlan, y que dende allí hacia entradas y daba guerras á muchos pueblos; y segun pareció, los de Utatlan y sus sujetos eran enemigos de los de Guatimala, é acordaron los de Guatimala de enviar mensajeros con presentes de oro á Pedro de Albarado, y darse por vasallos de su majestad; y enviaron á decir que si habian menester algun servicio de sus personas para aquellas guerras, que ellos vendrian; y el Pedro de Albarado los recibió de buena voluntad, y les envió á dar muchas gracias por ello; y para ver si era como se lo decian, y como no sabia la tierra, para que le encaminasen les envió á demandar dos mil guerreros, y esto por causa de muchas barrancas y pasos malos que estaban cortados porque no pudiesen pasar los nuestros, para que si fuesen menester los adobasen, y llevar el fardaje; y los de Guatimala se los enviaron luego con sus capitanes; y Pedro de Albarado estuvo en la provincia de Utatlan siete ú ocho dias haciendo entradas, y eran de los pueblos rebelados que habian dado la obediencia á su majestad, y despues de dada se tornaban á alzar, y herraron muchos esclavos é indias, y pagaron el real quinto, y los demás repartieron entre los soldados; y luego se fué á la ciudad de Guatimala, y fué bien recibido y hospedado; y desque fueron allí llegados, le contaba Albarado á fray Bartolomé de Olmedo y á los capitanes suyos que nunca tan apretado se habia visto como en batallar con los de Utatlan, é que eran corajudos é buenos guerreros, y que se habian hecho buena hacienda, mas fray Bartolomé de Olmedo le replicó que Dios le habia hecho, é que para que tuviese por bien é pluguiese de les ayudar en adelante, que no seria malo darle gracias y hacer fiesta á Dios y á su Madre, é que la gente oyese Misa y que él predicase á los indios; dijo Albarado y todos los capitanes:

—«Esa es la verdad, Padre; hágase una fiesta á la Vírgen.»

É se aparejó un altar, é confesaron en dia y medio todos, é los comulgó fray Bartolomé de Olmedo, é despues de la Misa predicó, é habia allí muchos indios, é les declaró muchas cosas de nuestra santa fe, porque dijo muy buenas teologías, que el Fraile dicen que la sabia; y le plugo á Dios que más de treinta indios quisiesen ser bautizados, é los bautizó de allí á dos dias el Fraile, é estaban otros deseando bautizarse, por ver como hablaban é comunicaban más los nuestros con los bautizados é no con ellos, é todos generalmente estaban con alegría con Albarado; y los caciques de aquella ciudad le dijeron que muy cerca de allí habia unos pueblos junto á una laguna, é que tenian un peñol muy fuerte; é que eran sus enemigos é que les daban guerra, y que bien sabian los de aquel pueblo que no estaban léjos é cómo estaba allí el Pedro de Albarado, y que no venian á dar la obediencia como los demás pueblos, y que eran muy malos y de malas condiciones; el cual pueblo se dice Atitlan; y el Pedro de Albarado les envió á rogar que viniesen de paz y que serian dél muy bien tratados, y otras blandas palabras; y la respuesta que enviaron fué, que maltrataron los mensajeros, y viendo que no aprovechaban, tornó á enviar otros embajadores para les traer de paz, porque tres veces les envió á traer de paz, y todas tres les maltrataron de palabra; y fué Pedro de Albarado en persona á ellos, y llevó sobre ciento y cuarenta soldados, y entre ellos veinte ballesteros y escopeteros y cuarenta de á caballo, y con dos mil guatimaltecas; é cuando llegó junto al pueblo les tornó á requerir con la paz, y no le respondieron sino con arcos y flechas, que comenzaron á flechar; y cuando aquello vió, que no llegó muy léjos de allí y estaba dentro del agua, sálenle al encuentro dos buenos escuadrones de indios guerreros con grandes lanzas y buenos arcos y flechas, y con otras muchas armas y coseletes, y tañendo sus atabales, y con sus penachos y divisas, y peleó con ellos buen rato, é hubo muchos heridos de los soldados; mas no tardaron mucho en el campo los contrarios, que luego fueron huyendo á acogerse al peñol, y el Pedro de Albarado con sus soldados tras ellos, y de presto les ganó el peñol, y hubo muchos muertos y heridos, é más hubiera si no se echaran todos al agua; y se pasaron á una isleta, y entónces saquearon las casas que estaban pobladas junto á la laguna; y se salieron á un llano adonde habia muchos maizales, y durmió allí aquella noche.

Otro dia de mañana fueron al pueblo de Atitlan, que ya he dicho que ansí se dice, y estaba despoblado; y entónces mandó que corriesen la tierra é las güertas de cacaguatales, que tenian muchas, é trajeron presos dos principales de aquel pueblo, y el Pedro de Albarado les envió luego aquellos principales, con los que estaban presos del dia ántes, á rogar á los demás caciques vengan de paz, y que les dará todos los prisioneros, y que serán dél muy bien mirados y honrados, y que si no vienen, que les dará guerra como á los de Quetzaltenango é Utatlan, é les cortará sus árboles de cacaguatales y hará todo el daño que pudiere; en fin de más razones, con estas palabras y amenazas luego vinieron de paz y trajeron un presente de oro, y se dieron por vasallos de su majestad, y luego el Pedro de Albarado y su ejército se volvió á Guatimala; é se ocupaba el fray Bartolomé de Olmedo en predicarles la santa fe á los indios, decia Misa en un altar que hicieron, en que pusieron una cruz, que la adoraban ya los indios, como miraban que nosotros la adorábamos; é tambien puso el Fraile una imágen de la Vírgen que habia traido Garay é se la dió cuando muriera; era pequeña, mas muy hermosa, é los indios se enamoraban della, y el Fraile les decia quién era, y ellos la adoraban; é estando algunos dias sin hacer cosa más de lo por mí memorado, vinieron de paz todos los pueblos de la comarca, y otros de la costa del Sur, que se llaman los pipiles; y muchos de aquellos pueblos que vinieron de paz se quejaron que en el camino por donde venian estaba una poblacion que se dice Izcuintepeque, y que eran malos, y que no les dejaban pasar por su tierra y les iban á saquear sus pueblos, y dieron otras muchas quejas dellos; y el Pedro de Albarado los envió á llamar de paz, y no quisieron venir, ántes enviaron á decir muy soberbias palabras; é acordó de ir á ellos con todos los más soldados que tenia, y de á caballo y escopeteros y ballesteros, y muchos amigos de Guatimala, y sin ser sentidos, da una mañana sobre ellos, en que se hizo mucho daño y presa, que valiera más que nunca se hiciera, sino conforme á justicia; que fué mal hecho y no conforme á lo que su majestad mandó.

É ya que hemos hecho relacion de la conquista y pacificacion de Guatimala y sus provincias, y muy cumplidamente lo dice en una memoria que dello tiene hecha un vecino de Guatimala, deudo de los Albarados, que se dice Gonzalo de Albarado, lo cual verán más por extenso, si yo en algo aquí faltare, y esto digo porque no me hallé en estas conquistas hasta que pasamos por aquestas provincias, estando todo de guerra, en el año de 1524 años, é fué cuando veniamos de las Higueras é Honduras con el capitan Luis Marin, que nos volvimos para Méjico; y más digo, que tuvimos en aquella sazon con los de Guatimala algunos rencuentros de guerra, y tenian hechos muchos hoyos y cortados en pasos malos pedazos de sierras para que no pudiésemos pasar con las grandes barrancas; y aun entre un pueblo que se dice Iuanazagapa y Petapa, en unas quebradas hondas estuvimos allí detenidos guerreando con los naturales de aquella tierra dos dias, que no podiamos pasar un mal paso; y entónces me hirieron de un flechazo, mas fué poca cosa, y pasamos con harto trabajo, porque estaban en el paso muchos guerreros guatimaltecas y de otros pueblos; y porque hay mucho que decir, y por fuerza tengo de traer á la memoria algunas cosas en su tiempo y lugar, y esto fué en el tiempo que hubo fama que Cortés era muerto y todos los que con él fuimos á las Higueras, lo dejaré por agora, y digamos de la armada que Cortés envió á las Higueras y Honduras.

Tambien digo que esta provincia de Guatimala no eran guerreros los indios, porque no esperaban sino en barrancas, y con sus flechas no hacian nada, y no aguardaban á que los rompieran en campo llano.

CAPÍTULO CLXV.

CÓMO CORTÉS ENVIÓ UNA ARMADA PARA QUE PACIFICASE Y CONQUISTASE AQUELLAS PROVINCIAS DE HIGUERAS Y HONDURAS, ENVIÓ POR CAPITAN DELLA Á CRISTÓBAL DE OLÍ, Y LO QUE PASÓ DIRÉ ADELANTE.

Como Cortés tuvo nueva que habia ricas tierras y buenas minas en lo de Higueras é Honduras, é aun le hicieron creer unos pilotos que habian estado en aquel paraje ó bien cerca dél, que habian hallado unos indios pescando en la mar y que les tomaron las redes, é que las plomadas que en ellas traian para pescar que eran de oro revuelto con cobre; y le dijeron que creyeron que habia por aquel paraje estrecho, y que pasaban por él de la banda del Norte á la del Sur; y tambien, segun entendimos, su majestad le encargó y mandó á Cortés por cartas, que en todo lo que descubriese mirase é inquiriese con grande diligencia y solicitud de buscar el estrecho ó puerto ó paraje para la especería, agora sea por lo del oro ó por buscar el estrecho; Cortés acordó de enviar por capitan de aquella jornada á un Cristóbal de Olí, que fué maestre de campo en lo de Méjico, lo uno porque le via hecho de su mano, y era casado con una portuguesa que se decia doña Filipa de Araujo (ya le he nombrado otras veces), y tenia el Cristóbal de Olí buenos indios de repartimiento cerca de Méjico, creyendo que le seria fiel y haria lo que le encomendase, y porque para ir por tierra tan largo viaje era grande inconveniente y trabajo y gasto, acordó que fuese por la mar, porque no era tan grande estorbo é costa, y dióle cinco navíos y un bergantin muy bien artillados, y con mucha pólvora y bien bastecidos, y dióle trecientos y setenta soldados, y en ellos cien ballesteros y escopeteros y veinte y dos caballos, y entre estos soldados fueron cinco conquistadores de los nuestros, que pasaron con el mismo Cortés la primera vez, habiendo servido á su majestad muy bien en todas las conquistas, y tenian ya sus casas y reposo; y esto digo ansí, porque no aprovechaba cosa decir á Cortés:

—«Señor, déjame descansar, que harto estoy de servir;» que les hacia ir adonde mandaba por fuerza.

É llevó consigo á un Briones, natural de Salamanca, é habia sido capitan de bergantines y soldado en Italia, y este Briones era muy bullicioso y enemigo de Cortés; y llevó otros muchos soldados que no estaban bien con Cortés porque no les dió buenos repartimientos de indios ni las partes del oro, y le querian muy mal; y en las instrucciones que Cortés le dió fué, que dende el puerto de la Villa-Rica fuese su derrota á la Habana, y que allí en la Habana hallaria á un Alonso de Contreras, soldado viejo de Cortés, natural de Orgaz, que llevó seis mil pesos de oro para que comprase caballos y cazabe é puercos y tocinos, y otras cosas pertenecientes para el armada; el cual soldado envió Cortés adelante de Cristóbal de Olí por causa de que si verian ir el armada los vecinos de la Habana encarecian los caballos y todos los demás bastimentos; y mandó al Cristóbal de Olí que en llegando á la Habana tomase los caballos que estuviesen comprados, y de allí fuese su derrota para Higueras, que era buena navegacion y muy cerca, y le mandó que buenamente, sin haber muertes de indios, cuando hubiese desembarcado procurase poblar una villa en algun buen puerto, é que á los naturales de aquellas provincias los trajese de paz, y buscase oro y plata, y que procurase de saber é inquirir si habia estrecho, ó qué puertos habia por la banda del Sur, si allá pasase; y le dió dos clérigos, que el uno dellos sabia la lengua mejicana, y le encargó que con diligencia les predicasen las cosas de nuestra santa fe, y que no consintiesen sodomías ni sacrificios, sino que buena y mansamente se los desabrigasen; y le mandó que todas las casas de madera adonde tenian indios é indias á engordar, encarcelados, para comer, que se las quebrasen, y soltasen los tristes encarcelados; y le mandó que en todas partes pusiesen cruces, y le dió muchas imágenes de Nuestra Señora para que pusiese en los pueblos, y le dijo estas palabras:

—«Mira, hijo Cristóbal de Olí, desa manera lo procurad hacer.»

Y despues de abrazados y despedidos con mucho amor y paz, se despidió el Cristóbal de Olí de Cortés y de toda su casa, y fué á la Villa-Rica, donde estaba toda su armada muy á punto, y en ciertos dias del mes é año que no me acuerdo, se embarcó con todos sus soldados, y con buen tiempo llegó á la Habana, y halló los caballos comprados y todo lo demás de bastimentos, y cinco soldados, que eran personas de calidad, de los que habia echado de Pánuco Diego de Ocampo, porque era muy bandolero y bullicioso; y á estos soldados ya los he nombrado algunos dellos cómo se llamaban, en el capítulo pasado cuando la pacificacion de Pánuco, y por esta causa los dejaré ahora de nombrar; y estos soldados aconsejaron al Cristóbal de Olí, pues que habia fama de tierra rica donde iba, y llevaba buena armada, bien bastecida, y muchos caballos y soldados, que se alzase desde luego á Cortés, y que no le conociese dende allí por superior ni le acudiese con cosa ninguna.

El Briones, otra vez por mí nombrado, se lo habia dicho muchas veces secretamente al Cristóbal de Olí sobre el caso, é al gobernador de aquella isla, que ya he dicho otras muchas veces que se decia Diego Velazquez, enemigo mortal de Cortés; y el Diego Velazquez vino donde estaba la armada, y lo que se concertaron fué, que entre él y Cristóbal de Olí tuviesen aquella tierra de Higueras y Honduras por su majestad, y en su real nombre Cristóbal de Olí, y que el Diego Velazquez le proveeria de lo que hubiese menester, é haria sabidor dello en Castilla á su majestad para que le trujesen la gobernacion; y desta manera se concertó la compañía del armada; y quiero decir la condicion y presencia de Cristóbal de Olí: era valiente por su persona, así á pié como á caballo; era extremado varon, mas no era para mandar, sino para ser mandado, y era de edad de treinta y seis años, natural de cerca de Baeza ó Linares, y su presencia y altor era de buen cuerpo y membrudo y de grande espalda, bien entallado é algo rubio, y tenia muy buena presencia en el rostro, y traia el bezo de bajo siempre como hendido á manera de grieta; en la plática hablaba algo gordo y espantoso, y era de buena conversacion, y tenia otras buenas condiciones de ser franco, y era al principio cuando estaba en Méjico gran servidor de Cortés, sino que esta ambicion de mandar y no ser mandado le cegó, y con los malos consejeros, y tambien como fué criado en casa de Diego Velazquez cuando mozo, y fué lengua de la isla de Cuba, reconoció el pan que en su casa habia comido, aunque más obligado era á Cortés que no á Diego Velazquez.

Pues ya hecho este concierto con Diego Velazquez, vinieron en compañía con el Cristóbal de Olí muchos vecinos de la isla de Cuba, especialmente los que he dicho que fueron en aconsejarle que se alzase.

Y de que no tenia más en qué entender en aquella isla, en los navíos metido todo su matalotaje, mandó alzar velas á toda su armada, fué á desembarcar con buen tiempo obra de quince leguas adelante, á puerto de Caballos, en una comba, y allegó á 3 de Mayo: á esta causa nombró á una villa Triunfo de la Cruz; é hizo nombramiento de alcaldes y regidores á los soldados que Cortés le habia mandado cuando estaba en Méjico que honrase y diese cargos, y tomó la posesion de aquellas tierras por su majestad, y de Hernando Cortés en su Real nombre, é hizo otros votos que convenian; y todo esto que hacia era porque los amigos de Cortés no entendiesen que iba alzado, para ver si pudiese hacer dellos buenos amigos de que alcanzasen á saber las cosas, y tambien que no sabia si acudiria la tierra tan rica y de buenas minas como decian; y tiró á dos hitos, como dicho tengo: el uno, que si habia buenas minas y la tierra muy poblada, alzarse con ella; y el otro, que si no acudiese tan buena, volver á Méjico á su mujer y repartimientos, y desculparse con Cortés con decille que la compañía que hizo con Diego Velazquez fué porque le diese bastimentos y soldados, y no acudirle en cosa ninguna; é que bien lo podia ver, pues tomó la posesion por Cortés, y esto tenia en el pensamiento, segun muchos de sus amigos dijeron, con quien él habia comunicado.

Dejémosle ya poblado el Triunfo de la Cruz, que Cortés nunca supo cosa ninguna hasta más de ocho meses.

Y porque por fuerza tengo volver otra vez á hablar en él, lo dejaré ahora, y diré lo que nos acaeció en Guacacualco, y cómo Cortés me envió con el capitan Luis Marin á pacificar la provincia de Chiapa.

CAPÍTULO CLXVI.

CÓMO LOS QUE QUEDAMOS POBLADOS EN GUACACUALCO SIEMPRE ANDÁBAMOS PACIFICANDO LAS PROVINCIAS QUE SE NOS ALZABAN, Y CÓMO CORTÉS MANDÓ AL CAPITAN LUIS MARIN QUE FUESE Á CONQUISTAR É Á PACIFICAR LA PROVINCIA DE CHIAPA, Y ME MANDÓ QUE FUESE CON ÉL, Y Á FRAY JUAN DE LAS VARILLAS, El PARIENTE DE ZUAZO, FRAILE MERCENARIO, Y LO QUE EN LA PACIFICACION PASÓ.

Pues como estábamos poblados en aquella villa de Guacacualco muchos conquistadores viejos y personas de calidad, y teniamos grandes términos repartidos entre nosotros, que era la misma provincia de Guacacualco é Citla, é lo de Tabasco é Cimatan é Chotalpa, y en las sierras arriba lo de Cachula é Zoque é Quilenes, hasta Cinacatan, é Chamula, é la ciudad de Chiapa de los indios, y Papanaustla é Pinula, y hácia la banda de Méjico la provincia de Xaltepeque y Guazpaltepeque é Chinanta é Tepeca, y otros pueblos, y como al principio todas las provincias que habia en la Nueva-España las más dellas se alzaban cuando les pedian tributo, y aun mataban á sus encomenderos, y á los españoles que podian tomar á su salvo los acapillaban, así nos aconteció en aquella villa, que casi no quedó provincia que todos no se nos rebelaron; y á esta causa siempre andamos de pueblo en pueblo con una capitanía, atrayéndolos de paz; y como los de Cimatan no querian venir de paz á la villa ni obedecer su mandamiento, acordó el capitan Luis Marin que por no enviar capitanía de muchos soldados contra ellos, que fuésemos cuatro vecinos á los traer de paz; yo fuí el uno dellos, y los demás se llamaban Rodrigo de Enao, natural de Ávila, y un Francisco Martin, medio vizcaino, y el otro se decia Francisco Jimenez, natural de Inguijuela de Extremadura; y lo que nos mandó el capitan fué, que buenamente y con amor los llamásemos de paz, y que no les dijésemos palabras de que se enojasen.

É yendo que íbamos á su provincia, que son las poblaciones entre grandes ciénagas y caudalosos rios, é ya que llegábamos á dos leguas de su pueblo, les enviamos mensajeros á decir cómo íbamos, y la respuesta que dieron fué, que salen á nosotros tres escuadrones de flecheros y lanceros, que á la primera refriega mataron dos de nuestros compañeros, é á mí me dieron la primera herida de un flechazo en la garganta, que con la sangre que me salia, é en aquel tiempo no podia apretallo ni tomar la sangre, estuvo mi vida en harto peligro; pues el otro mi compañero que estaba por herir, que era el Francisco Martin, puesto que yo y él siempre haciamos cara é heriamos algunos contrarios, acordó de tomar las de Villadiego y acogerse á unas canoas que estaban cabe un rio que se decia Macapa; y como yo quedaba solo y mal herido, porque no me acabasen de matar, é sin sentido é poco acuerdo, me metí entre unos matorrales, y volviendo en mí, con fuerte corazon dije:

—«¡Oh, válgame nuestra Señora! ¿Si es verdad que tengo que morir hoy en poder destos perros?»

Y tomé tal esfuerzo, que salgo de las matas y rompo por los indios, que á buenas cuchilladas y estocadas me dieron lugar que saliese de entre ellos; y aunque me tornaron á herir, fuí á las canoas, donde estaba ya mi compañero Francisco Martin con cuatro indios amigos que eran los que habiamos traido con nosotros, que nos llevaban el hato; que estos indios, cuando estábamos peleando con los cimatecas, dejando las cargas, se acogen al rio en las canoas; y lo que nos dió la vida á mí y Francisco Martin fué, que los contrarios se embarazaron en robar nuestra ropa y petacas.

Dejemos de hablar en esto, y digamos que Dios fué servido escaparnos de no morir allí, y en las canoas pasamos aquel rio, que es muy grande é hondo, é hay en él muchos lagartos; y porque no nos siguiesen los cimatecas, que así se llaman, estuvimos ocho dias por los montes, y dende pocos dias se supo en Guacacualco esta nueva, y dijeron los indios que habiamos traido, que llevaron la misma nueva, que todos los cuatro indios que quedaron en las canoas, como dicho tengo, que éramos muertos; y estos, de que nos vieron heridos é los dos muertos, se fueron huyendo y nos dejaron en la pelea, y en pocos dias llegaron á Guacacualco; y como no pareciamos ni habia nueva de nosotros, creyeron que éramos muertos, como los indios dijeron; y como era costumbre de Indias y en aquella sazon se usaba, ya habia repartido el capitan Luis Marin en otros conquistadores nuestros pueblos, hecho mensajeros á Cortés para enviar las cédulas de encomienda, y aun vendido nuestras haciendas, y al cabo de veinte y tres dias aportamos á la villa; de lo cual se holgaron nuestros amigos, mas á quien les habia dado nuestros indios les pesó; y viendo el capitan Luis Marin que no podiamos apaciguar aquellas provincias, y mataban muchos de nuestros soldados, acordó de ir á Méjico á demandar á Cortés más soldados y socorro y pertrechos de guerra, y mandó que entre tanto que iba no saliésemos de la villa ningunos vecinos á los pueblos léjos, si no fuese á los que estaban cuatro ó cinco leguas de allí, para traer comida.

Pues llegado á Méjico, dió cuenta á Cortés de todo lo acaecido, y entónces le mandó que volviese á Guacacualco, y envió con él treinta soldados, y entre ellos á un Alonso de Grado, por mí muchas veces nombrado; á fray Juan de las Varillas, que habia venido con Zuazo, que era gran estudiante, que solia decir habia estudiado en su colegio de la Veracruz de Salamanca, de donde era, y decian que de muy noble linaje; y le mandó que con todos los vecinos que estábamos en la villa y los soldados que traia consigo fuésemos á la provincia de Chiapa, que estaba de guerra, que la pacificásemos y poblásemos una villa; y como el capitan Luis Marin vino con estos despachos, nos apercebimos todos, así los que estábamos allí poblados como los que traian de nuevo, y comenzamos á abrir caminos, porque eran montes y ciénagas muy malas, y echábamos en ellas maderos y ramos para poder pasar los caballos, y con gran trabajo fuimos á salir á un pueblo que se dice Tezpuntlan, que hasta entónces por el rio arriba soliamos ir en canoas, que no habia otro camino abierto; y dende aquel pueblo fuimos á otro pueblo la sierra arriba, que se dice Cachula; y para que bien se entienda, este Cachula es en la provincia de Chiapa; y esto digo porque está otro pueblo del mismo nombre junto á la Puebla de los Ángeles.

Y dende Cachula fuimos á otros pueblezuelos sujetos al mismo Cachula, y fuimos abriendo camino nuevo el rio arriba, que venian de la poblacion de Chiapa, porque no habia camino ninguno, y todos los rededores que estaban poblados habian grande miedo á los chiapanecas, porque ciertamente eran en aquel tiempo los mayores guerreros que yo habia visto en toda la Nueva-España, aunque entren entre ellos los tlascaltecas ni mejicanos ni zapotecas ni mingues; y esto digo porque jamás Méjico los pudo señorear, porque en aquella sazon era aquella provincia muy poblada, y los naturales della eran en gran manera belicosos y daban guerra á sus comarcanos, que eran los de Cinacatan y á todos los pueblos de la laguna quilenayas, asimismo á los pueblos que se dicen los zoques, y robaban y cautivaban á la contina á otros pueblezuelos donde podian hacer presa, y con los que dellos mataban hacian sacrificios y hartazgas; y demás desto, en los caminos de Teguantepeque tenian en pasos malos puestos guerreros para saltear á los indios mercaderes que trataban de una provincia á otra; y á esta causa dejaban algunas veces de tratar las unas provincias con las otras, y aun habian traido por fuerza á otros pueblos y hécholes poblar y estar junto á Chiapa, y los tenian por esclavos y con ellos hacian sus sementeras.

Volvamos á nuestro camino, que fuimos el rio arriba hácia su ciudad, y era por Cuaresma año de 1524, y esto de los años no me acuerdo bien; y ántes de llegar á Chiapa se hizo alarde de todos los de á caballo, escopeteros y ballesteros que íbamos en aquella entrada; y no se pudo hacer hasta entónces, por causa que algunos de nuestra villa y otros forasteros aun no se habian recogido, que andaban en los pueblos de la sierra de Chalupa demandando el tributo que les eran obligados á dar; y con el favor de venir capitan con la gente de guerra, como veniamos, se atrevian á ir á ellos, que de ántes ni daban tributo ni se les daba nada de nosotros.

Volvamos á nuestro alarde, que se hallaron veinte y siete de á caballo que podian pelear, y otros cinco que no eran para ello, y quince ballesteros y ocho escopeteros, y un tiro y pólvora, y un soldado por artillero, que decia el mismo soldado que habia estado en Italia; esto digo aquí porque no era para cosa ninguna, que era muy cobarde; y llevábamos sesenta soldados de espada y rodela y obra de ochenta mejicanos, y el cacique de Cachula con otros principales suyos; y estos indios de Cachula que he dicho, iban temblando de miedo, y por halagos los llevamos que nos ayudasen á abrir camino y llevar el fardaje.

Pues yendo nuestro camino en concierto, ya que llegamos cerca de sus poblaciones, siempre íbamos adelante por espías y descubridores del campo cuatro soldados muy sueltos, é yo era uno dellos, é dejaba mi caballo, que no era tierra por donde podian correr, é íbamos siempre media legua adelante de nuestro ejército; y como los chiapanecas son grandes cazadores, andaban entónces á caza de venados, y desque nos sintieron, apellídanse todos con grandes ahumadas, y como llegamos á sus poblaciones, tenian muy anchos caminos y grande sementera de maíz é otras legumbres, y el primer pueblo que topamos se dice Estapa, que está de la cabecera obra de cuatro leguas, y en aquel instante le habian despoblado, y tenian mucho maíz é gallinas y otros bastimentos, que tuvimos bien que comer y cenar; y estando reposando en el pueblo, puesto que teniamos puestas nuestras velas y escuchas y corredores del campo, vienen dos de á caballo que estaban por corredores á dar mandado y diciendo:

—«¡Alarma, que vienen muchos guerreros chiapanecas!»

Y nosotros, que siempre estábamos muy apercebidos, les salimos al encuentro ántes que llegasen al pueblo, y tuvimos una gran batalla con ellos, porque traian muchas varas tostadas, con sus tiraderas y arcos y flechas, y lanzas mayores que las nuestras, con buenas armas de algodon y penachos, y otros traian unas porras como macanas; y allí donde hubimos esta batalla habia mucha piedra, y con hondas nos hacian mucho daño, y nos comenzaron á cercar de arte, que de la primera rociada mataron dos de nuestros soldados y cuatro caballos, y le hirieron á fray Juan y trece soldados y á muchos de nuestros amigos, y al capitan Luis Marin le dieron dos heridas, y estuvimos en aquella batalla toda la tarde hasta que anocheció; y como hacia escuro, y habian sentido el cortar de nuestras espadas y escopetas y ballestas, y las lanzadas, se retiraron, de lo cual nos holgamos, y hallamos quince dellos muertos y otros muchos heridos, que no se pudieron ir, y de dos dellos que nos parecian principales se tomó aviso, y dijeron que estaba toda la tierra apercebida para dar en nosotros otro dia; y aquella noche enterramos los muertos y curamos los heridos y al capitan, que estaba malo de las heridas, porque se habia desangrado mucho, que por causa de no se apartar de la batalla para se las curar ó apretar, se le habia metido frio en ellas.

Pues ya hecho esto, pusimos buenas velas y escuchas y corredores del campo, y teniamos los caballos ensillados y enfrenados, y todos nuestros soldados á punto, porque tuvimos por cierto que vernian de noche sobre nosotros, é como habiamos visto el teson que tuvieron en la batalla pasada, que ni por ballestas ni lanzas ni escopetas ni aun estocadas no les podiamos retraer ni apartar un paso atrás, tuvímoslos por buenos guerreros y osados en el pelear; y esa noche se dió órden cómo para otro dia los de á caballo habiamos de arremeter de cinco en cinco hermanados, y las lanzas terciadas, y no pararnos á dar lanzadas hasta ponellos de huida, sino las lanzas altas y por las caras, y atropellar y pasar adelante; y este concierto ya otras veces lo habia dicho el Luis Marin, y aun algunos de nosotros de los conquistadores viejos se lo habiamos dado por aviso á los nuevamente venidos de Castilla, y algunos dellos no curaron de guardar la órden, sino que pensaban que en dar una lanzada á los contrarios que hacian algo: y salióles á cuatro dellos al revés, porque les tomaron las lanzas y les hirieron á ellos los caballos con ellas.

Quiero decir que se juntaban seis ó siete de los contrarios y se abrazaban con los caballos, creyendo de los tomar á manos, y aun derrocaron á un soldado del caballo, y si no le socorriéramos, ya le llevaban á sacrificar, y desde ahí á dos dias se murió.

Volvamos á nuestro relacion, y es, que otro dia de mañana acordamos de ir por nuestro camino para su ciudad de Chiapa, y verdaderamente se podia decir ciudad, y bien poblada, y las casas y calles muy en concierto, y de más de cuatro mil vecinos, sin otros muchos pueblos sujetos á ella, que estaban poblados á su alrededor; é yendo que íbamos con mucho concierto, y el tiro puesto en órden, y el artillero bien apercibido de lo que habia de hacer, y no habiamos caminado cuarto de legua, cuando nos encontramos con todo el poder de Chiapa, que campos y cuestas venian llenos dellos, con grandes penachos y buenas armas é grandes lanzas, flecha y vara con tiraderas, piedra y hondas, con grandes voces é grita y silbos.

Era cosa de espantar cómo se juntaron con nosotros pié con pié y comenzaron á pelear como rabiosos leones; y nuestro negro artillero que llevábamos (que bien negro se podia llamar), cortado de miedo y temblando, ni supo tirar ni poner fuego al tiro; é ya que á poder de voces que le dábamos pegó fuego, hirió á tres de nuestros soldados, que no aprovechó cosa ninguna; y como el capitan vió de la manera que andábamos, rompimos todos los de á caballo puestos en cuadrillas, segun lo habiamos concertado, y los escopeteros y ballesteros y de espada y rodela hechos un cuerpo, porque no les desbaratasen, nos ayudaron muy bien; más eran tantos los contrarios que sobre nosotros vinieron, que si no fuéramos de los que en aquellas batallas nos hallamos cursados á otras afrentas, pusiera á otros gran temor, y aun nosotros nos admiramos de ver cuán fuertes estaban; y fray Juan nos daba ánimo, y decia que Dios nos habia de pagar nuestro trabajo, y el César.

El capitan Luis Marin nos dijo:

—«Ea, señores, Santiago y á ellos, y tornémosles otra vez á romper con ánimo.»

Esforzados, dímosles tal mano, que á poco rato iban vueltas las espaldas; y como habia allí donde fué esta batalla muy malos pedregales para poder correr caballos, no les podiamos seguir; é yendo en el alcance, y no muy léjos de donde comenzamos aquella batalla, ya que íbamos algo descuidados, creyendo que por aquel dia no se tornarian á juntar, é dábamos gracias á Dios del buen suceso, aquí estaban tras unos cerros otros mayores escuadrones de guerreros que los pasados, con todas sus armas, y muchos dellos traian sogas para echar lazos á los caballos y asir de las sogas para los derrocar, y tenian tendidas en otras muchas partes muchas redes con que suelen tomar venados, para los caballos, y para atar á nosotros muchas sogas; y todos los escuadrones que he dicho se vienen á encontrar con nosotros, é como muy fuertes y recios guerreros, nos dan tal mano de flecha, vara y piedra, que tornaron á herir casi que todos los nuestros, y tomaron cuatro lanzas á los de á caballo, y mataron dos soldados y cinco caballos: y entónces traian en medio de sus escuadrones una india algo vieja, muy gorda, y segun decian, aquella india la tenian por su diosa y adivinaba, y les habia dicho que así como ella llegase adonde estábamos peleando, que luego habiamos de ser vencidos; y traian en un brasero sahumerio, y unos ídolos de piedra, y venia pintada todo el cuerpo, y pegado algodon á las pinturas, y sin miedo ninguno se metió en los indios nuestros amigos, que venian hechos un cuerpo con sus capitanías, y luego fué despedazada la maldita diosa.

Volvamos á nuestra batalla: que desque el capitan Luis Marin y todos nosotros vimos tanta multitud de guerreros contrarios, y que tan osadamente peleaban, nos admiramos y dijimos al fraile que nos encomendase á Dios, y arremetiendo á ellos con el concierto pasado, fuimos rompiendo poco á poco y los hicimos huir, y se escondian entre unos pedregales, y otros se echaron al rio, que estaba cerca é hondo, y se fueron nadando, que son en gran manera buenos nadadores; y desque hubimos desbaratado, descansamos un rato, y el Fraile cantó una Salve, y algunos soldados de buenas voces le ayudaban, é no sonaba mal, y todos dimos muchas gracias á Dios; y hallamos muertos donde tuvimos esta batalla muchos dellos, y otros heridos, y acordamos de irnos á un pueblo que estaba junto al rio, cerca de la ciudad, donde habia buenas ciruelas; porque como era Cuaresma, y en este tiempo las hay maduras, y en aquella poblacion son buenas; y allí nos estuvimos todo lo más del dia enterrando los muertos en partes donde no los pudiesen ver ni hallar los naturales de aquel pueblo, y curamos los heridos y diez caballos, y acordamos de dormir allí con gran recado de velas y escuchas.

Á poco más de media noche se pasaron á nuestro real diez indios principales de dos pueblezuelos que estaban poblados junto á la cabecera é ciudad de Chiapa, en cinco canoas del mismo rio, que es muy grande y hondo, y venian los indios con las canoas á remo callado, y los que lo remaban eran diez indios, personas principales, naturales de los pueblezuelos que estaban junto al rio; y como desembarcaron hácia la parte de nuestro real, en saltando en tierra, luego fueron presos por nuestras velas, y ellos lo tuvieron por bien que les prendiesen; y llevados ante el capitan, dijeron:

—«Señor, nosotros no somos chiapanecas, sino de otra provincia que se dice Xaltepeque, y estos malos chiapanecas con gran guerra que nos dieron nos mataron mucha gente, y á todos los más de nuestros pueblos nos trajeron aquí por fuerza cautivos á poblar con nuestras mujeres é hijos, é nos han tomado cuanta hacienda teniamos, y há doce años que nos tienen por esclavos, y les labramos su sementera y maizales, y nos hacen ir á pescar y hacer otros oficios, y nos toman nuestras hijas y mujeres.

»Venimos á daros aviso, porque nosotros os traeremos esta noche muchas canoas en que paseis este rio, que sin ellas no podeis pasar sino con gran trabajo, y tambien os mostraremos un vado, aunque no va muy bajo; y lo que señor capitan, os pedimos de mercedes, que pues os hacemos esta buena obra, que cuando hayais vencido y desbaratado estos chiapanecas, que nos deis licencia para que salgamos de su poder é irnos á nuestras tierras; y para que mejor creais lo que os decimos que es verdad, en las canoas que ahora pasamos dejamos escondidas en el rio, con otros nuestros compañeros y hermanos, y os traemos presentadas tres joyas de oro, que eran unas como diademas; y tambien traemos gallinas y ciruelas.»

Y demandaron licencia para ir por ello, y dijeron que habia de ser muy callando, no los sintiesen los chiapanecas, que están velando y guardando los pasos del rio; y cuando el capitan entendió lo que los indios le dijeron, y la gran ayuda que era pasar aquel recio y corriente rio, dió gracias á Dios y mostró buena voluntad á los mensajeros, y prometió de hacerlo como le pedian, y aun dalles ropa y despojos de lo que hubiésemos de aquella ciudad; y se informó dellos cómo en las dos batallas pasadas les habiamos muerto y herido más de ciento veinte chiapanecas, y que tenian aparejados para otro dia otros muchos guerreros, y que á los de los pueblezuelos donde eran estos mensajeros les hacian salir á pelear contra nosotros; y que no temiésemos dellos, que ántes nos ayudarian, y que al pasar del rio nos habian de aguardar, porque tenian por imposible que terniamos atrevimiento de pasalle; y que cuando lo estuviésemos pasando, que allí nos desbaratarian, y dado este aviso, se quedaron dos de aquellos indios con nosotros, y los demás fueron á sus pueblos á dar órden para que muy de mañana trujesen veinte canoas, en lo cual cumplieron muy bien su palabra; y despues que se fueron reposamos algo de lo que quedó de la noche, y no sin mucho recado de velas y escuchas y rondas, porque oimos el gran rumor de los guerreros que se juntaban en la ribera del rio, y el tañer de las trompetillas y atambores y cornetas.

Y como amaneció, vimos las canoas, que ya descubiertamente las traian, á pesar de los de Chiapa; porque, segun pareció, ya habian sentido los de Chiapa cómo los naturales de aquellos pueblezuelos se les habian levantado y hecho fuertes y eran de nuestra parte, y habian prendido algunos dellos, y los demás se habian hecho fuertes en su gran cu, y á esta causa habia revueltas y guerra entre los chiapanecas y los pueblezuelos que dicho tengo; y luego nos fueron á mostrar el vado, y entónces nos daban mucha priesa aquellos amigos que pasásemos presto el rio, con temor no sacrificasen á sus compañeros que habian prendido aquella noche; pues de que llegamos al vado que nos mostraron, iba muy hondo; y puestos todos en gran concierto, así los ballesteros como escopeteros y los de á caballo, y los indios de los pueblezuelos nuestros amigos con sus canoas, y aunque nos daba el agua cerca de los pechos, todos hechos un tropel, para soportar el ímpetu y fuerza del agua, quiso Dios que pasamos cerca de la otra parte de tierra; y ántes de acabar de pasar, vienen contra nosotros muchos guerreros y nos dan una buena rociada de vara con tiraderas, y flechas y piedra y otras grandes lanzas, que nos hirieron casi que á todos los más, y á algunos á dos y á tres heridas, y mataron dos caballos; y un soldado de á caballo, que se decia Fulano Guerrero ó Guerra, se ahogó al pasar del rio, que se metió con el caballo en un recio raudal, y era natural de Toledo, y el caballo salió á tierra sin el amo.

Volvamos á nuestra pelea, que nos detuvieron un buen rato al pasar del rio, que no les podiamos hacer retraer ni nosotros podiamos llegar á tierra, y en aquel instante los de los pueblezuelos que se habian hecho fuertes contra los chiapanecas, nos vinieron á ayudar en las espaldas, é á los que estaban al rio batallando con nosotros hirieron y mataron muchos dellos, porque les tenian grande enemistad, como los habian tenido presos muchos años; y como aquello vimos, salimos á tierra los de á caballo, y luego ballesteros, escopeteros y de espada y rodela, y los amigos mejicanos, y dámosles una tan buena mano, que se van huyendo, que no paró indio con indio; y luego sin más tardar, puestos en buen concierto, con nuestras banderas tendidas, y muchos indios de los dos pueblezuelos con nosotros, entramos en su ciudad; y como llegamos á lo más poblado, donde estaban sus grandes cues y adoratorios, tenian las casas tan juntas, que no osamos asentar real, sino en el campo, y en parte que aunque pusiesen fuego no nos pudiesen hacer daño; y nuestro capitan envió á llamar de paz á los caciques y capitanes de aquel pueblo, y fueron los mensajeros tres indios de los pueblezuelos nuestros amigos, que el uno dellos se decia Xaltepeque, y asimismo envió con ellos seis capitanes chiapanecas que habiamos preso en las batallas pasadas, y les envió á decir que vengan luego de paz, y se les perdonará lo pasado, y que si no vienen, que los iremos á buscar y les daremos mayor guerra que la pasada y les quemaremos su ciudad; y con aquellas bravosas palabras luego á la hora vinieron, y aun trajeron un presente de oro, y se disculparon por haber salido de guerra, y dieron la obediencia á su majestad, y rogaron á Luis Marin que no consintiese á nuestros amigos que quemasen ninguna casa, porque ya habian quemado ántes de entrar en Chiapa, en un pueblezuelo que estaba poblado ántes de llegar al rio, muchas casas; y Luis Marin les prometió que así lo haria, y mandó á los mejicanos que traiamos y á los de Cachula que no hiciesen mal ni daño.

Quiero tornar á decir que este Cachula que aquí nombro no es la que está cerca de Méjico, sino un pueblo que se dice como él, que está en las sierras camino de Chiapa, por donde pasamos.

Dejemos esto, y dígoos cómo en aquella ciudad hallamos tres cárceles de redes de madera llenas de prisioneros atados con collares á los pescuezos, y estos eran de los que prendian por los caminos, é algunos dellos eran de Guantepeque, y otros zapotecas é otros quilenes, otros de Soconusco; los cuales prisioneros sacamos de las cárceles é se fué cada uno á su tierra.

Tambien hallamos en los cues muy malas figuras de ídolos que adoraban, é todos los quebró fray Juan, é muchos indios é muchachos sacrificados, y hallamos muchas cosas malas de sodomías que usaban; y mandóles el capitan que luego fuesen á llamar todos los pueblos comarcanos que vengan de paz á dar la obediencia á su majestad.

Los primeros que vinieron fueron los de Cinacatan y Gopanaustlan, é Pinola é Guequiztlan é Chamula, é otros pueblos que ya no se me acuerda los nombres dellos, quiniles, y otros pueblos que eran de la lengua zoque, y todos dieron la obediencia á su majestad, y aun estaban espantados cómo, tan pocos como éramos, podiamos vencer á los chiapanecas; y ciertamente mostraron todos gran contento, porque estaban mal con ellos.

Estuvimos en aquella ciudad cinco dias, é dijo fray Juan Misa é confesaron algunos soldados, é predicó á los indios en su lengua, que la sabia bien, y los indios holgaron de oirle y adoraron la santa cruz, é decian que se habian de bautizar, y que pareciamos muy buena gente, y tomaron amor al fraile fray Juan.

Y en aquel instante un soldado de aquellos que traiamos en nuestro ejército desmandóse del real, y vase sin licencia del capitan á un pueblo que habia venido de paz, que ya he dicho que se dice Chamula, y llevó consigo ocho indios mejicanos de los nuestros, y demandó á los de Chamula que le diesen oro, y decia que lo mandaba el capitan, é los de aquel pueblo le dieron unas joyas de oro, y porque no le daban más, echó preso al cacique; y cuando vieron los del pueblo hacer aquella demasía, quisieron matar al atrevido y desconsiderado soldado, y luego se alzaron, y no solamente ellos, pero tambien hicieron alzar á los de otro pueblo que se decia Gueyhuiztlan, sus vecinos; y de que aquello alcanzó á saber el capitan Luis Marin, prende al soldado, y luego manda que por la posta le llevasen á Méjico para que Cortés le castigase; y esto hizo el Luis Marin porque era un hombre el soldado que se tenia por principal, que por su honor no nombro su nombre, hasta que venga en coyuntura en parte que hizo otra cosa que aun es muy peor, como era malo y cruel con los indios, como adelante diré.

Y despues desto hecho, el capitan Luis Marin envió á llamar al pueblo de Chamula que venga de paz, é les envió á decir que ya habia castigado y enviado á Méjico al español que les iba á demandar oro y les hacia aquellas demasías.

La respuesta que dieron fué mala, y la tuvimos por muy peor por causa de que los pueblos comarcanos no se alzasen; y fué acordado que luego fuésemos sobre ellos, y hasta traelles de paz no les dejar; y despues de como les habló muy blandamente á los caciques chiapanecas, y fray Juan les dijo con buenas lenguas, que las sabia, las cosas tocantes á nuestra santa fe, y que dejasen los ídolos y sacrificios y sodomías y robos, y les puso cruces é una imágen de Nuestra Señora en un altar que les mandamos hacer, y el capitan Luis Marin les dió á entender cómo éramos vasallos de su majestad cesárea, é otras muchas cosas que convenian, y aun les dejamos poblada más de la mitad de su ciudad; y los dos pueblos nuestros amigos que nos trajeron las canoas para pasar el rio y nos ayudaron en la guerra salieron de poder de los chiapanecas con todas sus haciendas é mujeres é hijos, y se fueron á poblar al rio abajo, obra de diez leguas de Chiapa, donde ahora esta poblado lo de Xaltepeque, y el otro pueblo que se dice Istatlan se fué á su tierra, que era de Guantepeque.

Volvamos á nuestra partida para Chamula, y es que luego enviamos á llamar á los de Cinacatan, que eran gente de razon, y muchos dellos mercaderes, y se les dijo que nos trajesen ducientos indios para llevar el fardaje, é que íbamos á su pueblo porque por allí era el camino de Chamula; y demandó á los de Chiapa otros ducientos indios guerreros con armas para ir en nuestra compañía, y luego los dieron; y salimos de Chiapa una mañana, y fuimos á dormir á unas salinas, donde nos tenian hechos los de Cinacatan buenos ranchos; y otro dia á medio dia llegamos á Cinacatan, y allí tuvimos la santa Pascua de Resurreccion; y tornamos á llamar de paz á los de Chamula, é no quisieron venir, é hubimos de ir á ellos, que seria entónces donde estaban poblados de Cinacatan obra de tres leguas, y tenian entónces las casas y pueblos de Chamula en una fortaleza muy mala de ganar, y muy honda cava por la parte que les habiamos de combatir, y por otras partes muy peor é más fuerte; é ansí como llegamos con nuestro ejército, nos tiran tanta piedra de lo alto é vara y flecha, que cubria el suelo; pues las lanzas muy largas con más de dos varas de cuchilla de pedernales, que ya he dicho otras veces que cortaban más que espadas, y unas rodelas hechas á manera de pavesinas, con que se cubren todo el cuerpo cuando pelean, y cuando no las han menester, las arrollan y doblan de manera que no les hacen estorbo ninguno, é con hondas mucha piedra, y tal priesa se daban á tirar flecha y piedra, que hirieron cinco de nuestros soldados é dos caballos, é con muchas voces é gran grita é silbos é alaridos, y atambores y caracoles, que era cosa de poner espanto á quien no los conociera; y como aquello vió Luis Marin, entendió que de los caballos no se podian aprovechar, que era sierra, mandó que se tornasen á bajar á lo llano, porque donde estábamos era gran cuesta y fortaleza, y aquello que les mandó fué porque temiamos que venian allí á dar en nosotros los guerreros de otros pueblos que se dicen Quiahuitlan, que estaba alzado, y porque hubiese resistencia en los de á caballo; y luego comenzamos de tirar en los de la fortaleza muchas saetas y escopetas, y no les podiamos hacer daño ninguno, con los grandes mamparos que tenian, y ellos á nosotros sí, que siempre herian muchos de los nuestros; y estuvimos aquel dia desta manera peleando, y no se les daba cosa ninguna por nosotros, y si les procurábamos de entrar donde tenian hechos unos mamparos y almenas, estaban sobre dos mil lanceros en los puestos para la defensa de los que les probamos á entrar; y ya que quisiéramos entrar é aventurar las personas en arrojarnos dentro de su fortaleza, habiamos de caer de tan alto, que nos habiamos de hacer pedazos, y no era cosa para ponernos en aquella ventura; y despues de bien acordado cómo y de qué manera habiamos de pelear, se concertó que trajésemos madera y tablas de un pueblezuelo que allí junto estaba despoblado, é hiciésemos burros ó mantas, que así se llaman, y en cada uno dellos cabian veinte personas, y con azadones y picos de hierro que traiamos, é con otros azadones de la tierra, de palo, que allí habia, les cavábamos y deshaciamos su fortaleza, y deshicimos un portillo para podelles entrar, porque de otra manera era excusado; porque por otras dos partes, que todo lo miramos más de una legua de allí al rededor, estaba otra muy mala entrada y peor de ganar que adonde estábamos, por causa que era una bajada tan agra, que á manera de decir, era entrar en los abismos.

Volvamos á nuestros mamparos y mantas, que con ellas les estábamos deshaciendo sus fortalezas, y nos echaban de arriba mucha pez y resina ardiendo, y agua y sangre toda revuelta y muy caliente, y otras veces lumbre y rescoldo, y nos hacian mala obra; y luego tras esto mucha multitud de piedras y muy grandes que nos desbarataron nuestros ingenios, que nos hubimos de retirar y tornallos á adobar; y luego volvimos sobre ellos, y cuando vieron que les haciamos mayores portillos, se ponen cuatro papas y otras personas principales sobre una de sus almenas, y vienen cubiertos con sus pavesinas é otros talabardones de maderas, é dicen:

—«Pues que deseais é quereis oro, entrad dentro, que aquí tenemos mucho.»

Y nos echaron desde las almenas siete diademas de oro fino, y muchas cuentas vaciadizas é otras joyas, como caracoles y ánades, todo de oro, y tras ello mucha flecha y vara y piedra, é ya les teniamos hechas dos grandes entradas; y como era ya de noche y en aquel instante comenzó á llover dejamos el combate para otro dia, y allí dormimos aquella noche con buen recaudo; y mandó el capitan á ciertos de á caballo que estaban en tierra llana, que no se quitasen de sus puestos y tuviesen los caballos ensillados y enfrenados.

Volvamos á los chamultecas, que toda la noche estuvieron tañendo atabales y trompetillas y dando voces y gritos, y decian que otro dia nos habian de matar que así se lo habia prometido su ídolo; y cuando amaneció volvimos con nuestros ingenios y mantas á hacer mayores entradas, y los contrarios con grande ánimo defendiendo su fortaleza, y aun hirieron este dia á cinco de los nuestros, y á mí me dieron un buen bote de lanza, que me pasaron las armas, y si no fuera por el mucho algodon y bien colchadas que eran, me mataran, porque con ser buenas las pasaron y echaron buen pelote de algodon fuera, me dieron una chica herida; y en aquella sazon era más de medio dia, y vino muy grande agua y luego una muy oscura neblina; porque, como eran sierras altas, siempre hay neblinas y aguaceros; y nuestro capitan, como llovia mucho, se apartó del combate, y como ya era acostumbrado á las guerras pasadas de Méjico, bien entendí que en aquella sazon que vino la neblina no daban los contrarios tantas voces ni gritos como de ántes; y veia que estaban arrimadas á los aduares y fortalezas y barbacanas muchas lanzas, y que no las veia menear, sino hasta ducientas dellas, sospeché lo que fué, que se querian ir ó se iban entónces, y de presto les entramos por un portillo yo y otro mi compañero, y estaban obra de ducientos guerreros, los cuales arremetieron á nosotros y nos dan muchos botes de lanza; y si de presto no fuéramos socorridos de unos indios de Cinacatan, que dieron voces á nuestros soldados, que entraron luego con nosotros en su fortaleza, allí perdiéramos las vidas; y como estaban aquellos chamultecas con sus lanzas haciendo cara y vieron el socorro, se van huyendo, porque los demás guerreros ya se habian huido con la neblina; y nuestro capitan con todos los soldados y amigos entraron dentro, y estaba ya alzado todo el hato, y la gente menuda y mujeres ya se habian ido por el paso muy malo, que he dicho que era muy hondo y de mala subida y peor bajada; y fuimos en el alcance, y se prendieron muchas mujeres, muchachos y niños y sobre treinta hombres, y no se halló despojo en el pueblo, salvo bastimento; y esto hecho, nos volvimos con la presa camino de Cinacatan, y fué acordado que asentásemos nuestro real junto á un rio adonde está ahora poblada la Ciudad-Real, que por otro nombre llaman Chiapa de los Españoles; y desde allí soltó el capitan Luis Marin seis indios con sus mujeres, de los presos de Chamula, para que fuesen á llamar los de Chamula, y se les dijo que no hubiesen miedo, y se les darian todos los prisioneros; y fueron los mensajeros, y otro dia vinieron de paz y llevaron toda su gente, que no quedó ninguna; y despues de haber dado la obediencia á su majestad, me depositó aquel pueblo el capitan Luis Marin, porque desde Méjico se lo habia escrito Cortés, que me diese una buena cosa de lo que se conquistase, y tambien porque era yo mucho su amigo del Luis Marin, y porque fuí el primer soldado que les entró dentro; y Cortés me envió cédula de encomienda guardada, y me tributaron más de ocho años.

En aquella sazon no estaba poblada la Ciudad-Real, que despues se pobló, é se dió mi pueblo para la poblacion.

Dejemos esto, y digamos cómo yo pedí á fray Juan que les predicase, y él lo hizo de voluntad, y les puso altar y una cruz y una imágen de la Vírgen, y se bautizaron luego quince; é decia el fraile que esperaba en Dios habian de ser aquellos buenos católicos, é yo me alegraba, porque los queria bien, como á cosa mia.

Pero volvamos á nuestra relacion: que, como ya Chamula estaba de paz, é Gueguistitlan, que estaba alzado, no quisieron venir de paz aunque les enviamos á llamar, acordó nuestro capitan que fuésemos á los buscar á sus pueblos; y digo aquí pueblos, porque entónces eran tres pueblezuelos, y todos puestos en fortaleza; y dejamos allí adonde estaban nuestros ranchos los heridos y fardaje, y fuimos con el capitan los más sueltos y sanos soldados, y los de Cinacatan nos dieron sobre trecientos indios de guerra, que fueron con nosotros, y seria de allí á los pueblos de Gueguistitlan obra de cuatro leguas; y como íbamos á sus pueblos, hallamos todos los caminos cerrados, llenos de maderos é árboles cortados y muy embarazados, que no podian pasar caballos: y con los amigos que llevábamos los desembarazamos é quitaron los maderos; y fuimos á un pueblo de los tres, que ya he dicho que era fortaleza, y hallámosle lleno de guerreros, y comenzaron á nos dar grita y voces y á tirar vara y flecha, y tenian granzas y pavesinas y espadas de á dos manos de pedernal, que cortan como navajas, segun y de la manera de los de Chamula; y nuestro capitan con todos nosotros les íbamos subiendo la fortaleza, que era muy más mala y recia de tomar que no la de Chamula; acordaron de se ir huyendo y dejar el pueblo despoblado y sin cosa ninguna de bastimentos; y los canacantecas prendieron dos indios dellos, que luego trajeron al capitan, los cuales mandó soltar, para que llamasen de paz á todos los más sus vecinos, y aguardamos allí un dia que volviesen con la respuesta, y todos vinieron de paz, y trajeron un presente de oro de poca valía y plumajes de quetzales, que son unas plumas que se tienen entre ellos en mucho, y nos volvimos á nuestros ranchos; y porque pasaron otras cosas que no hacen á nuestra relacion, se dejarán de decir, y diremos cómo cuando hubimos vuelto á los ranchos pusimos en plática que seria bien poblar allí adonde estábamos una villa, segun que Cortés nos mandó que poblásemos, y muchos soldados de los que allí estábamos deciamos que era bien, y otros que tenian buenos indios en lo de Guacacualco eran contrarios, y pusieron por achaque que no teniamos herraje para los caballos, y que éramos pocos, y todos los más heridos, y la tierra muy poblada, y los más pueblos estaban en fortalezas y en grandes sierras, y que no nos podriamos valer ni aprovechar de los caballos, y decian por ahí otras cosas; y lo peor de todo, que el capitan Luis Marin é un Diego de Godoy, que era escribano del Rey, persona muy entremetida, no tenian voluntad de poblar, sino volver á nuestros ranchos y villa; é un Alonso de Grado, que ya le he nombrado otras veces en el capítulo pasado, el cual era más bullicioso que hombre de guerra, parece ser traia secretamente una cédula de encomienda firmada de Cortés, en que le daba la mitad del pueblo de Chiapa cuando estuviese pacificado, y por virtud de aquella cédula demandó al capitan Luis Marin que le diese el oro que hubo en Chiapa que dieron los indios, é otro que se tomó en los templos de los ídolos del mismo Chiapa, que serian mil é quinientos pesos, y Luis Marin decia que aquello era para ayudar á pagar los caballos que habian muerto en la guerra en aquella jornada; y sobre ello y sobre otras diferencias estaban muy mal el uno con el otro, y tuvieron tantas palabras, que el Alonso de Grado, como era mal condicionado, se desconcertó en hablar; y quien se metia en medio y lo revolvia todo era el escribano Diego de Godoy.

Por manera que Luis Marin los echó presos al uno y al otro, y con grillos y cadenas los tuvo seis ó siete dias presos, y acordó de enviar á Alonso de Grado á Méjico preso, y al Godoy con ofertas y prometimientos y buenos intercesores le soltó; y fué peor, que se concertaron luego el Grado y el Godoy de escribir desde allí á Cortés muy en posta, diciendo muchos males de Luis Marin, y aun Alonso de Grado me rogó á mí que de mi parte escribiese á Cortés, y en la carta le disculpase al Grado, porque le decia el Godoy al Grado que Cortés en viendo mi carta le daria crédito, y no dijese bien del Marin; é yo escribí lo que me pareció que era verdad, y no culpando al capitan Marin; y luego envió preso á Méjico al Alonso de Grado, con juramento que le tomó que se presentaria ante Cortés dentro de ochenta dias, porque desde Cinacatan habia por la via y camino que venimos sobre ciento y noventa leguas hasta Méjico.

Dejemos de hablar de todas estas revueltas y embarazos; é ya partido el Alonso de Grado, acordamos de ir á castigar á los de Cimatan, que fueron en matar los dos soldados cuando me escapé yo y Francisco Martin, vizcaino, de sus manos; é yendo que íbamos caminando para unos pueblos que se dicen Tapelola, é ántes de llegar á ellos habia unas sierras y pasos tan malos, así de subir como de bajar, que tuvimos por cosa dificultosa el poder pasar por aquel puerto; y Luis Marin envió á rogar á los caciques de aquellos pueblos que los adobasen de manera que pudiésemos pasar é ir por ellos, é así lo hicieron, y con mucho trabajo pasaron los caballos, y luego fuimos por otros pueblos que se dicen Silo, Suchiapa é Coyumelapa, y desde allí fuimos á este Panguaxaya; y llegados que fuimos á otros pueblos que se dicen Tecomayacatal é Ateapan, que en aquella sazon todo era un pueblo y estaban juntas casas con casas, y era una poblacion de las grandes que habia en aquella provincia, y estaba en mí encomendada por Cortés; y como entónces era mucha poblacion, y con otros pueblos que con ellos se juntaron, salieron de guerra al pasar de un rio muy hondo que pasa por el pueblo, é hirieron seis soldados y mataron tres caballos, y estuvimos buen rato peleando con ellos; y al fin pasamos el rio é se huyeron, y ellos mismos pusieron fuego á las casas y se fueron al monte; estuvimos cinco dias curando los heridos y haciendo entradas, donde se tomaron muy buenas indias, y se les envió á llamar de paz, y que se les daria la gente que habiamos preso y que se les perdonaria lo de la guerra pasada; y vinieron todos los más indios y poblaron su pueblo, y demandaban sus mujeres é hijos, como lo habian prometido.

El escribano Diego de Godoy aconsejaba al capitan Luis Marin que no las diese, sino que se echase el hierro del Rey, y que se echaba á los que una vez habian dado la obediencia á su majestad y se tornaban á levantar sin causa ninguna; y porque aquellos pueblos salieron de guerra y nos flecharon y nos mataron los tres caballos, decia el Godoy que se pagasen los tres caballos con aquellas piezas de indios que estaban presos; é yo repliqué que no se herrasen, y que no era justo, pues vinieron de paz; y sobre ello yo y el Godoy tuvimos grandes debates y palabras y aun cuchilladas, que entrambos salimos heridos, hasta que nos despartieron y nos hicieron amigos; y el capitan Luis Marin era muy bueno y no era malicioso, é vió que no era justo hacer más de lo que le pedí por merced, y mandó que diesen todas las mujeres y toda la más gente que estaba presa á los caciques de aquellos pueblos, y los dejamos en sus casas muy de paz; y desde allí atravesamos al pueblo de Cimatlan y otros pueblos que se dicen Talatupan, y ántes de entrar en el pueblo tenian hechas unas saeteras y andamios junto á un monte, y luego estaban unas ciénagas, é así como llegamos nos dan de repente una tan buena rociada de flecha con muy buen concierto y ánimo, y hirieron sobre veinte soldados y mataron dos caballos, y si de presto no les desbaratáramos y deshiciéramos sus cercados y saeteras, mataran é hirieran muchos más, y luego se acogieron á las ciénagas; y estos indios destas provincias son grandes flecheros, que pasan con sus flechas y arcos dos dobleces de armas de algodon bien colchadas, que es mucha cosa; y estuvimos en un pueblo dos dias, y los enviamos á llamar de paz y no quisieron venir; y como estábamos cansados, y habia allí muchas ciénagas que tiemblan, que no pueden entrar en ellas los caballos ni aun ninguna persona sin que se atolle en ellas, y han de salir arrastrando y á gatas, y aun si salen es maravilla, tanto son de malas.

É por no ser yo más largo sobre este caso, por todos nosotros fué acordado que volviésemos á nuestra villa de Guacacualco, y volvimos por unos pueblos de la Chontalpa, que se dicen Guimango é Nacaxu, y Xuica é Teotitan Copileo, é pasamos otros pueblos, y á Ulapa, y el rio de Ayagualco é al de Tonala, y luego á la villa de Guacacualco; y del oro que se hubo en Chiapa y en Chamula, sueldo por libra se pagaron los caballos que mataron en las guerras.

Dejemos esto, y digamos que como el Alonso de Grado llegó á Méjico delante de Cortés, y cuando supo de la manera que iba, le dijo muy enojado:

—«¿Cómo, señor Alonso de Grado, que no podeis caber ni en una parte ni en otra? Lo que os ruego es que mudeis esa mala condicion; si no, en verdad que os enviaré á la isla de Cuba, aunque sepa daros tres mil pesos con que allá vivais, porque yo no os puedo sufrir.»

Y al Alonso de Grado se le humilló de manera, que tornó á estar bien con el Cortés, y el Luis Marin y fray Juan escribieron á Cortés todo lo acaecido.

Y dejallo hé aquí y diré lo que pasó en la córte sobre el Obispo de Búrgos é Arzobispo de Rosano.

CAPÍTULO CLXVII.

CÓMO ESTANDO EN CASTILLA NUESTROS PROCURADORES RECUSARON AL OBISPO DE BÚRGOS, Y LO QUE MÁS PASÓ.

Ya he dicho en los capítulos pasados que don Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos é Arzobispo de Rosano, que así se nombraba, hacia mucho por las cosas de Diego Velazquez, y era contrario de las de Cortés y á todas las nuestras; y quiso nuestro Señor Jesucristo que en el año de 1521 fué elegido en Roma por Sumo Pontífice nuestro muy Santo Padre el Papa Adriano de Lobayna, y en aquella sazon estaba en Castilla por gobernador della y residia en la ciudad de Vitoria, y nuestros procuradores fueron á besar sus santos piés y un gran señor aleman, que era de la cámara de su majestad, que se decia mosiur de Lasoa, le vino á dar el parabien del Pontificado por parte del Emperador nuestro señor á Su Santidad, y el mosiur de Lasoa tenia noticia de los heróicos hechos y grandes hazañas que Cortés y todos nosotros habiamos hecho en la conquista desta Nueva-España, y los grandes, muchos, buenos y notables servicios que siempre haciamos á su majestad, y de la conversion de tantos millares de indios que se convertian á nuestra santa fe; y parece ser aquel caballero aleman suplicó al santo Padre Adriano que fuese servido entender muy de hecho en las cosas entre Cortés y el Obispo de Búrgos, y Su Santidad lo tomó tambien muy á pechos; porque, allende de las quejas que nuestros procuradores propusieron ante nuestro Santo Padre, le habian ido otras muchas personas de calidad á se quejar del mismo Obispo de muchos agravios é sinjusticias que decian que hacia; porque, como su majestad estaba en Flandes, y el Obispo era presidente de Indias, todo se lo mandaba, y era malquisto; y segun entendimos, nuestros procuradores hallaron calor para le osar recusar.

Por manera que se juntaron en la córte Francisco de Montejo y Diego de Ordás y el licenciado Francisco Nuñez, primo de Cortés, y Martin Cortés, padre del mismo Cortés, y con favor de otros caballeros y grandes señores que les favorecieron, y uno dellos, y el que más metió la mano, fué el duque de Béjar; y con estos favores le recusaron con gran osadía y atrevimiento al Obispo ya por mí dicho, y las causas que dieron muy bien probadas.

Lo primero fué que el Diego Velazquez dió al Obispo un muy buen pueblo en la isla de Cuba, y que con los indios del pueblo le sacaban oro de las minas y se lo enviaba á Castilla; y que á su majestad no le dió ningun pueblo, siendo más obligado á ello que al Obispo.

Y lo otro, que en el año de 1517 años, que nos juntamos ciento y diez soldados con un capitan que se decia Francisco Hernandez de Córdoba, é que á nuestra costa compramos navíos y matalotaje y todo lo demás, y salimos á descubrir la Nueva-España; y que el Obispo de Búrgos hizo relacion á su majestad que Diego Velazquez la descubrió, y no fué así.

Y lo otro, que envió el mismo Diego Velazquez á lo que habiamos descubierto á un sobrino suyo que se decia Juan de Grijalva, é que descubrió más adelante, é que hubo en aquella jornada sobre veinte mil pesos de oro de rescate, y que todo lo más envió el Diego Velazquez al mismo Obispo, é que no dió parte dello á su majestad; é que cuando vino Cortés á conquistar la Nueva-España, que envió un presente á su majestad, que fué la luna de oro y el sol de plata é mucho oro en grano sacado de las minas, é gran cantidad de joyas y tejuelos de oro de diversas maneras, y escribimos á su majestad el Cortés y todos nosotros sus soldados dándole cuenta y razon de lo que pasaba, y envió con ello á Francisco de Montejo é á otro caballero que se decia Alonso Hernandez Puertocarrero, primo del conde de Medellin, que no los quiso oir, y les tomó todo el presente de oro que iba para su majestad, y les trató mal de palabra, llamándolos de traidores, é que venian á procurar por otro traidor; y que las cartas que venian para su majestad las encubrió, y escribió otras muy al contrario dellas, diciendo que su amigo Diego Velazquez envia aquel presente; y que no le envió todo lo que traian, que el Obispo se quedó con la mitad y mayor parte dello.

Y porque el Alonso Hernandez Puertocarrero, que era uno de los dos procuradores que enviaba Cortés, le suplicó al Obispo que le diese licencia para ir á Flandes, adonde estaba su majestad, le mandó echar preso, y que murió en las cárceles; y que envió á mandar en la casa de la contratacion de Sevilla al contador Pedro de Isasala y Juan Lopez de Recalde, que estaban en ella por oficiales de su majestad, que no diesen ayuda ninguna para Cortés, así de soldados como de armas ni otra cosa, y que proveia los oficiales y cargos, sin consultallo con su majestad, á hombres que no lo merecian ni tenian habilidad ni saber para mandar, como fué al Cristóbal de Tapia, y que por casar á su sobrina doña Petronila de Fonseca con Tapia ó con el Diego Velazquez le prometió la gobernacion de Nueva-España; é que aprobaba por buenas las falsas relaciones é procesos que hacian los procuradores de Diego Velazquez, los cuales eran Andrés de Duero y Manuel de Rojas y el Padre Benito Martin, y aquellas enviaba á su majestad por buenas, y las de Cortés y de todos los que estábamos sirviendo á su majestad, siendo muy verdaderas, encubria y torcia y las condenaba por malas; y le pusieron otros muchos cargos, y todo muy bien probado, que no se pudo encubrir cosa ninguna, por más que alegaban por su parte.

Y luego que esto fué hecho y sacado en limpio, fué llevado á Zaragoza, adonde Su Santidad estaba en aquella sazon que le recusó, y como vió los despachos y causas que se dieron en la recusacion, y que las partes del Diego Velazquez, por más que alegaban que habia gastado en navíos y costas, fueron rechazados sus dichos; que, pues no acudió á nuestro Rey y señor, sino solamente al Obispo de Búrgos, su amigo, y Cortés hizo lo que era obligado, como leal servidor, mandó Su Santidad, como gobernador que era de Castilla, demás de ser Papa, al Obispo de Búrgos que luego dejase el cargo de entender en las cosas y pleitos de Cortés, y que no entendiese en cosa ninguna de las Indias, y declaró por gobernador desta Nueva-España á Hernando Cortés, y que si algo habia gastado Diego Velazquez, que se lo pagásemos; y aun envió á la Nueva-España bulas con muchas indulgencias para los hospitales é iglesias, y escribió una carta encomendando á Cortés y á todos nosotros los conquistadores que estábamos en su compañía que siempre tuviésemos mucha diligencia en la santa conversion de los naturales, é fuese de manera que no hubiese muertes ni robos, sino con paz y cuanto mejor se pudiese hacer, é que les vedásemos y quitásemos sacrificios y sodomías y otras torpedades; y decia en la carta que, demás del gran servicio que haciamos á Dios nuestro Señor y á su majestad, que Su Santidad, como nuestro padre y pastor, tenia cargo de rogar á Dios por nuestras ánimas, pues tanto bien por nuestra mano ha venido á toda la cristiandad; y aun nos envió otras santas bulas para nuestras absoluciones.

É viendo nuestros procuradores lo que mandaba el Santo Padre, así como Pontífice y gobernador de Castilla, enviaron luego correos muy en posta adonde su majestad estaba, que ya habia venido de Flandes y estaba en Castilla, y aun llevaron cartas de Su Santidad para nuestro Monarca; y despues de muy bien informado de lo de atrás por mí dicho, confirmó lo que el Sumo Pontífice mandó, y declaró por gobernador de la Nueva-España á Cortés, y á lo que el Diego Velazquez gastó de su hacienda en la armada, que se le pagase, y aun le mandó quitar la gobernacion de la isla de Cuba, por cuanto habia enviado el armada con Pánfilo de Narvaez sin licencia de su majestad, no embargante que la Real audiencia y los Frailes Jerónimos que residian en la isla de Santo Domingo por gobernadores, se lo habian defendido, y aun sobre se lo quitar enviaron á un oidor de la misma Real audiencia, que se decia Lúcas Vazquez de Ayllon, para que no consintiese ir la tal armada, y en lugar de le obedecer, le echaron preso y le enviaron con prisiones en un navío.

Dejemos de hablar desto, y digamos que, como el Obispo de Búrgos supo lo por mí atrás dicho, y lo que Su Santidad y su majestad mandaban, é se lo fueron á notificar, fué muy grande el enojo que tomó, de que cayó muy malo, é se salió de la córte y se fué á Toro, donde tenia su asiento y casas; y por mucho que metió la mano su hermano don Antonio de Fonseca, señor de Coca é Alaéjos, en le favorecer, no lo pudo volver en el mando que de ántes tenia.

Y dejemos de hablar desto, y digamos que á gran bonanza que en favor de Cortés hubo, se siguió contrariedad; que le vinieron otros grandes contrastes de acusaciones que le ponian por Pánfilo de Narvaez y Cristóbal de Tapia y por el piloto Cárdenas, que he dicho en el capítulo que sobre ello habla que cayó malo de pensamiento cómo no le dieron la parte del oro de lo primero que se envió á Castilla; y tambien le acusó un Gonzalo de Umbría, piloto, á quien Cortés mandó cortar los piés porque se alzaba con un navío con Cermeño y Pedro Escudero, que mandó ahorcar Cortés.

FIN DEL TOMO SEGUNDO.