Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (Tomo 3 de 3)

The Project Gutenberg eBook of Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (3 de 3), by Bernal Díaz del Castillo

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Title: Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (3 de 3)
Author: Bernal Díaz del Castillo
Release Date: March 28, 2021 [eBook #64947]
Language: Spanish
Character set encoding: UTF-8
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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_, las negritas entre =iguales= y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del original ha sido respetada, normalizándose las variantes a la grafía más frecuente, excepto en el caso de los nombres propios y de los términos indígenas.
* En los casos dudosos, se ha adoptado la grafía utilizada en 1853 por la edición de E. Vedia en el tomo XXVI de la Biblioteca de Autores Españoles, que utiliza la misma versión del texto pero cuyos errores tipográficos son menores.
* No obstante lo anterior, se han acentuado las mayúsculas y se ha distinguido entre «mas» y «más», «aun» y «aún», y «que» y «qué», distinción no siempre presente en el original impreso.
* Para facilitar la lectura, la mayor parte de los puntos y seguido —y algunos de los puntos y coma— se han cambiado a puntos y aparte, con el fin de evitar los párrafos excesivamente largos del original.
* También se han aislado en párrafo aparte, precediéndolas de una raya de diálogo, la expresiones literales pronunciadas en público.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

CONQUISTA DE NUEVA-ESPAÑA POR BERNAL DIAZ DEL CASTILLO.
VERDADERA HISTORIA DE LOS SUCESOS DE LA CONQUISTA DE LA NUEVA-ESPAÑA,
POR EL CAPITAN BERNAL DIAZ DEL CASTILLO, UNO DE SUS CONQUISTADORES.
TOMO III.
MADRID.—1863. Imprenta de Tejado, calle de Silva, número 12.

CAPÍTULO CLXVIII.

CÓMO FUERON ANTE SU MAJESTAD PÁNFILO DE NARVAEZ Y CRISTÓBAL DE TAPIA, Y UN PILOTO QUE SE DECIA GONZALO DE UMBRÍA Y OTRO SOLDADO QUE SE LLAMABA CÁRDENAS, CON FAVOR DEL OBISPO DE BÚRGOS, AUNQUE NO TENIA CARGO DE ENTENDER EN COSAS DE INDIAS, QUE YA LE HABIAN QUITADO EL CARGO Y SE ESTABA EN TORO: TODOS LOS POR MÍ REFERIDOS DIERON ANTE SU MAJESTAD MUCHAS QUEJAS DE CORTÉS, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Ya he dicho en el capítulo pasado cómo Su Santidad vió y entendió los grandes servicios que Cortés y todos nosotros los conquistadores que en su compañía militábamos habiamos hecho á Dios Nuestro Señor é á Su Majestad é á toda la cristiandad, y de cómo se le hizo merced á Cortés de le hacer gobernador de la Nueva-España, é las bulas é indulgencias que envió para las iglesias é hospitales, y las santas absoluciones para todos nosotros; y visto por su majestad lo que el Santo Padre mandaba, despues de bien informado de toda la verdad, lo confirmó con otros Reales mandos; y en aquella sazon se quitó el cargo de presidente de Indias al Obispo de Búrgos, y se fué á vivir á la ciudad de Toro; y en este instante llegó á Castilla Pánfilo de Narvaez, el cual habia sido capitan de la armada que envió Diego Velazquez contra nosotros; y tambien en aquel tiempo llegó Cristóbal de Tapia, el que habia enviado el mismo Obispo á tomar la gobernacion de la Nueva-España, y llevaron en su compañía á un Gonzalo de Umbría, piloto, é á otro soldado que se decia Cárdenas, y todos juntos se fueron á Toro á demandar favor al Obispo de Búrgos para se ir á quejar de Cortés delante de su majestad, porque ya su majestad habia venido de Flandes.

Y el Obispo no deseaba otra cosa sino que hubiese quejas de Cortés y de nosotros; é tales favores é presas les dió el Obispo, que se juntaron los procuradores del Diego Velazquez que estaban en la córte, que se decian Bernardino Velazquez, que ya le habia enviado desde Cuba para que procurase por él, y Benito Martin é Manuel de Rojas, y fueron todos juntos delante del Emperador nuestro señor, y se quejaron reciamente de Cortés; y los capítulos que contra él pusieron fué, que Diego Velazquez envió á descubrir y poblar la Nueva-España tres veces, y que gastó gran suma de pesos de oro en navíos y armas y matalotaje, y en cosas que dió á los soldados, y que envió con la armada á Hernando Cortés por capitan, y se alzó con ella, y que no le acudió con ninguna cosa.

Tambien le acusaron que, no embargante todo esto, que envió el Diego Velazquez á Pánfilo de Narvaez por capitan de más de mil trescientos soldados, con diez y ocho navíos y muchos caballos y escopeteros y ballesteros, y con cartas y provisiones de su majestad, y firmadas de su presidente de Indias, que era el Obispo de Búrgos é Arzobispo de Rosano, para que le diesen gobernacion de la Nueva-España, y no lo quiso obedecer; ántes le dió guerra y desbarató, y mató su alférez y sus capitanes, y le quebró un ojo, y que le quemó cuanta hacienda tenia, y le prendió al mismo Narvaez y á otros capitanes que tenia en su compañía.

Y que, no embargante este desbarate, que proveyó el mismo Obispo de Búrgos para que fuese el Cristóbal de Tapia, que presente estaba, como fué á tomar la gobernacion de aquellas tierras en nombre de su majestad, y que no lo quiso obedecer, y que por fuerza le hizo volver á embarcar; y acusábanle que habia demandado á los indios de todas las ciudades de la Nueva-España mucho oro en nombre de su majestad, y se lo tomaba y encubria y lo tenia en su poder; acusábanle que, á pesar de todos sus soldados, llevó quinto como Rey de todas las partes que se habian habido en Méjico; acusábanle que mandó quemar los piés á Guatemuz é á otros caciques porque diesen oro; acusáronle que no dió ni acudió con las partes del oro á los soldados, y que todo lo resumió en sí; acusábanle los palacios que hizo y casas muy fuertes, y que eran tan grandes como gran aldea, y que hacia servir en ellas á todas las ciudades de la redonda de Méjico, y que les hacia traer grandes cipreses y piedra desde léjas tierras, y que habia dado ponzoña á Francisco de Garay por le tomar su gente y armada; y le pusieron otras muchas cosas y acusaciones, y tantas, que su majestad estaba enojado de oir tantas sinjusticias como del Cortés decian, creyendo que era verdad.

Y demas desto, como el Narvaez hablaba muy entonado, dijo estas palabras que oirán:

—«Y porque vuestra majestad sepa cuál andaba la cosa, la noche que me prendieron y desbarataron, que teniendo vuestras reales provisiones en el seno, que las saqué de priesa, y mi ojo quebrado, porque no me quemasen, porque ardia en aquella sazon el aposento en que estaba, me las tomó por fuerza del seno un capitan de Cortés, que se dice Alonso de Ávila, y es el que ahora está preso en Francia, y no me las quiso dar, y publicó que no eran provisiones, sino obligaciones que venia á cobrar.»

Entónces dice que se rio el Emperador, y la respuesta que dió fué, que en todo mandaria hacer justicia; y luego mandó juntar ciertos caballeros de sus Reales consejos y de su Real cámara, personas de quien S. M. tuvo confianza que harian recta justicia, que se decian, Mercurio Catirinario, gran canciller italiano, y mosiur de Lasao y el doctor de La-Rocha, flamencos, y Hernando de Vega, señor de Grajales y comendador mayor de Castilla, y el doctor Lorenzo Galindez de Carvajal y el licenciado Vargas, tesorero general de Castilla; y desque á su majestad le dijeron que estaban juntos, les mandó que mirasen muy justificadamente los pleitos y debates entre Cortés y Diego Velazquez é aquellos querellosos, y que en todo hiciesen justicia, no teniendo aficion á las personas ni favoreciesen á ninguno dellos, excepto á la justicia; y luego visto por aquellos caballeros el Real mando, acordaron de se juntar en unas casas y palacios donde posaba el gran canciller, y mandaron parecer al Narvaez y al Cristóbal de Tapia, y al piloto de Umbría y á Cárdenas, y á Manuel de Rojas y á Benito Martin y á un Velazquez, que estos eran procuradores del Diego Velazquez; y asimismo parecieron por la parte de Cortés su padre Martin Cortés y el licenciado Francisco Nuñez y Francisco de Montejo y Diego de Ordás, y mandaron á los procuradores del Diego Velazquez que propusiesen todas las quejas y demandas y capítulos contra Cortés, y dan las mismas quejas que dieron ante su majestad.

Á esto respondieron por Cortés sus procuradores, que á lo que decian que habia enviado el Diego Velazquez á descubrir la Nueva-España de los primeros, y gastó muchos pesos de oro, que no fué así como dicen: que los que lo descubrieron fué un Francisco Hernandez de Córdoba con ciento y diez soldados á su costa; y que ántes el Diego Velazquez es digno de gran pena, porque mandaba á Francisco Hernandez y á los compañeros que lo descubrieron que fuesen á la isla de los Guanajes á cautivar indios por fuerza para se servir dellos como esclavos; y desto mostraron probanzas, y no hubo contradiccion en ello.

Y tambien dijeron que si el Diego Velazquez volvió á enviar á su pariente Grijalva con otra armada, que no le mandó el Diego Velazquez poblar, sino rescatar, y que todo lo más que se gastó en la armada pusieron los capitanes que fueron en los navíos, y no Diego Velazquez, y que uno dellos era el mismo Francisco Montejo, que allí estaba presente, y los demas fueron Pedro de Albarado y Alonso de Ávila, é que rescataron veinte mil pesos, é que se quedó con todo lo más dellos el Diego Velazquez, y lo envió al Obispo de Búrgos para que le favoreciese, y que no dió parte dello á su majestad, sino lo que quiso, y que, demas de aquello, le dió indios al mismo Obispo en la isla de Cuba, que le sacaban oro: y que á su majestad no le dió ningun pueblo, siendo más obligado á ello que no el Obispo; de lo cual hubo buena probanza, y no hubo contradiccion en ello.

Tambien dijeron que si envió á Fernando Cortés con otra armada, que fué elegido primeramente por gracia de Dios y en ventura del mismo Emperador nuestro César é señor, é que tienen por cierto que si otro capitan enviaran, que le desbarataran, segun la multitud de guerreros que contra él se juntaban; y que cuando le envió el Diego Velazquez que, no le enviaba á poblar, sino á rescatar; de lo cual hubo probanzas dello; y que si se quedó á poblar fué por los requirimientos que los compañeros le hicieron, y que viendo que era servicio de Dios y de su majestad, pobló, y fué cosa muy acertada, y que dello se hizo relacion á su majestad y se le envió todo el oro que pudo haber, y que se le escribió sobre ello dos cartas haciéndole saber todo lo sobredicho: y que para obedecer sus Reales mandos estaba Cortés con todos sus compañeros los pechos por tierra; y se le hizo relacion de todas las cosas que el Obispo de Búrgos hacia por el Diego Velazquez, y que enviamos nuestros procuradores con el oro y cartas, y que el Obispo encubria nuestros muchos servicios, y que no enviaba á su majestad nuestras cartas, sino otras de la manera que él queria, y que el oro que enviamos, que se quedaba con todo lo más dello, y que torcia todas las cosas que convenian que su majestad fuese sabidor dellas, y que en cosa ninguna le decia verdaderamente lo que era obligado á nuestro Rey y señor, y que porque nuestros procuradores querian ir á Flandes delante de su Real persona, echó preso al uno dellos, que se decia Alonso Hernandez Puertocarrero, primo del conde de Medellin y que murió en la cárcel, y que mandaba el mesmo Obispo á los oficiales de la casa de la contratacion de Sevilla que no diesen ayuda ninguna á Cortés, así de armas como de soldados, sino que en todo le contradijesen, é que á boca llena nos llamaban de traidores; é que todo esto hacia el Obispo porque tenia tratado casamiento con el Diego Velazquez ó con el Tapia de casar una sobrina que se decia doña Petronila de Fonseca, y le habia prometido que le haria gobernador de Méjico; y para todo esto que he dicho mostraron traslados de las cartas que hubimos escrito á su majestad, é otras grandes probanzas; y la parte de Diego Velazquez no contradijo en cosa ninguna, porque no habia en qué.

É que á lo que decian de Pánfilo de Narvaez, que envió el Diego Velazquez con diez y ocho navíos y mil trescientos soldados y cien caballos, y ochenta escopeteros é otros tantos ballesteros, é habia hecho mucha costa, á esto respondieron que el Diego Velazquez es digno de pena de muerte por haber enviado aquella armada sin licencia de su majestad, y que cuando enviaba sus procuradores á Castilla, en nada ocurria á nuestro Rey y señor, como era obligado, sino solamente al Obispo de Búrgos, y que la Real audiencia de Santo Domingo y los frailes jerónimos que estaban por gobernadores le enviaron á mandar al Diego Velazquez á la isla de Cuba, so graves penas, que no enviase aquella armada hasta que su majestad fuese sabidor dello, y que con su Real licencia le enviase, porque hacer otra cosa era grande deservicio de Dios y de su majestad, poner zizañas en la Nueva-España en el tiempo que Cortés y sus compañeros estábamos en las conquistas y conversion de tantos cuentos de los naturales que se convertian á nuestra santa fe católica, y que para detener la armada le enviaron á un oidor de la misma audiencia Real, que se decia el licenciado Lúcas Vazquez de Ayllon, y en lugar de le obedecer, y los Reales mandos que llevaba, le echaron preso, y sin ningun acato le enviaron en un navío; y que pues que Narvaez estaba delante, que fué el que hizo aquel tan desacatado delito, por tocar en crímen _læsæ majestatis_, es digno de muerte, que suplicaban á aquellos caballeros por mí nombrados, que estaban por jueces, que le mandasen castigar; y respondieron que harian justicia sobre ello.

Volvamos á decir en los descargos que daban nuestros procuradores, y es, que á lo que dicen que no quiso Cortés obedecer las Reales provisiones que llevaba Narvaez, y le dió guerra y le desbarató y quebró un ojo, y prendió á él y todos sus compañeros y capitanes, y les puso fuego á los aposentos.

Á esto respondieron que, así como llegó Narvaez á la Nueva-España y desembarcó, que la primera cosa que hizo el Narvaez fué enviar á decir al gran cacique Montezuma, que Cortés tenia preso, que le venia á soltar y á matar todos los que estábamos con Cortés, y que alborotó la tierra de manera, que lo que estaba pacífico se volvió en guerra, é que como Cortés supo que habia venido al puerto de la Veracruz, le escribió muy amorosamente, y que si traia provisiones de su majestad, que las queria ver y obedeceria con aquel acato que se debe á su Rey y señor; y que no le quiso responder á sus cartas, sino siempre en su real llamándole de traidor, no lo siendo, sino muy leal servidor de su majestad; é que mandó pregonar Narvaez en su real guerra á fuego y sangre y ropa franca contra Cortés é sus compañeros; y que le rogó muchas veces con la paz, y que mirase no revolviese la Nueva-España de manera que diese causa para que todos se perdiesen, y que se apartaria á una parte, cual él quisiese, á conquistar, y el Narvaez fuese por la parte que más le agradase, y que entrambos sirviesen á Dios y á su majestad, é pacificasen aquellas tierras; y tampoco le quiso responder á ello; y como Cortés vió que no aprovechaban todos aquellos cumplimientos ni le mostraba las Reales provisiones, y supo el gran desacato que habia hecho el Narvaez en prender al oidor de su majestad, que para lo castigar por aquel delito acordó de ir á hablar con él para ver las Reales provisiones, é á saber por qué causa prendió al oidor; y que el Narvaez tenia concertado de prender á Cortés sobre seguro; y para ello presentaron probanzas y testimonios bastantes, y aun por testigo á Andrés de Duero, que se halló por la parte del Narvaez cuando aquello pasó, y el mismo Duero fué el que dió aviso á Cortés dello; y á todo esto la parte del Diego Velazquez no habia en qué contradecir cosa ninguna sobre ello.

É á lo que le acusaban que vino á Pánuco Francisco de Garay, y con grande armada, y provisiones de su majestad en que le hacian gobernador de aquella provincia, y que Cortés tuvo astucias y gran diligencia para que se le amotinasen al Garay sus soldados, y los indios de la misma provincia mataron á muchos dellos, y le tomó ciertos navíos, é hizo otras demasías hasta que el Garay se vió perdido y desamparado y sin capitanes y soldados, y se fué á meter por las puertas de Cortés y le aposentó en sus casas, y que dende á ocho dias que le dió un almuerzo de que murió, de ponzoña que le dieron en él; á esto respondieron que no era así, porque no tenia necesidad de los soldados que el Garay tenia para les hacer amotinar, sino que, como el Garay no era hombre para la guerra, no se daba maña con los soldados, y como no toparon con la tierra cuando desembarcó, sino grandes rios y malas ciénagas y mosquitos y murciégalos, y los que traia en su compañía tuvieron noticia de la gran prosperidad de Méjico y las riquezas y la buena fama de la liberalidad de Cortés, que por esta causa se le iban á Méjico, y que por los pueblos de aquellas provincias andaban á robar sus soldados á los naturales y les tomaban sus hijas y mujeres, y que se levantaron contra ellos y le mataron los soldados que dicen, y que los navíos, que no los tomó, sino que dieron al través; y si envió sus capitanes Cortés, fué para que hablasen al Garay, ofreciéndoseles por Cortés, y tambien para ver las Reales provisiones, si eran contrarias de las que ántes tenia Cortés; y que viéndose el Garay desbaratado de sus soldados, y navíos dados al través, que se vino á socorrer á Méjico, y Cortés le mandó hacer mucha honra por los caminos y banquetes de Tezcuco, y cuando entró en Méjico le salió á recebir y le aposentó en sus casas, y habian tratado casamiento de los hijos, é que le queria dar favor é ayudar para poblar el rio de Palmas, é que si cayó malo, que Dios fué servido de le llevar deste mundo, ¿qué culpa tiene Cortés para ello? Y que se le hicieron muchas honras al enterramiento y se pusieron lutos, y que los médicos que lo curaban juraron que era dolor de costado, y que esta es la verdad; y no hubo otra contradiccion.

É á lo que decian que llevaba quinto como Rey, respondieron que cuando lo hicieron capitan general y justicia mayor hasta que su majestad mandase en ello otra cosa, le prometieron los soldados que le darian quinto de las partes, despues de sacado el real quinto, é que lo tomó por causa que despues gastaba cuanto tenia en servicio de su majestad, como fué en lo de la provincia de Pánuco, que pagó de su hacienda sobre seis mil pesos de oro, y envió en presentes á su majestad mucho oro de lo que le habia caido del quinto; y mostraron probanzas de todo lo que decian, y no hubo contradiccion por los procuradores de Diego Velazquez.

É á lo que decian que á los soldados les habia tomado Cortés sus partes del oro que les cabia, dijeron que les dieron conforme á la cuenta del oro que se halló en la toma de Méjico, porque se halló muy poco, que todo lo habian robado los indios de Tlascala y Tezcuco y los demas guerreros que se hallaron en las batallas y guerras; y no hubo contradiccion sobre ello.

É á lo que dijeron que Cortés habia mandado quemar los piés con aceite á Guatemuz é otros caciques porque diesen oro, á esto respondieron que los oficiales de su majestad se los quemaron, contra la voluntad de Cortés, porque descubriesen el tesoro de Montezuma; y para esto dieron informacion bastante.

Y á lo que le acusaban que habia labrado muy grandes casas, y habia en ellas una villa, y que hacia traer los árboles y cipreses y piedras de léjas tierras, á esto respondieron que las casas es verdad que son muy suntuosas, y que para servir con ellas y cuanto tiene Cortés á su majestad las hizo fabricar en su Real nombre, é que los árboles é cipreses, que están junto á la ciudad é que los traian por agua, é que piedra, que habia tanta de los adoratorios que deshicieron de los ídolos, que no habia menester traella de fuera, é que para las labrar no hubo menester más de mandar al gran cacique Guatemuz que las labrase con los indios oficiales, que hay muchos de hacer casas é carpinteros, é que el Guatemuz llamó de todos sus pueblos para ello, é que así se usaba entre los indios hacer las casas y palacios de los señores.

É á lo que se quejaba Narvaez que le sacó Alonso de Ávila las provisiones Reales por fuerza, y no se las quiso dar y publicó que eran obligaciones que le debian al Narvaez de ciertos caballos é yeguas que habian vendido, que venia á cobrar, é que fué por mandado de Cortés; á esto respondieron que no vieron provisiones, sino solamente tres obligaciones que le debian al Narvaez de caballos é yeguas que habia vendido fiadas, é que Cortés nunca tales provisiones vió ni le mandó tomar.

É á lo que se quejaba el piloto Umbría, que Cortés le mandó cortar y deszocar los piés sin causa ninguna, á esto respondieron que por justicia y sentencia que sobre ello hubo se le cortaron, porque se queria alzar con un navío y dejar en la guerra á su capitan y venirse á Cuba él y otros dos hombres que Cortés mandó ahorcar por justicia.

É á lo que el Cárdenas demandaba, que no le habian dado parte del primer oro que se envió á su majestad, dijeron que él firmó con otros muchos que no queria parte de ello, sino que se enviase á su majestad, y que allende desto, le dió Cortés trescientos pesos para que trujese á su mujer é hijos, é que el Cárdenas no era hombre para la guerra, é que era mentecato é de poca calidad, é que con los trescientos pesos estaba muy bien pagado.

Y á la postre respondieron que, si fué Cortés contra el Narvaez, y le desbarató y quebró el ojo, y le prendió á él y á sus capitanes, y se le quemó su aposento, que el Narvaez fué causa dello por lo que dicho y alegado tienen, y por le castigar el gran desacato que tuvo de prender á un oidor de su majestad, y como la justicia era por la parte de Cortés y sus compañeros, que en aquella batalla que hubo con Narvaez fué nuestro Señor servido dar victoria á Cortés, que con ducientos y sesenta y seis soldados, sin caballos é sin arcabuces ni ballestas, desbarató con buena maña y con dádivas de oro al Narvaez, y le quebró el ojo, y prendió á él y sus capitanes, siendo contra Cortés mil trescientos soldados, y entre ellos ciento de á caballo y otros tantos escopeteros y ballesteros, y que si Narvaez quedara por capitan, la Nueva-España se perdiera.

Y á lo que decian el Cristóbal de Tapia, que venia para tomar la gobernacion de la Nueva-España con provisiones de su majestad, y que no le quisieron obedecer, á esto responden que el Cristóbal de Tapia, que delante estaba, fué contento de vender unos caballos y negros; que si él fuera á Méjico, adonde Cortés estaba, y le mostrara sus recaudos, obedeciera; mas que viendo todos los caballeros y cabildos de todas las ciudades y villas que convenia que Cortés gobernase en aquella sazon, porque vieron que el Tapia no era capaz para ello, que suplicaron de las Reales provisiones para ante su majestad, y segun parecerá de los autos que sobre ello pasaron.

Y cuando hubieron acabado de poner por la parte del Diego Velazquez y del Narvaez sus demandas, é aquellos caballeros que estaban por jueces vieron las respuestas y lo que por la parte de Cortés fué alegado, y todo probado, y sobre ello habian estado embarazados cinco dias en ir á los unos y á los otros, acordaron de ponello todo en la consulta con su majestad; y despues de muy acordado por todos en ella, lo que fué sentenciado es esto: lo primero, que dieron por muy bueno y leal servidor de su majestad á Cortés y á todos nosotros los verdaderos conquistadores que con él pasamos, y tuvieron en mucho nuestra gran felicidad, y loaron y ensalzaron en gran manera las grandes batallas y osadía que contra los indios tuvimos, y no se olvidó de decir cómo, siendo nosotros tan pocos, desbaratamos al Narvaez; y luego mandaron poner silencio al Diego Velazquez acerca del pleito de la gobernacion de la Nueva-España, y que si algo habia gastado en los armadas, que por justicia lo pidiese á Cortés; y luego declararon por sentencia que Cortés fuese gobernador de la Nueva-España, segun lo mandó el Sumo Pontífice, é que daban en nombre de su majestad los repartimientos por buenos, que Cortés habia hecho, y le dieron poder para repartir la tierra desde allí adelante, y por bueno todo lo que habia hecho, porque claramente era servicio de Dios y de su majestad.

En lo de Garay ni en otras cosas de las acusaciones que le ponian, que pues no daban informaciones tocantes acerca dello, que lo reservaban para el tiempo andando, y le enviarian á tomar residencia; y en lo que Narvaez pedia, que le tomaron sus provisiones del seno, é que fué Alonso de Ávila, que estaba en aquella sazon preso en Francia, que le prendió Juan Florin, frances, gran corsario, cuando robó la recámara que llamábamos de Montezuma, dijeron aquellos caballeros que lo fuese á pedir á Francia, y que le citasen pareciese en la córte de su majestad, para ver lo que sobre ello respondia; y á los dos pilotos Umbría y Cárdenas les mandaron dar cédulas Reales para que en la Nueva-España les dén indios que renten á cada uno mil pesos de oro.

Y mandaron que todos los conquistadores fuésemos antepuestos y nos diesen buenas encomiendas de indios, y que nos pudiésemos asentar en los más preeminentes lugares, así en las santas iglesias como en otras partes.

Pues ya dada y pronunciada esta sentencia por aquellos caballeros que su majestad puso por jueces, lleváronla á firmar á Valladolid, donde su majestad estaba, porque en aquel tiempo pasó de Flandes, y en aquella sazon mandó pasar allí toda su Real córte y consejo, y firmóla su majestad, y dió otras sus Reales provisiones para echar los tornadizos de la Nueva-España, porque no hubiese contradiccion en la conversion de los naturales.

Y asimismo mandó que no hubiese letrados por ciertos años, porque do quiera que estaban revolvian pleitos é debates y zizañas; y diéronse todos estos recaudos firmados de su majestad y señalados de aquellos caballeros que fueron jueces, y de don García de Padilla, en la misma villa de Valladolid, á 17 de Mayo de mil y quinientos y tantos años, y venian refrendadas del secretario don Francisco de los Cóbos, que despues fué comendador mayor de Leon; y entónces escribió su majestad cesárea á Cortés é á todos los que con él pasamos, agradeciéndonos los muchos y buenos é notables servicios que le haciamos; y tambien en aquella sazon el Rey don Hernando de Hungría, Rey de romanos, que ansí se nombraba, padre del Emperador que agora es, escribió otra carta en respuesta de lo que Cortés le habia escrito, y enviado presentadas muchas joyas de oro; y lo que decia el Rey de Hungría en la carta que escribió á Cortés era, que ya tenia noticia de los muchos y grandes servicios que habia hecho á Dios primeramente, y á su señor y hermano el Emperador, y á toda la Cristiandad, y que en todo lo que se le ofreciese, que se lo haga saber, porque sea intercesor en ello con su señor y hermano el Emperador, porque de mucho más era merecedora su generosa persona, y que diese sus encomiendas á los fuertes soldados que le ayudaron; y decia otras palabras de ofrecimientos; y acuérdaseme que en la firma decia: «Yo el Rey, é Infante de Castilla;» y refrendada de su secretario, que se decia Fulano de Castillejo; y esta carta yo la leí dos ó tres veces en Méjico, porque Cortés me la mostró para que viese en cuán grande estima éramos tenidos los verdaderos conquistadores, de su majestad.

Pues como todos estos despachos tuvieron nuestros procuradores, luego enviaron con ellos por la posta á un Rodrigo de Paz, primo de Cortés y deudo del licenciado Francisco Nuñez, y tambien vino con ellos un hidalgo de Extremadura, pariente del mismo Cortés, que se decia Francisco de las Casas, y trajeron un buen navío velero, y vinieron camino de la isla de Cuba, y en Santiago de Cuba, donde Diego Velazquez estaba por gobernador, se le notificaron las Reales provisiones y sentencia, para que se dejase del pleito de Cortés y le demandase los gastos que habia hecho; la cual notificacion se hizo con trompetas; y el Diego Velazquez, de pesar, cayó malo, y dende á pocos meses murió muy pobre y descontento, y por no volver yo otra vez á recitar lo que en Castilla negoció el Francisco de Montejo y el Diego de Ordás, dirélo ahora, y fué así: que al Francisco de Montejo su majestad le hizo merced de la gobernacion y adelantamiento de Yucatan é Cozumel, y trajo don y señoría, y al Diego de Ordás su majestad le confirmó los indios que tenia en la Nueva-España y le dió una encomienda del señor Santiago, y el volcan que estaba cabe Guaxocingo por armas, y con ello se vinieron á la Nueva-España.

Desde á dos ó tres años el mismo Ordás volvió á Castilla y demandó la conquista del Marañon, donde se perdió él y su hacienda.

Dejemos desto, y digamos cómo el Obispo de Búrgos, que en aquella sazon supo los grandes favores que su majestad hizo á Cortés y á todos nosotros los conquistadores, y cómo muy claramente aquellos caballeros que fueron jueces habian alcanzado á saber los tratos que entre él y Diego Velazquez habia, y cómo tomaba el oro que enviábamos á su majestad, y encubria y torcia nuestros muchos servicios, y aprobaba por buenos los de su amigo Diego Velazquez, si muy triste y pensativo estaba de ántes, ahora desta vez cayó malo dello y de otros enojos que tuvo con un caballero su sobrino, que se decia D. Alonso de Fonseca, Arzobispo que fué de Santiago, porque pretendia aquel arzobispado de Santiago el don Juan Rodriguez de Fonseca.

Dejemos de hablar desto, y digamos cómo el Francisco de las Casas y el Rodrigo de Paz llegaron á la Nueva-España, y entraron en Méjico con las Reales provisiones que de su majestad traian para ser gobernador Cortés, qué alegrías y regocijos se hicieron, y qué de correos fueron por todas las provincias de la Nueva-España á demandar albricias á las villas que estaban pobladas, y qué mercedes hizo Cortés al de las Casas y al Rodrigo de Paz y á otros que venian en su compañía, que eran de Medellin, su tierra de Cortés; y es, que al Francisco de las Casas le hizo capitan y le dió luego un buen pueblo que se dice Anguitlan, y al Rodrigo de Paz le dió otros muy buenos y ricos pueblos, y le hizo su mayordomo mayor y su secretario, y mandaba absolutamente al mismo Cortés; y tambien á los que vinieron de su tierra de Medellin, á todos les dió indios, y al maestre del navío en que trajeron la nueva de cómo Cortés era gobernador le dió oro, con que volvió rico á Castilla.

Dejemos ahora esto de recitar las alegrías y albricias que se dieron por las nuevas, y quiero decir lo que me han preguntado algunos curiosos letores, y tienen razon de poner plática sobre ello, que, ¿cómo pude yo alcanzar á saber lo que pasó en España, así de lo que mandó Su Santidad como de las quejas que dieron de Cortés, y las respuestas que sobre ello propusieron nuestros procuradores, y la sentencia que sobre ello se dió, y otras muchas particularidades que aquí digo y declaro, estando yo en aquella sazon conquistando en la Nueva-España é sus provincias, no lo pudiendo ver ni oir? Yo les respondí que, no solamente lo alcancé yo á saber, sino que todos los más conquistadores que lo quisieron ver y leer en cuatro ó cinco cartas y relaciones por sus capítulos declarado, cómo y cuándo y en qué tiempo acaeció lo por mí dicho; las cuales cartas y memoria las escribieron de Castilla nuestros procuradores porque conociésemos que entendian con mucho calor en nuestros negocios.

Yo dije en aquel tiempo muchas veces que solamente lo que procuraban, segun pareció, era por las cosas de Cortés y las suyas dellos, y que nosotros los que lo ganábamos y conquistábamos, y le pusimos en el estado que Cortés estaba, quedamos siempre con un trabajo sobre otro, y roguemos á nuestro Señor Dios nos dé favor y ánimo, y ponga en corazon á nuestro gran César mande que su recta justicia se cumpla, pues que en todo es muy católico.

Pasemos adelante, y digamos en lo que Cortés entendió desque le vino la gobernacion.

CAPÍTULO CLXIX.

DE EN LO QUE CORTÉS ENTENDIÓ DESPUES QUE LE VINO LA GOBERNACION DE LA NUEVA-ESPAÑA, CÓMO Y DE QUÉ MANERA REPARTIÓ LOS PUEBLOS DE INDIOS, É OTRAS COSAS QUE MÁS PASARON, Y UNA MANERA DE PLATICAR QUE SOBRE ELLO SE HA DECLARADO ENTRE PERSONAS DOCTAS.

Ya que le vino la gobernacion de la Nueva-España á Hernando Cortés, paréceme á mí y á otros conquistadores de los antiguos, de los más experimentados y maduro consejo, que lo que habia de mirar Cortés era acordarse desde el dia que salió de la isla de Cuba y tener atencion á todos los trabajos en que se vió, así cuando en lo de los arenales, cuando desembarcamos, qué personas fueron en le favorecer para que fuese capitan general y justicia mayor de la Nueva-España; y lo otro, quién fueron los que se hallaron siempre á su lado en todas las guerras, así de Tabasco y Cingapacinga, y en tres batallas de Tlascala, y en la de Cholula cuando tenian puestas las ollas con ají para nos comer cocidos; y tambien quién fueron en favorecer su partido cuando por seis ó siete soldados que no estaban bien con él le hacian requirimientos que se volviese á la Villa-Rica y no fuese á Méjico, poniéndole por delante la gran pujanza de guerreros y gran fortaleza de la ciudad; y quién fueron los que entraron con él en Méjico y se hallaron en prender al gran Montezuma; y luego que vino Pánfilo de Narvaez con su armada, qué soldados fueron los que llevó en su compañía y le ayudaron á prender y desbaratar al Narvaez; y luego quién fueron los que volvieron con él á Méjico al socorro de Pedro de Albarado, y se hallaron en aquellas fuertes y grandes batallas que nos dieron, hasta que salimos huyendo de Méjico, que de mil y trecientos soldados quedaron muertos sobre ochocientos y cincuenta, con los que mataron en Tustepeque é por los caminos, y no escapamos sino cuatrocientos y cuarenta muy heridos, y á Dios misericordia.

Y tambien se le habia de acordar de aquella muy temerosa batalla de Obtumba, quién, despues de dos dias, se la ayudó á vencer y salir de aquel tan gran peligro; y despues quién y cuántos le ayudaron á conquistar lo de Tepeaca y Cachula y sus comarcas, como fué Ozucar y Guacachula y otros pueblos; y la vuelta que dimos por Tezcuco para Méjico, y de otras muchas entradas que desde Tezcuco hicimos, así como la de Iztapalapa, cuando nos quisieron anegar con echar el agua de la laguna, como echaron, creyéndonos ahogar; y asimismo las batallas que hubimos con los naturales de aquel pueblo y mejicanos que les ayudaron; y luego la entrada del Saltocan y los peñoles que llaman hoy dia del Marqués, y otras muchas entradas; y el rodear de los grandes pueblos de la laguna, y de los muchos rencuentros y batallas que en aquel viaje tuvimos, así de los de Suchimileco como de los de Tacuba; y vueltos á Tezcuco, quién le ayudó contra la conjuracion que tenian concertado de le matar, cuando sobre ello ahorcó un Villafaña; y pasado esto, quién fueron los que le ayudaron á conquistar á Méjico, y en noventa y tres dias, á la continua de dia y de noche, tener batallas y muchas heridas y trabajos, hasta que se prendió á Guatemuz, que era el que mandaba en aquella sazon á Méjico; y quién fueron en le ayudar y favorecer cuando vino á la Nueva-España un Cristóbal de Tapia para que le diese la gobernacion.

Y demas de todo esto, quiénes fueron los soldados que escribimos tres veces á su majestad en loor de los grandes y muchos y buenos servicios que Cortés le habia hecho, y que era digno de grandes mercedes y le hiciese gobernador de la Nueva-España.

No quiero aquí traer á la memoria otros servicios que siempre á Cortés haciamos; pues los varones y fuertes soldados que en todo esto nos hallamos, y ahora que le vino la gobernacion, que, despues de Dios, con nuestra ayuda se la dieron, bien fuera que tuviera cuenta con Pedro, Sancho y Martin y otros que lo merecian; y el soldado y compañero que estaba por su ventura en Colima ó en Zacatula, ó en Pánuco ó en Guacacualco, y los que andaban huyendo cuando despoblaron á Tutepeque, y estaban pobres y no les cupo suerte de buenos indios, pues que habia bien que dalles; y sacalles de mala tierra, pues que su majestad muchas veces se lo mandaba y encargaba por sus reales cartas misivas, y no daba Cortés nada de su hacienda, habíales de dar con que se remediasen, y en todo anteponelles; y siempre cuando escribiese á los procuradores que estaban en Castilla en nuestro nombre, que procurasen por nosotros; y el mismo Cortés habia de escribir muy afectuosamente para que nos diese para nosotros y nuestros hijos cargos y oficios reales, todos los que en la Nueva-España hubiese; mas digo que mal ageno de pelo cuelga, á que no procuraba sino para él; lo uno la gobernacion que le trajeron ántes que fuese marqués, é despues que fué á Castilla y vino marqués.

Dejemos esto, y pongamos aquí otra manera, que fuera harto buena y justa para repartir todos los pueblos de la Nueva-España, segun dicen muy doctos conquistadores, que lo ganamos, de prudente y maduro juicio; que lo que habia de hacer es esto; hacer cinco partes la Nueva-España, y la quinta parte de las mejores ciudades y cabeceras de todo lo poblado dalla á su majestad de su Real quinto, y otra parte dejalla por repartir, para que fuese la renta della para iglesias y hospitales y monasterios, y para que S. M., si quisiese hacer algunas mercedes á caballeros que le hayan servido en Italia, de allí pudiera haber para todos; y las tres partes que quedaran repartillas en su persona de Cortés y en todos nosotros los verdaderos conquistadores, segun y de la calidad que sentia que era cada uno, y dallas perpétuos, porque en aquella sazon su majestad lo tuviera por bien; porque, como no habia gastado cosa ninguna en estas conquistas, ni sabia ni tenia noticia destas tierras, estando como estaba, en aquella sazon en Flandes, y viendo una buena parte de las del mundo que le entregamos, como sus muy leales vasallos, lo tuviera por bien y nos hiciera merced dellas, y con ello quedáramos; y no anduviéramos ahora, como andamos, abatidos y de mal en peor, y muchos de los conquistadores no tenemos con qué nos sustentar; ¿que harán los hijos que dejamos? Quiero decir lo que hizo Cortés, y á quién dió los pueblos.

Primeramente al Francisco de las Casas, á Rodrigo de Paz, al factor y veedor y contador que en aquella sazon vinieron de Castilla; á un Avalos y á Saavedra, sus deudos; á un Barrios, con quien casó su cuñada, hermana de su mujer doña Catalina Juarez; y á Alonso Lúcas, y á un Juan de la Torre, y á Luis de la Torre, á Villegas, y á un Alonso Valiente, y á un Ribera el tuerto.

Y, ¿para qué cuento yo estos pocos? Que á todos cuantos vinieron de Medellin, á otros criados de grandes señores, que le contaban cuentos de cosas que le agradaban, los dió lo mejor de la Nueva-España.

No digo yo que era malo el dar á todos, pues habia de qué; mas que habia de anteponer primero lo que su majestad le mandaba, y á los soldados que le ayudaron á tener el ser y valor que tenia, ayudalles; y pues que ya es hecho, no quiero volver á repetirlo; y para ir á entradas y guerras y á cosas que le convenian, bien se acordaba adónde estábamos, y nos enviaba á llamar para las batallas y guerras, como adelante diré.

Y dejaré de contar más lástimas y de cuán avasallados nos traia, pues no se puede ya remediar.

Y no dejaré de decir lo que Cortés decia despues que le quitaron la gobernacion, que fué cuando vino Luis Ponce de Leon, y como murió el Luis Ponce, dejó por su teniente á Márcos de Aguilar, como adelante diré; y es, que íbamos á Cortés á decille algunos caballeros y capitanes de los antiguos que le ayudamos en las conquistas, que nos diese de los indios, de los muchos que en aquel instante Cortés tenia, pues que su majestad mandaba que le quitasen algunos dellos, como se los habian de quitar, é luego se los quitaron; y la respuesta que daba era, que se sufriesen como él se sufria; que si le volvia su majestad á hacer merced de la gobernacion, que en su conciencia (que así juraba) que no lo erraria como en lo pasado, y que daria buenos repartimientos á quien su majestad le mandó, y enmendaria el gran yerro pasado que hizo; y con aquellos prometimientos y palabras blandas creia que quedaban contentos aquellos conquistadores.

Dejémoslo ya, y digamos que en aquella sazon, á pocos dias ántes, vinieron de Castilla los oficiales de la hacienda Real de su majestad, que fué Alonso de Estrada, tesorero, y era natural de Ciudad-Real, y vino el factor Gonzalo de Salazar, y vino Rodrigo de Albornoz por contador, que ya habia fallecido Julian de Alderete, y este Albornoz era natural de Paladinas ú de la Gama, y vino el veedor Pedro Almíndes Chirino, natural de Úbeda ó Baeza, y vinieron muchas personas con cargos.

Dejemos esto, y quiero decir que en este instante rogó un Rodrigo Rangel á Cortés (el cual Rangel muchas veces le he nombrado) que, pues no se habia hallado en toma de Méjico ni en ningunas batallas con nosotros en toda la Nueva-España, que porque hubiese alguna fama dél, que le hiciese merced de le dar una capitanía para ir á conquistar á los pueblos de los zapotecas, que estaban de guerra, y llevar en su compañía á Pedro de Ircio, para ser su consejero en lo que habia de hacer; y como Cortés conocia al Rodrigo Rangel, que no era para dalle ningun cargo, á causa que estaba siempre doliente y con grandes dolores y bubas, y muy flaco y las zancas y piernas muy delgadas, y todo lleno de llagas, cuerpo y cabeza abierta, denegaba aquella entrada, diciendo que los indios zapotecas eran gente mala de domar por las grandes y altas sierras adonde están poblados, y que no podian llevar caballos; y que siempre hay neblinas y rocíos, y que los caminos eran angostos y resbalosos, y que no pueden andar por ellos sino á manera de decir los piés junto á las cabezas de los que vienen atrás: entiéndanlo de la manera que aquí lo digo, que así es verdad; porque los que van arriba, con los que vienen detrás vienen cabezas con piés; y que no era cosa de ir á aquellos pueblos, y que ya que fuese, que habia de llevar soldados bien sueltos y robustos, y experimentados en las guerras; y como el Rangel era muy porfiado y de su tierra de Cortés, húbole de conceder lo que pedia; y segun despues supimos, Cortés lo hubo por bueno embialle do se muriese, porque era de mala lengua; é Cortés escribió á Guacacualco á diez ó doce que nombró en la carta, que nos rogaba que fuésemos con el Rangel á le ayudar, y entre los soldados que mandó ir me nombró á mí, y fuimos todos los vecinos á quien Cortés escribió.

Ya he dicho que hay grandes sierras en lo poblado de los zapotecas, y que los naturales de allí son gente muy ligeros é sueltos, y con unas voces é silbos que dan, retumban todos los valles como á manera de ecos; y como habiamos de llevar al Rangel, no podiamos andar ni hacer cosa que buena fuese.

É ya que íbamos á algun pueblo, hallábamosle despoblado, y como no estaban juntas las casas, sino unas en un cerro y otras en un valle, y en aquel tiempo llovia, y el pobre Rangel dando voces de dolor de las bubas, y la mala gana que todos teniamos de andar en su compañía, y viendo que era tiempo perdido, y que si por ventura los zapotecas, como son ligeros y tienen grandes lanzas, muy mayores que las nuestras, y son grandes flecheros, que si nos aguardaban é hiciesen cara, como no podiamos ir por los caminos sino uno á uno, temiamos no nos viniese algun desman, y el Rangel estaba más malo que cuando vino, acordó de dejar la negra conquista, que negra se podia llamar, y volverse cada uno á su casa; y el Pedro de Ircio, que traia por consejero, fué el primero que se lo aconsejó, y le dejó solo, y se fué á la Villa-Rica, donde vivia; y el Rangel dijo que se queria ir á Guacacualco con nosotros, por ser la tierra caliente, para prevalecerse de su mal, y los que éramos vecinos de Guacacualco que allí estábamos, por peor tuvimos llevarle con nosotros que á la venida que venimos con él á la guerra; y llegados á Guacacualco, luego dijo que queria ir á pacificar las provincias de Cimatan y Talatupan, que ya he dicho muchas veces en el capítulo que dello habla cómo no habian querido venir de paz á causa de los grandes rios y ciénagas tembladeras entre quien estaban poblados; y demas de la fortaleza de las ciénagas, ellos de su naturaleza son grandes flecheros, y tenian muy grandes arcos y tiran muy á certero.

Volvamos á nuestro cuento: que mostró Rangel provisiones en aquella villa, de Hernando Cortés, cómo le enviaba por capitan para que conquistase las provincias que estuviesen de guerra, y señaladamente la de Cimatan y Tulapan; y apercibió todos los más vecinos de aquella villa que fuésemos con él; y era tan temido Cortés, que aunque nos pesó, no osamos hacer otra cosa, como vimos sus provisiones, y fuimos con el Rangel sobre cien soldados, dellos á caballo y á pié, con obra de veinte y seis ballesteros y escopeteros; é fuimos por Tonala é Ayagualulco, é Copilco, Zacualco, y pasamos muchos rios en canoas y en barcas, y pasamos por Teutitan, Copilco y por todos los pueblos que llamamos la Chontalpa, que estaban de paz, é llegamos obra de cinco leguas de Cimatan, é en unas ciénagas y malos pasos estaban juntos todos los más guerreros de aquella provincia, y tenian hechos unos cercados y grandes albarradas de palos y maderos gruesos, y ellos de dentro con unos petriles y saeteras, por donde podian flechar; é de presto nos dan una tan buena refriega de flecha y vara tostada con tiraderas, que mataron siete caballos é hirieron ocho soldados, y al mismo Rangel, que iba á caballo, le dieron un flechazo en un brazo, y no le entró sino muy poco; y como los conquistadores viejos habiamos dicho al Rangel que siempre fuesen hombres sueltos á pié descubriendo caminos y celadas, y le habiamos dicho de otras veces cómo aquellos indios solian pelear muy bien y con maña, y como él era hombre que hablaba mucho, dijo que votaba á tal, que si nos creyera, que no le aconteciera aquello, y que de allí adelante que nosotros fuésemos los capitanes y le mandásemos en aquella guerra.

Y luego como fueron curados los soldados y ciertos caballos que tambien hirieron, demas de los siete que mataron, mandóme á mí que fuese adelante descubriendo, y llevaba un lebrel muy bravo, que era del Rangel, y otros dos soldados muy sueltos y ballesteros, y le dijeron que se quedase bien atrás con los de á caballo, y los soldados y ballesteros fuesen junto conmigo; é yendo nuestro camino para el pueblo de Cimatan, que era en aquel tiempo bien poblado, hallamos otras albarradas y fuerzas, ni más ni ménos que las pasadas, y tírannos á los que íbamos delante tanta flecha y vara, que de presto mataron el lebrel, é si yo no fuera muy armado, allí quedara, porque me dieron siete flechas, que con el mucho algodon de las armas se detuvieron, y todavía salí herido en una pierna, y á mis compañeros á todos hirieron; y entónces yo dí voces á unos indios nuestros amigos, que venian un poco atrás de nosotros, para que viniesen de presto los ballesteros y escopeteros y peones, y que los de á caballo quedasen atrás, porque allí no podian correr ni aprovecharse dellos, y se los flecharian; y luego acudieron ansí como lo envié á decir, porque deantes cuando yo me adelanté así lo tenia concertado, que los de á caballo quedasen muy atrás y que todos los demas estuviesen muy prestos en teniendo señal ó mandado, y como vinieron los ballesteros y escopeteros, les hicimos desembarazar las albaradas, y se acogieron á unas grandes ciénagas que temblaban, y no habia hombre que en ellas entrase, que pudiese salir sino á gatas ó con grande ayuda.

En esto llegó Rangel con los de á caballo, é allí cerca estaban muchas casas que entónces despoblaron los moradores dellas, y reposamos aquel dia y se curaron los heridos.

Otro dia caminamos para ir al pueblo de Cimatan, y hay grandes cabanas llenas, y en medio de las cabanas muy malísimas ciénagas, y en una dellas nos aguardaron, y fué con ardid que entre ellos concertaron para aguardar en el campo raso de las cabanas, y propusieron que los caballos, por codicia de los alcanzar y alancear, irian corriendo tras ellos á rienda suelta y atollarian en las ciénagas, y ansí fué como lo concertaron, que por más que habiamos dicho y aconsejado á Rangel que mirase que habia muchas ciénagas y que no corriese por aquellas cabanas á rienda suelta, que atollarian los caballos, y que suelen tener aquellos indios estas astucias, y hechas saeteras y fuerzas junto á las ciénagas, no lo quiso creer; y el primero que atolló en ellas fué el mismo Rangel, y allí le mataron el caballo, y si de presto no fuera socorrido, ya se habian echado en aquellas malas ciénagas muchos indios para le apañar y llevar vivo á sacrificar, y todavía salió descalabrado en las llagas que tenia en la cabeza; y como toda aquella provincia era muy poblada, y estaba allí junto otro pueblezuelo, fuimos á él, y entónces huyeron los moradores, y se curó el Rangel y tres soldados que habian herido.

Y dende allí fuimos á otras casas que tambien estaban sin gente, que entónces las despoblaron sus dueños, y hallamos otra fuerza con grandes maderos y bien cercada y sus saeteras; y estando reposando aún no habia un cuarto de hora, vienen tantos guerreros cimatecas, y nos cercan en el pueblezuelo, que mataron un soldado y á dos caballos, y tuvimos bien que hacer en hacellos apartar; y entónces nuestro Rangel estaba muy doliente de la cabeza, é habia muchos mosquitos, que no dormia de noche ni dia, y murciégalos muy grandes que le mordian y desangraban; y como siempre llovia, y algunos soldados que el Rangel habia traido consigo, de los que nuevamente habian venido de Castilla, vieron que en tres partes nos habian aguardado los indios de aquella provincia, y habian muerto once caballos y dos soldados, y herido á otros muchos, aconsejaron al Rangel que se volviese dende allí, pues la tierra era mala de ciénagas y estaba muy malo; y el Rangel, que lo tenia en gana, y porque pareciese que no era de su albedrio y voluntad aquella vuelta, sino por consejo de muchos, acordó de llamar á consejo sobre ello á personas que eran de su parecer para que se volviesen; y en aquel instante habiamos ido veinte soldados á ver si podiamos tomar alguna gente de unas huertas de cacaguatales que allí junto estaban, y trujimos dos indios y tres indias; y entónces el Rangel me llamó á mí aparte é á consejo, y díjome de su mal de cabeza, é que le aconsejaban todos los demas soldados que se volviese donde estaba Cortés, y me declaró todo lo que habia pasado; y entónces le reprendí su vuelta, y como nos conociamos de más de cuatro años atrás, de la isla de Cuba, le dije:

—«¿Cómo, Señor? ¿Qué dirán de vuesa merced, estando cerca del pueblo de Cimatan quererse volver? Pues Cortés no lo terná á bien, y maliciosos que os quieren mal os lo darán en cara, que en la entrada de las zapotecas ni aquí no habeis hecho cosa ninguna que buena sea, trayendo, como traeis, tan buenos conquistadores, que son los de nuestra villa de Guacacualco; pues por lo que toca á nuestra honra y á la de vuesamerced, é yo y otros soldados somos de parecer que pasemos adelante; y iré con todos mis compañeros descubriendo ciénagas y montes, y con los escopeteros pasaremos hasta la cabecera de Cimatan, y mi caballo déle vuesa merced á otro caballero que sepa muy bien menear la lanza é tener ánimo para mandalle, que yo no puedo servirme dél yendo á lo que voy, y que va más en alancear, y véngase con las de á caballo algo atrás.»

Y como el Rodrigo Rangel aquello me oyó, como era hombre vocinglero y hablaba mucho, salió de la casilla en que estaba el consejo, é á muy grandes voces llamó á todos los soldados; é dijo el Rodrigo Rangel:

—«Ya es echada la suerte que hemos de ir adelante, que voto á tal (que siempre era este su jurar y su hablar), que Bernal Diaz del Castillo me ha dicho la verdad y lo que á todos conviene.»

Y puesto que á algunos soldados les pesó, otros lo hubieron por muy bueno; y luego comenzamos á caminar puestos en gran concierto, los ballesteros y escopeteros junto conmigo, y los de á caballo atrás por amor de los montes y ciénagas, donde no podian correr caballos, hasta que llegamos á otro pueblo, que entónces lo despoblaron los naturales dél, y dende allí fuimos á la cabecera de Cimatan, y tuvimos otra buena refriega de flecha y vara, y de presto les hicimos huir, y quemaron los mismos vecinos naturales de aquel pueblo muchas casas de las suyas, y allí prendimos hasta quince hombres y mujeres, y les enviamos á llamar con ellos á los cimatecas que viniesen de paz, y les dijimos que en lo de las guerras se les perdonaria; y vinieron los parientes y maridos de las mujeres y gente menuda que teniamos presos, y dímosles toda la presa, é dijeron que traerian de paz á todo el pueblo, é jamás volvieron con la respuesta; y entónces me dijo á mí el Rangel:

—«Voto á tal, que me habeis engañado, é que habeis de ir á entrar con otros compañeros, é que me habeis de buscar otros tantos indios é indias como los que me hicisteis soltar por vuestro consejo.»

Y luego fuimos cincuenta soldados, é yo por capitan, é dimos en unos ranchos que tenian en unas ciénagas que temblaban, que no osamos entrar en ellas; y dende allí se fueron huyendo por unos grandes breñales y espinos, que se llaman entre ellos Xiguaquetlan, muy malos, que pasan los piés, y en unas huertas de cacaguatales prendimos seis hombres y mujeres con sus hijos chicos, y nos volvimos adonde quedaba el capitan, y con aquello le apaciguamos; y les tornó luego á soltar para que llamasen de paz á los cimatecas, y en fin de razones, no quisieron venir, y acordamos de nos volver á nuestra villa de Guacacualco; y en esto paró la entrada de zapotecas é la de Cimatlan, y esta es la fama que queria que hubiese dél Rangel cuando pidió á Cortés aquella conquista.

Y dende allí á dos años, ó poco tiempo más, volvimos de hecho á los zapotecas y á las demas provincias, y las conquistamos y trujimos de paz; y el buen Fray Bartolomé de Olmedo, que era santo fraile, trabajó mucho con ellos, y les predicaba y enseñaba los artículos de la fe, y bautizó en aquellas provincias más de quinientos indios; pero, en verdad que estaba cansado y viejo, y que no podia ya andar caminos, que tenia una mala enfermedad: y dejemos esto, y digamos cómo Cortés envió á Castilla á su majestad sobre ochenta mil pesos de oro con un Diego de Soto, natural de Toro, y paréceme que con un Ribera el tuerto, que fué su secretario; y entónces envió el tiro muy rico, que era de oro bajo y plata, que le llamaba el Ave Fénix, y tambien envió á su padre Martin Cortés muchos millares de pesos de oro.

Y lo que sobre ello pasó diré adelante.

CAPÍTULO CLXX.

CÓMO EL CAPITAN HERNANDO CORTÉS ENVIÓ Á CASTILLA, Á SU MAJESTAD, OCHENTA MIL PESOS EN ORO Y PLATA, Y ENVIÓ UN TIRO, QUE ERA UNA CULEBRINA MUY RICAMENTE LABRADA DE MUCHAS FIGURAS, Y TODA ELLA, Ó LA MAYOR PARTE, ERA DE ORO BAJO, REVUELTO CON PLATA DE MECHOACAN, QUE POR NOMBRE SE DECIA EL FÉNIX, Y TAMBIEN ENVIÓ Á SU PADRE, MARTIN CORTÉS, SOBRE CINCO MIL PESOS DE ORO; Y LO QUE SOBRE ELLO AVINO DIRÉ ADELANTE.

Pues como Cortés habia recogido y allegado obra de ochenta mil pesos de oro, y la culebrina que se decia el Fénix ya era acabada de forjar, y salió muy extremada pieza para presentar á un tan alto Emperador como nuestro gran señor César, y decia en un letrero que tenia escrito en la mesma culebrina: «Esta ave nació sin par, yo sin segundo, y vos sin igual en el mundo.» Todo lo envió á su majestad con un hidalgo natural de Toro, que se decia Diego de Soto, y no me acuerdo bien si fué en aquella sazon un Juan de Ribera, que era tuerto de un ojo, que tenia una nube, el cual habia sido secretario de Cortés.

Á lo que yo sentí del Ribera, era un hombre no de buenas entrañas, porque cuando jugaba á naipes é á dados no me parecia que jugaba bien, y demas desto, tenia muchos malos reveses; y esto digo porque, llegado á Castilla se alzó con los pesos de oro que le dió Cortés para su padre Martin Cortés, y porque se lo pidió Martin Cortés, y por ser el Ribera de suyo mal inclinado, no mirando á los bienes que Cortés le habia hecho siendo un pobre hombre, en lugar de decir verdad y bien de su amo, dijo tantos males, y por tal manera los razonaba, que, como tenia gran retórica é habia sido su secretario del mismo Cortés, le daban crédito, especial el Obispo de Búrgos.

Y como el Narvaez y el Cristóbal de Tapia, y los procuradores del Diego Velazquez y otros que les ayudaban, y habia acaecido en aquella sazon la muerte de Francisco de Garay, todos juntos tornaron otra vez á dar muchas quejas de Cortés ante su majestad, y tantas y de tal manera, é dijeron que fueron parciales los jueces que puso su majestad, por dádivas que Cortés les envió para aquel efeto, que otra vez estaba revuelta la cosa, y Cortés tan desfavorecido, que lo pasara mal si no fuera por el duque de Béjar, que le favoreció y quedó por su fiador, que le enviase su majestad á tomar residencia é que no le hallaria culpado.

Y esto hizo el duque porque ya tenia tratado casamiento á Cortés con una señora sobrina suya, que se decia doña Juana de Zúñiga, hija del conde de Aguilar, don Cárlos de Arellano, y hermana de unos caballeros y privados del Emperador.

Y como en aquella sazon llegaron los ochenta mil pesos de oro y las cartas de Cortés, dando en ellas muchas gracias y ofrecimientos á su majestad por las grandes mercedes que le habia hecho en dalle la gobernacion de Méjico, y haber sido servido mandalle favorecer con justicia en la sentencia que dió en su favor, cuando la junta que mandó hacer de los caballeros de su Real consejo y cámara.

En fin de más razones, todo lo que estaba dicho contra Cortés se tornó á sosegar con que le fuesen á tomar residencia, y por entónces no se habló más en ello.

Y dejemos ya de decir destos nublados que sobre Cortés estaban ya para descargar, y digamos del tiro y de su letrero de tan sublimado servidor como Cortés se nombró; que, como se supo en la córte, y ciertos duques y marqueses, y condes y hombres de gran valía se tenian por tan grandes servidores de su majestad, y tenian en sus pensamientos que otros caballeros tanto como ellos no hubiesen servido á su majestad, tuvieron que murmurar del tiro, y aun de Cortés porque tal blason escribió.

Tambien otros grandes señores, como fué el almirante de Castilla y el duque de Béjar y el conde de Aguilar, dijeron á los mismos caballeros que habian puesto en pláticas que era muy bravoso el blason de la culebrina, no se maravillen que Cortés ponga aquel escrito en el tiro.

Veamos ahora, ¿en nuestros tiempos ha habido capitan que tales hazañas haga, y que tantas tierras haya ganado sin gastar ni poner en ello su majestad cosa ninguna, y tantos cuentos de gentes se hayan convertido á nuestra santa fe? Y demas desto, no solamente el Cortés, sino los soldados y compañeros que tiene, que le ayudaron á ganar una tan fuerte ciudad, y de tantos vecinos y de tantas tierras, son dignos de que su majestad les haga muchas mercedes; porque, si miramos en ello, nosotros de nuestros antepasados, que hicieron heróicos hechos y sirvieron á la corona real y á los reyes que en aquel tiempo reinaron, como Cortés y sus compañeros han hecho, lo heredamos, y nuestros blasones y tierras é rentas; y con estas palabras se olvidó lo del blason; y porque no pasase de Sevilla la culebrina, tuvimos nueva que á don Francisco de los Cóbos, comendador mayor de Leon, le hizo su majestad merced della, y que la deshicieron y afinaron el oro, y lo fundieron en Sevilla, é dijeron que valió sobre veinte mil ducados.

Y en aquel tiempo, como Cortés envió aquel oro y el tiro, y las riquezas que habia enviado la primera vez, que fueron la luna de plata y el sol de oro, y otras muchas joyas de oro con Francisco de Montejo y Alonso Hernandez Puertocarrero, y lo que hubo enviado la segunda vez con Alonso de Ávila y Quiñones, que esto fué la cosa más rica que hubo en la Nueva-España, que era la recámara de Montezuma y de Guatemuz y de los grandes señores de Méjico, y lo robó Juan Florin, frances; y como esto se supo en Castilla, tuvo Cortés gran fama, ansí en Castilla como en otras muchas partes de la cristiandad, y en todas partes fué muy loado.

Dejemos esto, y digamos en qué paró el pleito de Martin Cortés con el Ribera sobre los tantos mil pesos que enviaba Cortés á su padre, y es, que andando en el pleito, y pasando Ribera por la villa de Cadahalso, comió ó almorzó unos torreznos, y ansí como los comió murió súpitamente y sin confesion; perdónele Dios, amen.

Dejemos lo acaecido en Castilla, y volvamos á decir de la Nueva-España, cómo Cortés estaba siempre entendido en la ciudad de Méjico que fuese muy bien poblada de los naturales mejicanos, como de ántes estaba, y les dió franquezas y libertades que no pagasen tributo á su majestad hasta que tuviesen hechas sus casas y aderezadas calzadas y puentes, y todos los edificios y caños por donde solia venir el agua de Chalputepeque para entrar en Méjico, y en la poblacion de los españoles tuviesen hechas iglesias y hospitales, de los cuales cuidaba como superior y vicario el buen Padre Fray Bartolomé de Olmedo, y habia él mismo recogido en un hospital todos los indios enfermos y los curaba con mucha caridad, y otras cosas que convenian.

Y en aquel tiempo vinieron de Castilla al puerto de Veracruz doce frailes franciscos, y por Vicario general de ellos un muy buen religioso que se decia Fray Martin de Valencia, y era natural de una villa de tierra de campo que se decia Valencia de don Juan; y este muy reverendo religioso venia nombrado por el Santo Padre para ser vicario, y lo que en su venida y recebimiento se hizo diré adelante.

CAPÍTULO CLXXI.

CÓMO VINIERON AL PUERTO DE LA VERACRUZ DOCE FRAILES FRANCISCOS DE MUY SANTA VIDA, Y VENIA POR SU VICARIO Y GUARDIAN FRAY MARTIN DE VALENCIA, Y ERA TAN BUEN RELIGIOSO, QUE HUBO FAMA QUE HACIA MILAGROS; Y ERA NATURAL DE UNA VILLA DE TIERRA DE CAMPO QUE SE DICE VALENCIA DE DON JUAN, Y LO QUE CORTÉS HIZO EN SU VENIDA.

Como ya he dicho en los capítulos pasados que sobre ello hablan, habiamos escrito á su majestad suplicándole nos enviase religiosos franciscos de buena y santa vida para que nos ayudasen á la conversion y santa doctrina de los naturales desta tierra para que se volviesen cristianos, y les predicasen nuestra santa fe, como se la habia fray Bartolomé de Olmedo dado á entender dende que entramos en la Nueva-España, y sobre ello habia escrito Cortés, juntamente con todos nosotros los conquistadores que ganamos la Nueva-España, á don fray Francisco de los Ángeles, que era general de los franciscos, que despues fué Cardenal, para que nos hiciese mercedes que fuesen los religiosos que enviase de santa vida, para que nuestra santa fe siempre fuese ensalzada, y los naturales destas tierras conociesen lo que les deciamos cuando estábamos batallando con ellos, y les deciamos que su majestad enviaria religiosos, y de mucha mejor vida que nosotros éramos, para que les diesen á entender los razonamientos y predicaciones de nuestra fe; y ellos nos preguntaban si eran como el padre fray Bartolomé de Olmedo, y nosotros deciamos que sí.

Dejemos esto, y digamos cómo el general don fray Francisco de los Ángeles nos hizo merced que luego envió los religiosos que dicho tengo; y entónces vino con ellos fray Toribio Motolinea, y pusiéronle este nombre de Motolinea los caciques y señores de Méjico, que quiere decir el fraile pobre, porque cuanto le daban por Dios lo daba á los indios, y se quedaba algunas veces sin comer, y traia unos hábitos muy rotos y andaba descalzo, y siempre les predicaba, y los indios le querian mucho, porque era una santa persona.

Volvamos á nuestra relacion. Como Cortés supo que estaban en el puerto de la Veracruz, mandó en todos los pueblos, ansí de indios como donde vivian españoles, que por donde viniesen les barriesen los caminos, y adonde pasasen les hiciesen ranchos si fuese en el campo, y en poblado, cuando llegasen á las villas ó pueblos de indios, les saliesen á recebir y les repicasen las campanas, y que todos comunmente, despues de los haber recebido, les hiciesen mucho acato; y que los naturales llevasen candelas de cera encendidas y con las cruces que hubiese, y por más humildad, y porque los indios lo viesen, para que tomasen ejemplo, mandó á los españoles se hincasen de rodillas á besarles las manos y hábitos, y aun les envió Cortés al camino mucho refresco y les escribió muy amorosamente.

Y viniendo por su camino, ya que llegaban cerca de Méjico, el mismo Cortés, acompañado de fray Bartolomé de Olmedo y de nuestros valerosos capitanes y esforzados soldados, los salimos á recebir, y juntamente fueron con nosotros Guatemuz, el señor de Méjico, con todos los más principales mejicanos y otros muchos caciques de otras ciudades; y cuando Cortés supo que allegaban cerca, se apeó del caballo, y todos nosotros juntamente con él; é ya que nos encontramos con los reverendos religiosos, el primero que se arrodilló delante del fray Martin de Valencia y le fué á besar las manos fué Cortés, y no lo consintió y le besó los hábitos; é el padre fray Bartolomé les abrazó é saludó muy tiernamente, y los besamos el hábito arrodillados todos los capitanes y soldados que allí íbamos, y el Guatemuz y los señores de Méjico; y de que el Guatemuz y los demas caciques vieron ir á Cortés de rodillas á besarles las manos, espantáronse en gran manera; y como vieron á dos frailes descalzos y flacos, y los hábitos rotos, y no llevar caballo, sino á pié y muy amarillos, y ver á Cortés, que le tenian por ídolo ó cosa como sus dioses, ansí arrodillado delante dellos, dende entónces tomaron ejemplo todos los indios, que cuando agora vienen religiosos les hacen aquellos recebimientos y acatos, segun y de la manera que dicho tengo; y más digo, que cuando Cortés con aquellos religiosos hablaba, que siempre tenia la gorra en la mano quitada y en todo les tenia grande acato; é digo que se me olvidaba que fray Bartolomé les hospedó por órden de Cortés en una muy buena casa, é se fué á vivir con ellos é los regaló mucho.

Dejémoslos en buena hora y digamos de otra materia, y es, que de ahí á tres años y medio, ó poco tiempo más adelante, vinieron doce frailes dominicos, é venia por provincial ó por prior dellos un religioso que se decia Fray Tomás Ortiz; era vizcaino, é decian que habia estado por prior ó provincial en unas tierras que se dice la Punta del Drago; é quiso Dios que cuando vinieron les dió dolencia de mal de modorra, de que todos los más murieron; lo cual diré adelante, é cómo é cuándo é con quién vinieron, é la condicion que decian que tenia el prior, é otras cosas que pasaron; é despues han venido otros muchos y buenos religiosos y de santa vida, y de la misma órden de señor Santo Domingo, en ejemplo muy santos, é han industriado á los naturales destas provincias de Guatimala en nuestra santa fe muy bien, é han sido muy provechosos para todos.

Quiero dejar esta materia de los religiosos, é diré que, como Cortés siempre temia que en Castilla, por parte del Obispo de Búrgos, se juntarian los procuradores de Diego Velazquez, gobernador de Cuba, é dirian mal dél delante del Emperador nuestro señor, é como tuvo nueva cierta, por cartas que le escribió su padre Martin Cortés ó Diego de Ordás, que le trataban casamiento con la señora doña Juana de Zúñiga, sobrina del duque de Béjar, don Álvaro de Zúñiga, procuró de enviar todos los más pesos que podia allegar, ansí de sus tributos como de los que le presentaban los caciques de toda la tierra, lo uno para que conociese el duque de Béjar sus grandes riquezas, juntamente con sus heróicos hechos é hazañas; é lo más principal, para que su majestad le favoreciese é hiciese mercedes; é entónces le envió treinta mil pesos, é con ellos escribió á su majestad; lo cual diré adelante.

CAPÍTULO CLXXII.

CÓMO CORTÉS ESCRIBIÓ Á SU MAJESTAD Y LE ENVIÓ TREINTA MIL PESOS DE ORO, Y CÓMO ESTABAN ENTENDIENDO EN LA CONVERSION DE LOS NATURALES É REEDIFICACION DE MÉJICO, Y DE CÓMO HABIA MANDADO UN CAPITAN QUE SE DECIA CRISTÓBAL DE OLÍ Á PACIFICAR LAS PROVINCIAS DE HONDURAS CON UNA BUENA ARMADA, Y SE ALZÓ CON ELLA, Y DIÓ RELACION DE OTRAS COSAS QUE HABIAN PASADO EN MÉJICO, Y EN EL NAVÍO QUE IBAN LAS CARTAS DE CORTÉS ENVIÓ OTRAS CARTAS MUY SECRETAS EL CONTADOR DE SU MAJESTAD, QUE SE DECIA RODRIGO DE ALBORNOZ, Y EN ELLAS DECIAN MUCHO MAL DE CORTÉS, Y DE TODOS LOS QUE CON ÉL PASAMOS, Y LO QUE SU MAJESTAD SOBRE ELLO MANDÓ QUE SE PROVEYESE.

Teniendo ya Cortés en sí la gobernacion de la Nueva-España por mandado de su majestad, parecióle seria bien hacerle sabidor cómo estaba entendiendo en la santa conversion de los naturales y la reedificacion de la gran ciudad de Tenustitlan, Méjico; y tambien le dió relacion de cómo habia enviado un capitan que se decia Cristóbal de Olí á poblar unas provincias que se nombraron Honduras, y que le dió cinco navíos bien abastecidos, é gran copia de soldados y muchos caballos y tiros, y escopeteros y ballesteros, y todo género de armas, y que gastó muchos millares de pesos de oro en hacer la armada, y que el Cristóbal de Olí se le alzó con ella, y quien le aconsejó que se alzase fué un Diego Velazquez, gobernador de la isla de Cuba, que hizo compañía con él en el armada, y que si su majestad era servido, que tenia determinado de enviar con brevedad otro capitan para que le tome la misma armada ó le traiga preso, ó ir él en persona por ella; porque, si quedaba sin castigo, se atreverian otros capitanes á se levantar con otras armadas que por fuerza habia de enviar á conquistar y poblar otras tierras que están de guerra, é á esta causa suplicaba á su majestad que le diese licencia para ello.

Y tambien se envió á quejar del Diego Velazquez, no tan solamente de lo del capitan Cristóbal de Olí, sino por las conjuraciones y escándalos, y por sus cartas que enviaba dende la isla de Cuba para que le matasen á Cortés; porque, en saliendo de aquella ciudad de Méjico para ir á conquistar algunos pueblos recios, que se levantaban y hacian conjuraciones los de la parte del Diego Velazquez para le matar y levantarse con la gobernacion, y que habia hecho justicia de uno de los más culpados; y que este favor les daba el Obispo de Búrgos, que estaba por presidente de Indias, por ser muy amigo del Diego Velazquez; y escribió cómo le enviaba y servia con treinta mil pesos de oro, y que si no fuera por los bulliciosos y conjuraciones pasadas, que recogiera mucho más oro, y que con el ayuda de Dios y en la buenaventura de su Real majestad, que en todos los navíos que de Méjico fuesen enviaria lo que pudiese.

Y ansimismo escribió á su padre Martin Cortés é á un su deudo, que se decia el licenciado Francisco Nuñez, que era relator del Real consejo de su majestad, y tambien escribió á Diego de Ordás, en que les hacia saber todo lo atrás dicho; y tambien dió noticia cómo un Rodrigo de Albornoz, que estaba por gobernador en Méjico, que secretamente andaba murmurando en Méjico de Cortés porque no le dió tan buenos indios como él quisiera, y tambien porque le demandó una cacica, hija del señor de Tezcuco, y no se la quiso dar, porque en aquella sazon la casó con una persona de calidad; y les dió aviso que habia sabido que fué secretario en Flandes y que era muy servidor de don Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos, y que era hombre que tenia costumbre de escribir cosas nuevas y aun por cifras, y que por ventura escribiria al Obispo, como era presidente de Indias, porque en aquel tiempo no sabiamos que le habian quitado el cargo, cosas contrarias de la verdad; que tuviesen aviso de todo; y estas cartas envió Cortés duplicadas, porque siempre se temió que el Obispo de Búrgos, como era presidente, habia mandado á Pedro de Isazaga y á Juan Lopez de Recalte, oficiales de la casa de la contratacion de Sevilla, que todas las cartas y despachos de Cortés se las enviasen por la posta para saber lo que en ellas iba, porque en aquella sazon su majestad habia venido de Flandes y estaba en Castilla, para hacer relacion á su majestad cesárea, y el Obispo de Búrgos, por ganar por la mano, ántes que nuestros procuradores le diesen las cartas de Cortés; y aun en aquella sazon no sabiamos en la Nueva-España que habian quitado el cargo al Obispo de Búrgos, don Juan Rodriguez de Fonseca, de ser presidente de Indias.

Dejémonos de las cartas de Cortés, y diré que deste navío donde iba el pliego que dicho tengo de Cortés, envió el contador Albornoz, ya por mí memorado, otras cartas á su majestad y al Obispo de Búrgos y al Real consejo de Indias, y lo que en ellas decia por capítulos, hizo saber todas las causas y cosas que de ántes habia sido acusado Cortés, cuando su Real majestad le mandó poner jueces á los caballeros de su Real consejo, ya otra vez por mí nombrados en el capítulo que dello habla, cuando por sentencia que sobre ello dieron, nos dieron por muy leales servidores de su majestad; y demas de aquellos capítulos que hubieron acusado á Cortés, agora de nuevo escribió el Albornoz que Cortés demandaba á todos los caciques de la Nueva-España muchos tejuelos de oro y les mandaba sacar mucho oro de minas, y esto que les decia Cortés que era para enviar á su Real majestad, y se quedaba con todo ello y no lo enviaba á su majestad, y que hizo unas casas muy fortalecidas, y que ha juntado muchas hijas de grandes señores para las casar con soldados españoles, y se las piden hombres honrados por mujeres y que no se las quiere dar, por tenerlas por amigas; y dijo que todos los caciques y principales le tenian en tanta estima como si fuese Rey, y que en esta tierra no conocen á otro Rey ni señor sino es á Cortés, é como Rey llevaba quinto, y que tiene muy grande cantidad de barras de oro atesorado, y que no ha sentido bien de su persona, si está alzado ó será leal para adelante, y que habia necesidad que su majestad con brevedad mandase venir á estas partes un caballero con grande copia de soldados muy bien apercebidos para le quitar el mando y señorío; y escribió otras cosas sobre esta materia.

Quiero dejar de más particularizar lo que iba en las cartas, y diré que fueron á manos del Obispo de Búrgos, que residia en Toro; y como en aquella sazon estaba en la córte el Pánfilo de Narvaez y Cristóbal de Tapia, ya otras muchas veces por mí nombrados, y todos los procuradores del Diego Velazquez, é con aquella carta de Albornoz les avisó el Obispo de Búrgos para que nuevamente se quejasen ante su majestad de Cortés de todo lo que de ántes le hubieron dado relacion y dijesen que los jueces que puso su majestad se mostraron mucho por la parte de Cortés, y que su majestad fuese servido viese agora nuevamente lo que escribe el contador su oficial; y para testigo dello hicieron presentacion de las cartas que dicho tengo.

Pues viendo su majestad las cartas y las palabras y quejas que el Narvaez decia muy entonado, porque ansí hablaba, demandando justicia, creyó que eran verdaderas; y el Obispo de Búrgos don Juan Rodriguez de Fonseca, que les ayudó con otras muchas cartas de favor; dijo su majestad:

—«Yo quiero enviar á castigar á Cortés, pues tanto mal dicen dél que hace, aunque más oro envie; porque más riqueza es hacer justicia que no todos los tesoros que puede enviar.»

Y mandó proveer que luego despachasen al almirante de Santo Domingo que viniese á costa de Cortés con seiscientos soldados, y si se hallase culpado le cortase la cabeza, y castigase á todos los que fuimos en desbaratar á Pánfilo de Narvaez; y porque viniese el almirante le habia prometido su majestad el almirantazgo de la Nueva-España, que en aquella sazon traia pleito en la córte sobre él.

Pues ya dadas las provisiones, pareció ser el almirante se detuvo ciertos dias ó no se atrevió á venir, porque no tenia dineros, y ansimismo porque le aconsejaron que mirase la buenaventura de Cortés, que con haber traido Narvaez toda la armada que trajo le desbarató, y que era aventurar su vida y estado, y no saldria con la demanda, especialmente que no hallarian en Cortés ni en ninguno de sus compañeros culpa ninguna, sino mucha lealtad; y demas desto, segun pareció, dijeron á su majestad que era gran cosa dar el almirantazgo de la Nueva-España por pocos servicios que le podria hacer en aquella jornada que le enviaba; é ya que se andaba apercibiendo el almirante para venir á la Nueva-España, alcanzáronlo á saber los procuradores de Cortés y su padre Martin Cortés y un fraile que se decia fray Pedro Melgarejo de Urrea, y como tenian las cartas que les envió Cortés duplicadas, y entendieron por ellas que habia trato doble en el contador Albornoz ó en otras personas que no estaban muy bien con Cortés, todos juntos se fueron luego al duque de Béjar y le dieron relacion de todo lo arriba por mí memorado y le mostraron las cartas de Cortés; y como supo que enviaban tan de repente al almirante con muchos soldados, hubo muy grande sentimiento dello el duque, porque ya estaba concertado de casar á Cortés con la señora doña Juana de Zúñiga, sobrina del mismo duque de Béjar.

Y luego sin más dilacion fué delante de su majestad, acompañado con ciertos condes amigos suyos y deudos, y con ellos iba el viejo Martin Cortés, padre del mismo Cortés, y fray Pedro Melgarejo de Urrea, y cuando llegaron delante del Emperador nuestro señor se humillaron é hicieron todo el acatamiento debido, que eran obligados á nuestro Rey y señor, y dijo el mismo duque que suplicaba á su majestad que no diese oidos á una carta de un hombre como era el contador Albornoz, que era muy contrario á Cortés, hasta que hubiese otras informaciones de fe y de creer, y que no enviase armada; y más dijo el duque á su majestad, que ¿cómo, siendo tan cristianísimo y recto en hacer justicia, tan deliberadamente enviaba á mandar prender á Cortés y á sus soldados, habiéndole hecho tan buenos y leales servicios, que otros en el mundo no se han hecho, ni aun hallado en ningunas escrituras que hayan hecho otros vasallos á los Reyes pasados?

Y que ya una vez ha puesto la cabeza por fiadora de Cortés y por todos sus soldados, y que son muy leales y lo serán de aquí adelante, y que agora la torna á poner de nuevo por fiadora, con todo su estado, con mucho gusto, de que siempre nos hallaria muy leales, lo cual su majestad veria adelante; demas desto, le mostraron las cartas que Cortés enviaba á su padre Martin Cortés, en que en ellas daba relacion por qué causa el contador Albornoz escribia mal contra Cortés, que fué, como dicho tengo, porque no le dió buenos indios, como él los demandaba, y una hija de una cacica muy principal; y más le dijo el duque, que mirase su Real majestad cuántas veces le habia enviado y servido con mucha cantidad de oro, é dió otros muchos descargos por Cortés; y viendo su majestad la justicia clara que Cortés y todos nosotros los conquistadores teniamos, mandó proveer que le viniese á tomar la residencia persona que fuese de calidad y ciencia y temeroso de Nuestro Señor.

En aquella sazon estaba la córte en Toledo, y por teniente de corregidor del conde de Alcaudete un caballero que se decia el licenciado Luis Ponce de Leon, primo del mismo conde don Martin de Córdoba, que ansí se llamaba, porque en aquella sazon era corregidor de aquella ciudad; y su majestad mandó llamar á este licenciado Luis Ponce de Leon, y le mandó que fuese luego á la Nueva-España y tomase residencia á Cortés, y que si en algo fuese culpante de lo que le acusaban, que con rigor de justicia le castigase; y el licenciado Luis Ponce de Leon dijo que él cumpliria el Real mandato, y se comenzó á apercibir para el camino, y no vino con tanta priesa, porque tardó en llegar á Nueva-España más de dos años y medio.

Y dejallos hé aquí, ansí á los del bando del gobernador de Cuba, Diego Velazquez, que acusaban á Cortés, como al licenciado Luis Ponce de Leon, que se aderezaba para el viaje, como dicho tengo; y aunque vaya muy fuera de mi relacion y pase adelante, es por lo que agora diré, que al cabo de dos años alcanzamos á saber todo lo por mí aquí dicho de las cartas de Cortés y del Albornoz, porque lo escribió Martin Cortés de la córte; y para que sepan los curiosos letores cómo siempre tenia por costumbre el mismo Albornoz de escribir á su majestad lo que no pasó, bien ternán noticia las personas que han estado en la Nueva-España y en la ciudad de Méjico cómo en el tiempo que era virey D. Antonio de Mendoza, que fué muy ilustrísimo varon, digno de gran memoria, que haya santa gloria, y como gobernaba tan justificadamente y con tan recta justicia, el Rodrigo Albornoz no estaba bien con él y escribió á su majestad diciendo mal de su gobernacion, y las mismas cartas que envió á la córte volvieron á la Nueva-España á manos del mismo virey; y como las hubo entendido, y el mal que decia, envió á llamar al Rodrigo de Albornoz, y con palabras muy blandas y de espacio, que ansí hablaba vagoroso el virey, le mostró las cartas y le dijo:

—«Pues que teneis por costumbre de escribir á su majestad, escribid la verdad, y andad con Dios, para ruin hombre.»

Y quedó muy avergonzado y corrido el contador.

Dejemos de hablar de esta materia, y diré cómo Cortés, sin saber en aquella sazon cosa de todo lo pasado que en la córte se habia tratado con él, envió una armada contra Cristóbal de Olí á Honduras, y lo que pasó diré adelante.

CAPÍTULO CLXXIII.

CÓMO, SABIENDO CORTÉS QUE CRISTÓBAL DE OLÍ SE HABIA ALZADO CON LA ARMADA Y HABIA HECHO COMPAÑÍA CON DIEGO VELAZQUEZ, GOBERNADOR DE CUBA, ENVIÓ CONTRA ÉL Á UN CAPITAN QUE SE LLAMABA FRANCISCO DE LAS CASAS, Y LO QUE ENTÓNCES SUCEDIÓ DIRÉ ADELANTE.

He menester volver muy atrás de nuestra relacion para que bien se entienda.

Ya he dicho en el capítulo que dello habla, cómo Cortés envió á Cristóbal de Olí con una armada á las Higueras y Honduras, y se alzó con ella; é como Cortés supo que Cristóbal de Olí se habia alzado con la armada, con favor de Diego Velazquez, gobernador de Cuba, estaba muy pensativo; y como era animoso y no se dejaba mucho burlar en tales casos, y como ya habia hecho relacion dello á su majestad, como dicho tengo, en la carta que le escribió, y que entendia de ir ó enviar contra el Cristóbal de Olí á otros capitanes; en aquella sazon habia venido de Castilla á Méjico un caballero que se decia Francisco de las Casas, persona de quien se podia fiar, é su deudo de Cortés; acordó de enviar contra el Cristóbal de Olí cinco navíos bien artillados y bastecidos, y cien soldados, y entre ellos iban conquistadores de Méjico, de los que Cortés habia traido de la isla de Cuba en su compañía, que era un Pedro Moreno Medrano y un Juan Nuñez de Mercado y un Juan Bello, y otros que aquí no nombro, que murieron en el camino.

Pues ya despachado el Francisco de las Casas con poderes muy bastantes y mandamientos para prender al Cristóbal de Olí, salió del puerto de la Veracruz, con sus navíos buenos y abastecidos, y con sus pendones con las armas Reales, y con buen tiempo llegó á una bahía que llamaron el triunfo de la Cruz, donde el Cristóbal de Olí tenia su armada, y allí junto poblada una villa que se llamó Triunfo de la Cruz, y segun ya otras veces he dicho en el capítulo que dello habla; y como el Cristóbal de Olí vió aquellos navíos surtos en su puerto, puesto que el Francisco de las Casas mandó poner en sus navíos banderas de paz, no lo tuvo por cierto el Cristóbal de Olí, ántes mandó apercebir dos carabelas muy artilladas con muchos soldados, y les defendió el puerto para no les dejar saltar en tierra.

Y como aquello vió el de las Casas, que era hombre animoso, mandó sacar y echar á la mar sus bateles con muchos hombres apercebidos, y con unos tiros, falconetes y escopetas y ballestas, y él con ellos, con pensamiento de tomar tierra de una manera ó de otra, y el Cristóbal de Olí para defendella, tuvieron buena pelea, y el de las Casas echó una de las dos carabelas del contrario á fondo, y mató á cuatro soldados é hirieron á otros.

Y como vió el Cristóbal de Olí que no tenia allí todos los soldados, porque los habia enviado pocos dias habia en dos capitanías, á entrar en un rio que llaman de Pechin, á prender á otro capitan que estaba conquistando en aquella provincia, que se decia Gil Gonzalez de Ávila, porque aquel rio del Pechin caia en la gobernacion del Golfo-Dulce, y estaba aguardando por horas á sus gentes, acordó el Cristóbal de Olí de demandar partidos de paz al Francisco de las Casas, porque bien entendió el Cristóbal de Olí que si tomaba tierra, que habian de venir á las manos, y por tener soldados juntos demandó las paces.

Y el de las Casas acordó de estar aquella noche con sus navíos en la mar, apartado de tierra al reparo, ó esperando con intencion de se ir á otra bahía á desembarcar, y tambien porque cuando andaban las diferencias y pelea de la mar le dieron al de las Casas una carta secretamente que serian en su ayuda ciertos soldados de la parte de Cortés que estaban con el Cristóbal de Olí, y que no dejase de venir por tierra para prender al Cristóbal de Olí.

Pues estando con este acuerdo, fué la ventura tal de Cristóbal de Olí, y desdicha del de las Casas, que hubo aquella noche un viento norte muy recio, y como es travesía en aquella costa, dió con los navíos de Francisco de las Casas al través en tierra, de manera que se perdió cuanto traia y se ahogaron treinta soldados, y todos los demas fueron presos y estuvieron sin comer dos dias, muy mojados del agua salada, porque en aquel tiempo llovia mucho, y tuvieron trabajo y frio; y el Cristóbal de Olí estaba muy gozoso y triunfante por tener preso al Francisco de las Casas, y á los demas soldados que prendió les hizo luego jurar que siempre serian en su ayuda, y serian contra Cortés si viniese á aquella tierra en persona; y como hubieron jurado, los soltó de las prisiones; solamente tuvo preso al Francisco de las Casas; y dende á poco tiempo vinieron sus capitanes que habia enviado á prender á Gil Gonzalez de Ávila; que, segun pareció, el Gil Gonzalez de Ávila habia venido por gobernador y capitan de Golfo-Dulce, y habia poblado una villa que la nombraron San Gil de Buena-Vista, que estaba obra de una legua del puerto que agora llaman Golfo-Dulce, porque el rio del Chipin en aquel tiempo era poblado de buenos pueblos, y el Gil Gonzalez no tenia consigo sino muy pocos soldados, porque habian adolecido todos los más, é dejaba poblada con todos los soldados la misma villa de San Gil de Buena-Vista.

Y como el Cristóbal de Olí tuvo noticia dello, les envió á prender, y sobre no dejarse prender, le mataron ocho españoles de los de Gil Gonzalez y á un su sobrino, que se decia Gil de Ávila; y como el Cristóbal de Olí se vió con dos prisioneros que eran capitanes, estaba muy alegre y contento; y como tenia fama de esforzado, y ciertamente lo era por su persona, para que se supiese en todas las islas, lo escribió á la isla de Cuba á su amigo Diego Velazquez, y luego se fué dende el Triunfo de la Cruz la tierra adentro á un pueblo que en aquel tiempo estaba muy poblado, y habia otros muchos pueblos en aquella comarca; el cual pueblo se dice Naco, que agora está destruido él y todos los demas; y esto digo porque yo los vi y me hallé en ellos, y en San Gil de Buena-Vista y en el rio de Pichin y en el rio de Balama, y lo he andado en el tiempo que fuí con Cortés, segun más largamente lo diré cuando venga su tiempo y lugar.

Volvamos á nuestra relacion: que ya que el Cristóbal de Olí estaba de asiento en Naco con sus prisioneros y copia de soldados, dende allí enviaba á hacer entradas á otras partes, y envió por capitan á un Briones, el cual Briones fué uno de los primeros consejeros para que se alzara el Cristóbal de Olí, y de suyo era bullicioso, y aun tenia cortadas las asillas bajas de las orejas, y decia el mismo Briones que estando en una fortaleza siendo soldado se las habian cortado porque no se queria dar él ni otros capitanes; el cual Briones ahorcaron despues en Guatimala por revolvedor y amotinador de ejércitos.

Volvamos á nuestra relacion: pues yendo por capitan aquel Briones con gran copia de soldados, túvose fama en el real de Cristóbal de Olí que se habia alzado el Briones con todos los soldados que llevaba en su compañía, y se iba á la Nueva-España, y salió verdad.

Y viendo esto Francisco de las Casas y el Gil Gonzalez de Ávila, que estaban presos y hallaban tiempo oportuno para matar á Cristóbal de Olí, y como andaban sueltos sin prisiones, por no tenellos en nada, porque se tenia por muy valiente el Cristóbal de Olí, muy secretamente se concertaron con los soldados y amigos de Cortés que en diciendo: «¡Aquí del Rey, y Cortés en su real nombre, contra este tirano!» le diesen de cuchilladas.

Pues hecho este concierto, el Francisco de las Casas, medio burlando y riendo, le decia al Olí:

—«Señor capitan, soltadme; iré á la Nueva-España á hablar á Cortés y á dalle razon de mi desbarate, é yo seré tercero para que vuestra merced quede con esta gobernacion y por su capitan, y mire que es su hechura de Cortés; pues mi prision no hace á su caso, ántes le estorbo en las conquistas.»

Y el Cristóbal de Olí respondió que él estaba muy bien ansí, y que se holgaba de tener un tal varon en su compañía; y de que aquello vió el Francisco de las Casas le dijo:

—«Pues mire bien vuesamerced por su persona, que un dia ó otro tengo de procurar de le matar.»

Esto se lo decia medio burlando y riendo.

Y al Cristóbal de Olí no se le dió nada por lo que le decia, y teníalo como cosa de burla; y como el concierto que he dicho estaba hecho por los amigos de Cortés, estando cenando á una mesa y habiendo alzado los manteles, y se habian ido á cenar los maestresalas y pajes, y estaban delante Juan Nuñez de Mercado y otros soldados de la parte de Cortés que sabian el concierto, el Francisco de las Casas y el Gil Gonzalez de Ávila cada uno tenia escondido un cuchillo de escribanía muy agudos como navajas, porque ningunas armas se las dejaban traer; y estando platicando con el Cristóbal de Olí de las conquistas de Méjico y ventura de Cortés, y muy descuidado el Cristóbal de Olí de lo que le avino, el Francisco de las Casas le echó mano de las barbas y le dió por la garganta con el cuchillo, que le traia hecho como una navaja para aquel efecto, y juntamente con él, el Gil Gonzalez de Ávila y los soldados de Cortés de presto le dieron tantas heridas, que no se pudo valer, y como era muy recio é membrudo y de muchas fuerzas, se escabulló dando voces:

—«¡Aquí de los mios!»

Mas como todos estaban cenando, ó su ventura fué tal que no acudieron tan presto, se fué huyendo á esconder entre unos matorrales, creyendo que los suyos le ayudarian, y puesto que vinieron de presto muchos dellos á le ayudar, el Francisco de las Casas daba voces y apellidando:

—«¡Aquí del Rey é de Cortés contra este tirano; que ya no es tiempo de más sufrir sus tiranías!»

Pues como oyeron el nombre de su majestad y de Cortés, todos los que venian á favorecer la parte del Cristóbal de Olí no osaron defenderle, ántes luego les mandó prender el de las Casas; y despues de hecho, se pregonó que cualquiera persona que supiese de Cristóbal de Olí y no le descubriese, muriese por ello; y luego se supo dónde estaba y le prendieron, y se hizo proceso contra él, y por sentencia que entrambos á dos capitanes dieron, le degollaron en la plaza de Naco; y ansí murió por se haber alzado por malos consejeros, con ser hombre muy esforzado, é sin mirar que Cortés le habia hecho su maese de campo y dado muy buenos indios, y era casado con una portuguesa que se decia doña Filipa de Araujo, y tenia una hija en ella.

Y porque en el capítulo pasado tengo dicho el estatura de Cristóbal de Olí y facciones, y de qué tierra era y qué condicion tenia, en esto no diré más sino de que el Francisco de las Casas y Gil Gonzalez de Ávila se vieron libres, y su enemigo muerto, juntaron sus soldados, y entrambos á dos fueron capitanes muy conformes, y el de las Casas pobló á Trujillo y púsole aquel nombre porque era él natural de Trujillo de Extremadura; y el Gil Gonzalez envió mensajeros á San Gil de Buena-Vista, que dejaba poblada, á hacer saber lo que habia pasado, y á mandar á su teniente, que se decia Armenta, que se estuviesen poblados como los dejaba y no hiciesen alguna novedad, porque iba á la Nueva-España á demandar socorro é ayuda de soldados á Cortés, y que presto volveria.

Pues ya todo esto que he dicho concertado, acordaron entrambos capitanes de se venir á Méjico á hacer saber á Cortés todo lo acaecido.

Y dejallo hé aquí hasta su tiempo y lugar, y diré lo que Cortés concertó sin saber cosa ninguna de lo pasado que se hizo en Naco.

CAPÍTULO CLXXIV.

CÓMO HERNANDO CORTÉS SALIÓ DE MÉJICO PARA IR CAMINO DE LAS HIGUERAS EN BUSCA DE CRISTÓBAL DE OLÍ Y DE FRANCISCO DE LAS CASAS Y DE LOS DEMAS CAPITANES Y SOLDADOS; DÁSE CUENTA DE LOS CABALLEROS Y CAPITANES QUE SACÓ DE MÉJICO PARA IR EN SU COMPAÑÍA, Y DEL GRANDE APARATO Y SERVICIO QUE LLEVÓ HASTA LLEGAR Á LA VILLA DE GUACACUALCO, Y DE OTRAS COSAS QUE ENTÓNCES PASARON.

Como el capitan Hernando Cortés habia pocos meses que habia enviado al Francisco de las Casas contra el Cristóbal de Olí, como dicho tengo en capítulo pasado, parecióle que por ventura no habria buen suceso la armada que habia enviado, y tambien porque le decian que aquella tierra era rica de minas de oro, y á esta causa estaba muy codicioso, ansí por las minas, como pensativo en los contrastes que podrian acaecer á la armada, poniéndosele por delante las desdichas que en tales jornadas la mala fortuna suele acarrear; y como de su condicion era de gran corazon, habíase arrepentido por haber enviado al Francisco de las Casas, sino haber ido él en persona, y no porque no conocia muy bien que el que envió era varon para cualquiera cosa de afrenta.

Y estando en estos pensamientos, acordó de ir, y dejó en Méjico buen recaudo de artillería, ansí en las fortalezas como en las atarazanas, y dejó por gobernadores en su lugar como tenientes al tesorero Alonso de Estrada y al contador Albornoz, y si supiera de las cartas que al contador Albornoz hubo escrito á Castilla á su majestad diciendo mucho mal dél, no le dejara tal poder, y aun no sé yo cómo le aviniera por ello.

Y dejó por su alcalde mayor al licenciado Zuazo, ya otras muchas veces por mí nombrado, y por teniente de alguacil mayor y su mayordomo de todas sus haciendas á un Rodrigo de Paz, su deudo, y dejó el mayor recaudo que pudo en Méjico, y encomendó á todos aquellos oficiales de la hacienda de su majestad, á quien dejaba el cargo de la gobernacion, que tuviesen muy grande cuidado de la conversion de los naturales, y ansimismo lo encomendó á un fray Toribio Motolinea, de la órden del señor San Francisco, y al Padre fray Bartolomé de Olmedo, de mí tantas veces nombrado, fraile de la órden de nuestra Señora de la Merced, é que tenia mucha mano y estimacion en todo Méjico, é lo merecia, porque era muy buen fraile é religioso.

Y les encargó que mirasen no se alzase Méjico ni otras provincias; y porque quedase más pacífico y sin cabeceras de los mayores caciques, trajo consigo al mayor de Méjico, que se decia Guatemuz, otras muchas veces por mí memorado, que fué el que nos dió guerra cuando ganamos á Méjico, y tambien al señor de Tacuba, y á un Juan Velazquez, capitan del mismo Guatemuz, y á otros muchos principales, y entre ellos á Tapiezuela, que era muy principal; y aun de la provincia de Mechoacan trajo otros caciques, y á doña Marina la lengua, porque Jerónimo de Aguilar ya habia fallecido.

Y trajo en su compañía muchos caballeros y capitanes vecinos de Méjico, que fueron Gonzalo de Sandoval, que era alguacil mayor, y Luis Marin y Francisco Marmolejo, Gonzalo Rodriguez de Ocampo, Pedro de Ircio, Avalos y Saavedra, que eran hermanos, y un Palacios Rubios, y Pedro de Saucedo el Romo, y Jerónimo Ruiz de la Mora, Alonso de Grado Santa Cruz, burgalés; Pedro de Solís Casquete, que ansí le llamábamos; Juan Jaramillo, Alonso Valiente, y un Navarrete y un Serna, y Diego de Mazariegos, primo del tesorero, y Gil Gonzalez de Benavides, y Hernan Lopez de Ávila y Gaspar de Garnica, y otros muchos que no se me acuerdan sus nombres; y trajo á fray Juan de las Varillas el de Salamanca, fraile de la Merced, y un clérigo y dos frailes franciscos, flamencos, buenos teólogos, que predicaban, y trajo por mayordomo á un Carranza y por maestresala á Juan de Iasso y á un Rodrigo Mañueco, y por botiller á Cervan Bejarano, y por repostero á un Fulano de San Miguel, que solia vivir en Guaxaca; por despensero á un Guinea, que ansimismo fué vecino de Guaxaca; y trajo grandes vajillas de oro y de plata, y quien tenia cargo de la plata era un Tello de Medina, y por camarero un Salazar, natural de Madrid; por médico á un licenciado Pero Lopez, vecino que fué de Méjico, y cirujano á maese Diego de Pedraza, y otros muchos pajes, y uno dellos era don Francisco de Montejo, el cual fué capitan en Yucatan el tiempo andando, no digo al adelantado su padre; y dos pajes de lanza, que el uno se decia Puebla, y ocho mozos de espuelas, y dos cazadores halconeros, que se decian Perales y Garcicaro y Álvaro Montañés; y llevó cinco chirimías y sacabuches y dulzainas, y un volteador, y otro que jugaba de manos y hacia títeres, y caballerizo Gonzalo Rodriguez de Ocampo, y acémilas con tres acemileros españoles, y una gran manada de puercos, que venian comiendo por el camino; y venian con los caciques que dicho tengo sobre tres mil indios mejicanos con sus armas de guerra, sin otros muchos que eran de su servicio de aquellos caciques.

É ya que estaba Cortés de partida para venir su viaje, viendo el factor Salazar y el veedor Chirinos, que quedaban en Méjico, que no les dejaba Cortés cargo ninguno ni se hacia tanta cuenta dellos como quisieran, acordaron de se hacer muy amigos del licenciado Zuazo y de Rodrigo de Paz y de todos los amigos y viejos conquistadores de Cortés que quedaban en Méjico, y todos juntos le hicieron un requirimiento á Cortés que no salga de Méjico, sino que gobierne la tierra, y le ponen por delante que se alzará toda la Nueva-España, y sobre ello pasaron grandes pláticas y respuestas de Cortés á los que le hacian el requirimiento; y de que no le pudieron convencer á que se quedase, dijo el factor y el veedor que le querian venir á servir y acompañarle hasta Guacacualco, que por allí era su viaje.

Pues ya partidos de Méjico de la manera que he dicho, saber yo decir los grandes recebimientos y fiestas que en todos los pueblos por donde pasaban se les hacia, fuera cosa maravillosa; y más se le juntaron en el camino de otros cincuenta soldados y gente estravagante, nuevamente venidos de Castilla, y Cortés les mandó ir por dos caminos hasta Guacacualco, porque para todos juntos no habria tantos bastimentos.

Pues yendo por sus jornadas el factor, Gonzalo de Sandoval y el veedor, íbanle haciendo mil servicios á Cortés, en especial el factor, que cuando con Cortés hablaba estaba la gorra quitada hasta el suelo, y con muy grandes reverencias y palabras delicadas y de grande amistad, y con retórica muy subida, le iba diciendo que se volviese á Méjico y no se pusiese en tan largo y trabajoso camino, y poniéndole por delante muchos inconvenientes; y aun algunas veces por le complacer iba cantando por el camino junto á Cortés, y decia en los cantares:

—«Ay tio, volvámonos; ay tio, volvámonos;»

Y respondia Cortés cantando:

—«Adelante, mi sobrino; adelante, mi sobrino, y no creais en agüeros; que será lo que Dios quisiere; adelante, mi sobrino,» etc.

Dejemos de hablar en el factor y de sus blandas y delicadas palabras, y diré cómo en el camino, en un pueblezuelo de un Ojeda el tuerto, cerca de otro pueblo que se dice Orizaba, se casó Juan Jaramillo con doña Marina la lengua delante de testigos.

Pasemos adelante, y diré cómo iban camino de Guacacualco, y llegan á un pueblo grande que se dice Guazpaltepeque, que era de la encomienda de Gonzalo de Sandoval, y como lo supimos en Guacacualco, que venia Cortés con tanto caballero, ansí alcalde mayor como capitanes, y todo el cabildo y regidores, fuimos treinta y tres leguas á le recebir y dalle el parabien-venido, como quien va á ganar beneficio; y esto digo aquí para que vean los curiosos letores é otras personas cuán tenido y aun temido estaba Cortés, porque no se hacia más de lo que él queria, ahora sea bueno ó malo; y dende Guazpaltepeque fué caminando á nuestra villa, y en un rio grande que hay en el camino comenzó á tener contrastes, porque al pasar se le trastornaron tres canoas y se le perdió cierta plata y ropa, y aun al Juan Jaramillo se le perdió la mitad de su fardaje, y no se pudo saber cosa ninguna á causa que estaba el rio lleno de lagartos muy grandes; y dende allí fuimos á un pueblo que se dice Uluta, y hasta llegar á Guacacualco le fuimos acompañando, y todo por poblado; y quiero decir el gran recaudo de canoas que teniamos ya mandado que estuviesen aparejadas y atadas de dos en dos en el gran rio junto á la villa, que pasaban de trecientas.

Pues el gran recebimiento que le hicimos con arcos triunfales y con ciertas emboscadas de cristianos é moros, y otros grandes regocijos é invenciones de fuegos, y le aposentamos lo mejor que pudimos, ansí á Cortés como á todos los que traia en su compañía; y estuvo allí seis dias, y siempre el factor le iba diciendo que se volviese del camino que iba, y que mirase á quién dejaba en su poder; que tenia al contador por muy revoltoso y doblado, amigo de novedades, y que el tesorero se jactanciaba que era hijo del Rey católico, y que no sentia bien de algunas cosas de pláticas que en ellos vió que hablaban en secreto despues que les dió el poder, y aun de ántes; y demas desto, ya en el camino tenia Cortés cartas que enviaba dende Méjico diciendo mal de su gobernacion de los que dejaba, y dello avisaban al factor sus amigos; y sobre ello decia el factor á Cortés que tambien sabria él gobernar, y el veedor que allí estaba delante, como los que dejaba en Méjico, y se le ofrecieron por muy servidores; y decia tantas cosas melosas y con tan amorosas palabras, que le convenció para que le diese poder al factor y al veedor Chirinos para que fuesen gobernadores, y fué con esta condicion: que si viesen que el Estrada y el Albornoz no hacian lo que debian al servicio de nuestro Señor y de su majestad, gobernasen ellos solos.

Estos poderes fueron causa de muchos males y revueltas que hubo en Méjico, como diré de que haya pasado cuatro capítulos é hayamos hecho un muy trabajoso camino, y hasta le haber acabado y estar en una villa que se llama Trujillo no contaré en esta relacion lo acaecido en Méjico; pero diré que el padre fray Bartolomé de Olmedo y los frailes de San Francisco murmuraban de Cortés porque habia dado estos poderes, y decian que plegue á Dios no haya Cortés arrepentimiento dello; y no decian muy mal, como luego veremos; pero poco importó que ellos lo murmurasen, que no hacia Cortés mucha monta dellos, aunque eran buenos frailes, porque no les tenia tanta voluntad como al padre fray Bartolomé de Olmedo, que era siempre su consejero.

Pero dejemos esto, y diré que cuando se despidieron el factor y el veedor de Cortés para se volver á Méjico, ¡con cuántos cumplimientos y abrazos! Y tenia el factor una manera como de sollozos, que parecia que queria llorar al despedirse, y con sus provisiones en el seno de la manera que él las quiso notar, y el secretario, que se decia Alonso Valiente, que era su amigo, las hizo.

Vuélvense para Méjico, y con ellos Hernan Lopez de Ávila, que estaba malo de dolores y tullido de bubas, y dejémosles ir su camino; que no tocaré en esta relacion en cosa ninguna de los grandes alborotos y zizañas que en Méjico hubo, hasta su tiempo y lugar, desque hubiéremos llegado con Cortés todos los caballeros por mí nombrados, con otros muchos que salimos de Guacacualco, y hasta que ya hayamos hecho esta tan trabajosa jornada, que estuvimos en punto de nos perder, segun adelante diré: y porque en una sazon acaecen dos ó tres cosas, y por no quebrar el hilo de lo uno por decir de lo otro, acordé de seguir el de nuestro trabajosísimo camino.

CAPÍTULO CLXXV.

DE LO QUE CORTÉS ORDENÓ DESPUES QUE SE VOLVIÓ EL FACTOR Y VEEDOR Á MÉJICO, Y DEL TRABAJO QUE LLEVAMOS EN EL LARGO CAMINO, Y DE LOS GRANDES PUENTES QUE HICIMOS, Y HAMBRE QUE PASAMOS EN DOS AÑOS Y TRES MESES QUE TARDAMOS EN ESTE VIAJE.

Despues de despedidos el factor y el veedor, lo primero que mandó Cortés fué escribir á la Villa-Rica á un su mayordomo, que se decia Simon de Cuenca, que cargase dos navíos que fuesen de poco porte, de bizcocho de maíz, porque en aquella sazon no se cogia pan de trigo en Méjico, y seis pipas de vino y aceite y vinagre y tocinos, herraje, y otras cosas de bastimentos, y mandó que se fuesen costa á costa del norte, y que le escribiria y haria saber dónde habia de aportar, y que el mismo Simon de Cuenca viniese por capitan; y luego mandó que todos los vecinos de Guacacualco fuésemos con él, que no quedaron sino los dolientes.

Ya he dicho otras veces que estaba poblada aquella villa de los conquistadores más antiguos de Méjico, y todos los más hijosdalgo, que se habian hallado en las conquistas pasadas de Méjico, y en el tiempo que habiamos de reposar de los grandes trabajos y procurar de haber algunos bienes y granjerías, nos mandó ir jornada de más de quinientas leguas, y toda la más tierra por donde íbamos de guerra, y dejamos perdido cuanto teniamos, y estuvimos en el viaje más de dos años y tres meses.

Pues volviendo á nuestra plática, ya estábamos todos apercebidos con nuestras armas y caballos, que no le osábamos decir de no; é ya que alguno se lo decia, por fuerza le hacia ir; y éramos por todos, ansí los de Guacacualco como los de Méjico, sobre ducientos y cincuenta soldados, y los ciento y treinta de á caballo, y los demas escopeteros y ballesteros, sin otros muchos soldados nuevamente venidos de Castilla; y luego me mandó á mí que fuese por capitan de treinta españoles y de tres mil indios mejicanos, y fuese á unos pueblos que estaban de guerra, que se decian Cimatan, é que en aquellos pueblos mantuviese los tres mil indios mejicanos, y si los naturales de aquella provincia estuviesen de paz ó se viniesen á someter al servicio de su majestad, que no les hiciese enojo ni fuerza ninguna, salvo mandar dar de comer á aquellas gentes; y si no quisiesen venir, que los enviase á llamar tres veces de paz, de manera que lo entendiesen muy bien, é por ante un escribano que iba conmigo é testigos; y si no quisiesen venir, que les diese guerra, y para ello me dió poder y sus instrucciones, las cuales tengo hoy dia firmadas de su nombre y de su secretario Alonso Valiente; y ansí hice aquel viaje como lo mandó, quedando de paz aquellos pueblos; mas dende á pocos meses, como vieron que quedaban pocos españoles en Guacacualco, é íbamos los conquistadores con Cortés, se tornaron á alzar, y luego salí con mis soldados españoles é indios mejicanos al pueblo donde Cortés mandó que saliese, que se decia Iquinuapa.

Volvamos á Cortés y á su viaje: que salió de Guacacualco y fué á Tonala, que hay ocho leguas, y luego pasó un rio en canoas y fué á otro pueblo que se dice el Ayagualulco, y pasó otro rio en canoas, y dende el Ayagualulco pasó siete leguas de allí un estero que entra en el mar, y le hicieron una puente que habia de largo cerca de medio cuarto de legua; cosa espantosa cómo la hicieron en el estero, porque siempre Cortés enviaba adelante dos capitanes de los vecinos de Guacacualco, y uno dellos se decia Francisco de Medina, hombre diligente, que sabia muy bien mandar á los naturales desta tierra.

Pasada aquella gran puente, fué por unos pueblezuelos, hasta llegar á otro gran rio que se dice Mazapa, que es el que viene de Chiapa, que los marineros llaman rio de dos bocas; allí tenian muchas canoas atadas de dos en dos; y pasado aquel gran rio, fué por otros pueblos, adonde yo salí con mi compañía de soldados, que se dice Iquinapa, como dicho tengo, y dende allí pasó otro rio en puentes que hicimos de maderos, y luego un estero, y llegó á otro gran pueblo que se dice Copilco, y dende allí comienza la provincia que llaman la Chontalpa, y estaba toda muy poblada y llena de huertas de cacao, y muy de paz; y dende Copilco pasamos por Nacaxuxuica, y llegamos á Zagutan, y en el camino pasamos otro rio por canoas.

Aquí se le perdió á Cortés cierto herraje; y este pueblo cuando á él allegamos estaba de paz, y luego á la noche se fueron huyendo los moradores dél, y se pasaron de la parte de un gran rio entre unas ciénagas, y mandó Cortés que les fuésemos á buscar por los montes, que fué cosa bien inconsiderada é sin provecho aquello que mandó, y los soldados que los fuimos á buscar pasamos aquel gran rio con harto trabajo, y trujimos siete principales y gente menuda; mas poco aprovecharon, que luego se volvieron á huir, y quedamos solos y sin guias.

En aquella sazon vinieron allí los caciques de Tabasco con cincuenta canoas cargadas de maíz y bastimento; tambien vinieron unos indios de los pueblos de mi encomienda que en aquella sazon yo tenia, é trajeron cargadas ciertas canoas de bastimentos; los cuales pueblos se dicen Teapan; é fuimos á Tepetitan é Iztapa, y en el camino habia un rio muy caudaloso que se dice Chilapa, y estuvimos cuatro dias en hacer barcas.

Yo dije á Cortés que el rio arriba, por relacion que tenia, habia un pueblo que se dice Chilapa, que es del nombre del mismo rio, que seria bien enviar cinco indios de los que traiamos por guias en una canoa quebrada que allí hallamos, y les enviase á decir que trajesen canoas; y con los cinco indios fué un soldado, y como se lo dije á Cortés; y ansí lo mandó; y fueron el rio arriba é toparon dos caciques que traian seis grandes canoas y bastimento, y con aquellas canoas y barcas pasamos, y estuvimos cuatro dias en el pasaje; y dende allí fuimos á Tepetitan, y hallámosle despoblado y quemadas las casas; y segun supimos, habíanles dado guerra otros pueblos y llevado mucha gente cautiva, y quemado el pueblo de pocos dias pasados, y en todos los tres dias que anduvimos de camino, despues de pasado el rio de Chilapa, era muy cenagoso, y atollaban los caballos hasta las cinchas, y habia muy grandes campos.

Y desde allí fuimos á otro pueblo que se dice Iztapa, y de miedo se fueron los indios, y se pasaron de la parte de otro rio muy caudaloso, y fuímoslos á buscar, y trajimos los caciques y muchos indios con sus mujeres y hijos, y Cortés las habló con halagos, y mandó que les volviésemos cuatro indias y tres indios que les habiamos tomado en los montes; y en pago dello, y de buena voluntad, trajeron presentadas, á Cortés ciertas piezas de oro de poca valía; y estuvimos en este pueblo tres dias, porque habia buena yerba para los caballos y mucho maíz, y decia Cortés que era buena tierra para poblar allí una villa; porque tenia nueva que en los rededores, habia buenas poblaciones para servicio de la tal villa.

Y en este pueblo de Iztapa se informó Cortés de los caciques y mercaderes de los naturales del mismo pueblo, el camino que habiamos de llevar; y aun les mostró Cortés un paño de nequen que traia de Guacacualco, donde venian señalados todos los pueblos del camino; por donde habiamos de ir hasta Huyacala, que en su lengua se dice la Gran Acala, porque habia otro pueblo que se decia Acala la Chica; y allí dijeron que en todo lo más de nuestro camino habia muchos rios y esteros, y para llegar á otro pueblo que se dice Tamaztepeque habia otros tres rios y un gran estero, y que habiamos de estar en el camino tres jornadas; y desque aquello entendió Cortés é supo de los rios, les rogó que fuesen todos los caciques á hacer puentes y llevasen canoas, y no lo hicieron; y con maíz tostado y otras legumbres hicimos mochila para los tres dias, creyendo que era como lo decian, y por echarnos de sus casas dijeron que no habia más jornada, y habia siete jornadas, y hallamos los rios sin puentes ni canoas, y hubimos de hacer una puente de muy gruesos maderos, por donde pasaron los caballos, y todos nuestros soldados y capitanes fuimos en cortar la madera y acarrealla, y los mejicanos ayudando lo que podian; y estuvimos en hacella tres dias, que no teniamos qué comer sino yerbas y unas raices de unas que llaman en esta tierra quecuexque, montesinas, las cuales nos abrasaron las lenguas y bocas.

Pues ya pasado aquel esteron, no hallábamos camino ninguno, y hubimos de abrirle con las espadas á manos, y anduvimos dos dias por el camino que abrimos, creyendo que iba derecho al pueblo; y una mañana tomamos el mismo camino que abrimos y desque Cortés lo vió, queria reventar de enojo, y como oyó él murmurar del mal que decian dél y aun de su viaje, con la gran hambre que habia, y que no miraba más de su apetito, sin pensar bien lo que hacia, y que era mejor que nos volviésemos para Méjico que no morir todos de hambre.

Pues otra cosa habia, que eran los montes muy altos en demasía y espesos, y á mala vez podiamos ver el cielo, pues ya que quisieron subir en algunos árboles para atalayar la tierra, no vian cosa ninguna, segun eran muy cerradas todas las montañas; y las guias que traiamos las dos huyeron, y la otra que quedaba estaba malo, que no sabia dar razon de camino ni de otra cosa; y como Cortés en todo era diligente, y por falta de solicitud no se descuidaba, traiamos una aguja de marear, y á un piloto que se decia Pedro Lopez, y con el dibujo del paño que traiamos de Guacacualco, donde venian señalados los pueblos, mandó Cortés que fuésemos con el aguja por los montes, y con las espadas abriamos caminos hácia el leste, que era la señal del paño donde estaba el pueblo; y aun dijo Cortés que si otro dia estábamos sin dar en pueblo, que no sabia qué hiciésemos; y muchos de nuestros soldados, y aun todos los más, deseábamos volvernos á la Nueva-España; y todavía seguiamos nuestra derrota por los montes, y quiso Dios que vimos unos árboles antiguamente cortados, y luego una vereda chica, é yo y el Pedro Lopez, que íbamos delante abriendo camino con otros soldados, volvimos á decir á Cortés que se alegrase, que habia estancias; con lo cual todo nuestro ejército tomó mucho contento; y ántes de llegar á las estancias estaba un rio y ciénagas, mas con harto trabajo lo pasamos de presto, y dimos en el pueblo, que aquel dia se habia despoblado, y hallamos muy bien de comer maíz y frisoles y otras legumbres; y como íbamos muertos de hambre, dímonos buena hartazga, y aun los caballos se reformaron, y por todos muchas gracias á Dios; y ya en el camino se habia muerto el volteador que llevábamos, ya por mí nombrado, y otros tres españoles de los recien venidos de Castilla; pues indios de los de Mechoacan y mejicanos morian muchos, é otros muchos caian malos y se quedaban en el camino como desesperados.

Pues como estaba despoblado aquel pueblo, y no teniamos lengua ni quien nos guiase, mandó Cortés que fuésemos dos capitanes por los montes y estancias á los buscar, y en unas canoas que estaban en un gran rio junto al pueblo fueron otros soldados y dieron con muchos indios de aquel pueblo, y con buenas palabras y halagos vinieron sobre treinta dellos, y todos los más caciques y papas; y Cortés les habló amorosamente con doña Marina, y trajeron mucho maíz y gallinas, y señalaron el camino que habiamos de llevar hasta otro pueblo que se dice Izguatepeque, el cual estaba tres jornadas, que serian diez y seis leguas; y ántes de llegar á él estaba otro pueblo sujeto deste Tamaztepeque, donde salimos.

Ántes que pase más adelante, quiero decir que con gran hambre que traiamos, así españoles como mejicanos, pareció ser que ciertos caciques de Méjico apañaron dos ó tres indios de los pueblos que dejábamos atrás, y traíanlos escondidos con sus cargas, á manera y trage como ellos, y con la hambre, en el camino los mataron y los asaron en hornos que para ello hicieron debajo de tierra y con piedras, como en su tiempo lo solian hacer en Méjico, y se los comieron; y asimismo habian apañado las dos guias que traimos, que se habian huido, y se los comieron; y alcanzólo á saber Cortés, y mandó llamar á los caciques mejicanos, y riñó malamente con ellos, que si otra tal hacian que los castigaria; y predicó un Fraile francisco de los que traiamos, cosas muy santas y buenas; y de que hubo acabado el sermon, mandó Cortés por justicia quemar á un indio mejicano por la muerte de los indios que comieron, puesto que supo que todos eran culpantes en ello, porque pareciese que hacia justicia, y que él no sabia de otros culpantes sino el que quemó.

Dejemos de contar muy por extenso otros muchos trabajos que pasábamos, y cómo las chirimías y sacabuches y dulzainas que Cortés traia, que otra vez he hecho memoria dellos, como en Castilla eran acostumbrados á regalos y no sabian de trabajos y con la hambre habian adolecido y no le daban música, excepto uno, y renegábamos todos los soldados de lo oir, y deciamos que parecian zorros ó adibes que aullaban, que más valiera tener maíz que comer que música.

Volvamos á nuestra relacion, y diré cómo algunas personas me han preguntado que cómo habiendo tanta hambre como dicho tengo, por que no comiamos la manada de los puercos que traian para Cortés, pues á la necesidad de hambre no hay ley; y viendo la hambre que habia, que Cortés los habia de mandar repartir por todos en tales tiempos.

Á esto digo que ya habia echado fama uno que venia por dispensero y mayordomo de Cortés, que se decia Guinea y era hombre doblado, y hacia en creyente que en los rios al pasar dellos los habian comido tiburones y lagartos; y porque no los viésemos venian siempre cuatro jornadas atrás rezagados; y demas desto, para tantos soldados como éramos, para un dia no habia en todos ellos, y á esta causa no se comieron; y demas desto, para no enojar á Cortés.

Dejemos esta plática, y diré que siempre por los pueblos y caminos por donde pasábamos dejábamos puestas cruces donde habia árboles para se labrar, en especial ceibas, y quedaban señaladas las cruces, y son más fijas hechas en aquellos árboles que no de maderos, porque crece la corteza y quedan más perfectas, y quedaban cartas en partes que las pudiesen leer, y decia en ellas: «Por aquí pasó Cortés en tal tiempo;» y esto se hacia porque si viniesen otras personas en nuestra busca supiesen cómo íbamos adelante.

Volvamos á nuestro camino para ir á Ciguatepecad, que fueron con nosotros sobre veinte indios de aquel pueblo de Tamaztepeque, y nos ayudaron á pasar dos rios y en barcas y canoas, y aun fueron por mensajeros á decir á los caciques del pueblo donde íbamos que no hubiesen miedo, que no los hariamos ningun enojo; y así, aguardaron en sus casas muchos dellos; y lo que allí pasó diré adelante.

CAPÍTULO CLXXVI.

CÓMO DESQUE HUBIMOS LLEGADO AL PUEBLO DE CIGUATEPECAD ENVIÓ CORTÉS POR CAPITAN Á FRANCISCO DE MEDINA PARA QUE, TOPANDO Á SIMON DE CUENCA, VINIESEN CON LOS DOS NAVÍOS YA OTRA VEZ POR MÍ MEMORADOS AL TRIUNFO DE LA SANTA CRUZ, AL GOLFO-DULCE, Y DE LO QUE MÁS PASÓ.

Pues como hubimos llegado á este pueblo que dicho tengo, Cortés halagó mucho á los caciques y principales y les dió buenos chalchinuíes de Méjico, y se informaron á qué parte salia un rio muy caudaloso y recio que junto á aquel pueblo pasaba, y le dijeron que iba á dar en unos esteros donde habia una poblacion que se dice Gueyatasta, y que junto dél estaba otro gran pueblo que dice Xicalango; parecióle á Cortés que seria bien luego enviar dos españoles en canoas para que saliesen á la costa del Norte y supiesen del capitan Simon de Cuenca y sus dos navíos, que habia mandado cargar de vituallas para el camino que dicho tengo, y escribióle haciéndole saber nuestros trabajos y que saliese por la costa adelante; y despues de bien informado cómo podria ir por aquel rio hasta las poblaciones por mí dichas, envió dos españoles, y el más principal dellos, que ya le he nombrado otras veces, se decia Francisco de Medina, y dióle poder para ser capitan, juntamente con el Simon de Cuenca, que este Medina era muy diligente y tenia lengua de toda la tierra, y este fué el soldado que hizo levantar el pueblo de Chamula cuando fuimos con el capitan Luis Marin á la conquista de Chiapa, como dicho tengo en el capítulo que dello habla; y valiera más que tal poder nunca le diera Cortés, por lo que en adelante acaeció, y es, que fué por el rio abajo hasta que llegó adonde el Simon de Cuenca estaba con sus dos navíos en lo de Xicolango, esperando nuevas de Cortés, y despues de dadas las cartas de Cortés, presentó sus provisiones para ser capitan, y sobre el mandar tuvieron palabras entrambos capitanes, de manera que vinieron á las armas, y de la parte del uno y del otro murieron todos los españoles que iban en el navío, que no quedaron sino seis ó siete; y cuando vieron los indios de Xicalango é Gueyatasta aquella revuelta, dan en ellos y acabáronlos de matar á todos, é queman los navíos, que nunca supimos cosa ninguna dellos hasta de ahí á dos años y medio.

Dejemos más de hablar en esto, y volvamos al pueblo donde estábamos, que se dice Ciguatepecad, y diré cómo los indios principales dijeron á Cortés que habia dende allí á Gueyacala tres jornadas y que en el camino habia de pasar dos rios, y el uno dellos era muy hondo y ancho, y luego habia unos malos tremedales y grandes ciénagas, y que si no tenia canoas que no podria pasar caballos ni aun ninguno de su ejército; y luego Cortés envió á dos soldados con tres indios principales de aquel pueblo para que se lo mostrasen y tanteasen el rio y ciénagas, y viesen de qué manera podriamos pasar, é que trajesen buena relacion dellos; y llamábanse los soldados que envió, Martin García, y era valenciano y alguacil de nuestro ejército, y el otro se decia Pedro de Ribera; y el Martin García, que era á quien más se lo encomendó Cortés, vió los rios, y con unas canoas chicas que tenian en el mismo rio lo vió, y miró que con hacer puentes podria pasar, y no curó de ver las malas ciénagas que estaban una legua adelante; y volvió á Cortés y le dijo que con hacer puentes podrian pasar, creyendo que las ciénagas no eran trabajosas, como despues las hallamos; y luego Cortés me mandó á mí y á un Gonzalo Mejía, y mandó que fuésemos con ciertos principales de Ciguatepecad á los pueblos de Acala, y que halagásemos á los caciques y con buenas palabras los atrajésemos para que no huyesen, porque aquella poblacion de Acala eran sobre veinte pueblezuelos, dellos en tierra firme y otros en unas como isletas, y todo se andaba en canoas por rios y esteros; y llevamos con nosotros los tres indios de los de Ciguatepecad por guias, y la primera noche que dormimos en el camino se nos huyeron, que no osaron ir con nosotros; porque, segun despues supimos, eran sus enemigos y tenian guerra unos con otros; y sin guias hubimos de ir, y con trabajos pasamos las ciénagas; y llegados al primer pueblo de Acala, puesto que estaban alborotados y parecia estar de guerra, con palabras amorosas y con dalles unas cuetas les halagamos, y les rogamos que fuesen á Ciguatepecad á ver á Malinche y le llevasen de comer.

Pareció ser que el dia que llegamos á aquel pueblo no sabian nuevas ningunas de cómo habia venido Cortés y que traia mucha gente, así de á caballo como mejicanos, é otro dia tuvieron nueva de indios mercaderes del gran poder que traia, y los caciques mostraron más voluntad de enviar comida que cuando llegamos, y dijeron que cuando hubiese llegado á aquellos pueblos le servirian y harian lo que pudiesen en dalle de comer, y en cuanto ir adonde estaba, que no querian ir, porque eran sus enemigos.

Pues estando que estábamos en estas pláticas con los caciques, vinieron dos españoles con cartas de Cortés, en que me mandaba que con todo el bastimento que pudiese haber saliese de allí á tres dias de camino con ello, por causa que ya le habian despoblado toda la gente de aquel pueblo donde le habia dejado, y me hizo saber que venia ya camino de Acala, y que no habia traido maíz ninguno ni lo hallaba, y que pusiese mucha diligencia en los caciques no se ausentasen; y tambien los españoles que me trajeron las cartas me dijeron cómo Cortés habia enviado el rio arriba de Ciguatepecad cuatro españoles, y los tres dellos de los nuevamente venidos de Castilla, en canoas, á demandar bastimento á otros pueblos que decian que estaban allí cerca, y que no habian vuelto y que creian que los habian muerto, y así salió verdad.

Volvamos á Cortés, que comenzó de caminar, y en dos dias llegó al gran rio que ya otras veces he dicho, y luego puso mucha diligencia en hacer una puente, y fué con tanto trabajo y con maderos gruesos y grandes que, despues de hecha, se admiraron los indios de Acala del haber de tal manera puesto los maderos, y estúvose en hacer cuatro dias; y como salió Cortés del pueblo ya otras veces por mí nombrado con todos sus soldados, no traian maíz ni bastimento, y con los cuatro dias que estuvo en el camino pasaron muy gran hambre é trabajo, é lo peor de todo, que no sabian si adelante ternian maíz ó si estaba de paz aquella provincia; aunque algunos soldados viejos se remediaban con cortar árboles muy altos que parecen palmas, que tienen por fruta unas al parecer de nueces muy encarceladas, y aquellas asaban y quebraban y comian.

Dejemos de hablar en esta hambre, y diré cómo la misma noche que acabaron de hacer la puente llegué yo con mis tres compañeros y con ciento y treinta cargas de maíz y ochenta gallinas y miel y frisoles y sal, y otras frutas, y como llegué de noche ya que escurecia, estaban todos los más soldados aguardando el bastimento, porque ya sabian que yo habia ido á lo traer; y Cortés les decia á los capitanes y soldados que tenia esperanza en Dios que presto tendrian todos de comer, pues que yo habia ido á Acala para traello, si no me habian muerto los indios, como mataron á los otros cuatro españoles que envió á buscar comida.

É volviendo á nuestra materia: así como llegué con el maíz y bastimento á la puente, como era de noche, cargaron todos los soldados dello y lo tomaron todo, que no dejaron á Cortés ni á ningun capitan ni á Sandoval cosa ninguna, con dar voces:

—«Dejadlo, que es para el capitan Cortés.»

Y asimismo su mayordomo Carranza, que así se llamaba, y el despensero Guinea daban voces y se abrazaban con el maíz, que les dejasen siquiera una carga; y como era de noche, decíanle los soldados:

—«Buenos puercos habeis comido vosotros y Cortés, y nos habeis visto morir de hambre é no nos dábades nada dellos.»

Y no curaban de cosa que les decian, sino que todo se lo apañaban.

Pues como Cortés supo que se lo habian tomado y que no le dejaron cosa ninguna, renegaba de la paciencia y pateaba, y estaba tan enojado, que decia que queria hacer pesquisa y castigar á quien se lo tomó, é dijeron lo de los puercos que comió.

Y como vió y consideró que el enojo era por demas y dar voces en desierto, me mandó llamar á mí, y muy enojado me dijo que cómo puse tal cobro en el bastimento.

Yo le dije que procurara su merced de enviar adelante guardias para ello, y aunque él en persona estuviera guardándolo, se lo tomaran, porque le guarde Dios de la hambre, que no tiene ley; y como vió que no habia remedio ninguno, y que tenia mucha necesidad, me halagó con palabras melosas, estando delante el capitan Gonzalo de Sandoval, y me dijo:

—«Oh señor hermano Bernal Diaz del Castillo, por amor de mí, que si dejastes algo escondido en el camino, que partais conmigo, que bien creido tengo de vuestra buena diligencia que traeríades para vos y para vuestro amigo Sandoval.»

Y como vi sus palabras y de la manera que lo dijo, hube lástima dél; y tambien Sandoval me dijo:

—«Pues yo juro á tal, tampoco tengo un puño de maíz de que tostar y hacer cacalote.»

Y entónces concerté y dije que conviene que esta noche al cuarto de la modorra, despues que esté reposado el real, vamos por doce carros de maíz y veinte gallinas y tres jarros de miel y frisoles y sal, y dos indias para hacer pan, que me dieron en aquellos pueblos para mí, y hemos de venir de noche, que nos lo arrebatarán en el camino los soldados, y esto hemos de partir entre vuestra merced y Sandoval y yo é mi gente; y él se holgó en el alma y me abrazó; y Sandoval dijo que queria ir aquella noche conmigo por el bastimento, y lo trajimos, con que pasaron aquella hambre, y tambien le dí una de las dos indias á Sandoval; é preguntó Cortés si los frailes tenian qué comer, é yo le respondí que cuidaba Dios mejor dellos que él, porque todos los soldados les daban de lo que habian tomado por la noche, é que no moririan de hambre.

He traido aquí esto á la memoria para que vean en cuánto trabajo se ponen los capitanes en tierras nuevas; que á Cortés, que era muy temido, no le dejaron maíz que comer, y que el capitan Sandoval no quiso fiar de otro la parte que le habia de caber, que él mismo fué conmigo por ello, teniendo muchos soldados que pudiera enviar.

Dejemos de contar del gran trabajo del hacer de la puente y de la hambre pasada, y diré cómo obra de una legua adelante dimos en las ciénagas muy malas, y eran de tal manera, que no aprovechaba poner maderos ni ramos ni hacer otra manera de remedios para poder pasar los caballos, que atollaban todo el cuerpo sumido en las grandes ciénagas, que creimos no escapar ninguno dellos, sino que todos quedarian allí muertos; y todavía porfiamos de ir adelante, porque estaba obra de medio tiro de ballesta tierra firme y buen camino, y como iban los caballos con tanto trabajo y se hizo un callejon por la ciénaga de lodo y agua, que pasaron sin tanto riesgo de se quedar muertos, puesto que iban á veces medio á nado entre aquella ciénaga y el agua; pues ya llegados en tierra firme, dimos gracias á Dios por ello, y luego Cortés me mandó que con brevedad volviese á Acala y que pusiese gran recaudo en los caciques que estuviesen de paz, y que luego enviase al camino bastimento; y así lo hice, que el mismo dia que llegué á Acala de noche envié tres españoles que iban conmigo con más de cien indios cargados de maíz é otras cosas; y cuando Cortés me envió por ello, dije que mirase que él en persona lo aguardase, no lo tomasen como la otra vez; y así lo hizo, que se adelantó con Sandoval y Luis Marin, y lo hubieron todo y lo repartieron; y otro dia, á obra de mediodia llegaron á Acala, y los caciques le fueron á dar el bienvenido y le llevaron bastimento; y dejallo he aquí, y diré lo que más pasó.

CAPÍTULO CLXXVII.

DE EN LO QUE CORTÉS ENTENDIÓ DESPUES DE LLEGADO Á ACALA, Y CÓMO EN OTRO PUEBLO MÁS ADELANTE, SUJETO AL MISMO ACALA, MANDÓ AHORCAR Á GUATEMUZ, QUE ERA GRAN CACIQUE DE MÉJICO, Y Á OTRO CACIQUE QUE ERA SEÑOR DE TACUBA, Y LA CAUSA POR QUÉ; Y OTRAS COSAS QUE ENTÓNCES PASARON.

Desque Cortés hubo llegado á Gueyacala, que así se llamaba, y los caciques de aquel pueblo le vinieron de paz, y les habló con doña Marina la lengua de tal manera que al parecer se holgaban, y Cortés les daba cosas de Castilla, y trajeron maíz y bastimento, y luego mandó llamar todos los caciques, y se informó dellos del camino que habiamos de llevar, y les preguntó que si sabian de otros hombres como nosotros con barbas y caballos, y si habian visto navíos ir por la mar; y dijeron que ocho jornadas de allí habia muchos hombres con barbas y mujeres de Castilla y caballos, y tres acales (que en su lengua acales llaman á los navíos); de la cual nueva se holgó Cortés de saber; y preguntando por los pueblos y camino por donde habiamos de ir, todo se lo trujeron figurado en unas mantas, y aun los rios y ciénagas y atolladeros; y les rogó que en los rios pusiesen puentes y llevasen canoas, pues tenia mucha gente y eran grandes poblaciones; y los caciques dijeron que, puesto que eran sobre veinte pueblos, que no les querian obedecer todos los más dellos, en especial unos que estaban entre unos rios, y que era necesario que luego enviase de sus teules, que así nos llamaban á los soldados, á les hacer traer maíz y otras cosas, y que les mandase que los obedeciesen, pues que eran sus sujetos.

Y como aquello entendió Cortés, luego mandó á un Diego de Mazariegos, primo del tesorero Alonso de Estrada, que quedaba por gobernador en Méjico, que porque viese y conociese que Cortés tenia mucha cuenta de su persona, que le hacia honra de envialle por capitan á aquellos pueblos y á otros comarcanos; cuando le envió, secretamente le dijo que porque él no entendia muy bien las cosas de la tierra, por ser nuevamente venido de Castilla, y no tenia tanta experiencia por ser en cosa de indios, que me llevase á mí en su compañía, y lo que yo le aconsejase no saliese dello; y así lo hizo, y no quisiera escribir esto en esta relacion, porque no pareciese que me jactanciaba dello; y no lo escribiera, sino porque fué público en todo el real, y aun despues lo vi escrito de molde en unas cartas y relaciones que Cortés escribió á su majestad, haciéndole saber todo lo que pasaba y del viaje de Honduras, y por esta causa lo escribo.

Volvamos á nuestra materia. Fuimos con el Mazariegos hasta ochenta soldados en canoas que nos dieron los caciques, y cuando hubimos llegado á las poblaciones, todos de buena voluntad nos dieron de lo que tenian, y trajimos sobre cien canoas de maíz é bastimento y gallinas y miel y sal, y diez indias que tenian por esclavas, y vinieron los caciques á ver á Cortés; de manera que todo el Real tuvo muy bien que comer, y dentro de cuatro dias se huyeron todos los más caciques, que no quedaron sino tres guias, con los cuales fuimos nuestro camino y pasamos dos rios, el uno en puentes, que luego se quebraron al pasar, y el otro en barcas, y fuimos á otro pueblo sujeto al mismo Acala, y estaba ya despoblado, y allí buscamos comida y maíz que tenian escondido por los montes.

Dejemos de contar nuestros trabajos y caminos, y digamos cómo Guatemuz, gran cacique de Méjico, y otros principales mejicanos que iban con nosotros, habian puesto en plática, ó lo ordenaban, de nos matar á todos y volverse á Méjico, y llegados á su ciudad, juntar sus grandes poderes y dar guerra á los que en Méjico quedaban, y tornarse á levantar; y quien lo descubrió á Cortés fueron dos grandes caciques mejicanos, que se decian Tapia y Juan Velazquez; este Juan Velazquez fué capitan general de Guatemuz cuando nos dieron guerra en Méjico.

Y como Cortés lo alcanzó á saber, hizo informaciones sobre ello, no solamente de los dos que lo descubrieron, sino de otros caciques que eran en ello, y lo que confesaron era que, como nos vian ir por el camino descuidados y descontentos, y que muchos soldados habian adolecido, y que siempre nos faltaba la comida, y que ya se habian muerto de hambre cuatro chirimías y el volteador y otros cinco soldados, y tambien se habian vuelto otros tres soldados camino de Méjico, y se iban á su aventura por los caminos por donde habian venido, y que más querian morir que ir adelante; que seria bien que cuando pasásemos algun rio ó ciénaga dar en nosotros, porque eran los mejicanos sobre tres mil y traian sus armas y lanzas, y algunos con espadas.

El Guatemuz confesó que así era como lo habian dicho los demas; empero que no salió dél aquel concierto, y que no sabe si todos fueron en ello ó se efectuaria, y que nunca tuvo pensamiento de salir con ello, sino solamente la plática que sobre ello hubo; y el cacique de Tacuba dijo que entre él y Guatemuz habian dicho que valía más morir de una vez que morir cada dia en el camino, viendo la gran hambre que pasaban sus macechuelas y parientes.

Y sin haber más probanzas, Cortés mandó ahorcar al Guatemuz y al señor de Tacuba, que era su primo, y ántes que los ahorcasen, los frailes franciscos y el mercenario fueron esforzándolos y encomendando á Dios con la lengua doña Marina; y cuando le ahorcaron dijo el Guatemuz:

—«¡Oh capitan Malinche! Dias habia que yo tenia entendido é habia conocido tus falsas palabras, que esta muerte me habias de dar, pues yo no me la dí cuando te entregaste en mi ciudad de Méjico: ¿por qué me matas sin justicia? Dios te lo demande.»

El señor de Tacuba dijo que daba por bien empleada su muerte por morir junto con su señor Guatemuz.

Y ántes que los ahorcasen los fué confesando fray Juan el mercenario, que sabia, como dicho he, algo de la lengua, y los caciques les rogaban les encomendasen á Dios, que eran para indios buenos cristianos, y creian bien é verdaderamente; é yo tuve gran lástima del Guatemuz y de su primo, por habelles conocido tan grandes señores, y aun ellos me hacian honra en el camino en cosas que se me ofrecian, especial en darme algunos indios para traer yerba para mi caballo.

Y fué esta muerte que les dieron muy injustamente dada, y pareció mal á todos los que íbamos aquella jornada.

Volvamos á ir nuestro camino con gran concierto, por temor que los mejicanos, viendo ahorcar á su señor, no se alzasen; mas traian tanta mala ventura de hambre y dolencia, que no se les acordaba dello; y despues que los hubieron ahorcado, segun dicho tengo, luego fuimos camino de otro pueblezuelo, y ántes de entrar en él pasamos un rio bien hondable en barcas, y hallamos el pueblo sin gente, que aquel dia se habian ido, é buscamos de comer por las estancias, é hallamos ocho indios que eran Sacerdotes de ídolos, y de buena voluntad se vinieron á su pueblo con nosotros, é Cortés les habló con doña Marina para que llamasen sus vecinos, y que no hubiesen miedo y que trujesen de comer; y ellos dijeron á Cortés que le rogaban que mandase que no les llegasen á unos ídolos que estaban junto á la casa donde Cortés posaba, é que le traerian comida y harian lo que pudiesen; y Cortés dijo que él haria lo que decian, é que no llegarian á cosa ninguna; mas que para qué querian aquellas cosas de ídolos, que son de barro y de maderos viejos, y que eran cosas malas, que les engañaban; y tales cosas les predicó con los frailes y doña Marina, que respondieron muy bien á lo que les decian, que los dejarian, y trajeron veinte cargas de maíz y unas gallinas; y Cortés se informó dellos que si sabian qué tantos soles de allí habia hombres con barbas como nosotros, y caballos; y dijeron que siete soles, que se decia el pueblo donde estaban los de á caballo Nito, y que ellos irian por guias hasta otro pueblo, y que habiamos de dormir una noche en despoblado ántes de llegar á él; y Cortés les mandó hacer una cruz en un árbol muy grande, que se dice ceiba, que está junto á las casas adonde tenian los ídolos.

Tambien quiero decir que, como Cortés andaba mal dispuesto, y aun muy pensativo y descontento del trabajoso camino que llevábamos, é como habia mandado ahorcar á Guatemuz é su primo el señor de Tacuba sin tener justicia para ello, é habia cada dia hambre, é que adolescian españoles é morian muchos mejicanos, pareció ser que de noche no reposaba de pensar en ello, y salíase de la cama donde dormia á pasear en una sala adonde habia ídolos, que era aposento principal de aquel pueblezuelo, adonde tenian otros ídolos, y descuidóse y cayó más de dos estados abajo y se descalabró la cabeza, y calló, que no dijo cosa buena ni mala sobre ello, salvo curarse la descalabradura, y todo se lo pasaba y sufria.

É otro dia muy de mañana proseguimos á caminar con nuestras guias, y sin acontecer cosa que de contar sea, fuimos á dormir cabe un estero y cerca de unos montes muy altos; é otro dia fuimos por nuestro camino, é á hora de Misa mayor llegamos á un pueblo nuevo, y en aquel dia se habia despoblado y metido en unas ciénagas, y eran nuevamente hechas las casas y de pocos dias, y tenian en el pueblo hechas albarradas de maderos gruesos, y todo cercado de otros maderos muy recios, y hechas caras hondas ántes de la entrada en él, y dentro dos cercas, la una como barbacana, y con sus cubos y troneras; y tenian á otra parte por cerca unas peñas muy altas, llenas de piedras hechizas á mano, con grandes mamparos; y por otra parte una gran ciénaga, que era fortaleza.

Pues desque hubimos entrado en las casas hallamos tantos gallos de papada y gallinas cocidas, como los indios las comen, con sus ajíes y pan de maíz, que se dice entre ellos tamales, que por una parte nos admirábamos de cosa tan nueva, y por otra nos alegrábamos con la mucha comida, y dió que pensar en tan nuevo caso; y tambien hallamos una gran casa llena de lanzas chicas y arcos y flechas, y buscamos por los rededores de aquel pueblo si habia maizales y gente, y no habia ninguna, ni aun grano de maíz.

Estando desta manera, vinieron hasta quince indios que salieron de las ciénagas, que eran principales de aquel pueblo, y pusieron las manos en el suelo y besaron la tierra, y dicen á Cortés medio llorando que le piden por merced que aquel pueblo ni cosa alguna no se la quemen, porque son nuevamente venidos allí á hacerse fuertes por causa de sus enemigos, que me parece que dijeron que se decian lacandones, porque les han quemado y destruido dos pueblos en tierra llana, adonde vivian, y les han robado y muerto mucha gente; los cuales pueblos habiamos de ver abrasados adelante por el camino adonde habiamos de ir, que están en tierra muy llana; y allí dieron cuenta cómo y de qué manera les daban guerra; y la causa porque eran sus enemigos; é Cortés les preguntó que cómo tenian tanto gallo y gallinas á cocer; y dijeron que por horas aguardaban á sus enemigos, que les habian de venir á dar guerra, é que si les vencian, les habian de tomar sus haciendas y gallos y llevalles cautivos; que porque no lo hubiesen ni gozasen se lo querian ántes comer; y que si ellos les desbarataban á los enemigos, que irian á sus pueblos y les tomarian sus haciendas; y Cortés dijo que le pesaba dello y de su guerra, y por ir de camino no lo podia remediar.

Llamábase aquel pueblo, y otras grandes poblaciones por donde otro dia pasamos, los Mazatecas, que quiere decir en su lengua los pueblos ó tierras de venados; y tuvieron razon de ponelles aquel nombre, por lo que adelante diré.

Y desde allí fueron con nosotros dos indios dellos, y nos fueron mostrando sus poblaciones quemadas, y dieron relacion á Cortés cómo estaban los españoles adelante.

Y dejallo he aquí, y diré cómo otro dia salimos de aquel pueblo, y lo que más hubo en el camino.

CAPÍTULO CLXXVIII.

CÓMO SEGUIMOS NUESTRO VIAJE, Y LO QUE EN ELLO NOS AVINO.

Como salimos del pueblo cercado, que ansí le llamábamos de allí adelante, entramos en bueno y llano camino, y todo cabanas y sin árboles, y hacia un sol tan caluroso y recio, que otro mayor resistero no habiamos tenido en el camino.

É yendo por aquellos campos rasos, habia tantos de venados y corrian tan poco, que luego los alcanzábamos á caballo, por poco que corríamos tras ellos, y se mataron sobre veinte; y preguntando á las guias que llevábamos que cómo corrian tan poco aquellos venados, y no se espantaban de los caballos ni de otra cosa ninguna, dijeron que en aquellos pueblos, que ya he dicho que se decian los Mazatecas, que los tienen por sus dioses, porque les ha parecido en su figura, y que les mandó su ídolo que no les maten ni espanten, y que ansí lo han hecho, y que á esta causa no huyen, y en aquella caza, á un pariente de Cortés, que se decia Palacios Rubios, se le murió un caballo porque se le derritió la manteca en el cuerpo con el gran calor y corrió mucho.

Dejemos la caza, y digamos que luego llegamos á las poblaciones quemadas, que era mancilla verlo todo destruido é quemado.

É yendo por nuestras jornadas, como Cortés siempre enviaba adelante corredores del campo á caballo y sueltos peones, alcanzaron dos indios naturales de otro pueblo que estaba adelante, por donde habiamos de ir, que venian de caza y cargados de un gran leon y muchas iguanas, que son de hechura de sierpes chicas, que en estas partes ansí las llaman, iguanas, que son muy buenas de comer; y les preguntaron que si estaba cerca su pueblo, y dijeron que sí y que ellos guiarian hasta el pueblo, y estaba en una isleta cercada de agua dulce, que no podiamos pasar por la parte que íbamos sino en canoas, y rodeamos poco más de media legua; y tenian paso, que daba el agua hasta la cinta, y hallámosle poblado con la mitad de los vecinos, porque los demas se habian dado buena priesa á esconder con sus haciendas entre unos carrizales, donde tenian cerca sus sementeras, donde durmieron muchos de nuestros soldados que se quedaron en los maizales, y tuvieron bien de cenar y se bastecieron para otros dias; y hallamos en el pueblo un gran lago de agua dulce, y tan lleno de pescados grandes, que parecian como sábalos muy desabridos, que tienen muchas espinas, y con unas mantas viejas y con redes rotas que hallamos en aquel pueblo, porque ya estaba despoblado, se pescaron todos los peces que habia en el agua, que eran más de mil; y allí buscamos guias, las cuales se tomaron en unas labranzas; y de que Cortés les hubo hablado con doña Marina que nos encaminasen á los pueblos adonde habia hombres con barbas y caballos, se alegraron como no les haciamos mal ninguno; y dijeron que ellos nos mostrarian el camino de buena voluntad, que de ántes creian que los queriamos matar; y fueron cinco dellos con nosotros por un camino bien ancho, y miéntras más adelante íbamos se iba ensangostando, á causa de un gran rio y estero que allí cerca estaba, que parece ser en él se embarcaban y desembarcaban en canoas, é iban por agua al pueblo donde habiamos de ir, que se dice Tayasal, el cual está en una isleta cerca de agua, é si no es en canoas no pueden entrar en él por tierra, y blanqueaban las casas y adoratorios de más de dos leguas que se parecian, y era cabecera de otros pueblos chicos que allí cerca están.

Volvamos á nuestra relacion: que como vimos que el camino ancho que de ántes traiamos se habia vuelto en vereda muy angosta, bien entendimos que por el estero se mandaban, é ansí nos lo dijeron los guias que traiamos; acordamos de dormir cerca de unos altos montes, y aquella noche fueron cuatro capitanías de soldados por las veredas que salian al estero, á tomar guias, y quiso Dios que se tomaron dos canoas con diez indios y dos mujeres, y traian las canoas cargadas con maíz y sal, y luego los llevaron á Cortés, y les halagó y habló muy amorosamente con la lengua doña Marina, y dijeron que eran naturales del pueblo que estaba en la isleta, y que estaria de allí, á lo que señalaban, obra de cuatro leguas; y luego Cortés mandó que se quedase con nosotros la mayor canoa y cuatro indios y las dos mujeres, y la otra canoa envió al pueblo con seis indios y dos españoles, á rogar al Cacique que traiga canoas al pasar del rio, y que no se le haria ningun enojo, y le envió unas cuentas de Castilla, y luego fuimos nuestro camino por tierra hasta el gran rio, y la una canoa fué por el estero hasta llegar al rio; é ya estaba el Cacique con otros muchos principales aguardando al pasaje con cinco canoas, y trujeron cinco gallinas y maíz, y Cortés les mostró gran voluntad; y despues de muchos buenos razonamientos que hubo de los caciques á Cortés, acordó de ir con ellos á su pueblo en aquellas canoas, y llevó consigo treinta ballesteros; y llegado á las casas, le dieron de comer y poco oro bajo y de poca valía, y unas mantas, y le dijeron que habia españoles así como nosotros en dos pueblos, que el uno ya he dicho que se decia Nito, que es el San Gil de Buena-Vista, al Golfo-Dulce; y agora le dan nuevas que hay otros muchos españoles en Naco, y que habrá del un pueblo al otro diez dias de camino, y que el Nito es en la costa del Norte y el Naco en la tierra adentro; y Cortés nos dijo que por ventura el Cristóbal de Olí habia repartido su gente en dos villas; que entónces no sabiamos de los de Gil Gonzalez de Ávila, que pobló á San Gil de Buena-Vista.

Volvamos á nuestro viaje, que todos pasamos aquel gran rio en canoas, y dormimos obra de dos leguas de allí, y no anduvimos más porque aguardamos á Cortés que viniese del pueblo, y como vino, mandó que dejásemos en aquel pueblo un caballo morcillo, que estaba malo de la caza de los venados y se le habia derretido el unto en el cuerpo y no se podia tener; y en este pueblo se huyó un negro y dos indias naborías, y se quedaron tres españoles, que no se echaron ménos hasta de ahí á tres dias; que más querian quedar entre enemigos que venir con tanto trabajo con nosotros.

Este dia estuve yo muy malo de calenturas y del gran sol que se me habia entrado en la cabeza, porque ya he dicho otra vez que entónces hacia recio sol; y bien se pareció, porque luego comenzó á llover tan recias aguas, que en tres dias y noches no dejó de llover; y no nos paramos en el camino, porque aunque quisiéramos aguardar que hiciera buen tiempo, no teniamos bastimento de maíz, y por temor no faltase íbamos caminando.

Volvamos á nuestra relacion: que desde á dos dias dimos en una sierrezuela de unas piedras que cortaban como navajas; y puesto que fueron nuestros soldados á buscar otros caminos para dejar aquella sierra de los pedernales, más de una legua á una parte é á otra no hallaron otro camino, sino pasar por el que íbamos; é hicieron tanto daño aquellas piedras á los caballos, que como llovia resbalaban y caian, y cortábanse piernas y brazos y aun en los cuerpos, y miéntras más abajábamos, peor era, porque ya era la bajada de la sierrezuela; allí se nos quedaron ocho caballos muertos, y los más que escaparon dejarretados; y se le quebró una pierna á un soldado que se decia Palacios Rubios, deudo de Cortés; y cuando nos vimos fuera de la sierra de los Pedernales, que así la llamábamos desde allí adelante, dimos muchas gracias y loores á Dios.

Pues ya que llegábamos cerca de un pueblo que se dice Taica, íbamos gozosos creyendo hallar bastimentos, y ántes de llegar á él venia un rio de una sierra entre grandes peñascos y derrumbaderos, y como habia llovido tres dias y tres noches, venia tan furioso y con tanto ruido, que bien se oia á dos leguas, por caer entre grandes peñas; y demas desto, venia muy hondo, y pasalle era por demas, y acordamos de hacer una puente desde unas peñas á otras, y tanta priesa nos dimos en tenella hecha, con árboles muy gruesos, que en tres dias comenzamos á pasar para ir al pueblo; y como estuvimos allí los tres dias haciendo la puente, los indios naturales del pueblo tuvieron lugar de esconder el maíz y todo el bastimento y ponerse en cobro, que no los podiamos hallar en todos los rededores; y con la hambre, que ya nos aquejaba, estábamos todos como atónitos, pensando en la comida é trabajos.

Yo digo que verdaderamente nunca habia sentido tanto dolor en mi corazon como entónces, viendo que no tenia de comer ni qué dar á mi gente, y estar con calenturas, puesto que con diligencia lo buscábamos más de dos leguas del pueblo en todos los rededores; y esto era víspera de Pascua de la Resurreccion de nuestro Salvador Jesucristo.

Miren los letores qué Pascua podiamos tener sin comer, que con maíz fuéramos muy contentos.

Pues como aquesto vió Cortés, luego envió de sus criados y mozos de espuelas, con las guias, á buscar por los montes y barrancos maíz: el primer dia de Pascua trujieron obra de una hanega; y como vió la gran necesidad, mandó llamar ciertos soldados, todos los más vecinos de Guacacualco, y entre ellos me nombró á mí, y nos dijo que nos rogaba mucho que trastornásemos toda la tierra y buscásemos de comer, que ya viamos en qué estado estaba todo el real; y en aquella sazon estaba delante de Cortés, cuando nos lo mandaba, Pedro de Ircio, que hablaba mucho, y dijo que le suplicaba que le enviase por nuestro capitan, y le dijo Cortés:

—«Id en buen hora.»

Y como aquello yo entendí, y sabia que Pedro de Ircio no podia andar á pié, y nos habia de estorbar ántes que ayudar, secretamente dije á Cortés, y al capitan Sandoval que no fuese Pedro de Ircio, que no podia andar por los lodos y ciénagas con nosotros, porque era paticorto y no era para ello, sino para mucho hablar, y que no era para ir á entradas; que se pararia ó sentaria en el camino de rato en rato.

Y luego mandó Cortés que se quedase, y fuimos cinco soldados con dos guias por unos rios bien hondos, y despues de pasados los rios, dimos en unas ciénagas, y luego en unas estancias, donde estaba recogida toda la mayor parte de gente de aquel pueblo, y hallamos cuatro casas llenas de maíz y muchos frisoles y sobre treinta gallinas, y melones de la tierra, que se dicen en estas tierras ayotes, y apañamos cuatro indios y tres mujeres, y tuvimos buena Pascua, y esa noche llegaron á aquellas estancias sobre mil mejicanos que mandó Cortés que fuesen tras nosotros y nos siguiesen porque tuviesen de comer; y todos muy alegres cargamos á los mejicanos todo el maíz que pudieron llevar, y que Cortés lo repartiese, y tambien le enviamos veinte gallinas para Cortés y Sandoval, y los indios y las indias, y quedamos guardando dos casas de maíz, no las quemasen ó llevasen de noche los naturales del pueblo; y luego otro dia pasamos más adelante con otras guias, y topamos otras estancias, y habia maíz y gallinas, y otras cosas de legumbres, y luego hice tinta, y en un cuero de atambor escribí á Cortés que enviase muchos indios, porque habia hallado otras estancias con maíz; y como le envié las indias y los indios y lo por mí dicho, y lo supieron en todo el real, otro dia vinieron sobre treinta soldados y más de quinientos indios, y todos llevaron recaudo, y desta manera, gracias á Dios, se proveyó el real; y estuvimos en aquel pueblo cinco dias, y ya he dicho que se dice Taica.

Dejemos desto, y quiero decir que, como hicimos esta puente, y en todos los caminos hicimos las grandes puentes, y despues que aquellas tierras y provincias estuvieron de paz, los españoles que por aquellos caminos estaban y pasaban, y hallaban algunas de las puentes sin se haber deshecho al cabo de muchos años, y los grandes árboles que en ellas poniamos, se admiran dello, y suelen decir agora: «Aquí son las puentes de Cortés;» como si dijesen, las columnas de Hércules.

Dejémonos de estas memorias, pues no hacen á nuestro caso, y digamos cómo fuimos por nuestro camino á otro pueblo que se dice Tania, y estuvimos en llegar á él dos dias, y hallámosle despoblado y buscamos de comer, y hallamos maíz é otras legumbres, mas no muy abastado; y fuimos por los rededores dél á buscar camino, y no le hallábamos, sino todos rios y arroyos, y las guias que habiamos traido del pueblo que dejamos atrás se huyeron una noche á ciertos soldados que las guardaban, que eran de los recien venidos de Castilla, que pareció ser se durmieron; y de que Cortés lo supo, quiso castigar á los soldados por ello, y por ruegos los dejó, y entónces envió á buscar guias y camino, y era por demas hallarlo por tierra enjuta, porque todo el pueblo estaba cercado de rios y arroyos, y no se podian tomar ningunos indios ni indias; y demas desto, llovia á la contina, y no nos podiamos valer de tanta agua, y Cortés y todos nosotros estaban espantados y penosos de no saber ni hallar camino por donde ir, y entónces muy enojado dijo Cortés á Pedro de Ircio y á otros capitanes, que eran los de Méjico:

—«Agora querria yo que hubiese quien dijese que queria ir á buscar guias ó camino, y no dejallo todo á los vecinos de Guacacualco.»

Y Pedro de Ircio, como oyó aquellas palabras, se apercibió con seis soldados, sus conocidos y amigos, y fué por una parte, y un Francisco Marmolejo, que era persona de calidad, con otros seis soldados, por otra parte, y un Santa Cruz, burgalés, regidor que fué de Méjico, fué por otra con otros soldados, y anduvieron todos tres dias, y puesto que fueron á una parte y á otra, no hallaron camino ni guias, sino todo agua y arroyos y rios, y cuando hubieron venido sin recaudo ninguno, queria reventar Cortés de enojo, y dijo al Sandoval que me dijese á mí el gran trabajo en que estábamos, y que me rogase de su parte que fuese á buscar guias y camino; y esto lo dijo con palabras amorosas y á manera de ruegos, por causa que supo cierto que yo estaba malo, como dicho tengo, que aún tenia calenturas; y aun me habian apercibido ántes que á Sandoval, me hallase para ir con Francisco Marmolejo, que era mi amigo, y dije que no podia ir por estar malo y cansado, que siempre me daban á mí el trabajo, y que enviasen á otro.

Y luego vino Sandoval otra vez á mi rancho, y me dijo por ruegos que fuese con otros dos compañeros, los que yo escojiese, porque decia Cortés que, despues de Dios, en mí tenia confianza que traeria recaudo; y puesto que yo estaba malo, no le pude perder vergüenza, y demandé que fuese conmigo un Hernando de Aguilar y un Hinojosa, hombres que sabia que eran de sufrir trabajo; y salimos, y fuimos por unos arroyos abajo, y fuera de los arroyos, en el monte habia unas señales de ramas cortadas, y seguimos aquel rastro más de una legua, y luego salimos del arroyo, y dimos en unos ranchos pequeños, despoblados de aquel dia, y seguimos el mismo rastro, y desde léjos en una cuesta vimos unos maizales y una casa, y sentimos gente en ella; y como era ya puesta del sol, estuvimos en el monte hasta buen rato de la noche, que nos pareció que debian de dormir los moradores de aquellas milpas, y muy callando dimos presto en la casa y prendimos tres indios y dos mujeres mozas y hermosas para ser indias, y una vieja, y tenian dos gallinas y un poco de maíz y trujimos el maíz y gallinas con los indios é indias, y muy alegres volvimos al real; y cuando Sandoval lo supo, que fué el primero que estaba aguardando en el camino sobre tarde, de gozo no podia caber, y fuimos delante de Cortés, que lo tuvo en más que si le dieran otra buena cosa.

Entónces dijo Sandoval á Pedro de Ircio si tuvo Bernal Diaz del Castillo razon el otro dia cuando fué á buscar maíz, en decir que no queria ir sino con hombres sueltos, y no con quien vaya todo el camino muy de espacio, contando lo que le acaeció al conde de Urueña y á don Pedro Jiron, su hijo (porque estos cuantos decia el Pedro de Ircio muchas veces); no teneis razon de decir que él os revolvia con el señor capitan é conmigo; é todos se rieron dello; y esto dijo el Sandoval porque el Pedro de Ircio estaba mal conmigo; y luego Cortés me dió las gracias por ello y dijo:

—«Siempre tuve que habia de traer recaudo.»

Quiero dejar destas alabanzas, pues son vaciadizas, que no traen provecho ninguno; que otros las dijeron en Méjico cuando contaban deste trabajoso viaje.

Volvamos á decir que Cortés se informó de las guias y de las dos mujeres, y todos conformaron que por un rio abajo habiamos de ir á un pueblo que está de allí dos dias de camino: el nombre del pueblo se decia Oculizti, que era de más de ducientas casas, y estaba despoblado de pocos dias pasados; é yendo por nuestro rio abajo, topamos unos grandes ranchos, que eran de indios mercaderes, donde hacian jornada, y allí dormimos; y otro dia entramos en el mismo rio y arroyo, y fuimos obra de media legua por él, y dimos en buen camino, y á aquel pueblo de Coliste llegamos aquel dia, y habia mucho maíz y legumbres, y en una casa de adoratorios de ídolos se halló un bonete viejo colorado y un alparagate ofrecido á los ídolos; y ciertos soldados que fueron por las barrancas trujeron á Cortés dos indios viejos y cuatro indias que se tomaron en los maizales de aquel pueblo, y Cortés les preguntó con nuestra lengua doña Marina por el camino, y qué tanto estaban de allí los españoles, y dijeron que dos dias, y que no habia poblado ninguno hasta allá, y que tenian las casas junto á la costa de la mar; y luego incontinenti mandó Cortés á Sandoval que fuese á pié con otros seis soldados, y que saliese á la mar, y que de una manera ú de otra procurase saber é inquirir si eran muchos españoles los que allí estaban poblados con Cristóbal de Olí, porque en aquella sazon no creiamos que hubiese otro capitan en aquella tierra: y esto queria saber Cortés para que diésemos sobre Cristóbal de Olí de noche si allí estuviese, ó prendelle á él ó á sus soldados.

Y el Gonzalo de Sandoval fué con los seis soldados, y tres indios por guias, que para ello llevaba de aquel pueblo de Oculizti; é yendo por la costa del Norte, vió que venia por la mar una canoa á remo y con la vela, y se escondió de dia en un monte, porque vieron venir la canoa con los indios mercaderes, y venia costa á costa, y traian mercaderías de sal y de maíz, é iban á entrar en el rio grande del Golfo-Dulce, y de noche la tomaron en un ancon que era puerto de canoas, y en la misma canoa se metió el Sandoval con dos compañeros y con los indios remeros que traia la misma canoa y con las tres guias, y se fué costa á costa, y los demas soldados se fueron por tierra, porque supo que estaba cerca el rio grande, y llegados que hubieron cerca del rio grande, quiso la ventura que habian venido aquella mañana cuatro vecinos de la villa, que estaba poblada, y un indio de Cuba, de los de Gil Gonzalez de Ávila, en una canoa, y pasaron de la parte del rio á buscar una fruta que llaman zapotes para comer asados, porque en la villa donde estaban pasaban mucha hambre y estaban todos los más dolientes, y no osaban salir á buscar bastimentos á los pueblos, porque les habian dado guerra los indios cercanos y muerto diez soldados despues que los dejó allí Gil Gonzalez de Ávila.

Pues estando derrocando los de Gil Gonzalez los zapotes del árbol, y estaban encima del árbol los dos hombres, cuando vieron venir la canoa por la mar, en que venia Gonzalo de Sandoval; y sus compañeros se espantaron y admiraron de cosa tan nueva, y no sabian si huir, si esperar; y como llegó Sandoval á ellos les dijo que no hubiesen miedo, y así, estuvieron quedos y muy espantados; y despues de bien informados el Sandoval y sus compañeros de los españoles cómo y de qué manera estaban allí poblados los de Gil Gonzalez de Ávila, del mal suceso de la armada del de las Casas, que se perdió, y cómo Cristóbal de Olí los tuvo presos al de las Casas y al Gil Gonzalez de Ávila, y cómo degollaron en Naco á Cristóbal de Olí por sentencia que dieron contra él, y cómo eran partidos para Méjico, y supieron quién y cuántos estaban en la villa, y la gran hambre que pasaban, y cómo habia pocos dias que habian ahorcado en aquella villa al teniente capitan que les dejó allí el Gil Gonzalez de Ávila, que se decia Armenta, y por qué causa le ahorcaron, que fué porque no les dejaba ir á Cuba.

Acordó Sandoval de llevar luego aquellos hombres á Cortés, y no hacer novedad ni ir á la villa sin él, para que de sus personas fuese informado; y entónces un soldado que se decia Alonso Ortiz, vecino que despues fué de una villa que se dice San Pedro, suplicó á Sandoval que le hiciese merced de darle licencia para adelantarse una hora para llevar las nuevas á Cortés y á todos los que con él estábamos, porque le diésemos albricias, y así lo hizo; de las cuales nuevas se holgó Cortés y todo nuestro Real, creyendo que allí acabáramos de pasar tantos trabajos como pasábamos, y se nos doblaron mucho más, segun adelante diré; é á Alonso Ortiz, que llevó estas nuevas, Cortés le dió luego un caballo muy bueno rosillo, que llaman Cabeza de Moro, y todos le dimos de lo que entónces teniamos; y luego llegó el capitan Sandoval con los soldados y el indio de Cuba, y dieron relacion á Cortés de todo lo por mí dicho, y de otras muchas cosas que les preguntaba, y cómo tenian en aquella villa un navío que estaban calafateando en un puerto obra de media legua de allí, el cual tenian para se embarcar todos en él é irse á Cuba, y que porque no les habia dejado embarcar el teniente Armenta le ahorcaron, y tambien porque mandaba dar garrote á un clérigo que revolvia la villa, y alzaron por teniente á un Antonio Nieto en lugar del Armenta, que ahorcaron.

Dejemos de hablar de las nuevas de los dos españoles, y digamos los lloros que en su villa se hicieron viendo que no volvian aquella noche los vecinos y el indio de Cuba, que habian ido á buscar la fruta, que creyeron que indios los habian muerto, ó tigres ó leones, y el uno de los vecinos era casado, y su mujer lloraba por él, y todos los vecinos, y tambien el clérigo, que se llamaba el bachiller Hulano Velazquez; y se juntaron en la iglesia, y rogaban á Dios que les ayudase y que no viniesen más males sobre ellos, y no hacia la mujer sino rogar á Dios por el ánima del marido.

Volvamos á nuestra relacion: que luego Cortés nos mandó á todo nuestro ejército ir camino de la mar, que seria seis leguas, y aun en el camino habia un estero muy crecido y hondo, que crecia y menguaba, y estuvimos aguardando que menguase medio dia, y lo pasamos á vuelapié é á nado, y llegamos al rio del Golfo-Dulce, y el primero que quiso ir á la villa, que estaba de allí dos leguas, fué el mismo Cortés con seis soldados, sus mozos de espuelas, y fué, á las dos canoas atadas, que una era en que habian venido los soldados de Gil Gonzalez á buscar zapotes, y la otra que Sandoval habia tomado en la costa á los indios; que para aquel menester las habian varado en tierra y escondido en el monte para pasar en ellas, y las tornaron á echar al agua, y se ataron una con otra de manera que estaban bien fijas, y en ellas pasó Cortés y sus criados, y luego en las mismas canoas mandó que se pasasen dos caballos, y es desta manera, en las canoas remando, y los caballos del cabestro nadando junto á las canoas y con maña, y no dar mucho lazo al caballo, porque no trastorne la canoa; mandó que hasta que viésemos su carta ó mandato, que no pasásemos ningunos en las mismas canoas, por el gran riesgo que habia en el pasaje, que Cortés se vió arrepentido de haber ido en ellas, porque venia el rio con gran furia.

Y dejallo hé aquí, y diré lo que más nos pasó.

CAPÍTULO CLXXIX.

CÓMO CORTÉS ENTRÓ EN LA VILLA DONDE ESTABAN POBLADOS LOS DE GIL GONZALEZ DE ÁVILA, Y DE LA GRAN ALEGRÍA QUE TODOS LOS VECINOS HUBIERON, Y LO QUE CORTÉS ORDENÓ.

Despues que Cortés hubo pasado el gran rio del Golfo-Dulce de la manera que dicho tengo, fué á la villa donde estaban poblados los españoles de Gil Gonzalez de Ávila, que seria de allí á dos leguas, que estaban junto á la mar, y no adonde solian estar primero poblados, que llamaron San Gil de Buena-Vista; y cuando vieron entre sus casas hombres á caballo y otros seis á pié, espantáronse en gran manera, y como supieron que era Cortés, que tan nombrado era en todas estas partes de las Indias y en Castilla, no sabian qué se hacer de placer; y despues de venir todos á besarle las manos y darle el parabien-venido, Cortés les habló muy amorosamente, y mandó al teniente, que se decia Nieto, fuese donde daban carena al navío y trujesen dos bateles que tenian, y que si habia canoas, que asimismo las trujesen atadas de dos en dos, y mandó que se buscase todo el cazabe que allí tenian y llevasen al capitan Sandoval, que otro pan de maíz no habia para que comiesen, y repartiese entre todos nosotros los de su ejército; y el teniente lo buscó luego y no se hallaron cincuenta libras dello, porque no comian sino zapotes asados y legumbres y algun marisco que pescaban; y aun aquel cazabe que dieron guardaron para el matalotaje para irse á Cuba cuando estuviese calafateado el navío.

Y con dos bateles y ocho marineros que luego vinieron, escribió Cortés á Sandoval que él mismo en persona y el capitan Luis Marin fuesen los postreros que pasasen aquel gran rio, y que mirase que no se embarcasen más de los que él mandase; y los bateles pasaron sin mucha carga, por causa de la gran corriente del rio, que venia muy crecido y recio, y con cada batel dos caballos, y en las canoas no pasase caballo ninguno, que se perderian y trastornarian, segun la furia del corriente; y sobre el pasar delante uno que se decia Saavedra, hermano de otro Abalos, parientes de Cortés, querian pasar primero, puesto que Sandoval decia que en la primera barca pasarian, porque pasaban en aquella sazon los tres religiosos, y que era justo tener primero cumplimiento con ellos; y como el Saavedra era pariente de Cortés, no quisiera que Sandoval le pusiera impedimento, sino que callara; y respondióle no tan bien mirado como convenia; y el Sandoval, que no se las sufria, tuvieron palabras, de manera que el Saavedra echó mano á un puñal; y puesto que el Sandoval, como estaba dentro en el rio á más de la rodilla el agua deteniendo que los bateles no se cargasen demasiado, ansí como estaba arremetió al Saavedra, y le tenia tomada la mano donde tenia el puñal, y le derrocó en el agua, y si de presto no nos metiéramos entre ellos y los despartiéramos, ciertamente el Saavedra librara mal, porque todos los más soldados nos mostramos de la parte de Sandoval.

Dejemos esta cuestion, y diré cómo estuvimos cuatro dias en pasar aquel rio, y de comer, ni por pensamiento, si no era de unas pacayas que nacen de unas palmillas chicas, y otras como nueces, que asábamos y las partíamos, y los meollos dellas comiamos; y en aquel rio se ahogó un soldado con su caballo, el cual soldado se decia Tarifa, que pasaba en una canoa, y no pareció más él ni el caballo.

Tambien se ahogaron dos caballos, y el uno era de un soldado que se decia Solís Casquete, que hacia bramuras por él é maldecia á Cortés y á su viaje.

Quiero decir de la grande hambre que allí en el pasar del rio hubo, y aun del murmurar de Cortés y de su venida, y aun de todos nosotros que le seguiamos; pues cuando hubimos llegado al pueblo no habia bocado de cazabe que comer, ni aun los vecinos lo tenian, ni sabian caminos, si no era de dos pueblos que allí cerca solian estar, que se habian ya despoblado, y luego Cortés mandó al capitan Luis Marin que con los vecinos de Guacacualco fuésemos á buscar maíz; lo cual adelante diré.

CAPÍTULO CLXXX.

CÓMO OTRO DIA DESPUES DE HABER LLEGADO Á AQUELLA VILLA, QUE YO NO LE SÉ OTRO NOMBRE SINO SAN GIL DE BUENA-VISTA, FUIMOS CON EL CAPITAN LUIS MARIN HASTA OCHENTA SOLDADOS, TODOS Á PIÉ, Á BUSCAR MAÍZ Y Á DESCUBRIR LA TIERRA, Y LO QUE MÁS PASÓ DIRÉ ADELANTE.

Ya he dicho que como llegamos á aquella villa que Gil Gonzalez de Ávila tenia poblada, no tenian qué comer, y eran hasta cuarenta hombres y cuatro mujeres de Castilla y las dos mulatas, y todos dolientes y las colores muy amarillas; y como no teniamos qué comer nosotros ni ellos, no viamos la hora de illo á buscar; y Cortés mandó que saliese el capitan Luis Marin con los de Guacacualco y buscásemos maíz; y fuimos con él sobre ochenta soldados á pié hasta ver si habia caminos para caballos, y llevábamos con nosotros un indio de Cuba que nos fuese guiando á unas estancias y pueblos que estaban de allí ocho leguas, donde hallamos mucho maíz é infinitos cacaguatales y frisoles y otras legumbres, donde tuvimos bien que comer, y aun enviamos á decir á Cortés que enviase todos los indios mejicanos y llevarian maíz, y le socorrimos entónces con otros indios con diez hanegas de ello, y luego enviamos por nuestros caballos; y como Cortés supo que estábamos en buena tierra, y se informó de indios mercaderes que entónces se habian prendido en el rio del Golfo-Dulce, que para ir á Naco, donde degollaron á Cristóbal de Olí, era camino derecho por donde estábamos, envió á Gonzalo de Sandoval con toda la mayor parte de su ejército que nos siguiese, y que nos estuviésemos en aquellas estancias hasta ver su mandado.

Y como llegó el Sandoval adonde estábamos, y vió que habia abastadamente que comer, se holgó mucho, y luego envió á Cortés sobre treinta hanegas de maíz con indios mejicanos, lo cual repartió á los vecinos que en aquella villa quedaban; y como estaban hambrientos y no eran acostumbrados sino á comer zapotecas asados y cazabe, y como se hartaron de tortillas, con el maíz que les enviamos, se les hincharon las barrigas, é como estaban dolientes, se murieron siete dellos; y estando desta manera con tanta hambre, quiso Dios que aportó allí un navío que venia cargado de las islas de Cuba con siete caballos, y cuarenta puercos, y ocho pipas de tasajos salados, y pan cazabe, y venian hasta quince pasajeros y ocho marineros, y cuya era toda la más cargazon de aquel navío se decia Anton de Camargo, y Cortés compró fiado todo cuanto bastimento traia, y repartió dello á los vecinos; y como estaban de ántes en tanta necesidad y debilitados, y se hartaron de la carne salada, dió á muchos dellos cámaras, de que murieron catorce.

Pues como vino aquel navío con la gente y marineros, parecióle á Cortés que era bien ir á ver y calar y bojar aquel tan poderoso rio, si habia poblaciones arriba, y qué tierra era; y luego mandó calafatear un bergantin que estaba al través, que era de los de Gil Gonzalez de Ávila, y adobar un batel y hacelle como barco del descargo, y con cuatro canoas, atadas unas con otras, y con treinta soldados y los ocho hombres de la mar de los nuevamente venidos en el navío, y Cortés por su capitan, y con veinte indios mejicanos, se fué por el rio, y obra de diez leguas que hubo ido el rio arriba, halló una laguna muy ancha, que tenia el ojo de anchor seis leguas, y no habia poblacion ninguna alrededor della, porque todo era anegadizo; y siguiendo el rio arriba, venia ya muy corriente más que de ántes, y habia unos saltaderos, que no podian ir con el bergantin y los bateles y las canoas, acordó de las dejar allí en el rio en un remanso con seis españoles en guarda dellas, y fué por tierra por un camino angosto, y llegó á unos pueblezuelos despoblados, y luego dió en unos maizales, y de allí tomó tres indios por guias, que le llevaron á unos pueblos chicos, donde tenian mucho maíz y gallinas, y aun tenian faisanes, que en estas tierras llaman sacachueles, y perdices de la tierra y palomas; y esto de tener perdices desta manera, yo lo he visto y hallado en pueblos que están en comarca destos de Golfo-Dulce, cuando fuí en busca de Cortés, como adelante diré.

Volvamos á nuestra relacion: que allí tomó Cortés guias y pasó adelante, y fué á otros pueblezuelos que se dicen Cinacan, Tencintle, donde tenian grandes cacaguatales y maizales y algodon, y ántes que á ellos llegasen oyeron tañer atabalejos y trompetillas, haciendo fiestas y borracheras; y por no ser sentido Cortés, estuvo escondido con sus soldados en un monte; y cuando vió que era tiempo de ir á ellos, arremeten todos á una, y prendieron hasta diez indios y quince mujeres, y todos los más indios de aquel pueblo de presto se fueron á tomar sus armas, y vuelven con arcos y flechas y lanzas, y comenzaron á flechar á los nuestros, y Cortés con los suyos fué contra ellos, y acuchillaron ocho indios que eran principales; y como vieron el pleito mal parado y las mujeres tomadas, enviaron cuatro hombres viejos, y los dos eran sacerdotes de ídolos, é vinieron muy mansos á rogar á Cortés que les diese los presos, y trujeron ciertas joyezuelas de oro de poca valía; y Cortés les habló con doña Marina, que iba allí con Juan Jaramillo, su marido, porque Cortés sin ella no podia entender los indios, y les dijo que llevasen el maíz é gallinas y sal y bastimento que allí les señaló, é dió á entender adónde habian quedado los bergantines y el barco y las canoas, y luego les daria los presos; y les dieron á entender en qué parte del rio quedaban, y dijeron que sí harian, y que cerca de allí estaba uno como estero que salia al rio; y luego hicieron barcas, y medio nadando las llevaron hasta que dieron en fondo, que pudieron nadar bien.

Pues como Cortés habia quedado de les dar todos los presos, pareció ser mandó Cortés que se quedasen tres mujeres con sus maridos para hacer pan y servirse de los indios, y no se las dieron; y sobre ello apellídanse todos los indios de aquel pueblo, y sobre las barrancas del rio dan una buena mano de vara, flecha y piedra á Cortés y á sus soldados, de manera que hirieron á Cortés en la cara y á otros doce soldados; allí se les desbarató una barca y se perdió la mitad de lo que traia, y se ahogó un mejicano; y en aquel rio hay tantos moxicotes, que no se podian valer, y Cortés todo lo sufria, y da vuelta para su villa, que no sé cómo se la nombró, y bastécela mucho más de lo que estaba.

Ya he dicho que el pueblo do llegó Cortés se decia Cinacan, y me han dicho ahora que estará de Guatimala setenta leguas, y tardó Cortés en este viaje y volver á la villa veinte y seis dias; y como vió que no era bien poblar allí, por no haber pueblos de indios, y como tenia mucho bastimento, ansí de lo que ántes estaba como de lo que al presente traia, acordó de escribir á Gonzalo de Sandoval que luego se fuese á Naco, y le hizo saber todo lo aquí por mí dicho de su viaje del Golfo-Dulce, segun lo tengo aquí relatado, y cómo iba á poblar á Puerto de Caballos, y que le enviase diez soldados de los de Guacacualco, que sin ellos no se hallaba en las entradas.

CAPÍTULO CLXXXI.

CÓMO CORTÉS SE EMBARCÓ CON TODOS LOS SOLDADOS QUE HABIA TRAIDO EN SU COMPAÑÍA Y LOS QUE HABIA EN SAN GIL DE BUENA-VISTA, Y FUÉ Á POBLAR ADONDE AGORA LLAMAN PUERTO DE CABALLOS, Y SE LE PUSO NOMBRE LA NATIVIDAD, Y LO QUE EN ÉL SE HIZO.

Pues como Cortés vió que en aquel asiento que halló poblando á los de Gil Gonzalez de Ávila no era bueno, acordó de se embarcar en los dos navíos y bergantin con todos cuantos en aquella villa estaban, que no quedó ninguno, y en ocho dias de navegacion fué á desembarcar adonde agora llaman Puerto de Caballos, y como vió aquella bahía buena para puerto, y supo de indios que habia cerca poblaciones, acordó de poblar una villa que la nombró Natividad, y puso por su teniente á un Diego de Godoy, y dende allí hizo dos entradas en la tierra adentro á unos pueblos cercanos, que ahora están despoblados; tomó lengua dellos cómo habia cerca otros pueblos, basteció la villa de maíz, y supo que estaba el pueblo de Naco, donde degollaron á Cristóbal de Olí, cerca, y escribió á Gonzalo de Sandoval, creyendo que ya habia llegado y estaba de asiento en Naco, que le enviase diez soldados de los de Guacacualco, y decia en la carta que sin ellos no se hallaba en hacer entradas; y le escribió cómo queria ir dende allí al puerto de Honduras, adonde estaba poblada la villa de Trujillo, y que el Sandoval con sus soldados pacificasen aquellas tierras y poblasen una villa; la cual carta vino á Sandoval estando que estábamos en las estancias por mí ya dichas, que no habiamos llegado á Naco.

Y dejemos de decir de Cortés y sus entradas que hacia dende Puerto de Caballos, y de los muchos mosquitos que en ella le picaban, ansí de dia como de noche; que á lo que despues le oia decir, tenia con ellos tan malas noches, que estaba la cabeza sin sentido, de no dormir.

Pues como Gonzalo de Sandoval vió las cartas de Cortés, luego se fué dende aquellas estancias que dicho tengo, á unos pueblezuelos que se dicen Cuyoacan, que estaban de allí siete leguas, y no se pudo ir luego á Naco, como Cortés le habia mandado, por no dejar atrás en los caminos muchos soldados que se habian apartado á otras estancias por tener qué comer ellos y sus caballos, y por causa que al pasar de un rio muy hondo que no se podia vadear, y era camino de las estancias, é por dejar recaudo de una canoa con que pasasen los españoles que quedaban rezagados y muchos indios mejicanos que venian dolientes; y esto fué tambien porque de unos pueblos cercanos de las estancias, que confinaban con el rio y Golfo-Dulce, venian cada dia allí de guerra muchos indios de los pueblos, y porque no hiciesen algun mal recaudo y muertes de españoles y de indios mejicanos, mandó Sandoval que quedásemos á aquel paso ocho soldados, y á mí me dejó por caudillo dellos, y que tuviésemos una canoa del pasaje siempre varada en tierra, y que estuviésemos alerta si daban voces pasajeros de los que estaban en las estancias, para luego les pasar.

Y una noche vinieron muchos indios guerreros de los pueblos cercanos y de las estancias, creyendo que no nos velábamos; é por tomarnos la canoa dan de repente en los ranchos en que estábamos y les pusieron fuego, y no vinieron tan secreto, que ya les habiamos sentido; y nos recogimos todos ocho soldados y cuatro mejicanos de los que estaban sanos, y arremetimos á los guerreros, y á cuchilladas les hicimos volver por donde habian venido, puesto que flecharon á dos soldados y á un indio, mas no fueron mucho las heridas; y como aquello vimos, fuimos tres compañeros á las estancias adonde sentíamos que habian quedado indios y españoles dolientes, que seria una legua de allí, y trujimos á un Diego de Mazariegos, ya otras veces por mí nombrado, y á otros españoles que estaban en su compañía y á indios mejicanos que estaban dolientes, y luego les pasamos el rio y fuimos adonde Sandoval estaba.

É yendo que íbamos nuestro camino, como un español de los que habiamos recogido en las estancias iba muy malo, y era de los nuevamente venidos de Castilla, y medio isleño, hijo de ginovés, y como iba malo, y sin tener qué le dar de comer, sino tortillas y pinol, ya que llegábamos obra de media legua de donde estaba Sandoval, se murió en el camino y no tuve gente para llevar el cuerpo muerto hasta el real; y llegado donde el Sandoval estaba, le dije de nuestro viaje y del hombre que se quedó muerto, y hubo enojo conmigo porque entre todos nosotros no le trujimos á cuestas ó en un caballo, y le dijimos al Sandoval que traiamos dos dolientes en cada caballo é nos veniamos á pié, y que por esta causa no se pudo traer; y un soldado que se decia Bartolomé de Villanueva, que era mi compañero, respondió al Sandoval muy soberbio que harto teniamos que traer nuestras personas, sin traer muertos á cuestas, y que renegaba de tanto trabajo é pérdida como Cortés nos habia causado; y luego mandó Sandoval á mí y al Villanueva, sin más parar le fuésemos á enterrar; y llevamos dos indios mejicanos y un azadon, é hicímosle su sepultura y lo enterramos y le pusimos una cruz, y hallamos en la faltriquera del muerto una taleguilla con muchos dados y un papel escrito, que era una memoria de donde era natural y cúyo hijo era y qué bienes tenia en Tenerife; é despues, el tiempo andando, se envió aquella memoria á Tenerife; perdónele Dios, amen.

Dejemos de contar cuentos, y quiero decir que luego Sandoval acordó que fuésemos á otros pueblos que agora están cerca de unas minas que descubrieron dende á tres años; y dende allí fuimos á otro pueblo que se dice Quinistan, y otro dia á hora de Misa fuimos á Naco, y en aquella sazon era buen pueblo y hallámosle despoblado de aquel mismo dia; y despues de nos aposentar en unos patios muy grandes, adonde habian degollado al maestre de campo Cristóbal de Olí, otras veces por mí nombrado, que estaba el pueblo bien bastecido de maíz y de frisoles y ají, y tambien hallamos un poco de sal, que era la cosa que más deseábamos, y allí asentamos nuestro fardaje, como si hubiéramos de estar en él para siempre.

Hay en este pueblo la mejor agua que habiamos visto en toda la Nueva-España, y un árbol que en mitad de la siesta, por recio sol que hiciese, parecia que la sombra del árbol refrescaba el corazon, y caia dél uno como rocío muy delgado que confortaba las cabezas; y aqueste pueblo en aquella sazon fué muy poblado y en buen asiento, y habia fruta de los zapotes colorados y de los chicos, y estaba en comarca de otros pueblos chicos.

Y dejallo hé aquí, y diré lo que allí nos avino.

CAPÍTULO CLXXXII.

CÓMO EL CAPITAN GONZALO DE SANDOVAL COMENZÓ Á PACIFICAR AQUELLA PROVINCIA DE NACO, Y DE LOS GRANDES REENCUENTROS QUE CON LOS DE AQUELLA PROVINCIA TUVO, Y LO QUE MÁS SE HIZO.

Desde que hubimos allegado al pueblo de Naco y recogido maíz, frisoles y ají, y con tres principales de aquel pueblo que allí en los maizales prendimos, á los cuales Gonzalo de Sandoval halagó y dió cuentas de Castilla, y les rogó que fuesen á llamar á los demas caciques, que no se les haria enojo ninguno, fueron así como se lo mandó, y vinieron dos caciques; mas no pudo acabar con ellos que se poblase el pueblo, salvo traer de cuando en cuando poca comida; ni nos hacian bien ni mal, ni nosotros á ellos; y ansí estuvimos los primeros dias, y Cortés habia escrito á Gonzalo de Sandoval, como de ántes dicho tengo, que luego le enviase á Puerto de Caballos diez soldados de los de Guacacualco, y todos nombrados por sus nombres, y entre ellos era yo uno, y en aquella sazon estaba yo algo malo, y dije á Sandoval que me excusase, porque estaba mal dispuesto, y él, que lo habia gana, y ansí quedé; y envió ocho soldados muy buenos varones para cualquiera afrenta, y aun fueron de tan mala voluntad, que renegaban de Cortés y aun de su viaje, y tenian mucha razon, porque no sabian cierto si la tierra por donde habian de ir estaba de paz.

Acordó Sandoval de demandar á los caciques de Naco cinco principales indios, que fuesen con ellos hasta el Puerto de Caballos, y les puso temores que si algun enojo recebia alguno de sus soldados, que les quemaria el pueblo y que les iria á buscar y dar guerra; y mandó que en todos los pueblos por donde pasasen les diesen muy bien de comer; y fueron su viaje hasta el Puerto de Caballos, donde hallaron á Cortés, que se queria embarcar para ir á Trujillo, y se holgó con ellos, y supo cómo quedábamos buenos, y los llevó consigo en los navíos, y luego se embarcó, y dejó en aquella villa de Puerto de Caballos á un Diego de Godoy por su capitan, con hasta cuarenta vecinos, que eran todos los más de los que solian ser de Gil Gonzalez de Ávila y de los nuevamente venidos de las islas; y de que Cortés se hubo embarcado y su teniente Godoy quedó en la villa, con los soldados que más sanos tenia hacia entradas en los pueblos comarcanos, é trujo dos dellos de paz; mas como los indios vieron que los soldados que allí quedaban estaban todos los más dellos dolientes y se morian cada dia, no hacian cuenta dellos, y á esta causa no les acudian con comida, ni ellos eran para illo á buscar, y pasaban gran necesidad de hambre, y en pocos dias se murieron la mitad dellos, y se despoblaron otros tres dellos, que se vinieron huyendo donde estábamos con Sandoval.

Y dejallo he aquí en este estado, y volveré á Naco, que, como Sandoval habia visto que no se querian venir á poblar el pueblo los indios vecinos y naturales de Naco, aunque los enviaba á llamar muchas veces, y á los demas pueblos comarcanos, no venian ni hacian cuenta de nosotros, acordó de ir en persona y hacer de manera que viniesen; y fuimos luego á unos pueblos que se decian Girimonga y Aculaco, y á otros tres pueblos que estaban cerca de Naco, y todos vinieron á dar la obediencia á su majestad, y luego fuimos á Quizmitan y á otro pueblo de la sierra, y ansimesmo vinieron; por manera que todos los indios de aquella comarca venian de paz, y como no se les demandaba cosa ninguna más de lo que ellos querian dar, no tenian pesadumbre de venir, y desta manera estaba todo de paz hasta donde pobló Cortés la villa que agora se dice Puerto de Caballos.

Y dejémonos esta materia, porque por fuerza tengo de volver á decir de Cortés, que fué á desembarcar al puerto de Trujillo; y porque en una sazon acaecen dos ó tres cosas, como otras veces he dicho en los capítulos pasados; y tengo de meter la pluma por los pasos contados, dónde y de qué manera nosotros conquistábamos y poblábamos, como muy claramente lo habrán visto los curiosos letores; y aunque se deje por agora de decir de Sandoval y todo lo que en la provincia de Naco le avino, quiero decir lo que Cortés hizo en Trujillo.

CAPÍTULO CLXXXIII.

CÓMO CORTÉS DESEMBARCÓ EN EL PUERTO QUE LLAMAN DE TRUJILLO. Y CÓMO TODOS LOS VECINOS DE AQUELLA VILLA LE SALIERON Á RECEBIR Y SE HOLGARON MUCHO CON ÉL, Y DE TODO LO QUE ALLÍ HIZO.

Como Cortés se hubo embarcado en el puerto de Caballos, y llevó en su compañía muchos soldados de los que trujo de Méjico y los que le envió Gonzalo de Sandoval, y con buen tiempo en seis dias llegó al puerto de Trujillo; y cuando los vecinos que allí vivian, que dejó poblados Francisco de las Casas, supieron que era Cortés, todos fueron á la mar, que estaba cerca, á le recibir, y le besaron las manos, porque muchos vecinos de aquellos eran bandoleros de los que echaron de Pánuco, y fueron en dar consejo á Cristóbal de Olí para que se alzase, y los habian desterrado de Pánuco, segun dicho tengo en el capítulo que dello habla; y como se hallaban culpantes, suplicaron á Cortés que les perdonase; y Cortés con muchas caricias y ofrecimientos los abrazó á todos y los perdonó, y luego se fué á la iglesia, y despues de hecha oracion, le aposentaron lo mejor que pudieron, y le dieron cuenta de todo lo acaecido del Francisco de las Casas y del Gil Gonzalez de Ávila, y por qué causa degollaron á Cristóbal de Olí, y cómo se habian ido camino de Méjico, y cómo habian pacificado algunos pueblos de aquella provincia; y como Cortés bien lo hubo entendido, á todos los honró de palabras y con dejalles los cargos segun y de la manera que los tenian, excepto que hizo capitan general de aquellas provincias á su primo Saavedra, que ansí se llamaba, lo cual tuvieron por bien.

Y luego envió á llamar á todos los pueblos comarcanos, y como tuvieron nueva que era el capitan Malinche, que ansí le llamaban, y sabian que habia conquistado á Méjico, luego vinieron á su llamada y le trujeron presentes de bastimentos; y cuando se hubieron juntado los caciques de cuatro pueblos más principales, Cortés les habló con doña Marina y les dijo las cosas tocantes á nuestra santa fe; y que todos éramos vasallos del gran Emperador que se dice don Cárlos de Austria, y que tiene muy grandes señores por vasallos, y que nos envió á estas partes para quitar sodomías y robos é idolatrías, y para que no consienta comer carne humana, ni hubiesen sacrificios ni robasen, ni se diesen guerra unos á otros, sino que fuesen hermanos y como tales se tratasen, y tambien venia para que diesen la obediencia á tan alto Rey y señor como les habia dicho que tenemos, y le contribuyan con servicios y de lo que tuvieren, como hacemos todos sus vasallos; y les dijo otras muchas cosas la doña Marina, que lo sabia bien decir; y los que no quisiesen venir á se someter al dominio de su majestad, que les castigaria, y aun Fray Juan de las Varillas y los dos religiosos franciscos que Cortés traia les predicaron cosas muy santas y buenas, y lo que decian los frailes franciscos se lo declaraban dos indios mejicanos que sabian la lengua española, con otros intérpretes de aquella lengua; y más les dijo, que en todo les guardaria justicia, porque ansí lo mandaba nuestro Rey y señor.

Y porque hubo otros muchos razonamientos y los entendieron muy bien los caciques, dijeron que se daban por vasallos de su majestad y que harian lo que Cortés les mandaba, y luego les dijo que trujesen bastimento á aquella villa; y tambien les mandó que viniesen muchos indios y trujesen hachas, y que talasen un monte que estaba dentro de la villa, para que desde allí se pudiese ver la mar y puerto; y tambien les mandó que fuesen en canoas á llamar tres ó cuatro pueblos que están en unas isletas que se llaman los Guanajes, que en aquella sazon estaban pobladas, y que trujesen pescado, pues que tenian mucho; y ansí lo hicieron, que dentro en cinco dias vinieron los pueblos de las isletas, y todos traian presentes de pescado y gallinas; y Cortés les mandó dar unas puercas y un barraco que se halló en Trujillo, y de los que traia de Méjico, para que hiciesen casta, porque le dijo un español que era buena tierra para multiplicar con soltalles en las isletas sin ponerles guarda: y ansí fué como dijo, que dentro en dos años hubo muchos puercos y los iban á montear.

Dejemos esto, pues no hace á nuestra relacion, y no me lo tengan por prolijidad en contar cosas viejas; y diré que vinieron tantos indios á talar los montes de la villa que Cortés les mandó en dos dias se vió claramente muy bien la mar, é hicieron quince casas, y una para Cortés muy buena; y esto hecho, se informó Cortés qué pueblos y tierras estaban rebeldes y no querian venir de paz; y unos caciques de un pueblo que se dice Papayeca, que era cabecera de otros pueblos, que en aquella sazon era grande pueblo, que agora está con muy poca gente ó casi ninguna, le dió á Cortés una memoria de muchos pueblos que no querian venir de paz, que estaban en grandes sierras y tenian fuerzas hechas; y luego Cortés envió al capitan Saavedra con los soldados que le pareció que convenian ir con él, y con los ocho de Guacacualco fué por su camino hasta que llegó á las poblaciones que solian estar de guerra, y salieron de paz los más dellos; excepto tres pueblos, que no se quisieron venir; y tan temido era Cortés de los naturales y tan nombrado, que hasta los pueblos de Olancho, donde fueron las minas ricas que despues se descubrieron, era temido y acatado, y llamábanle en todas aquellas provincias el capitan Hue, Hue de Marina, que quiere decir el capitan viejo que trae á doña Marina.

Dejemos á Saavedra, que está con su gente sobre los pueblos que no se querian dar, que me parece que se decian los acaltecas, y volvamos á Cortés, que estaba en Trujillo, é ya le habian adolescido los frailes franciscos y un su primo que se decia Abalos, y el licenciado Pedro Lopez, y Carranza el mayordomo, y Guinea el despensero y un Juan Flamenco, y otros muchos soldados, ansí de los que traia como de los que halló en Trujillo, y aun el Anton de Carmona, que trujo el navío con el bastimento; y acordó de los enviar á la isla de Cuba, á la Habana, ó á Santo Domingo si viesen que el tiempo hacia bueno en la mar, y para ello les dió el un navío bien aderezado y calafateado, con el mejor matalotaje que se pudo haber; y escribió á la audiencia Real de Santo Domingo y á los frailes jerónimos y á la Habana, dando cuenta cómo habia salido de Méjico en busca de Cristóbal de Olí, y cómo dejó sus poderes á los oficiales de su majestad, y del trabajoso camino que habia traido, y cómo el Cristóbal de Olí hubo preso á un capitan que se decia Francisco de las Casas, que Cortés habia enviado para tomar el armada al mismo Cristóbal de Olí, y que tambien habia preso á un Gil Gonzalez de Ávila, siendo gobernador del Golfo-Dulce; y que teniéndolos presos, los dos capitanes se concertaron y le dieron de cuchilladas, y por sentencia, despues que lo tuvieron preso, le degollaron, y que al presente estaba poblando la tierra y pueblos sujetos á aquella villa de Trujillo, y que era tierra rica de minas, y que enviasen soldados; que en aquella tierra de Santo Domingo no tenian con qué se sustentar; y para dar crédito que habia oro envió muchas joyas y piezas de las que traia en su recámara, é vajilla de lo que trujo de Méjico, y aun de la vajilla de su aparador, y por su capitan de aquel navío á un su primo que se decia Abalos, y le mandó que de camino tomase veinte y cinco soldados que habia dejado un capitan, que tuvo nueva que andaba á saltear indios en las isletas en lo de Cozumel.

Y partido del puerto de Honduras, que ansí se llamaba, unas veces con buen tiempo é otras con contrario, pasaron adelante de la Punta de Sant-Anton, que está junto á las sierras que llaman de Guaniguanico, que será de la Habana sesenta ó setenta leguas, y con temporal dieron con el navío en tierra, de manera que se ahogaron los frailes y el capitan Abalos y muchos soldados, y dellos se salvaron en el batel y en tablas, y con mucho trabajo aportaron á la Habana, y dende allí fué la fama volando por toda la isla de Cuba cómo Cortés y todos nosotros éramos vivos, y en pocos dias fué la nueva á Santo Domingo, porque el licenciado Pedro Lopez, médico que iba allí, que escapó en una tabla, escribió á la Real audiencia de Santo Domingo en nombre de Cortés, y todo lo acaecido, y cómo estaba poblando en Trujillo, y que habia menester bastimento y vino y caballos, y que para lo comprar traian mucho oro, y que se perdió en la mar de la manera que ya dicho tengo.

Y como aquella nueva se supo, todos se alegraron, porque ya habia fama, é lo tenian por cierto, que Cortés y todos nosotros sus compañeros éramos muertos; las cuales nuevas supieron en la Española de un navío que fué de la Nueva-España; y como en Santo Domingo se supo que estaba de asiento poblando Cortés las provincias que dicho tengo, luego los oidores y mercaderes comenzaron de cargar dos navíos viejos con caballos y potros, y camisas y bonetes y cosas de bujerías, y no trujeron cosa de comer, sino una pipa de vino, ni fruta, salvo los caballos y todo lo demas de tarabusterías, entre tanto que se armaban los navíos para venir, que aun no habian llegado al puerto.

Quiero decir que como Cortés estaba en Trujillo, se le vinieron á quejar ciertos indios de las islas de los Guanajes, que seria de allí ocho leguas, y dijeron que estaba anclado un navío junto á su pueblo, y el batel del navío lleno de españoles con escopetas y ballestas, y que les querian tomar por fuerza sus mazaguales, que se dice entre ellos vasallos, y que á lo que han entendido, son robadores, y que ansí les tomaron los años pasados muchos indios, y los llevaron presos en otro navío como aquel que estaba surto; y que enviase Cortés á poner cobro en ello; y como Cortés lo supo, luego mandó armar un bergantin con la mejor artillería que habia y con veinte soldados y con buen capitan, y les mandó que en todo caso tomasen el navío que los indios decian, y se lo trujesen preso con todos los españoles que dentro andaban, pues que eran robadores de los vasallos de su majestad; y mandó á los indios que armasen sus canoas, y con varas y flechas que fuesen junto al bergantin, y que ayudasen á prender aquellos hombres, y para ello dió poder al capitan.

Pues yendo con su bergantin armado y muchas canoas de los naturales de aquellas isletas, como los del navío que estaba surto los vieron ir á la vela, no aguardaron mucho, que alzaron velas y se fueron huyendo, porque bien pudo alcanzar el bergantin; y despues se alcanzó á saber que era un bachiller Moreno, que habia enviado la audiencia Real de Santo Domingo á cierto negocio á Nombre de Dios, y parece ser descayeron del viaje, ó vino de hecho sobre cosa pensada á robar los indios de Guanajes.

Y volvamos á Cortés, que se quedó en aquella provincia pacificándola, y volveré á decir lo que á Sandoval le acaeció en Naco.

CAPÍTULO CLXXXIV.

CÓMO EL CAPITAN GONZALO DE SANDOVAL, QUE ESTABA EN NACO, PRENDIÓ Á CUARENTA SOLDADOS ESPAÑOLES Y Á SU CAPITAN, QUE VENIAN DE LA PROVINCIA DE NICARAGUA, Y HACIAN MUCHOS DAÑOS Y ROBOS Á LOS INDIOS DE LOS PUEBLOS POR DONDE PASABAN.

Estando Sandoval en el pueblo de Naco atrayendo de paz todos los más pueblos de aquella comarca, vinieron ante él cuatro caciques de dos pueblos que se decian Quecuspan y Tanchinalchapa, y dijeron que estaban en sus pueblos muchos españoles de la manera de los que con él estábamos, con armas y caballos, y que les tomaban sus haciendas é hijas y mujeres, y que las echaban en cadenas de hierro, de lo cual hubo gran enojo el Sandoval; y preguntando que qué tanto seria de allí donde estaban, dijeron que en un dia llegaríamos; y luego nos mandó apercebir á los que habiamos de ir con él, lo mejor que podiamos, con nuestras armas y caballos y ballestas y escopetas, y fuimos con él setenta hombres; y llegados á los pueblos donde estaban los soldados, les hallamos muy de reposo, sin pensamiento que los habiamos de prender; y como nos vieron ir de aquella manera, se alborotaron y echaron mano á las armas, y de presto prendimos al capitan y á otros muchos dellos, sin que hubiese sangre ni de una parte ni de otra; y Sandoval les dijo con palabras algo desabridas, si les parecia bien andar robando á los vasallos de su majestad, y si seria buena conquista y pacificacion aquella; y unos indios é indias que traian en collares se los hizo sacar dellos y se los dió á los caciques de aquel pueblo, y á los demas mandó que se fuesen á sus tierras, que era cerca de allí.

Pues como aquello fué hecho, mandó al capitan que allí venia, que se decia Pedro de Garro, que él y sus soldados fuesen presos y se fuesen con nosotros al pueblo de Naco, y caminamos con ellos; y traian los soldados muchas indias de Nicaragua, y algunas dellas hermosas, é indias naborías que tenian en su servicio, y todos los más dellos traian caballos; y como nosotros estábamos trillados y deshechos de los caminos pasados, y no teniamos indias que nos hiciesen pan, eran ellos unos condes en el servirse, segun nuestra pobreza.

Pues como llegamos con ellos á Naco, Sandoval les dió posadas en partes convenibles, porque venian entre ellos ciertos hidalgos y personas de calidad; y cuando hubieron reposado un dia, y su capitan Garro vió que éramos de los de Cortés, hízose muy amigo de Sandoval y de nosotros y se holgaban con nuestra compañía; y quiero decir cómo y de qué manera é por qué causa venia aquel capitan con aquellos soldados, y es desta manera que diré: pareció ser que Pedro Arias de Ávila, gobernador que fué en aquella sazon de Tierra-Firme, envió un su capitan que se decia Francisco Hernandez, persona muy principal entre ellos, á conquistar y pacificar las tierras de Nicaragua y lo más que descubriese, y dióle copia de soldados, ansí á caballo como ballesteros, y llegó á las provincias de Nicaragua y Leon, que ansí las llaman, las cuales pacificó y pobló.

Y como se vió con muchos soldados y próspero, y apartado del Pedro Arias de Ávila, y por consejeros que tuvo para ello, y tambien, segun entendí, un bachiller Moreno, por mí ya nombrado, que el audiencia Real de Santo Domingo y los frailes jerónimos que gobernaban en las islas le habian enviado á Tierra-Firme á cierto pleito, que tengo en mi pensamiento que era sobre la muerte de Balboa, yerno de Pedro Arias, al cual degolló sin justicia cuando le hubo casado con su hija doña Isabel Arias de Peñalosa, que así se llamaba; y el bachiller Moreno dijo al capitan Francisco Hernandez que como conquistase cualquiera tierra, acudiese á nuestro Rey y señor para que le hiciese gobernador della, que no hacia traicion; y que el Balboa, que degolló Pedro Arias, siendo su yerno, que fué contra toda justicia, pues que el Balboa primero envió sus procuradores á su majestad para ser adelantado; y so color destas palabras que tomó del bachiller Moreno, envió el Francisco Hernandez á su capitan Pedro de Garro para que por banda del Norte le buscase puerto para hacer sabidor á su majestad de las provincias que habia pacificado y poblado, para que le hiciese merced que él fuese gobernador dellas, pues estaban tan apartadas de la gobernacion de Pedro Arias.

É viniendo que venia el Pedro de Garro para aquel efeto, le prendimos, como dicho tengo. Y como el Sandoval entendió el intento á lo que venian, platicó con el Garro y el Garro con él secretamente, y diese órden que lo hiciésemos saber á Cortés, que estaba en Trujillo; y que el Sandoval tenia por cierto que Cortés le ayudaria para que quedase el Francisco Hernandez por gobernador de Nicaragua.

Pues ya esto concertado, envian Sandoval y el Garro diez hombres, los cinco de los nuestros y los otros cinco del Garro, para que costa á costa fuesen á Trujillo con las cartas, porque allí residia Cortés entónces, como dicho tengo en el capítulo que dello habla; y llevaron sobre veinte indios de Nicaragua de los que trujo Garro para que les ayudasen á pasar los rios, é yendo por sus jornadas, no pudieron pasar el rio de Pichin ni otro que se decia Balama, porque venian muy crecidos, y á cabo de quince dias vuelven los soldados á Naco sin hacer cosa ninguna de lo que les fué mandado; de lo cual hubo tanto enojo el Sandoval, que de palabra trató mal al que iba por caudillo; y luego sin más tardar ordena que vaya por la tierra adentro el capitan Luis Marin con diez soldados, los cinco de Garro y los demas de los nuestros, é yo fuí con ellos, y fuimos todos á pié y atravesamos muchos pueblos que estaban de guerra.

Y si hubiese de escribir por extenso los grandes trabajos y reencuentros que con indios de guerra tuvimos, y los rios y ancones que pasamos en barcas y á nado, y la hambre que algunos dias tuvimos, era para no acabar tan presto, y cosas muy de notar; mas digo que habia dia que pasábamos tres rios caudalosos en barcas y á nado; y como llegamos á la costa, hubo muchos esteros, donde habia lagartos.

Y en un rio que se dice Xagua, que está del Triunfo de la Cruz diez leguas, estuvimos dos dias en el pasar en barcas, segun venia de recio, y allí hallamos calaveras y huesos de siete caballos que los habian muerto de mala yerba que habian pacido, y fueron de los de Cristóbal de Olí; y de allí fuimos al Triunfo de la Cruz, y hallamos naos quebradas dadas al través, y de allí fuimos en cuatro dias á un pueblo que se dice Quemara, y salieron muchos indios de guerra contra nosotros, y traian unas lanzas grandes y gordas, que con sus rodelas mandaban con la mano derecha y sobre el brazo izquierdo, y jugaban de la manera que nosotros peleamos con las picas, y se nos venian á juntar pié con pié, y con las ballestas que llevábamos y á cuchilladas nos dieron lugar que pasásemos adelante, y allí hirieron dos de nuestros soldados: y estos indios que he dicho que salieron de guerra no creyeron que éramos de los de Cortés, sino de otros capitanes, que les íbamos á robar sus indios.

Dejemos de contar trabajos pasados, y digo que en otros dos dias de camino llegamos á Trujillo, y ántes de entrar en él, que seria hora de vísperas, vimos á cinco de á caballo, y era Cortés y otros caballeros, que se habian salido á pasear por la costa, y cuando nos vieron de léjos no sabian qué cosa nueva podia ser; y como nos conoció Cortés, se apeó del caballo y con las lágrimas en los ojos nos vino á abrazar, y nosotros á él, y nos dijo:

—«¡Oh hermanos y compañeros mios, qué deseo tenia de veros y saber qué tales estábades!»

Y estaba tan flaco, que hubimos lástima de verle; porque, segun supimos, habia estado á punto de morir de calenturas y tristeza que en sí tenia, y aun en aquella sazon no sabia cosa buena ni mala de lo de Méjico; y dijeron otras personas que estaba ya tan á punto de morir, que le tenian hechos unos hábitos de San Francisco para le enterrar con ellos; y luego á pié se fué con todos nosotros á la villa, y nos aposentó y cenamos con él; y tenia tanta pobreza, que aun de cazabe no nos hartamos; y como le hubimos dado relacion á lo que veniamos, y leido las cartas sobre lo de Francisco Hernandez para que le ayudase, dijo que haria cuanto pudiese por él.

Y en aquella sazon que allegamos á Trujillo habia tres dias que habian venido los dos navíos chicos con las mercaderías que enviaban de Santo Domingo, que era caballos y potros y armas viejas, y unas camisas y bonetes colorados, y cosas de poca valía, y no trujeron sino una pipa de vino, ni fruta ni cosa de provecho; que valiera más que aquellos navíos no vinieran, segun todos nos adeudamos en comprar de aquellas bujerías.

Pues estando que estábamos con Cortés dando cuenta de nuestro trabajoso camino, vieron venir en alta mar un navío á la vela, y llegado al puerto, venia de la Habana, que enviaba el licenciado Zuazo, el cual licenciado habia dejado Cortés en Méjico por alcalde mayor, y enviaba un poco de refresco para Cortés con una carta, la cual es esta que se sigue; y si no dijere las palabras formales que en ella venian, á lo ménos diré la sustancia della.

CAPÍTULO CLXXXV.

CÓMO EL LICENCIADO ZUAZO ENVIÓ UNA CARTA DENDE LA HABANA Á CORTÉS, Y LO QUE EN ELLA SE CONTIENE ES LO QUE DIRÉ ADELANTE.

Pues como hubo tomado puerto el navío que dicho tengo, un hidalgo que venia por capitan dél, cuando saltó en tierra luego fué á besar las manos á Cortés y le dió una carta del licenciado Zuazo; y despues que Cortés la hubo leido, tomó tanta tristeza, que luego comenzó al parecer á sollozar en su aposento, y no salió de donde estaba hasta otro dia por la mañana, que era sábado, é se confesó con fray Juan aquella noche, y le mandó que dijese Misa de Nuestra Señora muy de mañana, é comulgó; é despues de dicha Misa, nos rogó que le escuchásemos, y sabríamos nuevas de la Nueva-España, cómo echaron fama que todos éramos muertos, y cómo nos habian tomado nuestras haciendas y las habian vendido en el almoneda, y quitado nuestros indios y repartido en otros españoles, sin tener méritos, y comenzó á leer la carta, y decia ansí.

É lo primero que leyó fué las nuevas que vinieron de Castilla de su padre Martin Cortés y de Ordás, y cómo el contador Albornoz le habia sido contrario en las cartas que escribió el Albornoz á su majestad y al Obispo de Búrgos, y lo que su majestad sobre ellas habia mandado proveer, de enviar al almirante de Santo Domingo con seiscientos hombres, segun ya lo tengo dicho en el capítulo que dello habla; y cómo el duque de Béjar quedó por su fiador, y puso su estado y cabeza por el Cortés y por nosotros, que éramos muy leales servidores de su majestad, y otras cosas que ya las he referido en el capítulo que dello habla; y cómo al capitan Narvaez le dieron una conquista del rio de Palmas, y que á un Nuño de Guzman le dieron la gobernacion de Pánuco, y que el Obispo de Búrgos era fallecido.

Y en las cosas de la Nueva-España dijo que, como Cortés hubo dado en Guacacualco los poderes y provisiones al factor Gonzalo de Salazar y á Pedro Almindez Chirinos para ser gobernadores de Méjico si viesen que el tesorero Alonso de Estrada y el contador Albornoz no gobernaban bien, ansí como llegaron á Méjico el factor y veedor con sus poderes, se hicieron muy amigos del mismo licenciado Zuazo, que era alcalde mayor, y de Rodrigo de Paz, que era alguacil mayor del capitan, y de Andrés de Tapia y Jorge de Albarado, y de todos los demas conquistadores de Méjico; y cuando se vió el factor con tantos amigos de su banda dijo que el mismo factor y veedor habian de gobernar, y no el tesorero ni el contador, y sobre ello hubo muchos ruidos y muertes de hombres, los unos por favorecer al factor y al veedor, y otros por ser amigos del tesorero y el contador.

De manera que quedaron con el cargo de gobernadores el factor y veedor, y echaron presos á los contrarios, tesorero y contador, y á otros muchos que fueron en su favor, y cada dia habia cuchilladas y revueltas, y que los indios que vacaban los daban á sus amigos, aunque no tenian méritos; y que al licenciado Zuazo que no le dejaban hacer justicia, y que al Rodrigo de Paz le habia echado preso porque le iba á la mano, y que el mismo licenciado Zuazo los volvió á concertar y hacer amigos, ansí al factor é tesorero y contador é á Rodrigo de Paz, y que estuvieron ocho dias en concordia.

Y que en esta sazon se levantaron ciertas provincias que se decian los zapotecas y minxes, y un pueblo y fortaleza do habia un gran peñol que se dice Coatlan, y que enviaron á él muchos soldados de los que habian venido nuevamente de Castilla y de otros que no eran conquistadores, y envió por capitan dellos al veedor Chirinos, y que gastaban muchos pesos de oro de las haciendas de su majestad y lo que estaba en su Real caja, y que llevaban tantos bastimentos al real donde estaban, que todo era veetrías y juegos de naipes, y que á los indios no se les daba por ellos cosa ninguna, y que de repente de noche se salian los indios del peñol y daban en el real del veedor, y le mataron ciertos soldados y le hirieron otros muchos, y á esta causa envió el factor con el mismo cargo á un capitan de los de Cortés, que se decia Andrés de Monjaraz, para que estuviese en compañía del veedor, porque este Monjaraz se habia hecho muy amigo del factor, y en aquella sazon estaba tullido el Monjaraz de bubas, que no era para hacer cosa que buena fuese, y los indios estaban muy vitoriosos, y que Méjico estaba cada dia para se alzar; y que el factor procuró por todas vías de enviar oro á Castilla á su majestad é al comendador mayor de Leon D. Francisco de los Cóbos.

Porque en aquella sazon echó fama el factor que Cortés y todos nosotros éramos muertos en poder de indios, en un pueblo que se dice Xicalango, y en aquel tiempo habia venido de Castilla Diego de Ordás, que es el que Cortés hubo enviado por procurador de la Nueva-España, y lo que procuró fué para él una encomienda de Santiago, y trujo por cédula de su majestad sus indios y unas armas del volcan que está cabe Guaxocingo, y que como llegó á Méjico, dijo el Ordás que queria ir á buscar á Cortés, y esto fué porque vió las revueltas y zizañas, y que se hizo muy amigo del factor, y fué por la mar á ver si era vivo ó muerto Cortés, con un navío grande y un bergantin, y fué costa á costa hasta que llegó á un pueblo que se dice Xicalango, adonde habian muerto al Simon de Cuenca y al capitan Francisco de Medina y á los españoles que consigo estaban, segun más largo lo tengo escrito en el capítulo que dello habla; y como aquella nueva supo el Ordás, se volvió á la Nueva-España, y sin desembarcar en tierra escribió al factor con unos pasajeros, que tiene por cierto que Cortés es muerto. Y como echó esta nueva el Ordás, en el mismo navío que fué en busca de Cortés, luego atravesó la isla de Cuba á comprar becerras y yeguas.

Y cuando el factor vió la carta de Ordás, la anduvo mostrando en Méjico á unos y á otros, y echó fama que era muerto Cortés y todos los que con él fuimos, é se puso luto, é hizo hacer un túmulo é monumento en la iglesia mayor de Méjico, é hizo las honras por Cortés; y luego se hizo pregonar con trompetas y atabales por gobernador y capitan general de la Nueva-España, y mandó que todas las mujeres que se habian muerto sus maridos en compañía de Cortés, que hiciesen bien por sus almas y se casasen, y aun lo envió á decir á Guacacualco é á otras villas; é porque una mujer de un Alonso Valiente, que se decia Juana de Mansilla, no se quiso casar, y dijo que su marido y Cortés y todos nosotros éramos vivos, y que no éramos los conquistadores viejos personas de tan poco ánimo como los que estaban en el peñol de Coatlan con el veedor Chirinos, porque los indios les daban guerra, y no ellos á los indios, y que tenia esperanza en Dios que presto veria á su marido Alonso Valiente y á Cortés y á todos los más conquistadores viejos de vuelta para Méjico, y que no se queria casar; porque dijo estas palabras la mandó el factor azotar por las calles públicas de Méjico, por hechicera; y tambien, como hay en este mundo hombres traidores aduladores, y era uno dellos uno que le teniamos por hombre honrado, que por su honor aquí no le nombro, dijo al factor delante otras muchas personas que estaba malo de espanto porque, yendo una noche pasada cerca del Taltelulco, que es la iglesia de señor Santiago, donde solia estar el ídolo mayor, que se decia Huichilóbos, que vió en el patio que se ardian en vivas llamas el alma de Cortés y de doña Marina é la del capitan Sandoval, é que de espanto dello estaba muy malo.

Tambien vino otro hombre que no nombro, que tambien le tenian en buena reputacion, é dijo al factor que andaban en los patios de Tezcuco unas cosas malas, y que decian los indios que era el alma de doña Marina y la de Cortés; y todas eran mentiras y traiciones, sino por se congraciar con el factor dijeron aquello, ó el factor se lo mandó decir.

Y en aquel tiempo habia llegado á Méjico Francisco de las Casas y Gil Gonzalez de Ávila, que son los capitanes por mí muchas veces nombrados, que degollaron á Cristóbal de Olí; y de que el de las Casas vió aquellas revueltas y que el factor se habia hecho pregonar por gobernador, dijo públicamente que era mal hecho, y que no se habia de consentir tal cosa, porque Cortés era vivo, y que él ansí lo creia, é que ya que eso fuese, lo cual Dios no permitiese, que para gobernador, que más persona y caballero y más méritos tenia Pedro de Albarado que no el factor, y que le enviasen á llamar al Pedro de Albarado; y secretamente su hermano Jorge de Albarado y aun el tesorero y otros vecinos mejicanos le escribieron para que se viniese en todo caso á Méjico con todos los soldados que tenia, y que procurarian de le dar la gobernacion hasta saber si Cortés era vivo, y enviar á hacer saber á su majestad si fuese servido mandar otra cosa; é que ya que el Pedro de Albarado con aquellas cartas se venia para Méjico, tuvo temor del factor, segun las amenazas le envió á decir al camino que le mataria; é como supo que habian ahorcado á Rodrigo de Paz y preso al licenciado Zuazo, se volvió á su conquista.

Y en aquel tiempo que habia recogido el factor cuanto oro pudo haber en Méjico y Nueva-España, para hacer con ello mensajero á su majestad, y enviar con ello á un su amigo que se decia Peña con sus cartas secretas, y el Francisco de las Casas y el licenciado Zuazo y Rodrigo de Paz se lo contradijeron, y aun tambien el tesorero y contador, que hasta saber nuevas ciertas si Cortés era vivo, que no hiciese relacion que era muerto, pues no lo tenian por cierto, y que si oro queria enviar á su majestad de sus reales quintos, que era muy bien, más que fuese juntamente con parecer y acuerdo del tesorero y contador, y no sólo en su nombre; y porque lo tenian ya en los navíos y para hacerse á la vela con ella, fué el de las Casas con mandamientos del alcalde mayor Zuazo y con favor de Rodrigo de Paz y de los demas oficiales de la hacienda de su majestad y conquistadores, que detuviesen el navío hasta que escribiesen á nuestro Rey de la manera que estaba la Nueva-España; porque, segun pareció, el factor no consentia que otras personas escribiesen, sino solamente sus cartas; y despues que el factor vió que el de las Casas y el licenciado no eran buenos amigos y le iban á la mano, luego los mandó prender, é hizo proceso contra el Francisco de las Casas y contra el Gil Gonzalez de Ávila sobre la muerte de Olí, y los sentenció á degollar, y de hecho queria ejecutar la sentencia, por más que apelaban ante su Majestad; y con gran importunidad les otorgó la apelacion, y los envió á Castilla presos con los procesos que contra ellos hizo; y hecho esto, da luego tras el mismo Zuazo, y que en justo y en creyente lo arrebataron y llevaron en una acémila al puerto de la Veracruz y le embarcaron para la isla de Cuba, diciendo que porque fuese á dar residencia del tiempo que fué en ella juez.

Y que al Rodrigo de Paz, que le echó preso y le demandó el oro y plata que era de Cortés, porque como su mayordomo sabia dello, diciendo que lo tenia escondido, porque lo queria enviar á su Majestad, pues era de los bienes que tenia Cortés usurpados á su majestad; y porque no lo dió, pues era claro que lo tenia, sobre ello le dió tormento, y con aceite y fuego le quemó los piés y aun parte de las piernas, y estaba muy flaco malo de las prisiones, y para morir; y no contento con los tormentos, viendo el factor que si le daba vida, que se iria á quejar dél á su majestad, le mandó ahorcar por revoltoso y bandolero, y que á todos los más soldados y vecinos de Méjico que eran de la banda de Cortés los mandó prender, y se retrujeron en la casa de los frailes franciscos Jorge de Albarado y Andrés de Tapia; y todos los más eran con Cortés, puesto que otros muchos conquistadores se allegaron al factor porque les daba buenos indios, y que andaban á viva quien vence, y que en la casa de la municion de las armas todas las sacó el factor y las mandó llevar á sus palacios, y que la artillería que estaba en la fortaleza y atarazanas las mandó asestar delante de sus casas, é hizo capitan de ella á un don Luis de Guzman, deudo del duque de Medina-Sidonia, y puso por capitan de su guarda á un Artiaga, que ya no se me acuerda el nombre, y para guarda de su persona á un Ginés Nortes y un Pedro Gonzalez Sabiote, y otros soldados que eran de los de Cortés.

Y más decia en la carta que escribió Zuazo á Cortés, que mirase que fuese luego á poner recaudo en Méjico, porque, demas de todos estos males y escándalos, habia otros peores, que habia escrito el factor á su majestad que le habian hallado en su recámara de Cortés un cuño con que marcaba el oro que los indios le traian á escondidas, é que no pagaba quinto dello; y tambien dijo que porque viese cuál andaba la cosa en Méjico, que porque un vecino de Guacacualco que vino á aquella ciudad á demandar unos indios que en aquel tiempo vacaron por muerte de otro vecino de los que estaban poblados en la villa, por muy secretamente que dijo el vecino de Guacacualco á una mujer donde posaba, que por qué se habia casado, que ciertamente era vivo su marido y todos los que fueron con Cortés, y dió causas y razones para ello; como lo supo el factor, que luego le fueron con la parlería, envió por él á cuatro alguaciles, y lo llevaron engarrafado á la cárcel, y lo queria mandar ahorcar por revolvedor, hasta que el pobre vecino; que se decia Gonzalo Hernandez, tornó á decir que, como vido llorar á la mujer por su marido, que por la consolar le habia dicho que era vivo, mas que ciertamente todos éramos muertos; y luego le dió los indios que demandaba, y le mandó que no estuviese más en Méjico y que no dijese otra cosa, porque le mandaria ahorcar.

Y más decia en el cabo de su carta, cómo luego de á poco tiempo que habia salido de Méjico Cortés habia muerto el buen Padre fray Bartolomé, que era un santo hombre, y que le habia llorado todo Méjico, y que le habian enterrado con grande pompa en señor Santiago, é que los indios habian estado todo el tiempo desque murió hasta que le enterraron sin comer bocado, é que los Padres franciscos habian predicado á sus honras y enterramiento, y que habian dicho dél que era un santo varon, y que le debia mucho el Emperador, pero más los indios; pues si al Emperador le habia dado aquellos vasallos, como Cortés y los demas conquistadores viejos, á los indios les habia dado el conocimiento de Dios y ganado sus almas para el cielo; é que habia convertido é bautizado más de dos mil y quinientos indios en Nueva-España, que ansí se lo habia dicho el Padre fray Bartolomé de Olmedo algunas veces al tal predicador; é que habia hecho mucha falta fray Bartolomé de Olmedo, porque con su autoridad é santidad componia las disensiones é ruidos, y hacia bien á los pobres; é luego decia Zuazo que todo en Méjico estaba perdido, y acababa su carta diciendo:

—«Esto que aquí escribo á vuestra merced, pasa ansí, y dejélos allá, y embarcáronme preso, y trujéronme con grillos aquí donde estoy.»

Y despues que Cortés la hubo leido, estábamos tan tristes y enojados, ansí del Cortés, que nos trujo con tantos trabajos, como del factor, y echábamosles dos mil maldiciones, ansí al uno como el otro, y se nos saltaban los corazones de coraje.

Pues Cortés no pudo tener las lágrimas, que con la misma carta se fué luego á encerrar á su aposento, y no quiso que le viésemos hasta más de medio dia, y todos, nosotros aun le dijimos é rogamos que luego se embarcase en tres navíos que allí estaban, y que nos fuésemos á la Nueva-España; y él nos respondió muy amorosa y mansamente, y nos dijo:

—«¡Oh hijos y compañeros mios!, que veo por una parte aquel mal hombre del factor, que está muy poderoso, y temo cuando sepa que estamos en el puerto, no haga otras desvergüenzas y atrevimientos aun más de lo que ha hecho, ó me mate ó ahogue ó eche preso, ansí á mí como á vuestras personas; yo me embarcaré luego con el ayuda de Dios, y ha de ser solamente con cuatro ó cinco de vuestras mercedes, y tengo de ir muy secretamente á desembarcar á puerto que no sepan en Méjico de nosotros, hasta que desconocidos entremos en la ciudad; y demas desto, Sandoval está en Naco con pocos soldados, y ha de ir por tierra de guerra, en especial por Guatimala, que no está en paz. Conviene que vos, señor Luis Marin, con todos los compañeros que aquí venistes en mi busca, os volvais y os junteis con Sandoval, y se vayan camino de Méjico.»

Dejemos esto, y quiero volver á decir que luego que Cortés escribió al capitan Francisco Hernandez, que estaba en Nicaragua, que fué el que enviaba á buscar puerto con el Pedro de Garro, y se le ofreció Cortés que haria por él todo lo que pudiese, y le envió dos acémilas cargadas de herraje, porque sabia que tenia falta dello, y tambien le envió herramientas de minas, y ropas ricas para su vestir, y cuatro tazas y jarros de plata de su vajilla, y otras joyas de oro; lo cual entregó á un hidalgo que se decia Fulano de Cabrera, que fué uno de los cinco soldados que fueron con nosotros en busca de Cortés, y este Cabrera fué despues capitan de Venalcázar, y fué muy esforzado capitan y extremado hombre por su persona, natural de Castilla la Vieja; el cual fué maestre de campo de Blasco Nuñez Vela, é murió en la misma batalla que murió el Virey.

Quiero dejar cuentos viejos, y quiero decir que como yo vi que Cortés se habia de ir á la Nueva-España por la mar, le fuí á pedir por merced que en todo caso me llevase en su compañía, y que mirase que en todos sus trabajos y guerras me habia hallado siempre á su lado y le habia ayudado, y que agora era tiempo que yo conociese dél si tenia respeto á los servicios que yo le habia hecho, y amistad y ruego presente.

Entónces me abrazó y me dijo:

—«Pues si os llevo conmigo, ¿quién irá con Sandoval? Ruégoos, hijo, que vais con vuestro amigo Sandoval; que yo os prometo y empeño estas barbas yo os haga muchas mercedes, que bien os lo debo ántes de ahora.»

En fin, no aprovechó cosa ninguna, que no me dejó ir consigo.

Tambien quiero decir cómo estando que estábamos en aquella villa de Trujillo, un hidalgo que se decia Rodrigo Mañueco, maestresala de Cortés, hombre de palacio, por dar contento y alegría á Cortés, que estaba muy triste, y tenia razon, apostó con otros caballeros que subiria armado de todas armas á una casa que nuevamente habian hecho los indios de aquella provincia para Cortés, segun lo he declarado en el capítulo que dello habla, las cuales casas estaban en un cerro algo alto; y subiendo armado, reventó al subir de la cuesta, y murió dello; y ansimismo, como vieron ciertos hidalgos de los que halló Cortés en aquella villa que no les dejaba cargos, como ellos quisieran, estaban revolviendo bandos, é Cortés lo apaciguó con decir que los llevaria en su compañía á Méjico, é que allá les daria cargos honrosos.

Y dejémoslo aquí, y diré lo que Cortés más hizo, y es, que mandó á un Diego de Godoy, que habia puesto por capitan en el Puerto de Caballos, con ciertos vecinos que estaban malos, y no se podian valer de pulgas y mosquitos y no tenian con qué se mantener, que todas estas miserias tenian, que se pasasen á Naco, pues era buena tierra, é que nosotros nos fuésemos con el capitan Luis Marin camino de Méjico, é si hubiese lugar, que fuésemos á ver la provincia de Nicaragua, para demandalla á su majestad en gobernacion el tiempo andando, si aportase á Méjico; y despues que Cortés nos abrazó y nosotros á él, y le dejamos embarcado, se fué á la vela para su via de Méjico, y nosotros partimos para Naco, y muy alegres en saber que habiamos de caminar la via de Méjico; y con muy gran trabajo é falta de comida llegamos á Naco, y Sandoval se holgó con nosotros, y cuando llegamos, ya el Pedro de Garro, con todos sus soldados, se habia despedido del Sandoval, y se fué muy gozoso á Nicaragua á dar cuenta á su capitan Francisco Hernandez de lo que habia concertado con Sandoval; y luego otro dia que llegamos á Naco nos partimos y fuimos camino de Méjico, y los soldados de la compañía de Garro que habian ido con nosotros á Trujillo se fueron camino de Nicaragua con el presente y carta que Cortés enviaba á Francisco Hernandez.

Dejaré de decir de nuestro camino, y diré lo que sobre el presente sucedió á Francisco Hernandez con el gobernador Pedro Arias de Ávila.

CAPÍTULO CLXXXVI.

CÓMO FUERON POR LA POSTA DENDE NICARAGUA CIERTOS AMIGOS DEL PEDRO ARIAS DE ÁVILA Á HACELLE SABER CÓMO FRANCISCO HERNANDEZ, QUE ENVIÓ POR CAPITAN Á NICARAGUA, SE CARTEABA CON CORTÉS Y SE LE HABIA ALZADO CON LAS PROVINCIAS DE NICARAGUA, Y LO QUE SOBRE ELLO PEDRO ARIAS HIZO.

Como un soldado que se decia Fulano Garabito, y un compañero, y otro que se decia Zamorano eran íntimos amigos de Pedro Arias de Ávila, gobernador de Tierra-Firme, vieron que Cortés habia enviado presentes á Francisco Hernandez, y habian entendido que Pedro de Garro y otros soldados hablaban secretamente con el Francisco Hernandez, y tuvieron sospecha que queria dar aquellas provincias é tierras á Cortés, y demas desto, el Garabito era enemigo de Cortés, porque siendo mancebos, en la isla de Santo Domingo el Cortés le habia acuchillado sobre amores de una mujer; y como el Pedro Arias lo alcanzó, por cartas y mensajeros, á saber, viene más que de paso con gran copia de soldados á pié y á caballo, y prende al Francisco Hernandez; é ya el Pedro de Garro, como alcanzó á saber que venia el Pedro Arias, y muy enojado contra él, de presto se huyó y se vino á nosotros, y si el Francisco Hernandez quisiera venir, tiempo tuvo para hacer lo mismo, y no quiso, creyendo que Pedro Arias lo hiciera de otra manera con él, porque habian sido muy grandes amigos; y despues que el Pedro Arias hubo hecho proceso contra el Francisco Hernandez, y halló que se le alzaba por sentencia, le degolló en la misma villa donde estaba poblando, y en esto paró la venida de Garro y los presentes de Cortés.

Y dejarlo hé aquí, y diré cómo Cortés volvió al puerto de Trujillo con tormenta, y lo que más pasó.

CAPÍTULO CLXXXVII.

CÓMO YENDO CORTÉS POR LA MAR LA DERROTA DE MÉJICO TUVO TORMENTA, Y DOS VECES TORNÓ ARRIBA AL PUERTO DE TRUJILLO, Y LO QUE ALLÍ LE AVINO.

Pues como dicho tengo en el capítulo pasado que Cortés se embarcó en Trujillo para ir á Méjico, pareció ser tuvo tormentas en la mar, unas veces con viento contrario, é otra vez se le quebró el mástil del trinquete y mandó arribar á Trujillo; y como estaba flaco y mal dispuesto y quebrantado de la mar, y muy temeroso de ir á la Nueva-España, por temor no le prendiese el factor, parecióle que no era bien ir en aquella sazon á Méjico; y desembarcado en Trujillo, mandó á fray Juan, que se habia embarcado con Cortés, que dijese Misas al Espíritu Santo é hiciese procesion y rogativas á nuestro Señor Dios y á Santa María nuestra Señora la Vírgen, que le encaminase lo que más fuese para su santo servicio; y pareció ser el Espíritu Santo le alumbró de no ir por entónces aquel viaje, sino que conquistase y poblase aquellas tierras; y luego sin más dilacion envió por la posta á mata-caballo tres mensajeros tras nosotros, que íbamos camino de Méjico, é nos envió sus cartas rogándonos que no pasásemos más adelante, y que conquistásemos y poblásemos la tierra, porque el Santo Ángel de su guarda se lo ha alumbrado y puesto en el pensamiento, y que él ansí lo piensa hacer.

Y cuando vimos la carta y que tan de hecho lo mandaba, no lo pudimos sufrir y le echábamos mil maldiciones, y que no hubiese ventura en todo cuanto pusiese mano, pues ansí nos habia echado á perder; y demas desto, dijimos todos á una al capitan Sandoval que si queria poblar, que se quedase con los que quisiese, que harto conquistados y perdidos nos traia, y que jurábamos que no le habiamos de guardar más, sino irnos á las tierras de Méjico, que ganamos; y ansimismo el Sandoval era de nuestro parecer; y lo que con nosotros pudo acabar fué, que le escribiésemos por la posta con los mismos sus mensajeros que nos trujeron las cartas, dándole á entender nuestra voluntad; y en pocos dias recibió nuestras cartas con firmas de todos; y las respuestas que á ellas nos dió, fué ofrecerse en gran manera á los que quisiésemos quedar á poblar aquella tierra, y en cabo de aquella carta traia una cortapisa que decia que si no le querian obedecer como lo mandaba, que en Castilla y en todas partes habia soldados.

Y de que aquella respuesta vimos, todos nos queriamos ir camino de Méjico é perdelle la vergüenza; y como aquello vió Sandoval, muy afectuosamente y con grandes ruegos nos importunó que aguardásemos algunos dias, que él en persona iria á hacer embarcar á Cortés; y le escribimos en respuesta de la carta, que ya habia de tener compasion y otro miramiento del que tiene, de habernos traido de aquella manera, y que por su causa nos han robado y vendido nuestras haciendas y tomado los indios; y los más soldados que allí con nosotros estaban, que eran casados, dijeron que ni sabian de sus mujeres é hijos; y le suplicamos todos que luego se volviese á embarcar y se fuese camino de Méjico; porque, ansí como dice que hay soldados en Castilla y en todas partes, que tambien sabe que hay gobernadores y capitanes puestos en Méjico, é que do quiera que llegáremos nos darán nuestros indios aunque les pese, y no le estaremos á Cortés aguardando que por su mano nos los dé; y luego fué Sandoval, y llevó en su compañía á un Pedro de Saucedo el romo, y á un herrador que se decia Francisco Donaire, y llevó consigo su buen caballo, que se decia Motilla, y juró que habia de hacer embarcar á Cortés y que se fuese á Méjico.

Y porque he traido aquí á la memoria del caballo Motilla, fué de mejor carrera y revuelto, y en todo de buen parecer, castaño escuro, que hubo en la Nueva-España; y tanto fué de bueno, que su majestad tuvo noticia dél, y aun el Sandoval se lo quiso enviar presentado.

Dejemos de hablar del caballo Motilla, y volvamos á decir que Sandoval me demandó á mí mi caballo, que era muy bueno, así de juego como de carrera y de camino, y este caballo hube en seiscientos pesos, que solia ser de un Abalos, hermano de Saavedra, porque otro que truje me le mataron en una entrada de un pueblo que se dice Zulaco, que me habia costado en aquella sazon sobre seiscientos pesos; y el Sandoval me dió otro de los suyos á trueco del que le dí, que no me duró el que me dió dos meses, que tambien me lo mataron en otra guerra; y no me quedó sino un potro muy ruin que habia mercado de los mercaderes que vinieron de Trujillo, como otras veces he dicho en el capítulo que dello habla.

Volvamos á nuestra relacion, y dejemos de contar de las averías de caballos y de mi trabajo, é que ántes que Sandoval de nosotros partiese, nos habló á todos con mucho amor y dejó á Luis María por capitan, y nos fuimos luego á unos pueblos que se dicen Marayani, y desde allí á otro pueblo que en aquella sazon era de muchas casas, que se decia Acalteca, y que allí esperásemos la respuesta de Cortés; y en pocos dias llegó Sandoval á Trujillo, y se holgó mucho el Cortés de ver al Sandoval, y como vió lo que le escribiamos, no sabia qué consejo tomar, porque ya habia mandado á su primo Saavedra, que era capitan, que fuese con todos los soldados á pacificar los pueblos que estaban de guerra; y por más palabras é importunaciones que el Sandoval dijo á Cortés y Pedro de Saucedo el romo y el fray Juan de Varillas, que tambien deseaba volverse á Méjico para ver qué dejó ordenado fray Bartolomé, é si habian venido más frailes de su hábito, nunca se quiso embarcar Cortés; y lo que pasó diré adelante.

CAPÍTULO CLXXXVIII.

CÓMO CORTÉS ENVIÓ UN NAVÍO Á LA NUEVA-ESPAÑA, Y POR CAPITAN DEL Á UN CRIADO SUYO QUE SE DECIA MARTIN DE ORÁNTES, Y CON CARTAS Y PODERES PARA QUE GOBERNASE FRANCISCO DE LAS CASAS Y PEDRO DE ALBARADO SI AHÍ ESTUVIESE, Y SI NO, EL ALONSO DE ESTRADA Y EL ALBORNOZ.

Pues como Gonzalo de Sandoval no pudo acabar que Cortés se embarcase, sino que todavía quiso conquistar y poblar aquella tierra, que en aquella sazon era bien poblada y habia fama de minas de oro, fué acordado por Cortés é Sandoval que luego sin más dilacion enviase un navío á Méjico con un criado suyo que se decia Martin de Orántes, hombre diligente, que se podia fiar dél cualquier negocio de importancia, y fuese por capitan del navío, y llevó poderes para Pedro de Albarado y Francisco de las Casas, si estuviesen en Méjico, para que fuesen gobernadores de la Nueva-España hasta que Cortés fuese; y si no estaban en Méjico, que gobernase el tesorero Alonso de Estrada y el contador Albornoz, segun y de la manera que les habia de ántes dado el poder; y revocó los poderes del factor y veedor, y escribió muy amorosamente, así al tesorero como á Albornoz, puesto que supo de las cartas contrarias que hubo escrito á su majestad contra Cortés; y tambien escribió á todos sus amigos de los conquistadores, y mandó al Martin de Orántes que fuese á desembarcar á una bahía entre Pánuco y la Veracruz; y así se lo mandó Cortés al piloto y marineros, y aun se lo pagó muy bien, y que no echasen en tierra otra persona, salvo al Martin de Orántes, y que luego en echándolo en tierra, alzasen anclas y diesen velas y se fuesen á Pánuco.

Pues ya dado uno de los mejores navíos de los tres que allí estaban, y metido matalotaje, y despues de haber oido Misa, dan velas, y quiere nuestro Señor dalles tan buen tiempo, que en pocos dias llegaron á la Nueva-España, y vanse derechamente á la bahía cerca de Pánuco, la cual bahía sabia muy bien el Martin de Orántes; y como saltó en tierra, dando muchas gracias á Dios por ello, luego se disfrazó el Martin de Orántes porque no le conociesen, y quitó sus vestidos, y tomó otros como de labrador, porque así le fué mandado por Cortés, y aun llevó hechos los vestidos de Trujillo; y con todas sus cartas y poderes bien liados en el cuerpo, de manera que no hiciesen bulto, iba á más andar por su camino á pié, que era suelto peon, á Méjico, y cuando llegaba á los pueblos de indios donde habia españoles, metíase entre los indios por no tener pláticas, no le conociesen los españoles; é ya que no podia ménos de tratar con españoles, no le podian conocer, porque ya habia dos años y tres meses que salimos de Méjico y le habian crecido las barbas, y cuando le preguntaban algunos cómo se llamaba, adónde iba ó venia, que acaso no podia ménos de respondelles, decia que se decia Juan de Flechilla é que era labrador.

Por manera que en cuatro dias que salió del navío, entró en Méjico de noche y se fué á la casa de los frailes de señor San Francisco, donde halló muchos retraidos, y entre ellos á Jorge de Albarado y á Andrés de Tapia, y á Juan Nuñez de Mercado é á Pedro Moreno Medrano, y á otros conquistadores y amigos de Cortés; y como vieron al de Orántes y supieron que Cortés era vivo, y vieron sus cartas, no podian estar de placer los unos é los otros, y saltaban y bailaban; pues los frailes franciscos, y entre ellos Fray Toribio Motolinea y un Fray Domingo Altamirano, daban todos saltos de placer y muchas gracias á Dios por ello, y luego sin más dilacion cierran todas sus puertas del monasterio, porque ninguno de los traidores, que habia muchos, fuesen á dar mandado ni hubiese pláticas sobre ello; y á media noche lo hacen saber al tesorero y al contador Albornoz y á otros amigos de Cortés; y así como lo supieron, sin hacer ruido, vinieron á San Francisco y vieron los poderes que Cortés les enviaba, y acordaron sobre todas cosas de ir á prender al factor; y toda la noche se les fué en apercebir amigos é armas para otro dia por la mañana le prender, porque el veedor en aquel tiempo estaba sobre el peñol de Coatlan; y como amaneció, fué el tesorero con todos los del bando de Cortés, y el Martin de Orántes con ellos, porque le conociesen y se alegrasen; y fueron á las casas del factor diciendo:

—«Viva, viva el Rey nuestro Señor, y Hernando Cortés en su Real nombre, que es vivo é viene agora á esta ciudad, é yo soy su criado Orántes.»

Y como oian aquel ruido los vecinos, y tan de mañana oian decir «Viva el Rey,» todos acudieron, como eran obligados, á tomar armas, creyendo que habia alguna otra cosa, para favorecer las cosas de su Majestad; y despues que oyeron decir que Cortés era vivo é vieron al Orántes, se holgaban; y luego se juntaron con el tesorero para ayudalle muchos vecinos de Méjico, porque, segun pareció, el contador no ponia en ello mucho calor; ántes le pesaba y andaba doblado, hasta que el Alonso de Estrada se lo reprendió, y aun sobre ello tuvieron palabras muy sentidas y feas, que no le contentaron mucho al contador; é yendo que iban á las casas del factor, ya estaba muy apercebido; que luego lo supo, que le avisó dello el mismo contador cómo le iban á prender; y mandó asestar su artillería delante de sus casas, y era capitan della D. Luis de Guzman, primo del duque de Medina-Sidonia, y tenia sus capitanes apercebidos con muchos soldados; decíanse los capitanes Artiaga y Ginés y Pedro Gonzalez; y así como llegó el tesorero y Jorge de Albarado y Andrés de Tapia é Pedro Moreno, con todos los demas conquistadores, y el contador, aunque flojamente y de mala gana, con todas sus gentes, apellidando: «Aquí del Rey, y Hernando Cortés en su Real nombre;» les comenzaron á entrar, unos por las azuteas, y otros por las puertas de los aposentos y por dos partes.

Todos los que eran de la parte del factor desmayaron, porque el capitan de la artillería, que fué D. Luis de Guzman, tiró por su parte, é los artilleros por la suya, y desmampararon los tiros; pues el capitan Artiaga dió priesa en se esconder, y el Ginés Nortes se descolgó y echó por unos corredores abajo; que no quedó con el factor sino Pedro Gonzalez Sabiote y otros cuatro criados del factor; y como se vió desmamparado, el mismo factor tomó un tizon para poner fuego á los tiros; mas diéronle tanta priesa, que no pudo más, y allí le prendieron y le pusieron guardas, hasta que hicieron una red de maderos gruesos y le metieron dentro, y allí le daban de comer, y en esto paró la cosa de su gobernacion; y luego hicieron mensajeros á todas las villas de la Nueva-España, dando relacion de todo lo acaecido; y estando desta manera, á unas personas les placia, y á los que el factor habia dado indios y cargos les pesaba.

Y fué la nueva al peñol de Coatlan y á Guaxaca, donde estaba el veedor; y como lo supo él y sus amigos, fué tan grande la tristeza y pesar que tomó, que luego cayó malo, y dejó el cargo de capitan á Andrés de Monjaraz, que estaba malo de bubas, ya otra vez por mí nombrado, y se vino en posta á la ciudad de Tezcuco y se metió en el monasterio de San Francisco; y como el tesorero y el contador, que ya eran gobernadores, lo supieron, le enviaron á prender allí en el monasterio; porque ántes que se viniese el veedor habia enviado alguaciles con mandamientos y soldados á le prender do quiera que le hallasen, y aun á quitarle el cargo de capitan; y como supieron los alguaciles que estaba en Tezcuco, le sacaron del monasterio y le trajeron á Méjico, y le echaron en otra jaula como al factor; y luego en posta envian mensajeros á Guatimala, á Pedro de Albarado, y le hacen saber de la prision del factor y veedor; y como Cortés estaba en Trujillo, que no es muy léjos de su conquista, que fuese luego en su busca y le hiciese venir á Méjico, y le dieron cartas y relacion de todo lo por mí arriba dicho, segun y de la manera que pasó.

Y demas desto, la primera cosa que el tesorero hizo, fué mandar honrar á Juana de Mansilla, que habia mandado azotar el factor por hechicera; y fué desta manera, que mandó cabalgar á caballo á todos los caballeros de Méjico, y el mismo tesorero la llevó á las ancas de su caballo por las calles de Méjico, y decia que como matrona romana hizo lo que hizo, y la volvió en su honra de la afrenta que el factor la habia hecho; y con mucho regocijo la llamaron de allí adelante doña Juana de Mansilla, y dijeron que era digna de mucho loor, pues no la pudo hacer el factor que se casase ni dijese ménos de lo que primero habia dicho, que su marido y Cortés y todos éramos vivos.

CAPÍTULO CLXXXIX.

CÓMO EL TESORERO, CON OTROS MUCHOS CABALLEROS, ROGARON Á LOS FRAILES FRANCISCOS QUE ENVIASEN Á UN FRAY DIEGO DE ALTAMIRANO, QUE ERA DEUDO DE CORTÉS, QUE FUESE EN UN NAVÍO Á TRUJILLO Y LO HICIESE VENIR, Y LO QUE SUCEDIÓ.

Como el tesorero y otros caballeros de la parte de Cortés vieron que convenia que luego viniese Cortés á la Nueva-España, porque ya se comenzaban bandos, y el contador no estaba de buena voluntad para que el factor ni el veedor estuviesen presos, y sobre todo, temia el contador á Cortés en gran manera cuando supiese lo que habia escrito dél á su majestad, segun lo tengo ya dicho en dos partes, en los capítulos pasados que dello hablan, acordaron de ir á rogar á los frailes franciscos que diesen licencia á fray Diego Altamirano que en un navío que le tenian presto y bien abastecido, y con buena compañía, fuese á Trujillo é hiciese venir á Cortés; porque aqueste religioso era su pariente, y hombre que ántes que se metiese fraile habia sido soldado é hombre de guerra, y sabia de negocios, y los frailes lo hubieron por bien, y el fraile Altamirano, que lo tenia en voluntad.

Dejemos de hablar en el viaje del fraile, que se está apercibiendo, y diré que, como el factor y veedor estaban presos, y pareció ser que, como dicho tengo otras veces, el contador andaba muy doblado y de mala voluntad, y viendo que las cosas de Cortés se hacian prósperamente; y como el factor solia tener por amigos á muchos hombres bandoleros que siempre quisieron cuestiones y revueltas, y porque tenian buena voluntad al factor y al Chirinos, porque les daban pesos de oro é indios, acordaron de se juntar muchos dellos, y aun algunas personas de calidad y de todos jaeces, y tenian concertado de soltar al factor y al veedor, y de matar al tesorero y á los carceleros, y dicen que lo sabia el contador é se holgaria mucho dello.

Y para ponello en efecto hablaron muy secretamente á un cerrajero que hacia ballestas, que se decia Guzman, hombre soez, que decia gracias y chocarrerías; y le dijeron muy secreto que les hiciese unas llaves para abrir las puertas de la cárcel y de las redes donde estaba el factor y el veedor, y que se lo pagarian muy bien, y le dieron un pedazo de oro en señal de la hechura de las llaves, y le previnieron y dijeron y encargaron que mirase que lo tuviese en muy secreto; y el cerrajero dijo con palabras muy halagüeñas é alegres que le placia, y que hubiesen ellos más secreto de lo que mostraban, pues aquel caso en que tanto iba, se lo descubrieron á él, sabiendo quién era, que no lo descubriesen á otros, y que se holgaba que el factor y el veedor saliesen de la prision; y preguntándoles que quién y cuántos eran en el negocio, é adónde se habian de llegar cuando fuesen á hacer aquella buena obra, é qué dia é qué hora, y todo se lo decian muy claramente, segun lo tenian acordado; y comenzó á forjar unas llaves segun la forma de los moldes que le traian para hacerlas, y no para que las hiciese perfectas ni podrian abrir con ellas, y esto hacia adrede, porque fuesen y viniesen á su tienda á la obra de las llaves para que las hiciese buenas, y entre tanto saber más de raíz el concierto que estaba hecho; y miéntras más se dilató la hechura de las llaves, mejor lo alcanzó á saber; y venido el dia que habian de ir con sus llaves, que ya habia hecho buenas, y todos puestos á punto con sus armas, fué el cerrajero de presto en casa del tesorero Alonso de Estrada y le da relacion dello, y sin más dilacion, cuando lo supo el tesorero, envia secretamente á apercebir á todos los que eran del bando de Cortés, sin hacello saber al contador, y van á la casa donde estaban recogidos los que habian de soltar al factor, y de presto prenden hasta veinte hombres de los que estaban armados, y otros se huyeron, que no se pudieron haber; y hecha la pesquisa á qué se habian juntado, hallóse que era para soltar á los por mí nombrados y matar al tesorero; y allí tambien se supo que el contador lo habia por bien, y cómo habia entre ellos tres ó cuatro hombres muy revoltosos y bandoleros, y en todas las zizañas y revueltas que en Méjico en aquella sazon habian pasado se habian hallado, y aun el uno dellos habia hecho fuerza á una mujer de Castilla.

Despues que se hizo proceso contra ellos, el cual hizo un bachiller que se decia Ortega, que estaba por alcalde mayor y era de su tierra de Cortés, sentenció los tres dellos á ahorcar y á otros á azotar, y decíanse los que ahorcaron, el uno Pastrana y el otro Valverde y el otro Escobar, y los que azotaron no me acuerdo sus nombres; y el cerrajero se escondió por muchos dias, que hubo miedo no le matase la parcialidad del factor por haber descubierto aquello que con tanto secreto se lo dijeron.

Dejemos de hablar en esto, pues que ya son muertos, y aunque vaya tan gran salto, como diré, fuera de nuestra relacion, tambien lo que agora diré viene á coyuntura, y es que, como el factor hubo enviado la nao con todo el oro que pudo haber para su majestad, segun dicho tengo en los capítulos pasados, y escribió á su majestad que Cortés era muerto, y como se le hicieron las honras, y hizo saber otras cosas que le convenian, y enviaba á suplicar á su cesárea majestad que le hiciese merced de la gobernacion; pareció ser que en la misma nao que él envió sus despachos iban otras cartas muy encubiertas, que el factor no pudo saber dellas; las cuales cartas eran para su majestad, y que supiese todo lo que pasaba en la Nueva-España y de las injusticias y cosas atroces que el factor y veedor habian hecho; y demas desto, ya tenia su majestad relacion dello por parte de la audiencia Real de Santo Domingo y de los frailes jerónimos, cómo Cortés era vivo y que estaba sirviendo á su Real Corona en conquistar y poblar la provincia de Honduras; y de que los del Real Consejo de las Indias y el comendador de Leon lo supieron, lo hicieron saber á su majestad; y entónces dicen que dijo el Emperador nuestro señor.

—«Mal hecho ha sido todo lo que han hecho en la Nueva-España en se haber levantado contra Cortés, y mucho me han deservido; pues es vivo (téngole por tal), serán castigados por justicia los malhechores en llegando que llegue á Méjico.»

Volvamos á nuestra relacion, y es, que el fraile Altamirano se embarcó en el puerto de la Veracruz, segun estaba acordado, y con buen tiempo en pocos dias llegó al puerto de Trujillo, donde estaba Cortés; y cuando los de la villa y Cortés vieron un navío poderoso venir á la vela hácia el puerto, luego pensaron lo que fué, que venia de la Nueva-España para le llevar á Méjico.

Y como hubo tomado puerto, y salió el fraile á tierra muy acompañado de los que traia en su compañía, y Cortés conoció algunos dellos que habia visto en Méjico, todos le fueron á besar las manos, y el fraile le abrazó, y con palabras muy santas y buenas se fueron á la iglesia á hacer oracion, y dende allí á los aposentos, adonde el Padre Fray Diego Altamirano le dijo que era su primo, y le contó lo acaecido en Méjico, segun más largamente lo tengo escrito, y lo que Francisco de las Casas habia hecho por Cortés, y cómo era ido á Castilla; todo lo cual que le dijo el fraile, lo sabia Cortés por la carta del licenciado Zuazo, como dicho tengo en el capítulo que dello habla; y Cortés mostró gran sentimiento dello, y dijo que, pues nuestro Señor Dios fué servido que aquello pasase, que le daba muchas gracias por ello y por estar Méjico ya en paz, y que él se queria ir luego por tierra, porque por la mar no se atrevia, porque, como se hubo embarcado la otra vez dos veces, y no pudo navegar porque las aguas vienen muy corrientes y contrarias, y habia de ir siempre con trabajo, y tambien como estaba flaco.

Luego le dijeron los pilotos que en aquel tiempo era en el mes de Abril, y que no hay corrientes y es la mar bonanza, por manera que acordó de embarcarse; y no se pudo hacer luego á la vela, hasta que viniese el capitan Gonzalo de Sandoval, que le habia enviado á unos pueblos que se dicen Olancho, que estaban de allí hasta cincuenta y cinco leguas, porque habia ido pocos dias habia á echar de aquella tierra un capitan de Pedro Arias de Ávila, que se decia Rojas, el que habia enviado Pedro Arias á descubrir tierras y buscar minas dende Nicaragua, despues que hubo degollado al Francisco Hernandez, como dicho tengo; porque, segun pareció, los indios de aquella provincia de Olancho se vinieron á quejar á Cortés cómo muchos soldados de los de Nicaragua les tomaban sus hijas y sus mujeres, y les robaban sus gallinas y todo lo que tenian; y el Sandoval fué con brevedad, y llevó sesenta hombres, y quiso prender al Rojas, y por ciertos caballeros que se metieron de por medio de la una parte y de la otra, los hicieron amigos, y aun le dió el Rojas al Sandoval un indio paje para que le sirviese; y luego en aquella sazon llegó la carta de Cortés al Sandoval para que luego sin más dilacion se viniese con todos sus soldados, y le dió relacion de cómo vino el fraile, y todo lo acaecido en Méjico; y como lo entendió, hubo mucho placer y no via la hora que dar vuelta, y vino en posta despues de haber echado de allí al Rojas; y luego Cortés, como vido al Sandoval, hubo mucho placer, é da sus instrucciones al capitan Saavedra, que quedaba por su teniente en aquella provincia, y lo que tenia que hacer; y escribió al capitan Luis Marin y á todos nosotros que luego nos fuésemos camino de Guatimala, y nos hizo saber todo lo acaecido en Méjico, segun y de la manera que aquí se hace mencion, y lo de la venida del fraile, y de la prision del factor y veedor, segun y como aquí va declarado; y tambien mandó que el capitan Godoy, que quedaba en Puerto de Caballos poblado, se pasase á Naco con toda su gente; las cuales cartas dió á Saavedra para que con gran diligencia nos las enviase, y el Saavedra no quiso encaminarlas, por malicia, y se descuidó, y supimos que de hecho no quiso dallas; que nunca supimos dellas.

Y volviendo á nuestra relacion, Cortés se confesó con su confesor fray Juan, y recibió al cuerpo de Cristo una mañana, porque, como estaba tan malo, temia morirse; é se embarcó con todos sus amigos, y con buen tiempo llegó en el paraje de la Habana, y porque le hizo mejor tiempo que para la Nueva-España, fué al puerto; con el cual se holgaron todos los vecinos de la Habana sus conocidos, y tomaron refresco; y supo nuevas, de un navío que habia pocos dias que habia aportado é venido de la Nueva-España, que estaba en paz é sosegado Méjico, y que el peñol de Coatlan, como supieron los indios que en él estaban hechos fuertes y daban guerra á los españoles, que Cortés y los conquistadores éramos vivos, vinieron de paz al tesorero debajo de ciertas condiciones; y pasaré adelante.

CAPÍTULO CXC.

CÓMO CORTÉS SE EMBARCÓ EN LA HABANA PARA IR Á LA NUEVA-ESPAÑA, Y CON BUEN TIEMPO LLEGÓ Á LA VERACRUZ, Y DE LAS ALEGRÍAS QUE TODOS HICIERON CON SU VENIDA.

Como Cortés hubo descansado en la Habana cinco dias, no via la hora que estar en Méjico, y luego manda embarcar toda su gente y se hacen á la vela, y en doce dias, con buen tiempo, llegó cerca del puerto de Medellin, enfrente de la isla de Sacrificios, y allí mandó anclear los navíos por aquella noche, é acordó con veinte soldados sus amigos que saltaron en tierra, y vanse á pié obra de media legua junto á San Juan de Ulúa, que así se llamaba, é quiso su ventura que toparon una arria de caballos que venia á aquel puerto de Ulúa con ciertos pasajeros para se embarcar para Castilla, é vase Cortés á la Veracruz en los caballos é mulos de la arria, que serian cinco leguas de andadura, y mandó que no fuesen ningunos á avisar cómo venia; y ántes que amaneciese con dos horas llegó á la villa, y fuese derecho á la iglesia, que estaba abierta la puerta, y se metió dentro en ella con toda su compañía; y como era muy de mañana, vino el sacristan, que era nuevamente venido de Castilla, y como vió la iglesia toda llena de gente forastera, y no conocia á Cortés ni á los que con él estaban, salió dando voces á la calle, llamando á la justicia, que estaban en la iglesia muchos hombres forasteros, para que les mandasen salir della; y á las voces que dió el sacristan, vino el alcalde mayor é otros alcaldes ordinarios, con tres alguaciles é otros muchos vecinos con armas, pensando que era otra cosa, y entraron de repente y comenzaron á decir con palabras airadas que saliesen de la iglesia; y como Cortés estaba flaco del camino, no le conocieron hasta que le oyeron hablar, é por los hábitos blancos conocieron á fray Juan de las Varillas, aunque él los traia bien sucios de la mar; y como vieron que era Cortés, vanle todos á besar las manos y dalle la buena venida; pues á los conquistadores que vivian en aquella villa Cortés los abrazaba y los nombraba por sus nombres, qué tales estaban, y les decia palabras amorosas; y luego se dijo Misa, y le llevaron á aposentar en las mejores casas que habia de Pedro Moreno Medrano.

Y estuvo allí ocho dias, y le hicieron muchas fiestas y regocijos, y luego por la posta envian mensajeros á Méjico á decir cómo habia llegado; y Cortés escribió al tesorero y al contador, puesto que supo que no era su amigo el contador, y á todos sus amigos y al monasterio de San Francisco; de las cuales nuevas todos se alegraron; y como lo supieron todos los indios de la redonda, tráenle presentes de oro y mantas, y cacao y gallinas y frutas, y luego se partió de Medellin; é yendo por su jornada, le tenian el camino limpio, y hechos aposentos con grandes enramadas é con mucho bastimento para Cortés y todos los que iban en su compañía.

Pues saber yo decir lo que los mejicanos hicieron de alegrías, que se juntaron con todos los pueblos de la redonda de la laguna, y le enviaron al camino gran presente de joyas de oro y ropa é gallinas, y todo género de frutas de la tierra que en aquella sazon habia, y le enviaron á decir que les perdone, por ser de repente su llegada, que no le envian más; que de que vaya á su ciudad harán lo que son obligados, y le servirán como á su capitan que los conquistó y los tiene en justicia; y de aquella misma manera vinieron otros pueblos.

Pues la provincia de Tlascala no se olvidó mucho, que todos los principales le salieron á recebir con danzas y bailes y regocijos y muchos bastimentos, y desque llegó á obra de tres leguas de la ciudad de Tezcuco, que es casi aquella ciudad tamaña poblacion con sus sujetos como Méjico; de allí salió el contador Albornoz, que á aquel efecto habia venido para recibir á Cortés por estar bien con él, que le temia en gran manera; y juntó muchos españoles de todos los pueblos de la redonda, y con los que estaban en su compañía y los caciques de aquella ciudad, con grandes invenciones de juegos y danzas, fueron á recebir á Cortés más de dos leguas; con lo cual se holgó; y cuando llegó á Tezcuco le hicieron otro gran recibimiento, y durmió allí aquella noche; y otro dia de mañana fué camino de Méjico, y escribióle el tesorero y el cabildo, y todos los caballeros y conquistadores amigos de Cortés, que se detuviese en unos pueblos dos leguas de Tenustitlan, Méjico; que bien pudiera entrar aquel dia, y que lo dejase para otro dia por la mañana, porque gozasen todos del gran recebimiento que le hicieron, y salió el tesorero con todos los conquistadores y caballeros y cabildo de aquella ciudad, y todos los oficiales en ordenanza, y llevaron los más ricos vestidos y calzas y jubones que pudieron con todo género de instrumentos; y los caciques mejicanos por su parte con muchas maneras de invenciones de divisas y libreas que pudieron haber; y la laguna llena de canoas, é indios guerreros en ellas, segun y de la manera que solian pelear con nosotros, en el tiempo de Guatemuz, los que salieron por las calzadas.

Fueron tantos los juegos y regocijos, que se quedarán por decir, pues en todo el dia por las calles de Méjico todo era bailes y danzas, y despues que anocheció muchas lumbres á las puertas.

Pues aun lo mejor quedaba por decir, que los frailes franciscos, otro dia despues que Cortés hubo llegado, hicieron procesiones, dando muchos loores á Dios por las mercedes que les habia hecho en haber venido Cortés.

Pues volviendo á su entrada en Méjico, se fué luego al monasterio de señor San Francisco, adonde hizo decir Misas, y daba loores á Dios, que le sacó de los trabajos pasados de Honduras y le trujo á aquella ciudad; y luego se pasó á sus casas, que estaban muy bien labradas, con ricos palacios, y allí era servido y temido y tenido de todos como un príncipe; y los indios de todas las provincias le venian á ver, y le traian presentes de oro, y aun los caciques del peñol de Coatlan, que se habian alzado, le vinieron á dar la bienvenida y le trujeron presentes; y fué su entrada de Cortés en Méjico por el mes de Junio, año de 1524 ó 25; y como Cortés hubo descansado, luego mandó prender á los bandoleros, y comenzó á hacer pesquisas sobre los tratos del factor y veedor; y tambien prendió á Gonzalo de Ocampo ó á Diego de Ocampo, que no sé bien el nombre de pila, que fué al que hallaron los papeles de los libelos infamatorios; y tambien se prendió á un Ocaña, escribano, que era muy viejo, que llamaban cuerpo y alma del factor; y despues que los tuvo presos, tenia pensamiento Cortés, viendo la justicia que para ello habia, de hacer proceso contra el factor y veedor; y por sentencia los despachó, y si de presto lo hiciera, no hubiera en Castilla quien dijera: «Mal hizo Cortés;» y su Majestad lo tuviera por bien hecho; y esto yo lo oí decir á los del Real consejo de Indias, estando presente el señor Obispo Fray Bartolomé de las Casas, en el año de 1540, cuando yo allá fuí sobre mis pleitos, que se descuidó mucho Cortés en ello, y se lo tuvieron á flojedad.

CAPÍTULO CXCI.

CÓMO EN ESTE INSTANTE LLEGÓ AL PUERTO DE SAN JUAN DE ULÚA, CON TRES NAVÍOS, EL LICENCIADO LUIS PONCE DE LEON, QUE VINO Á TOMAR RESIDENCIA Á CORTÉS, Y LO QUE SOBRE ELLO PASÓ; É HAY NECESIDAD DE VOLVER ALGO ATRÁS PARA QUE BIEN SE ENTIENDA LO QUE AGORA DIRÉ.

Ya he dicho en los capítulos pasados las grandes quejas que de Cortés dieron ante su majestad, estando la córte en Toledo; y los que dieron las quejas fueron los de la parte de Diego Velazquez, con todos los por mí nombrados, y tambien ayudaron á ellas las cartas del Albornoz; y como su majestad creyó que era verdad, habia mandado al almirante de Santo Domingo que viniese con gran copia de soldados á prender á Cortés y á todos los que fuimos en desbaratar á Narvaez; y tambien he dicho que, como lo supo el duque de Béjar don Álvaro de Zúñiga, que fué á suplicar á su majestad que hasta saber la verdad que no se creyese de cartas de hombres que estaban muy mal con Cortés; é cómo no vino el almirante, é las causas por qué; y cómo su majestad proveyó que viniese un hidalgo que en aquella sazon estaba en Toledo, que se decia el licenciado Luis Ponce de Leon, primo del conde de Alcaudete, y le mandó que le viniese á tomar residencia, y si le hallase culpado en las acusaciones que le pusieron, que le castigase de manera que en todas partes fuese sonada la justicia que sobre ello hiciese; y para que tuviese noticia de todas las acusaciones que acusaban á Cortés, trujo consigo las memorias de las cosas que habian dicho contra Cortés, é instrucciones por donde habia de tomar la residencia; y luego se puso en la jornada y viaje con tres navíos, que esto no se me acuerda bien, si eran tres ó cuatro, y con buen tiempo que le hizo llegó al puerto de San Juan de Ulúa, y luego se desembarcó y se vino á la villa de Medellin.

Y como supieron quién era y que venia por juez á tomar residencia á Cortés, luego un mayordomo de Cortés que allí residia, que se decia Gregorio de Villalóbos, en posta se lo hizo saber á Cortés, y en cuatro dias lo supo en Méjico; de que se admiró Cortés, que tan de repente le tomaba su venida, porque quisiera sabello más temprano para irle á hacer la mayor honra y recebimiento que pudiera; y al tiempo que le vinieron las cartas estaba en señor San Francisco, que queria recebir el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, con y mucha humildad rogaba á Dios que en todo le ayudase; y como tuvo las nuevas por muy ciertas, de presto despachó mensajeros para saber quién eran los que venian, y si traian cartas de su majestad; y desque vino la primera nueva dende á dos dias vinieron tres mensajeros que enviaba el licenciado Luis Ponce de Leon con cartas para Cortés, y una era de su majestad, por las cuales supo que su majestad mandaba que le tomasen residencia; y vistas las Reales cartas, con mucho acato é humildad las besó y puso sobre su cabeza, y dijo que recibia gran merced que su majestad le enviase quien le oyese de justicia, y luego despachó mensajeros con respuesta para el mismo Luis Ponce, con palabras sabrosas y ofrecimientos muy mejor dichos que yo lo sabré decir, é que le diese aviso por cuál de los dos caminos queria venir, porque para Méjico habia un camino por una parte é otro por un atajo, para que tuviese aparejado lo que convenia para servir á criado de tan alto Rey y señor; y desque el licenciado vió las cartas, respondió que venia muy cansado de la mar y que queria reposar algunos dias, y dándole muchas gracias y mercedes por la gran voluntad que mostraba.

Pues como algunos vecinos de aquella villa que eran enemigos de Cortés, y otros de los que trujo Cortés consigo de lo de Honduras que no estaban bien con él, que fueron de los que hubo desterrado de Pánuco, y por cartas que luego le escribieron á Luis Ponce, de Méjico, otros contrarios de Cortés, le dijeron que Cortés queria hacer justicia del factor y veedor ántes que llegase á Méjico el licenciado; y más le dijeron, que mirase bien por su persona, que si Cortés le escribió con tantos ofrecimientos, es para saber por cuál de los dos caminos queria venir, que era para despachalle, y que no se fiase de sus palabras ni ofertas; y le dijeron otras muchas cosas de males que decian habia hecho Cortés, así á Narvaez como á Garay, y de los soldados que dejaba perdidos en Honduras, y sobre tres mil mejicanos que murieron en el camino, y que un capitan que se decia Diego de Godoy, que dejó allá poblando con obra de treinta soldados, todos dolientes, que creen que serán muertos; é salió verdad así como se lo dijeron, lo de Godoy y soldados; y que le suplicaban que luego en posta fuese á Méjico, y que no curase de hacer otra cosa, é que tomase ejemplo en lo del capitan Narvaez y en lo del adelantado Garay y en lo de Cristóbal de Tapia, que no le quiso obedecer, y le hizo embarcar, é se volvió por donde vino; y le dijeron otros muchos daños y desatinos contra Cortés, por ponelle mal con él, y aun le hicieron encreyente que no le obedeceria.

Y como aquello vió el licenciado Luis Ponce, é traia consigo otros hidalgos, que fueron el alguacil mayor Proaño, natural de Córdoba, y á un su hermano, y á Salazar de la Pedrada, que venia por alcaide de la fortaleza, que murió luego de dolor de costado, y á un licenciado ó bachiller que se decia Márcos de Aguilar, y á un soldado que se decia Bocanegra, de Córdoba, y á ciertos frailes de Santo Domingo, y por provincial dellos un fray Tomás Ortiz, que decian habia estado ciertos años por Prior en una tierra que llamaban, no me acuerdo el nombre; y deste religioso, que venia por Prior, decian todos los que venian en su compañía que era más desenvuelto para entender en negocios que no para el santo cargo que traia.

Pues volviendo á nuestra relacion, el Luis Ponce tomó consejo con estos hidalgos que traia en su compañía si iria luego á Méjico ó no, y todos le aconsejaron que no se separase ni de dia ni de noche, creyendo que era verdad lo que decian de los males de Cortés; por manera que cuando los mensajeros de Cortés llegaron con otras cartas en respuesta de las que le escribió el licenciado y mucho refresco que le traian, ya estaba el licenciado cerca de Iztapalapa, donde se le hizo un gran recebimiento con mucha alegría y contento que Cortés tenia con su venida, y le mandó hacer un banquete muy cumplido; y despues de bien servidos en la comida de muchos y buenos manjares, dijo Andrés de Tapia, que sirvió en aquella fiesta de maestresala, que por ser cosa de apetito para en aquel tiempo en estas tierras, porque era cosa nueva, que si queria su merced que le sirviesen de natas y requesones; y todos los caballeros que allí comian con el licenciado se holgaron que los trujesen, y estaban muy buenas las natas y requesones, y comieron algunos tanto dellos, que se le resolvió el estómago á uno dellos y rebosó, y este porque comió demasiado dellos, y otros no tuvieron ningun sentimiento de les haber hecho mal ni daño en el estómago; y entónces dijo aquel religioso que venia por prior ó provincial, que se decia fray Tomás Ortiz, que las natas é requesones venian revueltas con rejalgar, y que él no las quiso comer por aquel temor; y otros que allí comieron dijeron que vieron comer al fraile dellas hasta hartarse, y habia dicho que estaban muy buenas; y por haber servido de maestresala el Tapia sospecharon lo que nunca por el pensamiento le pasó.

Y volvamos á nuestra relacion; que en este recebimiento de Iztapalapa no se halló Cortés, que en Méjico se quedó; mas fama hubo echadiza muy secretamente que enviaba á Luis Ponce un buen presente de tejuelos y barras de oro; esto no lo sé bien ni lo afirmo; otros dijeron que nunca tal pasó.

Pues como Iztapalapa está dos leguas de Méjico, y tenia puestos hombres para que le avisasen á qué hora venia á Méjico para salirle á recebir, fué Cortés con toda la caballería que en Méjico habia, en que iban el mismo Cortés é Gonzalo de Sandoval, y el tesorero Alonso de Estrada y el contador, y todo el Cabildo de Méjico y los conquistadores, y Jorge de Albarado y Gomez de Albarado, porque Pedro de Albarado en aquella sazon no estaba en Méjico, sino en Guatimala, que habia ido en busca de Cortés é de nosotros; y salieron otros muchos caballeros que nuevamente habian venido de Castilla; y cuando encontraron á Luis Ponce en la calzada se hicieron grandes acatos entre él é Cortés; y el licenciado Luis Ponce en todo pareció muy bien mirado, que se hizo muy de rogar sobre que Cortés le dió la mano derecha y él no la queria tomar, y estuvieron en cortesías hasta que la tomó; y como entraron en la ciudad, el licenciado iba admirado de la gran fortaleza que en ella habia y de las muchas ciudades y poblaciones que habia visto en la laguna, y decia que tenia por cierto no haber habido capitan en el universo que con tan pocos soldados hubiese ganado tantas tierras ni haber tomado tan fuerte ciudad; é yendo hablando en esto, se fueron derechos al monasterio de San Francisco, adonde les dijeron Misa; y despues de acabada la Misa, Cortés dijo al licenciado Luis Ponce que presentase las Reales provisiones y entendiese en hacer lo que su majestad le mandaba, porque él tenia que pedir justicia contra el factor y veedor; y respondió que se quedase para otro dia; y de allí le llevó Cortés, acompañado de toda la caballería que le habia salido á recebir, á aposentar en sus palacios, donde le tenian todo entapizado y una muy solene comida, y servida con tantas vajillas de oro y plata, y con tal concierto, que el mismo Luis Ponce dijo secretamente al alguacil mayor Proaño y á un Bocanegra que ciertamente que parecia que Cortés en todos los cumplimientos y en sus palabras y obras que era de muchos años atrás gran señor.

Y dejaré de hablar destas loas, pues no hacen á nuestra relacion, y diré que otro dia fueron á la iglesia mayor, y despues de dicha Misa, mandó que el cabildo de aquella ciudad estuviese presente, y los oficiales de la Real hacienda y los capitanes y conquistadores de Méjico: y cuando á todos los vió juntos, delante de dos escribanos, y el uno era de los del cabildo y el otro que Luis Ponce traia consigo, presentó sus Reales provisiones, y Cortés con mucho acato las besó y puso sobre su cabeza, é dijo que las obedecia como mandamiento é cartas de su Rey y señor, é las cumpliria pecho por tierra; y así lo hicieron todos los caballeros conquistadores y cabildo y oficiales de la Real hacienda de su majestad; y despues que esto fué hecho, tomó el licenciado las varas de la justicia al alcalde mayor y alcaldes ordinarios, y de la hermandad y alguaciles, y como las tuvo en su poder, se las volvió á dar, y dijo á Cortés:

—«Señor capitan, esta gobernacion de vuesamerced me manda su majestad que tome en mí, no porque deja de ser merecedor de otros muchos y mayores cargos, mas hemos de hacer lo que nuestro Rey y señor nos manda.»

Y Cortés con mucho acato le dió gracias por ello, y dijo que él siempre está presto para lo que en servicio de su majestad le fuese mandado; lo cual veria muy presto, y conoceria cuán lealmente habia servido á nuestro Rey y señor, por las informaciones y residencia que de él tomarian, y conoceria las malicias de algunas personas, que ya le habrán á él ido con consejos y cartas llenas de malicias; y el licenciado respondió que adonde hay hombres buenos tambien hay otros que no lo son tales, que así es el mundo; que á los que ha hecho buenas obras dirán bien dél, y á los que malas, al contrario; y en esto se pasó aquel dia; é otro dia, despues de haber oido Misa, que se le dijo en los mismos palacios donde posaba el licenciado, con mucho acato envió con un caballero á que llamase á Cortés, estando delante el fray Tomás Ortiz, que venia por prior, sin haber otras personas delante, sino todos tres en secreto, con mucho acato le dijo el licenciado Luis Ponce:

—«Señor capitan, sabrá vuesamerced que su majestad me mandó y encargó que á todos los conquistadores que pasaron desde la isla de Cuba, que se hallaron en ganar estas tierras y ciudad, y á todos los demas conquistadores que despues vinieron, que les dé buenos indios en encomienda, y anteponga y favorezca algo más á los primeros; y esto digo, porque soy informado que muchos de los conquistadores que con vuesamerced pasaron están con pobres repartimientos, y los ha dado á personas que agora nuevamente han venido de Castilla, que no tienen méritos; si así es, no le dió su majestad la gobernacion para este efecto, sino para cumplir sus Reales mandos.»

Y Cortés dijo que á todos habia dado indios, y que la ventura de cada uno era, que á unos cupieron buenos indios y á otros no tales, y que lo podrá enmendar, pues para ello es venido, y los conquistadores son merecedores dello; y tambien le preguntó que qué era de los conquistadores que habia llevado á Honduras en su compañía, que cómo los dejaba allá perdidos y muertos de hambre, en especial que le informaron que un Diego de Godoy, que dejó por caudillo de treinta ó cuarenta hombres en Puerto de Caballos, que le habian muerto indios, porque todos estaban muy malos; y así como lo dijeron salió verdad, como adelante diré; y que fuera bueno que, pues habian ganado aquella ciudad y la Nueva-España, que quedaran á gozar el provecho, y á los que habian nuevamente venido de Castilla aquellos llevara á conquistar y poblar; y preguntó por el capitan Luis Marin é por Bernal Diaz del Castillo y por ciertos soldados é los demas soldados que consigo llevó; é Cortés le respondió que para cosas de afrenta y guerras no se atreviera á ir á tierras largas si no llevara soldados conocidos, y que presto vernian á aquella ciudad porque ya deben de venir camino, y que en todo su merced les ayudase, y les diese buenas encomiendas de indios.

Y tambien le dijo el licenciado Luis Ponce algo con palabras ásperas, que cómo habia ido contra el Cristóbal de Olí tan léjos y largos caminos sin tener licencia de su majestad, y dejar á Méjico en condicion de se perder.

Á esto respondió que como capitan general de su majestad, que le pareció que convenia aquello á su Real servicio porque otros capitanes no se alzasen, que dello hizo primero relacion á su majestad; y demas desto, le preguntó sobre la prision y desbarate de Narvaez, y de cómo se le perdió la armada y soldados de Francisco de Garay, y de qué murió tan presto, y de cómo hizo embarcar á Cristóbal de Tapia; y le preguntó de otras muchas cosas que aquí no relato; y Cortés á todo le respondió dándole razones muy buenas, de que Luis Ponce en algo parecia que quedaba contento; y todo esto que le preguntaba traia por memoria de Castilla y de otras muchas cosas que ya le habian dicho en el camino, y en Méjico le habian informado dello: y como á aquestas preguntas que hizo estaba presente el fray Tomás Ortiz, como las hubieron acabado de decir, se fué Cortés á su posada, y secretamente apartó el fraile á tres conquistadores amigos de Cortés, y les dijo que Luis Ponce queria cortar la cabeza á Cortés, porque así lo traia mandado por su majestad, é á aquel efeto le habia preguntado lo sobredicho; y aun el mesmo fraile otro dia muy de mañana de secreto se lo dijo á Cortés por estas palabras:

—«Señor capitan, por lo que os quiero, y de mi oficio y religion es avisar en tales casos, hágoos, Señor, saber que Luis Ponce trae provisiones de su majestad para os degollar.»

Y cuando Cortés esto oyó, é habian pasado los razonamientos por mí dichos, estaba muy penoso y pensativo; y por otra parte le habian dicho que aquel fraile era de mala condicion y bullicioso, y que no le creyese muchas cosas de lo que decia; y segun apareció, dijo el fraile aquellas palabras á Cortés á efeto que le echase por intercesor y rogador que no le ejecutase el tal mandado, y porque le diese por ello algunas barras de oro.

Otras personas dijeron que el Luis Ponce lo dijo por metelle temor á Cortés é le echase rogadores que no le degollase; y como aquello sintió Cortés, respondió al fraile con mucha cortesía y con grandes ofrecimientos, y le dijo que ántes tenia creido que su majestad, como cristianísimo Rey, que le enviaria á hacer mercedes por sus muchos y buenos y leales servicios que siempre le hizo, y no se hallará deservicio ninguno que haya hecho; y que con esta confianza estaba, y que él tenia al Sr. Luis Ponce por persona que no saldria de lo que su majestad le mandaba, y como aquello oyó el fraile, y no le rogó que fuese su intercesor para con Luis Ponce, quedó confuso; y diré lo que más pasó; porque Cortés jamás le dió ningunos dineros de lo que le habia prometido.

CAPÍTULO CXCII.

CÓMO EL LICENCIADO LUIS PONCE, DESPUES QUE HUBO PRESENTADO LAS REALES PROVISIONES Y FUÉ OBEDECIDO, MANDÓ PREGONAR RESIDENCIA CONTRA CORTÉS É LOS QUE HABIAN TENIDO CARGOS DE JUSTICIA, Y CÓMO CAYÓ MALO DE MAL DE MODORRA Y DELLA FALLECIÓ, Y LO QUE MÁS LE SUCEDIÓ.

Despues que hubo presentado Luis Ponce las Reales provisiones, con mucho acato de Cortés y el cabildo y los demas conquistadores fué obedecido; mandó pregonar residencia general contra Cortés y contra los que habian tenido cargo de justicia y habian sido capitanes; y como muchas personas que no estaban bien con Cortés, é otros que tenian justicia sobre lo que pedian, qué priesa se daban de dar quejas de Cortés y de presentar testigos, que en toda la ciudad andaban pleitos; y las demandas que le ponian, unos que no les dió partes de oro, como era obligado, é otros le demandaban que no les dió indios, conforme á lo que su majestad mandaba, y los dió á criados de su padre Martin Cortés y á otras personas sin méritos, criados de señores de Castilla.

Otros le demandaban caballos que les mataron en las guerras, que puesto que habian habido mucho oro de que se les pudiera pagar, que no se les satisfizo por quedarse con el oro. Otros demandaban afrentas de sus personas, que por mandado de Cortés les habian hecho.

Volvamos á nuestra residencia, que luego que se comenzó á tomar quiso nuestro Señor Jesucristo que por nuestros pecados y desdicha cayó malo de modorra el licenciado Luis Ponce, y fué desta manera, que viniendo del monasterio de señor San Francisco de oir Misa, le dió una muy recia calentura, y echóse en la cama y estuvo cuatro dias amodorrido, sin tener el sentido que convenia, y todo lo más del dia y de la noche era dormir; y como aquello vieron los médicos que le curaban, que se decian el licenciado Pedro Lopez y el doctor Ojeda y otro médico que él traia de Castilla, todos á una les pareció que se confesase y recibiese los Santos Sacramentos, y el mismo licenciado lo tuvo en gran voluntad; y despues de recibidos con gran humildad y contricion, hizo testamento, y dejó por su teniente de gobernador al licenciado Márcos de Aguilar, que habia traido consigo desde la Española.

Otros dijeron que era bachiller, y no licenciado, y que no tenia autoridad para mandar; y dejóle el poder desta manera: que todas las cosas de pleitos y debates y residencias, y la prision del factor y veedor, se estuviese en el estado que lo dejaba hasta que su majestad fuese sabidor de lo que pasaba, y que luego hiciese mensajeros en un navío á su majestad.

Y ya hecho su testamento y ordenada su ánima, al noveno dia que cayó malo dió la ánima á nuestro Señor Jesucristo, y como hubo fallecido, fueron grandes los lutos y tristezas que todos los conquistadores á una sintieron: como si fuera padre de todos, así lo lloraban, porque ciertamente él venia para remediar á los que hallase que derechamente habian servido á su majestad, y ántes que muriese así lo suplicaba; y le hallaron en los capítulos é instrucciones que de su majestad traia, que diese de los mejores repartimientos de indios á los conquistadores, de manera que conociesen mejoría en todo; y Cortés, con todos los más caballeros de la ciudad, se pusieron luto y le llevaron á enterrar con gran pompa á San Francisco, y con toda la cera que entónces se pudo haber: fué su enterramiento muy solene para en aquel tiempo.

Oí decir á ciertos caballeros que se hallaron presentes cuando cayó malo, que como Luis Ponce era músico y de suyo regocijado, por alegralle le iban á tañer con una vigüela y á dar música, y que mandó que le tañesen una baja, y con los piés estando en la cama hacia sentido en la boca y los meneaba hasta acabarla, y acabada, perdió el habla, que fué todo uno.

Pues como fué muerto y enterrado de la manera que dicho tengo, oir el murmurar que en Méjico habia de las personas que estaban mal con Cortés y con Sandoval, que dijeron y afirmaron que le dieron ponzoña con que murió, que así habia hecho al Francisco de Garay; é quien más lo afirmaba era fray Tomás Ortiz, ya que venia por prior de ciertos frailes que traia en su compañía, que tambien murió de modorra el mesmo prior de ahí á dos meses, él y otros frailes; y tambien quiero decir que pareció ser que en el navío en que vino el Luis Ponce, que dió pestilencia en ellos, porque á más de cien personas que en él venian les dió modorra y dolencia de que murieron en la mar, y despues de desembarcados en la villa de Medellin murieron muchos dellos, y aun de los frailes quedaron muy pocos, y fué fama que aquella modorra cundió en Méjico.

CAPÍTULO CXCIII.

CÓMO DESPUES QUE MURIÓ EL LICENCIADO PONCE DE LEON COMENZÓ Á GOBERNAR EL LICENCIADO MÁRCOS DE AGUILAR, Y LAS CONTIENDAS QUE SOBRE ELLO HUBO, Y CÓMO EL CAPITAN LUIS MARIN CON TODOS LOS QUE VENÍAMOS EN SU COMPAÑÍA TOPAMOS CON PEDRO DE ALBARADO, QUE ANDABA EN BUSCA DE CORTÉS, Y NOS ALEGRAMOS LOS UNOS CON LOS OTROS, PORQUE ESTABA LA TIERRA DE GUERRA, POR LA PODER PASAR SIN TANTO PELIGRO.

Segun que lo habia dejado en el testamento Luis Ponce, todos los conquistadores que estaban mal con Cortés quisieran que fuera la residencia adelante, como le habian comenzado á tomar; y Cortés dijo que no se podia entender en él, conforme al testamento de Luis Ponce; mas que si quisiera tomársela el Márcos de Aguilar, que fuesen mucho en buena hora; y habia otra contradiccion por parte del Cabildo de Méjico, en que decian que no podia mandar Luis Ponce en su testamento que gobernase el licenciado Aguilar solo, lo uno porque era muy viejo y caducaba, y estaba tullido de bubas y era de poco autoridad, y así lo mostraba en su persona, y no sabia las cosas de la tierra, ni tenia noticia della ni de las personas que tenian méritos; y que demas desto, que no le ternian respeto ni le acatarian, y que seria bien que para que todos temiesen, y la justicia de su majestad fuese de todos muy acatada, que tomase acompañado en la gobernacion á Cortés hasta que su majestad mandase otra cosa; y el Márcos de Aguilar dijo que no saldria poco ni mucho de lo que Luis Ponce mandó en el testamento, y que él solo habia de gobernar, y que si querian poner otro gobernador por fuerza que no hacian lo que su majestad mandaba; y demas desto que dijo Márcos de Aguilar, Cortés temió si otra cosa se hiciese, por más palabras que le decian los procuradores de las ciudades y villas de la Nueva-España, que procurase de gobernar y que ellos atraerian con buenas palabras al Márcos de Aguilar para ello, pues que estaba claro que estaba muy doliente, y era servicio de Dios y de su majestad; y por más que le decian á Cortés, nunca quiso tocar más en aquella tecla, sino que el viejo Aguilar solo gobernase; y aunque estaba tan doliente y ético, que le daba de mamar una mujer de Castilla, y tenia unas cabras, que tambien bebia leche dellas; y en aquella sazon se le murió un hijo que traia consigo, de modorra, segun y de la manera que murió Luis Ponce; dejaré esto hasta su tiempo, é quiero volver muy atrás de lo de mi relacion, é diré lo que el capitan Luis Marin hizo, que quedaba con toda su gente en Naco esperando respuesta de Sandoval para saber si Cortés era embarcado ó no, y nunca habiamos tenido respuesta ninguna.

Ya he dicho cómo Sandoval se partió de nosotros para hacer embarcar á Cortés que fuese á la Nueva-España, y que nos escribiria lo que sucediese, para que nos fuésemos con Luis Marin camino de Méjico; y puesto que escribió Sandoval y Cortés por dos partes, nunca tuvimos respuesta, porque el Saavedra nunca nos quiso escribir, con malicia; y fué acordado por Luis Marin y por todos los que con él veniamos que con brevedad fuésemos soldados á caballo á Trujillo á saber de Cortés, y fué Francisco Marmolejo por nuestro capitan, é yo fuí uno de los diez, y fuimos por la tierra adentro de guerra hasta llegar á Olancho, que agora llaman Guayape, donde fueron las minas ricas de oro, y allí tuvimos nueva de dos españoles que estaban dolientes y de un negro, cómo Cortés era embarcado pocos dias habia con los caballeros y conquistadores que consigo traia, y que le envió á llamar la ciudad de Méjico, que todos los vecinos mejicanos estaban con voluntad de le servir, y que vino un fraile francisco por él, y que su primo de Cortés, Saavedra, quedaba por capitan cerca de allí en unos pueblos de guerra; de las cuales nuevas nos alegramos, y luego escribimos al capitan Saavedra con indios de aquel pueblo de Olancho, que estaba de paz, y en cuatro dias vino respuesta del Saavedra, y nos hizo relacion de algunas cosas, y dimos muchas gracias á Dios por ello, y á buenas jornadas volvimos donde Luis Marin estaba; y acuérdome que tiramos piedras á la tierra que dejábamos atrás, y con la ayuda de Dios iremos á Méjico, é yendo por nuestras jornadas hallamos á Luis Marin en un pueblo que se dice Acalteca; y así como llegamos con aquellas nuevas tomó mucha alegría, y luego tiramos camino de un pueblo que se dice Maniani, y hallamos en él á seis soldados que eran de la compañía de Pedro de Albarado, que andaba en nuestra busca, y uno dellos fué Diego de Villanueva, conquistador, buen soldado y uno de los fundadores desta ciudad de Guatimala, natural de Villanueva de la Serena, que es en el maestrazgo de Alcántara; y cuando nos conocimos nos abrazamos los unos á los otros, y preguntando por su capitan Pedro de Albarado, dijeron que allí cerca venia con muchos caballeros, y que venian en busca de Cortés y de nosotros, y nos contaron todo lo acaecido en Méjico, ya por mí dicho, y cómo habian enviado á llamar á Pedro de Albarado para que fuese gobernador, y la causa por qué no fué, segun he dicho en el capítulo que dello habla, fué por temor del factor; é yendo por nuestro camino, luego de ahí á dos dias nos encontramos con el Pedro de Albarado y sus soldados, que fué junto á un pueblo que se dice la Choluteca Malalaca.

Pues saber decir cómo se holgó en saber que Cortés era ido á Méjico, porque excusaba el trabajoso camino que habia de llevar en su busca, fué harto descanso para todos; y estando allí en el pueblo de la Choluteca, habian llegado en aquella sazon ciertos capitanes de Pedro Arias de Ávila, que se decian Garabito y Campañon, y otros que no se me acuerdan los nombres, que, segun ellos decian, venian á descubrir tierras y á partir términos con el Pedro de Albarado; y como llegamos á aquel pueblo con el capitan Luis Marin, estuvimos juntos tres dias los de Pedro Arias y Pedro de Albarado y nosotros; y desde allí envió el Pedro de Albarado á un Gaspar Arias de Ávila, vecino que fué de Guatimala, á tratar ciertos negocios con el gobernador Pedro Arias de Ávila, é oí decir que era sobre casamientos, porque el Gaspar Arias era gran servidor de Pedro de Albarado.

Y volviendo á nuestro viaje, en aquel pueblo se quedaron los de Pedro Arias, y nosotros fuimos camino de Guatimala, y ántes de llegar á la provincia de Cuzcatlan, en aquella sazon llovia mucho y venia un rio que se decia Lempa muy crecido, y no le pudimos pasar en ninguna manera; acordamos de cortar un árbol que se llama ceiba, y era de tal gordor, que dél se hizo una canoa que en estas partes otra mayor no la habia visto, y con gran trabajo estuvimos cinco dias en pasar el rio, y aun hubo mucha falta de maíz; é pasado el rio, dimos en unos pueblos que pusimos por nombre los Chapanastiques, que era así su nombre, adonde mataron los indios naturales de aquellos pueblos un soldado que se decia Nicuesa, é hirieron otros tres de los nuestros que habian ido á buscar de comer, y venian ya desbaratados, y les fuimos á socorrer, y por no nos detener se quedaron sin castigo; y esto es en la provincia donde agora está poblada la villa de San Miguel; y desde allí entramos en la provincia de Cuzcatlan, que estaba de guerra, y hallamos bien de comer; y desde allí veniamos á unos pueblos cerca de Petapa, y en el camino tenian los guatimaltecas unas sierras cortadas y unas barrancas muy hondas, donde nos aguardaron, y estuvimos en se las tomar y pasar tres dias: allí me hirieron de un flechazo, mas no fué nada la herida, y luego venimos á Petapa, y otro dia dimos en este valle que llamamos del Tuerto, donde agora está poblada esta ciudad de Guatimala, que entónces todo estaba de guerra sobre pasallos con los naturales; y acuérdome que cuando veniamos por un repecho abajo comenzó á temblar la tierra de tal manera, que muchos soldados cayeron en el suelo, porque duró gran rato el temblor; y luego fuimos camino del asiento de la ciudad de Guatimala la vieja, donde solian estar los caciques que se decian Cinacan y Sacachul, y ántes de entrar en la dicha ciudad estaba una barranca muy honda, y aguardándonos todos los escuadrones de los guatimaltecas para no dejarnos pasar, y les hicimos ir con la mala ventura, y pasamos á dormir á la ciudad, y estaban los aposentos y las casas con tan buenos edificios y ricos, en fin como de caciques que mandaban todas las provincias comarcanas; y desde allí nos salimos á lo llano y hicimos ranchos y chozas, y estuvimos en ellos diez dias, porque el Pedro de Alvarado envió dos veces á llamar de paz á los de Guatimala y á otros pueblos que estaban en aquella comarca, y hasta ver su respuesta aguardamos los dias que he dicho, y de que no quisieron venir ninguno dellos, fuimos por nuestras jornadas largas, sin parar hasta donde Pedro de Albarado habia dejado su ejército, porque estaba todo de guerra, y estaba en él por capitan un hermano que se decia Gonzalo de Albarado.

Llamábase aquella poblacion donde los hallamos Olintepeque, y estuvimos descansando ciertos dias, y luego fuimos á Soconusco, y dende allí á Teguantepeque, y entónces fallecieron en el camino dos vecinos españoles de Méjico que venian de aquella trabajosa jornada con nosotros, y un cacique mejicano que se decia Juan Velazquez, capitan que fué de Guatemuz; y por la posta fuimos á Guaxaca, porque entónces alcanzamos á saber la muerte de Luis Ponce y otras cosas por mí ya dichas, y decian muchos bienes de su persona y que venia para cumplir lo que su majestad le mandaba, y no viamos la hora de haber llegado á Méjico.

Pues como veniamos sobre ochenta soldados, y entre ellos Pedro de Albarado, y llegamos á un pueblo que se dice Chalco, dende allí enviamos á hacer saber á Cortés cómo habiamos de entrar en Méjico otro dia, que nos tuviesen aparejadas posadas, porque veniamos destrozados; que habia más de dos años y tres meses que salimos de aquella ciudad.

Y de que se supo en Méjico que llegábamos á Iztapalapa á las calzadas, salió Cortés con muchos caballeros y el Cabildo á nos recebir; y ántes de ir á parte ninguna, ansí como veniamos fuimos á la iglesia mayor á dar gracias á nuestro Señor Jesucristo, que nos volvió á aquella ciudad, y dende la iglesia Cortés nos llevó á sus palacios, adonde nos tenia aparejada una muy solene comida é muy bien servida; é ya tenia aderezada la posada de Pedro de Albarado, que entónces era su casa la fortaleza, porque en aquella sazon estaba nombrado por alcaide della y de las atarazanas; y al capitan Luis Marin llevó Sandoval á posar á sus casas, é á mí é á otro amigo mio, que se decia el capitan Luis Sanchez, nos llevó Andrés de Tapia á las suyas y nos hizo mucha honra, y el Sandoval me envió ropas para me ataviar é oro é cacao para gastar; y ansí hizo Cortés é otros vecinos de aquella ciudad á soldados amigos conocidos de los que veniamos allí.

Y otro dia, despues de nos encomendar á Dios, salimos por la ciudad yo y mi compañero el capitan Luis Sanchez, y llevamos por intercesores al capitan Sandoval é Andrés de Tapia, y fuimos á ver y hablar al licenciado Márcos de Aguilar, que, como he dicho, estaba por gobernador por el poder que para ello le dejó el licenciado Luis Ponce; y los intercesores que fueron con nosotros, que ya he dicho que era el capitan Sandoval y Andrés de Tapia, hicieron relacion á Márcos de Aguilar de nuestras personas y servicios para suplicalle que nos diese indios en Méjico, porque los indios de Guacacualco no eran de provecho; y despues de muchas palabras y ofertas que sobre ello nos dió el Márcos de Aguilar, con prometimientos, dijo que no tenia poder para dar ni quitar indios, porque ansí lo dejó en el testamento Luis Ponce de Leon al tiempo que falleció, que todas las cosas de pleitos y vacaciones de indios de la Nueva-España se estuviesen en el estado que estaban hasta que su majestad enviara á mandar otra cosa, y que si le enviaban poder para dar indios, que nos daria de lo mejor que hubiese en la tierra; y luego nos despedimos dél.

En este tiempo vino de la isla de Cuba Diego de Ordás, y como fué el que hubo escrito las cartas que envió el factor diciendo que todos éramos muertos cuantos habiamos salido de Méjico con Cortés, Sandoval é otros caballeros con palabras muy desabridas le dijeron que por qué habia escrito lo que no sabia, no teniendo noticia dello, y que fueron aquellas cartas tan malas, que se hubiera de perder la Nueva-España por ellas.

Y el Diego de Ordás respondió con grandes juramentos que nunca tal escribió, sino solamente que tuvo nueva, de un pueblo que se dice Xicalango, que habian venido los pilotos y capitanes y marineros de dos navíos, y se habian muerto los del un bando con el otro, y que los indios acabaron de matar á ciertos marineros que quedaban en los navíos; y que pareciesen las mismas cartas, y verian si era ansí; que si el factor las glosó é hizo otras, que no tenia culpa.

Pues para saber Cortés la verdad, el factor y veedor estaban presos en las jaulas y no se atrevia á hacer justicia dellos, segun lo dejó mandado Luis Ponce de Leon; y como Cortés tenia otros muchos debates, acordó de callar en lo del factor hasta que viniese mandado de su majestad, y temió no le viniesen más males sobre ello; y porque entónces puso demanda que le volviesen mucha cantidad de sus haciendas que le vendieron y tomaron para decir Misas y honras por su alma, pues que fueron hechas todas aquellas honras con malicia, no siendo muerto, y por dar crédito á toda la ciudad que éramos muertos, é no por su alma; que pues vian que hacian bienes y honras por Cortés y por nosotros, creyesen que era verdad que éramos muertos.

Y andando en estos pleitos, un vecino de Méjico, que se decia Juan de Cáceres el Rico, compró los bienes y Misas que habian hecho por el alma de Cortés, que fuesen por la de Cáceres.

Y dejaré de contar cosas viejas, y diré cómo el Diego de Ordás, como era hombre de buenos consejos, viendo que á Cortés ya no le tenian acato ni se daban nada por él despues que vino Luis Ponce de Leon, y le habian quitado la gobernacion, y que muchas personas se le desvergonzaban y no le tenian en nada, le aconsejó que se sirviese como señor y se llamase señoría y pusiese dosel, y que no solamente se nombrase Cortés, sino don Hernando Cortés.

Tambien le dijo el Ordás que mirase que el factor fué criado del comendador mayor don Francisco de los Cóbos, que es el que manda á toda Castilla y que algun dia le habria menester al D. Francisco de los Cóbos, y que el mismo Cortés no estaba bien acreditado con su majestad ni con los de su Real consejo de Indias; y que no curase de matar al factor hasta que por justicia fuese sentenciado, porque habia grandes sospechas en Méjico que le queria despachar y matar en la misma jaula.

Y pues viene agora á coyuntura, quiero decir, ántes que más pase adelante en esta mi relacion, por qué tan secretamente en todo lo que escribo, cuando viene á pláticas de decir de Cortés no le he nombrado ni nombro D. Hernando Cortés, ni otros títulos de marqués ni capitan, salvo Cortés á boca llena.

La causa dello es, porque él mismo se preciaba de que le llamasen solamente Cortés; y en aquel tiempo aún no era marqués; porque era tan tenido y estimado este nombre de Cortés en toda Castilla como en tiempo de los romanos solian tener á Julio César ó á Pompeyo, y en nuestros tiempos teniamos á Gonzalo Hernandez, por sobrenombre Gran Capitan, y entre los cartagineses Annibal, ó de aquel valiente nunca vencido caballero Diego García de Paredes.

Dejemos de hablar en los blasones pasados, y diré cómo el tesorero Alonso de Estrada en aquella sazon casó dos hijas, la una con Jorge de Albarado, hermano de D. Pedro de Albarado, y la otra con un caballero que se decia D. Luis de Guzman, hijo de D. Juan de Saavedra, conde del Castellar; y entónces se concertó que Pedro de Albarado fuese á Castilla á suplicar á su majestad le hiciese merced de la gobernacion de Guatimala: y entre tanto que iba envió á Jorge de Albarado por su capitan á la pacificacion della; y cuando el Jorge de Albarado vino trujo consigo de camino sobre ducientos indios de Tlascala y de Cholula y mejicanos, y de Guacachula y de otras provincias que les ayudaron en las guerras.

Tambien en aquella sazon envió el Márcos de Aguilar á poblar la provincia de Chiapa, y fué un caballero que se decia don Juan Enriquez de Guzman, deudo muy cercano del duque de Medina-Sidonia; y tambien envió á poblar la provincia de Tabasco, que es el rio que llaman de Grijalva, y fué por capitan un hidalgo que se decia Baltasar Osorio, natural de Sevilla; y ansimismo envió á pacificar los pueblos de los zapotecas, que están en unas muy altas sierras, y fué por capitan un Alonso de Herrera, natural de Jerez, y este capitan fué de los soldados de Cortés; y por no contar al presente lo que cada uno destos capitanes hizo en sus conquistas, lo dejaré de decir hasta que venga á tiempo y sazon; é quiero hacer relacion de cómo en este tiempo falleció el Márcos de Aguilar, y lo que pasó sobre el testamento que hizo para que gobernase el tesorero.

CAPÍTULO CXCIV.

CÓMO MÁRCOS DE AGUILAR FALLECIÓ, Y DEJÓ EN EL TESTAMENTO QUE GOBERNASE EL TESORERO ALONSO DE ESTRADA, Y QUE NO ENTENDIESE EN PLEITOS DEL FACTOR NI VEEDOR NI DAR NI QUITAR INDIOS HASTA QUE SU MAJESTAD MANDASE LO QUE MÁS EN ELLO FUESE SERVIDO, SEGUN Y DE LA MANERA QUE LE DEJÓ EL PODER LUIS PONCE DE LEON.

Teniendo en sí la gobernacion Márcos de Aguilar, como dicho tengo, estaba muy ético y doliente y malo de bubas; los médicos le mandaron que mamase á una mujer de Castilla, y con leche de cabras se sostuvo cerca de ocho meses, y de aquella dolencia y calenturas que le dieron falleció, y en el testamento que hizo mandó que sólo gobernase el tesorero Alonso de Estrada, ni más ni ménos que tuvo el poder de Luis Ponce de Leon.

Y viendo el cabildo de Méjico é otros procuradores de ciertas ciudades, que en aquella sazon se hallaron en Méjico, que el Alonso de Estrada solo no podia gobernar tan bien como convenia, por causa que Nuño de Guzman, que habia dos años que vino de Castilla por gobernador de la provincia de Pánuco, se metia en los términos de Méjico y decia que eran sujetos de su provincia; é como venia furioso, é no miraba á lo que su majestad le mandaba en las provisiones que dello traia; porque un vecino de Méjico que se decia Pedro Gonzalez de Trujillo, persona muy noble, dijo que no queria estar debajo de su gobernacion, sino de la de Méjico, pues los indios de su encomienda no eran de los de Pánuco, y por otras palabras que pasaron, sin más ser oido, le mandó ahorcar; y demas desto, hizo otros desatinos, que ahorcó á otros españoles por hacerse temer, y no tenia acato ni se le daba nada por Alonso de Estrada el tesorero, aunque era gobernador, ni le tenia en la estima que era obligado.

Y viendo aquellos desatinos de Nuño de Guzman el cabildo de Méjico y otros caballeros vecinos de aquella ciudad, porque temiese el Nuño de Guzman é hiciese lo que su majestad mandaba, suplicaron al tesorero que juntamente con él gobernase Cortés, pues convenia al servicio de Dios nuestro Señor y de su majestad; y el tesorero no quiso, é otras personas dicen que Cortés no lo quiso acetar, porque no dijesen maliciosos que por fuerza queria señorear, y tambien porque hubo murmuraciones que tenian sospecha en la muerte de Márcos de Aguilar, que Cortés fué causa della é dió con qué murió: y lo que se concertó fué, que juntamente con el tesorero gobernase Gonzalo de Sandoval, que era alguacil mayor y persona que se hacia mucha cuenta dél; é lo hubo por bien el tesorero; mas otras personas dijeron que si lo aceptó fué por casar una hija con el Sandoval, y si se casara con ella, fuera el Sandoval muy más estimado y por ventura hubiera la gobernacion, porque en aquella sazon no se tenia en tanta estima esta Nueva-España como agora.

Pues estando gobernando el tesorero y el Gonzalo de Sandoval, pareció ser, como en este mundo hay hombres muy desatinados, que un Fulano Proaño, que dicen que se fué en aquella sazon á lo de Xalisco, huyendo de Méjico, que despues fué muy rico; y el Sandoval, como gobernador que era, que habia de hacer justicia sobre ello y prender al Proaño, no lo hizo, porque se fué huyendo adonde no podia ser habido, por mucha diligencia que sobre ello puso; y puesto que claramente se supo que no podria alcanzar justicia, lo disimuló.

Dejemos esto, y quiero decir que en aquellos dias que anduvieron los conciertos dichos para que Cortés gobernase con el tesorero, y pusieron al Sandoval por compañero en la gobernacion, segun ya dicho tengo, aconsejaron á Alonso de Estrada que luego por la posta fuese en un navío á Castilla é hiciese relacion dello á su majestad, y aun le indujeron que dijese que por fuerza le pusieron á Sandoval por compañero, segun ya dicho tengo, porque no quiso ni consintió que Cortés juntamente gobernase con él; y demas desto, ciertas personas, que no estaban bien con Cortés, escribieron otras cartas de por sí, y en ellas decian que Cortés habia mandado dar ponzoña á Luis Ponce de Leon y á Márcos de Aguilar, é que ansimismo al adelantado Garay, é que en unos requesones que les dieron en un pueblo que se dice Iztapalapa creian que les dieron rejalgar en ellos, y que por aquella causa no quiso comer un fraile de la órden de señor Santo Domingo dellos; y todo lo que escribian de Cortés eran maldades y traiciones que le levantaron, y tambien escribieron que Cortés queria matar al factor y veedor; y en aquella sazon tambien fué á Castilla el contador Albornoz, que jamás estuvo bien con Cortés.

Y como su majestad y los del Real Consejo de Indias vieron las cartas que he dicho que enviaron diciendo mal de Cortés, y se informaron del contador Albornoz, é lo de Luis Ponce é lo de Márcos de Aguilar, ayudó muy mal contra Cortés, é haber oido lo del desbarate del Narvaez y del Garay, y lo de Tapia y lo de Catalina Suarez la Marcayda, su primera mujer; y estaban mal informados de otras cosas, é creyeron ser verdad lo que agora escribian; luego mandó su majestad proveer que sólo Alonso de Estrada gobernase, y dió por bueno cuanto habia hecho, y en los indios que encomendó; que sacasen de las prisiones y jaulas al factor y veedor y les volviesen sus bienes, y por la posta vino un navío con las provisiones; y para castigar á Cortés de lo que le acusaban, mandó que luego viniese un caballero que se decia don Pedro de la Cueva, comendador mayor de Alcántara, y que á costa de Cortés trujese trescientos soldados, y que si le hallase culpado le cortase la cabeza, y á los que juntamente con él habian hecho algun deservicio á su majestad, é que á los verdaderos conquistadores que les diese de los pueblos que quitasen á Cortés; y ansimismo mandó proveer que viniese audiencia Real, creyendo con ella habria recta justicia.

É ya que se estaba apercibiendo el comendador don Pedro de la Cueva para venir á la Nueva-España, por ciertas pláticas que despues hubo en la córte, ó porque no le dieron tantos mil ducados como pedia para el viaje, y porque con el audiencia Real, creyendo que lo pusieran en justicia, se estorbó su jornada, que no vino, é porque el duque de Béjar quedó por nuestro fiador otra vez.

Y quiero volver al tesorero, que, como se vió tan favorecido de su majestad, é haber sido tantas veces gobernador, y agora de nuevo le mandaba su majestad gobernar solo; y aun le hicieron creer al tesorero que habian informado al Emperador nuestro señor que era hijo del Rey Católico, y estaba muy ufano, y tenia razon; é lo primero que hizo fué enviar á Chiapa por capitan á un su primo, que se decia Diego de Mazariegos, y mandó tomar residencia á don Juan Enriquez de Guzman, el que habia enviado por capitan Márcos de Aguilar, y más robos y quejas se halló que habia hecho en aquella provincia que bienes; y tambien envió á conquistar é pacificar los pueblos de los zapotecas y minxes, y que fuesen por dos partes, para que mejor los prendiesen, á traer de paz, que fuese por la parte de la banda del Norte, é envió á un Fulano de Barrios, que decian que habia sido capitan en Italia y que era muy esforzado, que nuevamente habia venido de Castilla á Méjico (no digo por Barrios el de Sevilla, el cuñado que fué de Cortés), y le dió sobre cien soldados, y entre ellos muchos escopeteros y ballesteros.

Llegado este capitan con sus soldados á los pueblos de los zapotecas, que se decian los titepeques, una noche salen los indios naturales de aquellos pueblos y dan sobre el capitan y sus soldados; y tan de repente dieron en ellos, que mataron al capitan Barrios y á otros siete soldados, y á todos los más hirieron, y si de presto no tomaran las de Villadiego, y se vinieran á acoger á unos pueblos de paz, todos murieran.

Aquí verán cuánto va de los conquistadores viejos á los nuevamente venidos de Castilla, que no saben qué cosa es guerra de indios ni sus astucias: en esto paró aquella conquista.

Digamos agora del otro capitan que fué por la parte de Guaxaca, que se decia Figuero, natural de Cáceres, que tambien dijeron que habia sido capitan en Castilla, y era muy amigo del tesorero Alonso de Estrada, y llevó otros cien soldados de los nuevamente venidos de Castilla á Méjico, y muchos escopeteros y ballesteros y aun diez de á caballo; y como llegaron á las provincias de los zapotecas, envió á llamar á un Alonso de Herrera, que estaba en aquellos pueblos por capitan de treinta soldados, por mandado de Márcos de Aguilar en el tiempo que gobernaba, segun lo tengo dicho en el capítulo que dello hace mencion; y venido el Alonso de Herrera á su llamada, porque, segun apareció, traia poder el Figuero para que estuviese debajo de su mano, é sobre ciertas pláticas que tuvieron, ó porque no quiso quedar en su compañía, vinieron á echar mano á las espadas, y el Herrera acuchilló á el Figuero y á otros tres de los soldados que traia, que le ayudaban.

Pues viendo el Figuero que estaba herido y manco de un brazo, y no se atrevia á entrar en las sierras de los miuxes, que eran muy altas y malas de conquistar, y los soldados que traia no sabian conquistar aquellas tierras, acordó de andarse á desenterrar sepulturas de los enterramientos de los caciques de aquella provincia, porque en ellas halló cantidad de joyas de oro, con que antiguamente tenian costumbre de se enterrar los principales de aquellos pueblos; y dióse tal maña, que sacó dellas sobre cien mil pesos de oro, y con otras joyas que hubo de dos pueblos, acordó de dejar la conquista é pueblos en que estaba, y dejólos muy más de guerra á algunos dellos que los halló, y fué á Méjico, y dende allí se iba á Castilla el Figuero con su oro; y embarcado en la Veracruz, fué su ventura tal, que el navío en que iba dió con recio temporal al través junto á la Veracruz, de manera que se perdió él y su oro y se ahogaron quince pasajeros, y todo se perdió; y en aquello pararon los capitanes que envió el tesorero á conquistar aquellos pueblos, que nunca vinieron de paz hasta que los vecinos de Guacacualco los conquistamos, y como tienen altas sierras y no pueden ir caballos, me quebranté el cuerpo, de tres veces que me hallé en aquellas conquistas; porque, puesto que en los veranos los atraimos de paz, en entrando las aguas se tornaban á levantar y mataban á los españoles que podian haber desmandados; y como siempre les seguiamos, vinieron de paz, y está poblada una villa que dicen San Alfonso.

Pasemos adelante, y dejaré de traer á la memoria desastres de capitanes que no han sabido conquistar, y digo que, como el tesorero supo que habian acuchillado á su amigo el capitan Figuero, como dicho tengo, envió luego á prender á Alonso de Herrera, é no se pudo haber, porque se fué huyendo á unas sierras, y los alguaciles que envió trujeron preso á un soldado de los que solia tener el Herrera consigo; y así como llegó á Méjico, sin más ser oido, le mandó el tesorero cortar la mano derecha.

Llamábase el soldado Cortejo, y era hijodalgo; y demas desto, en aquel tiempo un mozo de espuelas de Gonzalo de Sandoval tuvo otra quistion con otro criado del tesorero, y le acuchilló, de que hubo muy gran enojo el tesorero, y le mandó cortar la mano; y esto fué en tiempo que Cortés ni Sandoval no estaban en Méjico; que se habian ido á un gran pueblo que se dice Cornabaca, y se fueron por quitarse de bullicios y parlerías, y tambien por apaciguar ciertos encuentros que habia entre los caciques de aquel pueblo.

Pues como supieron Cortés y Gonzalo de Sandoval por cartas que el Cortejo y mozo de espuelas estaban presos y que les querian cortar las manos, de presto vinieron á Méjico; y de que hallaron lo que dicho tengo, y no habia remedio en ello, sintieron mucho aquella afrenta que el tesorero hizo á Cortés y á Sandoval, y dicen que le dijo Cortés tales palabras al tesorero en su presencia, que no las quisiera oir, y aun tuvo temor que le queria mandar matar, y con este temor allegó el tesorero soldados y amigos para tener en su guarda, y sacó de las jaulas al factor y veedor para que, como oficiales de su majestad, se favoreciesen los unos á los otros contra Cortés; y de que los hubo sacado, de ahí á ocho dias, por consejo del factor y otras personas que no estaban bien con Cortés, le dijeron al tesorero que en todo caso luego desterrase á Cortés de Méjico; porque entre tanto que estuviese en aquella ciudad jamás podria gobernar bien ni habria paz, y siempre habria bandos.

Pues ya este destierro firmado del tesorero, se lo fueron á notificar á Cortés, y dijo que lo cumpliria muy bien, y que daba gracias á Dios, que dello era servido, que de las tierras y ciudad que él con sus compañeros habia descubierto y ganado, derramando de dia y de noche mucha sangre de su cuerpo, y muerte de tantos soldados, que le viniesen á desterrar personas que no eran dignas de bien ninguno ni de tener los oficios que tienen, y que él iria á Castilla á dar relacion dello á su majestad y demandar justicia contra ellos; y que fué gran ingratitud la del tesorero, desconocido del bien que le habia hecho Cortés; y luego se salió de Méjico y se fué á una villa suya que se dice Cuyoacan, y dende allí á Tezcuco, y dende allí á pocos dias á Tlascala; y en aquel instante la mujer del tesorero, que se decia doña Marina Gutierrez de la Caballería, cierto digna de buena memoria por sus muchas virtudes, como supo el desconcierto que su marido habia hecho en sacar de las jaulas al factor y veedor y haber desterrado á Cortés, con gran pesar que tenia, le dijo á su marido:

—«Plega á Dios que por estas cosas que habeis hecho no os venga mal dello.»

Y le trujo á la memoria los bienes y mercedes que siempre Cortés le habia hecho, y los pueblos de indios que le dió, y que procurase de tornar á hacer amistades con él para que vuelva á la ciudad de Méjico, ó que se guardase muy bien, no le matasen; y tantas cosas le dijo, que, segun muchas personas despues platicaban, se habia arrepentido el tesorero de lo haber desterrado, y aun de haber sacado de las jaulas al factor y veedor, porque en todo le iban á la mano y eran muy contrarios á Cortés.

Y en aquella sazon vino de Castilla don fray Julian Garcés, primer Obispo que fué de Tlascala, y era natural de Aragon, y por honra del cristianísimo Emperador nuestro señor se llamó Carolense, y fué gran predicador, y se vino por su obispado de Tlascala; y como supo lo que el tesorero habia hecho en el destierro de Cortés, le pareció muy mal y por poner concordia entre ellos se vino á una ciudad, ya otras veces por mí nombrada, que se dice Tezcuco; y como estaba junto á la laguna, se embarcó en dos canoas grandes, y con dos clérigos y un fraile y su fardaje se vino á la ciudad de Méjico, y ántes de entrar en ella supieron su venida en Méjico, y le salieron á recebir con toda la pompa y cruces y clerecía y religiosos y Cabildos, é conquistadores é caballeros y soldados que en Méjico se hallaron; y cuando el Obispo hubo descansado dos dias, el tesorero le echó por intercesor para que fuese adonde Cortés estaba en aquella sazon y los hiciese amigos, é le alzaba el destierro, y que se volviese á Méjico; y fué el Obispo y trató las amistades, y nunca pudo acabar cosa ninguna con Cortés; ántes, como dicho tengo, se fué á Tezcuco ó á Tlascala muy acompañado de caballeros é otras personas y en lo que entendia Cortés era en allegar todo el oro y plata que podia para ir á Castilla; y demas de lo que le daban de los tributos de sus pueblos, empeñaba otras rentas é indios que le prestaban amigos; y ansimismo se aparejaban el capitan Gonzalo de Sandoval y Andrés de Tapia, y llegaron y recogian todo el oro y plata que podian de sus pueblos, porque estos dos capitanes fueron en compañía de Cortés á Castilla.

Pues como estaba Cortés en Tlascala, íbanle á ver muchos vecinos de Méjico y de otras villas, y soldados que no tenian encomiendas de indios, y los caciques de Méjico le iban á servir; y aun, como hay hombres bulliciosos y amigos de escándalos é novedades, le iban á aconsejar para que si se queria alzar por Rey en la Nueva-España, que en aquel tiempo tenia lugar y que ellos serian en le ayudar; y Cortés echó presos á dos hombres de los que le vinieron con aquellas pláticas, y les trató mal, llamándoles de traidores, y estuvo para los ahorcar; y tambien le trujeron otra carta de otros bandoleros, que le enviaron de Méjico, y le decian lo mismo; y esto era, segun dijeron, para tentar á Cortés ó tomarle en algunas palabras que de su boca dijese sobre aquel mal caso; y como Cortés en todo era servidor de su majestad, con amenazas dijo á los que le venian con aquellos tratos que no viniesen más adelante dél con aquellas parlerías de traiciones, que los mandaria ahorcar; y luego escribió al Obispo lo que pasaba, para que él dijese al tesorero que, como gobernador, mandase castigar á los traidores que le venian con aquellos consejos; si no, que él los mandaria ahorcar.

Dejemos á Cortés en Tlascala aderezando para se ir á Castilla, y volvamos al tesorero y factor y veedor, que, ansí como venian á Cortés hombres bandoleros que deseaban ruidos y andar en bullicios, tambien iban y decian al tesorero y al factor que ciertamente Cortés estaba llegando gente para los venir á matar, aunque echaba fama que para venir á Castilla, y á aquel efeto estaban todos los caciques mejicanos y de Tezcuco en Tlascala, y de todos los más pueblos de alrededor de la laguna en su compañía, para ver cuándo les mandaba dar guerra.

Entónces temió mucho el factor y veedor y el tesorero, creyendo que les queria matar; y para saber é inquirir si era verdad, volvieron á importunar al mismo Obispo que fuese á ver qué cosa era, y escribieron con grandes ofertas á Cortés, demandándole perdon; y el Obispo lo hubo por bueno el ir á hacer amistades, por visitar á Tlascala; y desque llegó donde Cortés estaba, despues de le salir á recebir toda aquella provincia, y ver la gran lealtad y lo que habia hecho Cortés en prender los bandoleros, y las palabras que sobre aquel caso le escribió, luego hizo mensajeros al tesorero, y dijo que Cortés era muy leal caballero y gran servidor de su majestad, y que en nuestros tiempos se podia poner en la cuenta de los muy afamados servidores de la corona Real, y que en lo que estaba entendiendo era aviarse para ir ante su majestad, y que podian estar sin sospecha de lo que pensaban; y tambien le escribió que tuvo mala consideracion en le haber desterrado, y que no lo acertó.

Entónces diz que le dijo en la carta que le escribió:

—«Oh señor tesorero Alonso de Estrada, y ¡cómo ha dañado y estragado este negocio!»

Dejemos esto de la carta; que no me acuerdo bien si volvió Cortés á Méjico para dejar recaudo á las personas á quien habia de dar los poderes para entender en su estado y casa é cobrar los tributos de los pueblos de su encomienda; salvo sé que dejó el poder mayor al licenciado Juan Altamirano y á Diego de Ocampo y Alonso Valiente y á Santa Cruz burgalés, y sobre todos á Altamirano; é ya tenia llegado muchas aves de las diferenciadas de otras que hay en Castilla, que era cosa muy de ver, y dos tigres, y muchos barriles de liquidámbar y bálsamo cuajado y otro como aceite, y cuatro indios maestros de jugar el palo con los piés, que en Castilla y en todas partes es cosa de ver, y otros indios bailadores, que suelen hacer una manera de ingenio, al parecer como que vuelan por alto estando bailando; y llevó tres indios corcovados de tal manera, que era cosa monstruosa, porque estaban quebrados por el cuerpo y eran muy enanos; y tambien llevó indios é indias muy blancos, que con el gran blancor no veian bien; y entónces los caciques de Tlascala le rogaron que llevase en su compañía tres hijos de los más principales de aquella provincia, y entre ellos fué un hijo de Xicotenga el viejo ciego, que despues se llamó don Lorenzo de Vargas, y llevó otros caciques mejicanos; y estando aderezando su partida, le llegaron nuevas de la Veracruz que habian venido dos navíos muy buenos veleros, y en ellos le trujeron cartas de Castilla, y lo que se contenia en ellas diré adelante.

CAPÍTULO CXCV.

CÓMO VINIERON CARTAS Á CORTÉS DE ESPAÑA, DEL CARDENAL DE SIGÜENZA DON GARCÍA DE LOYOSA, QUE ERA PRESIDENTE DE INDIAS Y LUEGO FUÉ ARZOBISPO DE SEVILLA, Y DE OTROS CABALLEROS, PARA QUE EN TODO CASO SE FUESE LUEGO Á CASTILLA, Y LE TRUJERON NUEVAS QUE ERA MUERTO SU PADRE MARTIN CORTÉS, Y LO QUE SOBRE ELLO HIZO.

Ya he dicho en el capítulo pasado lo acaecido entre Cortés y el tesorero y el factor y veedor, é por qué causa lo desterró de Méjico, y cómo vino dos veces el obispo de Tlascala á entender en amistades, y Cortés nunca quiso responder á cartas ni á cosa ninguna que le dijesen, y se apercibió para ir á Castilla; y le vinieron cartas del presidente de Indias don García de Loyosa, y del duque de Béjar y de otros caballeros, en que le decian que, como estaba ausente, daban quejas delante de su majestad, y decian en las quejas muchos males y muertes que habia hecho dar á los gobernadores que su majestad enviaba, y que fuese en todo caso á volver por su honra; y le trujeron nuevas que su padre Martin Cortés era fallecido; y como vió las cartas, le pesó mucho, ansí de la muerte de su padre como de las cosas que dél decian que habia hecho, no siendo ansí; y se puso luto, puesto que lo traia en aquel tiempo por la muerte de su mujer doña Catalina Suarez la Marcayda, é hizo gran sentimiento por su padre, y las honras lo mejor que pudo; y si mucho deseo tenia de ántes de ir á Castilla, dende allí adelante se dió mayor priesa, porque luego mandó á su mayordomo, que se decia Pedro Ruiz de Esquivel, natural de Sevilla, que fuese á la Veracruz, y de dos navíos que habian llegado, que tenian fama que eran nuevos y veleros, que los comprase; y estaba apercibiendo bizcocho y cecina y tocinos y lo perteneciente para el matalotaje muy cumplidamente, como convenia para un gran señor y rico que Cortés era, y cuantas cosas se pudieron haber en la Nueva-España que eran buenas para el mar, y conservas que á Castilla vinieron; y fueron tantas y de tanto género, que para dos años se pudieran mantener otros dos navíos, aunque tuvieran mucha más gente, con lo que en Castilla les sobró.

Pues yendo el mayordomo por la laguna de Méjico en una canoa grande para ir á un pueblo que se dice Ayotcingo, que es donde desembarcan las canoas, que por ir más presto á hacer lo que Cortés le mandaba fué por allí, y llevó seis indios mejicanos remeros y un negro, é ciertas barras de oro para comprar los navíos; y quien quiera que fué, le aguardó en la misma laguna y le mató, que nunca se supo quién ni quién no, ni pareció canoa ni indios ni el negro que la remaba, salvo que dende allí á cuatro dias hallaron al Esquivel en una isleta de la laguna, el medio cuerpo comido de aves carniceras.

Sobre la muerte deste mayordomo hubo grandes sospechas, porque unos decian que era hombre que se alababa de cosas que decia él mismo que pasaba con damas é con otras señoras, é decian otras cosas malas que diz que hacia; é á esta causa estaba malquisto, y ponian sospechas de otras muchas cosas que aquí no declaro; por manera que no se supo de su muerte, ni aun se pesquisó muy de raíz quién le mató, perdónele Dios; y luego Cortés volvió á enviar de presto á otros mayordomos para que le tuviesen aparejados los navíos é metido el bastimento é pipas de vino, y mandó dar pregones que cualesquier personas que quisieren ir á Castilla les dará pasaje y comida de balde, yendo con licencia del gobernador.

Y luego Cortés, acompañado de Gonzalo de Sandoval y de Andrés de Tapia y de otros caballeros, se fué á la Veracruz, y como se hubo confesado y comulgado se embarcó; y quiso nuestro Señor Dios dalle tal viaje, que en cuarenta y un dias llegó á Castilla sin parar en la Habana ni en isla ninguna, y fué á desembarcar cerca de la villa de Pálos, junto á Nuestra Señora de la Rávida; y como se vieron en salvamento en aquella tierra, hincan las rodillas en tierra y alzan las manos al Cielo, dando muchas gracias á Dios por las mercedes que siempre les hacia; y llegaron á Castilla en el mes de Diciembre de 1527 años.

Y pareció ser que Gonzalo de Sandoval iba muy doliente, y á grandes alegrías hubo tristezas, que fué Dios servido dende ahí á pocos dias de le llevar desta vida en la villa de Pálos, y en la posada que estaba era de un cordonero de hacer jarcias y cables y maromas, y ántes que muriese le hurtó el huésped trece barras de oro; lo cual vió el Sandoval por sus ojos que se las sacaron de una caja, porque aguardó el cordonero que no estuviese allí persona ninguna en compañía del Sandoval; é tuvo tales astucias, que envió á sus criados del Sandoval que fuesen por la posta á la Rávida á llamar á Cortés; y el Sandoval, puesto que lo vió, no osó dar voces, porque, como estaba muy debilitado y flaco y malo, temió que el cordonero, que le pareció mal hombre, no le echase el colchon ó almohada sobre la boca y le ahogase; y luego se fué el huésped á Portugal, huyendo con las barras de oro y no se pudo cobrar cosa ninguna.

Volvamos á Cortés, que cuando supo que estaba muy malo el Sandoval vino luego por la posta adonde estaba, y el Sandoval le dijo la maldad que su huésped le habia hecho, y cómo le hurtó las barras de oro y se fué huyendo; en lo cual, puesto que pusieron gran diligencia para que se cobrasen, como se pasó en Portugal, se quedó con ello; y el Sandoval cada dia iba empeorando de su mal, y los médicos que le curaban le dijeron que luego se confesase y recibiese los Santos Sacramentos é hiciese testamento, y él lo hizo con grande devocion, y mandó muchas mandas ansí á pobres como á monasterios, y nombró por su albacea á Cortés y heredera á una hermana ó hermanas; é la una hermana, el tiempo andando, se casó con un hijo bastardo del conde de Medellin; y como hubo ordenado su alma y hecho testamento, dió el ánima á nuestro Señor Dios, que la crió, y por su muerte se hizo gran sentimiento, y con toda la pompa que pudieron le enterraron en el monasterio de nuestra Señora de la Rávida; y Cortés, con todos los caballeros que iban en su compañía, se pusieron luto; perdónele Dios, amen.

Y luego Cortés envió correo á su majestad y al Cardenal de Sigüenza, y al duque de Béjar y al conde de Aguilar y á otros caballeros, é hizo saber cómo habia llegado á aquel puerto y de cómo Gonzalo de Sandoval habia fallecido, é hizo relacion de la calidad de su persona y de los grandes servicios que habia hecho á su majestad, y que fué capitan de mucha estima ansí para mandar ejércitos como para pelear por su persona; y como aquellas cartas llegaron ante su majestad, recibió alegría de la venida de Cortés, puesto que le pesó de la muerte del Sandoval, porque ya tenia noticia de su generosa persona, y ansimismo le pesó al Cardenal don García de Loyosa y al Real Consejo de Indias; pues el duque de Béjar y el conde de Aguilar y otros caballeros se holgaron en gran manera, puesto que á todos les pesó de la muerte de Sandoval.

Y luego fué el duque de Béjar, juntamente con el conde de Aguilar, á dar más relacion dello á su majestad, puesto que ya tenia la carta de Cortés, y dijo que bien sabia la gran lealtad de quien habia fiado, y que caballero que tan grandes servicios le habia hecho, que en todo lo demas lo habia de mostrar en lealtad, como era obligado á su Rey y señor, lo cual se ha parecido bien ahora por la obra; y esto dijo el duque porque en el tiempo que ponian las acusaciones y decian muchos males contra Cortés delante de su majestad, puso tres veces su cabeza y estado por fiador de Cortés y de los soldados que estábamos en su compañía, que éramos muy leales y grandes servidores de su majestad y dignos de grandes mercedes, porque en aquel tiempo no estaba descubierto el Pirú ni habia la fama de lo que despues hubo; y luego su majestad envió á mandar que por todas las ciudades y villas por donde Cortés pasase le hiciesen mucha honra, y el duque de Medina-Sidonia le hizo gran recebimiento en Sevilla y le presentó caballos muy buenos; y despues que reposó allí dos dias, fué á jornadas largas á Nuestra Señora de Guadalupe para tener novenas.

Y fué su ventura tal, que en aquella sazon habia allí llegado la señora doña María de Mendoza, mujer del comendador mayor de Leon don Francisco de los Cóbos, y habia traido en su compañía muchas señoras de grande estado, y entre ellas una señora doncella, hermana suya, que de ahí á dos años casó con el adelantado de Canaria; y como Cortés lo supo, hubo gran placer, y luego como llegó, despues de haber hecho oracion delante de Nuestra Señora y dado limosna á pobres y mandar decir Misa, puesto que llevaba luto por su padre y su mujer y por Gonzalo de Sandoval, fué muy acompañado de los caballeros que llevó de la Nueva-España y con otros que se le habian allegado para su servicio, y fué á hacer gran acato á la señora doña María de Mendoza, y á una señora doncella, su hermana, que era muy hermosa, y á todas las demas señoras que con ellas venian, y como Cortés en todo era muy cumplido y regocijado, y la fama de sus grandes hechos volaba por toda Castilla, pues plática y agraciada expresiva no le faltaba, y sobre todo, mostrarse muy franco y tener riquezas de que dar, comenzó á hacer grandes presentes de muchas joyas de oro de diversas hechuras á todas aquellas señoras, y despues de las joyas, dió penachos de plumas verdes llenas de argentería de oro y de perlas, y en todo lo que dió fué muy aventajada la señora doña María de Mendoza y la señora su hermana.

Y despues que hubo hecho aquellos ricos presentes, dió por sí sola á la señora doncella ciertos tejuelos de oro muy fino para que hiciese joyas, y tras esto, mandó dar mucho liquidámbar y bálsamo para que se sahumasen; y mandó á los indios maestros de jugar el palo con los piés, que delante de aquellas señoras les hiciesen fiesta y trujesen el palo de un pié al otro, que fué cosa de que se contentaron y aun se admiraron de lo ver; y demas de todo esto, supo Cortés que de la tierra por donde habia venido la señora doncella se le mancó una acémila, y secretamente mandó comprar dos muy buenas y que las entregasen á los mayordomos que traian cargo de su servicio; y aguardó en la villa de Guadalupe hasta que partiesen para la córte, que en aquella sazon estaba en Toledo, y fuéles acompañando y sirviendo é haciendo banquetes y fiestas, y tan gran servidor se mostró, que lo sabia muy bien hacer y representar, que la señora doña María de Mendoza le trató casamiento con su hermana; y si Cortés no fuera desposado con la señora doña Juana de Guzman, sobrina del duque de Béjar, ciertamente tuviera grandísimos favores del comendador mayor de Leon y de la señora doña María de Mendoza, su mujer, y su majestad le diera la gobernacion de la Nueva-España.

Dejemos de hablar en este casamiento, pues todas las cosas son guiadas y encaminadas por la mano de Dios, y diré cómo escribió la señora doña María de Mendoza al comendador mayor de Leon, su marido, sublimando en gran manera las cosas de Cortés, y que no era nada la fama que tiene de sus heróicos hechos para lo que ha visto y conocido de su persona y conversacion y franqueza, y le representó otras gracias que en él habia conocido y los servicios que le habia hecho, y que le tenga por su muy gran servidor, y que á su majestad le haga sabidor de todo y le suplique que le haga mercedes.

Y como el comendador mayor vió la carta de su mujer, se holgó con ella; y como era el más privado que hubo en nuestros tiempos del Emperador, llevóle la misma carta á su majestad, y de su parte le suplicó que en todo le favoreciese, y ansí su majestad lo hizo, como adelante diré; é dijo el duque de Béjar y el almirante al Cortés, como por pasatiempo, cuando hubo llegado á la córte, que habian oido decir á su majestad, cuando supo que habia venido á Castilla, que tenia deseos de ver y conocer á su persona, que tantos y tan buenos servicios le ha hecho, y de quien tantos males le han informado que hacia con mañas y astucias.

Pues llegado Cortés á la córte, su majestad le mandó señalar posada.

Pues por parte del duque de Béjar y del conde de Aguilar y de otros grandes señores, sus deudos, le salieron á recebir y se le hizo mucha honra; y otro dia, con licencia de su majestad, fué á le besar sus Reales piés, llevando en su compañía por sus intercesores, por más le honrar, al Almirante y al duque de Béjar y al comendador mayor de Leon; y Cortés, despues de demandar licencia para hablar, se arrodilló en el suelo, y su majestad le mandó levantar, y luego representó sus muchos y notables servicios, todo lo acontecido en las conquistas é ida de Honduras, y las tramas que hubo en Méjico del factor y veedor, y recontó todo lo que llevaba en la memoria; y porque era muy larga relacion, y por no embarazar más á su majestad, entre otras pláticas, dijo:

—«Ya vuestra majestad estará cansado de me oir, y para un tan gran Emperador y Monarca de todo el mundo, como vuestra majestad es, no es justo que un vasallo como yo tenga tanto atrevimiento, y mi lengua no está acostumbrada á hablar con vuestra majestad, y podria ser que mi sentido no diga con aquel tan debido acato que debo todas las cosas acaecidas; aquí tengo este memorial, por donde vuestra majestad podrá ver, si fuese servido, todas las cosas muy por extenso cómo pasaron.»

Y entónces se hincó de rodillas para besarle los piés por las mercedes que fué servido hacerle en le haber oido, y el Emperador nuestro señor le mandó levantar; y el Almirante y el duque de Béjar dijeron á su majestad que era digno de grandes mercedes, y luego le hizo marqués del Valle y le mandó dar ciertos pueblos, y aun le mandaba dar el hábito de señor Santiago, y como no se lo señalaron con renta, se calló por entónces; que esto yo no lo sé bien de qué manera fué; y le hizo capitan general de la Nueva-España y mar del Sur, y Cortés se tornó á humillar para besarle sus Reales piés, y su majestad le mandó que se levantase.

Y despues de hechas estas grandes mercedes, donde ahí á pocos dias que habia llegado á Toledo adoleció Cortés, que llegó á estar tan al cabo, que creyeron que se muriera; y el duque de Béjar y el comendador mayor don Francisco de los Cóbos suplicaron á su majestad que, pues que Cortés tan grandes servicios le habia hecho, que le fuese á visitar ántes de su muerte á su posada; y su majestad fué acompañado de duques, marqueses y condes y del don Francisco de los Cóbos, y le visitó; que fué muy grande favor, y por tal se tuvo en la córte; y despues que estuvo Cortés bueno, como se tenia por tan grande privado de su majestad, y el conde de Nasao le favorecia, y el duque de Béjar y el almirante de Castilla, un domingo yendo á Misa, ya su majestad estaba en la iglesia mayor, acompañado de duques y marqueses y condes, y estaban asentados en sus asientos conforme al estilo y calidad que entre ellos se tenia por costumbre de se asentar, vino Cortés algo tarde á Misa, sobre cosa pensada, y pasó por delante de aquellos ilustrísimos señores con su falda de luto alzada, y se fué á asentar cerca del conde de Nasao, que estaba su asiento el más cercano del Emperador; y de que ansí lo vieron pasar delante de aquellos grandes señores de salva, murmuráronlo de su grande presuncion y osadía, y tuviéronlo por desacato, y que no se le habia de atribuir á la policía de lo que dél decian; y entre aquellos duques y marqueses estaba el duque de Béjar y el almirante de Castilla y el duque de Aguilar, y dijeron que aquello no se le habia de tener á Cortés á mal miramiento, porque su majestad por le honrar le habia mandado que se fuese á sentar cerca del conde de Nasao: y que ademas de aquello, que su majestad mandó que mirasen y tuviesen noticia que Cortés, con sus compañeros, habia ganado tantas tierras, que toda la cristiandad le era en cargo; que ellos, los estados que tenian que los habian heredado de sus antepasados por servicios que habian hecho, y que por estar desposado Cortés con su sobrina su majestad le mandaba honrar.

Volvamos á Cortés, y diré que, viéndose tan sublimado en privanza con el Emperador y el duque de Nasao y con el duque de Béjar, y aun del almirante, é ya con título de marqués, comenzó á tenerse en tanta estima, que no tenia cuenta, como era razon con quien le habia favorecido é ayudado para que su majestad le diese el marquesado, ni al Cardenal Fray García de Loyosa ni á Cóbos, ni á la señora doña María de Mendoza ni á los del Real consejo de Indias, que todo se le pasaba por alto, y todos sus cumplimientos eran con el duque de Béjar y conde Nasao y el almirante; é creyendo que tenia muy bien entablado su juego con tener privanza con tan grandes señores, comenzó á suplicar con mucha instancia á su majestad que le hiciese merced de la gobernacion de la Nueva-España, y para ello representó otra vez sus servicios, y que siendo gobernador entendia descubrir por la mar del Sur islas é tierras muy ricas, y se ofreció con otros muchos cumplimientos; y aun echó otra vez por intercesores al conde Nasao y al duque de Béjar y al almirante; y su majestad le respondió que se contentase que le habia dado el marquesado de mucha renta, y que tambien habia de dar á los que le ayudaron á ganar la tierra, que eran merecedores dello; que pues lo conquistaron, que lo gocen.

Y dende allí adelante comenzó de caer de la grande privanza que tenia; porque, segun dijeron muchas personas, el Cardenal, que era presidente del Real consejo de Indias, y los del Real consejo de Indias habian entrado en consulta con su majestad sobre las cosas y mercedes de Cortés, y les pareció que no fuese gobernador; otros dijeron que el comendador mayor y la señora doña María de Mendoza le fueron algo contrarios porque no hacia cuenta dellos; ora sea por lo uno ó por lo otro, el Emperador no le quiso más oir, por más que le importunaban, sobre la gobernacion.

Y en este instante se fué su majestad á embarcar á Barcelona para pasar á Flandes, y fueron acompañándole muchos duques y marqueses, y siempre él echaba por intercesores aquellos duques y marqueses para suplicar á su majestad que le diese la gobernacion; y su majestad respondió al conde Nasao que no le hablase más en aquel caso, que ya le habia dado un marquesado que tenia más renta de la que el conde Nasao tenia con todo su estado.

Dejemos á su majestad embarcado con buen viaje, y volvamos á Cortés y las grandes fiestas que se hicieron á sus velaciones, y de las ricas joyas que dió á la señora doña Juana de Zúñiga su mujer; é fueron tales, que, segun dijeron quien las vió, y la riqueza dellas, que en toda Castilla no se habian dado más estimadas; y de algunas dellas la serenísima Emperatriz doña Isabel, nuestra señora, tuvo voluntad de las haber, segun lo que dellas le contaban los lapidarios, y aun dijeron que ciertas piedras que Cortés le hubo presentado, que se descuidó ó no quiso dalle de las más ricas, como las que dió á la marquesa, su mujer.

Quiero traer á la memoria otras cosas que á Cortés le acaecieron en Castilla el tiempo que estuvo en la córte, y fué, que triunfaba con mucha alegría, y segun dijeron muchas personas que vinieron de allá, que estaban en su compañía, que hubo fama que la serenísima Emperatriz doña Isabel, nuestra señora, no estaba tan bien en los negocios de Cortés como al principio que llegó á la córte, cuando alcanzó á saber que habia sido ingrato al Cardenal y al Real Consejo de Indias, y aun al comendador mayor de Leon y con la señora doña María de Mendoza, y alcanzó á saber que tenia otras muy ricas piedras, mejores que las que le hubo dado; y con todo esto que le informaron, mandó á los del Real Consejo de Indias que en todo fuese ayudado; y entónces capituló Cortés que enviaria por ciertos años por la mar del Sur dos navíos de armada bien abastecidos, y con setenta soldados y capitanes con todo género de armas, á su costa, á descubrir islas é otras tierras, y que de lo que descubriese le harian ciertas mercedes; á las cuales capitulaciones me remito, porque ya no se me acuerdan.

Y tambien en aquel instante estaba en la córte un don Pedro de la Cueva, comendador mayor de Alcántara, hermano del duque de Alburquerque, porque este caballero fué el que su majestad habia mandado que fuese á la Nueva-España con gran copia de soldados á cortar la cabeza á Cortés si le hallase culpado, é á otras cualesquier personas que hubiesen hecho alguna cosa en deservicio de su majestad; y como vió á Cortés, y supo que su majestad le habia hecho marqués, y era casado con la señora doña Juana de Zúñiga, se holgó mucho dello, y se comunicaba cada dia el comendador don Pedro de la Cueva con el marqués don Fernando Cortés; y dijo al mismo Cortés que si por ventura fuera á la Nueva-España y llevara los soldados que su majestad le mandaba, que por más leal y justificado que le hallase, que por fuerza habia de pagar la costa de los soldados, y aun su huida, y que fueran más de trescientos mil pesos; y que lo hizo mejor de venir ante su majestad.

Y porque tuvieron otras muchas pláticas, que aquí no relato, las cuales de Castilla nos escribieron personas que se hallaron presentes á ellas, y de todo lo demas por mí relatado en el capítulo que dello habla; y demas desto, nuestros procuradores lo escribieron, y aun el mismo marqués escribió los grandes favores que de su majestad alcanzó, y no declaró la causa por que no le dieron la gobernacion.

Dejemos esto, y digo que desde ahí á pocos dias despues que fué marqués envió á Roma á besar los santos piés de nuestro muy Santo Padre el Papa Clemente; porque Adriano, que hacia por nosotros, ya habia fallecido tres ó cuatro años habia, y envió por su embajador á un hidalgo que se decia Juan de Herrada, y con él envió un rico presente de piedras ricas é joyas de oro, y dos indios maestros de jugar el palo con los piés; y le hizo relacion de su llegada á Castilla y de las tierras que habia ganado, y de los servicios que hizo á Dios primeramente y á nuestro gran Emperador, y le dió toda la relacion por un memorial de las tierras, como son muy grandes y la manera que en ellas hay, y que todos los indios eran idólatras y que se han vuelto cristianos, y otras muchas cosas que convenian decir á nuestro muy Santo Padre; y porque yo no lo alcancé á saber tan por extenso como en la carta iba, lo dejaré aquí de decir, y aun esto que aquí digo, despues lo alcanzamos á saber del mismo Juan de Herrada cuando vino de Roma á la Nueva-España; é supimos que enviaba á suplicar á nuestro muy Santo Padre que se quitasen parte de los diezmos.

Y para que bien entiendan los curiosos lectores quién es este Juan de Herrada, fué un buen soldado que hubo ido en nuestra compañía á las Honduras cuando fué Cortés; y despues que vino de Roma fué al Pirú, y le dejó D. Diego de Almagro por ayo de su hijo D. Diego el mozo; y este fué tan privado de D. Diego de Almagro, é fué el capitan de los que mataron á don Francisco Pizarro el viejo, y despues maese de campo de Almagro el mozo.

Volvamos á decir lo que le aconteció en Roma al Juan de Herrada, que despues que fué á besar los santos piés de Su Santidad, y presentó los dones que Cortés le envió y los indios que traian el palo con los piés, Su Santidad lo tuvo en mucho, y dijo que daba gracias á Dios, que en sus tiempos tan grandes tierras se hubiesen descubierto y tantos números de gentes se hubiesen vuelto á nuestra santa fe; y mandó hacer procesiones, y que todos diesen gracias por ello, á Dios nuestro Señor; y dijo que Cortés y todos sus soldados habiamos hecho grandes servicios á Dios primeramente, y al Emperador don Cárlos, nuestro señor, y á toda la cristiandad, y que éramos dignos de grandes mercedes; y entónces nos envió bulas para nos absolver á culpa y á pena de todos nuestros pecados, é otras indulgencias para los hospitales é iglesias, con grandes perdones; y dió por muy bueno todo lo que Cortés habia hecho en la Nueva-España, segun y como su antecesor el Papa Adriano; y en lo de los diezmos no sé si le hizo cierta merced; y escribió á Cortés en respuesta de su carta, y lo que en ella se contenia yo no lo supe, porque, como dicho tengo, deste Juan de Herrada y de un soldado que se decia Campo, que volvieron dende Roma, alcancé á saber lo que aquí escribo; porque, segun dijeron, despues que hubo estado en Roma diez dias, y habian los indios maestros de jugar el palo con los piés estado delante de Su Santidad y de los sacros Cardenales, que se holgaron mucho de lo ver, Su Santidad le hizo merced al Juan de Herrada de le hacer conde palatino y le mandó dar cierta cantidad de ducados para que se volviese, y una carta de favor para el Emperador nuestro señor, que le hiciese su capitan y le diese buenos indios de encomienda.

Y como Cortés ya no tenia mando en la Nueva-España, y no le dió cosa ninguna de lo que el Santo Padre mandaba, se pasó al Pirú, donde fué capitan.

CAPÍTULO CXCVI.

CÓMO ENTRE TANTO QUE CORTÉS ESTABA EN CASTILLA CON TÍTULO DE MARQUÉS, VINO LA REAL AUDIENCIA Á MÉJICO, Y EN LO QUE ENTENDIÓ.

Pues estando Cortés en Castilla con título de marqués, en aquel instante llegó la Real audiencia á Méjico, segun su majestad la habia mandado, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, y por presidente Nuño de Guzman, que solia estar por gobernador en Pánuco, y cuatro licenciados por oidores; los nombres dellos se decian Matienzo, que era natural de Vizcaya ó cerca de Navarra, y Delgadillo, de Granada, y un Maldonado, de Salamanca; no es este el licenciado Alonso Maldonado el bueno, que fué gobernador de Guatimala; y vino un licenciado Parada, que solia estar en la isla de Cuba; y ansí como llegaron estos oidores á Méjico, despues que les hicieron gran recebimiento en la entrada de la ciudad, en obra de quince ó veinte dias que habian llegado, se mostraron muy justificados en hacer justicia, y traian los mayores poderes que nunca á la Nueva-España despues trujeron vireyes ni presidentes, y era para hacer el repartimiento perpétuo, y anteponer á los conquistadores y hacelles muchas mercedes, porque ansí se lo mandó su majestad; y luego hacen saber de su venida á todas las ciudades é villas que en aquella sazon estaban pobladas en la Nueva-España, para que envien procuradores con las memorias y copias de los indios que hay en cada provincia, para hacer el repartimiento perpétuo, y en pocos dias se juntaron en Méjico los procuradores de las ciudades é villas y otros conquistadores; y en aquella sazon estaba yo en Méjico por procurador síndico de la villa de Guacacualco, donde en aquel tiempo era vecino; y como vi lo que el presidente y oidores mandaron, fuí por la posta á nuestra villa para elegir quiénes habian de venir por procuradores para hacer el repartimiento perpétuo; y cuando llegué hubo muchas contrariedades en elegir los que habian de venir, porque unos vecinos querian que viniesen sus amigos, y otros no lo consentian, y por votos hubimos de salir elegidos el capitan Luis Marin y yo.

Llegados á Méjico, demandamos todos los procuradores de las más villas y ciudades que se habian juntado el repartimiento perpétuo, segun su majestad mandaba; y en aquella sazon estaba trastrocado el Nuño de Guzman y el Matienzo y Delgadillo, porque los otros dos oidores, que fueron Maldonado y Parada, luego que á aquella ciudad llegaron fallecieron de dolor de costado; y si allí estuviera Cortés, segun hay maliciosos, tambien le infamaran y dijeran que Cortés los habia muerto.

Y volviendo á nuestra relacion, fué causa de les volver el propósito que no hiciesen el repartimiento segun su majestad mandaba, dijeron muchas personas que lo entendieron muy bien, que fué el factor Salazar, porque se hizo tan íntimo amigo de Nuño de Guzman y de Delgadillo, que no se hacia otra cosa sino lo que mandaba, y tal como el consejo dieron, en tal paró todo; y lo que le aconsejaron fué, que no hiciesen el repartimiento perpétuo por via ninguna; porque, si lo hacian, que no serian tan señores ni los ternian en tanto acato los conquistadores y pobladores, con decir que no les podia dar ni quitar más indios de los que entónces les diese; y de otra manera, que los ternian siempre debajo de su mano, y podrian dar y quitar á quien quisiesen, y serian muy ricos y poderosos; y tambien trataron entre el factor y Nuño de Guzman y Delgadillo que fuese el mismo factor á Castilla por la gobernacion de la Nueva-España para Nuño de Guzman, porque ya sabian que Cortés no tenia tanto favor con su majestad como al principio que fué á Castilla, y no se le habian dado, por más intercesores que echó ante su majestad para que la diesen.

Pues ya embarcado el factor en una nao que llamaban la Sornosa, dió al través con gran tormenta en la costa de Guacacualco, y se salvo en un batel y volvió á Méjico, y no hubo efecto su ida á Castilla.

Dejemos desto, y diré en lo que entendieron luego que á Méjico llegaron el Nuño de Guzman y Matienzo y Delgadillo, y fué en tomar residencia al tesorero Alonso de Estrada, la cual dió muy buena; y si se mostrara tan varon como creimos que lo fuera, él se quedara por gobernador, porque su majestad no le mandaba quitar la gobernacion; ántes, como dicho tengo en el capítulo pasado, habia venido mandado pocos meses habia de su majestad que gobernase sólo el tesorero, y no juntamente con el Gonzalo de Sandoval, y dió por muy buenas las encomiendas que habia de ántes dado, y al Nuño de Guzman no le nombraban en las provisiones más de por presidente y repartidor juntamente con los oidores; y demas desto, si se pusiera de hecho en tener la gobernacion en sí, todos los vecinos de Méjico y los conquistadores que en aquella sazon estábamos en aquella ciudad le favoreciéramos, pues viamos que su majestad no le quitaba del cargo que tenia; y demas desto, vimos en el tiempo que gobernó hacia justicia y tenia mucha voluntad y buen celo de cumplir lo que su majestad mandaba; y dende á pocos dias falleció de enojo dello.

Dejemos de hablar en esto, y diré en lo que luego entendieron en la audiencia Real, y fueron muy contrarios en las cosas del Marqués; y enviaron á Guatimala á tomar residencia á Jorge de Albarado, y vino un Orduña el viejo, natural de Tordesillas, y lo que pasó en la residencia yo no lo sé; y luego le pusieron en Méjico muchas demandas á Cortés por via del fiscal y el factor Salazar, y ansimismo le puso otras demandas, y los escritos que daba en los estrados era con muy gran desacato y palabras muy mal dichas, y que habia hecho muchos deservicios á su cesárea majestad, y otras muchas cosas feas, y tan malas, que el licenciado Juan Altamirano, ya por mí otra vez nombrado, que era la persona á quien Cortés hubo dejado su poder cuando fué á Castilla, se levantó en pié, con su gorra quitada, en los mismos estrados, y dijo al presidente é oidores con mucho acato que suplicaba á su alteza que le mandasen al factor que en los escritos que diese, que fuese bien mirado, y que no le consientan que diga del Marqués, pues es buen caballero y tan grande servidor de vuestra alteza, tan malas y feas palabras, é que demande su justicia como debe; y no aprovechó cosa ninguna lo que el licenciado Altamirano allí en los estrados les suplicó, porque para otro dia tuvo el factor otros más feos escritos; y fué la cosa, segun despues alcanzamos á saber, que el Nuño de Guzman y el Delgadillo le daban lugar á ello en tal manera, que el licenciado Altamirano y el factor, y del presidente é oidores, sobre los escritos vinieron á palabras muy feas é sentidas que entre ellos dijeron, y el Altamirano echó mano á un puñal para el factor, y le iba á dar si no se abrazara con él Nuño de Guzman y Matienzo y Delgadillo, y luego toda la ciudad revuelta, y llevaron preso á las atarazanas al licenciado Altamirano, y al factor á la posada; y los conquistadores fuimos al presidente á suplicar por el Altamirano, y dende allí á tres dias le sacaron de la prision y los hicimos amigos.

Y pasemos adelante, que hubo luego otra tormenta mayor, y fué, que en aquella sazon habia aportado allí á Méjico un deudo del capitan Pánfilo de Narvaez, el cual se decia Zavallos, que le enviaba dende Cuba su mujer del Pánfilo de Narvaez, la cual se decia María de Valenzuela, en busca de su marido Narvaez, que habia ido por gobernador al rio de Palmas, porque ya tenia fama que era perdido ó muerto; y trujo su poder para haber sus bienes do quiera que los hallase, y tambien creyendo que habia aportado á la Nueva-España; y como llegó á Méjico este Zavallos, secretamente, segun el Zavallos dijo y ansí fué fama, el Nuño de Guzman y el Matienzo y Delgadillo le hablaron para que ponga demanda y dé queja de todos los conquistadores que fuimos juntamente con Cortés en desbaratar á Narvaez, y se le quebró el ojo y se quemó su hacienda, y tambien demandó la muerte de los que allí murieron; y el Zavallos, dada su queja como se lo mandaron, y grandes informaciones dello, prendieron á todos los conquistadores que en aquella ciudad nos hallamos, que en las probanzas vieron que fueron en ello, que pasaron de más de ducientos y cincuenta, y á mí tambien me prendieron, y nos sentenciaron en ciertos pesos de oro de tipuzque, y nos desterraron de cinco leguas de Méjico, y luego nos alzaron el destierro, y aun á muchos de nosotros no nos demandaron el dinero de la sentencia, porque era poca cosa.

Y tras esta tormenta, ponen á Cortés otra demanda las personas que mal le querian, y fué, que se habia alzado con mucha cantidad de oro y joyas y plata de gran valía, que se hubo en la toma de Méjico, y aun la recámara de Guatemuz, y que no dió parte dello á los conquistadores, sino á cosa de ochenta pesos, y que en su nombre le envió á Castilla, diciendo que servia á su majestad con ello, y se quedó con la mayor parte dello, que no lo envió todo: y eso que envió, que lo robó en el mar un Juan Florin, frances, corsario, que fué el que ahorcaron en el Puerto Pico, como dicho tengo en los capítulos que dello hablan, y que era obligado el Cortés á pagar todo aquello que el Juan Florin robó, y más lo que escondió, y le pusieron otras demandas, y en todas le condenaban que lo pagase de sus bienes, y se los vendian; y tambien tuvieron manera y concertaron para que un Juan Suarez, cuñado de Cortés, demandase públicamente en los estrados, como se lo mandaron, y presentó testigos cómo y de qué manera dicen que fué su muerte.

Y luego tras esto hubo otros impedimentos, y fué que, como le pusieron á Cortés la demanda que dicho tengo de la recámara de Guatemuz, y del oro y plata que se hubo en Méjico, muchos de los que éramos amigos de Cortés nos juntamos, con licencia de un alcalde ordinario, en casa de un García Holguin, y firmamos que no queriamos parte de aquellas demandas del oro ni de la recámara, ni por nuestra parte fuese compelido Cortés á que pagase ninguna cosa dello, y deciamos que sabiamos cierto y claramente que lo enviaba á su majestad, y lo hubimos por bueno hacer aquel servicio á nuestro Rey y señor; y como el presidente y los oidores vieron que dimos peticiones sobre ello, nos mandaron prender á todos, diciendo que sin su licencia no nos habiamos de juntar ni firmar cosa ninguna; y como vieron la licencia del alcalde, puesto que nos sentenciaron en destierro de Méjico cinco leguas, luego nos le alzaron, y todavía lo recebíamos por grandes molestias y agravios; y luego tras esto se pregonó que todos los que venian del linaje de indios, ó moros que hubiesen quemado ó ensambenitado por la santa Inquisicion en el cuarto grado á sus padres ó abuelos, que dentro de seis meses saliesen de la Nueva-España, so pena de perdimiento de la mitad de sus bienes; y en aquel tiempo vieran el acusar que acusaban unos á otros, y el infamar que hacian, y no salieron de la Nueva-España sino dos.

Y para los conquistadores, como eran tan buenos y cumplian lo que su majestad mandaba, en cuanto al dar indios á los que eran verdaderos conquistadores, á ninguno dejaban de dar indios, é de lo que vacaba les hacian muchas mercedes.

Lo que les echó á perder fué la demasiada licencia que daban para herrar esclavos.

Pues en lo de Pánuco se herraron tantos, que casi despoblaron aquella provincia; y el Nuño de Guzman, que era franco y de noble condicion, envió en aguinaldo una cédula de un pueblo que se dice Guazpaltepeque al contador Albornoz, que habia pocos dias que volvió de Castilla é vino casado con una señora que se decia doña Catalina de Loaisa, y aun trujo el Rodrigo de Albornoz de España licencia de su majestad para hacer un ingenio de azúcar en un pueblo que se dice Cempoal, el cual pueblo en pocos años destruyó.

Volvamos á nuestro cuento: que, como el Nuño de Guzman hacia aquellas franquezas y herraba tantos indios por esclavos, é hizo muchas molestias á Cortés; y del licenciado Delgadillo decian que hacia dar indios á personas que le acudian con cierta renta, y hacia compañías, y tambien porque puso por alcalde mayor en la villa de Guaxaca á su hermano, que se decia Berrio, y hallaron que el hermano llevaba cohechos y hacia muchos agravios á los vecinos; y tambien se halló que en la villa de los zapotecas puso otro teniente, que se decia Delgadillo como él, que tambien llevaba cohechos y hacia injusticias, y el licenciado Matienzo era viejo; y fueron tantas las cosas que dellos decian con probanzas, y aun cartas de los Prelados y religiosos, que, viendo su majestad y los del Real consejo de Indias las informaciones y cartas que contra ellos fueron, mandó que luego sin más dilacion se quitase redondamente toda la Real audiencia y los castigasen, y pusiesen otro presidente é oidores que fuesen de ciencia y buena conciencia y rectos en hacer justicia; y mandó que luego fuesen á la provincia de Pánuco á saber qué tantos mil esclavos habian herrado, y fué el mismo Matienzo por mandado de su majestad, que á este viejo oidor hallaron con ménos cargos y mejor juez que á los demas; y demas desto, luego se dieron por ningunas las cédulas que habian dado para herrar esclavos, y se mandaron quebrar todos los hierros con que se herraban, y que dende allí adelante no se hiciesen más esclavos, y aun se mandó hacer memoria de los que habia en toda la Nueva-España, para que no se vendiesen ni se sacasen de una provincia á otra; y demas desto, mandó que todos los repartimientos y encomiendas de indios que habia dado el Nuño de Guzman y los demas oidores á deudos y paniaguados y á sus amigos, ó á otras personas que no tenian méritos, que luego sin ser más oidos se los quitasen, y los diesen á las personas que su majestad habia mandado que los hubiese.

Quiero traer aquí á la memoria qué pleitos y debates hubo sobre este tornar á quitar los indios de encomienda que ya les habia dado el Nuño de Guzman, juntamente con los oidores; unos alegaban ser conquistadores no lo siendo, é otros pobladores de tantos años, y que si entraban y salian en casa del presidente é oidores, que era para les servir y honrar y acompañar, é hacer lo que por ellos les fuese mandado en cosas que fuesen cumplideras al servicio de su majestad, y que no entraban en sus casas por criados ni paniaguados, y cada uno defendia y alegaba lo que más á su provecho podia; y fué de tal manera la cosa, que á pocos de los que les habian dado los indios, se los tornaron á quitar, sino fué á los que diré aquí: el pueblo de Guazpaltepeque al contador Rodrigo de Albornoz, que le hubo enviado el Nuño de Guzman en aguinaldo; y tambien le quitaron á un Villaroel, marido que fué de Isabel de Ojeda, otro pueblo de Cornabaca, y tambien los quitaron á un mayordomo de Nuño de Guzman, que se decia Villegas, y á otros deudos y criados de los mismos oidores, y otros se quedaron con ellos.

Pues como se supo esta nueva en Méjico, que vino de Castilla, que quitaban redondamente toda la audiencia Real, en lo que entendieron Nuño de Guzman y Delgadillo y Matienzo fué luego enviar procuradores á Castilla para abonar sus cosas con probanzas de testigos que ellos quisieron tomar como quisieron, para que dijesen que eran muy buenos jueces y que hacian lo que su majestad les mandaba, y otros abonos que les convenia decir para que en Castilla los diesen por buenos jueces.

Pues para elegir á las personas que habian de ir con los poderes, ansí para que procurasen por ellos como para cosas que convenian á aquella ciudad y Nueva-España, y á la gobernacion della, mandaron que nos juntásemos en la iglesia mayor todos los procuradores que teniamos poder de las ciudades é villas, que en aquella sazon nos hallamos en Méjico, y con nosotros juntamente algunos conquistadores, personas de cuenta, y por nuestros votos quisieron que eligiéramos para que fuese procurador á Castilla al factor Salazar; porque, como ya he dicho otras veces, puesto que el Nuño de Guzman y el Matienzo y Delgadillo hacian algunos desatinos, ya atrás por mí memorados, por otra parte eran tan buenos para todos los conquistadores y pobladores, que nos daban de los indios que vacaban; y con esta confianza creyeron que votáramos por el factor, que era la persona que ellos querian enviar en nombre.

Pues como nos hubimos juntado en la iglesia mayor de aquella ciudad, como nos fué mandado, eran tantas las voces y tabaola y behetría que daban muchas personas de las que no eran llamadas para aquel efeto, que se entraron por fuerza en la iglesia, que, aunque les mandábamos salir fuera della, no querian ni aun callar; en fin, como cosa de comunidad daban voces; y como aquello vimos, fuimos á decir al presidente é oidores que para otro dia lo dejábamos, y que en casa del mismo presidente, donde hacian la Real audiencia, eligiriamos á quien viésemos que convenia; y despues nos pareció que solamente querian nombrar personas amigas del Nuño de Guzman y Delgadillo y Matienzo; y acordamos se eligiese una persona por parte de los mismos oidores y otra por la parte de Cortés; y fueron nombrados, á Bernardino Vazquez de Tapia por la parte de Cortés, y por la parte de los oidores á un Antonio de Carvajal, que fué capitan de bergantines; mas, á lo que entónces á mí me pareció, ansí el Bernardino Vazquez de Tapia como el Carvajal eran aficionados á las cosas de Nuño de Guzman mucho más que á las de Cortés, y tenian razon, porque ciertamente nos hacian más bien y cumplian algo de lo que su majestad mandaba en dar indios que no Cortés, puesto que los pudiera dar muy mejor que todos en el tiempo que tuvo el mando; mas, como somos tan leales los españoles, por haber sido Cortés nuestro capitan le teniamos aficion, más que él tuvo voluntad de nos hacer bien, habiéndoselo mandado su majestad, pudiendo cuando era gobernador.

Pues ya elegidos, sobre los capítulos que habian de llevar hubo otras contiendas; porque decian el presidente é oidores que era cumplidero al servicio de Dios y de su majestad, y con parecer de todos los procuradores, que no volviese Cortés á la Nueva-España, porque estando en ella siempre habria bandos y revueltas, y quedando en ella no habria buena gobernacion, y por ventura se alzaria con ella; y todos los más procuradores lo contradecíamos, y que era muy leal y gran servidor de su majestad; y en aquella sazon llegó don Pedro de Albarado á Méjico, que habia venido de Castilla y traia la gobernacion de Guatimala, é adelantado, é comendador de Santiago, y casado con una señora que se decia doña Francisca de la Cueva, y falleció aquella señora así como llegó á la Veracruz.

Pues como llegó á Méjico, con mucho luto él y sus criados, y como entendió los capítulos que enviaban por parte del presidente é oidores, túvose órden que el mismo adelantado, con los demas procuradores, escribiésemos á su majestad todo lo que la audiencia Real intentaba; y como fueron los procuradores, por mí ya nombrados, á Castilla con los recaudos y capítulos que habian de pedir, y los del Real Consejo de Indias conocieron que todo iba guiado contra Cortés por pasion, no quisieron hacer cosa que conviniese al Nuño de Guzman ni á los demas oidores, porque ya estaba mandado por su majestad que de hecho les quitasen el cargo; y tambien en este instante Cortés estaba en Castilla, que en todo les fué muy contrario, é volvia por su honra y estado, y luego se apercibió Cortés para venir á la Nueva-España con la señora marquesa su mujer y casa; y entre tanto que viene, diré cómo Nuño de Guzman fué á poblar una provincia que se dice Xalisco, é acertó en ello muy mejor que no Cortés en lo que envió á descubrir, como adelante verán.

CAPÍTULO CXCVII.

CÓMO NUÑO DE GUZMAN SUPO POR CARTAS CIERTAS DE CASTILLA QUE LE QUITABAN EL CARGO, PORQUE HABIA MANDADO SU MAJESTAD QUE LE QUITASEN DE PRESIDENTE Á ÉL Y Á LOS OIDORES, Y VINIESEN OTROS EN SU LUGAR, ACORDÓ DE IR Á PACIFICAR Y CONQUISTAR LA PROVINCIA DE XALISCO, QUE AGORA SE DICE LA NUEVA-GALICIA.

Pues como Nuño de Guzman supo por cartas ciertas que le quitaban el cargo de ser presidente á él y á los oidores, é venian otros oidores; como en aquella sazon todavía era presidente el Nuño de Guzman, allegó todos los más soldados que pudo, así de á caballo como escopeteros y ballesteros, para que fuesen con él á una provincia que se dice Xalisco; y los que no querian ir de grado, apremiábalos que fuesen, ó por fuerza, ó habian de dar dineros á otros soldados que fuesen en su lugar, y si tenian caballos se los tomaban, y cuando mucho, no les pagaban sino la mitad ménos de lo que valian; y los vecinos ricos de Méjico ayudaron con lo que podian, y llevó muchos indios mejicanos cargados y otros de guerra para que le ayudasen, y por los pueblos que pasaba con su fardaje hacíales grandes molestias.

Y fué á la provincia de Mechoacan, que por allí era su camino, y tenian los naturales de los pueblos de aquella provincia, de los tiempos pasados, mucho oro, é aunque era bajo, porque estaba revuelto con plata, le dieron cantidad dello; y porque el Cazonci era el mayor cacique de aquella provincia, que así se llamaba, no le dió tanto oro como le demandaba el Nuño de Guzman, le atormentó y le quemó los piés, y porque le demandaba indios é indias para su servicio, y por otras trancanillas que se le levantaron al pobre cacique, lo ahorcó, que fué una de las más malas é feas cosas que presidente ni otras personas podian hacer, y todos los que iban en su compañía se lo tuvieron á mal é crueldad; y llevó de aquella provincia muchos indios cargados hasta donde pobló la ciudad que agora llaman de Compostela, con harta costa de la hacienda de su majestad y de los vecinos de Méjico, que llevó por fuerza; y porque yo no me hallé en aquesta jornada, se quedará aquí; mas cierto que Cortés ni el Nuño de Guzman jamás se hubieron bien; y tambien sé que siempre se estuvo en aquella provincia el Nuño de Guzman hasta que su majestad mandó que enviasen por él á Xalisco á su costa, y le trujeron preso á Méjico á dar cuenta de las demandas y sentencias que contra él dieron en la Real audiencia que nuevamente en aquella sazon vino, y le prendiesen á pedimiento de Matienzo, y Delgadillo.

Quiérolo dejar en este estado, y diré cómo llegó la Real audiencia á Méjico, y lo que hizo.

CAPÍTULO CXCVIII.

CÓMO LLEGÓ LA REAL AUDIENCIA Á MÉJICO, Y LO QUE SE HIZO.

Ya he dicho en el capítulo pasado cómo su majestad mandó quitar toda la Real audiencia de Méjico, y dió por ningunas las encomiendas de indios que habian dado el presidente é oidores que en ella residian; porque los daban á sus deudos y paniaguados y á otras personas que no tenian méritos; y mandó su majestad que se los quitasen y los diesen á los conquistadores que estaban con pobres repartimientos; y porque tuvieron noticia que no hacian justicia ni cumplieron sus Reales mandatos; é mandó venir otros oidores que fuesen de ciencia y conciencia, y les encargó que en todo hiciesen justicia, y por presidente vino don Sebastian Ramirez de Villaescusa, que en aquella sazon era Obispo de Santo Domingo, y cuatro licenciados por oidores, que se decian el licenciado Alonso Maldonado de Salamanca, y el licenciado Zainos, de Toro ó de Zamora, y el licenciado Vasco de Quiroga, de Madrigal, que despues fué Obispo de Mechoacan, y el licenciado Salmeron, de Madrid; y primero llegaron á Méjico los oidores que llegase el Obispo de Santo Domingo; y se les hizo dos grandes recebimientos, así á los oidores, que vinieron primero, como al presidente, que vino de ahí á pocos dias; y luego mandaron pregonar residencia general, y de todas las ciudades y villas vinieron muchos vecinos y procuradores, y aun caciques y principales, y dieron tantas quejas del presidente é oidores pasados, de agravios y cohechos é injusticias que les habian hecho, que estaban espantados el presidente é oidores que les tomaban la residencia.

Pues los procuradores de Cortés les ponen tantas demandas de los bienes é hacienda que les hicieron vender en las almonedas, como dicho tengo ántes de agora, que si todo en lo que les condenaban hubieran de pagar, montaba sobre ducientos mil pesos de oro.

Y como el Nuño de Guzman estaba en Xalisco, é no queria venir á la Nueva-España á dar su residencia, respondia el Delgadillo y Matienzo en la residencia que les tomaban, que todas aquellas demandas que les ponian eran á cargo del Nuño de Guzman, que como presidente lo mandaba de hecho, y no eran á su cargo, y que mandasen enviar por él, que venga á Méjico á descargarse de los cargos que le ponen; y puesto que ya habia enviado á Xalisco la Real audiencia provisiones para que pareciese personalmente en Méjico, no quiso venir; y el presidente é oidores, por no alborotar la Nueva-España, disimularon la cosa, y hacen saber dello á su Majestad, y luego enviaron sobre ello el Real consejo de Indias á un licenciado que se decia Fulano de la Torre, el cual decian que era natural de Badajoz, para que le tomase residencia en la provincia de Xalisco y para que le traiga preso á Méjico y que le eche preso en la cárcel pública; y trujo comision para que nos pagase el Nuño de Guzman todo en lo que nos sentenció á las conquistadores sobre lo de Narvaez, y lo de las firmas cuando nos echaron presos, como dicho tengo en el capítulo pasado que dello habla, y dejaré apercibiendo á este licenciado de la Torre para venir á la Nueva-España, y diré en qué paró la residencia.

Y es, que al Delgadillo y Matienzo les vendieron sus bienes para pagar las sentencias que contra ellos dieron, y los echaron presos en la cárcel pública por lo que más debian, que no alcanzó á pagar con sus bienes; y á un hermano de Delgadillo, que se decia Berrio, que estaba por alcalde mayor en Guaxaca, hallaron contra él tantos agravios y cohechos que habia llevado, que le vendieron sus bienes para pagar á quien los habia tomado, y le echaron preso por lo que no alcanzaba, y murió en la cárcel: y otro tanto hallaron contra otro pariente de Delgadillo que estaba por alcalde mayor en los zapotecas, que tambien se llamaba Delgadillo, como el pariente, y murió en la cárcel; y ciertamente eran tan buenos jueces y rectos en hacer justicias los nuevamente venidos, que no entendian sino solamente en hacer lo que Dios y su majestad manda, y en que los indios conociesen que les favorecian y que fuesen bien doctrinados en la santa doctrina; y demas desto, luego quitaron que no se herrasen esclavos, y hicieron otras buenas cosas; y como el licenciado Salmeron y el licenciado Zainos eran viejos, acordaron de enviar á demandar licencia á su majestad para se ir á Castilla, porque ya habian estado cuatro años en Méjico y estaban ricos y habian servido bien en los cargos que habian traido, é su majestad les envió licencia, despues de haber dado residencia, que dieron muy buena; pues el presidente don Sebastian Ramirez, Obispo que en aquella sazon era de Santo Domingo, tambien fué á Castilla, porque su majestad le envió á llamar para se informar dél de cosas de la Nueva-España y para ponelle por presidente de la chancillería Real de Granada; y desde cierto tiempo lo pasaron á la de Valladolid y le dieron el obispado de Tuy; y dende á pocos dias vacó el de Leon, y se le dieron, y era presidente, como dicho tengo, en la chancillería de Valladolid, y en aquel instante vacó el obispado de Cuenca, y se le dieron.

Por manera que se alcanzaban unas bulas de los obispados á otras, y por ser buen juez vino á subir en el estado que he dicho; y en esta sazon vino la muerte á llamarle, y paréceme á mí, segun nuestra santa fe, que está en la gloria con los bienaventurados, porque, á lo que conocí y comuniqué con él cuando era presidente en Méjico, en todo era muy recto y bueno, y como tal persona, habia sido, ántes que fuese Obispo de Santo Domingo, inquisidor en Sevilla.

Volvamos á nuestra relacion, y diré del licenciado Alonso Maldonado, que su majestad le mandó que viniese á la provincia de Guatimala é Honduras é Nicaragua por presidente y gobernador, y en todo fué muy bueno y recto juez y gran servidor de su majestad, y aun tuvo título de adelantado de Yucatan por capitulacion que tuvo hecha con su suegro don Francisco de Montejo.

Pues el licenciado Quiroga fué tan bueno, que le dieron el obispado de Mechoacan.

Dejemos de contar destos prosperados por sus virtudes, y volvamos á decir del Delgadillo y Matienzo, que fueron á Castilla y á sus tierras muy pobres, y no con buenas famas; y dende á dos ó tres años dijeron que murieron, é ya en esta sazon habia su majestad mandado que viniese á la Nueva-España por viso-rey el ilustrísimo y buen caballero, é digno de loable memoria, don Antonio de Mendoza, hermano del marqués de Mondéjar; y vinieron por oidores el doctor Quesada, natural de Ledesma, y el licenciado Tejada, de Logroño, y aun en aquel tiempo estaba por oidor el licenciado Maldonado, que aun no habia ido á ser presidente de Guatimala; y tambien vino por oidor un licenciado que se decia Loaysa, natural de Ciudad-Real, y como era hombre viejo, estuvo tres ó cuatro años en Méjico, y allegó pesos de oro para irse á Castilla y se volvió á su casa; y de ahí á poco tiempo vino un licenciado de Sevilla, que se decia Santillana, que despues fué doctor, y todos fueron muy buenos jueces; y despues que se les hizo grandes recebimientos en la entrada de aquella ciudad, se pregonó residencia general contra el presidente é oidores pasados, y todos los hallaron muy rectos y buenos, y usaron de sus cargos conforme á justicia.

Y volviendo á nuestra relacion cerca del Nuño de Guzman, que se estaba en Xalisco, y como el virey don Antonio de Mendoza alcanzó á saber que su majestad mandó venir al licenciado de la Torre á tomalle residencia en Xalisco y echalle preso en la cárcel pública, y hacerle que pagase al marqués del Valle lo que se hallase deberle, y á los conquistadores tambien nos pagase en lo que nos sentenció sobre lo de Narvaez, por hacerle bien y porque no fuese molestado y afrentado, le envió á llamar que viniese luego á Méjico sobre su palabra, y le señaló por posada sus palacios; y el Nuño de Guzman así lo hizo, que se vino luego; y el virey le hacia mucha honra y le favorecia, y comia con él; y en este instante llegó á Méjico el licenciado de la Torre, y como traia mandado de su majestad que luego echase preso á Nuño de Guzman y que en todo hiciese justicia, puesto que primero lo comunicó con el virey, y parece ser no halló tanta voluntad para ello como quisiera, acordó de le sacar de la posada del virey, á do estaba; y decia á voces:

—«Esto manda su majestad; ansí se ha de hacer, y no otra cosa.»

Y lo llevó á la cárcel pública de aquella ciudad, y estuvo preso ciertos dias, hasta que rogó por él el virey, que le sacaron de la cárcel; y como conocieron en el de la Torre que traia recios aceros para no dejar de ejecutar la justicia, y tomar residencia muy á las derechas al Nuño de Guzman; y como la malicia humana muchas veces no deja cosa en que pueda infamar que no infame, parece ser que, como el licenciado de la Torre era algo aficionado al juego, especial de naipes; puesto que no jugaba sino al triunfo, é á la primera por pasatiempo, quien quiera que fué, por parte de Nuño de Guzman, como en aquel tiempo se usaban traer unos tabardos con mangas largas, especial los juristas, metieron en una de las mangas del tabardo del licenciado de la Torre una baraja de naipes de los chinos, y ataron la manga de arte que no se pudiesen salir en aquel instante; é yendo el licenciado por la plaza de Méjico, acompañado de personas de calidad, quien quiera que fué en metelle los naipes, tuvo manera que se le desató, é saliéronsele los naipes pocos á pocos, y dejó rastro dellos en el suelo en la plaza por donde iba, é las personas que le iban acompañando, desque vieron salir de aquella manera los naipes, se lo dijeron, que mirase lo que traia en la manga del tabardo; y cuando el licenciado vió tan grande burla dijo con grande enojo:

—«Bien parece que no quieren que haga yo justicia á las derechas; mas si no me muero, yo la haré de manera que su majestad sepa deste desacato que conmigo se ha hecho.»

Y dende á pocos dias cayó malo, y de pensamiento dello ó de otras cosas, de calenturas que le ocurrieron murió.

CAPÍTULO CXCIX.

CÓMO VINO DON FERNANDO CORTÉS, MARQUÉS DEL VALLE, DE ESPAÑA, CASADO CON DOÑA MARÍA DE ZÚÑIGA, CON TÍTULO DE MARQUÉS DEL VALLE Y CAPITAN GENERAL DE LA NUEVA-ESPAÑA Y DE LA MAR DEL SUR; Y CÓMO TRUJO CONSIGO AL PADRE FRAY JUAN LEGUIZAMO Y OTROS ONCE FRAILES DE LA MERCED, Y DEL RECEBIMIENTO QUE SE LE HIZO.

Como habia mucho tiempo que Cortés estaba en Castilla, é ya casado, como dicho tengo, y con título de marqués y capitan general de la Nueva-España y de la mar del Sur, tuvo gran deseo de se volver á la Nueva-España á su casa y estado é tomar posesion de su marquesado; y como supo que estaban las cosas en Méjico en el estado que he referido, de la manera ya por mí dicha, se dió priesa, é se embarcó con toda su casa, é trujo en su compañía doce frailes de la Merced para que llevasen adelante lo que habia dejado empezado fray Bartolomé, ya por mí memorado, y los que despues dél fueron, y estos de ahora no eran ménos virtuosos é buenos que los otros; que se los dió por tales á Cortés el general de la Merced por mandado del consejo de las Indias, é venia por cabeza dellos un fray Juan de Leguizamo, vizcaino, buen letrado y santo, segun decian, y con él se confesaba el marqués y la marquesa; é como dicho he, embarcáronse todos, é con buen tiempo que les hizo en la mar, llegó Cortés con los suyos, ménos un fraile de los doce, que se murió á pocos dias de embarcacion al puerto de la Veracruz, é se hizo recebimiento, mas no con la solenidad que solia; y luego se fué por ciertas villas de su marquesado.

Y llegado á Méjico, se le hizo otro recebimiento; y en lo que entendió fué en presentar sus provisiones de marqués y hacerse pregonar por capitan de la Nueva-España y del mar del Sur, y demandar al viso-rey y audiencia Real que le contasen sus vasallos de la manera que él pensó; y esto me parece á mí que vino mandado de su majestad para que se los contase; porque, á lo que yo entendí, cuando le dieron el marquesado demandó á su majestad que le hiciese merced de ciertas villas y pueblos con tantos mil vecinos tributarios; y porque esto yo no lo sé bien, remítome á los caballeros é otras personas que lo saben mejor, y á los pleitos que sobre ello se han traido; porque tenia el marqués en el pensamiento, cuando demandó á su majestad aquella merced de los vasallos, que se habia de contar cada casa de vecino ó cacique ó principal de aquellas villas por un tributario, como si dijésemos ahora que no se habian de contar los hijos varones que eran ya casados, ni yernos, ni otros muchos indios que estaban en cada casa en servicio del dueño della, sino solamente cada vecino por un tributario, ora tuviese muchos hijos ó yernos ó otros allegados criados; y la audiencia Real de Méjico proveyó que lo fuese á contar un oidor de la misma Real audiencia, que se decia el doctor Quesada, y comenzó á contar desta manera: el dueño de cada casa por un tributario, y si tenian hijos de edad, cada hijo un tributario, y si tenia yernos, cada yerno un tributario, y los indios que tenia en su servicio, aunque fuesen esclavos, cada uno contaban por un tributario.

Por manera que en muchas de las casas contaban diez y doce y quince tributarios; y Cortés tenia por sí, y así lo proponia, y demandó á la Real audiencia que cada casa era un vecino y se habia de contar sólo un tributario; y si cuando el marqués suplicó á su majestad le hiciese merced del marquesado, le declarara que le diera tal villa y tal villa con los vecinos y moradores que tenia, su majestad le hiciera merced dellas; y el marqués creyó y tenia por cierto que demandando los vasallos que acertaba en ello, y salió al contrario.

Por manera que nunca le faltaron pleitos, y á esta causa estuvo mal con las cosas del doctor Quesada, que se los fué á contar, y aun con el viso-rey y audiencia Real no le faltaron cosquillas, y se hizo relacion dello á su majestad por parte de la Real audiencia, para saber de la manera que habian de contar; y se estuvo suspenso el contar de los vasallos ciertos años, que siempre el marqués llevó sus tributos dellos sin haber cuenta.

Volvamos á nuestra materia: como esto pasó, de ahí á pocos dias se fué desde Méjico á una villa de su marquesado, que se dice Cornabaca, y llevó á la marquesa, é hizo allí su asiento, que nunca más la trujo á la ciudad de Méjico.

Y demas desto, como dejó capitulado con la serenísima Emperatriz doña Isabel, nuestra señora, de gloriosa memoria, y con los del Real consejo de Indias, que habia de enviar armadas por la mar del Sur á descubrir islas y tierras, y todo á su costa, comenzó á hacer navíos en un puerto de una su villa, que era en aquel tiempo del marquesado, que se dice Teguantepeque, y en otros puertos de Zacatula y Acapulco; y las armadas que envió diré adelante, que nunca tuvo ventura en cosa que pusiese la mano, sino todo se le tornaba espinas y se le hacia mal; muy mejor acertó Nuño de Guzman, como adelante diré.

CAPÍTULO CC.

DE LOS GASTOS QUE EL MARQUÉS DON HERNANDO CORTÉS HIZO EN LAS ARMADAS QUE ENVIÓ Á DESCUBRIR, Y CÓMO EN TODO LO DEMAS NO TUVO VENTURA; É HE MENESTER VOLVER MUCHO ATRÁS DE MI RELACION PARA QUE BIEN SE ENTIENDA LO QUE AHORA DIJERE.

En el tiempo que gobernaba la Nueva-España Márcos de Aguilar por virtud del poder que para ello le dejó el licenciado Luis Ponce de Leon al tiempo que falleció, segun ya lo he declarado muchas veces ántes que Cortés fuese á Castilla, envió el mismo marqués del Valle cuatro navíos que habia labrado en una provincia que se dice Zacatula, bien bastecidos de bastimento y artillería, con buenos marineros y con ducientos y cincuenta soldados, y mucho rescate de cosas de mercería de Castilla, y todo lo que era menester de vituallas y pan bizcocho para más de un año, y envió en ellos por capitan general á un hidalgo que se decia Albarado de Saavedra; fué su viaje y derrota para las islas de los Malucos y Especería ó la China, y este fué por mandado de su majestad, que se lo hubo escrito á Cortés desde la ciudad de Granada en 22 de Junio de 1526 años; y porque Cortés me mostró la misma carta á mí y á otros conquistadores que le estábamos teniendo compañía, lo digo y declaro aquí; y aun le mandó su majestad á Cortés que á los capitanes que enviase, que fuesen á buscar una armada que habia salido de Castilla para la China, é iba en ella por capitan un frey don García de Loaysa, comendador de San Juan de Rodas; y en esta sazon que se apercebia el Saavedra para el viaje, aportó á la costa de Guantepeque un patache, que era de los que habian salido de Castilla con la armada del mismo comendador que dicho tengo, y venia en el mismo patache por capitan un Ortuño de Lango, natural de Portugalete; del cual dicho capitan y pilotos que en el patache venian se informó el Álvaro de Saavedra Ceron de todo lo que quiso saber, y aun llevó en su compañía á un piloto y á dos marineros, y se lo pagó muy bien, porque volviesen otra vez con él, y tomó plática de todo el viaje que habian traido y de las derrotas que habian de llevar.

Y despues de haber dado las instrucciones y avisos que los capitanes y pilotos que van á descubrir suelen dar en sus armadas, despues de haber oido Misa y encomendádose á Dios, se hicieron á la vela en el puerto de Esguatanejo, que es la provincia de Colima ó Zacatula, que no lo sé bien, y fué en el mes de Diciembre en el año de 1527 ó 28, y quiso Nuestro Señor Jesucristo encaminalles, que fueron á los Malucos é á otras islas; y los trabajos y hambres y dolencias que pasaron, y aun muchos que se murieron en aquel viaje, yo no lo sé; mas yo vi dende á tres años en Méjico á un marinero de los que habian ido con el Saavedra, y contaba cosas de aquellas islas y ciudades donde fueron, que yo me estaba admirado; y estas son las tierras é islas que ahora van desde Méjico con armada á descubrir y tratar; y aún oí decir que los portugueses que estaban por capitanes en ellas, que prendieron al Saavedra ó á gente suya y que los llevaron á Castilla, ó que tuvo dello noticia su majestad; y como há tantos años que pasó y yo no me hallé en ello, más de, como tengo dicho, haber visto la carta que su majestad escribió á Cortés, en esto no diré más.

Quiero decir ahora cómo en el mes de Mayo de 1532 años, despues que Cortés vino de Castilla, envió desde el puerto de Acapulco otra armada con dos navíos bien bastecidos con todo género de bastimentos y marineros, los que eran menester, y artillería y rescate, y ochenta soldados escopeteros y ballesteros, y envió por capitan general á un Diego Hurtado de Mendoza; y estos dos navíos envió á descubrir por la costa del Sur á buscar islas y tierras nuevas; y la causa dello es, porque, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, así lo tenia capitulado Cortés con los del Real consejo de Indias cuando su majestad se fué á Flandes.

Y volviendo á decir del viaje de los dos navíos, fué que, yendo el capitan Hurtado sin ir á buscar islas ni se meter mucho en la mar ni hacer cosa que de contar sea, se apartaron de su compañía amotinados más de la mitad de los soldados que llevaba con él un navío; y dicen que ellos mismos, por concierto que entre el capitan y los amotinados se hizo, fué dalles el navío en que iban para volver á la Nueva-España; mas nunca tal es de creer, que el capitan les diera licencia, sino que ellos se la tomaron; é ya que daban vuelta los amotinados, les hizo el tiempo contrario y les echó en tierra, y fueron á tomar agua, y con mucho trabajo vinieron á Xalisco, y dieron nuevas dello, y desde allí voló la nueva á Méjico, de lo cual le pesó mucho á Cortés; y el Diego Hurtado corrió siempre la costa, y nunca se oyó decir más dél ni del navío, ni jamás pareció.

Quiero dejar de decir desta armada, pues se perdió; y diré cómo Cortés luego despachó otros dos navíos que estaban ya hechos en el puerto de Guantepeque, los cuales basteció muy cumplidamente, así de pan como de carne, y todo lo necesario que en aquel tiempo se pudo haber, y con mucha artillería y buenos marineros, y setenta soldados y cierto rescate, y por capitan dellos á un hidalgo que se decia Diego Becerra de Mendoza, de los Becerras de Badajoz ó Mérida; y fué en el otro navío por capitan un Hernando de Grijalva, y este Grijalva iba debajo de la mano deste Becerra; y fué por piloto mayor un vizcaino que se decia Ortuño Jimenez, gran cosmógrafo; y Cortés mandó á Becerra que fuese por la mar en busca del Diego Hurtado, y si no le hallase, se metiese en mar alta, y buscasen islas y tierras nuevas, porque habia fama de ricas islas de perlas; y el piloto Ortuño Jimenez cuando estaba platicando con otros pilotos en las cosas de la mar, ántes que partiese para aquella jornada, decia y prometia de les llevar á tierras bien afortunadas de riquezas, que así las llamaban, y decian tantas cosas, cómo serian todos ricos, que algunas personas lo creian; y despues que salieron del puerto de Guantepeque, la primera noche se levantó un viento contrario, que apartó los dos navíos el uno del otro, que nunca más se vieron; y bien se pudieran tornar á juntar, porque luego hizo buen tiempo, salvo que el Hernando de Grijalva, por no ir debajo de la mano de Becerra, se hizo luego á la mar y se apartó con su navío, porque el Becerra era muy soberbio y mal acondicionado; y en tal paró, segun adelante diré; y tambien se apartó el Hernando de Grijalva porque quiso ganar honra por sí mismo si descubria alguna buena isla, y metióse dentro en la mar más de ducientas leguas, y descubrió una isla que le puso nombre Santo Tomé, y estaba despoblada.

Dejemos á Grijalva y á su derrota, y volveré á decir lo que le acaeció al Becerra con el piloto Ortuño Jimenez: es que riñeron en el viaje, y como el Becerra iba malquisto con todos los más soldados que iban en la nao, concertó el Ortuño, con otros vizcainos marineros y con los soldados con quien habia tenido palabras el Becerra, de dar en él una noche y matarle, y así lo hicieron, que estando durmiendo le despacharon al Becerra y á otros soldados; y si no fuera por dos frailes franciscos que iban en aquella armada, que se metieron en despartillos, más males hubiera; y el piloto Jimenez con sus compañeros se alzaron con el navío, y por ruego de los frailes les fueron á echar en tierra de Xalisco, así á los religiosos como á otros heridos; y el Ortuño Jimenez dió vela, y fué á una isla que la puso nombre Santa-Cruz, donde dijeron que habia perlas y estaba poblada de indios como salvajes; y como saltó en tierra para tomar agua, y los naturales de aquella bahía ó isla estaban de guerra, los mataron, que no quedaron salvo los marineros que quedaban en el navío; y como vieron que todos eran muertos, se volvieron al puerto de Xalisco con el navío, y dieron nuevas de lo acaecido, y certificaron que la tierra era buena y bien poblada y rica de perlas; y luego fué esta nueva á Méjico; y como Cortés lo supo, hubo gran pesar de lo acaecido; y como era hombre de corazon que no reposaba, con tales sucesos acordó de no enviar más capitanes, sino ir él en persona.

Y en aquel tiempo tenia sacados de astillero tres navíos de buen porte en el puerto de Guantepeque; y como le dieron las nuevas que habia perlas adonde mataron al Ortuño Jimenez, y porque siempre tuvo en pensamiento de descubrir por la mar del Sur grandes poblaciones, tuvo voluntad de lo ir á poblar, porque así lo tenia capitulado con la serenísima Emperatriz doña Isabel, de gloriosa memoria, como ya dicho tengo, y los de Real consejo de Indias, cuando su majestad pasó á Flandes.

Y como en la Nueva-España se supo que el Marqués iba en persona, creyeron que era á cosa cierta y rica, y viniéronle á servir tantos soldados, así de á caballo y otros arcabuceros y ballesteros, y entre ellos treinta y cuatro casados, que se le juntaron por todos sobre trecientas y veinte personas, con las mujeres casadas; y despues de bien bastecidos los navíos de mucho bizcocho y carne y aceite, y aun dijeron vino y vinagre y otras cosas pertenecientes para bastimento; y llevó mucho rescate y tres herreros con sus fraguas y dos carpinteros de ribera con sus herramientas, y otras muchas cosas que aquí no relato por no me detener, y con buenos y expertos pilotos y marineros, mandó que los que se quisiesen ir á embarcar al puerto de Guantepeque, donde estaban los tres navíos, que se fuesen, y esto por no llevar tanto embarazo por tierra; y él se fué desde Méjico con el capitan Andrés de Tapia y otros capitanes y soldados, y llevó clérigos y religiosos que le decian Misa, y llevó médicos y cirujanos y botica.

Y llegados al puerto adonde se habian de hacer á la vela, ya estaban allí los tres navíos que vinieron de Guantepeque; y como todos los soldados se vinieron juntos, con sus caballos y á pié, Cortés se embarcó con los que le pareció que podrian ir de la primera barcada hasta la isla ó bahía que nombraron de Santa-Cruz, adonde decian que habia perlas; y como Cortés llegó con buen viaje á la isla, que fué en el mes de Mayo de 1536 ó 7 años, que ya no me acuerdo, y luego despachó los navíos para que volviesen los demas soldados y mujeres casadas, y caballos que quedaban aguardando con el capitan Andrés de Tapia, y luego se embarcaron, y alzadas velas, yendo por su derrota, dióles un temporal que les echó cabe un gran rio, que le pusieron nombre San Pedro y San Pablo; y asegurado el tiempo, volvieron á seguir su viaje, y dióles otra tormenta que les despartió á todos tres navíos, y el uno dellos fué al puerto de Santa-Cruz, adonde Cortés estaba, y el otro fué á encallar y dar al través en tierra de Xalisco; y los soldados que en él iban estaban muy descontentos del viaje, y de muchos trabajos, se volvieron á la Nueva-España, y otros se quedaron en Xalisco.

Y el otro navío aportó á una bahía que llamaron el Guayabal; y pusiéronle este nombre porque habia allí mucha fruta que llaman guayabas; y como habian dado el través, tardaban tanto y no acudian donde Cortés estaba, y les aguardaban por horas, porque se les habian acabado los bastimentos; y en el navío que dió al través en tierra de Xalisco iba la carne y bizcocho y todo el más bastimento; á esta causa estaban muy congojosos así Cortés como todos los soldados, porque no tenian qué comer; y en aquella tierra no cogen los naturales del maíz, que son gente salvaje y sin policía, y lo que comen es frutas de las que hay entre ellos, y pesquerías y mariscos, y de los soldados que estaban con Cortés, de hambres y de dolencias se murieron veinte y tres, y muchos más estaban dolientes, y maldecian á Cortés y á su isla y bahía y descubrimiento.

Y cuando aquello vió, acordó de ir en persona con el navío que allí aportó, y con cincuenta soldados y con dos herreros y carpinteros y tres calafates, en busca de los otros dos navíos, porque por los tiempos y vientos que habian corrido, entendió que habian dado al través; é yendo en busca dellos, halló al uno encallado, como dicho tengo, en la costa de Xalisco, y sin soldados ningunos, y el otro estaba cerca de unos arrecifes, y con gran trabajo y con tornallos á aderezar y calafatear, volvió á la isla de Santa-Cruz con sus tres navíos y bastimento, y comieron tanta carne los soldados que lo aguardaban, que como estaban debilitados de no comer cosas de sustancia de muchos dias atrás, les dió cámaras y tanta dolencia, que se murieron la mitad dellos.

Y por no ver Cortés delante de sus ojos tantos males, fué á descubrir á otras tierras, y entónces toparon con la California, que es una bahía; y como Cortés estaba tan trabajado y flaco, deseábase volver á la Nueva-España; sino que de empacho, porque no dijesen dél que habia gastado gran cantidad de pesos de oro, y no habia topado tierras de provecho ni tenia ventura en cosa que pusiese la mano, y que eran maldiciones de los soldados y conquistadores verdaderos de la Nueva-España, á este efeto no se iba.

Y en aquel instante, como la marquesa doña Juana de Zúñiga, su mujer, no sabia ningunas nuevas, más que habia dado al través un navío en la costa de Xalisco, estaba muy penosa, creyendo no se hubiese muerto ó perdido; y luego envió en su busca dos navíos, los cuales uno dellos fué en que habia vuelto á la Nueva-España el Grijalva, que habia ido con el Becerra, y el otro navío era nuevo, que lo acabaron de labrar en Guantepeque; los cuales dos navíos cargaron de bastimento lo que en aquella sazon pudieron haber, y envió por capitan dellos á un Fulano de Ulloa, y escribió muy afectuosamente al marqués, su marido, con palabras y ruegos que luego se volviese á Méjico á su Estado y marquesado, y que mirase los hijos é hijas que tenia, y dejase de porfiar más con la fortuna, y se contentase con los heróicos hechos y fama que en todas partes hay de su persona; y asimismo le escribió el Virey D. Antonio de Mendoza muy sabrosa y amorosamente, pidiéndole por merced que se volviese á la Nueva-España.

Los cuales dos navíos con buen viaje llegaron donde Cortés estaba, y cuando vió cartas del Virey y los ruegos de la marquesa é hijos, dejó por capitan con la gente que allí tenia á Francisco de Ulloa, y todos los bastimentos que para él traia, y luego se embarcó, y vino al puerto de Acapulco, y tomado tierra, á buenas jornadas vino á Cornabaca, á donde estaba la marquesa, con la cual hubo mucho placer; y todos los vecinos de Méjico se holgaron con su venida, y aun el Virey y Audiencia Real; porque habia fama que se decia en Méjico que se querian alzar todos los caciques de la Nueva-España viendo que no estaba en la tierra Cortés.

Y demas desto, luego se vinieron todos los soldados y capitanes que habia dejado en aquella isla ó bahía que llaman la California; y esto de su venida no sé de qué manera fué, si ellos de hecho se vinieron, ó el Virey y la Audiencia Real les dió licencia para ello; y desde á pocos meses, como Cortés estaba algo más reposado, envió otros navíos bien bastecidos, así de pan y carne como de buenos marineros, y sesenta soldados y buenos pilotos, y fué en ellos por capitan el Francisco de Ulloa, otras veces por mí nombrado; y aquestos navíos que envió, fué que la Audiencia Real de Méjico se lo mandaba expresamente que los enviase, para cumplir Cortés lo capitulado con su majestad, segun dicho tengo en los capítulos pasados que dello hablan.

Volvamos á nuestra relacion, y es que salieron del puerto de la Natividad por el mes de Junio de mil y quinientos y treinta y tantos años, y esto de los años no me acuerdo bien; y le mandó Cortés al capitan que corriesen la costa adelante y acabasen de bajar la California, y procurasen de buscar al capitan Diego Hurtado, que nunca más pareció; y tardó en el viaje en ir y venir siete meses, y sé que no hizo cosa que de contar sea; y volvió al puerto de Xalisco, y dende á pocos dias que el Ulloa estaba en tierra descansando, un soldado de los que habia llevado en su capitanía le aguardó en parte que le dió de estocadas, donde le mató; y en esto que he dicho paró los viajes y descubrimientos que el marqués hizo; y aun le oí decir muchas veces que habia gastado en las armadas sobre trecientos mil pesos de oro; y para que su majestad le pagase alguna cosa dello, y sobre el contar de los vasallos, determinó de ir á Castilla, y para demandar á Nuño de Guzman cierta cantidad de pesos de oro de los que la Real audiencia le hubo sentenciado al Nuño de Guzman que pagase á Cortés de cuando le mandó vender sus bienes; porque en aquel tiempo el Nuño de Guzman fué preso á Castilla; y si miramos en ello, en cosa ninguna tuvo ventura despues que ganó la Nueva-España, y dicen que son maldiciones que le echaron.

CAPÍTULO CCI.

CÓMO EN MÉJICO SE HICIERON GRANDES FIESTAS Y BANQUETES POR ALEGRÍA DE LAS PACES DEL CRISTIANÍSIMO EMPERADOR NUESTRO SEÑOR, DE GLORIOSA MEMORIA, CON EL REY FRANCISCO DE FRANCIA, CUANDO LAS VISTAS DE AGUAS-MUERTAS.

En el año de 38 vino nueva á Méjico que el Cristianísimo Emperador nuestro señor, de gloriosa memoria, fué á Francia, y el Rey Francisco de Francia le hizo gran recebimiento en un puerto que se dice Aguas-Muertas, donde se hicieron paces y se abrazaron los Reyes con gran amor, estando presente madama Leonor, Reina de Francia, mujer del Rey Francisco y hermana del Emperador, de felice recordacion, nuestro señor, donde se hizo gran solemnidad y fiestas en aquellas paces, y por honra y alegría dellas, el Virey don Antonio de Mendoza y el marqués del Valle y la Real audiencia y ciertos caballeros conquistadores hicieron grandes fiestas.

En esta sazon habian hecho amistades el marqués del Valle y el Visorey don Antonio de Mendoza, que estaban algo amordazados sobre el contar de los vasallos del marquesado y sobre que el Virey favoreció mucho al Nuño de Guzman para que no pagase la cantidad de pesos de oro que se debia á Cortés desde el tiempo que fué el Nuño de Guzman presidente en Méjico; y acordaron de hacer grandes fiestas y regocijos, y fueron tales, que otras como ellas, á lo que á mí me parece, no he visto hacer en Castilla, así de justas y juegos de cañas, correr toros, encontrarse unos caballeros con otros, y otros grandes disfraces que habia; é todo esto que he dicho no es nada para las muchas invenciones de otros juegos, como se solian hacer en Roma cuando entraban triunfando los cónsules y capitanes que habian vencido batallas, y los epitafios y carteles que sobre cada cosa habia; y el inventor de aquellas cosas fué un caballero romano que se decia Luis de Leon, persona que decian que era de linaje de los patricios, natural de Roma.

Y es, que como se acabaron de hacer las fiestas, mandó el marqués apercebir navíos y matalotaje para ir á Castilla, para suplicar á su majestad que le mandase pagar algunos pesos de oro de los muchos que habia gastado en las armadas que envió á descubrir; y porque tenia pleitos con Nuño de Guzman, que en aquella sazon le envió preso al Nuño de Guzman la audiencia Real á España, y tambien tenia pleitos sobre el contar de los vasallos; y entónces Cortés me rogó á mí que fuese con él, y que en la córte demandaria mejor mis pueblos ante los señores del Real consejo de Indias que no en la audiencia Real de Méjico; y luego me embarqué y fuí á Castilla, y el marqués no fué de ahí á dos meses, porque dijo que no tenia allegado tanto oro como quisiera llevar, y porque estaba malo del empeine del pié, del caño que le dieron, y esto fué en el año de 540; y porque el año pasado de 539 falleció la serenísima Emperatriz nuestra señora, doña Isabel, de gloriosa memoria, la cual falleció en Toledo en 1.º dia del mes de Mayo, y fué llevado á sepultar su cuerpo á la ciudad de Granada, y por su muerte se hizo gran sentimiento en la Nueva-España, y se pusieron todos los más conquistadores grandes lutos, é yo, como regidor que era de la villa de Guacacualco é conquistador más antiguo, me puse grandes lutos, y con ellos fuí á Castilla; y llegado á la córte, me los torné á poner mucho mayores, como era obligado, por la muerte de nuestra Reina y señora.

Y en aquel tiempo tambien llegó á la córte Hernando Pizarro, que vino del Perú, y fué cargado de luto, con más de cuarenta hombres que llevaba consigo, que le acompañaban; y tambien en esa sazon llegó Cortés á la córte con luto él y sus criados, que estaba en aquella sazon la córte en Madrid; y los señores del Real Consejo de Indias, como supieron que Cortés llegaba cerca de Madrid, le mandaron salir á recebir, y le señalaron por posada las casas del comendador don Juan de Castilla; y cuando algunas veces iba Cortés al Real Consejo de Indias, salia un oidor hasta la puerta donde hacian el acuerdo del Real Consejo, y le llevaba con mucho acato á los estrados donde estaba el presidente don Fray García de Loaysa, Cardenal de Sigüenza, y despues fué Arzobispo de Sevilla; y oidores el licenciado Gutierre Velazquez y el Obispo de Lugo y el doctor don Juan Bernal Diaz de Luco y el doctor Beltran; y un poco junto de las sillas de aquellos señores caballeros le ponian á Cortés otra silla é le oian; y desde entónces nunca más volvió á la Nueva-España, porque entónces le tomaron residencia, y su majestad no le quiso dar licencia para que se volviese á la Nueva-España, puesto que echó por intercesores al almirante de Castilla y al duque de Béjar y al comendador mayor de Leon; y aun tambien echó por intercesora á la señora doña María de Mendoza, y nunca le quiso dar licencia su majestad; ántes mandó que le detuviesen hasta acabar de dar la residencia, y nunca la quisieron concluir; y la respuesta que le daban en el Real Consejo de Indias era, que hasta que su majestad viniese de Flandes de hacer el castigo de Gante, que no podian dalle licencia.

Y tambien en aquella sazon al Nuño de Guzman le mandaron desterrar de su tierra y que siempre anduviese en la córte, y le sentenciaron en cierta cantidad de pesos de oro; mas no le quitaron los indios de su encomienda de Xalisco; y tambien andaba él y sus criados cargados de luto; y como en la córte nos veian, así al marqués Cortés como al Pizarro y al Nuño de Guzman y todos los demas que veniamos de la Nueva-España á negocios, y otras personas del Perú con lutos, tenian por chiste de llamarnos los indianos peruleros enlutados.

Volvamos á nuestra relacion: que tambien en aquel tiempo á Hernando Pizarro le mandaron echar preso en la Mota de Medina, y entónces me vine yo á la Nueva-España, y supe que habia pocos meses que se habian alzado en las provincias de Xalisco unos peñoles que se llaman Cochitlan, y que el virey don Antonio de Mendoza los envió á pacificar á ciertos capitanes, y á uno que se decia Cristóbal de Oñate, y los indios alzados daban grandes combates á los españoles y soldados, que de Méjico enviaron á demandar socorro al don Pedro de Albarado, que en aquella sazon estaba en unos sus navíos de una gran armada que hizo en lo de Guatimala para la China; y fué á favorecer á los españoles que estaban sobre los peñoles por mí ya nombrados, y llevó gran copia de soldados, y dende á pocos dias murió por causa de un caballo que le tomó debajo y le machucó el cuerpo, como adelante diré.

Y quiero dejar esta plática, y traeré á la memoria dos armadas que salieron de la Nueva-España: la una era la que hizo el virey don Antonio de Mendoza, y la otra fué la que hizo don Pedro de Albarado, segun dicho tengo.

CAPÍTULO CCII.

CÓMO EL VIREY DON ANTONIO DE MENDOZA ENVIÓ TRES NAVÍOS Á DESCUBRIR POR LA BANDA DEL SUR EN BUSCA DE FRANCISCO VAZQUEZ CORONADO, Y LE ENVIÓ BASTIMENTOS Y SOLDADOS, QUE ESTABAN EN LA CONQUISTA DE LA CIBOLA.

Ya he dicho en el capítulo pasado que dello habla que el virey don Antonio de Mendoza y la Real audiencia de Méjico enviaron á descubrir las siete ciudades, que por otro nombre se llama Cibola, y fué por capitan general un hidalgo que se decia Francisco Vazquez Coronado, natural de Salamanca, que en aquella sazon se habia casado con una señora que, ademas de ser virtuosa, era hermosa, hija del tesorero Alonso de Estrada, y en aquel tiempo estaba el Francisco Vazquez por gobernador, aunque se lo habian quitado.

Pues partidos por tierra con muchos soldados de á caballo y escopeteros y ballesteros, habia dejado por su teniente en lo de Xalisco á un hidalgo que se decia Fulano de Oñate; y despues de ciertos meses que hubo llegado á las siete ciudades, pareció ser que un fraile francisco que se decia Fray Márcos de Nica, habia ido de ántes á descubrir aquellas tierras, ó fué en aquel viaje con el mismo Francisco Vazquez Coronado, que esto no lo sé bien; y cuando llegaron á las tierras de la Cibola, y vieron los campos tan llanos y llenos de vacas y toros disformes de los nuestros de Castilla, y los pueblos y casas con sobrados, y subian por escaleras, parecióle al fraile que seria bien volver á la Nueva-España, como luego vino, á dar relacion al virey don Antonio de Mendoza que enviase navíos por la costa del Sur, con herraje y tiros y pólvora y ballestas y armas de todas maneras, y vino y aceite y bizcocho, porque le hizo relacion que las tierras de la Cibola estaban en la comarca de la costa del Sur, y que con los bastimentos y herraje serian ayudados el Francisco Vazquez y sus compañeros, que ya quedaban en aquella tierra; y á esta causa envió los tres navíos que dicho tengo, y fué por capitan general un Hernando de Alarcon, maestresala que fué del mismo Virey, y fué por capitan de otro navío un hidalgo que se dice Márcos Ruiz de Rojas, natural de Madrid; otros dijeron que habia ido por capitan de otro navío un Fulano Maldonado; y porque yo no fuí en aquella armada, mas de por oidas lo digo desta manera; y fueron dadas todas las instrucciones á los pilotos y capitanes de lo que habian de hacer y cómo se habian de regir y navegar.

CAPÍTULO CCIII.

DE UNA MUY GRANDE ARMADA QUE HIZO EL ADELANTADO DON PEDRO DE ALBARADO EN EL AÑO DE 1537.

Razon es que se traiga á la memoria y no quede por olvido una muy buena armada que el Adelantado don Pedro de Albarado hizo el año de 1537 en la provincia de Guatimala, donde era gobernador, y en un puerto que se dice Acaxatla, en la banda del Sur, y fué para cumplir ciertas capitulaciones que con su majestad hizo la segunda vez que volvió á Castilla, y vino casado con una señora que se decia doña Beatriz de la Cueva; y fué el concierto que se capituló con su majestad, que el Adelantado pusiese ciertos navíos y pilotos y marineros y soldados y bastimentos, y todo lo que hubiese menester, á su costa, para enviar á descubrir por la via del poniente á la China ó Malucos ó otras cualesquier islas de la Especería, y para lo que descubriese, su majestad le prometió en las mismas tierras que le haria ciertas mercedes y daria renta en ellas; y porque yo no he visto lo capitulado, me remito á ello, y por esta causa lo dejo de poner en esta relacion.

Y volviendo á nuestra materia, y es que, como siempre el Adelantado fué muy servidor de su majestad, lo cual se pareció en las conquistas de la Nueva-España é ida del Pirú, y en todo puso su persona, con cuatro hermanos suyos, que sirvieron á su majestad en lo que pudieron; y en esto de ir á lo del Poniente con buena armada, se quiso aventajar á todas las armadas que hizo el marqués del Valle, de las cuales tengo hecha larga relacion en los capítulos que dello hablan; y esto que digo es porque puso en la mar del Sur trece navíos de buen porte, y entre ellos una galera y un patache, y todos muy bien bastecidos, así de pan como de carne y pipas de agua, y todo bastimento que en aquella sazon pudieron haber, y muy bien artillados, y con buenos pilotos y marineros, los que habian menester.

Pues para hacer tan pujante armada, y estando tan apartados del puerto de la Veracruz, que son más de ducientas leguas hasta donde se labraron los navíos, que en aquella sazon de la Veracruz se trajo el hierro para la clavazon y anclas y pipas, y otras muchas cosas pertenecientes para aquella flota, gastó en ella más millares de pesos de oro que en Castilla se pudieran gastar aunque se labraran en Sevilla ochenta navíos; y fueron tantos los gastos que hizo, que no le bastó la riqueza que trajo del Pirú, ni el oro que le sacaban de las minas en la provincia de Guatimala, ni los tributos de sus pueblos, ni lo que le presentaron sus deudos y amigos y lo que tomó fiado de mercaderes; é ya que en aquella ocasion se quisiera ayudar de traer anclas é hierro y otras muchas cosas pertenecientes para los navíos, desde el Puerto de Caballos no venian navíos ni mercaderes, ni se trataba aquel puerto en aquella sazon como ahora.

Volvamos á nuestra relacion: que aún no es nada los pesos de oro que gastó en los navíos para lo que dió á capitanes y alférez y maeses de campo y á seiscientos y cincuenta soldados, y los muchos caballos que entónces compró, que valian los buenos á trecientos pesos, y los comunes á ciento y cincuenta y á ducientos; pues arcabuces y pólvora y ballestas y todo género de armas fueron tan excesivos gastos, los cuales se podrán colegir; y fueron tan altos los pensamientos que tuvo de hacer gran servicio á su majestad, y descubrille por el Poniente la China ó Malucos y Especería, y aun de conquistar algunas islas della, y á lo ménos dar traza que por la parte de su gobernacion hubiese el trato della, pues que aventuraba toda su hacienda y persona.

Pues ya puesto á punto sus naos para navegar, y en cada una sus estandartes Reales, y señalados pilotos y capitanes, y dadas las instrucciones de lo que habian de hacer y derrotas que habian de llevar, y las señas de los faroles para de noche, y á todos los soldados, como dicho tengo, que fueron sobre seiscientos y cincuenta, con más de ducientos caballos; y despues de oido Misa del Espíritu Santo, el mismo Adelantado por capitan general de toda su armada, dan velas en ciertos dias del año de 1538, y fué navegando por su derrota hasta el puerto de la Purificacion, que es en la provincia de Xalisco, porque en aquel puerto habia de tomar agua y más soldados y bastimento.

Pues como supo el Virey D. Antonio de Mendoza desta tan pujante armada, que para en estas partes era muy grande, y de los muchos soldados y caballos y artillería que llevaba, tuvo por muy gran cosa de cómo pudo juntar y armar trece navíos en la costa del Sur, y allegar tantos soldados, estando tan apartado del puerto de la Veracruz y de Méjico: es cosa de pensar en ello á las personas que tienen noticia destas tierras y saben los gastos que hacen.

Pues como el Virey D. Antonio de Mendoza supo y se informó que era para descubrir la China, y alcanzó á saber de pilotos y cosmógrafos que se podia descubrir muy bien por el Poniente, y se lo certificó un deudo suyo que se decia Villalóbos, que sabia mucho de alturas y del arte de navegacion, acordó de escribir desde Méjico al Adelantado con ofertas y buenos prometimientos para que se diese órden en que la armada hiciese compañía con él: para lo efetuar fueron á hacer el concierto D. Luis de Castilla y un mayordomo mayor del Virey, que se decia Agustin Guerrero.

Y despues que el Adelantado vió los recaudos que llevaban para hacer concierto, y bien platicado sobre el negocio, se concertó que se viesen el Virey y el Adelantado en un pueblo que se dice Chiribitio, que es en la provincia de Mechoacan, que era de la encomienda de un Juan de Albarado, deudo del mismo Adelantado; y como el Virey supo adónde se habian de ver, fué en posta desde Méjico al pueblo por mí nombrado, donde estaba el Adelantado aguardando al Virey para hacer la plática, y allí se vieron, y concertaron que fuesen entrambos á dos á ver la armada, y luego fueron, y cuando lo hubieron visto, se volvieron á Méjico, para desde allí enviar capitan general de toda la flota; y el Adelantado queria que fuese un deudo suyo por general, que se decia Juan de Albarado (no digo por el de Chiribitio, sino otro su sobrino), que tenia indios en Guatimala; y el Virey queria que fuese juntamente con él un Fulano Villalóbos; y en este tiempo tuvo mucha necesidad el Adelantado de venir á su gobernacion de Guatimala á cosas que le convenian, y lo dejó todo aparte por estar presente en su armada, y fué al puerto de la Natividad por tierra, donde en aquella sazon estaban todos sus navíos y soldados, para que por su mano fuesen despachados.

É ya que estaban para se hacer á la vela, le vino una carta que le envió un Cristóbal de Oñate, que estaba por teniente de gobernador de aquella provincia de Xalisco, por ausencia de Francisco Vazquez Coronado, que habia ido por capitan á las siete ciudades que llaman de Cibola, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, y lo que el Oñate en la carta le decia, era que, pues en todo era gran servidor de su majestad, en este caso que ahora ha ocurrido se parecerán muy mejor sus servicios; que por amor de Dios, que luego con brevedad le vaya á socorrer con su persona y soldados y caballos y arcabuceros, porque está cercado en partes que si no son socorridos no se podrá defender de muchas capitanías de indios guerreros que están en unas fuerzas y peñoles que se dicen de Cochitlan, y que han muerto á muchos españoles de los que estaban en su compañía, y se temia no le acabasen de desbaratar; y le significó en la carta otras muchas lástimas, y que á salir los indios de aquellos peñoles é fortaleza vitoriosos, la Nueva-España estaba en gran peligro.

Y como el Adelantado vió la carta, y en ella las palabras que dicho tengo, y otros españoles le dijeron en el peligro en que estaban, luego mandó juntar sus soldados, así de caballo como arcabuceros y ballesteros, y fué en posta á hacer aquel socorro, y cuando llegó al real estaban tan afligidos los cercados, que si no fuera por él, segun se vió, los mataran los indios, y con su llegada aflojaron algo, y no que dejasen de dar muy bravosa guerra; y estando peleando entre unos peñoles un soldado, pareció ser que el caballo en que iba se le derriscó, y vino rodando por el peñol abajo con tan gran furia y saltos por donde el Adelantado estaba, que no se pudo apartar á cabo ninguno, sino que el caballo le encontró de arte, que le trató mal y le quebrantó todo el cuerpo, porque le tomó debajo, y fué de tal manera, que se sintió muy malo, y para guarecelle y curallo, creyendo que no fuera tanto el quebramiento, le llevaron en andas á curar á una villa, que era la más cercana de aquellos peñoles, que se dice la Purificacion; é yendo por el camino se comenzó á pasmar, y llegado á la villa, de ahí á pocos dias, despues de se haber confesado y comulgado, dió el ánima á Dios nuestro Señor, que la crió. Algunas personas dijeron que hizo testamento, y no ha parecido.

Falleció aqueste caballero por sacalle luego del real, que si de allí no le sacaran y le curaran como era razon, no se pasmara; y á todas las cosas que Nuestro Señor hace y ordena démosle muchas gracias y loores por ello; pues ya es fallecido, perdónele Dios.

En aquella villa le enterraron con la mayor pompa que pudieron; y despues he oido decir que Juan de Albarado, el encomendero de Chiribitio, llevó sus huesos de donde estaban enterrados al mismo pueblo de su encomienda, y mandó hacer muchas honras y Misas y limosnas por su ánima.

Pues como se supo su muerte en el real de Cochitlan y en su flota y armada, como no habia capitan general ni cabeza que los mandase, muchos de los soldados se fueron cada uno por su parte con las pagas que les dieron, y cuando á Méjico llegó esta nueva, todos los más caballeros, juntamente con el Virey, la sintieron; y como faltó el Adelantado, luego en posta envian por el Virey para que les vaya á socorrer, y el Virey no pudo ir luego, y envió al licenciado Maldonado, é hizo lo que pudo en aquel socorro; y luego fué el Virey y llevó todos los soldados que pudo allegar, y quiso Dios que venció á los indios de los peñoles, y desbaratados, se volvieron á Méjico á cabo de muchos dias que en esta guerra estuvieron con gran trabajo.

Dejemos aquel socorro que el Adelantado hizo, pues á todos los cercados ayudó, y él murió del arte que ya he dicho; é quiero decir que, como se supo en Guatimala de su muerte, la tristeza y lloros que hubo en su casa, y su querida mujer doña Beatriz de la Cueva rompia la cara y se mesaba los cabellos, juntamente con sus damas y doncellas que tenia para casar; pues su amada hija y señores hijos, y un caballero, yerno suyo, que se dice don Francisco de la Cueva, primo segundo del duque de Alburquerque, que dejaba por gobernador de aquella provincia, tuvieron mucho pesar, y todos los vecinos conquistadores hicieron sentimiento y le hicieron solenes honras, porque el Obispo don Francisco Marroquin, de buena memoria, sintió mucho su muerte, y con toda la clerecía y cera y pompa que pudieron rogaban á Dios por su ánima cada dia; y en esto de las honras puso el Obispo gran solicitud.

Y tambien quiero decir que un mayordomo del Adelantado, por mostrar más tristeza por la muerte de su señor, mandó que se entintasen todas las paredes de las casas con un betun de tinta que no se pudiese quitar.

Y tambien oí decir que muchos caballeros iban á consolar á la señora doña Beatriz de la Cueva, mujer del Adelantado, porque no tomase tanta tristeza por su marido, y le decian que diese gracias á Dios, pues que dello fué servido; y ella, como buena cristiana, decia que así se las daba; y como las mujeres son tan lastimosas por lo que bien quieren, y que deseaba morirse y no estar en este triste mundo con tantos trabajos: traigo aquí esto á la memoria por lo que el coronista Francisco Lopez de Gómora dice en su Corónica, que dijo aquella señora que ya no tenia nuestro Señor Jesucristo en qué más mal la pudiese hacer de lo hecho, y por aquella blasfemia fué servido que desde á pocos dias vino en esta ciudad una tormenta y tempestad de agua y cieno y piedras muy grandes y maderos muy gordos, que descendió de un volcan que está media legua de Guatimala, que derribó toda la mayor parte de las casas donde vivia aquella señora, mujer del Adelantado, estando en una recámara rezando con sus damas y doncellas, que las tomó á todas debajo, y las más se ahogaron.

Y en las palabras que dijo el Gómora que habia dicho aquella señora, no pasó como dice, sino como dicho tengo; y si nuestro Señor Jesucristo fué servido de la llevar deste mundo, fué secreto de Dios; de la cual avenida y terremoto diré adelante en su tiempo y lugar; y quiero ahora referir otras cosas que son muy de notar: que con haber servido el Adelantado tan bien á su majestad, y con sus cuatro hermanos, que se decian Jorge, Gonzalo y Gomez y Juan, y todos Albarados, cuando falleció, como dicho tengo, no les quedaron á sus hijos é hijas ningunos pueblos de los que tenia en su encomienda, habiéndolos él ganado y conquistado, y haber venido á descubrir esta Nueva-España con Juan de Grijalva y despues con Cortés.

Pues digamos agora adónde murieron él y sus hijos y mujer y hermanos, que es cosa de mirar en ello.

Ya he dicho que murió en lo de Achitlan, y su hermano Jorge de Albarado en la villa de Madrid, yendo á suplicar á su majestad le gratificase sus servicios, y esto fué en el año de 1540; y el Gomez de Albarado en el Pirú; el Gonzalo de Albarado no se me acuerda si murió en Guaxaca ó en Méjico; el Juan de Albarado yendo á la isla de Cuba á poner cobro en la hacienda que dejó en aquella isla.

Pues sus hijos, el mayor, que se decia don Pedro, fué á Castilla en compañía de un su tio que se decia Juan de Albarado el mozo, vecino que fué de Guatimala, é iba á besar los piés del Emperador nuestro señor y traerle á la memoria los servicios de su padre; y nunca más se supo nueva dellos, porque creyeron que se perdieron en la mar ó los cautivaron moros.

Pues don Diego, el hijo menor, como se vió perdido, volvió al Pirú, y en una batalla murió.

Pues doña Beatriz, su mujer, ya he dicho dos veces cómo la tormenta la llevó deste mundo, á ella y á otras señoras que estaban en su compañía.

Tengan agora más cuenta los curiosos letores desto que aquí tengo referido, y miren que el Adelantado murió solo sin su querida mujer y amadas hijas, y la mujer sin su querido marido, y los hijos el uno yendo á Castilla y el otro en una batalla en el Pirú, y los hermanos segun y de la manera que dicho tengo. Nuestro Señor Jesucristo los lleve á su santa gloria, amen.

Agora nuevamente se han hecho en esta ciudad de Guatimala dos sepulcros juntos al altar de la santa iglesia mayor para traer los huesos del Adelantado don Pedro de Albarado, que están enterrados en el pueblo de Chiribitio, y traidos que sean á esta ciudad, enterrarles en el un sepulcro, y el otro sepulcro es para que cuando Dios nuestro Señor sea servido llevar desta presente vida á don Francisco de la Cueva y á doña Leonor de Albarado, su mujer, ó hija del mismo Adelantado, enterrarse en ellos; porque á su costa traen los huesos de su padre y mandaron hacer el sepulcro en la santa iglesia, como dicho tengo.

Dejemos esta materia, y volveré á decir en lo que paró la armada, y es, que despues que murió, como he referido, dende á un año, poco más ó ménos tiempo, el Virey don Antonio de Mendoza mandó que tomasen ciertos navíos, los mejores y más nuevos de los trece que enviaba el Adelantado á descubrir la China por la banda del Poniente, y envió por capitan de los navíos á un su deudo, que se decia Fulano de Villalóbos, y que se fuese la mesma derrota que tenia concertado de enviar á descubrir; y en lo que paró este viaje yo no lo sé bien, y á esta causa no doy más relacion dello; y tambien he oido decir que nunca los herederos del Adelantado cobraron cosa ninguna, ansí de navíos como de bastimento, sino que todo se perdió.

Dejemos esta materia, é diré lo que Cortés hizo.

CAPÍTULO CCIV.

DE LO QUE EL MARQUÉS DEL VALLE HIZO DESDE QUE ESTABA EN CASTILLA.

Como su majestad volvió á Castilla á hacer el castigo de Gante, é hizo la gran armada para ir sobre Argel, le fué á servir en ella el marqués del Valle, y llevó en su compañía á su hijo el mayorazgo: tambien llevó á don Martin Cortés, el que hubo en doña Marina, y llevó muchos escuderos y criados y caballos, y gran copia y servicio, y se embarcó en una buena galera, en compañía de don Enrique Enriquez; y como Dios fué servido hubiese tan recia tormenta, se perdió casi que toda la Real armada; tambien dió al través la galera en que iba Cortés, y escapó él y sus hijos y todos los más caballeros que en ella iban, con gran riesgo de sus personas; y en aquel instante, como no hay tanto acuerdo como debia haber, especialmente viendo la muerte al ojo, dijeron muchos de los criados de Cortés que le vieron que se ató en unos paños revueltos al brazo y en el paño ciertas joyas de piedras muy riquísimas que llevaba como gran señor, como se suele decir, para no menester, y con la revuelta del salir en salvo de la galera, y con la mucha multitud de gente que habia, se le perdieron todas las joyas y piedras que llevaba, que, á lo que decian, valian muchos pesos de oro.

Y volveré á decir de la gran tormenta y pérdida de caballeros y soldados que se perdieron. Aconsejaron á su majestad los capitanes y maestres de campo que eran del Real consejo de guerra, que luego alzase el cerco y real de sobre Argel, y se fuese por Bujía, pues que veian que nuestro Señor Dios fué servido dalles aquel tiempo contrario, y no se podia hacer más de lo hecho; en el cual acuerdo y consejo no llamaron á Cortés para que diese su parecer; y de que lo supo, dijo que si su majestad era servido, que él entendia, con el ayuda de Dios y con la buena ventura de nuestro César, que con los soldados que estaban en el campo, de tomar á Argel; y tambien dijo á vueltas destas palabras muchos loores de sus capitanes y compañeros que nos hallamos con él en la conquista de Méjico, diciendo que fuimos para sufrir hambres y trabajos, y que do quiera que les llamase hacia con ellos heróicos hechos, y que heridos y entrapajados no dejaban de pelear y tomar cualquier ciudad y fortaleza, aunque sobre ello aventurasen á perder las vidas; y como muchos caballeros le oyeron aquellas palabras, dijeron á su majestad que fuera bien haberle llamado á consejo de guerra, y que se tuvo á descuido no haberle llamado; otros caballeros dijeron que si no fué llamado fué porque sentian en el marqués que seria de contrario parecer, y aquel tiempo de tanta tormenta no daba lugar á muchos consejeros, salvo que su majestad y los más caballeros de la Real armada se pusiesen en salvo, porque estaban en muy gran peligro, y que el tiempo andando, con el ayuda de Dios volverian á poner cerco á Argel; y ansí, se fueron por Bujía.

Dejemos esta materia, y diré cómo volvieron á Castilla de aquella trabajosa jornada. Y como el marqués estaba muy cansado, ansí de estar en Castilla en la córte y haber venido por Bujía, é ya era viejo, quebrantado del camino ya por mí dicho, deseaba en gran manera volver á la Nueva-España si le dieran licencia; y como habia enviado á Méjico por su hija la mayor, que se decia doña María Cortés, que tenia concertado de la casar con D. Álvaro Perez Osorio, hijo del marqués de Astorga y heredero del marquesado, y le habia prometido sobre cien mil ducados de oro en casamiento, y otras muchas cosas de vestidos y joyas, y vino á recibirla á Sevilla; y este casamiento se desconcertó, segun dijeron muchos caballeros, por culpa de D. Álvaro Perez Osorio; de que el marqués recibió tanto enojo, que de calenturas y cámaras que tuvo recias estuvo al cabo; y andando con su dolencia, que siempre empeoraba, acordó salir de Sevilla por quitarse de muchas personas que le importunaban en negocios, y se fué á Castilleja de la Cuesta para allí entender en su alma y ordenar su testamento; y cuando lo hubo ordenado como convenia, y haber recebido los santos Sacramentos, fué nuestro Señor Jesucristo servido de llevalle deste trabajoso mundo, y murió en 2 dias del mes de Diciembre de 1547 años, y llevóse su cuerpo á enterrar con grande pompa y muchos lutos y clerecía, y grande sentimiento de muchos caballeros, y fué enterrado en la capilla de los duques de Medina-Sidonia; y despues fueron traidos sus huesos á la Nueva-España, y están en un sepulcro en Cuyoacan ó en Tezcuco; esto no lo sé bien; porque ansí lo mandó en su testamento.

Quiero decir la edad que tenia, á lo que á mí se me acuerda; lo declararé por esta cuenta que diré: en el año que pasamos con Cortés dende Cuba á la Nueva-España fué el de 519 años, y entónces solia decir, estando en conversacion de todos nosotros los compañeros que con él pasamos, que habia treinta y cuatro años, y veinte y ocho que habian pasado hasta que murió, que son sesenta y dos años.

Las hijas é hijos que dejó legítimos fué don Martin Cortés, marqués que agora es, y doña María Cortés, la que he dicho que estaba concertada en el casamiento con don Álvaro Perez Osorio, heredero del marquesado de Astorga; que despues casó esta doña María con el conde de Luna, de Leon; y á doña Juana, que casó con don Hernando Enriquez, que ha de heredar el marquesado de Tarifa, y á doña Catalina de Arellano, que murió en Sevilla; y más digo, que las llevó la señora marquesa doña Juana de Zúñiga, su madre, á Castilla cuando vino por ellas un fraile de Santo Domingo, que se dice fray Antonio de Zúñiga, el cual fraile era hermano de la misma marquesa; y tambien se casó otra señora doncella que estaba en Méjico, que se decia doña Leonor Cortés, con un Juanes de Tolosa, vizcaino, persona rica, que tenia sobre cien mil pesos y unas buenas minas de plata; del cual casamiento tuvo mucho enojo el marqués el mozo, que vino á la Nueva-España.

Y tambien tuvo dos hijos varones bastardos, que se decian don Martin Cortés, que fué comendador de Santiago; este caballero hubo en doña Marina la lengua; é á don Luis Cortés, que tambien fué comendador de Santiago, que hubo en otra señora que se decia doña Fulana de Hermosilla; y hubo otras tres hijas bastardas; la una hubo en una indiana de Cuba que se decia doña Fulana Pizarro, y la otra en otra indiana mejicana; y sé yo que estas señoras doncellas tenian buen dote, porque dende niñas les dió buenos indios, que fueron unos pueblos que se dicen Chinanta, y en el testamento y mandas que hizo, yo no lo sé bien, mas tengo en mí que, como sábio, lo haria bien, y tuvo mucho tiempo para ello, y como era viejo, que lo haria con mucha cordura y mandaria descargar su conciencia; y mandó que hiciesen un hospital en Méjico, y tambien mandó que en una su villa que se dice Cuyoacan, que está obra de dos leguas de Méjico, que se hiciese un monasterio de monjas, y que le trajesen sus huesos á la Nueva-España; y dejó buenas rentas para cumplir su testamento, y las mandas fueron muchas y buenas y de muy buen cristiano; y por excusar prolijidad no lo declaro, é tambien por no me acordar de todas, aquí no las relato.

La letra y blason que traia en sus armas é reposteros fueron de muy esforzado varon y conforme á sus heróicos hechos, y estaban en latin, y como yo no sé latin, no lo declaro; y traia en ellos siete cabezas de Reyes presos en una cadena, é á lo que á mí me parece, segun vi y entiendo, fueron los Reyes que agora diré: Montezuma, gran señor de Méjico, é Cacamatzin, su sobrino de Montezuma, que tambien fué gran señor de Tezcuco, é á Coadlabaca, que ansimismo era señor de Iztapalapa y de otros pueblos, y al señor de Tacuba é al señor de Cuyoacan, é á otro gran cacique de dos provincias que se decian Tulapa, junto á Matalcingo.

Este que dicho tengo, decian que era hijo de una su hermana de Montezuma, y muy propincuo heredero de Méjico; y el postrer Rey fué Guatemuz, el que nos dió guerra é defendia la ciudad cuando la ganamos á ella y á sus provincias; y estos siete grandes caciques son los que el marqués traia en sus reposteros y blasones por armas, porque de otros Reyes yo no me acuerdo que se hubiesen preso que fuesen Reyes, como dicho tengo en el capítulo que dello habla; pasaré adelante, y diré su proporcion y condicion de Cortés.

Fué de buena estatura y cuerpo y bien proporcionado y membrudo, y la color de la cara tiraba algo á cenicienta, é no muy alegre; y si tuviera el rostro más largo, mejor le pareciera; los ojos en el mirar amorosos, y por otra graves; las barbas tenia algo prietas y pocas y rasas, y el cabello que en aquel tiempo se usaba era de la misma manera que las barbas, y tenia el pecho alto y la espalda de buena manera, y era cenceño y de poca barriga y algo estevado, y las piernas y muslos bien sacados, y era buen jinete y diestro de todas armas, ansí á pié como á caballo, y sabia muy bien menearlas, y sobre todo, corazon y ánimo, que es lo que hace al caso.

Oí decir que cuando mancebo, en la isla Española fué algo travieso sobre mujeres, é que se acuchillaba algunas veces con hombres esforzados y diestros, y siempre salió con vitoria; y tenia una señal de cuchillada cerca de un bezo debajo, que si miraban bien en ello, se le parecia, mas cubríanselo las barbas; la cual señal le dieron cuando andaba en aquellas quistiones.

En todo lo que mostraba, ansí en su presencia y meneo como en pláticas y conversacion, y en comer y en el vestir, en todo daba señales de gran señor.

Los vestidos que se ponia eran segun el tiempo y usanza, y no se le daba nada de no traer muchas sedas ni damascos ni rasos, sino llanamente y muy pulido; ni tampoco traia cadenas grandes de oro, salvo una cadenita de oro de primera hechura, con un joyel con la imágen de nuestra Señora la vírgen Santa María, con su Hijo precioso en los brazos, y con un letrero en latin en lo que era de nuestra Señora, y de la otra parte del joyel el señor San Juan Bautista con otro letrero; y tambien traia en el dedo un anillo muy rico con un diamante; y en la gorra, que entónces se usaba de terciopelo, traia una medalla, y no me acuerdo el rostro que en la medalla traia figurado la letra dél; mas despues, el tiempo andando, siempre traia gorra de paño sin medalla.

Servíase ricamente, como gran señor, con dos maestresalas y mayordomos y muchos pajes, y todo el servicio de su casa muy cumplido, é grandes vajillas de plata y de oro.

Comia á medio dia bien, y bebia una buena taza de vino aguado, que cabria un cuartillo, y tambien cenaba, y no era nada regalado ni se le daba nada por comer manjares delicados ni costosos, salvo cuando veia que habia necesidad que se gastase ó los hubiese menester.

Era muy afable con todos nuestros capitanes y compañeros, especial con los que pasamos con él de la isla de Cuba la primera vez; y era latino, y oí decir que era bachiller en leyes, y cuando hablaba con letrados y hombres latinos, respondia á lo que le decian en latin.

Era algo poeta, hacia coplas en metros y en prosa; y en lo que platicaba lo decia muy apacible y con muy buena retórica, y rezaba por las mañanas en unas horas, é oia Misa con devocion; tenia por su muy abogada á la Vírgen María nuestra Señora, la cual todo fiel cristiano la debemos tener por nuestra intercesora y abogada; y tambien tenia á señor San Pedro, Santiago, y al señor San Juan Bautista, y era limosnero.

Cuando juraba decia: «En mi conciencia;» y cuando se enojaba con algun soldado de los nuestros sus amigos le decia: «¡Oh, mal pese á vos!» Y cuando estaba muy enojado se le hinchaba una vena de la garganta y otra de la frente, y aun algunas veces, de muy enojado, arrojaba una manta, y no decia palabra fea ni injuriosa á ningun capitan ni soldado; y era muy sufrido, porque soldados hubo desconsiderados que decian palabras muy descomedidas, y no les respondia cosa muy sobrada ni mala; y aunque habia materia para ello, lo más que les decia era:

—«Callad, ó idos con Dios, y de aquí adelante tened más miramiento en lo que dijéredes, porque os costará caro por ello, é os haré castigar.»

Era muy porfiado, en especial en cosas de la guerra, que, por más consejo y palabras que le deciamos sobre cosas desconsideradas de combates que nos mandaba dar cuando rodeamos los pueblos grandes de la laguna, y en los peñoles que agora llaman del Marqués, le dijimos que no subiésemos arriba en unas fuerzas y peñoles, sino que les tuviésemos cercados, por causa de las muchas galgas que dende lo alto de la fortaleza venian derriscando, que nos echaban, porque era imposible defendernos del golpe é ímpetu con que venian, y era aventurarnos todos á morir, porque no bastaria esfuerzo ni consejo ni cordura; y todavía porfió contra todos nosotros, y hubimos de comenzar á subir, y corrimos harto peligro, y murieron diez ó doce soldados, y todos los más salimos descalabrados y heridos, sin hacer cosa que de contar sea hasta que mudamos otro consejo.

Y demas desto, en el camino que fuimos á las Higueras ó á lo de Cristóbal de Olí cuando se alzó con la armada, yo le dije muchas veces que fuésemos por las sierras, y porfió que mejor era por la costa; y tampoco acertó, porque si fuéramos por donde yo decia, era toda la tierra poblada.

Y para que bien la entienda quien lo ha andado, es de Guacacualco, camino derecho de Chiapa, y de Chiapa á Guatimala, y de Guatimala á Naco, que es adonde en aquella sazon estaba el Cristóbal de Olí.

Dejemos esta plática, y diré que cuando luego venimos con nuestra armada á la Villa-Rica y comenzamos á hacer la fortaleza, el primero que cavó y sacó tierra en los cimientos fué Cortés, y siempre en las batallas le vi que entraba en ellas juntamente con nosotros.

Comenzaré á decir en las batallas de Tabasco, que él fué por capitan de los de á caballo y peleó muy bien.

Vamos á la Villa-Rica, ya he dicho acerca de lo de la fortaleza.

Pues en dar, como dimos, con trece navíos al través por consejo de nuestros valerosos capitanes y fuertes soldados, y no como lo dice Gómora.

Pues en las guerras de Tlascala, en tres batallas se mostró muy esforzado capitan.

Y en la entrada de Méjico con cuatrocientos soldados, cosa es de pensar en ello, y más tener atrevimiento de prender al gran Montezuma dentro de sus palacios, teniendo tan grandes números de guerreros, y tambien digo que lo prendimos por consejo de nuestros capitanes y de todos los más soldados.

Y otra cosa, que no es de olvidar de la memoria, el quemar delante de sus palacios á capitanes del Montezuma porque fueron en la muerte de un nuestro capitan que se decia Juan de Escalante, y de otros siete soldados; de los cuales capitanes indios no me acuerdo sus nombres; poco va en ello, que no hace á nuestro caso.

Y tambien qué atrevimiento y osadía fué que con dádivas y joyas de oro, y por buenas mañas y ardides de guerra que se dió contra Pánfilo de Narvaez, capitan de Diego Velazquez, que traia sobre mil y trescientos soldados, contados en ellos hombres de mar, y traia noventa de á caballo y otros tantos ballesteros, y ochenta espingarderos, que ansí se llamaban; y nosotros con ducientos y sesenta y seis compañeros, sin caballos ni escopetas ni ballestas, sino solamente nuestras picas y espadas y puñales y rodelas, los desbaratamos, y prendimos á Narvaez.

Pasemos adelante, y quiero decir que cuando entramos otra vez en Méjico al socorro de Pedro de Albarado, y ántes que saliésemos huyendo cuando subimos al cu de Huichilóbos, vi que se mostró muy varon, puesto que no nos aprovecharon nada sus valentías ni las nuestras.

Pues en la derrota y muy nombrada guerra de Obtumba, cuando nos estaban esperando toda la flor y valientes guerreros mejicanos y todos sus sujetos para nos matar allí.

Tambien se mostró muy esforzado cuando dió un encuentro al capitan y alférez de Guatemuz, que le hizo abatir sus banderas y perder el gran brio de su valeroso pelear de todos sus escuadrones, con tanto esfuerzo como peleaban, y despues de Dios, nuestros esforzados capitanes que le ayudaban, que fué Pedro de Albarado é Gonzalo de Sandoval, y Cristóbal de Olí y Diego de Ordás, é Gonzalo Dominguez y un Láres é Andrés de Tapia, y otros esforzados soldados que aquí no nombro, de los que no teniamos caballos y de los de Narvaez, tambien ayudaron muy bien; y quien luego mató al capitan del estandarte fué un Juan de Salamanca, natural de Ontiveros, y le quitó un rico penacho, y se le dió á Cortés.

Pasemos adelante, y diré que tambien se halló Cortés juntamente con nosotros en una batalla bien peligrosa en lo de Iztapalapa, y lo hizo como buen capitan.

Y en lo de Suchimileco, cuando le derribaron los escuadrones mejicanos del caballo, y le ayudaron ciertos tlascaltecas nuestros amigos, y sobre todos un nuestro esforzado soldado que se decia Cristóbal de Olea, natural de Castilla la Vieja (tengan atencion á esto que diré), que uno era Cristóbal de Olí, que fué maestre de campo, y otro es Cristóbal de Olea; y esto declaro aquí porque no arguyan sobre ello y no digan que voy errado.

Tambien se mostró Cortés muy como esforzado cuando sobre Méjico estábamos, y en una calzadilla le desbarataron los mejicanos, y le llevaron á sacrificar sesenta y dos soldados, y á Cortés le tenian engarrafado para le llevar á sacrificar, y le habian herido en una pierna, y quiso Dios que por su buen esfuerzo y pelear, y porque le socorrió el mismo Cristóbal de Olea, que fué el que la otra vez en Suchimileco le libró de los mejicanos y le ayudó á cabalgar, y salvó á Cortés la vida, y el esforzado Olea quedó allí muerto con los demas que dicho tengo; y ahora que lo estoy escribiendo se me representa la manera y proporcion de la persona del Cristóbal de Olea y de su gran esfuerzo, y aun se me pone tristeza por ser de mi tierra y deudo de mis deudos.

No quiero decir otras muchas proezas y valentías que hizo nuestro marqués del Valle, porque son tantas y de tal manera, que no acabaré tan presto de las relatar, y volveré á decir de su condicion, y que era muy aficionado á juegos de naipes é dados, y cuando jugaba era muy afable en el juego, y decia ciertos remoquetes que suelen decir los que juegan á los dados.

Era muy cuidadoso en todas las conquistas que hicimos, y muchas noches rondaba y andaba requiriendo las velas, y entraba en los ranchos y aposentos de nuestros soldados, y al que hallaba sin armas ó estaba descalzo los alpargates le reprendia y le decia que á la oveja ruin le pesaba la lana, y le reprendia con palabras agras.

Cuando fuimos á las Higueras vi que habia tomado una maña ó condicion que no solia tener en las guerras pasadas, que cuando comia, si no dormia un sueño, se le revolvia el estómago y rebosaba y estaba malo, y por escusar este mal cuando íbamos camino, le ponian debajo de un árbol ó otra sombra, una alfombra que llevaban á mano para aquel efeto, ó una capa, y aunque más sol hiciese ó lloviese, no dejaba de dormir un poco, y luego caminar.

Y tambien vi que cuando estábamos en las guerras de la Nueva-España era cenceño y de poca barriga, y despues que volvimos de las Higueras engordó mucho y de gran barriga.

Y tambien vi que se paraba la barba prieta, siendo de ántes que blanqueaba.

Tambien quiero decir que solia ser muy franco cuando estaba en la Nueva-España y la primera vez que fué á Castilla, y cuando volvió la segunda vez, en el año de 1540, le tenian por escaso, y le puso pleito un su criado que se decia Ulloa, hermano de otro que mataron, que no le pagaba su servicio; y tambien, si bien se quiere considerar y miramos en ello, despues que ganamos la Nueva-España siempre tuvo trabajos, y gastó muchos pesos de oro en las armadas que hizo; en la California ni ida de las Higueras tuvo ventura, ni en otras cosas desque acabó de conquistar la tierra, quizás para que la tuviese en el cielo; é yo lo creo ansí, que era buen caballero y muy devoto de la Vírgen y del Apóstol San Pedro y de otros Santos.

Dios le perdone sus pecados, y á mí tambien, y me dé buen acabamiento, que importa más que las conquistas y vitorias que hubimos de los indios.

CAPÍTULO CCV.

DE LOS VALEROSOS CAPITANES Y FUERTES SOLDADOS QUE PASAMOS DENDE LA ISLA DE CUBA CON EL VENTUROSO Y MUY ANIMOSO CAPITAN DON HERNANDO CORTÉS, QUE DESPUES DE GANADO MÉJICO FUÉ MARQUÉS DEL VALLE Y TUVO OTROS DITADOS.

Primeramente; el mismo marqués D. Hernando Cortés murió junto á Sevilla, en una villa que se dice Castilleja de la Cuesta.

Y pasó don Pedro de Albarado, que despues de ganado Méjico fué comendador de Santiago y Adelantado y gobernador de Guatimala y Honduras y Chiapa; murió en lo de Xalisco yendo que fué á socorrer un ejército de españoles que estaba sobre el peñol de Cochitlan, segun lo he dicho y declarado en el capítulo que dello habla.

Y pasó Gonzalo de Sandoval, que fué capitan muy preeminente y alguacil mayor, y fué gobernador cierto tiempo en la Nueva-España cuando Alonso de Estrada gobernaba. Tuvo dél grande noticia, y de sus heróicos hechos, su majestad, y murió en la villa de Pálos yendo que iba con don Hernando Cortés á besar los piés á su majestad.

Y pasó un Cristóbal de Olí, esforzado capitan y maestre de campo que fué en las guerras de Méjico, y murió en lo de Naco degollado por justicia, porque se alzó con una armada que le habia dado Cortés.

Estos tres capitanes que dicho tengo, fueron muy loados y alabados delante de su majestad cuando Cortés fué á la córte, porque dijo al Emperador nuestro señor que tuvo en su ejército, cuando conquistó á Méjico y Nueva-España, tres capitanes que podian ser tenidos en tanta estima como los muy afamados que hubo en el mundo. El primero que dijo fué D. Pedro de Albarado, que, demas de ser esforzado, tenia gracia en su persona y parecer para hacer gente de guerra; y dijo por el Cristóbal de Olí que era un Héctor en el esfuerzo para combatir persona por persona, y que si como era esforzado tuviera consejo, fuera muy más tenido en el esfuerzo que suelen decir de Héctor, mas habia de ser mandado; y dijo por el Gonzalo de Sandoval que era tan valeroso y esforzado capitan y de buenos consejos, que podia ser uno de los buenos coroneles que ha habido en España, y que en todo era tan bastante, que osara decir y hacer.

Y tambien dijo Cortés que tuvo muy buenos y valerosos soldados, y que peleábamos con muy gran esfuerzo; y lo que sobre este caso propone Bernal Diaz del Castillo es, que si esto que ahora dice Cortés, escribiera la primera vez que hizo relacion á su majestad de las cosas de la Nueva-España, bueno fuera; mas en aquel tiempo que escribió á su majestad, toda la honra y prez de nuestras conquistas se daba á sí mismo, y no hacia relacion de cómo se llamaban los capitanes y fuertes soldados, ni de nuestros heróicos hechos; sino escribia á su majestad: «Esto hice, esto otro mandé hacer á uno de mis capitanes;» é quedábamos en blanco hasta ya á la postre, que no podia ser ménos de nombrarnos.

Volvamos á nuestra relacion: pasó otro muy buen capitan y bien animoso, que se decia Juan Velazquez de Leon, murió en las puentes.

Pasó D. Francisco de Montejo, que despues de ganado Méjico fué Adelantado de Yucatan, murió en Castilla.

Y pasó Luis Marin, capitan que fué en lo de Méjico, persona preeminente y bien esforzado, murió de su muerte.

Y pasó un Pedro de Ircio, era ardid de corazon y de mediana estatura é pasicorto, é hablaba mucho que habia hecho y acontecido en Castilla por su persona, y lo que viamos é conociamos dél no era para nada, y llamábamosle que era otro Agrajes, sin obras; fué cierto tiempo capitan en la calzada de Tepeaquilla en el real de Sandoval.

Y pasó otro buen capitan que se decia Andrés de Tapia, fué muy esforzado, murió en Méjico de su muerte.

Pasó un Juan de Escalante, capitan que fué en la Villa-Rica cuando fuimos sobre Méjico, murió en poder de indios en la batalla que nombramos de Almería, que son unos pueblos que están entre Tucapan y Cempoal; tambien mataron en su compañía siete soldados que ya no se me acuerdan sus nombres, y le mataron el caballo: este fué el primer desman que tuvimos en la Nueva-España.

Y tambien pasó un Alonso de Ávila, fué capitan y el primer contador puesto por Cortés que hubo en la Nueva-España; persona muy esforzada, fué algo amigo de ruidos, y don Hernando Cortés, conociendo su inclinacion, porque no hubiese zizañas, procuró de lo enviar por procurador de la isla Española, do residia la audiencia Real y los frailes jerónimos que estaban por gobernadores, y cuando le envió le dió buenas barras y joyas de oro por contentalle.

Pasemos adelante: pasó un Francisco de Lugo, capitan que fué en algunas entradas, hombre bien esforzado; fué hijo bastardo de un caballero de Medina del Campo que se decia Álvaro de Lugo el viejo, señor de unas villas que están cabe Medina del Campo, murió de su muerte.

Y pasó un Andrés de Monjaraz, capitan que fué cierto tiempo en lo de Méjico; estaba muy malo de bubas y dolores que le impedian harto para la guerra; murió de su muerte, y pasó un su hermano que se decia Gregorio de Monjaraz, buen soldado, ensordeció estando en la guerra de Méjico, murió de su muerte.

Y pasó Diego de Ordás, capitan que fué en la primera vez que fuimos sobre Méjico, y despues de ganada la Nueva-España fué comendador de Santiago y fué al rio de Marañon por gobernador, donde murió.

Y pasaron cuatro hermanos de don Pedro de Albarado, que se decian Jorge de Albarado, fué capitan cierto tiempo en lo de Méjico y en la provincia de Guatimala, murió en Madrid en el año de 1540; y el otro su hermano se decia Gomez de Albarado, murió en el Perú; y el otro se llamaba Gonzalo de Albarado; Juan de Albarado era bastardo, murió en la mar yendo que iba á la isla de Cuba á comprar caballos.

Pasó Juan Jaramillo, capitan que fué de un bergantin cuando estábamos sobre Méjico, y este es el que casó con doña Marina la lengua; fué persona preeminente, murió de su muerte.

Pasó un Cristóbal Flores, hombre de valía, murió en lo de Xalisco, yendo que fué con Nuño de Guzman.

Y pasó un Cristóbal Martin de Gamboa, caballerizo que fué de Cortés, murió de su muerte.

Pasó un Caicedo, fué hombre rico, murió de su muerte.

Y pasó un Francisco de Saucedo, natural de Medina de Rioseco, y porque era muy pulido le llamábamos el Galan; decian que habia sido maestresala del almirante de Castilla, murió en las puentes.

Pasó un Gonzalo Dominguez, muy esforzado y gran ginete, y murió en poder de indios.

Y pasó un Francisco de Morla, muy esforzado soldado y buen ginete, natural de Jerez, murió en las puentes.

Tambien pasó otro buen soldado que se decia Fulano de Mora, natural de Ciudad-Rodrigo, murió en los peñoles que están en la provincia de Guatimala.

Y pasó un Francisco de Bonal, persona de valía, natural de Salamanca, murió de su muerte.

Pasó un Fulano de Láres, bien esforzado y buen ginete, murió en las puentes.

Pasó otro Láres, ballestero, tambien murió en las puentes.

Pasó un Simon de Cuenca, que fué mayordomo de Cortés, matáronlo indios en lo de Xacalango; tambien murieron en su compañía otros diez soldados que no se me acuerdan sus nombres.

Y tambien pasó un Francisco de Medina, natural de Aracena, fué capitan en una entrada, murió en lo de Xicalango en poder de los indios; tambien murieron en su compañía otros quince soldados que tampoco me acuerdo sus nombres.

Y tambien pasó un Maldonado, que le llamábamos el Ancho, natural de Salamanca, persona preeminente, y habia sido capitan de entradas, murió de su muerte.

Y pasaron dos hermanos que se decian Francisco Álvarez Chico y Juan Álvarez Chico, naturales de Fregenal; el Francisco Álvarez era hombre de negocios y estaba doliente, y murió en la isla de Santo Domingo; el Juan Álvarez murió en lo de Colima, en poder de indios.

Y pasó un Francisco de Terrazas, mayordomo que fué de Cortés, persona preeminente, murió de su muerte.

Y pasó un Cristóbal del Corral, el primer alférez que tuvimos en lo de Méjico, persona bien esforzada, fuese á Castilla y allá murió.

Pasó un Antonio de Villa-Real, marido que fué de Isabel de Ojeda, que despues se mudó el nombre de Villa-Real y dijo que se decia Antonio Serrano de Cardona, murió de su muerte.

Pasó un Francisco Rodriguez Magarino, persona preeminente, murió de su muerte.

Y Francisco Flores pasó ansimismo, que fué vecino de Guaxaca, persona muy noble, murió de su muerte.

Y pasó un Alonso de Grado, y era hombre más por entender en negocios que guerra, y este, con importunaciones que tuvo con Cortés, le casó con doña Isabel, hija de Montezuma, murió de su muerte.

Pasaron cuatro soldados que tenian por sobrenombres Solíses: el uno, que era hombre anciano, murió en las puentes, y el otro se decia Solís, y porque era travieso le llamábamos Casquete, murió de su muerte en Guatimala; el otro se decia Pedro de Solís Tras-de-la-puerta, porque estaba siempre en su casa tras de la puerta mirando los que pasaban por la calle, y él no podia ser visto; fué yerno de Orduña el viejo, vecino de la Puebla, y murió de su muerte; y el otro Solís se decia el de la Huerta, y nosotros le llamábamos Sayo de seda, porque se preciaba mucho de traer sayo de seda, y murió de su muerte.

É pasó un esforzado soldado que se decia Benitez, murió en las puentes.

É pasó otro muy esforzado soldado que se decia Juan Ruano, murió en las puentes:

Y pasó Bernardino Vazquez de Tapia, persona muy preeminente y rico, murió de su muerte.

É pasó un muy esforzado soldado que se decia Cristóbal de Olea, natural de tierra de Medina del Campo, y bien se puede decir que, despues de Dios, por este salvó la vida Cortés la primera vez en lo de Suchimileco, cuando se vió Cortés en gran aprieto, que le derribaron los indios mejicanos del caballo, que se decia el Romo, y este Olea llegó de los primeros á socorrerle, é hizo tales cosas por su persona, que tuvo lugar Cortés de cabalgar en el caballo, y luego le socorrimos ciertos soldados que en aquel tiempo llegamos, y el Olea quedó mal herido; y la postrera vez que le socorrió este Olea, cuando en Méjico en la calzadilla le desbarataron los mejicanos y le mataron sesenta y dos soldados, y á Cortés le tenia ya engarrafado un escuadron de mejicanos para le llevar á sacrificar, y le habian dado una cuchillada en una pierna, y el buen Olea con su ánimo tan esforzado peleó tan bravosamente que se le quitó, y allí perdió la vida este esforzado varon; que ahora que lo estoy escribiendo se me enternece el corazon, é me parece que ahora le veo y se me representa su presencia y grande ánimo como muchas veces nos ayudaba á pelear; y de aquella derrota escribió Cortés á su majestad que no fueron sino veinte y ocho los que murieron, y como he dicho, fueron sesenta y dos.

Y para que bien se entienda esto que escribo del Olea, y no digan algunas personas que salgo de la órden de lo que pasó, sepan que el uno es Cristóbal de Olea, natural de Castilla la Vieja, y este que he dicho; y otro fué Cristóbal de Olí, que fué maese de campo, natural que fué de Úbeda ó de Linares, porque estos dos capitanes casi que tienen un nombre.

Volvamos á nuestro cuento: que tambien pasó con nosotros un buen soldado que tenia una mano ménos, que se la cortaron en Castilla por justicia, murió en poder de indios.

Pasó otro soldado que se decia Tuvilla, que cojeaba de una pierna, que decia él que se habia hallado en la del Garellano con el Gran Capitan, murió en poder de indios.

Pasaron dos hermanos que se decian Gonzalo Lopez de Jimena y Juan Lopez de Jimena; el Gonzalo Lopez murió en poder de indios, y el Juan Lopez fué alcalde mayor en la Veracruz y murió de su muerte.

Y pasó un Juan de Cuellar, buen ginete; este casó primera vez con una hija del señor de Tezcuco, la cual se decia doña Ana y era hermosa, murió de su muerte; y pasó otro Fulano que se decia Cuellar, deudo de Francisco Verdugo, vecino de Méjico, murió de su muerte.

Y pasó un Santos Hernandez, hombre anciano, natural de Soria, que por sobrenombre le llamábamos el Buen Viejo, ginete batidor, murió de su muerte.

Y pasó un Pedro Moreno Medrano, vecino que fué de la Veracruz, y muchas veces fué en ella alcalde ordinario, y era recto en hacer justicia, y despues fué á vivir á la Puebla; fué hombre que sirvió muy bien á su majestad, ansí de soldado como de hacer justicia, murió de su muerte.

Y pasó un Juan de Limpias Carvajal, buen soldado, capitan que fué de bergantines, y ensordeció estando en la guerra, murió de su muerte.

Y pasó un Melchor de Gálvez, vecino que fué de Guaxaca, murió de su muerte.

Y pasó un Ramon Lopez, que despues de ganado Méjico se le quebró un ojo, persona preeminente, murió en Guaxaca.

Pasó un Villandrando, que decian que era deudo del conde de Ribadeo, persona preeminente, murió de su muerte.

Pasó un Osorio, natural de Castilla la Vieja, buen soldado y persona de mucha cuenta, murió en la Veracruz.

Pasó un Rodrigo de Castañeda, fué naguatato y buen soldado, murió en Castilla.

Pasó un Fulano de Pilar, fué buena lengua, murió en lo de Cuyoacan cuando fué con Nuño de Guzman.

Pasó otro soldado que se dice Granado, vive en Méjico.

Pasó un Martin Lopez, fué un muy buen soldado, este fué el maestre de hacer los trece bergantines, que fué harta ayuda para ganar á Méjico, y de soldado sirvió bien á su majestad, vive en Méjico.

Pasó un Juan de Nájara, buen soldado y ballestero, sirvió bien en la guerra.

Y pasó un Ojeda, vecino de los zapotecas, y quebráronle un ojo en lo de Méjico.

Pasó un Fulano de la Serna, que tuvo unas minas de plata, tenia una cuchillada por la cara, que le dieron en la guerra, no me acuerdo qué se hizo dél.

Y pasó un Alonso Hernandez Puertocarrero, primo del conde de Medellin, caballero preeminente, y este fué á Castilla la primera vez que enviamos presentes á su majestad, y en su compañía fué D. Francisco de Montejo ántes que fuese Adelantado, y llevaron mucho oro en granos sacado de las minas, y joyas de diversas hechuras, y el sol de oro y la luna de plata. Y segun pareció, el Obispo de Búrgos, que se decia D. Juan Rodriguez de Fonseca, Arzobispo de Rosano, mandó prender al Alonso Hernandez Puertocarrero porque decia al mismo Obispo que queria ir á Flandes con el presente ante su majestad, y porque procuraba por las cosas de Cortés, y tuvo achaque el Obispo para le prender porque le acusaron al Puertocarrero que habia traido á la isla de Cuba una mujer casada, y en Castilla murió; y puesto que era uno de los principales compañeros que con nosotros pasaron se me olvidaba de poner en esta cuenta, hasta que me acordé dél.

Y tambien pasó otro muy buen soldado que se decia Alonso Luis ó Juan Luis, y era muy alto de cuerpo y le deciamos por sobrenombre el Niño, murió en poder de indios.

Y pasó otro buen soldado que se decia Hernando Burgueño, natural de Aranda de Duero, murió de su muerte.

É pasó otro buen soldado que se decia Alonso de Monroy, é porque se decia que era hijo de un comendador de Santisteban, porque no le conociesen se llamaba Salamanca, murió en poder de indios.

Y vamos adelante, que tambien pasó un Fulano de Villalóbos, natural de Santa Olalla, que se fué á Castilla rico.

Y pasó un Tirado de la Puebla, era hombre de negocios, murió de su muerte.

Y pasó un Juan del Rio, fué á Castilla.

Y pasó un Juan Rico de Alanis, buen soldado, murió en poder de indios.

Y pasó un Gonzalo Hernandez de Alanis, bien esforzado soldado.

Pasó un Juan Rico de Alanis, murió de su muerte.

É pasó un Fulano Navarrete, vecino que fué de Pánuco, murió de su muerte.

Pasó un Francisco Martin de Vendabal, vivo le llevaron los indios á sacrificar, y ansimismo á otro su compañero que se decia Pedro Gallego, y desto echamos mucha culpa á Cortés, porque quiso echar una celada á unos escuadrones mejicanos, y los mejicanos se la echaran al mismo Cortés y le arrebataron los dos soldados, y los llevaron á sacrificar delante de sus ojos, que no se pudieron valer.

Y pasaron tres soldados que se decian Trujillos, el uno natural de Trujillo, y era muy esforzado y murió en poder de indios; y el otro, natural de Güelva, tambien fué de mucho ánimo, murió en poder de indios, y el otro era natural de Leon, tambien murió en poder de indios.

Y pasó un soldado que se decia Juan Flamenco, murió de su muerte.

Y pasó un Francisco del Barco, natural del Barco de Ávila, capitan que fué en la Cholulteca, murió de su muerte.

Pasó un Juan Perez, que mató á su mujer, que se decia la hija de la Vaquera, murió de su muerte.

Y pasó otro buen soldado que se decia Nájera el Corcovado, extremado hombre por su persona, murió en Colima ó en Zacatula.

É pasó otro buen soldado que se decia Madrid el Corcovado, murió en Colima ó Zacatula.

Y pasó otro soldado que se decia Juan de Inhiesta, fué ballestero, murió de su muerte.

Y pasó un Fulano de Alamilla, vecino que fué de Pánuco, buen ballestero, murió de su muerte.

Y pasó un Fulano Moron, gran músico, vecino de Colima ó Zacatula, murió de su muerte.

Pasó un Fulano de Varela, buen soldado, vecino que fué de Colima ó Zacatula, murió de su muerte.

Pasó un Fulano de Valladolid, vecino de Colima ó Zacatula, murió en poder de indios.

É pasó un Fulano de Villafuerte, persona de valía, que casó con una deuda de la mujer que primero tuvo Hernando Cortés, y era vecino de Zacatula ó de Colima, murió de su muerte.

Y pasó un Fulano Gutierrez, vecino de Colima ó Zacatula, murieron de su muerte.

Y pasó otro buen soldado que se decia Valladolid el Gordo, murió en poder de indios.

Y pasó un Pacheco, vecino que fué de Méjico, persona preeminente, murió de su muerte.

Y pasó un Hernando de Lerma ó de Lema, hombre anciano, que fué capitan, murió de su muerte.

Pasó un Fulano Suarez el Viejo, que mató á su mujer con una piedra de moler maíz, murió de su muerte.

Y pasó un Fulano de Angulo é un Francisco Gutierrez y otro mancebo que se decia Santa-Clara, vecinos que fueron de la Habana, que murieron en poder de indios.

Y pasó un Garci-Caro, vecino que fué de Méjico, murió de su muerte.

Y pasó un mancebo que se decia Larios, vecino que fué de Méjico, murió de su muerte, que tuvo pleito sobre sus indios.

Pasó un Juan Gomez, vecino que fué de Guatimala, fué rico á Castilla.

Y pasaron dos hermanos que se decian los Jimenez, naturales que fueron de Linguijuela de Estremadura; el uno murió en poder de indios, el otro de su muerte.

Y pasaron dos hermanos que se decian los Florines, murieron en poder de indios.

Y pasó un Francisco Gonzalez de Nájera é un su hijo que se decia Pero Gonzalez de Nájera, y dos sobrinos del Francisco Gonzalez que se decian los Ramirez; el Francisco Gonzalez murió en los peñoles que están en la provincia de Guatimala, y los sobrinos en las puentes de Méjico.

Y pasó otro buen soldado que se decia Amaya, vecino que fué de Guaxaca, murió de su muerte.

Y pasaron dos hermanos que se decian Carmonas, naturales de Jerez, murieron de sus muertes.

Y pasaron otros dos hermanos que se decian los Vargas, naturales de Sevilla; el uno murió en poder de indios, y el otro de su muerte.

Y pasó otro buen soldado que se decia Polanco, natural de Ávila, vecino que fué de Guatimala, murió de su muerte.

Y pasó un Hernan Lopez de Ávila, tenedor que fué de los bienes de los difuntos, fué rico á Castilla.

Y pasó un Juan de Aragon, vecino de Guatimala, murió de su muerte.

Y pasó un Fulano de Cieza, que tiraba bien una barra, murió en poder de indios.

Pasó un Santisteban, viejo, ballestero, vecino de Chiapa, murió de su muerte.

Pasó un Bartolomé Pardo, murió en poder de indios; pasó un Bernardino de Coria, vecino que fué de Chiapa, padre de uno que se decia Centena, murió de su muerte.

Y pasó un Pedro Escudero y un Juan Cermeño, y otro su hermano que se llamaba como él, buenos soldados; al Pedro Escudero y á Juan Cermeño mandó Cortés ahorcar porque se alzaban con un navío para ir á la isla de Cuba á dar mando á Diego Velazquez, de cuando enviamos los embajadores, oro y plata á su majestad, para que los saliese á tomar en la Habana, y quien lo descubrió fué el Bernardino de Coria, y murieron ahorcados.

Y pasó un Gonzalo de Umbría, piloto, muy buen soldado; á este tambien mandó Cortés cortar los dedos de los piés porque se iba por piloto con los demas, y fuese á Castilla á quejar ante su majestad, y le fué muy contrario á Cortés, y su majestad le mandó dar su Real cédula para que en la Nueva-España le diesen mil pesos de oro cada año de renta en pueblos de indios, y nunca volvió de Castilla, porque temió á Cortés.

Y pasó un Rodrigo Rangel, que fué persona preeminente, y estaba muy tullido de bubas, nunca fué á la guerra para que dél se haga memoria, y de dolores murió.

Y pasó un Francisco de Orozco, que tambien estaba malo de bubas y muy doliente, y habia sido soldado en Italia, que estuvo ciertos dias por capitan en lo de Tepeaca entre tanto que estuvimos en la guerra de Méjico, no sé qué se hizo ni dónde murió.

Y pasó un soldado que se decia Mesa, y habia sido artillero en Italia, y ansí lo fué en la Nueva-España, y murió ahogado en un rio despues de ganado Méjico.

Y pasó otro muy esforzado soldado que se decia Fulano Arbolanche, natural de Castilla la Vieja, murió en poder de indios.

Y pasó otro soldado que se decia Luis Velazquez, natural de Arévalo, murió en las Higueras cuando fuimos con Cortés.

Y pasó un Martin García, valenciano, buen soldado, murió en lo de Higueras.

Y pasó otro buen soldado que se decia Alonso de Barrientos; este se fué dende Tuztepeque á se acoger entre los indios de Chinanta cuando se alzó Méjico, y en lo de Tuztepeque murieron sesenta y seis soldados y cinco mujeres de Castilla de los de Narvaez y de los nuestros, que mataron los mejicanos que estaban en guarnicion en aquella provincia.

Y pasó un Almodóvar el viejo é un su hijo que se decia Álvaro de Almodóvar, y dos sobrinos que tenian el mesmo sobrenombre de Almodóvar, é el un sobrino murió en poder de indios, y el viejo y el Álvaro y el sobrino murieron sus muertes.

Y pasaron dos hermanos que se decian los Martinez, naturales de Fregenal, buenos hombres por sus personas, murieron en poder de indios.

Y pasó un buen soldado que se decia Juan del Puerto, murió tullido de bubas.

Y pasó otro buen soldado que se decia Lagos, murió en poder de indios.

Y pasó un fraile de nuestra Señora de la Merced que se decia fray Bartolomé de Olmedo, y era teólogo y gran cantor y virtuoso, murió su muerte.

Y pasó otro soldado que se decia Sancho de Ávila, natural de las Garrovillas; este, segun decian, habia llevado á Castilla de la isla de Santo Domingo seis mil pesos de oro en unos borceguíes, que cogió de unas minas ricas, y como llegó á Castilla lo jugó y lo gastó, y se vino con nosotros, é indios le mataron.

Y pasó un Alonso Hernandez de Palo, ya hombre viejo, y dos sobrinos; el uno se decia Alonso Hernandez, buen ballestero, y el otro no se me acuerda el nombre, y el Alonso Hernandez murió en poder de indios y los demas murieron de sus muertes.

Y pasó otro buen soldado que se decia Alonso de la Mesta, natural de Sevilla ó del Ajarafe, murió en poder de indios, y los demas murieron de sus muertes.

Y pasó otro buen soldado que se decia Rabanal, montañés, murió en poder de indios.

Pasó otro muy buen hombre por su persona, que se decia Pedro de Guzman, é se casó con una valenciana que se decia doña Francisca de Valtierra; fuese al Pirú, é hubo fama que murieron helados él y la mujer y un caballo y unos negros y otras gentes.

É pasó un buen ballestero que se decia Cristóbal Diaz, natural de Colmenar de Arenas, murió de su muerte; é pasó otro soldado que se decia Retamales, matáronle indios en lo de Tabasco.

É pasó otro esforzado soldado que se decia Ginés Nortes, murió en lo de Yucatan en poder de indios.

Pasó otro muy diestro soldado é bien esforzado, que se decia Luis Alonso, é cortaba muy bien con una espada, murió en poder de indios.

É pasó un Alonso Catalan, buen soldado, murió en poder de indios.

É otro soldado que se decia Juan Siciliano, vecino que fué de Méjico, murió de su muerte.

É pasó otro buen soldado que se decia Canillas, fué en Italia atambor, y tambien en la Nueva-España, murió en poder de indios.

É pasó un Hernandez, secretario que fué de Cortés, natural de Sevilla, murió en poder de indios.

Pasó un Juan Diaz, que tenia una gran nube en un ojo, natural de Búrgos, que traia á cargo el rescate é vituallas de Cortés, murió en poder de indios.

Pasó un Diego de Coria, vecino que fué de Méjico, murió de su muerte.

Pasó otro buen soldado, mancebo, que se decia Juan Nuñez de Mercado, que era natural de Cuellar, otros decian que era natural de Madrigal; este soldado cegó de los ojos, vecino que ahora es de la Puebla.

Y pasó otro buen soldado, y el más rico que todos los que pasamos con Cortés, que se decia Juan Sedeño, natural de Arévalo, é trujo un navío suyo é una yegua é un negro, é tocinos é mucho pan é cazabe, murió de su muerte é fué persona preeminente.

É pasó un Fulano de Balnor, vecino que fué de la Trinidad, murió en poder de indios.

É pasó un Zaragoza, ya hombre viejo, padre que fué de Zaragoza el escribano de Méjico, murió de su muerte.

É pasó un buen soldado que se decia Diego Martin de Ayamonte, murió de su muerte.

É pasó otro soldado que se decia Cárdenas, decia él mismo que era nieto del comendador mayor don Fulano de Cárdenas, murió en poder de indios.

Y pasó otro soldado que se decia Cárdenas, hombre de la mar, piloto, natural de Triana; este fué el que dijo que no habia visto tierra adonde hubiese dos Reyes como en la Nueva-España, porque Cortés llevaba quinto como Rey, despues de sacado el real quinto, é de pensamiento dello cayó malo, é fué á Castilla é dió relacion dello á su majestad, é de otras cosas de agravios que le habian hecho, é fué muy contrario á Cortés, é su majestad le mandó dar su Real cédula para que le diesen indios que rentasen mil pesos; y ansí como vino á Méjico con ella, murió de su muerte.

É pasó otro buen soldado que se decia Arguello, natural de Leon, murió en poder de los indios.

Y pasó otro soldado que se decia Diego Hernandez, natural de Salces de los Gallegos, ayudó á aserrar la madera de los bergantines, é cegó é murió de su muerte.

É pasó otro soldado de muchas fuerzas é animoso, que se decia Fulano Vazquez, murió en poder de indios.

É pasó otro soldado ballestero que se decia Arroyuelo, decian que era natural de Olmedo, murió en poder de indios.

É pasó un Fulano Pizarro, capitan que fué en entradas, decia Cortés que era su deudo; en aquel tiempo no habia nombre de Pizarros ni el Pirú estaba descubierto, murió en poder de indios.

É pasó un Álvaro Lopez, vecino que fué de la Puebla, murió de su muerte.

É pasó otro soldado que se decia Yañez, natural de Córdoba, y este soldado fué con nosotros á las Higueras, y entre tanto que fué se le casó la mujer con otro marido, é de que volvimos de aquel viaje no quiso tomar á la mujer, murió de su muerte.

É pasó un buen soldado é bien suelto peon que se decia Magallanes, portugués, murió en poder de indios.

É pasó otro portugués Platero, murió en poder de indios.

É pasó otro portugués, ya hombre anciano, que se decia Martin de Alpedrino, murió de su muerte.

É pasó otro portugués que se decia Juan Álvarez Rubazo, murió de su muerte.

É pasó otro muy esforzado portugués que se decia Gonzalo Sanchez, murió de su muerte.

É pasó otro portugués, vecino que fué de la Puebla, que se decia Gonzalo Rodriguez, persona preeminente, murió de su muerte.

É pasaron otros dos portugueses, vecinos de la Puebla, que se decian los Villanuevas, altos de cuerpo, no sé qué se hicieron ó dónde murieron.

É pasaron tres soldados que tenian por sobrenombres Fulanos de Ávila; el uno que se decia Gaspar de Ávila, fué yerno de Hortigosa, el escribano, murió de su muerte; é el otro Ávila se allegaba con el capitan Andrés de Tapia, murió en poder de indios; el otro Ávila no me acuerdo adónde fué á ser vecino.

É tambien pasaron dos hermanos, hombres ancianos, que se decian los Vandadas, decian que eran naturales de tierra de Ávila, murieron en poder de indios.

É pasaron otros tres soldados que tenian por sobrenombres Espinosas; el uno era vizcaino, é murió en poder de indios; y el otro se decia Espinosa de la Bendicion, porque siempre traia por plática con la buena bendicion; era muy buena aquella plática, é murió de su muerte; y el otro Espinosa era natural de Espinosa de los Monteros, murió en poder de indios.

É pasó un Pedro Peton de Toledo, murió de su muerte.

É vino otro buen soldado que se decia Villasinda, natural de Portillo, que se metió fraile francisco, murió de su muerte.

É pasaron dos buenos soldados que se decian por sobrenombre San Juan; al uno llamábamos San Juan el Entonado, porque era muy presuntuoso, murió en poder de indios; y el otro se decia San Juan de Vichilla, era gallego, murió de su muerte.

É pasó otro buen soldado que se decia Izquierdo, natural de Castromocho, fué vecino en la villa de San Miguel, sujeta á Guatimala, murió de su muerte.

É pasó un Aparicio Martin, que casó con una que se decia la Medina, natural de Medina de Rioseco, vecino que fué de San Miguel, murió de su muerte.

É pasó un buen soldado que se decia Cáceres, natural de Trujillo, murió en poder de indios.

É pasó otro buen soldado que se decia Alonso de Herrera, natural de Jerez; este fué capitan en los zapotecas, é acuchilló á otro capitan que se decia Figuero sobre ciertas contiendas de las capitanías, é por temor del tesorero Alonso de Estrada, que en aquella sazon era gobernador, porque no le prendiese, se fué á lo de Marañon, é allá murió en poder de indios, y el Figuero se ahogó en la mar yendo á Castilla.

É tambien pasó un mancebo que se decia Maldonado, natural de Medellin, estuvo malo de bubas, é no sé si murió de su muerte; no lo digo por Maldonado de la Veracruz, marido que fué de doña María del Rincon.

É pasó otro soldado que se decia Morales, ya hombre anciano, que cojeaba de una pierna; decian que fué soldado del comendador Solís, fué alcalde ordinario en la Villa-Rica, é hacia recta justicia.

É pasó otro soldado que se decia Escalona el mozo, murió en poder de indios.

É pasaron tres soldados, que todos tres fueron vecinos en la Villa-Rica, que nunca fueron á guerra ni á entrada ninguna de la Nueva-España; al uno decian Arévalo é al otro Juan Leon é al otro Madrigal, murieron de su muerte.

É pasó otro soldado que se decia por sobrenombre Lencero, cuya fué la venta que agora se dice de Lencero, que está entre la Veracruz é la Puebla, que fué buen soldado y se metió fraile mercenario.

Pasó un Alonso Duran, que era algo viejo y no via bien, que ayudaba de sacristan é se metió fraile mercenario.

É pasó otro soldado que se decia Navarro, que se allegaba en casa del capitan Sandoval, é despues se casó en la Veracruz, murió de su muerte.

É pasó otro buen soldado que se decia Alonso de Talavera, que se allegaba en casa del capitan Sandoval, murió en poder de indios.

É pasaron dos indios, que se decia el uno Juan de Manzanilla y el otro Pedro Manzanilla; el Pedro Manzanilla murió en poder de indios, el Juan de Manzanilla fué vecino de la Puebla, murió de su muerte.

É pasó un soldado que se decia Benito Bejel, fué atambor de ejércitos de Italia, y tambien lo fué en la Nueva-España, murió de su muerte.

É pasó un Alonso Romero, que fué vecino de la Veracruz, persona rica y preeminente, murió de su muerte.

É pasó un soldado que se decia Síndos de Portillo, natural de Portillo, é tuvo muy buenos indios y estuvo rico, é dejó sus indios y vendió sus bienes, é lo repartió á pobres é se metió fraile, é fué de santa vida.

É otro buen soldado que se decia Quintero, natural de Moguel, é tuvo buenos indios y estuvo rico, é lo dió por Dios é se metió fraile francisco y fué buen religioso.

É otro soldado que se decia Alonso de Aguilar, cuya fué la venta que ahora llaman de Aguilar, que está entre la Veracruz y la Puebla, y fué persona rica y tuvo buen repartimiento de indios, todo lo vendió y dió por Dios, é se metió fraile dominico y fué muy buen religioso.

É otro soldado que se decia Fulano Burguillos, tenia buenos indios y estuvo rico, é lo dejó é se metió fraile francisco, y este Burguillos despues se salió de la órden.

É otro buen soldado que se decia Escalante, era galan y buen ginete, metióse fraile francisco, que despues se salió del monasterio é se volvió á triunfar, é de ahí obra de un mes se tornó á tomar los hábitos y fué buen religioso.

Otro soldado que se decia Gaspar Diaz, natural de Castilla la Vieja, é fué rico, ansí de sus indios como de sus tratos, todo lo dió por Dios, é se fué á los pinares de Guaxocingo, en parte muy solitaria, é hizo una ermita é se puso en ella por ermitaño, é fué de tan buena vida é se daba á ayunos y disciplinas, que se paró muy flaco é debilitado, é decian que dormia en el suelo en unas pajas; é de que lo supo el Obispo D. fray Juan de Zumarraga le mandó que no hiciese tan áspera vida, é tuvo tan buena fama el ermitaño Gaspar Diaz, que se metieron en su compañía otros ermitaños, é todos hicieron buenas vidas, é á cuatro años que allí estaban fué Dios servido llevarle á su santa gloria.

É pasó otro soldado que se decia Ribadeo, gallego, que por sobrenombre le llamábamos Beberreo, porque bebia mucho vino, murió en poder de indios en lo de Almería.

Pasó otro soldado que llamábamos el Galleguillo porque era chico de cuerpo, murió en poder de indios.

Pasó un esforzado soldado que se decia Lerma; éste fué uno de los que ayudaron á salvar la vida á Cortés, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, y se fué entre los indios como aburrido de temor del mismo Cortés, á quien habia ayudado á salvar la vida, por ciertas cosas de enojo que Cortés contra él tuvo, que aquí no declaro por su honor; nunca más supimos dél vivo ni muerto; mala sospecha tuvimos.

Tambien pasó otro buen soldado que se decia Pinedo, criado que habia sido de Diego Velazquez, gobernador de Cuba, y cuando vino Narvaez, se iba de Méjico para el mismo capitan Narvaez, y en el camino le mataron indios, sospechóse que por mandado de Cortés.

Pasó otro soldado y buen ballestero que se decia Pedro Lopez, murió de su muerte.

Y asimismo pasó otro Pedro Lopez, ballestero, que fué con Alonso de Ávila á la isla Española, é allá se quedó.

É pasaron tres herreros, el uno se llamaba Juan García y el otro Hernan Martin, que casó con la Bermuda, que se llamaba Catalina Marquez, y el otro no me acuerdo su nombre; el uno murió en poder de indios é los dos de sus muertes.

É pasó otro soldado que se decia Álvaro Gallego, vecino que fué de Méjico, cuñado de unos Zamoras, murió de su muerte.

É pasó otro soldado, ya hombre anciano, que se decia Paredes, padre de un Paredes que agora está en lo de Yucatan, murió en poder de indios.

É pasó otro soldado que se decia Gonzalo Mejía Rapapelo, porque decia él mismo que era nieto de un Mejía que andaba á robar en el tiempo del Rey D. Juan en compañía de un Centeno, murió en poder de indios.

Pasó un Pedro de Tapia, y murió tullido despues de ganado Méjico.

É pasaron ciertos pilotos que se decian Anton de Alaminos é un su hijo que tambien tenia el mismo nombre que su padre, eran naturales de Pálos; é un Camacho de Triana, é un Juan Álvarez, el Manquillo de Güelva, é un Sopuerta del Condado, ya hombre anciano, é un Cárdenas. Este fué el que estuvo malo de pensamiento cómo sacaban dos quintos del oro, el uno para Cortés; é un Gonzalo de Umbría, é hubo otro piloto que se decia Galdin, é tambien hubo más pilotos, que ya no se acuerdan sus nombres; mas el que yo vi que se quedó para vecino en Méjico fué el Sopuerta, que todos los demas se fueron á Cuba é Jamáica é á otras islas é á Castilla á ganar pilotajes, por temor del Cortés, porque estaba mal con ellos porque dieron aviso á Francisco de Garay de las tierras que demandó á su majestad que le hiciese mercedes; y aun fueron cuatro pilotos dellos á se quejar de Cortés delante de su majestad, los cuales fueron los Alaminos é el Cárdenas é el Gonzalo de Umbría, é les mandó dar cédulas Reales para que en la Nueva-España diesen á cada uno mil pesos de renta; é el Cárdenas vino, é los demas nunca vinieron.

É pasó otro soldado que se decia Lúcas Ginovés, y era piloto, murió en poder de indios.

É tambien pasó otro Lorenzo Ginovés, vecino que fué de Guaxaca, marido de una portuguesa vieja, murió de su muerte.

É pasó otro soldado que se decia Enrique, natural de tierra de Palencia; este soldado se ahogó de cansado é del peso de las armas é del calor que le daban.

É pasó otro soldado que se decia Cristóbal de Jaén, era carpintero, murió en poder de indios.

É pasó un Ochoa, vizcaino, hombre rico y preeminente, vecino que fué de Guaxaca, murió de su muerte.

É pasó un bien esforzado soldado que se decia Zamudio, fuese á Castilla porque acuchilló á unos en Méjico; en Castilla fué capitan de una capitanía de hombres de armas, murió en Locastil con otros muchos caballeros españoles.

É pasó otro soldado que se decia Cervantes el Loco, era chocarrero é truhan, murió en poder de indios.

É pasó uno que llamaban Plazuela, matáronlo indios.

É pasó un buen soldado que se decia Alonso Perez Maite, que vino casado con una india muy hermosa del Bayamo, murió en poder de indios.

É pasó un Martin Vazquez, natural de Olmedo, hombre rico é preeminente, vecino que fué de Méjico, murió de su muerte.

Pasó un Sebastian Rodriguez, buen ballestero, y despues de ganado Méjico fué trompeta, murió de su muerte.

É pasó otro ballestero que se decia Peñalosa, compañero del Sebastian Rodriguez, murió de su muerte.

É pasó un soldado que se decia Álvaro, hombre de la mar, natural de Pálos, que decian que tuvo en indias de la tierra treinta hijos en obra de tres años, matáronlo indios en lo de las Higueras.

É pasó otro soldado que se decia Juan Perez Malinche, que despues le oí nombrar Arteaga, vecino de la Puebla, fué hombre rico y murió de su muerte.

Pasó un buen soldado que se decia Pedro Gonzalez Sabote, murió de su muerte.

Pasó otro buen soldado que se decia Jerónimo de Aguilar; este Aguilar pongo en esta cuenta porque fué el que hallamos en la Punta de Cotoche, que estaba en poder de indios, é fué nuestra lengua, murió tullido de bubas.

É pasó otro soldado que se decia Pedro Valenciano, vecino de Méjico, murió de su muerte.

Pasaron tres soldados que tenian por sobrenombres Tarifas; el uno fué vecino de Guaxaca, marido de una mujer que se decia Catalina Muñoz, murió de su muerte; el otro se decia Tarifa el de los servicios, porque siempre andaba diciendo que servia á su majestad é que no le daban nada, y era natural de Sevilla, hombre hablador, murió de su muerte; y el otro llamaban Tarifa el de las manos blancas, tambien era natural de Sevilla, llamábamosle ansí porque no era para la guerra ni para cosa de trabajo, sino hablar de cosas pasadas que le habian acaecido en Sevilla, murió en el rio del Golfo-Dulce en el viaje de Higueras, ahogóse él é su caballo, que nunca parecieron más.

Pasó otro buen soldado que se decia Pedro Sanchez Farfan, que estuvo por capitan en Tezcuco entre tanto que andábamos en la guerra, murió de su muerte.

É pasó otro soldado que se decia Alonso de Escobar, el paje que fué de Diego Velazquez, de quien se tuvo mucha cuenta, matáronlo indios.

É pasó otro soldado que se decia el bachiller Escobar, era boticario, é curaba ansí de cirujía como de medicina, enloqueció y murió de su muerte.

É pasó otro soldado que se decia tambien Escobar, bien esforzado; mas fué tan bullicioso, que murió ahorcado porque forzó á una mujer casada y por revoltoso.

É pasó otro soldado que se decia Fulano de Santiago, natural de Güelva, fuese á Castilla rico.

Pasó otro su compañero del Santiago que se decia Ponce, murió en poder de indios.

Pasó un Fulano Mendez, ya hombre anciano, matáronlo indios.

Otros tres soldados que murieron en las guerras que tuvimos en lo de Tabasco; el uno se decia Saldaña, los otros dos no me acuerdo sus nombres.

É pasó otro buen soldado é ballestero, era hombre ya anciano, que jugaba mucho á los naipes, murió en poder de indios.

É pasó otro soldado anciano que trajo un su hijo que se decia Orteguilla, paje que fué del gran Montezuma, así al viejo como al hijo mataron los indios.

É pasó otro soldado que se decia Fulano de Gaona, natural de Medina de Rioseco, murió en poder de indios.

É pasó otro soldado que se decia Juan de Cáceres, que despues de ganado Méjico fué hombre muy rico y vecino de Méjico, murió de su muerte.

Pasó otro soldado que se decia Gonzalo Hurones, natural de las Garrovillas, murió de su muerte.

É pasó otro soldado, ya hombre anciano, que se decia Ramirez el viejo, murió de su muerte, vecino que fué de Méjico.

Pasó otro soldado, y muy esforzado, que se decia Luis Farfan, murió en poder de indios; é pasó otro soldado que se decia Morillas; murió en poder de indios.

É pasó otro soldado que se decia Fulano de Rojas, que despues pasó al Pirú.

É pasó un Astorga, hombre anciano y vecino que fué de Guaxaca, murió de su muerte.

Pasaron dos hermanos que se llamaban Tostados, el uno murió en poder de indios y el otro de su muerte.

Y pasó otro buen soldado que se decia Baldovinos, murió en poder de indios.

Tambien quiero aquí poner á Guillen de la Loa é á Andrés Nuñez é á maese Pedro el de la Harpa é á otros tres soldados que tomamos del navío que venian de los de Garay, como dicho tengo, é por esta causa los pongo aquí con los de Cortés, por ser todo en un tiempo; el Guillen de la Loa murió de un cañonazo, y los otros dellos de su muerte, y otros en poder de indios.

Y pasó un Porras, muy bermejo y gran cantor, murió en poder de indios.

É pasó un Ortiz, gran tañedor de vigüela, y enseñaba á danzar, y vino un su compañero que se decia Bartolomé García, fué minero en la isla de Cuba; este Ortiz y el Bartolomé García pasaron el mejor caballo de todos los que pasaron en nuestra compañía, el cual caballo les tomó Cortés é se lo pagó; murieron entrambos compañeros en poder de indios.

Pasó otro buen soldado que se decia Serrano, era buen ballestero, murió en poder de indios.

Y pasó un hombre anciano que se decia Pedro Valencia, natural de un lugar de cabe Plasencia, murió de su muerte.

Pasó otro soldado que se decia Quintero, fué maestre de navíos, matáronle indios.

Pasó un Alonso Rodriguez, que dejó buenas minas en la isla de Cuba, estaba rico, murió en poder de indios en los Peñoles, que ahora llaman, que ganó Cortés.

É tambien murió allí otro buen soldado que se decia Gaspar Sanchez, sobrino del tesorero de Cuba, con otros seis soldados que fueron de los de Narvaez.

É tambien pasó un Pedro de Palma, primer marido que tuvo Elvira Lopez la Larga; murió ahorcado él y otro soldado que se decia Trebejo, natural de Fuenteguinaldo, los cuales mandó ahorcar Gil Gonzalez de Ávila ó Francisco de las Casas, y juntamente con ellos á un Clérigo de Misa, por revoltosos y hombres amotinadores de ejércitos cuando se venian á la Nueva-España desde Naco, despues que hubieron degollado á Cristóbal de Olí, como dicho tengo en el capítulo que dello habla. Estos soldados y Clérigo eran de los que habian ido con Cristóbal de Olí, puesto que eran de los que pasaron con Cortés. Á mí me enseñaron un árbol gordo donde los ahorcaron, viniendo que veniamos de las Higueras en compañía de Luis Marin.

É volviendo á nuestro cuento, tambien pasó un Fray Juan de las Varillas, mercenario, buen teólogo y virtuoso, é murió su muerte.

Un Andrés de Mola Levantisco, murió en poder de indios.

É tambien pasó un buen soldado que se decia Alberza, natural de Villanueva de la Serena, murió en poder de indios.

Pasaron otros muy buenos soldados que solian ser hombres de la mar, como fueron pilotos, maestres y contra-maestres; de los más mancebos de los navíos que dimos al través, muchos dellos fueron animosos en las guerras y batallas, y por no me acordar de todos no pongo aquí sus nombres.

É tambien pasaron otros soldados, hombres de la mar, que se decian los Peñates, y otros Pinzones, los unos naturales de Gibraleon y otros de Pálos; dellos murieron en poder de indios, y otros fueron á Castilla á quejarse de Cortés.

Tambien me quiero yo poner aquí en esta relacion á la postre de todos, puesto que vine á descubrir dos veces primero que Cortés, y la tercera con el mismo Cortés, segun lo tengo ya dicho en el capítulo que dello habla, y doy muchas gracias y loores á Dios Nuestro Señor y á Nuestra Señora la Vírgen Santa María, su bendita Madre, que me ha guardado que no sea sacrificado, como en aquellos tiempos sacrificaron todos los más de mis compañeros que nombrados tengo, para que ahora se descubran muy claramente nuestros heróicos hechos, y quién fueron los valerosos capitanes y fuertes soldados que ganamos estas partes del Nuevo-Mundo, y no refieran la honra y prez y nuestra valía á un solo capitan.

CAPÍTULO CCVI.

DE LAS ESTATURAS, PROPORCIONES Y EDADES QUE TUVIERON CIERTOS CAPITANES Y VALEROSOS SOLDADOS QUE FUERON DE CORTÉS, CUANDO VENIMOS Á CONQUISTAR LA NUEVA-ESPAÑA.

El marqués don Hernando Cortés, ya he dicho en el capítulo que dél habla, en el tiempo que falleció en Castilleja de la Cuesta, de su edad, proporcion y persona, é qué condiciones tenia, é otras cosas que hallarán escritas en esta relacion, si lo quisieren ver. Tambien he dicho en el capítulo que dello habla, del capitan Cristóbal de Olí, de cuándo fué con la armada á las Higueras, de la edad que tenia, y de sus condiciones é proporciones; allí lo hallarán.

Quiero ahora poner la edad é proporciones y parecer de don Pedro de Albarado. Fué comendador de Santiago, Adelantado y gobernador de Guatimala é Honduras é Chiapa, seria de obra de treinta y cuatro años cuando acá pasó; fué de muy buen cuerpo é bien proporcionado, é tenia el rostro y cara muy alegre y en el mirar muy amoroso; é por ser tan agraciado le pusieron por nombre los indios mejicanos Tonatio, que quiere decir el sol. Era muy suelto é buen jinete, y sobre todo, ser franco é de buena conversacion, y en el vestir se traia muy pulido y con ropas ricas, y traia al cuello una cadenita de oro con un joyel, ya no se me acuerdan las letras que tenia el joyel; y en un dedo un anillo de diamante; y porque ya he dicho dónde falleció y otras cosas acerca de la persona, en esta no quiero poner más.

El Adelantado Francisco de Montejo fué de mediana estatura, el rostro alegre, y amigo de regocijos é buen jinete; é cuando acá pasó seria de edad de treinta y cinco años, y era más dado á negocios que para la guerra; era franco y gastaba más de lo que tenia de renta; fué Adelantado y gobernador de Yucatan, murió en Castilla.

El capitan Gonzalo de Sandoval fué muy esforzado, y seria cuando acá pasó de hasta veinte y dos años; fué alguacil mayor de la Nueva-España y fué gobernador della, juntamente con el tesorero Alonso de Estrada, obra de once meses; su estatura muy bien proporcionada y de razonable cuerpo y membrudo; el pecho alto y ancho, y asimismo tenia la espalda, y de las piernas algo estevado; el rostro tiraba algo á robusto, y la barba y el cabello que se usaba algo crespo y acastañado, y la voz no la tenia muy clara, sino algo espantosa, y ceceaba tanto cuanto; no era hombre que sabia letras, sino á las buenas llanas, ni era codicioso de haber oro, sino solamente hacer sus cosas como buen capitan esforzado, y en las guerras que tuvimos en la Nueva-España siempre tenia cuenta en mirar por los soldados que le parecia que lo hacian bien, y les favorecia y ayudaba; no era hombre que traia ricos vestidos, sino muy llanamente, como buen soldado; tuvo el mejor caballo y de mejor carrera, revuelto á una mano y á otra, que decian que no se habia visto mejor en Castilla ni en esta tierra; era castaño acastañado, y una estrella en la frente y un pié izquierdo calzado, que se decia el caballo Motilla; é cuando hay ahora diferencia sobre buenos caballos suelen decir: «Es en bondad tan bueno como Motilla.»

Dejaré lo del caballo, y diré deste valeroso capitan que falleció en la villa de Pálos cuando fué á Castilla con don Hernando Cortés á besar los piés á su majestad; y deste Gonzalo de Sandoval fué de quien dijo el marqués Cortés á su majestad que, demas de los fuertes y valerosos soldados que tuvo en su compañía, que fué tan animoso capitan, que se podia nombrar entre los muy esforzados que hubo en el mundo, y que podia ser coronel de muchos ejércitos, y para decir y hacer. Fué natural de Medellin, hijodalgo; su padre fué alcaide de una fortaleza.

Pasemos á decir de otro buen capitan que se decia Juan Velazquez de Leon, natural de Castilla la Vieja: seria de hasta veinte y seis años cuando acá pasó; era de buen cuerpo, é derecho é membrudo, é buena espalda é pecho, é todo bien proporcionado é bien sacado, el rostro robusto, la barba algo crespa é alheñada, é la voz espantosa é gorda, é algo tartamudo; fué muy animoso é de buena conversacion; é si algunos bienes tenia en aquel tiempo los repartia con sus compañeros.

Díjose que en la isla Española mató á un caballero persona por persona, en aquella tierra principal, que era hombre rico, que se decia Basaltas; y desque le hubo muerto se retrujo, y la justicia de aquella isla nunca lo pudo haber, ni la Real audiencia, para hacer sobre el caso justicia; y aunque le iban á prender, por su persona se defendia de los alguaciles, é se vino á la isla de Cuba, é de Cuba á la Nueva-España, é fué muy buen jinete, é á pié é á caballo muy extremado varon; murió en las puentes cuando salimos huyendo de Méjico.

Y Diego de Ordás fué natural de Tierra de Campos, y seria de edad de 40 años cuando acá pasó: fué capitan de soldados de espada y rodela, porque no era hombre de á caballo; fué muy esforzado y de buenos consejos, era de buena estatura é membrudo, é tenia el rostro muy robusto é la barba algo prieta é no mucha; en la habla no acertaba bien á pronunciar algunas palabras, sino algo tartajoso: era franco é de buena conversacion; fué comendador de Santiago; murió en lo de Marañon, siendo capitan ó gobernador, que esto no lo sé muy bien.

El capitan Luis Marin fué de buen cuerpo é membrudo y esforzado; era estevado é la barba algo rubia, el rostro largo é alegre, excepto que tenia unas señales como que habia tenido viruelas; seria de hasta treinta años cuando acá pasó; era natural de Sanlúcar, ceceaba un poco como sevillano. Fué buen ginete y de buena conversacion, murió en lo de Mechoacan.

El capitan Pedro de Ircio era de mediana estatura y paticorto, é tenia el rostro alegre, é muy plático en demasía que haria y aconteceria, é siempre contaba cuentos de don Pedro Jiron é del conde de Ureña; era ardid de corazon, é á esta causa le llamábamos Agrajes sin obras, é sin hacer cosas que de contar sean murió en Méjico.

El primer contador de su majestad que eligió Cortés hasta que el Rey nuestro señor mandase otra cosa, era de buen cuerpo é rostro alegre, en la plática expresiva, muy clara é de buenas razones, é muy esforzado; seria de hasta treinta y tres años cuando acá pasó; é tenia otra cosa, que era franco con sus compañeros; mas era tan soberbio é amigo de mandar é no ser mandado, é algo envidioso; era orgulloso y bullicioso, que Cortés no le podia sufrir, é á esta causa le envió á Castilla por procurador juntamente con un Antonio de Quiñones, natural de Zamora, é con ellos envió la recámara é riquezas de Montezuma é de Guatemuz, é franceses lo robaron, é prendieron al Alonso de Ávila, porque el Quiñones ya era muerto en la Tercera, é desde á dos años volvió el Alonso de Ávila á la Nueva-España; ó en Yucatan ó en Méjico murió.

Este Alonso de Ávila fué tio de los caballeros que degollaron en Méjico, hijos de Gil Gonzalez de Benavides, lo cual tengo ya dicho y declarado en mi historia.

Andrés de Monjaraz fué capitan cuando la guerra de Méjico, y era de razonable estatura, y el rostro alegre y la barba prieta, y de buena conversacion; siempre estuvo malo de bubas, é á esta causa no hizo cosa que de contar sea, mas póngolo aquí en esta relacion para que sepan que fué capitan, y seria de hasta treinta años cuando acá pasó; murió de dolor de las bubas.

Pasemos á un muy esforzado soldado que se decia Cristóbal de Olea, natural de tierra de Medina del Campo; seria de edad de veinte y seis años cuando acá pasó; era de buen cuerpo é membrudo, ni muy alto ni bajo; tenia buen pecho é espalda, el rostro algo robusto, mas era apacible, é la barba é cabello tiraba algo como crespo, é la voz clara; este soldado fué en todo lo que le viamos hacer tan esforzado é presto en las armas, que le teniamos muy buena voluntad é le honrábamos, y él fué el que escapó de muerte á D. Fernando Cortés en lo de Suchimileco, cuando los escuadrones mejicanos le habian derribado del caballo el Romo, é le tenian asido y engarrafado para lo llevar á sacrificar, é asimismo le libró otra vez cuando en lo de la calzadilla de Méjico lo tenian otra vez asido muchos mejicanos para lo llevar vivo á sacrificar, é le habian ya herido en una pierna al mismo Cortés, y le llevaron vivos sesenta y dos soldados.

Este esforzado soldado hizo cosas por su persona, que, aunque estaba muy mal herido, mató é acuchilló é dió estocadas á todos los indios que le llevaban á Cortés, que les hizo que lo dejasen; é así le salvó la vida, y el Cristóbal de Olea quedó muerto allí por lo salvar.

Quiero decir de dos soldados que se decian Gonzalo Dominguez é un Láres; digo que fueron tan esforzados, que los teniamos en tanto como Cristóbal de Olea; eran de buenos cuerpos é membrudos, é los rostros alegres, é bien hablados, é muy buenas condiciones; é por no gastar más palabras en sus loas, podránse contar con los más esforzados soldados que ha habido en Castilla; murieron en las batallas de Obtumba, digo el Láres, y el Dominguez en lo de Guantepeque, de un caballo que le tomó debajo.

Vamos á otro buen capitan é esforzado soldado que se decia Andrés de Tapia: seria de obra de veinte y cuatro años cuando acá pasó; era de color el rostro algo ceniciento, é no muy alegre, é de buen cuerpo é de poca barba; era y fué buen capitan, así á pié como á caballo, murió de su muerte.

Si hubiera de escribir todas las facciones é proporciones de todos nuestros capitanes é fuertes soldados que pasamos con Cortés, era gran prolijidad; porque, segun todos eran esforzados é de mucha cuenta, dignos éramos de estar escritos con letras de oro; é no pongo aquí otros muchos valerosos capitanes que fueron de los de Narvaez; porque mi intento desde que comencé á hacer mi relacion no fué sino para escribir nuestros heróicos hechos é hazañas de los que pasamos con Cortés; sólo quiero poner al capitan Pánfilo de Narvaez, que fué el que vino contra Cortés desde la isla de Cuba con mil y trescientos soldados, sin contar en ellos hombres de la mar, é con ducientos y sesenta y seis soldados los desbaratamos, segun se verá en mi relacion, é cómo é cuándo é de qué manera pasó aquel hecho.

É volviendo á mi materia, era el Narvaez al parecer obra de cuarenta y dos años, é alto de cuerpo é de recios miembros, é tenia el rostro largo é la barba rubia, é agradable presencia, é la plática é voz muy vagorosa é entonada, como que salia de bóveda; era buen ginete é decian que era esforzado; era natural de Valladolid ó de Tudela de Duero; era casado con una señora que se decia María de Valenzuela; fué en la isla de Cuba capitan é hombre rico; decian que era muy escaso, é cuando le desbaratamos se le quebró un ojo, y tenia buenas razones en lo que hablaba: fué á Castilla delante de su majestad á quejarse de Cortés é de nosotros, é su majestad le hizo merced de la gobernacion de cierta tierra en lo de la Florida, é allá se perdió é gastó cuanto tenia.

Como los caballeros curiosos han visto é leido la memoria atrás dicha de todos los capitanes é soldados que pasamos con el venturoso é esforzado don Fernando Cortés, marqués del Valle, á la Nueva-España desde la isla de Cuba, é pongo por escrito sus proporciones, así de cuerpo como de rostro é edades, é las condiciones que tenian, é en qué parte murieron, é de qué partes eran, me han dicho que se maravillaban de mí que cómo á cabo de tantos años no se me ha olvidado é tengo memoria dellos.

Á esto respondo y digo que no es mucho que se me acuerde ahora sus nombres, pues éramos quinientos y cincuenta compañeros que siempre conversábamos juntos, así en las entradas como en las velas, y en las batallas y encuentros de guerras, é los que mataban de nosotros en las tales peleas é cómo los llevaban á sacrificar.

Por manera que comunicábamos los unos con los otros, en especial cuando saliamos de algunas muy sangrientas é dudosas batallas echábamos ménos los que allá quedaban muertes, é á esta causa los pongo en esta relacion; é no es de maravillar dello, pues en los tiempos pasados hubo valerosos capitanes que andando en las guerras sabian los nombres de sus soldados, é los conocian é los nombraban, é aun sabian de qué provincias é tierras eran naturales, é comunmente eran en aquellos tiempos cada uno de los ejércitos que traian treinta mil hombres; y decian las historias que dellos han escrito, que Mitridates, Rey de Ponto, fué uno de los que conocian á sus ejércitos, y otro fué el Rey de los epirotas, y por otro nombre se decia Alejandro.

Tambien dicen que Aníbal, gran capitan de Cartago, conocia á todos sus soldados; y en nuestros tiempos el esforzado y gran capitan Gonzalo Hernandez de Córdoba conocia á todos los más soldados que traian en sus capitanías, y así han hecho otros muchos valerosos capitanes.

Y más digo, que como ahora los tengo en la mente y sentido y memoria, supiera pintar y esculpir sus cuerpos y figuras y talles y meneos, y rostros y facciones, como hacia aquel gran pintor y muy honrado Apéles, é los pintores de nuestros tiempos Berruguete, é Micael Ángel, ó el muy afamado Burgalés, que dicen que es otro Apéles, dibujara á todos los que dicho tengo al natural, y aun segun cada uno entraba en las batallas y el ánimo que mostraba; é gracias á Dios y á su bendita Madre nuestra Señora, que me escapó de no ser sacrificado á los ídolos, é me libró de otros muchos peligros é trances, para que haga ahora esta memoria.

CAPÍTULO CCVII.

DE LAS COSAS QUE AQUÍ VAN DECLARADAS CERCA DE LOS MÉRITOS QUE TENEMOS LOS VERDADEROS CONQUISTADORES; LAS CUALES SERÁN APACIBLES DE LAS OIR.

Ya he recontado los soldados que pasamos con Cortés, y dónde murieron; y si bien se quiere tener noticia de nuestras personas, éramos todos los más hijosdalgo, aunque algunos no pueden ser de tan claros linajes, porque vista cosa es que en este mundo no nacen todos los hombres iguales, así en generosidad como en virtudes.

Dejando esta plática aparte, de nuestras antiguas noblezas, con heróicos hechos y grandes hazañas que en las guerras hicimos, peleando de dia y de noche, sirviendo á nuestro Rey y señor, descubriendo estas tierras, y hasta ganar esta Nueva-España y gran ciudad de Méjico y otras muchas provincias á nuestra costa, estando tan apartados de Castilla, ni tener otro socorro ninguno, salvo el de Nuestro Señor Jesucristo, que es el socorro y ayuda verdadera, nos ilustramos mucho más que de ántes; y si miramos las escrituras antiguas que dello hablan, si son así como dicen, en los tiempos pasados fueron ensalzados y puestos en gran estado muchos caballeros, así en España como en otras partes, sirviendo, como en aquella sazon sirvieron en las guerras, y por otros servicios que eran aceptos á los Reyes que en aquella sazon reinaban.

Y tambien he notado que algunos de aquellos caballeros que entónces subieron á tener títulos de Estados y de ilustres, no iban á tales guerras ni entraban en batallas sin que se les diesen sueldos y salarios; y no embargante que se lo pagaban, les dieron villas y castillos y grandes tierras perpétuas, y privilegios con franquezas, los cuales tienen sus descendientes.

Y demas desto, cuando el Rey don Jaime de Aragon conquistó y ganó de los moros mucha parte de sus reinos, los repartió á los caballeros y soldados que se hallaron en lo ganar, y desde aquellos tiempos tienen sus blasones y son valerosos; y tambien cuando se ganó Granada, y del tiempo del gran capitan á Nápoles, y tambien el Príncipe de Orange en lo de Nápoles, dieron tierras y señoríos á los que ayudaron en las guerras y batallas; é nosotros, sin saber su majestad cosa ninguna, le ganamos esta Nueva-España.

He traido esto aquí á la memoria para que se vean nuestros muchos y buenos y notables y leales servicios que hicimos á Dios y al Rey y á toda la cristiandad, y se pongan en una balanza y medida cada cosa en su cantidad, y hallarán que somos dignos y merecedores de ser puestos y remunerados como los caballeros por mí atrás dichos; y aunque entre los valerosos soldados que en estas hojas de atrás pasadas he puesto por memoria hubo muchos esforzados y valerosos compañeros, que me tenian á mí en reputacion de razonable soldado, volviendo á mi materia, miren los curiosos letores con atencion esta mi relacion, y verán en cuántas batallas y rencuentros de guerras muy peligrosos me he hallado desque vine á descubrir, y dos veces estuve asido y engarrafado de muchos indios mejicanos, con quien en aquella sazon estaba peleando, para me llevar á sacrificar, y Dios me dió esfuerzo que me escapé, como en aquel instante llevaron á otros muchos mis compañeros, sin otros grandes peligros y trabajos, así de hambre y sed, ó infinitas fatigas que suelen recrecer á los que semejantes descubrimientos van á hacer en tierras nuevas; lo cual hallarán escrito parte por parte en esta mi relacion; y quiero dejar de entrar más la pluma en esto, y diré los bienes que se han seguido de nuestras ilustres conquistas.

CAPÍTULO CCVIII.

CÓMO LOS INDIOS DE TODA LA NUEVA-ESPAÑA TENIAN MUCHOS SACRIFICIOS Y TORPEDADES, Y SE LOS QUITAMOS, Y LES IMPUSIMOS EN LAS COSAS SANTAS DE BUENA DOCTRINA.

Pues he dado cuenta de cosas que se contienen, bien es que diga los bienes que se han hecho, así para el servicio de Dios y de su majestad, con nuestras ilustres conquistas: y aunque fueron tan costosas de las vidas de todos los más de mis compañeros, porque muy pocos quedamos vivos, y los que murieron fueron sacrificados, y con sus corazones y sangre ofrecidos á los ídolos mejicanos, que se decian Tezcatepuca, y Huichilóbos, quiero comenzar á decir de los sacrificios que hallamos por las tierras y provincias que conquistamos, las cuales estaban llenas de sacrificios y maldades, porque mataban cada un año, solamente en Méjico, y ciertos pueblos que están en la laguna, sus vecinos, segun hallo por cuenta que dello hicieron religiosos franciscos, que fueron los primeros que vinieron á la Nueva-España, despues de fray Bartolomé de Olmedo, tres años y medio ántes que viniesen los dominicos, que fueron muy buenos religiosos y de santa doctrina; y hallaron sobre dos mil y quinientas personas, chicas y grandes.

Pues en otras provincias á esta cuenta muchos más serian; y tenian otras maldades de sacrificios, y por ser de tantas maneras, no las acabaré de escribir todas por extenso: mas las que yo vi y entendí porné aquí por memoria.

Tenian por costumbre que sacrificaban las frentes y las orejas, lenguas y labios, los pechos, brazos y molledos, y las piernas; y en algunas provincias eran retajados, y tenian pedernales de navajas, con que se retajaban.

Pues los adoratorios, que son cues, que así los llaman entre ellos, eran tantos, que los doy á la maldicion, y me parece que eran casi que al modo como tenemos en Castilla y en cada ciudad nuestras santas iglesias y parroquias, y ermitas y humilladeros, así tenian en esta tierra de la Nueva-España sus casas de ídolos llenas de demonios y diabólicas figuras, y demas destos cues, tenian cada indio é india dos altares, el uno junto adonde dormian, y el otro á la puerta de su casa, y en ellos muchas arquillas de maderas, y otros que llaman petacas, llenos de ídolos, unos chicos y otros grandes, y piedrezuelas y pedernales, y librillos de un papel de cortezas de árbol, que llaman amatl, y en ellos hechos sus señales del tiempo y de cosas pasadas.

Y demas desto, eran los más dellos sométicos, en especial los que vivian en las costas y tierra caliente, en tanta manera, que andaban vestidos en hábito de mujeres muchachos á ganar en aquel diabólico y abominable oficio.

Pues comer carne humana, así como nosotros traemos vaca de las carnicerías; y tenian en todos los pueblos, de madera gruesa hechas á manera de casas, como jaulas, y en ellas metian á engordar muchos indios é indias y muchachos, y en estando gordos los sacrificaban y comian; y demas desto, las guerras que se daban unas provincias y pueblos á otros, y los que cautivaban y prendian los sacrificaban y comian.

Pues tener excesos carnales hijos con madres, y hermanos con hermanas, y tios con sobrinas, halláronse muchos que tenian este vicio desta torpedad.

Pues de borrachos, no lo sé decir, tantas suciedades que entre ellos pasaban; sola una quiero aquí poner, que hallamos en la provincia de Pánuco, que se embudaban por el sieso con unos cañutos, y se henchian los vientres de vino de lo que entre ellos se hacia, como cuando entre nosotros se echa una melecina; torpedad jamás oida.

Pues tener mujeres, cuantas querian; tenian otros muchos vicios y maldades; y todas estas cosas por mí recontadas, quiso nuestro Señor Jesucristo que con santa ayuda, que nosotros los verdaderos conquistadores que escapamos de las guerras y batallas y peligros de muerte, ya otras veces por mí dicho, se lo quitamos, y les pusimos en buena policía de vivir y les íbamos enseñando la santa doctrina.

Verdad es que despues desde á dos años pasados, y que todas las más tierras teniamos de paz, y con la policía y manera de vivir que he dicho, vinieron á la Nueva-España unos buenos religiosos franciscos, que dieron muy buen ejemplo y doctrina, y desde ahí á otros tres ó cuatro años vinieron otros buenos religiosos de señor Santo Domingo, que se lo han quitado muy de raíz, y han hecho mucho fruto en la santa doctrina y cristiandad de los naturales.

Mas, si bien se quiere notar, despues de Dios, á nosotros los verdaderos conquistadores que los descubrimos y conquistamos, y desde el principio les quitamos sus ídolos y les dimos á entender la santa doctrina, se nos debe el premio y galardon de todo ello, primero que á otras personas, aunque sean religiosos; demas que religiosos llevamos con nosotros de la Merced; porque cuando el principio es bueno, el medio y el cabo todo es digno de loor; lo cual pueden ver los curiosos letores de la policía y cristiandad y justicia que les mostramos en la Nueva-España.

Y dejaré esta materia, y diré los más bienes que, despues de Dios, por nuestra causa han venido á los naturales de la Nueva-España.

CAPÍTULO CCIX.

DE CÓMO IMPUSIMOS EN MUY BUENAS Y SANTAS DOCTRINAS Á LOS INDIOS DE LA NUEVA-ESPAÑA, Y DE SU CONVERSION, Y DE CÓMO SE BAUTIZARON, Y VOLVIERON Á NUESTRA SANTA FE, Y LES ENSEÑAMOS OFICIOS QUE SE USAN EN CASTILLA, Y Á TENER Y GUARDAR JUSTICIA.

Despues de quitadas las idolatrías y todos los malos vicios que se usaban, quiso Nuestro Señor Dios que con su santa ayuda, y con la buena ventura y santas cristiandades de los cristianísimos Emperador don Cárlos, de gloriosa memoria, y de nuestro Rey y Señor, felicísimo y invictísimo Rey de las Españas, don Felipe nuestro señor, su muy amado y querido hijo, que Dios le dé muchos años de vida, con acrecentamiento de más reinos, para que en este su santo y feliz tiempo lo goce él y sus descendientes, se han bautizado desde que los conquistamos todas cuantas personas habia, así hombres como mujeres, y niños que despues han nacido, que de ántes iban perdidas sus ánimas á los infiernos, y ahora, como hay muchos y buenos religiosos de señor San Francisco y de Santo Domingo y de nuestra Señora de la Merced, y de otras órdenes, andan en los pueblos predicando, y en siendo la criatura de los dias que manda nuestra santa madre Iglesia de Roma, los bautizan; y demas desto, con los santos sermones que les hacen, el santo Evangelio está muy bien plantado en sus corazones, y se confiesan cada año, y algunos de los que tienen más conocimiento á nuestra santa fe se comulgan.

Y demas desto, tienen sus iglesias muy ricamente adornadas de altares, y todo lo perteneciente para el santo culto divino, con cruces y candeleros y ciriales, y cáliz y patenas, y platos, unos chicos y otros grandes, de plata, é incensario, todo labrado de plata.

Pues capas, casullas y frontales, en pueblos ricos los tienen, y comunmente de terciopelo y damasco y raso y de tafetan, diferenciados en las colores y labores, y las mangas de las cruces muy labradas de oro y seda, y en algunas tienen perlas; y las cruces de los difuntos de raso negro, y en ellas figurada la misma cara de la muerte, con su disforme semejanza y huesos, y el cobertor de las mismas andas, unos las tienen buenas y otros no tan buenas.

Pues campanas, las que han menester segun la calidad que es cada pueblo.

Pues cantores de capilla de voces bien concertadas, así tenores como tiples y contraltos, no hay falta; y en algunos pueblos hay órganos, y en todos los más tienen flautas y chirimías y sacabuches y dulzainas.

Pues trompetas altas y sordas, no hay tantas en mi tierra, que es Castilla la Vieja, como hay en esta provincia de Guatimala; y es para dar gracias á Dios, y cosa muy de contemplacion, ver cómo los naturales ayudan á decir una santa Misa, en especial si la dicen franciscos ó mercenarios, que tienen cargo del curato del pueblo donde la dicen.

Otra cosa buena tienen, que les han enseñado los religiosos, que así hombres como mujeres, é niños que son de edad para las deprender, saben todas las santas oraciones en sus mismas lenguas, que son obligados á saber; y tienen otras buenas costumbres cerca de la santa cristiandad, que cuando pasan cabe un santo altar ó cruz abajan la cabeza con humildad y se hincan de rodillas, y dicen la oracion del Pater-noster ó el Ave-María; y más les mostramos los conquistadores á tener candelas de cera encendidas delante los santos altares y cruces, porque de ántes no se sabian aprovechar della en hacer candelas.

Y demas de lo que dicho tengo, les enseñamos á tener mucho acato y obediencia á todos los religiosos y á los clérigos, y que cuando fuesen á sus pueblos les saliesen á recibir con candelas de cera encendidas y repicasen las campanas, y les diesen bien de comer, y así lo hacen con los religiosos; y tenian estos cumplimientos con los clérigos.

Demas de las buenas costumbres por mí dichas, tienen otras santas y buenas, porque cuando es el dia del Corpus Christi ó de Nuestra Señora, ú de otras fiestas solenes que entre nosotros hacemos procesiones, salen todos los más pueblos cercanos de esta ciudad de Guatimala en procesion con sus cruces y con candelas de cera encendidas, y traen en los hombros en andas la imágen del Santo ó Santa de que es la advocacion de su pueblo, lo más ricamente que pueden, y vienen cantando las letanías y otras santas oraciones, y tañen sus flautas y trompetas; y otro tanto hacen en sus pueblos cuando es el dia de las tales solenes fiestas, y tienen costumbre de ofrecer los domingos y pascuas, especialmente el dia de Todos-Santos.

Y pasemos adelante, y digamos cómo todos los más indios naturales destas tierras han deprendido muy bien todos los oficios que hay en Castilla entre nosotros, y tienen sus tiendas de los oficios y obreros, y ganan de comer á ello, y los plateros de oro y de plata, así de martillo como de vaciadizo, son muy extremados oficiales, y asimismo lapidarios y pintores; y los entalladores hacen tan primas obras con sus sútiles alegras de hierro, especialmente entallan esmeriles, y dentro dellos figurados todos los pasos de la santa Pasion de nuestro Redentor y Salvador Jesucristo, que si no los hubiera visto, no pudiera creer que indios lo hacian; que se me significa á mi juicio que aquel tan nombrado pintor como fué el muy antiguo Apéles, y de los de nuestros tiempos, que se dicen Berruguete y Micael Ángel, ni de otro moderno ahora nuevamente nombrado, natural de Búrgos, que se dice que en sus obras tan primas es otro Apéles, del cual se tiene gran fama, no harán con sus muy sútiles pinceles las obras de los esmeriles, ni relicarios que hacen tres indios grandes maestros de aquel oficio, mejicanos, que se dicen Andrés de Aquino y Juan de la Cruz y el Crespillo.

Y demas desto, todos los más hijos de principales solian ser gramáticos, y lo deprendian muy bien, si no se mandara quitar en el santo sínodo que mandó hacer el reverendísimo Arzobispo de Méjico; y muchos hijos de principales saben leer y escribir y componer libros de canto llano; y hay oficiales de tejer seda, raso y tafetan, y hacer paños de lana, aunque sean veinticuatrenos, hasta frisas y sayal, y mantas y frazadas, y son cardadores y perailes y tejedores, segun y de la manera que se hace en Segovia y en Cuenca, y otros sombrereros y jaboneros; solos dos oficios no han podido entrar en ellos, aunque lo han procurado, que es hacer el vidrio ni ser boticarios; mas yo los tengo por de tan buenos ingenios, que lo deprenderán muy bien, porque algunos dellos son cirujanos y herbolarios, y saben jugar de mano y hacer títeres, y hacen vihuelas muy buenas.

Pues labradores, de su naturaleza lo son ántes que viniésemos á la Nueva-España, y ahora crian ganado de todas suertes y doman bueyes, y aran las tierras, y siembran trigo, y lo benefician y cogen, y lo venden, y hacen pan y bizcocho, y han plantado sus tierras y heredades de todos los árboles y frutas que hemos traido de España, y venden el fruto que procede dello; y han puesto tantos árboles, que porque los duraznos no son buenos para la salud y los platanales les hacen mucha sombra, han cortado y cortan muchos, y lo ponen de membrillares y manzanas y perales, que los tienen en más estima.

Pasemos adelante y diré de la justicia que les hemos enseñado á guardar y cumplir, y cómo cada año eligen sus alcaldes ordinarios y regidores y escribanos y alguaciles, fiscales y mayordomos, y tienen sus casas de cabildo, donde se juntan dos dias de la semana, y ponen en ellas sus porteros y sentencian y mandan pagar deudas que se deben unos á otros, y por algunos delitos de crímen azotan y castigan; y si es por muertes ó cosas atroces, remítenlo á los gobernadores, si no hay audiencia Real; y segun me han dicho personas que lo saben muy bien, en Tlascala y en Tezcuco y en Cholula, y en Guaxocingo y en Tepeaca, y en otras ciudades grandes, cuando hacen los indios cabildo, que salen delante de los que están por gobernadores y alcaldes, maceros con mazas doradas, segun sacan los Vireyes de la Nueva-España; y hacen justicia con tanto primor y autoridad como entre nosotros, y se precian y desean saber mucho de las leyes del reino por donde sentencien.

Demas desto, todos los caciques tienen caballos y son ricos, traen jaeces con buenas sillas, y se pasean por las ciudades, villas y lugares donde se van á holgar ó son naturales, y llevan sus indios por pajes que les acompañan, y aun en algunos pueblos juegan cañas y corren toros y corren sortijas, especial si es dia de Corpus Christi ú de señor San Juan ó señor Santiago, ú de Nuestra Señora de Agosto, ó la advocacion de la iglesia del santo de su pueblo; y hay muchos que aguardan los toros, y aunque sean bravos, y muchos dellos son jinetes, en especial en un pueblo que se dice Chiapa de los Indios, y los que son caciques todos los más tienen caballos y algunos hatos de yeguas y mulas, y se ayudan con ello á traer leña y maíz y cal, y otras cosas deste arte, y lo venden por las plazas, y son muchos dellos arrieros segun y de la manera que en nuestra castilla se usa.

Y por no gastar más palabras, todos los oficios hacen muy perfectamente, hasta paños de tapicería.

Dejaré de hablar más en esta materia, y diré otras muchas grandezas que por nuestra causa ha habido y hay en esta Nueva-España.

CAPÍTULO CCX.

DE OTRAS COSAS Y PROVECHOS QUE SE HAN SEGUIDO DE NUESTRAS ILUSTRES CONQUISTAS Y TRABAJOS.

Ya habrán oido en los capítulos pasados lo por mí recontado acerca de los bienes y provechos que se han hecho con nuestras ilustres hazañas y conquistas; diré ahora del oro, plata y piedras preciosas, y otras riquezas de granas é lanas, y hasta zarzaparrilla y cueros de vacas, que desta Nueva-España han ido y van cada año á Castilla á nuestro Rey y Señor, así lo de sus reales quintos como otros muchos presentes que le hubimos enviado así como le ganamos estas tierras, sin las grandes cantidades que llevan mercaderes y pasajeros; que despues que el sábio Rey Salomon fabricó y mandó hacer el santo templo de Jerusalen con el oro y plata que le trujeron de las islas de Társis y Ofir y Sabá, no se ha oido en ninguna escritura antigua que más oro, plata y riquezas han ido cotidianamente á Castilla que de estas tierras, y esto digo así, porque ya que del Pirú, como es notorio, han ido muchos millares de oro y plata, en el tiempo que ganamos esta Nueva-España no habia nombre del Pirú ni estaba descubierto, ni se conquistó desde ahí á diez años, y nosotros siempre desde el principio, como dicho tengo, comenzamos á enviar á su majestad presentes riquísimos, y por esta causa, y por otras que diré, antepongo á la Nueva-España, porque bien sabemos que en las cosas acaecidas del Pirú siempre los capitanes y gobernadores y soldados han tenido guerras civiles, y todo revuelto en sangre y en muertes de muchos soldados; y en esta Nueva-España siempre tenemos, y ternemos para siempre jamás el pecho por tierra, como somos obligados, á nuestro Rey y señor, y pornemos nuestras vidas y haciendas en cualquiera cosa que se ofrezca para servir á su majestad.

Y demas desto, miren los curiosos letores qué de ciudades, villas y lugares están pobladas en estas partes de españoles que, por ser tantos y no saber yo los nombres de todos, se quedarán en silencio; y tengan atencion á los Obispados que hay, que son diez, sin el arzobispado de la muy insigne ciudad de Méjico, y cómo hay tres audiencias Reales, todo lo cual diré adelante, así de los que han gobernado, como de los Arzobispos y Obispos que ha habido; y miren las santas iglesias catedrales y los monasterios donde están dominicos, como franciscos y mercenarios y agustinos; y miren qué hay de hospitales, y los grandes perdones que tienen, y la santa casa de nuestra Señora de Guadalupe, que está en lo de Tepeaquilla, donde solia estar asentado el real de Gonzalo de Sandoval cuando ganamos á Méjico; y miren los santos milagros que ha hecho y hace de cada dia, y démosle muchas gracias á Dios y á su bendita Madre nuestra Señora por ello, que nos dió gracia y ayuda que ganásemos estas tierras, donde hay tanta cristiandad.

Y tambien tengan cuenta cómo en Méjico hay colegio universal, donde estudian y deprenden la gramática, teología, retórica y lógica y filosofía, y otros artes y estudios, é hay moldes y maestros de imprimir libros, así en latin como en romance, y se gradúan de licenciados y doctores; y otras muchas grandezas pudiera decir, así de minas ricas de plata que en ellas están descubiertas y se descubren á la continua, por donde nuestra Castilla es prosperada y tenida y acatada; y si no basta lo bien que ya he dicho y propuesto de nuestras conquistas, quiero decir que miren las personas sábias y leidas esta mi relacion desde el principio hasta el cabo, y verán que en ningunas escrituras en el mundo, ni en hechos hazañosos humanos, ha habido hombres que más reinos y señoríos hayan ganado, como nosotros los verdaderos conquistadores para nuestro Rey y Señor, y entre los fuertes conquistadores mis compañeros, puesto que los hubo muy esforzados, á mí me tenian en la cuenta dellos, y el más antiguo de todos; y digo otra vez que yo, yo, yo lo digo tantas veces, que yo soy el más antiguo y he servido como muy buen soldado á su majestad.

Y quiero poner una cuestion á manera de diálogo; y es, que habiendo visto la buena é ilustre fama que suena en el mundo de nuestros muchos y buenos y notables servicios que hemos hecho á Dios y á su majestad y á toda la cristiandad, da grandes voces y dice que fuera justicia y razon que tuviéramos buenas rentas, y más aventajadas que tienen otras personas que no han servido en estas conquistas ni en otras partes á su majestad; y asimismo pregunta que donde están nuestros palacios y moradas, y qué blasones tenemos en ellas diferenciadas de las demas; y si están en ellos esculpidos y puestos por memoria nuestros heróicos hechos y armas, segun y de la manera que tienen en España los caballeros que dicho tengo en el capítulo pasado, que sirvieron en los tiempos pasados á los Reyes que en aquella sazon reinaban, pues nuestras hazañas no son menores que las que ellos hicieron; ántes son de muy memorable fama, y se pueden contar entre los nombrados que ha habido en el mundo.

Y demas desto, pregunta la ilustre fama por los conquistadores que hemos escapado de las batallas pasadas y por los muertos, dónde están sus sepulcros y qué blasones tienen en ellos. Á estas cosas se le puede responder con mucha brevedad:

«Oh excelente é ilustre Fama, y entre buenos y virtuosos deseada y loada, y entre maliciosos y personas que han procurado escurecer nuestros heróicos hechos no querrian ver ni oir vuestro ilustre nombre, porque nuestras personas no ensalceis como conviene; hágoos, señora, saber que de quinientos cincuenta soldados que pasamos con Cortés desde la isla de Cuba, no somos vivos en toda la Nueva-España de todos ellos hasta este año 1568, que estoy trasladando esta relacion, sino cinco; que todos los demas murieron en las guerras ya por mí dichas, en poder de indios, y fueron sacrificados á los ídolos, y los demas murieron de sus muertes.

»Y los sepulcros, que me pregunta dónde los tienen, digo que son los vientres de los indios, que los comieron las piernas y muslos, brazos y molledos, piés y manos; y lo demas, fueron sepultados sus vientres, que echaban á los tigres y sierpes y alcones, que en aquel tiempo tenian por grandeza en casas fuertes, y aquellos fueron sus sepulcros y allí están sus blasones; y á lo que á mí se me figura, con letras de oro habian de estar escritos sus nombres, pues murieron aquella cruelísima muerte, y por servir á Dios y á su majestad y dar luz á los que estaban en tinieblas, y tambien por haber riquezas, que todos los hombres comunmente venimos á buscar.

»Y demas de le haber dado cuenta á la ilustre Fama, me pregunta por los que pasaron con Narvaez y con Garay; digo que los de Narvaez fueron mil y trecientos, sin contar entre ellos hombres de la mar, y no son vivos de todos ellos sino diez ó once, que todos los más murieron en las guerras y sacrificados, y sus cuerpos comidos de indios, ni más ni ménos que los nuestros; y los que pasaron con Garay de la isla de Jamáica, á mi cuenta, con las tres capitanías que vinieron á San Juan de Ulúa, ántes que pasase el Garay con los que trajo á la postre cuando él vino, serian por todos mil y ducientos soldados, y todos los más fueron sacrificados en la provincia de Pánuco, y comidos sus cuerpos de los naturales de la provincia.

»Y demas desto, pregunta la loable Fama por otros quince soldados que aportaron á la Nueva-España, que fueron de los de Lúcas Vazquez de Ayllon cuando le desbarataron, y él murió en la Florida.

»Á esto digo que todos son muertos; y hágoos saber, excelente Fama, que todos los que he recontado y ahora somos vivos de los de Cortés, hay cinco y estamos muy viejos y dolientes de enfermedades, y muy pobres y cargados de hijos, é hijas para casar y nietos, y con poca renta, y así pasamos nuestras vidas con trabajos y miserias.

»Y pues ya he dado cuenta de lo que me han preguntado, y de nuestros palacios y blasones y sepulcros, suplícoos, ilustrísima Fama, que de aquí adelante alceis más vuestra excelente y virtuosísima voz, para que en todo el mundo se vean claramente nuestras grandes proezas; porque hombres maliciosos, con sus sacudidas y envidiosas lenguas, no las escurezcan.»

Á esto que he suplicado á la virtuosísima Fama, me responde que lo hará de muy buena voluntad, y que se espanta cómo no tenemos los mejores repartimientos de indios, pues los ganamos, y su majestad lo manda dar como lo tiene el marqués Cortés; no se entiende que sea tanto, sino moderadamente.

Y más dice la loable Fama, que las cosas del valeroso y animoso Cortés han de ser siempre muy estimadas y contadas entre los hechos de valerosos capitanes, y que no hay memoria de ninguno de nosotros en los libros históricos que están escritos del coronista Francisco Lopez de Gómora, ni en la del doctor Illescas, que escribió el Pontifical, ni en otros modernos coronistas; y sólo el marqués Cortés dicen en sus libros que es el que lo descubrió y conquistó, y que los capitanes y soldados que los ganamos quedamos en blanco, sin haber memoria de nuestras personas y conquistas, y que ahora se ha holgado mucho en saber claramente que todo lo que he escrito en mi relacion es verdad; y que la misma escritura conmigo al pié de la letra dice lo que pasó, y no lisonjas viciosas, ni por sublimar á un solo capitan quieren deshacer á muchos capitanes y valerosos soldados, como ha hecho el Francisco Lopez de Gómora y los demas coronistas que siguen su propia historia.

Y más me prometió la buena Fama, que por su parte lo porná con voz muy clara á doquiera que se hallare.

Y demas de lo que ella declara, que mi historia si se imprime, cuando la vean é oyan, la darán fe verdadera, y escurecerá las lisonjas de los pasados.

Y demas de lo que he propuesto á manera de diálogo, me preguntó un doctor, oidor de la audiencia Real de Guatimala, que cómo Cortés, cuando escribia á su majestad y fué la primera vez á Castilla, no procuró por nosotros, pues por nuestra causa, despues de Dios, fué marqués y gobernador.

Á esto respondí entónces, y ahora lo digo, que, como tomó para sí al principio, cuando su majestad le hizo merced de la gobernacion, todo lo mejor de la Nueva-España, creyendo que siempre fuera señor absoluto y que por su mano nos diera indios ó quitara, y á esta causa se presumió que no lo hizo ni quiso escribir; y tambien, porque en aquel tiempo su majestad le dió el marquesado que tiene, y como le importunaba que le diese luego la gobernacion de la Nueva-España, como de ántes la habia tenido, y le respondió que ya le habia dado el marquesado, no curó de demandar cosa ninguna para nosotros que bien nos hiciese, sino solamente para él.

Y demas desto, habian informado el factor y veedor y otros caballeros de Méjico á su majestad que Cortés habia tomado para sí las mejores provincias y pueblos de la Nueva-España, y que habia dado á sus amigos y parientes que nuevamente habian venido de Castilla otros buenos pueblos y que no dejaba para el Real patrimonio sino poca cosa; despues supimos mandó su majestad que de lo que tenia sobrado diese á los que con él pasamos; y en aquel tiempo su majestad se embarcó en Barcelona para ir á Flandes; y si Cortés en el tiempo que ganamos la Nueva-España la hiciera cinco partes, y la mejor y de más ricas provincias y ciudades diera la quinta parte á nuestro Rey y señor de su Real quinto, bien hecho fuera, y tomara para sí una parte y media, y dejara para iglesias y monasterios y propios de ciudades, y que su majestad tuviera que dar y hacer mercedes á caballeros que le servian en las guerras de Italia ó contra turcos ó moros, y las dos partes y media nos repartiria perpétuas, con ellas nos quedáramos, así Cortés con la una parte como nosotros; porque, como nuestro César fué tan cristianísimo y no le costó el conquistar cosa ninguna, nos hiciera estas mercedes.

Y demas desto, como en aquella sazon no sabiamos qué cosa era demandar justicia, ni á quién la pedir sobre nuestros servicios, ni otros agravios y fuerzas que pasaban en las guerras, sino solamente al mismo Cortés como capitan, y que lo mandaba muy de hecho, nos quedamos en blanco con lo poco que nos habian depositado, hasta que vimos que á don Francisco de Montejo, que fué á Castilla ante su majestad, le hizo merced de ser Adelantado y gobernador de Yucatan, y le dió los indios que tenia en Méjico y le hizo otras mercedes; y Diego de Ordás, que asimismo fué ante su majestad, le dió una encomienda de Santiago y los indios que tenia en la Nueva-España; y á don Pedro de Albarado, que tambien fué á besar los piés á su majestad, le hizo Adelantado y gobernador de Guatimala y Chiapa, y comendador de Santiago, y otras mercedes de los indios que tenia; y á la postre fué Cortés y le dió el marquesado y capitan general del mar del Sur; y desque los conquistadores vimos que los que no parecian ante su majestad no tenian quien suplicase nos hiciese el Rey mercedes, enviamos á suplicalle que lo que de allí adelante vacase, nos lo mandase dar perpétuo; y como se vieron nuestras justificaciones, cuando envió la primera audiencia Real á Méjico, y vino en ella por presidente Nuño de Guzman y por oidores el licenciado Delgadillo, natural de Granada, y Matienzo, de Vizcaya, y otros dos oidores que llegando á Méjico murieron; y mandó su majestad expresamente al Nuño de Guzman que todos los indios de la Nueva-España se hiciesen un cuerpo, á fin que las personas que tenian repartimientos grandes que les habia dado Cortés, que no les quedasen tanto y les quitasen dello, y que á los verdaderos conquistadores nos diese los mejores pueblos y de más renta, y que para su Real patrimonio dejasen las cabeceras y mejores ciudades.

Y tambien mandó su majestad que á Cortés que le contasen los vasallos, y que le dejasen los que tenian capitulados en su marquesado, y lo demas no me acuerdo qué mandó sobre ello; y la causa por donde no hizo el repartimiento perpétuo el Nuño de Guzman y los oidores, fué por malos terceros, que por su honor aquí no nombro, porque le dijeron que si repartia la tierra, que cuando los conquistadores y pobladores se viesen con sus indios perpétuos no les ternian en tanto acato ni serian tan señores de les mandar, porque no tenian que quitar ni poner, ni les vernian á suplicar que les diesen de comer; y de otra manera, que ternian que dar de lo que vacase á quien quisiesen, y ellos serian ricos y ternian mayores poderes; y á este fin se dejó de hacer.

Verdad es que el Nuño de Guzman y los oidores, en vacando indios, luego los depositaban á conquistadores y pobladores, y no eran tan malos como los hacian para los vecinos y pobladores, que á todos les contentaban y daban de comer; y si les quitaron redondamente de la audiencia Real, fué por las contrariedades que tuvieron con Cortés y sobre el herrar de los indios libres por esclavos.

Quiero dejar este capítulo y pasaré á otro, y diré acerca del repartimiento perpétuo.

CAPÍTULO CCXI.

CÓMO EL AÑO DE 1550, ESTANDO LA CÓRTE EN VALLADOLID, SE JUNTARON EN EL REAL CONSEJO DE INDIAS CIERTOS PRELADOS Y CABALLEROS, QUE VINIERON DE LA NUEVA-ESPAÑA Y DEL PIRÚ POR PROCURADORES, Y OTROS HIDALGOS QUE SE HALLARON PRESENTES, PARA DAR ÓRDEN QUE SE HICIESE EL REPARTIMIENTO PERPÉTUO; Y LO QUE EN LA JUNTA SE HIZO Y PLATICÓ ES LO QUE DIRÉ.

En el año de 1550 vino del Pirú el licenciado de la Gasca, y fué á la córte, que en aquella sazon estaba en Valladolid, y trujo en su compañía á un fraile dominico que se decia don fray Martin el Regente; y en aquel tiempo su majestad le mandó hacer merced al mismo Regente del obispado de las Charcas; y entónces se juntaron en la córte don fray Bartolomé de las Casas, Obispo de Chiapa, y don Vasco de Quiroga, Obispo de Mechoacan, y otros caballeros que vinieron por procuradores de la Nueva-España y del Pirú, y ciertos hidalgos que venian á pleitos ante su majestad, que todos se hallaron en aquella sazon en la córte, y juntamente con ellos, á mí me mandaron llamar, como á conquistador más antiguo de la Nueva-España; y como el de la Gasca y todos los demas peruleros habian traido cantidad de millares de pesos de oro, así para su majestad como para ellos, y lo que traian de su majestad se le envió desde Sevilla á Augusta de Alemania, donde en aquella sazon estaba su majestad, y en su Real compañía nuestro felicísimo don Felipe, Rey de las Españas, nuestro señor, su muy amado y querido hijo, que Dios guarde; y en aquel tiempo fueron ciertos caballeros con el oro y por procuradores del Pirú á suplicar á su majestad que fuese servido hacernos mercedes para que mandase hacer el repartimiento perpétuo; y segun pareció, otras veces ántes de aquella se lo habian suplicado por parte de la Nueva-España, cuando fué un Gonzalo Lopez y un Alonso de Villanueva con otros caballeros procuradores de Méjico; y su majestad mandó en aquel tiempo dar el obispado de Palencia al licenciado de la Gasca, que fué Obispo y conde de Pernia, porque tuvo ventura que así como llegó á Castilla habia vacado; y se decia en la córte que por estar de paz el Pirú y tornar á haber el oro y plata que le habian robado los Contreras.

Y volviendo á mi relacion, lo que proveyó su majestad sobre la perpetuidad de los repartimientos de indios, fué enviar á mandar al marqués de Mondéjar, que era presidente en el Real consejo de Indias, y al licenciado Gutierre Velazquez, y al licenciado Tello de Sandoval, y al doctor Hernan Perez de la Fuente, y al licenciado Gregorio Lopez, y al doctor Riberadeneyra, y al licenciado Briviesca, que eran oidores del mismo Real Consejo de Indias, y á otros caballeros de otros Reales Consejos, que todos se juntasen y que viesen y platicasen cómo se podia hacer el repartimiento, de manera que en todo fuese bien mirado el servicio de Dios, y su Real patrimonio no viniese á ménos; y desque todos estos Prelados y caballeros estuvieron juntos en las casas de Pero Gonzalez de Leon, donde residia el Real Consejo de Indias, se platicó en aquella muy ilustrísima junta que se diesen los indios perpétuos en la Nueva-España y en el Pirú, no me acuerdo bien si nombró el nuevo reino de Granada é Borbotan; mas paréceme que tambien entraron con los demas, y las causas que se propusieron en aquel negocio fueron santas y buenas.

Lo primero se platicó que, siendo perpétuos, serian muy mejor tratados é industriados en nuestra santa fe, y que si algunos adoleciesen, los curarian como á hijos y les quitarian parte de sus tributos; y que los encomenderos se perpetuarian mucho más en poner heredades y viñas y sementeras, y criarian ganados y cesarian pleitos y contiendas sobre indios; y no habia menester visitadores en los pueblos, y habria paz y concordia entre los soldados en saber que ya no tienen poder los presidentes y gobernadores para en vacando indios se los dar por via de parentesco ni por otras maneras que en aquella sazon les daban; y con dalles perpétuos á los que han servido á su majestad, descargaba su Real conciencia; y le dijo otras muy buenas razones; y más le dijo, que se habian de quitar en el Pirú á hombres bandoleros, los que se hallasen que habian deservido á su majestad.

Y despues que por todos aquellos de la ilustre junta fué muy bien platicado lo que dicho tengo, todos los más procuradores, con otros caballeros, dimos nuestros pareceres y votos que se hiciesen perpétuos los repartimientos; luego en aquella sazon hubo votos contrarios, y fué el primero el Obispo de Chiapa, y lo ayudó su compañero Fray Rodrigo, de la órden de Santo Domingo, y ansimismo el licenciado Gasca, que era Obispo de Palencia y conde de Pernia, y el marqués de Mondéjar y dos oidores del Consejo Real de su majestad; y lo que propusieron en la contradiccion aquellos caballeros por mí dichos, salvo el marqués de Mondéjar, que no se quiso mostrar á una parte ni á otra, sino que se estuvo á la mira á ver lo que decian y ver los que más votos tenian, fué decir que ¿cómo habian de dar indios perpétuos? Ni aun de otra manera por sus vidas no los habian de tener, sino quitárselos á los que en aquella sazon los tenian, porque personas habia entre ellos en el Pirú que tenian buena renta de indios, que merecian que los hubieran castigado, cuanto y más dárselos ahora perpétuos; y que do creian que habia en el Pirú paz y asentada la tierra, habria soldados que, como viesen que no habia qué les dar, se amotinarian y habria más discordias.

Entónces respondió don Vasco de Quiroga, Obispo de Mechoacan, que era de nuestra parte, y dijo al licenciado de la Gasca, que ¿por qué no castigó á los bandoleros y traidores, pues conocia y le eran notorias sus maldades, y que él mismo les dió indios? Y á esto respondió el de la Gasca, y se paró á reir, y dijo:

—«Creerán, señores, que no hice poco en salir en paz y en salvo de entre ellos, y algunos descuarticé y hice justicia.»

Y pasaron otras razones sobre aquella materia; y entónces dijimos nosotros, y muchos de aquellos señores que allí estábamos juntos, que se diesen perpétuos en la Nueva-España á los verdaderos conquistadores que pasamos con Cortés, y á los de Narvaez y á los de Garay, pues habiamos quedado muy pocos, porque todos los demas murieron en las batallas peleando en servicio de su majestad, y lo habiamos servido bien; y que con los demas se hubiese otra moderacion.

É ya que teniamos esta plática por nuestra parte, y la órden que dicho tengo, unos de aquellos Prelados y señores del Consejo de su majestad dijeron que cesase todo hasta que el Emperador nuestro señor viniese á Castilla, que se esperaba cada dia, para que en una cosa de tanto peso y calidad se hallase presente; y puesto que por el Obispo de Mechoacan é ciertos caballeros, é yo juntamente con ellos, que éramos de la parte de la Nueva-España, fué tornado á replicar, pues que estaban ya dados los votos conformes, se diesen perpétuos en la Nueva-España; y que los procuradores del Pirú procurasen por sí, pues su majestad lo habia enviado á mandar, y en su Real mando mostraba aficion para que en la Nueva-España se diesen perpétuos; y sobre ello hubo muchas pláticas y alegaciones; y dijimos que, ya que en el Pirú no se diesen, que mirasen los muchos servicios que hicimos á su majestad y á toda la cristiandad; y no aprovechó cosa ninguna con los señores del Real Consejo de Indias y que el Obispo fray Bartolomé de las Casas, y fray Rodrigo, su compañero, y con el Obispo de las Charcas; y dijeron que en viniendo su majestad de Augusta de Alemania, se proveeria de manera que los conquistadores serian muy contentos; y ansí se quedó por hacer.

Dejaré esta plática, y diré que en posta se escribió en un navío á la Nueva-España, como se supo en la ciudad de Méjico las cosas arriba dichas que pasaron en la córte.

Concertaban los conquistadores de enviar por sí solos procuradores ante su majestad, y aun á mí me escribió de Méjico á esta ciudad de Guatimala el capitan Andrés de Tapia y un Pedro Moreno Medrano y Juan de Limpias Carvajal el sordo, dende la Puebla, porque ya en aquella sazon era yo venido de la córte; y lo que me escribian, fué dándome cuenta y relacion de los conquistadores que enviaban su poder; y en la memoria me contaban á mí por uno de los más antiguos, é yo mostré las cartas en esta ciudad de Guatimala á otros conquistadores, para que las ayudásemos con dineros para enviar los procuradores; y segun pareció, no se concertó la ida por falta de pesos de oro, y lo que se concertó en Méjico, fué que los conquistadores, juntamente con toda la comunidad, enviasen á Castilla procuradores, pero no se negoció.

Y despues desto, mandó el invictísimo nuestro Rey y Señor Don Felipe (que Dios guarde y deje vivir muchos años, con aumento de más reinos) en sus Reales ordenanzas y provisiones que para ello ha dado, que los conquistadores y sus hijos en todo conozcamos mejoría, y luego los antiguos pobladores casados, segun se verá en sus Reales cédulas.

CAPÍTULO CCXII.

DE OTRAS PLÁTICAS Y RELACIONES QUE AQUÍ IRÁN DECLARADAS, QUE SERÁN AGRADABLES DE OIR.

Como acabé de sacar en limpio esta mi relacion, me rogaron dos licenciados que se la emprestase para saber muy por extenso las cosas que pasaron en las conquistas de Méjico y Nueva-España, y ver en qué diferencia lo que tenian escrito los coronistas Francisco Lopez de Gómora y el doctor Illescas acerca de las heróicas hazañas que hizo el marqués del Valle, de lo que en esta relacion escribo; é yo se la presté, porque de sábios siempre se pega algo á los idiotas sin letras como yo soy, y les dije que no enmendasen cosa ninguna de las conquistas, ni poner ni quitar, porque todo lo que yo escribo es muy verdadero; y cuando lo hubieron visto y leido los dos licenciados, el uno dellos era muy retórico, y tal presuncion tenia de sí, que despues de la sublimar y alabar de la gran memoria que tuve para no se me olvidar cosa de todo lo que pasamos dende que venimos á descubrir primero que viniese Cortés dos veces, y la postrera vine con Cortés, que fué en el año de 17 con Francisco Hernandez de Córdoba, y en el 18 con un Juan de Grijalva, y en el de 19 vine con el mismo Cortés; y volviendo á mi plática, me dijeron los licenciados que cuanto á la retórica, que va segun nuestro comun hablar de Castilla la Vieja, é que en estos tiempos se tiene por más agradable, porque no van razones hermoseadas ni afeitadas, que suelen componer los coronistas que han escrito en cosas de guerras, sino toda una llaneza, y debajo de decir verdad se encierran las hermoseadas razones; y más dijeron, que les parece que me alabo mucho de mí mismo en lo de las batallas y reencuentros de guerra en que me hallé, y que otras personas lo habian de decir y escribir primero que yo; y tambien, que para dar más crédito á lo que he dicho, que diese testigos y razones de algunos coronistas que lo hayan escrito, como suelen poner y alegar los que escriben, y aprueban con otros libros de cosas pasadas, y no decir, como digo tan secamente, esto hice y tal me aconteció, porque yo no soy testigo de mí mismo.

Á esto respondí, y digo agora, que en el primer capítulo de mi relacion, en una carta que escribió el marqués del Valle en el año 1540 dende la gran ciudad de Méjico á Castilla, á su majestad, haciéndole relacion de mi persona y servicios, le hizo saber cómo vine á descubrir la Nueva-España dos veces primero que no él, y tercera vez volví en su compañía, y como testigo de vista me vió muchas veces batallar en las guerras mejicanas y en toma de otras ciudades como esforzado soldado, hacer en ellas cosas notables y salir muchas veces de las batallas mal herido, y cómo fuí en su compañía á Honduras é Higueras, que ansí nombran en esta tierra, y otras particularidades que en la carta se contenian, que por excusar prolijidad aquí no declaro; y ansimismo escribió á su majestad el ilustrísimo virey don Antonio de Mendoza, haciendo relacion de lo que habia sido informado de los capitanes, en compañía de los que en aquel tiempo militaban, y conformaba todo con lo que el marqués del Valle escribió; y ansimismo por probanzas muy bastantes que por mi parte fueron presentadas en el Real Consejo de Indias en el año 540.

Ansí, señores licenciados, vean si son buenos testigos Cortés y el Virey don Antonio de Mendoza y mis probanzas; y si esto no basta, quiero dar otro testigo, que no lo habia mejor en el mundo, que fué el Emperador nuestro señor don Cárlos V, que por su Real carta, cerrada con su Real sello, mandó á los Vireyes y presidentes que teniendo respeto á los muchos y buenos servicios que le constó haberle hecho, sea antepuesto y conozca mejoría yo y mis hijos; todas las cuales cartas tengo guardados los originales dellas, y los traslados se quedaron en la córte en el archivo del secretario Ochoa de Luyando; y es todo y por descargo de lo que los licenciados me propusieron.

Y volviendo á la plática, si quieren más testigos tengan atencion y miren la Nueva-España, que es tres veces más que nuestra Castilla y está más poblada de españoles, que por ser tantas ciudades y villas aquí no nombro, y miren las grandes riquezas que destas partes van cotidianamente á Castilla; y demas desto, he mirado que nunca quieren escribir de nuestros heróicos hechos los dos coronistas Gómora y el doctor Illescas, sino que de toda nuestra prez y honra nos dejaron en blanco, si agora yo no hiciera esta verdadera relacion; porque toda la honra dan á Cortés; y puesto que tengan razon, no nos habian de dejar en olvido á los conquistadores, y de las grandes hazañas que hizo Cortés me cabe á mí parte, pues me hallé en su compañía de los primeros en todas las batallas que él se halló, y despues en otras muchas que me envió con capitanes á conquistar otras provincias; lo cual hallarán escrito en esta mi relacion, dónde, cuándo y en qué tiempo, y tambien mi parte de lo que escribió en un blason que puso en una culebrina, que fué un tiro que se nombró el Ave Fénix, el cual se forjó en Méjico de oro y plata y cobre, y le enviamos presentado á su majestad, y decian las letras del blason: «Esta ave nació sin par, yo en serviros sin segundo, y vos sin igual en el mundo.»

Ansí que parte me cabe desta loa de Cortés; y demas desto, cuando fué Cortés la primera vez á Castilla á besar los piés á su majestad, le hizo relacion que tuvo en las guerras mejicanas muy esforzados y valerosos capitanes y compañeros, que, á lo que creia, ningunos más animosos que ellos habia oido en corónicas pasadas de los romanos; tambien me cabe parte dello.

Y cuando fué á servir á su majestad en lo de Argel, sobre cosas que allá acaecieron cuando alzaron el campo por la gran tormenta que hubo, dicen que dijo en aquella sazon muchas loas de los conquistadores sus compañeros; ansí, que de todas sus hazañas me cabe á mí parte dellas, pues yo fuí en le ayudar.

Y volviendo á nuestra relacion de lo que dijeron los licenciados, que me alabo mucho de mi persona y que otros lo habian de decir, y esto respondí que en este mundo las cosas que se suelen alabar unos vecinos á otros las virtudes y bondades que en ellos hay, y no ellos mesmos; mas él no se halló en la guerra ni lo vió ni lo entendió, ¿cómo lo puede decir? ¿Habíanlo de parlar los pájaros en el tiempo que estábamos en las batallas, que iban volando, ó las nubes que pasaban por alto, sino solamente los capitanes y soldados que en ello nos hallamos? Y si hubiérades visto, señores licenciados, que en esta mi relacion hubiera yo quitado su prez y honra á algunos de los valerosos capitanes y fuertes soldados, mis compañeros, que en las conquistas nos hallamos, y aquella misma honra me pusiera á mí solo, justo fuera quitarme parte; mas aún no me alabo tanto cuanto yo puedo y debo, y á esta causa lo escribo para que quede memoria de mí; y quiero poner aquí una comparacion, y aunque es por la una parte muy alta, y de la otra de un pobre soldado como yo, dicen los coronistas en los comentarios del Emperador y gran batallador Julio César que se halló en cincuenta y tres batallas aplazadas, yo digo que me hallé en muchas más batallas que el Julio César; lo cual, como dicho tengo, verán en mi relacion.

Y tambien dicen los coronistas que fué muy animoso y presto en las armas y muy esforzado en dar una batalla, y cuando tenia espacio, de noche escribia por propias manos sus heróicos hechos; y puesto que tuvo muchos coronistas, no lo quiso fiar dellos, que él lo escribió, é há muchos años, y no lo sabemos cierto; y lo que yo digo, ayer fué, á manera de decir; ansí que no es mucho que yo ahora en esta relacion declare en las batallas que me hallé peleando y en todo lo acaecido, para que digan en los tiempos venideros: «Esto hizo Bernal Diaz del Castillo, para que sus hijos y descendientes gocen las loas de sus heróicos hechos;» como agora vemos las famas y blasones que hay de tiempos pasados de valerosos capitanes, y aun de muchos caballeros y señores de vasallos.

Quiero dejar esta plática, porque si hubiese de meter más en ella la pluma, dirian algunas personas maliciosas y desparcidas lenguas, que no me querrán oir de buena gana, que salgo del órden que debo, y por ventura les será muy odioso; y esto que dicho tengo de mí mesmo, ayer fué, á manera de decir, que no son muchos años pasados, como las historias romanas; y testigos hay conquistadores que dirán que todo lo que digo es ansí, que si en alguna cosa me hallasen vicioso ó escuro, es de tal manera el mundo, que me lo contradirian; mas la misma relacion da testimonio; y aun con decir verdad, hay maliciosos que lo contradirian si pudiesen.

Y para que bien se entienda todo lo que dicho tengo, y en las batallas y reencuentros de guerra en que me he hallado desde que vine á descubrir la Nueva-España hasta que estuvo pacificada, sin las que adelante diré; y puesto que hubo otras muchas guerras y reencuentros, y que yo no me hallé en ellas, ansí por estar mal herido como por tener otros males que con los trabajos de las guerras suelen recrecer; y tambien, como habia muchas provincias que conquistar, unos soldados íbamos á unas entradas y provincias y otros iban á otras; mas en las que yo me hallé son las siguientes:

Primeramente, cuando vine á descubrir á la Nueva-España y lo de Yucatan con un capitan que se decia Francisco Hernandez de Córdoba, en la Punta de Cotoche un buen reencuentro de guerra.

Luego más adelante, en lo de Champoton, una buena batalla campal, en que nos mataron la mitad de todos nuestros compañeros é yo salí mal herido, y el capitan con dos heridas, de que murió.

Luego de aquel viaje en lo de la Florida, cuando fuimos á tomar agua, un buen reencuentro de guerra, donde salí herido, y allí nos llevaron vivo un soldado.

Y cuando vine con otro capitan que se decia Juan de Grijalva, una batalla campal que fué con los de Champoton, que fué en el mismo pueblo la primera vez cuando lo de Francisco Hernandez, y nos mataron diez soldados, y el capitan salió mal herido.

Despues cuando vine tercera vez con el capitan Cortés, en lo de Tabasco, que se dice el rio de Grijalva, en dos batallas campales, yendo por capitan Cortés.

De que llegamos á la Nueva-España, en la de Cingapacinga, con el mismo Cortés.

De ahí á pocos dias en tres batallas campales en la provincia de Tlascala, con Cortés.

Luego el peligro de lo de Cholula.

Entrados en Méjico, me hallé en la prision de Montezuma; no lo escribo por cosa que sea de contar de guerra, sino por el gran atrevimiento que tuvimos en prender aquel tan grande cacique.

De ahí obra de cuatro meses, cuando vino el capitan Narvaez contra nosotros, y traia mil y trescientos soldados, noventa de á caballo y ochenta ballesteros y noventa espingarderos, y nosotros fuimos sobre él ducientos y sesenta y seis, y le desbaratamos y prendimos con Cortés.

Luego fuimos al socorro de Albarado, que le dejamos en Méjico en guarda del gran Montezuma, y se alzó Méjico, y en ocho dias con sus noches que nos dieron guerra los mejicanos, nos mataron sobre ochocientos y sesenta soldados; pongo aquí en estos dias, que batallamos seis dias, y batallas en que me hallé.

Luego en la batalla que dimos en esta tierra de Obtumba; luego cuando fuimos sobre Tepeaca, en una batalla campal, yendo por capitan el marqués Cortés.

Despues cuando íbamos sobre Tezcuco, en un reencuentro de guerra con mejicanos y los de Tezcuco, yendo Cortés por capitan.

En dos batallas campales, y salí bien herido de un bote de lanza en la garganta, en compañía de Cortés.

Luego en dos reencuentros de guerra con los mejicanos cuando íbamos á socorrer á ciertos pueblos de Tezcuco, sobre la cuestion de unos maizales de una vega, que están entre Tezcuco y Méjico.

Luego cuando fuí con el capitan Cortés, que dimos vuelta á la laguna de Méjico, en los pueblos más recios que en la comarca habia, los Peñoles, que ahora se llaman del Marqués, donde nos mataron ocho soldados y tuvimos mucho riesgo en nuestras personas, que fué desconsiderada aquella subida y tomada del peñol, con Cortés.

Luego en la batalla de Cuernavaca, con Cortés.

Luego en tres batallas en Suchimileco, donde estuvimos en gran riesgo todos de nuestras personas, y nos mataron cuatro soldados, con el mismo Cortés.

Luego cuando volvimos sobre Méjico, en noventa y tres dias que estuvimos en la ganar, todos los más destos dias y noches teniamos batallas campales, y hallo por cuenta que serian más de ochenta batallas, reencuentros de guerras en las que entónces me hallé.

Despues de ganado Méjico, me envió el capitan Cortés á pacificar las provincias de Guacacualco y Chiapa y Zapotecas, y me hallé en tomar la ciudad de Chiapa, y tuvimos dos batallas campales y un reencuentro.

Despues en los de Chamula y Cuitlan otros dos encuentros de guerra.

Despues en Teapa y Cimatan otros dos reencuentros de guerra, y mataron dos compañeros mios y á mí me hirieron malamente en la garganta.

Mas, que se olvidaba, cuando nos echaron de Méjico, que salimos huyendo, en nueve dias que peleamos de dia y de noche, en otras cuatro batallas.

Despues la ida de Higueras y Honduras con Cortés, que estuvimos dos años y tres meses hasta volver á Méjico, y en un pueblo que llamaban Culacotu hubimos una batalla campal, y á mí me mataron el caballo, que me costó seiscientos pesos.

Despues de vuelto á Méjico ayudé á pacificar las sierras de los zapotecas y minxes, que se habian alzado entre tanto que estuvimos en aquella guerra.

No cuento otros muchos reencuentros de guerra, porque seria nunca acabar, ni digo de cosas de grandes peligros en que me hallé y se vido mi persona.

Y tampoco quiero decir cómo soy uno de los primeros que volvimos á poner cerco á Méjico primero que Cortés cuatro ó cinco dias; por manera que vine primero que el mismo Cortés á descubrir la Nueva-España dos veces, y como dicho tengo, me hallé en tomar la gran ciudad de Méjico y en quitarles el agua de Chalputepeque, y hasta que se ganó Méjico no entró agua dulce en aquella ciudad.

Por manera que, á la cuenta que en esta relacion hallarán, me he hallado en ciento y diez y nueve batallas y reencuentros de guerra, y no es mucho que me alabe dello, pues que es la mera verdad; y estos no son cuentos viejos ni de muchos años pasados, de historias romanas ni ficciones de poetas; que claros y verdaderos están mis muchos y notables servicios que he hecho á Dios primeramente, y á su majestad y á toda la cristiandad, y muchas gracias y loores doy á nuestro Señor Jesucristo, que me ha escapado para que agora tan claramente lo escriba; é más digo, é me alabo dello, que me hallé yo en tantas batallas y rencuentros de guerra como dicen las historias en que se halló el Emperador Enrique IV.

FIN DE LA CONQUISTA DE NUEVA-ESPAÑA.